28 jun 2022

Costa vasca


Nadie notó que faltaba una fresa,
tampoco creo
que hubieran sospechado de ti.
La tarde de Marlow 
caía sobre el río.
Un barco,
que volvía de 1940,
pasaba en silencio
entre los árboles.
Ya nos íbamos a sentar
a la mesa
cuando te hice la foto.
Pero no supe del hurto 
hasta que, 
ya casi de noche,
abrí el álbum de fotos.
Me había dejado arrastrar
por Nick Cave
y la enorme luz naranja
que alumbraba
el golfo de Vizcaya.
Noté algo extraño y,
cuando amplié la imagen,
resolví el crimen.
Guardé el secreto
en la costa vasca,
que acababa de aparecer
entre las nubes.
Nick Cave ya remataba
“Red right hand”
y tú,
inocente, seguías
mirando a la cámara
sin poder ocultar
la fresa
que acababas
de llevarte a la boca.

24 jun 2022

El Majá


Alexis Díaz de Villegas y yo nos hermanamos en la Escuela de Arte de Cubanacán. A las pocas semanas de estar allí ya compartíamos litera, taquilla y hasta la ropa. También nos hicimos de las mismas convicciones y de una forma muy similar de defenderlas. Aunque no nos parecíamos, a menudo nos confundían.
Alexis creaba personajes y actuaba constantemente. Uno de ellos (un homenaje Buster Keaton) caminaba con la cabeza y el torso hacia atrás, como si una fuerte ráfaga de viento a penas lo dejara avanzar. La Rampa y la calle Galiano se detenían a mirarlo, mientras nosotros, muertos de la risa, gritábamos “¡ataja!”.
En unas vacaciones fue a visitarme al Paradero de Camarones. Viajó en tren desde su Cumanayagua junto al entrañable José Oriol. Llegó en el techo del vagón, con la cabeza y el torso hacia atrás, de verdad parecía que el viento se lo estaba llevando. “Ese debe ser tu amigo”, me dijo mi abuelo mientras lo señalaba.
Juntos conocimos a esos escritores que acaban convirtiéndote en una persona muy diferente a la que eras antes de leerlos: Eugene O’Neill, Tennessee Williams, Peter Weiss, Antonin Artaud, Eugène Ionesco, Samuel Beckett, Virgilio Piñera… Conservo ejemplares subrayados por los dos.
De las obras de esos dramaturgos sacábamos textos y nombres que luego repetíamos en forma de celebración o burla. No olvido a una tía (así le decíamos a las encargadas de los albergues y el comedor de la escuela) que era muy nerviosa y Alexis le puso Carlota Corday, como el desquiciado personaje de “Marat-Sade”.
Estuvimos sin vernos muchísimos años. Gracias al rodaje de una película en Santo Domingo, por fin nos reencontramos. Como Juan y José, los amigos de la canción de Serrat, retomamos todo donde lo habíamos dejado. Pusimos canciones y escenas de películas que nos marcaron en aquella época.
“El arte es inútil”, le dije. “Pero el hombre es incapaz de prescindir de lo inútil”, me respondió. Era una frase de Ionesco que repetíamos constantemente en los años de Cubanacán, como una vacuna contra los dogmas del “artista comprometido” y el “realismo socialista”.
Después de reconstruir la mayor cantidad de hechos que compartimos en una Cuba que no existe más, llegamos al presente (con Linda y Diana, respectivamente) y tratamos de imaginarnos nuestra vejez. Yo le dije que pensaba irme a la Loma de Thoreau a sembrar y escribir. Él solo deseaba conservar la pequeña sala de su grupo y hacer teatro hasta su último día.
Después de mucho tiempo de abstinencia, volvió a beber ron. A Diana le conmovió ver que nos manteníamos abrazados mientras conversábamos. Eufóricos y ya borrachos, nos prometimos regresar juntos a Cumanayagua y al Paradero de Camarones.
Todo empezó cuando caímos en cuenta de que ya no existían las casas donde nuestros respectivos abuelos nos criaron. Como no teníamos dónde dormir ni en su pueblo ni en el mío, quedamos en pernoctar en el Hanabanilla o en Charco Azul, donde Oriol tiene su Teatro de los Elementos.
—Es importante que el techo del carro soporte mi peso —puso como condición—, para llegar a Cumanayagua como Buster.
No pienso romper esa promesa. El día que vuelva a esos dos lugares, será con Alexis. No olviden que él, como Juan de los Muertos, es un sobreviviente. Empezaré a gritar “¡Ataja!”, mientras el Majá, con la cabeza y el torso hacia atrás, luchará para que el viento no se lo lleve.

13 jun 2022

Ébano Verde


Caminamos juntos hasta la antena de Casabito. Allí acaba el camino que sale de la carretera de Constanza. Los siete kilómetros restantes serían por un difícil sendero. Para que yo pudiera alcanzar al grupo de María, decidimos separarnos. 
Éramos los únicos padres en la excursión del colegio, teníamos la responsabilidad de velar por los infantes.
Diana se quedó con una profesora y el guardabosque que cubría la retaguardia. Recorrí solo un largo trecho. Gracias a que avanzaba en silencio, tuve la oportunidad de ver a un papagayo (Priotelus roseigaster) a menos de dos metros. Me quedé inmóvil para disfrutarlo. Como nunca he visto a su pariente cubano, el tocororo (Priotelus temnurus), me emocionó el encuentro. 
Alcancé al grupo de María después del kilómetro cinco, gracias a que se detuvieron a disfrutar de una cascada. Todo ese tiempo estuve sin señal en el celular. Después del kilómetro seis, llegamos a un claro y recuperé la señal. Entraron, al mismo tiempo, las alertas de varios mensajes y una llamada. Eran de Diana, se había caído y no podía caminar.
Yo estaba a dos kilómetros del campamento (bajando) y a cuatro de Diana (subiendo). Decidí correr (lo más rápido que se puede correr a los 55 años) hasta las oficinas de la Reserva Científica. En una motocicleta me llevaron hasta nuestro Jeep, que lo había dejado en la Ermita donde los camioneros que le encienden velas a la Virgen.
Me encomendé al Jeep como Lezama al mulo, lento era nuestro paso en aquellos abismos. Luego tuve que seguir a a pie y al poco rato di con el grupo. Diana se había hecho un vendaje con una bolsa de plástico y, con la ayuda de la profesora y el guardabosque, pudo avanzar loma arriba. Nos abrazamos como si lleváramos años sin vernos.
Según ella, se distrajo, resbaló y se golpeó con una piedra en el tobillo derecho. Afortunadamente la fractura fue en el peroné, el hueso que menos peso soporta. Ahora anda por toda la casa en un scooter de rodilla. Quiere recuperarse cuanto antes para volver a hacer el sendero. Le prometí que esta vez no nos separaríamos. 
—Si hubieras ido conmigo —insiste—, no me habría pasado nada.

8 jun 2022

Métodos de enseñanza

Nuestro querido maestro Gustavo
y su esposa Gladys en la actualidad.

Cada vez que oímos o mencionamos la palabra pandemia, pensamos de inmediato en el Covid, la gripe española o (en el caso de los lectores de Camus) la peste. Pero hay otro virus, igual de peligroso, que ha contagiado a casi todo el planeta y para el que no parece que encontraremos antídoto: la ñoñería.

No es mortal. Pero ha inutilizado a generaciones enteras que, ante la más mínima adversidad, se hunden. Cualquier regaño les puede generar un trauma (que luego sacarán en cara por el resto de sus vidas). La pregunta más inocente les resulta ofensiva o una invasión de su espacio privado. 

Por eso, de vez en cuando, le recuerdo a María cómo era el mundo en mi época. Le hablo de los métodos de enseñanza de mi abuela Atlántida y de mis maestros Yayita y Gustavo. Al oírme, se pone roja o palidece. Como vivía en una estación de trenes, rodeado de vías férreas, tenía prohibido ir más allá del andén.

Un día Atlántida me sorprendió conversando con el Chiqui del otro lado de la línea principal. Estábamos sentados en uno de los carriles del apartadero y mirábamos hacia arriba. No buscábamos astros o constelaciones sino algún mango maduro en las matas del patio de Mercedita. 

Por eso no vimos venir el peligro. El chancletazo fue tan duro, que estuve semanas con un tatuaje en la nalga: “Empresa Consolidada del Calzado/ 24/ Hecho en Cuba”. Del otro lado de la cerca, Barbarita esperó al Chiqui con un cuje. Oí los latigazos de lejos, sonaban como los del Zorro.

El maestro Gustavo prefería usar los nudos de sus larguísimos dedos. Daba unos cocotazos que nos sacaban la cabeza de nuestro centro de gravedad. Para faltas más graves, tenía el borrador. Tito Migollo era su blanco preferido. Era mucho mayor que nosotros y solía quedarse dormido.

Con un gesto, el maestro nos ordenaba bajar las cabezas. El borrador pasaba sobre nosotros como un misil, dejando una larga estela de polvo de tiza. Si Tito gritaba “¡Aaayyy!”, quería decir que el disparo había acertado. Pero el castigo al que más le temíamos eran las líneas de la maestra Yayita.

Era preferible recibir un cocotazo o exponerse a los disparos del borrador que pasarse toda una tarde escribiendo cien, quinientas o mil veces la misma oración: “debo llegar puntual al matutino”, “no debo hablar en clases”, “debo hacer todas las tareas todos los días”, “debo usar el uniforme correctamente” …

Nunca hubo que llevarnos al sicólogo, ni siquiera a Tito Migollo. Que yo sepa, ninguno de nosotros sufrió trauma alguno. Todos acabamos siendo hombres y mujeres de bien, como se decía entonces. Por muchas razones vivo feliz de haber nacido en 1967 y de la vida que me tocó vivir. 

Ser inmune a la ñoñería es una de ellas.

7 jun 2022

Nuestro primer cosmonauta


Era el último verano de la década del 70. La prensa acababa de anunciar que dos pilotos cubanos se entrenaban en la Unión Soviética. Uno de ellos se convertiría en nuestro primer cosmonauta. Eso, la película La guerra de las galaxias y las aventuras De Copérnico a Gagarin, nos obsesionó con el cosmos.
Por eso la mayoría de nuestros juegos tenían que ver con vuelos espaciales. Donde hoy está la cervecera del Paradero de Camarones, entonces había un parque infantil. Aunque solo tenía cuatro botes que se columpiaban y un tobogán desde el que uno se lanzaba por unos segundos al vacío, a nosotros nos parecía increíble.
Por eso, en cuanto nos bañábamos y nos poníamos la ropa de por las tardes, nos reuníamos en aquel reducido espacio. Idalberto Ortega era el más veloz de nosotros. Le llamábamos El Venao. Además de rápido era temerario. Más de una vez lo vi llegar hasta las ramas más altas y frágiles de las matas de mangos.
Una tarde al Venao le dio por decir que uno de aquellos botes era una Soyuz. Empezó a coger impulso hasta que logró que girara sobre su eje. Dio dos vueltas perfectas, que nosotros vimos en cámara lenta. Aunque seguía sujeto a la armazón de hierro del columpio, parecía elevarse mucho más alto.
Pero a la tercera vuelta salió despedido al espacio. Como los astronautas de Caleidoscopio, el cuento de Ray Bradbury, el Venao se alejaba como una piedra lanzada por una catapulta gigante. En vez de un niño, se convirtió en una voz que se oía como si vinera desde muchísimos años luz: “¡Soy Yuri Gagariiiiiiiiin!”.
El 12 de abril de 1961, cuando Gagarin saltó en paracaídas de la cápsula que lo trajo de regreso a la Tierra, cayó lentamente sobre el río Volga. El Venao no corrió con la misma suerte. El suelo del parque infantil del Paradero de Camarones estaba cubierto de grava y contra él se proyectó a toda velocidad.
Apenas un año después, el 18 de septiembre de 1980, Arnaldo Tamayo Méndez abordó una Soyuz en Baikonur y partió hacia el espacio. Siempre que veíamos una foto suya en los periódicos, mirábamos al Venao con orgullo. 
Él seguía siendo nuestro primer cosmonauta.

1 jun 2022

La camarera


María está en primer año de bachillerato (décimo grado). Su curso ya ha empezado a recaudar fondos para la fiesta de graduación, que será en 2024. Anoche todos fueron camareros en un parque de food trucks. Comenzaron a trabajar a las 4 de la tarde y acabaron a las 12 de la noche. 
Como padre, me tocó el turno de 10 a 12. Pedí unos dumpling de cerdo al vapor y una ensalada. Por primera vez en mi vida, la camarera se sentó en mi mesa a quejarse del cansancio que tenía. Se bebió toda el agua que yo le había pedido y me exigió que pidiera otra… ¡pero que yo la fuera a buscar al bar!
A pesar de tantos inconvenientes, le di una propina cinco veces mayor que el valor de la cuenta. Se fue tan feliz con mi aporte, que dejó los platos, las botellas y los vasos para que yo los recogiera. “Llévalos para allá”, me dijo indicándome el lugar donde debía poner todo.
Acabaron recolectando más de 1.700 dólares en propina (sospecho que por la generosidad de los padres). Cuando nos subimos al Jeep, mi camarera me dio un abrazo y me dijo que estaba feliz porque habían logrado mucho más de lo que pensaban. Lleno de orgullo, me olvidé de mis quejas y sugerencias.
—¿Te gustaron los dumpling? —me preguntó por fin.
—Todo estaba perfecto —le dije—, la comida y el servicio.
Al llegar a la casa ni siquiera me pidió que viéramos un capítulo de Stranger Things. “Ser camarera cansa”, dijo antes del bostezo con el que entró a su habitación.

Edilia y los kikos

Kikos plásticos (foto tomada de Cuba Material).

Como en aquella historia de Algis Budrys con la que empezaba Cuentos de ciencia ficción (Biblioteca del Pueblo, 1969), un rayo recto de brillante luz violeta salió de las manos de Edilia y se elevó hasta el techo del aula. El bombillo de 100 watts, lleno de moscas, parpadeó varias veces antes de encenderse.
El 26 de julio de 1970, en su discurso en la Plaza de la Revolución, Fidel Castro admitió que en Cuba se habían dejado de producir un millón de pares de zapatos de cuero. Le echó la culpa al atraso en la puesta en marcha de una fábrica en Manzanillo, el ausentismo y las movilizaciones a la agricultura. 
Pero inmediatamente después dio una “buena noticia”. Estaba a plena capacidad una fábrica de zapatos plásticos que podía producir 10 millones de pares al año. “Existe ya un material que se está analizando, llamado polyuretano, con el cual se pueden hacer zapatos cerrados, y se está estudiando esa tecnología”, anunció. 
Así nació el kiko plástico. Un calzado que, al convertirse en parte del uniforme escolar, torturó a mi generación por años. Al sol, llevaban el sudor de las plantas de los pies al punto de ebullición. En época de frío, se sentía como si uno estuviera, de los tobillos para abajo, atrapado en un cubo de hielo.
Edilia, la conserje de la escuela del Paradero de Camarones, siempre andaba en kikos. Un día de tormenta, en que las ráfagas de agua chocaban como olas contra las paredes, hubo que cerrar las persianas de alumino y nos quedamos a oscuras en el aula. Entonces el maestro Gustavo le pidió a Edilia que encendiera la luz.
Solícita, la conserje se acercó a la esquina del aula donde antes hubo un interruptor para unir los dos cables. La brillante luz violeta la paralizó por un momento. Ya el bombillo de 100 watts había dejado de parpadear cuando Edilia por fin recuperó el aliento.
—¡Si no es por los kikos plásticos —dijo muy asustada— caigo redonda!
Al otro día todos la aplaudían como si hubiera regresado de un viaje al cosmos. “¡Ahí va Edilia con sus kikos plásticos!”, gritaban. Y ella, feliz de haber sobrevivido, saludaba a la multitud con los brazos en alto, igual que hacía Valentina Tereshkova en las revistas soviéticas.
Desde ese día los kikos de Edilia se convirtieron en una leyenda popular. Como la palangana de Zoilita, que una manga de viento la hizo volar por todo el pueblo igual que los platillos de Crónicas marcianas, o el tractor de Paco Guedes, que se quedó desenganchado y arrasó con la cocina de Pascualita.
Todo se debió a una cadena de sucesos que, al parecer, nada tenían que ver con el pueblo: el atraso en la puesta en marcha de una fábrica en Manzanillo, el ausentismo y las movilizaciones a la agricultura.

 

31 may 2022

El reloj de Lalo Herrera


En Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, Julio Cortázar asegura que cuando te regalan un reloj también “te regalan la obsesión de atender a la hora exacta”. Por eso el autor de Historias de cronopios y de famas acaba afirmando que “no te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.
Ese no es el caso de Lalo, uno de los cinco hermanos Herrera que vivían en una pequeña y muy humilde casa, justo donde comienza la carreterita que llega hasta la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Eran cuatro hombres (Lalo, Cine, Monguito y Cebollón) y una mujer (Dolores).
Todos eran muy nobles y solterones. Pero a veces, por cualquier bobería, discutían entre ellos. Cada vez que empezaba una pelea, Dolores salía al patio con un pedazo de tela blanca. La ondeaba desde lo alto de un taburete, como si fuera una bandera: “¡Paz, hermanos míos, paz!”, gritaba.
En un cumpleaños de Lalo, entre todos hicieron una colecta y le regalaron un reloj. Como era costumbre en el pueblo, de inmediato lo fue a lucir a La Esquina. Nuestro Times Square. El punto donde se cruzan la carretera de Cienfuegos a Santa Clara con la de San Fernando y el callejón de La Flora.
Muchos, sorprendidos con la joya que lucía Lalo, se acercaban a preguntarle la hora. Al elegir el regalo, sus hermanos no habían tomado en cuenta un detalle. Para Lalo resultaba incompresible el significado de aquella esfera con doce números y tres agujas que avanzaban a diferentes velocidades.
—¡Mátate tú mismo ahí! —resolvía con elegancia, extendiendo el brazo del reloj para acercarlo a los ojos de los que preguntaban.
Al escribir su historia, Cortázar no contó con alguien como Lalo. En ese caso, el problema no era suyo sino de los demás. A Lalo Herrera no le regalaron un reloj. El Paradero de Camarones fue el regalado. Los del pueblo que le preguntaban la hora a uno que no se la sabía fueron los ofrecidos para el cumpleaños del reloj.

28 may 2022

Los 29 de Nené



Un día como hoy, hace 29 años, la pusieron por primera vez en mis brazos. No sabía qué hacer con ella. Aún hoy, en ciertas ocasiones, todavía no sé. Por eso a veces se comporta como si el hijo fuera yo. Aunque es una habaneradominicanamadrileña, también sabe ser guajira.
Es muy citadina, pero le fascina bañarse en los ríos, escalar montañas y montear. Ya es abogada, pero, como su padre, es muy infantil para algunas cosas. Por eso nos abrazamos llorando cada vez que Buzz Lightyear descubre que es un juguete y, para comprobar que no puede volar, se lanza desde lo alto.
Trabaja en una oficina que vela por la seguridad de inversiones a nivel internacional, pero en sus tiempos libres caza pokemones y me pide que la ayude si alguno que le falta anda cerca de mí. Un día recorrí el helado downtown de Saint Luis para conseguirle un Tauros, que solo aparece en Norteamérica.
Pude ser mucho mejor padre, pero mi gran alivio es que ella es muy superior a mí en todo. Algo hicimos bien, yo y todos los que nos desvivimos por ella. Se llama Ana Rosario, pero rara vez la llamo por su nombre. Para mí, aun cuando sea la madre de mis nietos, seguirá siendo Nené.

Querido Lázaro


Oscar Yero era primo hermano de mi abuelo y se pintaba el pelo de rojo. A él le dediqué “La oveja rosada”, uno de los poemas de “Los trenes no vuelven” (1993), el primer libro que publiqué. Vivía en un cuartico en Cienfuegos. Solo venía al Paradero de Camarones a tirarle las cartas a las mujeres de la familia. 
A lo largo de su vida adoptó a dos niños: Lazarito (que era contemporáneo con mi madre) y Hectico (que era contemporáneo conmigo). Con Hectico llegué a jugar (siempre bajo la vigilancia de mi abuelo, que se lavaba las manos con jabón de calabaza después de saludar a Oscar).
A Lazarito lo conocí por la televisión. De niño se la pasaba cantando boleros, tangos y rancheras. Orgulloso de su talento, Oscar le compró una guitarra. Así fue cómo acabó convirtiéndose en uno de los fundadores de la Nueva Trova y en autor de hermosísimas canciones.
—Lazarito fue a verme ayer —le contaba Oscar a mi abuela Atlántida con los ojos llorosos, mientras llenaba la mesa de cartas—, llevó la guitarra y me cantó “Carretón”.
Cuando llegué a Cienfuegos a cumplir el servicio social, Miguel Cañellas me presentó a Lázaro. Mi tío Oscar fue el santo y seña de nuestra amistad, que después se hizo mucho más familiar por las aficiones que compartíamos: la décima campesina, el béisbol y la luna cienfueguera.
Gracias a él conocí en persona a Antonio Muñoz y a Luis Gómez. El día que me llevó al terreno del 5 de Septiembre, donde hacía prácticas de bateo el equipo Las Villas, el Gigante del Escambray le propuso a Lázaro hacerse una foto que por poco se convierte en la portada de un disco.
—Tú con un bate y yo con una guitarra —repetía Muñoz mientras se subía una y otra vez las mangas del uniforme naranja, riéndose la gracia a sí mismo.
Muchas veces, en aquel Cienfuegos que hoy me parece mucho más esencial de lo que yo intuía en ese momento, terminaba recalando en casa de Lázaro. Así fue como descubrí los primeros discos de Sabina y me hice de “Serrat en directo”, que ahora recuerdo como mi banda sonora de aquellos días.
Siempre estaré agradecido de Lázaro García por muchas cosas. Pero si tuviera que elegir una, sería por el portal de su casa en Punta Gorda, con el sol cayendo en la bahía, dos vasos llenos de ron delante de nosotros y el olor a frituritas de malanga que salía de la cocina.
Mientras Teresita Chepe soltaba coños y carajos porque la manteca no paraba de saltar, Lázaro me pedía un pie forzado tras otro. Cada vez que le decía que me tenía que ir para no perder la última guagua de Cruces, él me recordaba que en el último cuarto había una columbina con mosquitero y todo.
Nunca me quedé. “Yo soy igualito —me decía desde el portal, rascándose la barriga—, los guajiros no sabemos dormir en otra cama que no sea en la nuestra”. Feliz sueño, querido Lázaro. Estoy convencido de que bajo la luna cienfueguera y "un techo de gaviotas", siempre dormirás en tu cama.

23 may 2022

Playa Fría


La desembocadura del Amazonas fue descubierta en 1500 por Vicente Yáñez Pinzón. Todo empezó cuando sus marinos advirtieron que, aun sin tener tierra a la vista, el agua del mar se podía beber. 
Poco después, siempre manteniendo proa a las Antillas, dieron con el río más largo y caudaloso del mundo (contiene más agua que el Nilo, el Yangtsé y el Mississippi juntos).
Cuando la marea llega a su punto más bajo en Portillo, se puede ver cómo entra en el océano un pequeño arroyo que baja de las montañas de Samaná. Me encanta caminar por su curso mar adentro. Es apenas un hilo, pero logra mantenerse muchos metros mar adentro.
Con apenas un paso uno puede sentir la gran diferencia de temperatura que tiene su agua con la del mar. Le he puesto Playa Fría. Es un homenaje al balneario cienfueguero, ese que está en el Big Sur de mi provincia. 
Caminar al final de la tarde por ahí se ha convertido en unas de mis aficiones preferidas. Siempre trato de mantener la mente en blanco y disfrutar de lo que veo y siento, pero mi poder de concentración es mínimo y enseguida me pongo a pensar en muchísimas cosas. Incluso en las musarañas.

Las cosas que voy perdiendo

Orlando Puerto Mena en el andén de la estación de Cienfuegos.

Hace unos días perdí una maleta mientras dormía. La dejé en uno de los coches del tren de Cienfuegos a Santa Clara. Me bajé por un momento a buscar algo que leer en el kiosco que estaba en la esquina Santa Cruz y Gloria. Desde allí, ya con una revista en las manos, vi al tren alejarse.
Corrí a la oficina del jefe de estación. Le pedí que se comunicara con el conductor para que bajara la maleta al pasar por el Paradero de Camarones. Le expliqué que era negra, grande y tenía mi nombre y el de Diana en el ‘tag’ morado del salón VIP del aeropuerto Las Américas.
Orlando Puerto Mena, el jefe de estación de Cienfuegos, no entendía nada de lo que yo le estaba diciendo. “¿Qué es un tag, Camilito? —preguntaba desconcertado—. ¿Qué aeropuerto es ese, quién es Diana…?
Curiosamente, en el salón de espera, me encontré con Ángel Santiesteban, Amir Valle y Alberto Garrido. Angelito propuso caerle atrás al tren en el Chevrolet negro que tuvo en los 90, pero Amir le dijo que tenía que volver a Radio Ciudad del Mar. A Garrido toda aquella situación le daba mucha risa.
Constantemente extravío cosas en los sueños. Más de una vez me he visto dando vueltas en alrededor del parque Martí de Cienfuegos sin poder dar con mi Jeep. Recorro las calles Casales, Velazco, Argüelles, Dorticós y Gacel sin conseguir oírlo sonar por más que le doy a la llave. Por más que pregunto, nadie me sabe decir.
Siento un gran alivio cuando la desesperación me despierta y caigo en cuenta de las cosas extraviadas están en su sitio: la maleta en el closet y el Jeep a salvo, allá abajo, en el parqueo del edificio. Pero esa alegría es momentánea.
Pero entonces me empiezo a angustiar más aún.
El tren de Cienfuegos a Santa Clara ya no sale. Angelito, Amir y Garrido no podrían reunirse en Cuba. Mi casa en el Paradero de Camarones ya no existe. Orlando Puerto Mena está jubilado y vive en Aguada de Pasajeros… Cada vez que me despierto acabo perdiendo muchísimas más cosas que en sueños.

19 may 2022

3636


No importa que no te crea
cuando le jures
que ya viste pasar
el autobús que leíste ayer,
en la novela de John Steinbeck

que te robaste 

de la biblioteca municipal.

Tampoco te sientas mal

Si duda que de su color rojo

o de que la viste atravesar

cada día de tu infancia,

mientras cruzaba en dirección

al mediodía de Palmira

o la noche de San Fernando.

Tú concentrate en lo importante,

que es el recuerdo

de las caras desconocidas,

en esos rostros

que se te pueden borrar

de una manera irrecuperable.

Porque ella puede estar

ahí adentro,

mirando por la ventanilla

o con los ojos cerrados,

tratando de volver

a una tarde que ya no existe

o a un aguacero

que va a caer en su ausencia.

—¡3636! —dile

que era su número

y que tenga que creerte.

Porque de lo contrario todo

se borrará de repente.

Incluso ustedes.

El hombre que no le gustaba viajar


Aunque mi abuelo Aurelio fue ferroviario toda su vida, no le gustaba viajar. Quizás por eso eligió el puesto de jefe de estación. Prefería ver llegar o irse a la gente, mientras él permanecía en el mismo lugar. No siempre fue así. De joven tuvo que aceptar el puesto de relevante y eso lo obligaba a pasar días fuera.

Cuando mencionaba el nombre de las estaciones donde trabajó, señalaba la dirección en las que estaban. Lo hacía como si estuvieran ahí mismo, del otro lado de la ceiba de Felo López (al este), las matas de mango de Mercedita (al oeste), la cañada del potrero (al norte) o la quinta de Dalia (al sur). 

Cienfuegos, Palmira, Cherepa, Arriete, Congojas, Rodas, Perseverancia. Hormiguero, Cruces, Ranchuelo, Camajuaní, Caibarién, Isabela de Sagua, Placetas, San Andrés, San Fernando, Cumanayagua, Santo Domingo, San Juan de los Yeras, Potrerillo, Jorobada y Mataguá.

Mientras más lejos quedaba la estación que acababa de mencionar, más duro se sujetaba del brazo del sillón. Eso, al parecer, le servía para asegurarse de que se mantenía en el mismo lugar, de que ya no tenía que pararse en la puerta trasera del último coche para ver al Paradero de Camarones alejándose.

Siempre que mi abuela proponía un viaje a casa de mi tía Titita (que vivía en la estación de San Juan de los Yeras) o de mi Tía Cary (que vivía en Cienfuegos, muy cerca de la estación de Arango), a última hora se sacaba una excusa de la manga y se quedaba en el andén, diciéndonos adiós, mientras nosotros veíamos el pueblo alejarse.

Cada vez que anunciaban un ciclón, se alegraba de no estar lejos de casa. Lo mismo hacía cuando venía un temporal o un Norte. “Esas noches de frío por ahí —decía mientras señalaba los cuatro puntos cardinales—, no parecían tener fin”. Entonces, bien sujetado de los brazos, echaba el sillón hacia atrás.

En 1975, durante la reconstrucción de la Línea Central, los trenes nacionales fueron desviados por Camarones. “¡Todavía le faltan más de doce horas para llegar! —decía cuando pasaba el tren de Santiago— ¡De verdad no me explico esas caras de felicidad que llevan!”.

Siempre que volvíamos de casa de mis tías, mi abuela y yo tratábamos de contarle cosas del viaje. Pero él nos interrumpía para decirnos todo lo que había pasado en nuestra ausencia. Aunque nunca era nada fuera de lo común, él lo narraba como si tratara de algo extraordinario.

Un día entendí que la vida cotidiana era su aventura preferida. Esa era la verdadera razón por la que no le gustaba ir a ninguna parte.

Ada


Era la mujer más alta del Paradero de Camarones. Todos nos veíamos demasiado pequeños a su lado. Incluso Benigno, su esposo. Atlántida y ella se querían como hermanas. Siempre que me veía, me abrazaba y me daba un beso. No importaba que fuera el segundo o el tercer encuentro del día.

Su cocina relucía. Cada cosa estaba en su sitio y brillaba, como en los anuncios de las revistas Bohemia de antes del 59. Mi abuela y ella intercambiaban cosas constantemente y yo era el mandadero: sal, azúcar, arroz, frijoles, manteca, harina de maíz, huevos…

A diferencia de la mayoría de las mujeres de mi pueblo, que eran capaces de vocear a distancias increíbles, siempre hablaba en voz muy baja. Nunca la vi gritar. Ni siquiera cuando andaba buscando a su nieto Willita, que se escapaba para el monte con la escopeta de Benigno.

A veces, al verme volver de la tienda de Chena con tres cuartos de pan en la mano, me llamaba y me servía un enorme vaso de batido de mamey. Eran unos vasos muy largos, que antes solo había visto en el Coppelia de Cienfuegos. “Despacio, despacio —me decía siempre—, que te va a dar la punzada del guajiro”.

Era hermana de Carmen, la esposa de Felo López, y se pasaba el día cruzando la línea de un lado para otro. Siempre llevaba algo en las manos. Era una época en que se compartía lo que fuera incluso entre vecinos. Si en casa de Carmen, Ada, Barbarita o Mercedita mataban un puerco, esa noche todos comíamos carne.

Una tarde llegué a la casa y me encontré a Atlántida llorando. Ada había ido a ver a Willita a La Tatagua (el campamento de pioneros de la provincia) y de regreso tuvieron un accidente. Más de una vez vi a mi abuela con la vista fija en la puertecita por donde salía para llevarle cosas a su hermana Carmen.

—Todavía no puedo creerlo —decía al rato.

Fue la primera pérdida de ese mundo perfecto que me tocó vivir en la infancia. A partir del día en que ella no regresó de La Tatagua, nada volvió a ser lo mismo para ninguno de nosotros. La recuerdo cada vez que veo a una mujer muy alta, también cuando me da la punzada del guajiro.

18 may 2022

El gancho de la campana


(Fragmento de la novela
Atlántida)

—¿Para qué sería ese gancho? —preguntó Basilia en voz alta, pero hablando con ella misma.

—Era de una campana —respondimos Aurelio y yo a coro.

Aunque eso le dio risa, no conseguimos que se interesara en el tema. Después de encogerse de hombros, dijo que esperaba a una amiga que venía en el tren de Cumanayagua. Mi abuelo caminó hasta quedar justo debajo del gancho de hierro que estaba entre la ventana de la oficina y la puerta del salón de espera.

—La campana se tocaba quince minutos antes de la llegada de un tren —dijo mirando hacia arriba—. Eso les daba tiempo a los viajeros que estaban en la piquera de las guaguas a llegar hasta aquí.

—¿Usted cree que el tren de Cumanayagua pase antes de las nueve? —aunque esta vez sí hablaba con nosotros miraba para el punto donde asoman los trenes que vienen de Cruces.

—La campana era de una vieja locomotora de vapor —siguió diciendo Aurelio—. ¡Sonaba lindísimo!

Basilia se dio por vencida y se fue a sentar en uno de los bancos del andén. Al tratar de sacar la caja de cigarrillos de la cartera, se le cayó un papel. Ella y yo tratamos de recogerlo al mismo tiempo y, por una milésima de segundo, sentí su respiración muy cerca de mi cara.

Eso hizo que yo perdiera impulso y que ella llegara al papel antes que yo. Para poder levantarse tuvo que esperar a que yo me incorporara, porque de lo contrario nuestras cabezas hubieran chocado. El olor del aliento de Basilia se convirtió en ese momento en el único que existía en el Paradero de Camarones.

No olía como el de los fumadores sino a las frutas que Lérida trae cuando va a reuniones en La Habana. Olía a manzana… a pera… a melocotón… o a todas juntas. Es algo que aquí no se encuentra en ninguna otra parte. Por eso sentí que el resto de los olores desaparecieron.

Incluyendo los que salen de las cocinas, de las flores, los travesaños y la pomarrosa del patio de Marino Pérez. Esa mata tenía tanto aroma, que cruzaba la línea y se sentía por toda la estación. Aunque ya estaba suficientemente lejos de Basilia, seguía con el olor de su aliento dentro de mi nariz. 

Para tratar de no perderlo, me acerqué a ella disimuladamente. Estaba leyendo el papel que se le había caído y no se dio cuenta. Después de contener el humo por un largo rato, lo fue soltando poco a poco. Luego, cuando ya no le quedaba nada, tomó aire para soplar el mechón de pelo que siempre le caía sobre la frente.

En ese momento su aliento debió sentirse tan fuerte como en el momento en que nuestras cabezas estuvieron a punto de chocar. Hubiera querido decirle que la campana estuvo ahí hasta un 10 de octubre, en que Yuyo Serralvo la pidió prestada para celebrar el levantamiento de La Demajagua.

Nunca la devolvió. Aurelio se la reclamó varias veces, pero Yuyo insistía en que la necesitaban en el cuartel. Según Atlántida, un día ella le dijo a mi abuelo que no insistiera más porque “Meneses era capaz de imaginarse lo que no era”. Eso no lo entendí muy bien, pero tampoco pregunté qué quería decir.

El 3709 llegó con 20 minutos de retraso. Como ese tren venía desde Mataguá, pasaba por San Juan de los Yeras, mi tía Titita a cada rato nos mandaba cosas con la tripulación. Esa vez era un queso de los que hacía en casa de Maseda. Con el calor del viaje se había puesto blandito.

Elpidio Ávalos, el conductor, me dijo que corriera con él para la cocina porque estaba chorreando suero. No le hice caso. Me quedé viendo a Basilia y a la amiga saludándose. Para anunciar que el tren iba a retroceder, la locomotora comenzó a tocar su campana.

Eso le hizo gracia a Basilia, quien hizo como si tirara de una cuerda que a su vez hizo sonar una campana invisible que colgaba del gancho. Al menos en mi cabeza, sonó mucho más alto que la de la locomotora. Cuando se dio cuenta de que yo la estaba mirando, me dijo adiós. 

Me quedé paralizado, no supe qué gesto hacerle y ella solo dio la espalda. La amiga le contaba algo que les daba mucha risa, tanta, que en un momento se detuvieron para recuperar el aliento. Aurelio, que estaba esperando a que el tren de Cumanayagua se internara en el ramal, me miró extrañado.

—¡Corre para la cocina! —me dijo.

—¡Ah! —le respondí. 

—¡Mira cómo se te han embarrado los zapatos con el suero del queso!

—¡Ah!

— ¡Dile a tu abuela que te los lave, porque van a coger un olor insoportable!

Eso último no me preocupó en lo absoluto. Aunque hacía ya casi una hora del momento en que se le cayó el papel y nuestras cabezas estuvieron a punto de chocar, el aliento de Basilia seguía siendo el único olor que había en el Paradero de Camarones. 

No fue hasta el final de la tarde que, poco a poco, el pueblo empezó a recuperar sus olores. Primero se sintieron las flores, luego los travesaños, los sofritos, las hierbas, las flores y, por último, el aroma la pomarrosa del patio de Marino Pérez. Su aroma volvió a cruzar la línea y empezó a sentirse por toda la estación.

17 may 2022

El paraíso a la espalda


Según el filósofo español Fernando Savater, "la infancia te puede traumatizar por dos cosas, porque sea muy mala o porque sea muy buena… saber que tienes el paraíso a la espalda y no delante es fatal. Te quita mucha ilusión en la vida". 
Nunca he perdido las ilusiones, todo lo contrario. Pero en el Paradero de Camarones que me tocó vivir dejé un paraíso. En la foto mi hermanito Alexis Rodriguez (con quien compartí muchos de los mejores momentos que pasé en mi pueblo), su hermana Yolanda, una prima de La Habana, y su hermano Michael. 
Los tres son hijos de José Luis Rodríguez (quien fue ferroviario y jefe de estación en Camarones cuando se jubiló mi abuelo) y Milagros, una de las mujeres más luchadoras que ha parido el mundo. Le agradezco mucho a Tania De La Rosa(prima de Alexis y sobrina del gran Paco De La Rosa) un envío de tantas fotos.
Cada una de ella me devuelve un pedacito del paraíso.

12 may 2022

El Día Internacional de mis Mujeres

Celebración de la boda en el Bohío, nuestra casa,
12 de mayo de 1012.

Un día como hoy, en 1937, vino al mundo Lérida Rosario Yero Mosteiro, la mujer que me dio vida. Fue maestra hasta que me enseñó a leer. Luego le dedicó su vida a los ferrocarriles, como su padre y sus hermanos, y a la familia. Siempre voy a extrañar lo seguro que me sentía con sus abrazos.

75 años después, en 2012, vino a mi mundo Diana de los Ángeles Sarlabous Sosa, la mujer de mi vida. La primera vez que Lérida la vio me dijo que ya se podía morir tranquila, porque me dejaba junto a una buena mujer. Por eso trato de ser cada vez de ser mejor compañero, algo que solo se aprende siéndolo.

El día que nos casamos nos juramos estar juntos hasta que la muerte nos separe (el Covid estuvo a punto de precipitar esa fecha). Hoy, cuando nos despertamos, ella me dijo que nos quedaba mucho por andar y que yo era su mejor compañero de viaje. Le respondí que siempre tengo las maletas hechas… para quedarme a su lado. 

Como pueden ver, hoy es el Día Internacional de mis Mujeres.


Celebración del X aniversario. Santo Domingo Colonial,
12 de mayo de 2022.

11 may 2022

Ya estoy demasiado viejo para tanta bobería


Ayer, una persona de cuyo nombre no vale la pena acordarse y con quien mantenía amistad en Facebook a solicitud suya, vino a mi muro a insultarme. A propósito de un post mío, donde reconozco la deuda que el Camilo de los 90 tenía con NG la Banda y José Luis Cortés, colgó una sarta de improperios.
Utilizo las redes sociales para decir lo que pienso y compartir las cosas que nos hacen felices a mi mujer y a mí. Jamás visito el muro de nadie para echarle nada en cara y mucho menos para insultarlo. Reconozco el derecho de cada quien sobre su espacio virtual y solo espero que hagan lo mismo con el mío.
El personaje en cuestión reaccionaba de esa manera ante mis elogios al Tosco, uno de los músicos más importantes que ha tenido Cuba en los últimos 60 años. Lo primero que saltó a mi vista, además de los insultos, es que escribió tres veces nosotros con una x en el lugar de la última o.
En mi muro, no en el de nadie, repito, en el mío, siempre he dicho que eso de la x y del elle me parece una reverenda estupidez. Pero decidido a cortar camino y a no perder tiempo con alguien con quien no tenía el más mínimo interés de interactuar, me limité a dejar de ser su amigo virtual.
La izquierda, en su reinvención tras la caída del Muro de Berlín, se ha dedicado a subdividirnos en pequeñas tribus identitarias y a condenarnos ante cualquier desacuerdo. La turba de la cancelación aprovecha la más mínima “incorrección” para etiquetarte de fascista, racista, machista, homofóbico, indeseable…
Lo único que le dije al efímero y siempre virtual amigo es que no caería en la trampa de sus sumisiones. Ya estoy demasiado viejo para tanta bobería. Al que no le guste mi manera de pensar y expresarme, lo más que puede hacer es ignorarme o bloquearme, porque nunca van a conseguir que me calle.
"¡Échale limón!", solté al despedirme.

10 may 2022

Pescado frito


Los recuerdos no huelen, pero un olor nos puede llenar la cabeza de recuerdos. Todos nuestros estímulos olfativos pasan por la amigadla y el hipocampo, dos estructuras del cerebro que están vinculadas directamente con la memoria y las emociones. Eso explica una extraña felicidad que sentí el fin de semana.
Estábamos en el restaurante de El Portillo Residences y, mientras el camarero se acercaba a la mesa con una fuente de pescado frito, una invisible y velocísima máquina del tiempo me llevó desde la península de Samaná, en el año 2022, hasta la costa sur de Las Villas a finales de los años 70.
Nada le gustaba más a mi padre que el mar. Varias veces al año hacía largas pesquerías. Al menos en una de ellas me veía obligado a acompañarlo. Cada verano, durante los primeros días de julio, nos embarcábamos en un escamero del puerto de Casilda y navegábamos hasta los Jardines de la Reina.
Blas, el capitán del barco, conocía aquella cayería como la palma de su mano. Con él aprendí a poner proa a un punto fijo y a distinguir desde muy lejos los cayos Blanco de Casilda, Macho Afuera, Bretón, Cinco Balas y Las Doce Leguas. Vuelvo a menudo a los mapas para reconstruir aquellas travesías.
En la noche, cuando tirábamos el ancla para dormir, el único sonido que escuchábamos eran los golpes de las olas contra el casco. El olor del mar lo hubiera sido todo de no ser por el del pescado frito, que era nuestra dieta mañana, tarde y noche. Recuerdo que me acercaba los limones en busca de un olor que me recordara mi lejana casa.
Le pregunté al chef de Portillo, que es un cocolo de Samaná, por la receta de sus deliciosos pargos fritos. “¿Y qué le voy a echar, don? —me preguntó con ese respeto que los dominicanos reservan para los que pasamos de los 50—. El chillo fresco solo lleva sal y limón”.
Entonces me acerqué una tajada del cítrico a la nariz y recordé aquellas tardes interminables en que, muertos de casados, comíamos pescado frito hasta caer rendidos. Blas, sus hijos y mi padre solo hablaban del mar y de los planes para el día siguiente. Yo me limitaba a escucharlos.
Algo que entonces me parecía aburrido ahora me resulta fascinante, pensé mientras hurgaba en la cabeza de uno de los pescados. Lástima que la máquina del tiempo no me sirva para decirle al Camilo que fui que prestara más atención. Me encantaría recordar mejor aquellas conversaciones, transcribirlas...
Todo empezó por una bandeja de pescado frito que se acercaba a la mesa en manos del camarero. Ese olor bastó.

6 may 2022

Quien una vez sembró un ocuje


A mi Alter Ego, Camilo Venegas

 

… y quien te quitará los sobresaltos/

bajo el Ocuje feliz, que crece intempestivo/

la larga sombra de su copa en la memoria/

con gorriones cantores y rojos tejadillos/

los nefastos días que fueron y serán/

Tu mano dijo adiós —es tu leyenda—/

y un tren la abruma/

con su cornucopia interminable de vagones  y ruidos/

repletos de  néctares y azúcar/

que tampoco endulzaran defalco alguno/

Su caravana 

que no acaba nunca/

cruza sin cesar por la

memoria/

y hace enardecer los días que atesoras/

y cuentas a escondidas como quien trafica monedas incunables/

juguetes rotos/

recuerdos malheridos/

Aún te refugias en los rostros que allí estaban/

y revives a tu antojo/

dando cuerda a los recuerdos/

con la parsimonia del saber perder/

con la esperanza/

de que un día/

los  robustos brazos del Ocuje/

ofrezcan al viajero/

un manto de sombra apagadora/

para calmar las sedes insumisas/

o una desdicha menor/

un sentido menos rombo/

Algo/

Miro la foto/

y yo he estado allí/

En el Paradero de Camarones vi crecer un árbol libre/

clavado en los zapatos de un aprendiz del mundo/

observando los billetes a ninguna parte/

los horarios de nones imprevistos/

el paisaje lunar de la derrota/

las hojas muertas por  los andenes de viajeros  tristes/

Solo el Tiber quedó/

puedo asegurarte/

y unos Ocujes amarillos/

que sembraron la paz de tus infancias/

tres sueños, por decir un número impreciso/

y tus manos de niño antes de ser encallecidas/

por tanta soledad/

y tan atroz/

por tanto desamor que nunca habías nombrado ni medido/

que es el nombre del amor antes de llamarse catacumba/

olvido  bajo la sombras de un suspiro/

de un árbol vergonzosamente ajeno a toda circunstancia/

del gran Ocuje de tus manos infantes/

que ahora es enorme/

faro de todas las tinieblas /

y todo lo perdido/

de un sol abrasador/

que ya está muerto/

 

Renay Chinea (Mal Tiempo, Cruces, 1967)

4 may 2022

La envidia de Chesterton


Justo ayer le comenté a Alejandro Aguilar el texto donde G. K. Chesterton, antes de correr tras su propio sombrero, confiesa que le produjo una “envidia casi incontrolable” enterarse de que Londres se había inundado en su ausencia y que, en su barrio, Battersea, se habían encontrado las aguas. 
“No hay nada tan perfectamente poético como una isla, y un barrio, cuando se inunda, se convierte en un archipiélago”, leí en voz alta. Luego le confesé a Alejandro que siempre estoy pendiente de los partes del tiempo de mi pueblo para imaginarme lo que está ocurriendo en él con mayor exactitud.
Todavía estábamos sumergidos en ese tema, cuando Mahe (la hijastra de Efraín, el proyeccionista del cine Justo) me envió una foto del atardecer en el Paradero de Camarones. Más que envidia, en ese momento se me hizo un angustioso nudo en la garganta. A duras penas logré que pasara un trago de Brugal.
Hace 10 años que no vuelvo a Cuba y, probablemente, nunca más lo haga. Por un lado, Diana y yo nos hicimos la promesa de no poner un pie allí hasta que el país no se libere de la dictadura. Por el otro, la inmensa mayoría de las razones por las que volvería a Cuba ya no existen.
A Chesterton le bastaba con volver a Londres y esperar la próxima inundación. No es mi caso, ni el de millones de cubanos que acabamos resignándonos (con la n detrás y delante de la g) a la idea de dar por perdido todo lo que dejamos atrás. Aún así, no puedo evitar el angustioso nudo en la garganta.
Cuando vivía en El Vedado, solía volver al Paradero de Camarones en un tren (el 11) que salía de La Habana a las 10:15 de la mañana y llegaba a mi casa (paraba justo frente a su puerta, esa es una de las maravillas de vivir en una estación de ferrocarril) a las 4:16 de la tarde.
A esa hora el cielo de mi pueblo solía tener una luz increíble. Gracias a la enorme llanura que rodea a la pequeña loma de La Rioja, las sombras de los árboles y de la torre del central Mal Tiempo se extendían más de la cuenta. A veces sacaba la cabeza por la ventanilla para apreciar bien el paisaje.
Ayer hice otra vez todo ese recorrido gracias a la foto que me envió Mahe. Dice Chesterton que el que ve una oportunidad para el disfrute en esas cosas es el auténtico optimista. Me consuela saber que en el fondo de este pesimista hay otro Camilo que no siempre reconozco.