25 agosto 2026

Valle-Inclán*

Eduardo Lozano, Valle-Inclán y un servidor.

Con su única mano
sostenía el bastón,
por eso fuimos
nosotros
quienes tuvimos
que abrazarnos
a él.
Los tres miramos
a Diana: nosotros
con el cansancio
que traíamos encima;
él, a través
de los espejuelos
hechos del mismo
bronce que su barba
y su bigote,
bajo el cual parecía 
esconder las palabras
que no quiso decirnos.

*Del libro inédito Día de Camino.

19 agosto 2026

Sobre Freddy Ginebra, Casa de Teatro y la libertad


A propósito de un concierto que tendrá lugar esta noche en Casa de Teatro, donde se presentarán el cubano Raúl Torres y los dominicanos José Antonio Rodríguez y Manuel Jiménez, he sido aludido en una publicación en las redes sociales. 
José Alberto Negrín, presidente de la Asociación Cubana en República Dominicana, se pregunta por qué Freddy Ginebra, siendo un amante de la cultura de nuestro país, permite que alguien como Torres se presente en su escenario.
También se cuestiona cómo “sus amigos cubanos, radicados en República Dominicana hace años […] no le han hecho saber a Freddy quién es ese tipejo”. Intentaré responder ambas interrogantes.
Quizás el más trascendental aporte de Casa de Teatro a la cultura dominicana, caribeña y universal ha sido su capacidad para acoger las más diversas expresiones creativas y los más disímiles talentos sin tomar nunca en cuenta su manera de pensar.
Las puertas de esa Casa, que es mía desde que entré por primera vez en 1998, han permanecido abiertas de par en par para todos los creadores y todos los públicos sin la menor distinción.
Yo sería incapaz ni de sugerirle a Freddy Ginebra que censure a alguien o se le limite la entrada a ese espacio tan ecuménico que él creó justamente para que todos tuvieran cabida. 
Y llegados a este punto, debo hacer una aclaración: no me interesan en lo más mínimo ni Raúl Torres ni José Antonio Rodríguez. Las letras del primero, antes de dedicarse a la necrofilia, me resultaban infantiloides y disparatadas; el segundo siempre me ha parecido una mala copia de un original que sí me gusta.
El apoyo de ambos a la tiranía que oprime a Cuba y mantiene al país en “en afrenta y oprobio sumido”, debe juzgarse separadamente de sus obras. Por supuesto que me repugna, pero jamás pediría que se les censure por eso.
Y mucho menos se lo pediría a Freddy Ginebra, que fue justamente quien me enseñó lo que significa de verdad ser libre.

Camilo Hernández: “Cuba fue una pérdida total que decidí no llorar”

Foto: Pedro Sicard

Una noche de principios de los 80, Camilo Hernández y yo caminamos desde el cine La Rampa hasta la Escuela de Arte de Cubanacán. Él no paró de hablar ni yo de escuchar. Sigo recordando aquel trayecto como una clase magistral, lúcida y divertida, de habanidad y cultura popular, es decir, universal. 
Yo era un guajirito acabado de llegar a la “capital de todos los cubanos” y él uno de los seres más encantadores y petulantes que vivían en ella. 
Hace poco me di cuenta de que el 19 de agosto de 2006 publiqué el mejor post de El Fogonero. No se me ocurrió una mejor manera de celebrarle los 20 años a este blog que volver a tener una larga conversación con Camilo.
Como ni La Habana ni nosotros somos los mismos, quedamos en encontrarnos en un espacio virtual e intangible. Al final, esa es la única manera que nos queda a los dos de volver a ella.

 

¿Cómo lograbas burlar el ‘bloqueo’ interior de aquella Cuba y estar siempre informado y enterado, como si hubieras viajado al futuro y tuvieras ya acceso a internet?

Simplemente estuve en el sitio indicado en el momento indicado. Crecí en La Sierra, un barrio crossfade entre el soberbio Miramar y la populosa Buenavista. “A las cabañas bajé y a los castillos subí”, como decía Zorrilla —el bardo español, no la poetisa matancera que, por culpa de Fermín Gabor, ahora solo logro visualizar corriendo en blumer y ajustadores, mientras es perseguida por su celoso marido. Lo cual le da finalmente sentido al viejo proverbio: “cuando veas las bardas de tu vecino arder…”.

Como verás, me disgrego todo el tiempo, ve acostumbrándote, que esto es pa’ largo. La Sierra era también el crossfade de las clases sociales, donde la casa del dentista de la cuadra se resignificó como solar cuando se mudó una familia negra a quienes pronto apodamos Cumbres Borrascosas, por su capacidad para generar conflictos que terminaban dirimiendo en la calle y con patrullas. 

Fui también espectador del trueque nocturno de obras de arte y muebles entre casas, amparado en la impiedad de los apagones. Se trasegaba el viejo sofá de quien se quedaba por el nuevo del que se iba. Total, la lista del inventario del CDR solo decía “sofá”. Vi un óleo de Georges Braque transmutarse en una lámina de cisnes y primeras ediciones —Lorca, Wilde, William Blake— evaporarse para que en su lugar amanecieran las Obras completas de Lenin, con ese característico olor a vómito de los libros soviéticos. 

Tuve que dar muchas vueltas y varios exilios para encontrarme en la Huntington Library de San Marino, California, con el mismo libraco que ojeábamos sobre el piso de la casa de Armandito y Cristy: The Birds of America, de John James Audubon, que estoy seguro valía como para salir en una de esas novelas de contrabandistas que escribe Padura. 

Los “entierros” —jarrones, joyas, esculturas— que aparecían en las tapiadas casas de la Quinta Avenida alimentaban mi Salgari interior. Jugué en mansiones vacías, rompí valiosos vitrales y, sobre todo, viví en infancia propia el desgarramiento de las familias en desbandada y el entronizamiento de una casta de guajiros ramplones e iletrados del 26 de Julio, codo a codo con la refinada élite blanca intelectual del Directorio Revolucionario.

De ellos me quedó una frase de mi madre el día que le pregunté por qué en los quince de la hija de Faure Chomón no había cajitas y sí platos y mesa buffet: “Es que ellos hicieron La Revolución”. Cinco (5) mentarios.

Todo este largo recuento es para llegar a LQQD: que desde chiquito no creo en nada de lo que me dicen, y por eso me urge buscarle la quinta pata hasta al gato de Schrödinger, no vaya a ser cosa de que esté vivo.

En mi atalaya serrana —yo debí, serrana, cortarme las venas— podía por igual acariciar la mítica espada rota de Federico Capdevila, que conservaba su hija Isabelita, que oír a mi vecina Pepa durmiendo a punta de boleros carcelarios a su hija Caricita, la que —proclamaba— era tan inteligente que en la escuela sacaba “cien y ciento y pico”; asombrarme con la misteriosa caligrafía de los  periódicos con que los chinos envolvían las sábanas aún tibias del “tren de lavar” y recuperar para la lectura los polvorientos números de la National Geographicque se apilaban en el garage, donde vi mis primeros desnudos. 

Me desplazaba con comodidad entre El Tesoro de la Juventud, las secciones “Mi personaje inolvidable” de Selecciones, “Dentro del suceso” de Bohemia y los libros prohibidos por el Congreso de Educación y Cultura en las bibliotecas de los propios defenestrados. Todo mezclado, como decía Nicolás, de tan ingrata posteridad. 

Fue el padre de una amiga quien me dio —tendría yo doce, trece años— un consejo que entonces me sonó absurdo: “nunca botes nada a la basura sin antes romperlo”. Se llamaba Heberto Padilla, y aún hoy, no importa a dónde llegue, sin quitarme el polvo del camino, no pregunto dónde se come ni dónde se bebe, sino cómo se llega a Office Depot a comprar una trituradora.

Soy hijo de tantas cosas que no me avergüenzo de ninguna. Se me saltan las lágrimas con la Gran Misa en Rede Mozart o el tango Malena; veo en el borde del asiento las tres horas y media de King Lear con Glenda Jackson; pero cuando me piden títulos de películas para un fin de semana de chill, invariablemente recomiendo Holocausto caníbal.

Nunca fui suficientemente hetero como para identificarme con las metáforas hetenormativas de Cirbio —tengo el fetiche de que, si lo nombro, algo malo me va a pasar, y este momento estoy en un avión— ni tan pájaro como para contar los fouettés de Charín con devoción mariana. 

Donde tengo un chance proclamo que Pello El Afrokán fue “el ultimo elegante” de la música popular cubana y quiero develar sendas placas frente a la WQAM y la KAAY, porque me salvaron de ser otro daño colateral del programa Buenas tardes. Lo que te quiero decir es que, el que quiere aprender, aprende. 

 

¿Qué extrañas, aún hoy, de aquella Habana?

Creer en los años 80s que las cosas podían mejorar con solo involucrarse. Ah, y despertarme con el pipí parao. 

 

¿Por qué acabaste haciendo televisión y no cine? ¿Cómo hubieran sido tus películas?

Por tu culpa estoy descubriendo que soy el burro de Samaniego: todo se me da por casualidad. Estudié para ser un aburrido profesor de Literatura o idiomas, pero se interpuso la cacería de brujas Post Mariel. 

Al graduarme no conseguía trabajo, por lo que tenía más tiempo para hanguear con mi vecina Olguita, a quien por entonces estaba camelando un humorista llamado Héctor Zumbado, quien me dio mi primer trabajo remunerado: tocar a su puerta por las mañanas, obligarlo a recuperarse de la pea de la noche anterior y sentarlo ante la máquina de escribir a cumplir los encargos de sus múltiples clientes. 

Fue por él que llegué al ICRT cuando Hildita Rabilero lo llamó para que escribiera su programa Contacto y me recomendó. A Zumbado no le interesaba porque a esa misma hora despachaba en la Ronera de 23 y 8 con otros dos insignes alcohólicos: Rapi Diego y el Guillermo Rodríguez Rivera, de cuyas sesiones resultaron obras efímeras como aquellas Olimpiadas Eróticas donde Senegal derrotaba a China, nueve pulgadas a tres.

De haberme conseguido el trabajo Rapi, hubiera terminado en el ICAIC y hoy andaría repitiendo la guanajería de “el cine cubano será libre o no será”. Como si alguna vez lo hubiera sido, hajme tú el favor.

En los 80s, entre tantas cosas que quedaron en el tintero, alguien de la Asociación Hermanos Saíz propuso hacer largometrajes de historias cortas, a la manera de las comedias italianas. Por entonces yo estaba sumergido con Jorge Dalton, Pepe Llanes y Mirtha González en la producción de un programita llamado Memoria, hecho con materiales de archivo y lidiaba con la sorpresa de que el cine cubano no había nacido con la Revolución como decía el slogan, y que Papito Serguera había mandado a tirar a la basura los archivos del ICR.

Quería rescatar algo de aquellos pioneros desplazados por la reescritura de los Alfredoguevaras y los Pavóntamayo. Así, mi historia sería la biografía del más grande de los cineastas cubanos: un perdido proyeccionista de San Juan y Martínez que desde su ingenuidad hizo todos los grandes descubrimientos del género: el primer travelling cuando se le desbocó la burra, el primer tilt up porque la cámara se le fue para atrás y tilt down, cuando la enderezó. 

El mismo que, tras una noche de alcohol y putas en el único burdel del pueblo, atendido por sus propias hermanas, pintó una valla de gallos que fue el primer hito del expresionismo alemán, una semana antes de que Robert Wiene diera el claquetazo de “Das Kabinet von Dr. Caligari”.

Ese corto se llamaría Das Kleine Guajira-Mädchen aus San Juan und Martinez y nunca se hizo realidad. No recuerdo si la llegué a publicar, pero que sí repartí copias entre mis amigos. Si esto sirve para que, si alguien la conservare, me la haga llegar, me harías más feliz que niño comiendo mocos. 

 

Tu blog La Rusa de Baracoa fue (lo sigue siendo) uno de mis preferidos en la fiebre de los blogs. ¿Qué te hizo publicar el primer post y por qué lo has retomado?

Llegué a Venezuela también por azar, gracias al director Luis Alberto Lamata, con quien había estudiado en San Antonio de los Baños. Huí ya sabes de qué, sólo para ser testigo del ascenso indetenible del Socialismo del Siglo XXI. Como Casandra, perdí muchos amigos por advertirles lo que sabía que iba a ocurrir. 

Fue entonces que recordé aquel personaje de La consagración de la primavera de Carpentier, que se inspiraba en un rusa blanca que, huyendo de los bolcheviques, había recalado en un pueblito perdido de la isla más capitalista imaginable, y allí la había alcanzado el fantasma que recorría Europa. 

Yo me había evadido de una revolución daltónica —que definía como verde lo que siempre fue rojo— para aterrizar en una nación rica que matizaba su desaforado poder adquisitivo oyendo a la Nueva Trova.

Me enamoré de un país rabiosamente auténtico, incluso en sus imposturas, y que pagó y aún paga con la sangre de sus mejores hijos la banalidad de entronizar por resentimiento a un milico felón. Ver el remake de lo que en Cuba solo conocía de oídas me trajo a la poco feliz conclusión de que era aquella rusa condenada.

O aquella condenada rusa.

Flashforward de varios párrafos eliminados…

En 2013 entendí que no iba a ser como mis mayores que se quedaron en Cuba “a ver qué pasaba”, y tras muchas visas rechazadas pude finalmente tener la de trabajo que me permitiría recomenzar mi vida en Estados Unidos, un país que nunca me atrajo ni como turista, pero que al menos me garantizaría un ocaso en paz, mi única ambición.

Pero entonces llegó el doctorrrrrr, manejando el cuatrimotorrrrrrrrr…

Llegué con el entusiasmo cubano por Obama y estuve en una fiesta en las colinas de Hollywood donde tenían listos los fuegos artificiales para celebrar la victoria arrolladora de Hillary Clinton sobre Donald Trump. Fue lo inverso, y en los meses y años posteriores confirmé, para mi terror, que la dupla siniestra de Casandra y Mima Rovenskaya, la rusa de Baracoa, no me abandonará jamás.

No me enorgullecen, las sufro cada día. Y me indigna la banalidad de muchos que me rodean. Detrás del “Cuba no va a ser Rusia porque estamos a 90 millas de Estados Unidos”, “Venezuela no va a ser Cuba porque tenemos petróleo” y “los Estados Unidos tiene instituciones sólidas que pueden resistir cualquier embate”, está la misma insufrible prepotencia de creerse con derecho a romper todo porque al final habrá un conservador responsable que desfará nuestros entuertos. 

Cuando pensé que había pasado todas las asignaturas, estoy lidiando con el estadio final y desenfrenado de una izquierda que sabe cómo apelar a nuestros sentimientos más elementales para avanzar su agenda. No hay un solo grupo social donde hoy no estemos enfrentados unos contra otros y donde no surja a cada momento una propuesta más demencial que lleve al límite tu fidelidad. 

Escuchar a esa mujer blanca gritarle a un oficial del ICE “Nigger” es la mejor prueba de que solo somos virtuosos cuando les entregamos nuestra voz, como en aquel poema de Heberto.  Solo somos props, pero si lo adviertes, eres un fascista. 

Mientras unos saqueaban las boutiques de Rodeo Drive y otros debatían si George Floyd era un prócer o un delincuente, las líderes del BLM reconocían abiertamente que su objetivo era la implantación del comunismo en América. Si lo comentaste, no hay dudas: eres fascista. 

Si eres maricón y no te vas la cama con un tipo con vagina, eres un transfóbico fascista. Si eres mujer y te dicen que un hombre con solo declarar que se siente mujer —ya no hace falta ni implantarse tetas— puede usar tus espacios e imponer sus derechos sobre los tuyos: acéptalo con aplausos, o eres fascista. 

Un transexual ya no puede reconocer que no es mujer: tiene que saltar al ruedo a obligar al resto de la sociedad a que acepte su disforia y le abra la puerta del baño de las niñas y los terrenos deportivos. Si te parece una monstruosidad dar inhibidores hormonales a niños para que dejen de ser lo que son y nunca sean lo que les prometen que serán: fascista. Y si señalas a la industria farmacéutica: negacionista y conspiranoico. Si te viola un hombre blanco, arden ciudades. Si es inmigrante magrebí, es cultural. 

De la experiencia totalitaria se emerge de dos formas: abrazando la totalidad del antiguo enemigo con la misma fiereza con que antes lo odiaste, o reverdeciendo tus dogmas porque aquello que sufriste nunca fue The Real Deal. ¿Qué diferencia hay entre la escena final de La rosa púrpura del Cairo donde Mia Farrow, perdida toda ilusión, vuelve a sonreír al ver a Ginger y Fred bailando y Carlos Manuel Álvarez optimista con la agenda del Socialista Democrático Zohran Mamdani? 

Sólo el talento de Woody Allen. 

Los terceros nunca cabremos en nada, solo nos queda ser aguafiestas. 

 

¿Qué le debes, como creador, a estas tres ciudades: Caracas, Miami y Los Ángeles?

A Caracas: todo. Cuando llegué ahí sólo tenía cinco años de experiencia profesional y muchas metidas de pata en Cuba. Entré a un mercado exigente, competitivo donde aprendí todo lo que hoy sé. 

Profesionalmente, Miami no me resultó tentadora. Mucha gente quema sus talentos en el afán por agradar a un público basto y en la premura por pagar los “biles”. Tantas cosas que se podían hacer, pero no hay interés que sobrepase la inmediatez. Personalmente, es el sitio al que siempre quiero volver, el colchón afectivo donde gente de todas las etapas de mi vida que me espera. 

Los Ángeles: pensaba que era solo autopistas y talleres mecánicos. Cuando llegué —otra serendipia: acepté un trabajo porque sabía que, de otra manera, nunca vendría— mi primer comentario fue: “ajá, sí: autopistas y talleres mecánicos”. Y entre ellos, una apasionante historia de pioneros tercos y amorales que se propusieron construir el Paraíso, y lo lograron, y la realidad de una ciudad sin norte que languidece bajo los políticos más mediocres, ambiciosos y depredadores que quepa imaginar. 

En lo profesional, llegué a una industria legendariamente competitiva despedazada por la imposición de reglas insólitas “de diversidad, equidad e inclusión”, donde las mujeres aún ganan menos que los hombres, pero hay una cuota obligatoria de freaks que hacen palidecer a los de Tod Browning y que saltan de agenda en agenda —Latinx, Queer, etc.— para arañar trabajos que nunca se repiten, porque básicamente son unos mediocres jugando a ser vivos.

 

¿Volverías a Cuba si es que Cuba llega a ser libre y? ¿A qué quisieras dedicarte una vez allí?

Una de esas mañanas que salgo a caminar por el barrio antes de depositar las nalgas por diez horas o más en mi oficina, me pasó por el lado un descapotable con dos muchachas grabándose contra el cielo inmoralmente azul del sur de California. Me causó gracia imaginar desde dónde habrían venido a rendir pleitesía a un barrio de viejos, persas y nuevos ricos de pésimo gusto solo porque el cine y la televisión les enseñaron a venerar las palmeras de Beverly Hills con la misma pasión con que gritan “Palestine, from the river to the sea” sin que les interese saber qué river y qué sea.

Saqué mi teléfono, me ubiqué contra la perspectiva sinuosa de mi calle bordeada de palmeras canarias y de abanico, y publiqué el resultado en Facebook, con una leyenda: “¡Gracias, Fidel!”. De no haber sido por él, jamás me hubiera movido del reparto La Sierra, a medio camino entre el soberbio Miramar y la populosa Buenavista. No sé si ahí fui feliz, pero no quería perderlo. 

La vida me ha mangoneado como le ha dado la gana, y sigo a flote. De haber trabajado para hacerme millonario, tal vez hoy podría consolarme comprando ese edificio de tres pisos que hace esquina entre Prado y San Lázaro, y desde donde, estoy seguro, se ve el perfil más privilegiado y hermoso del Morro. Sería maestro, como lo iba a ser originalmente. O periodista, lo que no pude estudiar por no ser militante de la UJC.

Pero nada de eso pasará, ni siquiera en mi imaginación. Cuba fue una pérdida total que decidí no llorar porque de hacerlo me postraría. Prefiero que sea en mi vida lo mejor de la neblina del ayer. O, como Daddy Yankee: lo que pasó, pasó.

18 agosto 2026

Lo que fue está muerto


Aunque procuro no mencionarlo ni escribir su nombre —en un esfuerzo por suprimir el trauma—, no pude esquivar todas esas publicaciones que, desde el mundo libre, celebraron hace unos días los cien años de un dictador. Lo más grave, lo casi indecente, es que para hacerlo evitaban referirse al país que legó.
No hay nada más subversivo en la Cuba actual, ese país fallido que va camino al primitivismo, que los discursos de Fidel Castro. Ni una sola de las metas que se propuso, desde su alegato en el juicio del Moncada hasta en cada una de las interminables peroratas que dio en plazas, congresos y reuniones, fue cumplida.
En 2026, Cuba es un país infinitamente más pobre y desigual que en 1959. Un Estado que ha perdido todas sus capacidades —salvo la de reprimir—, escuelas en ruinas, hospitales sin medicinas, un país a oscuras y una juventud que se niega a parir para poder largarse: ese es el verdadero legado de Fidel Castro. 
En “Biografía”, uno de los textos de Piedras sueltas, Octavio Paz sintetiza: “No es lo que pudo ser: es lo que fue. Y lo que fue está muerto”. Eso mismo pudiéramos decir de Fidel Castro y todo lo que pretendió en Cuba, tras llegar al poder en enero de 1959. Por eso el futuro del país, sea el que sea, tendrá que construirse sin su fantasma.

11 agosto 2026

Tienda de recuerdos


En un oscuro callejón de Budapest,
siguiendo el rastro de un artesano
que vendía gorros de piel,
dimos con un local
donde se exhibían
condecoraciones comunistas,
insignias, charreteras
y gorras del viejo ejército,
juguetes del “campo socialista”,
radios VEF y hasta una sumka
—un bolso militar soviético—
que estuve tentado de comprar.
Diana, molesta, me preguntó
si sería capaz de salir a la calle
con “eso tan viejo y feo”.
El vendedor, tratando
de convencerme, la abrió
para mostrármela por dentro.
—Tuve una —le aclaré.
—¿Cubano? —acertó
a preguntar.
No dijimos nada más.
Nos despedimos con un gesto
cómplice,
una especie de santo y seña
del pasado que compartimos
y que ahora él remataba
en una tienda de recuerdos.

10 agosto 2026

Respuesta de un gusano a una cómplice

Foto icónica de las protestas del 11-J en Cuba. 

Hay personas que acaban siendo como ciertas piedras del camino: uno tropieza una y otra vez con ellas por más que trate de evitarlo. Ese es el caso de Chiqui Vicioso, quien me acaba de dedicar una columna en El Nacional, un antiguo periódico dominicano.
A sus ataques personales no me voy a referir, porque aquí son lo menos importante. Solo quisiera aclarar que no soy hijo de un zapatero, sino de ferroviarios, algo que acabó siendo esencial para mí como creador: un libro de cuentos, una novela y varios cuadernos de poesía lo prueban. 
Y una cosa más: el hecho de que las revoluciones exijan lealtad eterna y agradecimiento perpetuo a las personas por lo que consiguieron dentro de ellas, solo demuestra su naturaleza ruin y envilecida. Cuando a un hombre se le hace libre es para que ejerza esa libertad, no para condicionársela por el resto de su existencia.
Es una indecencia desconcertante llamar parásitos a los millones de cubanos libres que han decidido levantar su voz contra el régimen inviable que los oprime, contra el Estado fallido que acabó devolviendo al primitivismo una de las sociedades más prósperas y avanzadas de América (en la obra de Juan Bosch hay muchas referencias a ello).
La represión de la dictadura de Cuba, Luisa Vicioso (la maledicencia merece tener nombre propio), no se limita a una lista de presos políticos. La represión en Cuba empieza con la prohibición de pensar diferente y acaba con el destierro de generaciones enteras.
De verdad me resulta infantil la comparación de los criminales encarcelados en El Salvador con los niños y jóvenes que hoy en Cuba enfrentan condenas de hasta veinte años por decir lo que piensan. Equiparar a los Castro con la monarquía inglesa daría risa si no fuera por la tragedia que viven los cubanos por culpa de ese apellido. 
Hoy Cuba es uno de los países más envejecidos del mundo y uno de los pocos cuya población decrece, porque la mayoría de sus jóvenes prefiere marcharse y parir en libertad. A la República Dominicana llegan todos los días. Búscalos, pregúntales por el país que dejaron atrás. Quizás ellos te ayuden a cambiar esa imagen de la Revolución que tienes enquistada en la cabeza.
No hay dictaduras buenas y dictaduras malas. La Cuba de Fidel y Raúl es tan condenable como el Chile de Pinochet o la Argentina de Videla. Por eso llamo esbirros a los que hoy asedian, reprimen, golpean, condenan, aíslan, someten a torturas físicas y psicológicas, amenazan de muerte y fuerzan al destierro a miles de cubanos. 
Llamo esbirros a los que demolieron el hospital infantil más grande de Cuba (construido por la República, no por la Revolución) y levantaron un ominoso hotel de lujo a unas pocas cuadras de él. Sobran los ejemplos para demostrar que los cubanos ya no son la prioridad de la dictadura, por eso cualquier ayuda que se ponga en sus manos jamás llegará a ellos.
Debo destacar que en su texto contra mí y contra los cubanos libres hay algo en lo que coincidimos plenamente: en Casa de Teatro habita el corazón más grande de la República Dominicana. A él, a Freddy Ginebra, le pido perdón por haber traído esta discusión a un espacio que él consagró a la amistad, la creatividad y la solidaridad. Ensuciar ese hogar de todos con estas miserias es imperdonable. 
Una última cosa, señora Vicioso: permítame el privilegio de ignorarla como ya ignoro su literatura, que me parece tan prescindible como usted. En cualquier municipio de Cuba hay diez o doce escritoras que superan su pueril obra. Y no es gracias a la Revolución, sino a Heredia, Casal, Martí, Lezama y Piñera, cubanos a quienes sí estoy eternamente agradecido.

01 agosto 2026

Al parque


El domingo también se ha ido al parque,
permanece de pie,
junto a un grupo de ancianos
que se dan cita allí todas las tardes.
Ese día hubo un tiroteo en Washington,
Ucrania conmemoró
el 40 aniversario del desastre de Chernóbil
y el Celta de Vigo acabaría perdiendo
uno a dos con el Villarreal.
Pero aquí, en Melide, 
las preocupaciones del domingo
y los ancianos son otras:
la huerta, el ganado, el forraje
y lo que están dispuestos a pagar
los que arriendan tierra
para sembrar bosques de eucaliptos.
Con las manos tomadas en la espalda
y la vista fija 
en los puntos vacíos del parque,
la luz de las farolas los sorprende.
Es hora de irse.
Los ancianos a sus casas
y el domingo hacia el oeste,
para seguir huyendo del lunes
que ya le pisa los talones.

                                      26 de abril de 2026

27 julio 2026

Todos ellos vivían sin corazón


Ayer fuimos a despedir a Isela. Antes del responso, el sacerdote nos pidió permiso a todos los que estábamos en la capilla para dejar de hablar en nombre de Dios y hacerlo en el de Cuba. Se refirió al país que todos, incluido él, abandonaron sin la más mínima esperanza de poder volver.
Luego recordó a los compatriotas que él había tenido que despedir, antes de que descansaran en suelo dominicano. Aprovechó la ocasión para darle las gracias a la “tierra de Gómez”, por haber acogido a tantos cubanos y por haberles devuelto la libertad perdida.
Isela era la mejor amiga de Elia, mi suegra. Se conocieron al llegar al exilio, cuando se convirtieron en vecinas en un edificio del Santo Domingo colonial. Hace unos años, Diana y yo organizamos un reencuentro en la terraza de nuestra casa. Hoy en la mañana busqué las fotos de aquella tarde.
Al fondo, delante de su hija, Jorge Sarlabous levanta su vaso de ron. A su lado está Pepe, el esposo de Zenaida, la hermana de Isela. Luego Tito, el asturiano más cubano que he conocido. Después Isela; Lérida, mi madre; Zenaida, quien propone el brindis, y Elia, mi suegra.

Aquel día, Isela me pidió que pusiera a Guillermo Portabales y todos cantaron a dúo con él:

Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí. 
Alguién me está esperando,
me está aguardando que vuelva aquí. 

Cuando salí de Cuba
dejé mi vida, dejé mi amor. 
Cuando salí de Cuba
dejé enterrado mi corazón.

Ayer, en la funeraria, antes de la salida del cortejo, volvimos a cantarla. Me conmovió ver que los dominicanos presentes lloraban tanto como los cubanos. No recuerdo haber mirado a una bandera cubana con la emoción que miré ayer la que cubría el ataúd. Fijé mi vista en ella hasta que se borró en lágrimas.
Isela fue una humilde pinareña que se enamoró de un asturiano al que le dedicó el resto de su vida. Cuando perdieron la bodega, emigraron a Santo Domingo, donde la familia de Tito logró convertir un colmado (así les llaman los dominicanos a las bodegas) en una exitosa cadena de supermercados.
La tarde que estuvieron en casa oí las historias de cada uno. Aunque todos lograron prosperar, se quejaban de haberlo tenido que hacer sin corazón. Porque lo habían dejado enterrado en Cuba, al salir. “Por eso ahora ninguno de nosotros se podrá morir”, dijo don Jorge y volvió a levantar su vaso de ron.

23 julio 2026

Los cien años de Serafín Venegas Nodal

Serafín Erundino Apolinar Venegas Nodal
(General Carrillo, 23 de julio de 1926 -
La Habana, 23 de junio de 1993).

Yo tenía siete años y aún no sabía nadar. Él, en cambio, era un pez en el agua. Mientras yo permanecía en el área infantil de las piscinas, él se subía al trampolín más alto y se lanzaba al vacío. Antes de tocar el agua, daba incontables vueltas que siempre provocaban asombro y hasta aplausos.
Un día, harto de mi ineptitud para mantenerme a flote, me llevó a dar una vuelta en un bote de remos. Puso proa a una isla del lago Hanabanilla a la que él llamaba cayo Confites, por el cayo del norte de Cuba donde entrenaron cubanos y dominicanos con la intención de derrocar a Trujillo. Me lanzó al agua en medio del lago.
—O nadas o te ahogas —me advirtió.
Nadé.
Tiempo después me llevó a pescar en alta mar y, orgulloso, esperó en el agua para ver cómo me lanzaba de cabeza desde el barco —un ferrocemento de la cooperativa pesquera de Casilda—. Estábamos al sur del cayo Macho Afuera, sin tierra a la vista. 
Mientras los dos braceábamos para mantenernos a flote, me preguntó si aquella experiencia me hacía tan feliz como a él. Solo sonreí, no respondí para no contradecirlo. ¿Cómo decirle que prefería pasarme las vacaciones en mi casa, jugando pelota y viendo pasar los trenes?
Siempre me echó en cara que yo prefería parecerme a mi abuelo Aurelio y no a él. Ahora me gustaría decirle que, con los años, cada vez nos parecemos más. Además de heredar su columna de vidrio —me tuvieron que operar igual que a él—, acabé teniendo su "caminao" y muchísimas de sus manías.
Mi madre, cuando me veía conducir, decía que lo hacíamos “igualito”. A menudo escucho a la Aragón, su orquesta preferida, y ya nunca pongo a los trovadores que yo oía para disgusto suyo. Además, cuido de un pedacito de montaña, algo con lo que él siempre soñó para su vejez.
Creo que todas esas cosas suyas que hoy llevo conmigo son la mejor manera que tengo de celebrar sus cien años.

17 julio 2026

¿Por qué soy de Argentina?


Me encanta dar esta explicación: mi equipo en las Copas Mundiales de fútbol siempre ha siempre Argentina. Es por culpa de Mario Kempes y de aquel televisor Krim 206 que teníamos en la sala de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. 
Corría el año 1978 y era la primera vez que veía transmisiones de fútbol. Después de haber logrado aprenderme las complejísimas reglas del béisbol, al niño que fui le resultó relativamente fácil dominar las del fútbol. Apenas en el segundo partido, ya las palabras offside y corner eran parte de mi vocabulario.
Una vez comprendido el deporte, necesitaba al Pedro José Rodríguez (mi ídolo en el béisbol) del fútbol. Ese lugar lo ocupó un argentino que marcó dos goles frente a Polonia y que, además, evitó un gol con la mano, en una jugada que terminó en un penal detenido por Ubaldo Fillol. 
Y después llegó la gran final contra Holanda, abrió el marcador en el minuto 38 y, ya en la prórroga, anotó el gol que puso el 2-1 y bordó la primera estrella en la camiseta de Argentina. Mario Kempes terminó como Bota de Oro, con seis goles, y fue elegido Balón de Oro del campeonato. 
Todo ocurrió en blanco y negro, pero desde entonces el fútbol, para mí, siempre ha sido de color albiceleste.

Gracias a todos por sus mensajes


A todos los amigos que me felicitaron ayer les agradezco de corazón sus mensajes. Desde hace unos días me recupero de un procedimiento médico y eso me obligó a pasar el cumpleaños en cama. Cada una de sus palabras me dio el aliento que necesitaba.
Aprovecho para reconocer el apoyo y la compañía que me han dado durante estos días, además de Diana Sarlabous y mi familia, los actores, actrices y directores del cine del ayer. Sin ellos todo esto hubiera sido mucho más difícil de llevar.
Mi tren acaba de llegar a la última estación de los Cincuenta. A partir del año que viene comenzaré a transitar por el ramal de los Sincuenta. Por fortuna ya soy abuelo y esa gran dicha cura a uno del miedo a la vejez. 
Ya no me importa tanto no poder correr detrás de un fly como solía hacerlo, mi gran ilusión ahora es enseñar a fildear a David Aurelio. Escribir, cuidar de los míos, escribir, seguir pudiéndome dar el cañangazo de por las tardes y escribir. Eso es todo lo que espero del viaje que empieza.

07 julio 2026

Jorge Sarlabous Castillo


Llegó al mundo por Santiago de Cuba en 1929. Hijo de Lorenzo, un cubano descendiente de franceses que a su vez había nacido en Santo Domingo (por esas cercanías y esos azares que dominaban al Caribe a finales del siglo XIX) y Estrella, una santiaguera que luchó como nadie por lo único que no pudo conseguir: mantener a toda la familia a su alrededor.
Jorge Sarlabous Castillo se hizo técnico agrícola y heredó la posición de su padre en los campos de caña que rodeaban a Alto Songo. El barco que trasegaba entre Guantánamo y Santo Domingo ya lo habían vendido, por eso el único mar en el que pudo navegar fueron los cañaverales. 
En 1968, cuando decidió marcharse al exilio con su esposa y sus dos hijos, perdió el trabajo, a parte de su familia y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Siempre recordó esos veinticuatro como los peores de su vida. Antes de referirse a ellos hacía un largo silencio, como si dentro de su cabeza se volvieran a proyectar como una película. 
Pero lo consolaba recordar que aquella condena le permitió salvar a más de veinte presidiarios como él, a los que sus carceleros habían abandonado en un campamento que quedó bajo agua durante un ciclón. Él conocía un trillo que salía a un alto puente del ferrocarril de Martí a Bayamo y por allí escaparon.
En República Dominicana empezó de cero. Logró refundar su hogar y trabajar sin descanso por más de cuarenta años. Por su seriedad y honradez, llegó a estar al frente de fábricas y de industrias. Todos en la familia lloramos con el homenaje que le hicieron el día de su jubilación.
Ayer perdimos a uno de los últimos cubanos de aquellas grandes generaciones que antecedieron a la gran degeneración. Y eso es lo que más agradezco por haberlo tenido como suegro y como padre. Al oírlo, quererlo y obedecerle, tuve la oportunidad de vivir lo esencial de la Cuba que me perdí. 
Siempre que me sirva el trago de los domingos al mediodía, querido Jorge, estarás conmigo.

30 junio 2026

La conga cautiva

Foto tomada de Diario de Cuba.

El régimen cubano por fin autorizó la celebración de las congas de San Pedro en Santiago de Cuba. Después de suspender las de San Juan y, no sin antes disfrazar de civiles a un indeterminado número de represores, les dio vía libre a los tambores y a la corneta china, una infiltrada más en la celebración.
En 1953, Fidel Castro utilizó los carnavales y las congas como una cortina de humo para asaltar el cuartel Moncada, la principal fortaleza militar del oriente de Cuba. Después de diseñar un plan desastroso que terminó en un rotundo fracaso, convirtió la fiesta más popular de la ciudad en un baño de sangre.
Sus reclamos, según declaró después en un alegato que trascendió con el título de La historia me absolverá, hoy parecerían irrisorios frente a los problemas que tienen que enfrentar los cubanos. Punto por punto, las denuncias formuladas por aquel joven iracundo resultan infinitamente más graves bajo el régimen que él mismo instauró.
Los problemas de la vivienda, la alimentación, la salud, la electricidad y, sobre todo, la libertad, actualmente son mucho más críticos que los que existían entonces. Incluso la corrupción y la degradación de la nación han alcanzado niveles que difícilmente podían imaginarse en 1953.
Fidel Castro no logró encontrar el cuartel Moncada. Incomprensible se perdió en una ciudad que conocía como la palma de su mano y no llegó al lugar donde se libraba el disparatado asalto. Gracias a ello sobrevivió y acabó instaurando la peor de todas las Cuba.
Sus herederos políticos mantienen viva su “gesta” con una represión cada vez más oprobiosa. Nunca un tambor había sido silenciado en Cuba, hasta que llegó el Comandante y mandó a callar.

26 junio 2026

Los mudos de la montaña

Cubierta diseñada por Leonardo Orozco.

Por Liudmila Quincoses

Hay libros que no anuncian desde el principio lo que van a ser y Los mudos de la montaña, novela del periodista y escritor cubano Camilo Venegas Yero, es uno de ellos. Publicada en 2026 por Libros del Fogonero, esta obra narra en primera persona la historia de Mario, un joven periodista en prácticas que es enviado tres meses a El Nicho, una comunidad aislada entre las montañas del Escambray, en el centro de Cuba, para escribir una serie de reportajes. Lo que parece el punto de partida de una crónica de viaje se convierte, progresivamente, en algo mucho más complejo: una indagación sobre la memoria, el silencio, el amor, la identidad y el peso de vivir en un país que carga su historia con la misma dificultad con que se sube una montaña escarpada.
La novela se estructura en tres partes: El viaje, La montaña y El fugitivo. Esta división no es solo espacial ni temporal: es también emocional. En la primera parte, el lector conoce a Mario en La Habana, en compañía de Dania, la mujer que ama y de la que se tiene que separar. Esta relación, narrada con una delicadeza y una profundidad poco comunes, funciona como el hilo emocional de toda la novela. Dania no es solo la novia ausente: es una presencia constante a través de las cartas, los recuerdos y los libros que comparten, una figura que condensa la nostalgia por una vida que el protagonista siente que puede perder mientras se aleja de ella.
Una de las grandes virtudes del libro es la construcción de los personajes secundarios. Valladares, el hombre que acoge a Mario en El Nicho, es quizás el más memorable: solitario, reservado, lleno de un pasado que no termina de contar, capaz de una ternura enorme que casi nunca deja ver. A su alrededor orbitan el Gallego y su esposa Migdalia, el arriero Urquiza, la doctora Emelina y el enigmático Nando, personajes que parecen existir fuera del tiempo, atrapados en esas montañas como si el mundo exterior ya no les dijera nada. Venegas los retrata sin sentimentalismo ni exotismo, con una mirada que respeta su complejidad y su silencio.
El silencio, de hecho, es uno de los temas centrales del libro. El título lo anuncia desde el principio: hay algo que no se puede decir, historias que no se pueden contar, verdades que la propia narración rodea sin nombrar directamente. Esto se hace especialmente evidente en la historia de Emelina, la doctora rural que vive en El Nicho castigada por haber pedido salir del país, o en los silencios de Valladares cuando Mario le hace preguntas sobre el pasado. La novela logra que esos espacios en blanco digan tanto o más que las palabras escritas. 
La doctora Emelina, con su nombre tan bien puesto, tan de esa Cuba del pasado. Aparece como una mujer que se desdobla, vive su pasión con Mario, en esta especie de paraíso perdido donde el azar los reunió. Particularmente esta fue mi historia de amor preferida dentro de la novela. Que también nos dibuja un triángulo amoroso cargado de mucha poesía. 
Otros personajes que tienen para mí una significación especial son los escritores Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, imprescindibles para entender la Habana de aquellos tiempos y la poesía cubana, gracias por ese guiño cómplice y por regalarnos un espacio en esta máquina del tiempo, yo hasta he soñado que camino con ellos por Obispo luego de leer la novela. Agradezco al autor por mantener viva memoria y legado.
Venegas construye su prosa con una precisión que recuerda al buen periodismo narrativo: la atención al detalle sensorial, los diálogos breves y certeros, los paisajes que no se describen por ser bellos sino porque revelan algo de quien los mira. Hay ecos claros de la tradición literaria que tanto aprecian los personajes: Hemingway, Faulkner, Lezama Lima, Capote, Lispector. Pero la novela no cae en el homenaje ni en la cita ornamental. Los libros que mencionan Mario y Dania son parte de su manera de entender el mundo y de relacionarse entre sí; la literatura funciona aquí como lenguaje común y como forma de resistencia ante la realidad que los rodea.
La dimensión política del libro aparece siempre de manera oblicua, como corresponde a una novela que entiende que la sutileza es más honesta que el panfleto. Cuba está presente en cada página, no como escenario pintoresco sino como condición existencial: la escasez, la vigilancia de los hombres de verde olivo, las restricciones que moldean los sueños y los cuerpos de sus personajes, las historias de los que se fueron y los que se quedaron. Todo ello aparece con naturalidad, sin subrayados, como parte de una vida que es lo que es y no pide disculpas.
Si hay algo que el lector extranjero puede tardar en descifrar, es la densidad de referencias culturales cubanas que pueblan el texto: músicos, pintores, escritores, calles, rutas de ómnibus. Pero ese mismo exceso de especificidad es lo que da al libro su autenticidad y su textura. Los mudos de la montaña es, entre otras cosas, una novela profundamente habanera y esa habanidad no se disculpa ni se traduce: simplemente está ahí, como el olor a gas que Mario aspira la primera vez que escucha a Celia Cruz desde un balcón de La gaveta en La Habana Vieja.
La novela tiene el valor de no resolver lo que no se puede resolver. No hay redenciones fáciles, ni respuestas definitivas sobre quién delató a quién, ni certeza sobre qué será de Mario y Dania cuando él regrese. Lo que sí queda, con una claridad que impresiona, es la sensación de haber conocido a personas reales, de haber caminado por esos senderos de cemento de la vieja escuela abandonada, de haber escuchado el cling, clang, clong del herrero resonando entre las montañas. Esa sensación de presencia es, probablemente, el mayor logro del autor.
Los mudos de la montaña es una novela que se lee con la misma paciencia con que sus personajes esperan que llegue el barco, que pare la lluvia o que alguien diga por fin lo que todos saben pero nadie termina de pronunciar. Para quien esté dispuesto a esa calma, el libro recompensa con creces. Los invito entonces a leer esta magnífica novela, máquina del tiempo o paraíso perdido en la que no vas a dejar de pensar. Gracias a Camilo Venegas por entregarnos este texto imprescindible, certero y necesario en el ámbito de la narrativa contemporánea.

Ciudad de México, junio de 2026.

25 junio 2026

Mi tío el alzado

Mi tío Aramís González Yero con 19 años, en enero de 1959, después de tomar Cienfuegos a las órdenes de William Morgan. Posa, en un estudio de la calle San Carlos, con el fusil que le regaló "el comandante yankee" y con la que combatió en el Segundo Frente del Escambray.
Luego perforó pozos de petróleo en Jatibonico, estuvo preso en Yaguaramas, se exilió en España, condujo un autobús lleno de cubanos desde Managua hasta México, viajó en su barco dos veces al Mariel y vivió para dedicarle al Paradero de Camarones el primer pensamiento de cada día, al despertarse. 
Estoy terminando de escribir la novela de su vida, donde acabo haciéndome una pregunta que antes se había hecho Arthur Miller sobre uno de sus personajes: "¿Un héroe entonces?".

19 junio 2026

Tres felices tigres

De izquierda a derecha: Racso Morejón, Basilio Belliard,
Camilo Venegas y Alberto Garrido.

El conversatorio se llamó "Entre partida y arraigo: Diáspora cubana en República Dominicana". Se suponía que Racso Morejón, Alberto Garrido y yo debíamos ofrecerle al escritor dominicano Basilio Belliard testimonios sobre el drama que significa para nosotros el exilio. 
Pero los tres coincidimos que este país nos hizo más libres, más felices y hasta mejores escritores que el nuestro. También estuvimos de acuerdo en que la Cuba a la que pertenecemos ya no existe, por eso insistimos en escribirla, para poder regresar a ella al menos a través de las palabras.
Gracias otra vez al Festival Mar de Palabras por la invitación y, sobre todo, por la oportunidad que tuvimos de agradecerle al país de los dominicanos el habernos devuelto todo lo que el nuestro nos quitó.

Armando Lucas Correa, Camilo Venegas,
Alberto Garrido y Alejandro Aguilar.

Los participantes en el conversatorio.

Gracias, Casa Calíope


Agradezco a Casa Calíope y a sus fundadoras, Stephanie Pérez y María Eugenia Espinal, que los Libros del Fogonero estén disponibles en el
Festival Mar de Palabras. Que dos jóvenes dominicanas emprendan la aventura de una librería en estos momentos me devuelve de esperanza.
De un tiempo a esta parte, cada nuevo ministro de Cultura de República Dominicana es peor que el anterior. El actual, Roberto Ángel Salcedo, además de haber perpetrado la peores películas de la cinematografía nacional, es un enemigo confeso del libro de papel.
Asumo la presencia de mis obras en los anaqueles físicos y virtuales de Casa Calíope, como un acto de resistencia ante tanta ignorancia, ineptitud y frivolidad. Estoy convencido de que llegará el día en que la cultura de este país vuelva a estar en manos de alguien con la capacidad de valorarla en su justa medida.

30 mayo 2026

Animales de compañía

El rinoceronte de Fellini, Serranito y el toro que me regaló 
Ana Rosario, ante la mirada desconcertada de Egon Schiele.

Dentro de un año cumpliré sesenta y aun no aprendo a vivir sin juguetes. Siempre he tenido alguno conmigo, incluso cuando hice la maleta para irme de Cuba, en un viaje sin regreso, eché en ella mi Buzz Lightyear. Recuerdo haberle pedido, medio en broma medio en serio, que me ayudara a llegar “al infinito y más allá”.
Cuando HBO lanzó la campaña de presentación de Band of Brothers (2001) en República Dominicana, hizo llegar un paquete con soldaditos a los periodistas que cubrían los temas culturales. Puse los míos encima del display del ordenador y luego me acompañaron en mi estancia en el Centro León de Santiago.
Cuando comencé a escribir Los mudos de la montaña, la novela que presenté recientemente en Madrid, me compré un rinoceronte africano. Al comienzo del libro, sus protagonistas van a ver Y la nave va, la película de Fellini donde un rinoceronte se convierte en una metáfora. 
Lo asumí como una réplica de aquel. Cada vez que retomaba la escritura del libro, ponía al animal junto a la laptop. Una vez alcanzado el punto final de la “jornada laboral”, le agradecía la compañía. El día de mi cumpleaños, en julio pasado, mi hija Ana Rosario me regaló un toro de lidia. 
Es una exacta reproducción de la increíble belleza de ese animal. Entonces ya yo había empezado a escribir la novela en la que trabajo actualmente, donde su protagonista, mi tío Aramís, descubre la tauromaquia al llegar a Madrid. Luego me compré otro toro bravo. 
El segundo, del mismo color de Serranito, el animal con el que el diestro Paco Camino firmó una de sus faenas más memorables en Las Ventas. Aramís nunca olvidó aquella tarde, que ocurrió durante los primeros meses de su exilio, en 1971. En honor a él y como amuleto, el Serranito de juguete me acompaña cada mañana.
No lejos de él, está aún el rinoceronte. Cada vez que mi nieto nos visita, me pide a los dos animales. Juega con ellos bajo mi supervisión y luego los devuelvo a su lugar. Hace unos días, yo no conseguía que David Aurelio se quedara dormido y los llevé a la cama. Ya roncaba cuando traté de quitárselos, pero apretó el puño.
Para él ya también son unos excelentes animales de compañía. Por cierto, aún no le he dicho que para el próximo libro que tengo en mente necesitaré una ballena.

Los soldaditos, regalo de HBO, que me acompañaron
en la redacción de El Caribe, en Santo Domingo.

19 mayo 2026

Extraños


Ayer en la tarde, mientras Diana y yo caminábamos bajo los pinos que bordean al río, retraté a un pato. Aunque ya son comunes en el Manzanares, la canción de Sabina me hace verlos todavía como algo extraño. Por eso siempre los retrato, en el carrete de mi iPhone tengo muchísimas fotos de ellos.
Mientras hacía la foto, comenté que iba a extrañar el paisaje que nos rodea y que tanto disfrutamos cuando volvamos a República Dominicana, huyéndole al verano de Madrid. Buscamos un lugar donde tirarnos en la hierba y, con el sonido de la corriente de fondo, nos pusimos a leer.
En la madrugada, cuando yo ya roncaba, Diana oyó ruidos en la calle. Aunque no es normal, decidió no asomarse para ver qué ocurría. Hoy en la mañana nos enteramos por las noticias de que una mujer había caído al río. Los ruidos venían del equipo de rescate, mientras lograba sacarla del agua con una grúa.
Todo ocurrió en el mismo espacio: la foto del pato, la lectura en la hierba y la tragedia. Hoy pasé por allí y todo estaba como si no hubiera pasado nada. Supe el lugar porque un anciano le señalaba a su esposa, quien no acababa de entender dónde había sido exactamente.
—¡Te dije que allí, coño!
—Ah, allí —respondió ella señalando al vacío.
El pato seguía caminando por el muro, pero esta vez no lo retraté.

Ex Libris


Mi hermano Eduardo Lozano, a quien conocí casi de niño, cuando éramos alumnos de la Escuela de Arte de Cuabanacán, y que me ha demostrado a través de los años y las décadas en qué consiste ser un verdadero artista, me ha hecho un regalo.
Siempre quise tener un ex libris y, a falta de él, usaba los cuños de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Esa es la razón por la que, desde los tiempos en que Lozano y yo empezamos a atesorar libros, los míos parecían propiedad de los Ferrocarriles de Cuba.
A partir de ahora, y gracias a mi hermano artista, mis libros ahora lucen un peregrino, el otro oficio que he compartido con él, además del de crear: caminar. Asumo el hecho de que empezar a marcarlos por Hamsun y Cartarescu, dos de mis escritores preferidos, como otra importante señal.
Gracias, querido Lozano. Septiembre del 2027 nos espera en Galicia, de vuelta al Camino Francés. Para esa fecha, espero haber estampado muchas veces tu ex libris.

09 abril 2026

No tengo imágenes de Brno

Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga,
llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde.

Todavía en el andén de la estación Budapest Nyugati, mientras esperábamos la orden de abordar el tren que acababa de llegar, pensé en Brno. Trataré de hacer la mayor cantidad posible de fotos, me dije. Después de revisar todas las paradas que haríamos, esa era para mí la más importante.
Había leído el nombre de la ciudad en las contracubiertas o las solapas de algunos de mis libros preferidos. De hecho, llevaba uno conmigo, con la intención de empezarlo a releer en cuanto el tren se pusiera en marcha. Intentaría acabarlo en el destino, donde estaríamos tres noches.
Brno, actual República Checa, 1929. Eso se lee al comienzo de las síntesis biográficas de Milan Kundera. Cuando yo todavía no había salido de Cuba, antes de poder conocerla en persona, nadie me explicó mejor la libertad que él. Era comprensible: él huyó de un país totalitario, yo nací en otro. 
Aunque padecía a diario la opresión, no fui de verdad consciente de ello hasta mi primera lectura de La insoportable levedad del ser. Allí los personajes eran sometidos al mismo horror que nosotros. Muchas de las cosas que yo veía como normales dejaron de serlo.
Quería retratar el paisaje de Brno, quedarme con imágenes de sus casas, sus árboles, sus andenes, todo lo que apareciera en la ventanilla. Cuando apareció como próximo destino en el vagón, retraté la pantalla. Poco después, una voz anunció, primero en checo y después en inglés, que estábamos llegando.
Me imaginé a Teresa y a Tomás en aquel escenario. Por fin podía ver, en persona, un paisaje como el que los rodeaba a ellos. Ya en Praga, descubrí que no había hecho ni una sola foto. Solo miré. No tengo imágenes de Brno. El pueblo de Kundera, como el mío, sigue siendo un recuerdo abstracto en mi cabeza.

07 abril 2026

María cumple 20 años

María retrata el puente de Carlos y el Moldava
desde lo alto de la torre. 

Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba. 
En el medio del bosque vi un bulto. Era María, que había salido antes. Entonces todavía era una niña y le pregunté qué hacía allí.
—Vine a ver qué le pasa a Laika.
—¿Y no te dio miedo salir sola? —le pregunté desconcertado.
—Cuando tú estás cerca yo no tengo miedo —respondió y volvió a la casa.
Antes de ayer, mientras cruzábamos el puente de Carlos, en Praga, me miró retadora.
—¡Tenemos que subir juntos a la torre! —me ordenó.
Hoy cumple 20 años. Es una estudiante sobresaliente de periodismo y comunicación digital, pero cuando le preguntan qué quiere hacer cuando se gradúe, lo resume en una sola palabra: escribir.
Cuando ella está cerca yo tampoco tengo miedo, por eso mis rodillas lograron vencer los 138 escalones de la torre del puente de Carlos.
¡Felicidades, Pori!

27 febrero 2026

Incógnito por La Habana


Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta. 
Avanzo, página a página, sin perder la esperanza de poder meter los pies en la piscina donde Ava Gardner se bañó desnuda. No recuerdo un viaje tan fascinante a Cuba desde mi última relectura de "Tres tristes tigres". Gracias, Antonio José Ponte, por eso.

01 febrero 2026

Talín, Camilo y Estrella



Talín era nuestro vecino más cercano. Su casa estaba del otro lado de las dos líneas que pasaban frente a la mía, que era la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Todas las tardes él pasaba a conversar con mi abuelo. Entonces los vecinos solían reunirse al final del día.
A esa hora, mi abuelo y yo leíamos, un sillón al lado del otro. En esa época, también, los niños pasábamos mucho tiempo junto a nuestros adultos. A mi abuelo Aurelio no le gustaba que lo interrumpieran cuando leía, pero Talín gozaba del privilegio de poder hacerlo.
Luego me fui a estudiar a La Habana y mi abuelo murió, pero Talín se quedó con la costumbre de cruzar las líneas y pasar por mi casa cuando ya se había bañado, entalcado y puesto la ropa de por las tardes. Siempre que me encontraba, me pedía lo mismo: 
—Camilito, trata de conseguirme el libro de Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón.
Se puso muy feliz el día que se lo regalé. Entonces, dejó de pasar por mi casa. Lo veía desde el andén, bañado, entalcado y sentado frente al pozo de su casa, leyéndole en voz alta a su esposa Mercedita, que a esa hora terminaba de cocinar y empezaba a poner la mesa:
Un campo maravilloso,
lindo sol que reverbera,
sublime brisa campera,
cielo azul y suelo hermoso.
Un valle verde y gracioso,
una montaña intrincada,
una límpida cañada
y una espléndida vivienda,
todo eso es la gran hacienda
de don Patricio Moncada.
El libro hoy está en manos de Dulce, la hija más linda de Marino Pérez, el pocero y curador de vacas (lo hacía tanto con medicinas como con rezos). Me hizo llegar una foto de la cubierta del libro y de mi dedicatoria. Me llama la atención lo escueto y respetuoso que fui. Así éramos entonces con los mayores.
Después que Talín murió, mi madre me decía que a veces escuchaba su voz ronca y estruendosa. Eso solía ocurrir en el Paradero de Camarones: cuando alguien dejaba de estar, los demás necesitaban oírlo, presentirlo, seguir creyendo que aún andaba por ahí. 
Gracias a Dulce, volví a oír a Talín.