28 abr 2020

MABEL CUESTA: “Nunca pertenecí del todo a Cuba, siempre me faltó el aire”

La primera vez que vi a Mabel Cuesta fue en una Matanzas a la que le agradezco demasiadas cosas. Eran los años iluminados de Ediciones Vigía y en su viejo caserón se reunían escritores de todas las edades y calañas. A pesar de ser muy joven entonces, dialogaba, opinaba, discutía e interrumpía con la necedad de los mayores. Siempre admiré su inteligencia y su imperiosa necesidad de ser honesta.
Un día dejé de verla (eso tenía aquella Cuba, la gente se te extraviaba de un día para otro) y no la reecontré hasta muchos años después, en las redes sociales. Desde entonces, interactuamos a menudo, como si aún estuviéramos entre los que se daban cita junto al San Juan murmurante de Alfredo Zaldívar.
Le hice estas cinco preguntas con la intención de que dijera, con un cierto orden, las ideas que suele compartir a diario en sus interacciones con amigos y conocidos en Facebook, el lugar donde solemos reunirnos ahora a conversar. Como podrán ver, aún conserva su honestidad intacta, también la necesidad de opinar, discutir e interrumpir, incluso a ella misma.

Hace años que eres profesora universitaria en Estados Unidos, un ecosistema donde la corrección política es de uso obligatorio. Sin embargo, no sueles acomodar tu discurso y constantemente dices lo que piensas. ¿Eso te ha traído problemas? 
Al interior de la academia lo más duro ha sido navegar a esos sujetos que yo llamo “pro-Castros de jamón serrano”. Es una frase que me inventé justo cuando descubrí cuánto comían y qué sabroso esos mismos que alababan los logros de la revol-cadera cubana. Y a la par cuánto querían explicármela a mí. 
Curiosamente nunca me ha sucedido esto con un indígena en México o con una de esas rumanas que piden en las calles de Madrid. Y créeme, he tenido conversaciones con indígenas y con rumanas. Pero no, son siempre profesionales acomodados en sus casas de playa o del bosque, chupándolo todo del mismo sistema que dicen detestar. 
Yo me fui de Cuba, entre una larga lista de razones, para que mi abuela tome leche a diario y pueda hacer sus tres modestas comidas. Para que mis tías puedan pagar por esos alimentos en el mercado negro. Así es que a esos señores que me han querido explicar los logros de la revolución comiendo, bebiendo y hasta tirando los restos después, no los he respetado nunca. 
Y esa actitud mía, que ha encontrado muchos modos de expresión a lo largo de los años, creo que me ha dado una libertad que se puede resumir en aquel axioma martiano: “sin patria; pero sin amo”. Sin embargo, el precio más caro no lo he pagado al interior de la academia sino fuera. En estos ya casi 15 años de exilio he perdido a personas muy valiosas para mí, gente que venía de momentos entrañables de mi vida en Cuba. Y esas pérdidas se han desprendido de mi incapacidad para quedarme callada. 
Mi primera compañera de vida solía decir que a mí “no me funcionaba la llave de paso”. Y sigue sin funcionarme. Es un asunto de personalidad. Padezco de una ansiedad por la justicia que muchos no han sabido perdonarme y que, efectivamente, me ha impedido encontrar el camino para escuchar a otros si la batalla se ha dado en un terreno incompatible con mi sistema de valores. 
Me enervan el racismo, la homofobia y especialmente la desmemoria. Y los cubanos radicados en el extranjero padecemos toneladas de esta última. Siendo un pueblo tan abierto, tan dispuesto a subirse a cualquier barco que llegue o que se vaya (como casi todos los isleños); asimismo no nos detenemos para observarnos. 
De modo que sí, ha sido extenuante. A ratos, muchos, he sentido un estar en tierra de nadie que trae consigo amplias libertades; pero también hondos dolores si se te desdibuja el mapa de los afectos. 

Tu vida cotidiana transcurre en Houston, un lugar muy distante y diferente a la Matanzas donde naciste y creciste. Aun así, en las redes sociales reaccionas constantemente como cubana. ¿Cómo convive la Mabel texana con la matancera? 
¡Ay, la texana es un fantasma! Y fíjate que me gusta mucho mi vida aquí y estoy muy al tanto de las políticas nacionales y estatales; pero a mí me cogió el síndrome aquel de Lourdes Casal en versión matancera-neoyorquina-tejana. Con la excepción de que en mi caso dicho síndrome puede leerse solo hasta la mitad del verso. Un verso que en realidad es juego intertextual y se para aquí “demasiado matancera para ser texana”. 
Y recuerda que también por cinco años viví, estudié y trabajé en Nueva York y eso definitivamente impactó y cambió mi percepción del mundo. Lo mismo aplica para Houston. Hay una riña entre sociólogos para probar que Houston es ya más cosmopolita que Nueva York. Se hablan aquí 90 idiomas. En fin, todo eso circula por mi escritura, por el modo de enseñar mis clases, por mi manera de percibir el mundo mientras viajo. No hay duda. Pero lo de Cuba es una enfermedad incurable. 
Yo me fui vieja de Cuba. Aunque solo tenía 29 años, ya era vieja. Vieja para hablar como nativa una lengua nueva. Vieja para cargar con una etiqueta de nacionalidad que no fuera la del país natal y también muy henchida de memorias. En cada rincón de la ciudad en la que nací tengo algo que contar. Allí aprendí mucho y rápido. Allí me di golpes atronadores y también allí encontré a esos dioses que son los amigos y las primeras grandes pasiones del alma y del cuerpo. Todo está allí y mi memoria es una perseguidora indetenible.
Dicho todo lo anterior y sosteniéndolo con absoluta responsabilidad, paso al envés de esa narrativa y viene así: nunca pertenecí del todo a Cuba. Siempre me faltó el aire. A mí y a la mayor parte de mis amigos. Desde muy joven algo me olía a rancio. De ahí que si por un lado la persona que vive y trabaja en Houston no se reconoce como parte del entorno y será siempre un ser errante; por otro, solo puedo imaginar a Cuba como un espacio que me ayude a cerrar el círculo de la vida. 
Es decir, tengo esta fantasía medio estúpida de regresar para morir a la orilla del mar. O al menos es lo que siento en este minuto. Aunque, confieso, a veces coqueteo con otro escenario de regreso. Uno en el que no solo vuelvo yo sino también tú y todos esos que hemos aprendido dos o tres cosas por ahí. Regresamos y ayudamos a reconstruir el país con otros códigos. 
Pero esa fantasía me la pisotea Granma cada día. Así es que: si se me da el privilegio de morir en un sitio que sea mirando mi bahía. Pero si no, no pasa nada. No quiero llanto, porque he disfrutado un montón.

Muchos de los amigos que se dejan en Cuba suelen quejarse de los cambios que uno experimenta, en todos los sentidos, en el exilio. Eso, inevitablemente, va generando un distanciamiento. Porque, desde afuera, uno se asombra de que años y décadas después, ellos sigan siendo los mismos. ¿Te ha pasado? ¿Puedes decir lo que piensas de esa doble incomunicación a partir de tu experiencia? 
Esta pregunta duele como daga caliente en el cuello porque sí, claro que me ha pasado. Y es extremadamente difícil de navegar porque entonces me sale el mayoral propio y me lleva a un cepo que hay en mi cabeza, porque cómo se me ocurre usar mis privilegios (educación en centros de alto rendimiento a nivel mundial, información, viajes, algo de dinero, etc.) para venir a “mirarlos” o “reeducarlos” o básicamente “interpelarlos” de modo que aflore su inmovilidad mental. A veces su oportunismo. 
Y mientras todos eso van sucediendo en mi interior, aparece también la otra, la que no tiene llave de paso, y me pregunto y les pregunto cómo no son capaces de defender el país en donde han decidido quedarse a hacer sus vidas. Por qué no pierden el miedo de una buena vez y entre todos procuramos el añorado cambio. Es en definitiva un caos mental al que solo puedo conciliar ayudándome con esta idea: todos somos víctimas. Y me corrijo de inmediato para aclarar que no me interesa acomodarme en ese espacio. Es decir, todos somos víctimas, así como todos somos responsables. 
Hay una anécdota que siempre me hace reír mientras me da un tremendo sentido de responsabilidad histórica. Un amigo, nacido a principios de los 70’s, se exilió en Miami a mediados de los 90’s porque su padre había sido un preso político. En una cena de bienvenida, comenzaron a acusarlo de haber sido un pionero comunista y de que todo lo que pasaba en Cuba era culpa de su generación. Mi amigo no los confrontó, pero ya lastimado por tantas acusaciones, les preguntó: ¿me pueden volver a recordar en qué año llegó Fidel al poder? 
Creo que ese cuestionamiento a quienes desde el exilio siguen acusando a aquellos que permanecen en la isla, inmóviles, puede resolver parte de lo que a ratos resulta irreconciliable. Y con eso trabajo. Más que complacerme o dar la espalda a esa incomunicación que efectivamente pervive, intento romper todos y cada uno de los binarios que nos alejan. 
Por eso regreso. Por eso los sigo amando, aunque no los entienda. También para ellos debo ser otra, acaso menos noble. Ojalá, ya te dije que padezco de fantasías estúpidas, alguna vez nos podamos hablar de frente y sin que una de las partes esté convencida de que tiene toda la verdad. En eso trabajo desde ya. 

A propósito de quedarse o irse, ¿alguna vez te has puesto a pensar en cómo sería Mabel hoy de estar todavía en Cuba? ¿Qué es lo que más le agradeces al exilio? 
No tengo que pensarla, converso con ella en cada uno de mis regresos. De manera simbólica e introspectiva; pero también real. Hay un par de personas en Cuba a quienes considero una suerte de alter ego. Nuestra afinidad fue suprema allá lejos y hace tiempo. Mentes brillantes ambas. Y allí se han quedado a pesar de que piensan del gobierno y sus desmanes totalitarios lo mismo que tú y que yo. 
Su cotidiano es un intento desesperado de no sacrificar sus respectivas dignidades. Lo anterior, lo procuran a través de gestos bien significativos dentro del contexto que las apabulla: no van a marchas, ni a tribunas, ni a mesas redondas, no le ríen los chistes obscenos al último director provincial de Educación o de Cultura; pero hacen un silencio atroz. 
Han negociado el poder iluminado que podrían ser sus voces a cambio de su paz y las de sus familias. No son censoras abiertas, pero no denuncian las censuras que comenten otros. Sobreviven el horror que les rodea a cambio de sus propias “vidas desnudas”, como diría Agamben, cuando en realidad solo cargan con una “vida dañada” que es aquello que mejor nos explicó Adorno. 
Esa sería yo. Agradezco al exilio la posibilidad de no serlo. Pero sin que pueda adjudicarme la menor vanagloria por ello. Solo pude saltar fuera del cerco; pero mientras lo hacía, miré atrás (que de mujer de Lot tengo la desobediencia) y vi cómo otras no tenían el mismo empuje, cómo el miedo las paralizaba. 

Uno siempre tiene en la cabeza un libro que le quita el sueño porque no ha podido, por la razón que sea, escribirlo. En tu caso, ¿cuál es ese libro?
Tengo un libro que ha sido de ensayos, que ha sido de testimonios y que ahora se cree novela que es sobre la vida amorosa, las relaciones amistosas y los viajes exílicos de Lydia Cabrera. Vivo obsesionada con esa “cabrita” (así la llamaban sus amigas íntimas). Lydia fue un motor de energía a quien no hemos hecho ni la cuarta parte de justicia que merece.
He pasado años compilando sus cartas (las que recibió y algunas, pocas, de las que escribió), sus fotos, sus agendas decoradas con tortugas y otros seres marinos y un sinfín de papelería que está a muy buen recaudo en la Universidad de Miami. He entrevistado a las pocas personas que quedan vivas y que fueron sus amigas y protectoras y cada vez me fascino más. Pero es una fascinación que crea a la par un efecto de terror. ¿Cómo decir a Lydia completa y con justicia?
Cabrera no solo fue esa gran etnógrafa a quien debemos la más fidedigna información sobre los ritos, cantos y producciones culturales de herencia africana de las que solemos jactarnos en Cuba, sino que además era una mujer con un sentido del humor espléndido que le ponía nombretes a todos y cada uno de sus amigos, que se metió a vivir en una Quinta habanera en plena década de los 40’s con otra mujer, que anduvo siempre carente de amor materno, que hacía vírgenes de piedras, que se marchó de La Habana a París en los 20’s para poder ser lesbiana sin permiso y que luego se volvió a marchar en 1960 cuando se dio cuenta de lo que venía. 
Lydia era un ser tan libre y tan decente que nunca aceptó las ayudas de la seguridad social norteamericana porque decía que, si ella y María Teresa no habían trabajado en este país, no podían hacer uso de esos beneficios. En consecuencia, se dedicó a hacer cuánto estuvo a su alcance para ver a la isla libre otra vez y nunca dejó de escribirle cartas a su amiga Amelia Peláez porque Amelia y su hermana Nenita contestaban. Sin reproches de ninguno de los dos lados, solo tristeza. 
Lydia fue una mujer tan apasionada y tan olvidada del qué dirán y sus consecuencias que cuando Teresa de la Parra convalecía de tuberculosis en Suiza, se dedicó a escribir para ella sus Cuentos negros de Cuba, un libro juguete-ofrenda de amor. Y cuando cincuenta años después moría su Titina, hubo que ingresarla grave en un hospital de Miami sin que los médicos pudieran determinarle una dolencia específica. Ese mismo Miami en donde ambas descansan y al que ella llamara con todo desparpajo en sus cartas “la ciénaga cementada”.
Quiero escribir todo eso un día. A ver. 

4 comentarios:

Unknown dijo...

Mabel, I can't wait for this glorious book!, Camilo, as usual, as always, amazing work. Thanks.

FIDELITO dijo...

WOw,cada dia me convenzo aun mas ,de que Castro al final se quedo sin el abrumador talento de m,uchisimos cubanos ,nunca vencio ,esta fue su primera gran derrota,mucha gente inteligente pudo irse ,algunos quedaron ,pero la mayoria inteligente no quiso hacer filas con el.

Anónimo dijo...

El Fogonero es un blog tiene la calidad de una revista, es increíble que todo esté hecho por una sola persona, aunque me imagino que a Venegas lo ayuden en el diseño, porque hay mucho cuidado en el uso de los colores y tantos detalles de buen gusto que es un verdadero deleite navegar por su blog. Felicito al autor del blog y a la entrevistada por la gren inteligencia de ambos... ¡Cuánta gente valiosa se perdió Cuba por culpa de un solo hombre!

Anónimo dijo...

Incredible quality of the contents of this blog, I am surprised.