07 julio 2026

Jorge Sarlabous Castillo


Llegó al mundo por Santiago de Cuba en 1929. Hijo de Lorenzo, un cubano descendiente de franceses que a su vez había nacido en Santo Domingo (por esas cercanías y esos azares que dominaban al Caribe a finales del siglo XIX) y Estrella, una santiaguera que luchó como nadie por lo único que no pudo conseguir: mantener a toda la familia a su alrededor.
Jorge Sarlabous Castillo se hizo técnico agrícola y heredó la posición de su padre en los campos de caña que rodeaban a Alto Songo. El barco que trasegaba entre Guantánamo y Santo Domingo ya lo habían vendido, por eso el único mar en el que pudo navegar fueron los cañaverales. 
En 1968, cuando decidió marcharse al exilio con su esposa y sus dos hijos, perdió el trabajo, a parte de su familia y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Siempre recordó esos veinticuatro como los peores de su vida. Antes de referirse a ellos hacía un largo silencio, como si dentro de su cabeza se volvieran a proyectar como una película. 
Pero lo consolaba recordar que aquella condena le permitió salvar a más de veinte presidiarios como él, a los que sus carceleros habían abandonado en un campamento que quedó bajo agua durante un ciclón. Él conocía un trillo que salía a un alto puente del ferrocarril de Martí a Bayamo y por allí escaparon.
En República Dominicana empezó de cero. Logró refundar su hogar y trabajar sin descanso por más de cuarenta años. Por su seriedad y honradez, llegó a estar al frente de fábricas y de industrias. Todos en la familia lloramos con el homenaje que le hicieron el día de su jubilación.
Ayer perdimos a uno de los últimos cubanos de aquellas grandes generaciones que antecedieron a la gran degeneración. Y eso es lo que más agradezco por haberlo tenido como suegro y como padre. Al oírlo, quererlo y obedecerle, tuve la oportunidad de vivir lo esencial de la Cuba que me perdí. 
Siempre que me sirva el trago de los domingos al mediodía, querido Jorge, estarás conmigo.

30 junio 2026

La conga cautiva

Foto tomada de Diario de Cuba.

El régimen cubano por fin autorizó la celebración de las congas de San Pedro en Santiago de Cuba. Después de suspender las de San Juan y, no sin antes disfrazar de civiles a un indeterminado número de represores, les dio vía libre a los tambores y a la corneta china, una infiltrada más en la celebración.
En 1953, Fidel Castro utilizó los carnavales y las congas como una cortina de humo para asaltar el cuartel Moncada, la principal fortaleza militar del oriente de Cuba. Después de diseñar un plan desastroso que terminó en un rotundo fracaso, convirtió la fiesta más popular de la ciudad en un baño de sangre.
Sus reclamos, según declaró después en un alegato que trascendió con el título de La historia me absolverá, hoy parecerían irrisorios frente a los problemas que tienen que enfrentar los cubanos. Punto por punto, las denuncias formuladas por aquel joven iracundo resultan infinitamente más graves bajo el régimen que él mismo instauró.
Los problemas de la vivienda, la alimentación, la salud, la electricidad y, sobre todo, la libertad, actualmente son mucho más críticos que los que existían entonces. Incluso la corrupción y la degradación de la nación han alcanzado niveles que difícilmente podían imaginarse en 1953.
Fidel Castro no logró encontrar el cuartel Moncada. Incomprensible se perdió en una ciudad que conocía como la palma de su mano y no llegó al lugar donde se libraba el disparatado asalto. Gracias a ello sobrevivió y acabó instaurando la peor de todas las Cuba.
Sus herederos políticos mantienen viva su “gesta” con una represión cada vez más oprobiosa. Nunca un tambor había sido silenciado en Cuba, hasta que llegó el Comandante y mandó a callar.

26 junio 2026

Los mudos de la montaña

Cubierta diseñada por Leonardo Orozco.

Por Liudmila Quincoses

Hay libros que no anuncian desde el principio lo que van a ser y Los mudos de la montaña, novela del periodista y escritor cubano Camilo Venegas Yero, es uno de ellos. Publicada en 2026 por Libros del Fogonero, esta obra narra en primera persona la historia de Mario, un joven periodista en prácticas que es enviado tres meses a El Nicho, una comunidad aislada entre las montañas del Escambray, en el centro de Cuba, para escribir una serie de reportajes. Lo que parece el punto de partida de una crónica de viaje se convierte, progresivamente, en algo mucho más complejo: una indagación sobre la memoria, el silencio, el amor, la identidad y el peso de vivir en un país que carga su historia con la misma dificultad con que se sube una montaña escarpada.
La novela se estructura en tres partes: El viaje, La montaña y El fugitivo. Esta división no es solo espacial ni temporal: es también emocional. En la primera parte, el lector conoce a Mario en La Habana, en compañía de Dania, la mujer que ama y de la que se tiene que separar. Esta relación, narrada con una delicadeza y una profundidad poco comunes, funciona como el hilo emocional de toda la novela. Dania no es solo la novia ausente: es una presencia constante a través de las cartas, los recuerdos y los libros que comparten, una figura que condensa la nostalgia por una vida que el protagonista siente que puede perder mientras se aleja de ella.
Una de las grandes virtudes del libro es la construcción de los personajes secundarios. Valladares, el hombre que acoge a Mario en El Nicho, es quizás el más memorable: solitario, reservado, lleno de un pasado que no termina de contar, capaz de una ternura enorme que casi nunca deja ver. A su alrededor orbitan el Gallego y su esposa Migdalia, el arriero Urquiza, la doctora Emelina y el enigmático Nando, personajes que parecen existir fuera del tiempo, atrapados en esas montañas como si el mundo exterior ya no les dijera nada. Venegas los retrata sin sentimentalismo ni exotismo, con una mirada que respeta su complejidad y su silencio.
El silencio, de hecho, es uno de los temas centrales del libro. El título lo anuncia desde el principio: hay algo que no se puede decir, historias que no se pueden contar, verdades que la propia narración rodea sin nombrar directamente. Esto se hace especialmente evidente en la historia de Emelina, la doctora rural que vive en El Nicho castigada por haber pedido salir del país, o en los silencios de Valladares cuando Mario le hace preguntas sobre el pasado. La novela logra que esos espacios en blanco digan tanto o más que las palabras escritas. 
La doctora Emelina, con su nombre tan bien puesto, tan de esa Cuba del pasado. Aparece como una mujer que se desdobla, vive su pasión con Mario, en esta especie de paraíso perdido donde el azar los reunió. Particularmente esta fue mi historia de amor preferida dentro de la novela. Que también nos dibuja un triángulo amoroso cargado de mucha poesía. 
Otros personajes que tienen para mí una significación especial son los escritores Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, imprescindibles para entender la Habana de aquellos tiempos y la poesía cubana, gracias por ese guiño cómplice y por regalarnos un espacio en esta máquina del tiempo, yo hasta he soñado que camino con ellos por Obispo luego de leer la novela. Agradezco al autor por mantener viva memoria y legado.
Venegas construye su prosa con una precisión que recuerda al buen periodismo narrativo: la atención al detalle sensorial, los diálogos breves y certeros, los paisajes que no se describen por ser bellos sino porque revelan algo de quien los mira. Hay ecos claros de la tradición literaria que tanto aprecian los personajes: Hemingway, Faulkner, Lezama Lima, Capote, Lispector. Pero la novela no cae en el homenaje ni en la cita ornamental. Los libros que mencionan Mario y Dania son parte de su manera de entender el mundo y de relacionarse entre sí; la literatura funciona aquí como lenguaje común y como forma de resistencia ante la realidad que los rodea.
La dimensión política del libro aparece siempre de manera oblicua, como corresponde a una novela que entiende que la sutileza es más honesta que el panfleto. Cuba está presente en cada página, no como escenario pintoresco sino como condición existencial: la escasez, la vigilancia de los hombres de verde olivo, las restricciones que moldean los sueños y los cuerpos de sus personajes, las historias de los que se fueron y los que se quedaron. Todo ello aparece con naturalidad, sin subrayados, como parte de una vida que es lo que es y no pide disculpas.
Si hay algo que el lector extranjero puede tardar en descifrar, es la densidad de referencias culturales cubanas que pueblan el texto: músicos, pintores, escritores, calles, rutas de ómnibus. Pero ese mismo exceso de especificidad es lo que da al libro su autenticidad y su textura. Los mudos de la montaña es, entre otras cosas, una novela profundamente habanera y esa habanidad no se disculpa ni se traduce: simplemente está ahí, como el olor a gas que Mario aspira la primera vez que escucha a Celia Cruz desde un balcón de La gaveta en La Habana Vieja.
La novela tiene el valor de no resolver lo que no se puede resolver. No hay redenciones fáciles, ni respuestas definitivas sobre quién delató a quién, ni certeza sobre qué será de Mario y Dania cuando él regrese. Lo que sí queda, con una claridad que impresiona, es la sensación de haber conocido a personas reales, de haber caminado por esos senderos de cemento de la vieja escuela abandonada, de haber escuchado el cling, clang, clong del herrero resonando entre las montañas. Esa sensación de presencia es, probablemente, el mayor logro del autor.
Los mudos de la montaña es una novela que se lee con la misma paciencia con que sus personajes esperan que llegue el barco, que pare la lluvia o que alguien diga por fin lo que todos saben pero nadie termina de pronunciar. Para quien esté dispuesto a esa calma, el libro recompensa con creces. Los invito entonces a leer esta magnífica novela, máquina del tiempo o paraíso perdido en la que no vas a dejar de pensar. Gracias a Camilo Venegas por entregarnos este texto imprescindible, certero y necesario en el ámbito de la narrativa contemporánea.

Ciudad de México, junio de 2026.

25 junio 2026

Mi tío el alzado

Mi tío Aramís González Yero con 19 años, en enero de 1959, después de tomar Cienfuegos a las órdenes de William Morgan. Posa, en un estudio de la calle San Carlos, con el fusil que le regaló "el comandante yankee" y con la que combatió en el Segundo Frente del Escambray.
Luego perforó pozos de petróleo en Jatibonico, estuvo preso en Yaguaramas, se exilió en España, condujo un autobús lleno de cubanos desde Managua hasta México, viajó en su barco dos veces al Mariel y vivió para dedicarle al Paradero de Camarones el primer pensamiento de cada día, al despertarse. 
Estoy terminando de escribir la novela de su vida, donde acabo haciéndome una pregunta que antes se había hecho Arthur Miller sobre uno de sus personajes: "¿Un héroe entonces?".

19 junio 2026

Tres felices tigres

De izquierda a derecha: Racso Morejón, Basilio Belliard,
Camilo Venegas y Alberto Garrido.

El conversatorio se llamó "Entre partida y arraigo: Diáspora cubana en República Dominicana". Se suponía que Racso Morejón, Alberto Garrido y yo debíamos ofrecerle al escritor dominicano Basilio Belliard testimonios sobre el drama que significa para nosotros el exilio. 
Pero los tres coincidimos que este país nos hizo más libres, más felices y hasta mejores escritores que el nuestro. También estuvimos de acuerdo en que la Cuba a la que pertenecemos ya no existe, por eso insistimos en escribirla, para poder regresar a ella al menos a través de las palabras.
Gracias otra vez al Festival Mar de Palabras por la invitación y, sobre todo, por la oportunidad que tuvimos de agradecerle al país de los dominicanos el habernos devuelto todo lo que el nuestro nos quitó.

Armando Lucas Correa, Camilo Venegas,
Alberto Garrido y Alejandro Aguilar.

Los participantes en el conversatorio.

Gracias, Casa Calíope


Agradezco a Casa Calíope y a sus fundadoras, Stephanie Pérez y María Eugenia Espinal, que los Libros del Fogonero estén disponibles en el
Festival Mar de Palabras. Que dos jóvenes dominicanas emprendan la aventura de una librería en estos momentos me devuelve de esperanza.
De un tiempo a esta parte, cada nuevo ministro de Cultura de República Dominicana es peor que el anterior. El actual, Roberto Ángel Salcedo, además de haber perpetrado la peores películas de la cinematografía nacional, es un enemigo confeso del libro de papel.
Asumo la presencia de mis obras en los anaqueles físicos y virtuales de Casa Calíope, como un acto de resistencia ante tanta ignorancia, ineptitud y frivolidad. Estoy convencido de que llegará el día en que la cultura de este país vuelva a estar en manos de alguien con la capacidad de valorarla en su justa medida.

30 mayo 2026

Animales de compañía

El rinoceronte de Fellini, Serranito y el toro que me regaló 
Ana Rosario, ante la mirada desconcertada de Egon Schiele.

Dentro de un año cumpliré sesenta y aun no aprendo a vivir sin juguetes. Siempre he tenido alguno conmigo, incluso cuando hice la maleta para irme de Cuba, en un viaje sin regreso, eché en ella mi Buzz Lightyear. Recuerdo haberle pedido, medio en broma medio en serio, que me ayudara a llegar “al infinito y más allá”.
Cuando HBO lanzó la campaña de presentación de Band of Brothers (2001) en República Dominicana, hizo llegar un paquete con soldaditos a los periodistas que cubrían los temas culturales. Puse los míos encima del display del ordenador y luego me acompañaron en mi estancia en el Centro León de Santiago.
Cuando comencé a escribir Los mudos de la montaña, la novela que presenté recientemente en Madrid, me compré un rinoceronte africano. Al comienzo del libro, sus protagonistas van a ver Y la nave va, la película de Fellini donde un rinoceronte se convierte en una metáfora. 
Lo asumí como una réplica de aquel. Cada vez que retomaba la escritura del libro, ponía al animal junto a la laptop. Una vez alcanzado el punto final de la “jornada laboral”, le agradecía la compañía. El día de mi cumpleaños, en julio pasado, mi hija Ana Rosario me regaló un toro de lidia. 
Es una exacta reproducción de la increíble belleza de ese animal. Entonces ya yo había empezado a escribir la novela en la que trabajo actualmente, donde su protagonista, mi tío Aramís, descubre la tauromaquia al llegar a Madrid. Luego me compré otro toro bravo. 
El segundo, del mismo color de Serranito, el animal con el que el diestro Paco Camino firmó una de sus faenas más memorables en Las Ventas. Aramís nunca olvidó aquella tarde, que ocurrió durante los primeros meses de su exilio, en 1971. En honor a él y como amuleto, el Serranito de juguete me acompaña cada mañana.
No lejos de él, está aún el rinoceronte. Cada vez que mi nieto nos visita, me pide a los dos animales. Juega con ellos bajo mi supervisión y luego los devuelvo a su lugar. Hace unos días, yo no conseguía que David Aurelio se quedara dormido y los llevé a la cama. Ya roncaba cuando traté de quitárselos, pero apretó el puño.
Para él ya también son unos excelentes animales de compañía. Por cierto, aún no le he dicho que para el próximo libro que tengo en mente necesitaré una ballena.

Los soldaditos, regalo de HBO, que me acompañaron
en la redacción de El Caribe, en Santo Domingo.

19 mayo 2026

Extraños


Ayer en la tarde, mientras Diana y yo caminábamos bajo los pinos que bordean al río, retraté a un pato. Aunque ya son comunes en el Manzanares, la canción de Sabina me hace verlos todavía como algo extraño. Por eso siempre los retrato, en el carrete de mi iPhone tengo muchísimas fotos de ellos.
Mientras hacía la foto, comenté que iba a extrañar el paisaje que nos rodea y que tanto disfrutamos cuando volvamos a República Dominicana, huyéndole al verano de Madrid. Buscamos un lugar donde tirarnos en la hierba y, con el sonido de la corriente de fondo, nos pusimos a leer.
En la madrugada, cuando yo ya roncaba, Diana oyó ruidos en la calle. Aunque no es normal, decidió no asomarse para ver qué ocurría. Hoy en la mañana nos enteramos por las noticias de que una mujer había caído al río. Los ruidos venían del equipo de rescate, mientras lograba sacarla del agua con una grúa.
Todo ocurrió en el mismo espacio: la foto del pato, la lectura en la hierba y la tragedia. Hoy pasé por allí y todo estaba como si no hubiera pasado nada. Supe el lugar porque un anciano le señalaba a su esposa, quien no acababa de entender dónde había sido exactamente.
—¡Te dije que allí, coño!
—Ah, allí —respondió ella señalando al vacío.
El pato seguía caminando por el muro, pero esta vez no lo retraté.

Ex Libris


Mi hermano Eduardo Lozano, a quien conocí casi de niño, cuando éramos alumnos de la Escuela de Arte de Cuabanacán, y que me ha demostrado a través de los años y las décadas en qué consiste ser un verdadero artista, me ha hecho un regalo.
Siempre quise tener un ex libris y, a falta de él, usaba los cuños de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Esa es la razón por la que, desde los tiempos en que Lozano y yo empezamos a atesorar libros, los míos parecían propiedad de los Ferrocarriles de Cuba.
A partir de ahora, y gracias a mi hermano artista, mis libros ahora lucen un peregrino, el otro oficio que he compartido con él, además del de crear: caminar. Asumo el hecho de que empezar a marcarlos por Hamsun y Cartarescu, dos de mis escritores preferidos, como otra importante señal.
Gracias, querido Lozano. Septiembre del 2027 nos espera en Galicia, de vuelta al Camino Francés. Para esa fecha, espero haber estampado muchas veces tu ex libris.

09 abril 2026

No tengo imágenes de Brno

Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga,
llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde.

Todavía en el andén de la estación Budapest Nyugati, mientras esperábamos la orden de abordar el tren que acababa de llegar, pensé en Brno. Trataré de hacer la mayor cantidad posible de fotos, me dije. Después de revisar todas las paradas que haríamos, esa era para mí la más importante.
Había leído el nombre de la ciudad en las contracubiertas o las solapas de algunos de mis libros preferidos. De hecho, llevaba uno conmigo, con la intención de empezarlo a releer en cuanto el tren se pusiera en marcha. Intentaría acabarlo en el destino, donde estaríamos tres noches.
Brno, actual República Checa, 1929. Eso se lee al comienzo de las síntesis biográficas de Milan Kundera. Cuando yo todavía no había salido de Cuba, antes de poder conocerla en persona, nadie me explicó mejor la libertad que él. Era comprensible: él huyó de un país totalitario, yo nací en otro. 
Aunque padecía a diario la opresión, no fui de verdad consciente de ello hasta mi primera lectura de La insoportable levedad del ser. Allí los personajes eran sometidos al mismo horror que nosotros. Muchas de las cosas que yo veía como normales dejaron de serlo.
Quería retratar el paisaje de Brno, quedarme con imágenes de sus casas, sus árboles, sus andenes, todo lo que apareciera en la ventanilla. Cuando apareció como próximo destino en el vagón, retraté la pantalla. Poco después, una voz anunció, primero en checo y después en inglés, que estábamos llegando.
Me imaginé a Teresa y a Tomás en aquel escenario. Por fin podía ver, en persona, un paisaje como el que los rodeaba a ellos. Ya en Praga, descubrí que no había hecho ni una sola foto. Solo miré. No tengo imágenes de Brno. El pueblo de Kundera, como el mío, sigue siendo un recuerdo abstracto en mi cabeza.

07 abril 2026

María cumple 20 años

María retrata el puente de Carlos y el Moldava
desde lo alto de la torre. 

Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba. 
En el medio del bosque vi un bulto. Era María, que había salido antes. Entonces todavía era una niña y le pregunté qué hacía allí.
—Vine a ver qué le pasa a Laika.
—¿Y no te dio miedo salir sola? —le pregunté desconcertado.
—Cuando tú estás cerca yo no tengo miedo —respondió y volvió a la casa.
Antes de ayer, mientras cruzábamos el puente de Carlos, en Praga, me miró retadora.
—¡Tenemos que subir juntos a la torre! —me ordenó.
Hoy cumple 20 años. Es una estudiante sobresaliente de periodismo y comunicación digital, pero cuando le preguntan qué quiere hacer cuando se gradúe, lo resume en una sola palabra: escribir.
Cuando ella está cerca yo tampoco tengo miedo, por eso mis rodillas lograron vencer los 138 escalones de la torre del puente de Carlos.
¡Felicidades, Pori!

27 febrero 2026

Incógnito por La Habana


Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta. 
Avanzo, página a página, sin perder la esperanza de poder meter los pies en la piscina donde Ava Gardner se bañó desnuda. No recuerdo un viaje tan fascinante a Cuba desde mi última relectura de "Tres tristes tigres". Gracias, Antonio José Ponte, por eso.

01 febrero 2026

Talín, Camilo y Estrella



Talín era nuestro vecino más cercano. Su casa estaba del otro lado de las dos líneas que pasaban frente a la mía, que era la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Todas las tardes él pasaba a conversar con mi abuelo. Entonces los vecinos solían reunirse al final del día.
A esa hora, mi abuelo y yo leíamos, un sillón al lado del otro. En esa época, también, los niños pasábamos mucho tiempo junto a nuestros adultos. A mi abuelo Aurelio no le gustaba que lo interrumpieran cuando leía, pero Talín gozaba del privilegio de poder hacerlo.
Luego me fui a estudiar a La Habana y mi abuelo murió, pero Talín se quedó con la costumbre de cruzar las líneas y pasar por mi casa cuando ya se había bañado, entalcado y puesto la ropa de por las tardes. Siempre que me encontraba, me pedía lo mismo: 
—Camilito, trata de conseguirme el libro de Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón.
Se puso muy feliz el día que se lo regalé. Entonces, dejó de pasar por mi casa. Lo veía desde el andén, bañado, entalcado y sentado frente al pozo de su casa, leyéndole en voz alta a su esposa Mercedita, que a esa hora terminaba de cocinar y empezaba a poner la mesa:
Un campo maravilloso,
lindo sol que reverbera,
sublime brisa campera,
cielo azul y suelo hermoso.
Un valle verde y gracioso,
una montaña intrincada,
una límpida cañada
y una espléndida vivienda,
todo eso es la gran hacienda
de don Patricio Moncada.
El libro hoy está en manos de Dulce, la hija más linda de Marino Pérez, el pocero y curador de vacas (lo hacía tanto con medicinas como con rezos). Me hizo llegar una foto de la cubierta del libro y de mi dedicatoria. Me llama la atención lo escueto y respetuoso que fui. Así éramos entonces con los mayores.
Después que Talín murió, mi madre me decía que a veces escuchaba su voz ronca y estruendosa. Eso solía ocurrir en el Paradero de Camarones: cuando alguien dejaba de estar, los demás necesitaban oírlo, presentirlo, seguir creyendo que aún andaba por ahí. 
Gracias a Dulce, volví a oír a Talín.

28 enero 2026

La Burra de Pico Blanco


Mi padre me visitaba al menos dos veces al mes. Siempre llegaba con el maletero de su Dodge cargado de comida y regalos, pero aun así yo terminaba haciéndole algún encargo. Eso, a veces, lo incomodaba. Ya se acercaban los vientos de cuaresma y en el Paradero de Camarones comenzaba la temporada de papalotes.
—Necesito güines de Castilla —le pedí.
—El fin de semana que viene te recojo para ir a buscarlos juntos —me respondió.
Cumplió su promesa. El viernes siguiente pasó por mí y, después de convencer a la maestra Yayita de que me soltara antes de tiempo, salimos rumbo a los puentes de madera de Manicaragua. Al día siguiente madrugamos y, antes de que amaneciera, me vi a bordo de la Burra de Pico Blanco, una guagua armada sobre el chasis de un Zil 157, el camión de guerra de los soviéticos.
Nos sentamos junto a Aguilera, el chofer, viejo amigo de mi padre. Desde allí vi el trayecto como si fuera una película. Nos hundimos en lodazales, cruzamos ríos sin puentes, subimos cuestas empinadas y nos deslizamos por pendientes que provocaban en el estómago la misma sensación que una montaña rusa. 
El motor rugía, la carrocería crujía y uno tenía la impresión de que, en cualquier momento, algo iba a desprenderse. Llegamos hasta un pequeño riachuelo que, un poco más abajo, se convertía en el caudaloso Arimao. Allí nos detuvimos para cortar los güines de Castilla. 
Hicimos un enorme atado con el que luego fabriqué varios papalotes —con la ayuda de Juani, el hijo de Talín y Mercedita, que hacía los mejores del pueblo— y me alcanzó para regalarle algunos al Chiqui, quien le hizo una jaula nueva a sus tomeguines.
Pero aquellos güines tan resistentes —muy superiores a los de las cañas, que eran los únicos disponibles en el Paradero de Camarones— dejaron de ser lo más importante del viaje. Lo que más disfrutaba, cada vez que empinaba un papalote en el potrero de mi abuelo, era el recuerdo de la Burra.
No fue un viaje a Pico Blanco. Fue una mañana entera en un parque de diversiones: enormes sacudidas, ruidos estruendosos y la manera más temeraria de avanzar. Nunca más volví a montar en ella. Se lo pedí varias veces a mi padre, pero siempre me respondía lo mismo:
—¿Pero para qué tú te quieres volver a subir en ese cacharro?

27 enero 2026

El día que Oriana Fallaci me vio desnudo


Fragmento de la novela
Los mudos de la montaña, publicado por Diario de Cuba. El libro está disponible en todas las tiendas de Amazon.


El dolor era cada vez mayor. La voz del profesor sonaba como un martillazo en mi cabeza. Tenía un libro en la mano y hablaba de él apasionadamente. Lo abría, lo cerraba, hacía sonar las hojas al pasarlas hacia adelante y hacia atrás como si fueran un manojo de cartas. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  

Cada uno de esos sonidos retumbaba en mi sien de manera estremecedora. Intentaba sobreponerme a aquellos profundos latidos para escuchar la presentación de Oriana Fallaci, la periodista, escritora y reportera de guerra italiana. 

—Era incisiva, apasionada, personal hasta la insolencia —subrayó el profesor—. Sus entrevistas se leen como si fueran obras de teatro.

Luego, mientras comentaba su labor como reportera de guerra, hizo sonar otra vez las páginas del libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Dijo que los reportes de Oriana para la revista italiana L’Europeo son clásicos del género, porque su periodismo era narrativo, literario, subjetivo.

—Cubrió la guerra de Vietnam —detalló el profesor—, el conflicto en Oriente Medio, la matanza de Tlatelolco en México, donde fue herida de bala, y la guerra indo-pakistaní. 

—También la invasión soviética de Checoslovaquia —le recordó Chinea, uno de mis compañeros de aula.

El profesor no supo cómo manejar aquel dato y prefirió hacer sonar otra vez el libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Luego, cuando se apagaron los murmullos, recalcó que el periodismo de Fallaci era profundamente comprometido, y que en sus crónicas mezclaba hechos, emociones y reflexiones filosóficas.

El dolor era ya insoportable. Había comenzado la presentación de las personalidades incluidas en Entrevista con la historia. Aquellos nombres sonaban como un tambor dentro de mi cabeza. Sentía unos latidos muy fuertes en la encía, como si el corazón estuviera enviando toda mi sangre hacia allí.

Henry Kissinger, ¡pum!, Nguyen Van Thieu, ¡pum!, el general Giap, ¡pum!, Norodom Sihanuk, ¡pum!, Golda Meir, ¡pum! Yasser Arafat, ¡pum! George Habash, ¡pum!, Hussein de Jordania, ¡pum!, Indira Gandhi, ¡pum!, Zulfikar Ali Bhutto, ¡pum!, Mohamed Reza Pahlevi, ¡pum!, Hailé Selassié, ¡pum! 

No pude más, tuve que taparme los oídos con las palmas de las manos. El profesor me preguntó qué me pasaba y hundí mi dedo índice justo donde acababan mis muelas y comenzaba aquel dolor que ya se extendía al oído, el cuello y la sien. El sol me molestaba tanto como los sonidos. 

En la enfermería de la residencia me dieron una pastilla para el dolor. Subí al albergue y me cubrí la cabeza con la almohada. Me dormí profundamente durante tres horas, porque ya eran pasadas las doce del mediodía cuando me despertaron.

La luz que entraba por la ventana me cegó, y por eso tardé en reconocer el rostro de Dania.

—¿Qué haces aquí?

—Ya ves qué bien funciona mi red de espionaje —dijo, mientras se sentaba en el borde de mi cama—. Me dijeron que te dolía una muela.

—Parece que es una del juicio.

—Vamos para el dentista.

—De la enfermería me avisarán cuando consigan el turno.

—Ya lo conseguí.

—¿Dónde?

—¿Vas a dejar que me ocupe o no?

El odontólogo nos estaba esperando y, después de hacerme una radiografía, comprobó lo peor. Se trataba de un cordal retenido y era necesario hacerme un procedimiento quirúrgico para extraérmelo. Aunque no había anestesia disponible para los pacientes, él me puso una de las que tenía reservadas para “casos como el mío”.

—Ay, muchas gracias, doctor —le dijo Dania cuando supo que no me harían el procedimiento a sangre fría.

—¿Y tus padres? —le preguntó el doctor mientras introducía una enorme aguja en mi boca.

—Anoche se fueron para España —respondió Dania mientras yo me sujetaba a los brazos del sillón como si estuviera a punto de descender en la montaña rusa del Coney Island.

—Oye, no se bajan del avión —dijo el doctor mientras me daba otro pinchazo y Dania se ocupaba de secarme los lagrimones que me corrían por la cara.

—Figúrate.

—¿Y cuándo vuelven?

—En quince días.

—Si trae un buen rifle escocés, dile que me invite.

—Seguro —respondió Dania mientras me pasaba la mano por la cabeza.

—Y recuérdale que ya le toca pasar por aquí.

—Tú sabes que hasta hoy tuvo el récord mundial de miedo al dentista.

—¿Tuvo?

—¿No estás viendo que se lo acaban de romper?

Ambos rieron mientras el doctor bajaba el sillón para que yo pudiera levantarme. Fui a darle las gracias al doctor, pero la lengua totalmente anestesiada no me lo permitió. Me indicó tres días de reposo y me recetó unas pastillas que no tuvimos que comprar, porque antes Dania le preguntó si el Nolotil funcionaba. 

—Sí, eso es metamizol sódico, es decir, dipirona —precisó.

—Tengo un frasco en la casa, mis padres lo trajeron de España.

Durante las primeras veinticuatro horas debía hacer reposo absoluto, con la cabeza ligeramente elevada con dos almohadas para ayudar a reducir la inflamación y el sangrado. También debía ponerme bolsas de hielo durante diez o quince minutos cada una hora.

—No puedes beber alcohol ni fumar —agregó el doctor.

—Él no soporta ni que fumen cerca de él —comentó Dania con sarcasmo.

—Y, por supuesto, nada de sexo.

—Hasta donde sé, no tiene con quién —replicó ella con total naturalidad—. La que parecía que iba a ser su novia acabó con un pianista.

Volvieron a reír, yo apenas pude esbozar una adolorida sonrisa. Ya en la calle, le dije a Dania que me era imposible seguir el tratamiento porque solo tenía una almohada y en la residencia no había hielo. Ella me respondió que eso era demasiada mala suerte y sacó un cigarrillo de su cartera Christian Dior.

Tomamos un taxi. Cuando ella fue a darle la dirección de su casa al taxista, la interrumpí. Prefería ir directo a la residencia para acostarme lo antes posible. Ella le ordenó que no me hiciera caso y repitió su dirección. Su casa se parecía a la de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo. 

A pesar de la molestia que sentía y de los deseos de acostarme, no pude disimular mi asombro ante aquellos cuadros. Había varios desnudos de Servando, una catedral de Portocarrero, un gallo de Mariano, una cafetera de Acosta León y una naturaleza muerta de Amelia.

—¿Quieres acostarte o seguir viendo los cuadros?

—Ah, sí, bueno ¿me buscas las pastillas?

—Ven, anda.

Subimos unas escaleras que conducían a un recibidor. Dania abrió una de las puertas, era la de su habitación. Sacó de la cómoda un pulóver y un pantalón de pijama. Me ordenó que me los pusiera mientras ella iba a buscar agua para la pastilla. No sé si era por el efecto de la anestesia, pero me parecía haber entrado en otra dimensión.

Ante mi cara de desconcierto, me explicó que como sus padres estaban de viaje, podía hacer el reposo en su casa. Allí tenía las dos almohadas, la bolsa de hielo y la posibilidad de jugar a que yo era Frederic Henry y ella Catherine Barkley. Me preguntó si sabía quiénes eran. Le dije que sí con la cabeza, pero dudó.

Adiós a las armas —respondí trabajosamente, con la lengua todavía medio dormida por la anestesia.

 —Hay que reconocer que todavía en este país quedan estudiantes de periodismo con cierto nivel cultural.

Volvió con un vaso de agua en una bandeja donde también traía una edición en tapa dura de Entrevista con la historia, el libro que estábamos discutiendo en clase. Sacó un blúmer de otra gaveta de la cómoda y lo puso encima de la ropa que ya me había dado.

—Frederic Henry, por favor, cámbiese de ropa. 

Ella no se movió del lugar y no tuve alternativa, empecé a desnudarme. Siendo del todo honesto, cuando estuve sin nada, en ningún momento miró. Pero la Oriana Fallaci de la portada, sí. Aquellos ojos sagaces, a los que no se les escapaba nada, me miraron fijamente.

23 enero 2026

Alfredito Rodríguez


Hablé con él una sola vez. Fue durante una cena en casa de unos amigos comunes. En un momento nos quedamos solos en la sala y no nos quedó más remedio que ponernos a conversar. Me preguntó qué hacía y fui escueto, tratando de que el intercambio no se extendiera.
Pero él ahí encontró un hilo del que tiró con gracia, tino y elegancia. Poco después, ya yo estaba disfrutando muchísimo la charla con aquel hombre con el que, presuntamente, no tenía nada que ver. Cada tema de conversación que fuimos poniendo sobre la mesita, donde también estaban nuestros tragos, fue una delicia.
No recuerdo que habláramos de música. Ni siquiera le reconocí que a mi abuela Atlántida le brillaban los ojos cuando él aparecía en la borrosa pantalla de Juntos a las 9. Pero fue una maravilla oírlo recordar la Cuba de su infancia y una Habana, que ya no era la que vivíamos, pero de la que él seguía perdidamente enamorado.
—¡Que ciudad tan fascinante, chico! —dijo, y no me atreví a preguntarle si lo decía en presente o en pasado perfecto.
Repito lo mismo que han dicho ya muchos, de diferentes maneras, en estos días: aunque me perdí su música —por culpa de esa estrechez estética en la que fuimos educados—, estoy totalmente convencido de que fue uno de los artistas más honestos, consecuentes y valientes que ha tuvo Cuba desde 1959 hasta hoy.
Aunque no era un país para baladas, él nunca se dio por vencido y se las cantó siempre a esa inmensa mayoría que lo prefirió por encima de todos y de todo. Ya no me quedaba casi nada del país donde nací y crecí. Sin Alfredito Rodríguez, queda aún menos.

21 enero 2026

El Dodge Power Wagon de Serafín


Mi padre, Serafín Venegas, tuvo uno igual a este. En él subí por primera vez la Loma del Sijú, en la carretera de Manicaragua a Trinidad, que fue la más peligrosa de toda mi infancia. 
Tengo una marca en la cara que data de aqellos trayectos. Había sacado la cabeza, para ver el final del lago Hanabanilla en Guanayara, y una abeja me picó.
—Luego vemos qué te hizo —me dijo mi padre al verme adolorido—. Ahora mira lo lindo que se ve el lago allá abajo.
Esa frase no se me olvida, como todo lo que aprendí cada vez que el Dodge de mi padre me llevaba a enamorarme de las montañas.

08 enero 2026

Gracias otra vez, Iván Cañas

Ferrocarriles de Cuba (1965), © Iván Cañas. Foto tomada en la
antigua estación de Caibarién del ferrocarril Caibarién-Morón.

Les presento la cubierta de Carta de porte, mi nuevo libro de poemas y última pieza del tríptico que también componen Estación del Norte y Extraños. Ayer por la tarde, después de dar por concluidas las labores en Los mudos de la montaña, Leonardo Orozco —el diseñador de la colección— y yo admitimos que no estábamos conformes con lo que teníamos para Carta
Era el recibo del envío que hice, desde Camarones hasta mi casa en La Habana, de la máquina de coser Singer de mi abuela. Ya incapaz de c
oser, quería aprovechar su esqueleto como mesa. El documento tiene para mí un valor incalculable, pero no acababa de verse bien en la cubierta.
—Yo sé que tú encontrarás lo que va ahí —me dijo Leonardo—. Busca bien a tu alrededor.
Inmediatamente di con ella. La tenía justo a mi lado. Fue un regalo que me hizo Iván Cañas: una foto inédita suya de un furgón de expreso de los Ferrocarriles de Cuba. El día que me la dio, nos dimos todos los abrazos que nos debíamos y nos bebimos una botella de Brugal en el muellecito que él tenía en Miami.
Antes, otra fotografía que Iván me había regalado sería la portada de Contratiempo, un libro de poemas que nunca publiqué y que acabó formando parte de Papel carbón. Me hace muy feliz poder saldar esa vieja deuda con uno de los fotógrafos cubanos que más admiro.
Gracias otra vez, Iván Cañas. Cuánto me gustaría celebrar esto contigo en el muellecito.

07 enero 2026

LOS MUDOS DE LA MONTAÑA ya está disponible en Amazon


Inspirado por Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, un joven periodista pide ser enviado a un lugar remoto por algunos meses. Lo destinan al Escambray, una región donde veinte años atrás hubo una guerra de la que ya no se habla. Su misión es escribir sobre la vida campesina, pero en las montañas descubre silencios, traiciones y lealtades que lo marcarán profundamente.
A la vez, asistimos a la vida que, antes de viajar, compartía con su novia en una Habana luminosa y febril. Allí convive con figuras de la cultura y jóvenes artistas que se refugian en el arte y la creación para escapar de la realidad y la épica oficial. Entre la intensidad habanera y los secretos del monte se trenzan memoria, deseo y pérdida.
Los mudos de la montaña transcurre en la Cuba de los años ochenta, cuando el derrumbe era ya inminente, en vísperas de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Es el retrato de un país al borde de una mutación irreversible y de quienes, sin advertirlo, sostenían allí utopías individuales y colectivas.

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