14 oct 2021

Un día entero en Bauta


Ya no recuerdo por qué llegamos a Bauta. Pero hasta ese pueblo, al oeste de La Habana, fuimos a dar un grupo de amigos que éramos muy cercanos en aquella época. Recuerdo a Luis Alberto García, Vladimir Cruz, Reinaldo Montero y Omar Valiño. El anfitrión era Emilio Ichikawa.
Como era costumbre en aquella Cuba, que ya nos parecía la peor de todas (¡qué ilusos!), bebimos los rones que aparecían y comimos lo que encontramos. Sin embargo, la conversación y (sobre todo) las discusiones fueron un auténtico lujo. Llovió a cántaros, eso retrasó el plan de regreso.
En un momento dado, bajo la lluvia, Luis Alberto y yo salimos a forrajear una última botella de ron. Mientras caminábamos por el pueblo, todos nos detenían para saludar al actor. Algunos decían algo de su padre y otros le agradecían sus personajes en la televisión y el cine.
Logramos conseguir el “trofeo” gracias a que el administrador de una bodega era también admirador de Lusito. De regreso a la casa de Ichikawa, bromeamos sobre eso. “¿Quién le explica a Bauta —preguntó Luis Alberto— que en una de sus esquinas vive un importante filósofo?”.
Jugamos Trivia hasta que escampó. Nunca, ni antes ni después, he sido parte de un dream team semejante. Todas las preguntas, por difíciles o remotas que fueran, eran respondidas. Ichikawa nos despidió en su portal. Todavía nos decía adiós cuando nos perdimos en la última curva.
—Alejandro García Cartula y Emilio Ichikawa —dijo Luisito de pronto en medio de la autopista—Solo con esos dos tipos, Cuba puede demostrar la universalidad de sus municipios.
Probablemente él ni recuerde esa frase, pero a mí se me quedó grabada.

Una foto que apareció de pronto


Esta foto fue publicada por Mario A. Monzón en Trenes de Cuba, un grupo de Facebook que me ha permitido infiltrarme en una comunidad de ferroviarios y compartir con ellos una cultura de la que fui parte desde que nací. No he podido dejar de mirarla. A cada rato vuelvo a la pantalla a revisar cada detalle. 
Corren los días finales de los años 70 o acaban de empezar los 80. Son las 9:11 de la mañana, si es que el 702 (que circulaba entre Sancti Spíritus y Cienfuegos) iba a su hora. Por el estado de la hierba es época de seca, entre noviembre y abril. Pero, como no han cortado aún el cañaveral, me atrevo a asegurar que es antes de febrero.
Cada poste de esa cerca fue antes un travesaño. Cuando eran retirados de la línea, Aurelio cargaba con ellos y así fue delimitando su potrero, que estaba dentro del triángulo del ramal Cumanayagua. Antes había sido un impenetrable aromal (los villareños le decimos aroma al marabú). A fuerza de machete, pico y pala, él logró limpiarlo.
Siempre le había dicho a Diana que mi abuelo era tan obsesivo con sus cosas, que había puesto todos los postes de su potrero exactamente a la misma distancia. Gracias a esta foto se lo pude probar. En medio del potrero se ver una cerca todavía construcción, la hizo para que las vacas no se le metieran en el arroz.
Justo donde está la tabilla que marca el kilómetro 33 del ramal Cruces (luego ese tramo se convirtió en la Línea Cienfuegos- Santa Clara y Camarones quedó en el kilómetro 24) está el patio de Quico Monzoña. Allí jugué muchísimo con arcos y flechas, tirapiedras y pelotas de goma que bateábamos a mano limpia.
Entonces una de mis aventuras preferidas era pasar por debajo de las vías, a través del tubo que tenía la alcantarilla de la cañada. Luego, en época de lluvias, se llenaba de agua y se hacía intransitable. Para entonces llegaba el momento de pescar biajacas y pequeños crustáceos.
A lo lejos se ve el techo amarillo de la caja del teléfono. Allí pedían autorización para salir a la principal el mixto de Cumanayagua y el tren de caña de Mal Tiempo. Desde mi casa se veía llegar la jadeante locomotora de vapor, ya en los días finales de su vida útil. Siempre corrí para no perderme ese espectáculo.
Sé lo que pasó antes de la llegada de ese tren y lo que ocurrió cuando siguió de largo, dejando una nube de polvo en los cruceros de San Fernando y Cienfuegos. Por eso, más que una foto, para mí es una película. La vi incontables veces y, gracias a esta imagen, puedo seguir disfrutando de ella.
Ahí está mi lugar en el mundo y todo lo que necesito de él. Por imágenes como esta y por todos los recuerdos que sigo teniendo en la cabeza, no necesito moverme de donde estoy para volver cada vez que quiera. Es así que puedo oír los pitazos, saludar a la tripulación y sentir el olor que queda a hierro y alquitrán.
Una foto que apareció de pronto se ha convertido en un largo viaje de regreso.

13 oct 2021

El juego decisivo

Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz y Héctor Olivera.
(Fotos del archivo de Fernando Rodríguez Álvarez)

(Fragmento de la novela Atlántida)

Estuve todo el día esperando ese momento. Cada pelota que lancé hacia arriba en el andén, me la imaginé en la pantalla en blanco y negro del televisor, mientras Sixto Hernández la perseguía por todo el right field. Comimos muy temprano y nos sentamos en silencio frente al aparato aún apagado.
Esa noche se decidía el campeonato y el juego se celebró en un terreno neutral. Como Las Villas y Pinar del Río llegaron empatados al final del calendario regular, con 35 victorias y 25 derrotas, hubo que celebrar una serie extra. Después de un partido en Santa Clara, otro en Cienfuegos y dos en Pinar del Río, acabaron empatados otra vez.
Me senté entre Aurelio y Atlántida. Aun en el televisor, siempre me impresiona el estadio de La Habana. Las cercas de los jardines se ven tan lejanas que parecen inalcanzables. El pitcher de Pinar del Río era Rogelio García. Su bola de tenedor lo había convertido en el lanzador más dominante de Cuba.
En el primer juego, que fue en Santa Clara, los bateadores de Las Villas explotaron Félix Pino. Cheíto dio dos jonrones y Roberto Ramos fue el ganador. En el segundo juego, en Cienfuegos, Rogelio García solo permitió dos hits. Luis Giraldo Casanova y Alfonso Urquiola decidieron con sendos jonrones.
En el tercer juego, el zurdo Leonel García sacó la cara por los lanzadores de Las Villas, respaldado por jonrones de Héctor Olivera y Albertico Martínez. Al final anotamos cinco carreras. Pero en el cuarto juego, Félix Pino de abridor, Rogelio García de relevo y un jonrón de Hiram Fuentes nos derrotaron.
Así fue que llegamos hasta el jueves 25 de mayo de 1978. En el estadio de La Habana no cabía ni una persona más y en la sala de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había tres personas que no se atrevían a moverse. 
Atlántida tenía mi mano izquierda entre las suyas, Aurelio daba palmadas en mi mano derecha. El narrador anunció el line up de Las Villas: Pedro Jova en el shortstop, Sixto Hernández en el right field, Antonio Muñoz en primera, Pedro José Rodríguez en tercera, Héctor Olivera como designado, Osvaldo Oliva en el left field, Luis Jova en el center field, Alberto Martínez como cátcher y Adolfo Borrell en segunda. El pitcher sería Leonel García.
Luego fue el turno de Pinar del Río: Giraldo Iglesias como designado, Fernando Hernández en el left field, Alfonso Urquiola en segunda, Luis Giraldo Casanova en el right field, Hiran Fuentes en el shortstop, Juan Castro como cátcher, Lázaro Cabrera en primera, David Sánchez en el center field y Diego Mena en tercera. El temible Rogelio García sería otra vez el pitcher.
Cuando mencionaron a Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, Atlántida aplaudió. Justo después, cuando la cámara enfocó a Cheíto y presentaron a Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón, Aurelio y yo chocamos las manos. Hicimos lo mismo poco después, cuando Sixto Hernández dio un jonrón de línea.
En el segundo inning, Héctor Olivera también la botó mientras nosotros aplaudíamos y coreábamos que “¡Muñoz, Cheíto y Olivera la sacan por donde quiera!”. Pero la ventaja duró muy poco. En la parte baja de ese mismo inning, Lázaro Cabrera dio un jonrón con un Hiram Fuentes en base y empató el juego. 
Atlántida le pegó durísimo al brazo del sillón. Aurelio y yo nos miramos, abrimos los ojos y levantamos las cejas. Pero no dijimos nada, ambos conocemos muy bien el mal humor de mi abuela. El partido se mantuvo dos a dos hasta el noveno inning. Después que Muñoz falló, Aurelio volvió a dar palmadas sobre mi mano derecha. 
En el momento en que anunciaban el turno al bate de Pedro José Rodríguez, mi abuelo cruzó los dedos. Hice lo mismo. Cuando hizo el swing los tres nos pusimos de pie y nos quedamos inmóviles hasta que la pelota voló por encima de la cerca. Atlántida me puso la mano en pecho.
—¡Se te va a salir el corazón! —me decía— ¡Se te va a salir el corazón!
Estuvimos aplaudiendo mientras Cheíto le daba la vuelta al cuadro y saludaba a sus compañeros. En el final del noveno inning, Pinar del Río embasó a un hombre. El propio Cheíto fildeó el roletazo. Tiró a segunda, un out. De segunda a primera, doble play.
“¡Las Villas campeón!”, gritábamos Atlántida, Aurelio y yo, mientras saltábamos y nos abrazábamos en medio de la sala. Una algarabía parecida salía de las otras casas. “¡Las Villas campeón!”, gritaban de un lado y del otro de la carretera. En el patio de Benigno se oyeron varios tiros al aire.
—¿Ya te dormiste? —me preguntó Atlántida desde su cama.
—No, no puedo —le respondí.
—Nosotros tampoco —dijo Aurelio—. A qué hora dio el batazo ese muchacho…
—¡Shhhhh! —dijo Atlántida mientras apagaba la última luz.
Desde esa noche, cruzo los dedos cada vez que estoy en una situación difícil. La próxima fue a la mañana siguiente, cuando el maestro Gustavo estaba a punto de poner sobre mi mesa un examen de matemáticas. Apenas había estudiado, me pasé días enteros dedicado únicamente a pensar en el juego decisivo.

Secuencia del jonrón decisivo de Cheíto.

12 oct 2021

Casilda


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dormimos en la cubierta del barco. Nunca el cielo había tenido tantas estrellas. Serafín me enseñó a encontrar la Osa Mayor en aquel enjambre de luces titilantes. Luego, después de trazar una diagonal desde Merak, dimos con la estrella Polar. Al final me puso a buscar la doble ve de Casiopea.

Llegamos al puerto de Casilda en el Willys de Eulogio, un amigo de mi padre. Llevaba el parabrisas abatido sobre el motor y a cada rato se me metía un insecto en los ojos. Solo nos detuvimos para ver al lago Hanabanilla desde lo alto. En Topes de Collantes, después de atravesar una nube, comenzamos a descender hacia el mar.

Frente a nosotros, en el muelle que está del otro lado de la ensenada, una locomotora formaba un tren de combustible. En unas horas estaría vadeando las montañas del Escambray y pasando sobre los altísimos puentes del ramal Trinidad. A Serafín le molestó que estuviera pendiente de sus maniobras.

—Vas a navegar por primera vez en tu vida —me dijo—. ¡Olvídate por una vez de los trenes!

La tripulación estaba integrada por tres hombres. Blas, el capitán, es viejo y está todo lleno de arrugas. Pero tiene una fuerza descomunal, apretó mi mano como si estuviera exprimiendo una naranja. Le prometí que no me iba a marear y él me dijo que así hablaban los hombres.

Aunque Enrique es hijo de Blas, tiene tantas arrugas como su padre. También exprimió mi mano al saludarme. Octavio está casado con una hija del capitán. Salimos del puerto al mismo tiempo que el tren. Al pasar junto a una boya enorme, nos cruzamos con un barco idéntico al nuestro.

—¡Blaaaaas! —dijeron todos desde la otra cubierta.

—¡Santiagooooo! —dijeron todos desde la nuestra, incluyendo a mi padre.

En la popa de las embarcaciones ondeaban sendas banderas cubanas. Ambas estaban desteñidas y deshilachadas. Poco a poco la costa se fue borrando. Lo último en perderse de vista fue la enorme silueta de las montañas. La próxima semana la pasaría descalzo y sin pisar tierra firme.

Blas solo quitaba las manos del timón al final de la tarde, cuando fondeábamos cerca de un cayo o de algún barco hundido para dormir. Enrique, con la ayuda de mi padre, se encargaba de las nasas y los palangres. Octavio de la cocina y del cuarto frío donde se guardaba la pesca.

La tripulación dormía en el camarote de popa, mi padre y yo en el de proa. En el segundo día, Blas me dijo que al principio creía que yo iba a ser un peor marino. Serafín, después de poner cara de orgullo, me prometió que la siguiente jornada sería la más emocionante de todas.

Como estaba muy oscuro, no advertí que habíamos fondeado junto a un cayo. Se llama Macho Afuera. De ahí en adelante, me dijo Blas, solo veríamos mar. Pusimos proa al punto más oscuro, justo donde, cerca del mediodía, se armó una tormenta. Decenas de peces voladores parecían tener el mismo derrotero que nosotros.

Las olas eran cada vez más altas. Blas prácticamente se tuvo que abrazar al timón para poder mantener el rumbo. Octavio apagó el fogón y aseguró todo. Enrique y Serafín, en la proa, buscaban algo en el mar. “¡Allá!”, dijo por fin el hijo del capitán y mantuvo el brazo en alto hasta que su padre distinguió una boya roja. 

El güinche empezó a tirar del cable al que estaba atada la marca. Un primer anzuelo salió vacío y todos dijeron una mala palabra. El segundo anzuelo tampoco traía nada y las malas palabras se repitieron. El tercero fue la vencida, un enorme tiburón quedó extendido sobre cubierta.

Aunque no se movía, me le acerqué lentamente. Su piel era como una gruesa lija. Mi padre gritó para que me quitara. Otro tiburón cayó justo a mi lado. Cuchillo en mano, Octavio los iba destripando y lanzando hacia el cuarto frío. El olor de aquella tarde se me quedó en las manos por días.

En la noche estaba tan cansado que me fui solo para el camarote. Dejé la puerta abierta para oír las voces de Blas, Enrique, Octavio y Serafín, quienes comían chicharrones de cerdo y bebían ron a pico de botella. El agua dejó de chocar contra el casco. Nada se movía, hasta el mar parecía estar exhausto.

De regreso, entramos al puerto bajo un torrencial aguacero. El muelle donde se forman los trenes de combustible había siete tanques sin la locomotora. Me pregunté si el tren aún no había llegado o ya se había marchado. Durante la maniobra de atraque, lancé uno de los cabos.

Me había pasado navegando libros enteros. Muchas de las palabras que le oí decir a Blas, Enrique, Octavio y Serafín ya me resultaban conocidas gracias al capitán Nemo, Pencroff, Sandokán o el Corsario Negro. Incluso la extraña calma de las noches en alta mar me resultaba familiar. 

Pero los olores fueron totalmente nuevos para mí. Cada cosa que tocaba se me quedaba impregnada como una marca invisible. En el Willys de Eulogio, ya con los zapatos puestos y de regreso a Manicaragua, me olía las manos y todavía estaba allí la tarde de los tiburones.

11 oct 2021

Empieza la aventura de Guanaroca


Cuando Diana y yo tomamos la decisión de construir una pequeña cabaña cerca de la nuestra, para alquilarla a quien se aventurara a subir hasta la Loma de Thoreau, no nos imaginábamos cuánto íbamos a disfrutar esa experiencia. Lo mejor de todo es que cada huésped de Arriero se va con las ganas de volver.
No hemos podido conocerlos a todos, pero siempre nos emocionan sus reseñas, sus evaluaciones y los testimonios que nos hacen llegar. Aunque hasta ahora tenemos en Airbnb una puntuación perfecta (como Nadia Comăneci), seguimos esmerándonos en cuidar cada detalle y en mejorar aún más.
Todo empezó como un divertimento, pero cada vez nos lo tomamos más en serio. Tanto, que nos gustaría seguir haciéndolo cuando nos jubilemos. Por eso acabamos de invertir en un apartamento junto a un pequeño lago, a unos pocos pasos de una de las playas más hermosas de la península de Samaná.
Cuentan que en Cienfuegos, en el centro de la isla de donde Diana y yo venimos, una aborigen llamada Guanaroca abrió un higüero y de él salieron los peces, las aves y las aguas de la laguna que lleva su nombre. Al final del Malecón de la ciudad hay una escultura de Rita Longa que recuerda esa leyenda. 
Justo delante de nuestro nuevo apartamento hay un higüero cuyas ramas caen sobre el lago. A su alrededor hay una rica vida silvestre. Es por eso que le hemos dedicado el nuevo refugio a la remota deidad cienfueguera. Esperamos que aquí también ella siga haciendo maravillas para nosotros y para los que nos visiten.
Mi Cucha disfruta la montaña tanto como yo, pero a ella también le fascina el mar y ha llegado el momento de complacerla. Una nueva aventura acaba de empezar.

7 oct 2021

El día que me leí "Caleidoscopio"


El Nicho, el sitio del Escambray donde cursé la secundaria, más que una escuela parecía un campamento militar. Las aulas, los dormitorios y el comedor eran largos barracones de madera con el techo de asbesto. Al final de la primera nave de aulas estaba la biblioteca. Pasé largas horas encerrado en aquel lugar.
Desde sus amplias ventanas de cristal se veía un cafetal y luego las montañas. Aunque la escuela en general era fea, aquel lugar me fascinaba. Allí conocí a Raymond Douglas Bradbury, en una edición de El hombre ilustrado de 1967. Recuerdo el año, porque me resultó curioso que el libro tuviera la misma edad que yo. 
Para empezar, busqué en el índice un cuento corto. Así fue que elegí “Caleidoscopio”. Aunque suelo emocionarme con facilidad con las lecturas, el cine o el teatro, aquel pequeño relato me conmovió de tal manera, que empecé a releerlo inmediatamente después de acabarlo.
La historia de aquellos astronautas que se vieron flotando en el espacio, tras la destrucción de su nave, y que se mantuvieron comunicándose por radio mientras caían hacia una muerte inevitable, me estuvo dando vueltas en la cabeza por semanas. A veces dejaba por mitad otro cuento del libro y volvía a juntarme con Barkley, Woode, Stone, Hollis, Stimson, Applegate y Lespere.
Más de una vez miré hacia el cielo polvoriento del municipio Cumanayagua como si fuera el de Illinois, tratando de encontrar la estrella fugaz que creyó ver el niño en el momento en que el cuerpo de Hollis ardió como una cerilla. En estos días he vuelto a leer El hombre ilustrado. Otra vez empecé por “Caleidoscopio”. 
Si alguno de ustedes me sorprende mirando al cielo en Santo Domingo o en la Loma de Thoreau, ya sabe lo que busco.

4 oct 2021

Tres cuartos de pan


(Fragmento de la novela Atlántida)

Nunca he tenido en las manos un pan entero, pensé en eso mientras hundía los dedos en la masa que dejó al descubierto el corte. La Conga, que es quien se encarga de despachar el pan en la tienda de Chena, siempre abre la Libreta de Abastecimiento en la hoja correspondiente. 
Escribe “¾” en la casilla del día y toma una barra de pan de la caja de madera. Antes de alcanzármela, cercena uno de sus extremos. Con el dorso del cuchillo, empuja el pedazo restante de vuelta a la caja. Muchas veces me he preguntado a quién le tocará esa ración, quién se comerá la otra punta de nuestro pan.
En la tienda de Chena nunca hay claridad, pero a partir de septiembre se pone aún más oscura. Un único bombillo, nublado de moscas, surte la indispensable luz para que La Conga y Zaida apunten en las libretas y despachen. Como todo está en penumbras, la gente no se mira para hablar.
—Eeeyyy —dicen a veces los que acaban de llegar.
—Eeeyyy —responden algunos de los que están adentro.
—Qué hubo —pregunta un viejo de Marsellán.
—Qué hubo —le responde un viejo de La Flora.
—Qué hay —saluda una señora de la Vía Estrecha.
—Qué hay —saluda una señora de La Chirigota.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor de La Pedrera.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor del Callejón.
—Parece que va a llover —dice alguien de la Valla.
—Parece que va a llover —dice alguien del barrio de las Latas.
Nunca se miran para preguntar, responder, saludar comentar, decir o repetir. Casi todos los que compran en esta tienda viven en las afueras del pueblo. Algunos llegan a caballo y otros en bicicleta, pero la mayoría lo hace a pie. Dentro de la tienda nada de eso importa, porque todos se comportan igual.
A veces se ponen de acuerdo en hacer silencio y lo único que se escucha es el sonido del papel de la Libreta de Abastecimiento, mientras los dedos de La Conga buscan la página precisa. Aunque el único bombillo está lejos, en ese momento también se oye el zumbido de las moscas. 
Casi siempre las frases reciben la misma respuesta. Salvo en un caso, que es cuando alguien llega y hace una pregunta que todos se sienten en la obligación de responder. Aunque tampoco se miran, es la vez que más cerca están de hacerlo. Para evitarlo, cada quien mira hacia los estantes.
—¿Cómo está la cosa? —inquiere el recién llegado.
—Aaaaahí —responden todos a coro.
Después de eso, cada quien se queda pendiente del punto fijo que halló. El viejo de Marsellán mira las latas de leche condensada Nela, el viejo de La Flora a los jabones Batey, la señora de la Vía Estrecha a los jabones Nácar, el señor de La Pedrera a los paquetes de gofio y el señor del Callejón a las botellas de sirope.
Algunos, incluso, coinciden en un mismo punto. Las latas de carne rusa, por ejemplo, atraen mucho la atención. Son anaranjadas y tienen una cabeza de vaca encerrada en un círculo. Se llaman Slava, igual que los relojes despertadores. A mí me gusta la carne rusa, pero a mis abuelos le parece algo asqueroso.
En la medida en que se acercan las seis de la tarde, que es la hora de cerrar y el momento en que la noche cae de golpe sobre el Paradero de Camarones, todos parecen querer salir corriendo. Eso hice yo. Le entregué a Atlántida la jaba con los tres cuartos de pan y traté de escabullirme. Pero ella la revisó enseguida.
—¡Siempre le metes los dedos! —se quejó. 
—Ya está empezando a oscurecer temprano —le respondí.
Desconcertada, me dijo que me lavara las manos y que me pusiera a ver televisión hasta que estuviera la comida.
—Parece que va a llover —dije camino a la sala, sin darle tiempo a reaccionar.

2 oct 2021

Juguete básico


(Fragmento de la novela Atlántida)

La primera vez que vi al Paradero de Camarones a la velocidad de una bicicleta, todo se vio diferente. La escuela me pareció mucho más pequeña. Como recorrer el portal a pie tomaba mucho más tiempo, lo hacía parecer más largo de lo que en verdad era. En bicicleta, en cambio, bastaron dos pedalazos.
Para subir la Loma del Chino Piloto, que de lejos parece una mínima elevación, tuve que levantarme del sillín y pedalear duro. Del otro lado, estaba la recta que lleva a la Portada de Balboa y Cruces. Más de un momento estuve tentado a seguir, pero sin permiso de Atlántida eso hubiera sido una falta grave.
Al final metí la bicicleta en un charco que había frente a casa de Hilda María. No calculé que fuera tan profundo y estuve a punto de quedarme atascado en él. Salí sano y salvo, pero lleno de lodo de pies a cabeza. De regreso a casa me crucé con el maestro Gustavo. Le dio mucha gracia verme chorreando agua sucia.
Hace una semana Gustavo se despidió de nosotros, ya no será nuestro maestro en el próximo curso. A pesar de tantos cocotazos, de los borradores que tiró contra las cabezas de algunos y de los duros golpes que nos dio en el hombro, uniendo su dedo índice con el del medio, dijo que nos iba a extrañar. 
En septiembre tampoco volveremos a la misma aula. Por eso, cuando iba saliendo, me fui despidiendo de la esfera, del planisferio, del maniquí con los órganos al descubierto y de las caras de Martí, Maceo y Gómez, que siempre nos miraban como si nos estuvieran vigilando.
Sobre la mesa del maestro, estaba el borrador que tantas veces voló como un proyectil en dirección a las cabezas de Tito Migoyo, Ico y Paulín Ortiz, los tres más grandes y lo que peor se portaban. Mientras nos alejábamos, oíamos los golpes de las ventanas de aluminio cerrándose. Así permanecerían hasta septiembre. 
Tres días después fue la rifa de los números para comprar los juguetes. Los venden una vez al año y tenemos derecho a tres: el básico, el no básico y el dirigido. La rifa determina el orden en el que debemos entrar a la tienda. Siempre quise una bicicleta, pero al pueblo solo llegan diez. Se acaban enseguida.
Este año, por primera vez, tuve suerte. Cuando Nancy, la hija de Aracelia, dijo el nombre al que le tocaba el número dos, ni cuenta me di. Ni siquiera cuando Atlántida saltó de la alegría reaccioné. Esa noche no dormí, me pasé toda la madrugada imaginándome por el pueblo en bicicleta.
El Chiqui y yo fuimos a mirar por una hendija de la puerta de la tienda, pero apenas se distinguía una montaña de cajas. Blanca Llerena me dijo que me espabilara, porque una vez que tuve la bicicleta delante dejé de prestarse atención y todavía tenía que elegir el juguete no básico y el dirigido.
Al final me llevé un juego de damas chinas y una pelota de goma. Chola, el que trabaja en el garaje con Luzbel Cabrera, me engrasó la bicicleta y le llenó las gomas de aire. Con una pequeña llave, se aseguró de que los rayos estuvieran bien tensos y las llantas centradas.
Uno de mis grandes descubrimientos fueron los espejos que tenía en ambos extremos del manubrio. Gracias a ellos podía ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. Mientras el cine se alejaba, el garaje se acercaba. Mientras la estación se alejaba, la casa de Felo López se acercaba.
En muy poco tiempo aprendí a hacer piruetas. Ya estaba listo para que ella me viera. Fui dos veces a la Granja Panamá y una tercera que llegué hasta La Chirigota. En la primera, mi tía Mireya Yero me regañó, porque la máquina de Pepe el Sordo estuvo a punto de arrollarme.
—¡Deja que se lo diga a Atlántida! —decía mientras se alejaba en el espejo.
Ya volvía derrotado cuando la descubrí en la entrada de la carreterita. Estaba hablando con el hombre del Yugulí rojo. Primero me solté del manubrio, después pasé en una sola rueda y por último doblé casi acostado. Ninguna de las tres veces levantó la vista.
Por eso no pudo ver que, al dejar el asfalto y empezar a rodar sobre el camino de piedras, resbalé. Llegué a la casa con las rodillas llenas de sangre, varios vidrios encajados en las palmas de las manos y los dos espejos rotos. Atlántida lo vio todo desde su panóptico y me esperó con el Merthiolate y el algodón en las manos.
Nunca más pude ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. A partir de ese momento, las cosas solo se acercaban. Lo que quedaba atrás, volvió a ser invisible para mí. Incluso Basilia que, me imagino, siguió sin levantar la vista.

1 oct 2021

Historia de un candado y una llave


Fue el candado de la puerta de la calle de mi casa, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, durante toda mi infancia. Cualquier ferroviario hubiera podido abrirlo, porque todos llevaban la llave maestra consigo. Pero a ninguno se le hubiera ocurrido hacerlo, era una época en que las cosas ajenas se respetaban. 
Los candados de los cinco cambiavías, de la oficina, el almacén y de la caja del teléfono del andén, también se abrían con la misma llave. De manera que mi abuelo Aurelio solo necesitaba una para entrar y salir de su mundo. El día que me dieron para mí, me sentí la persona más importante del planeta.
Cuando me fui de Cuba me llevé el candado y su llave. Ahora los tengo junto a nuestra puerta en Santo Domingo. Cada vez que entro y lo veo, sé que he llegado a casa. Nada me hace sentir más seguro. Está fijado con un clavo que saqué de un travesaño en el ramal Cumanayagua. Es de 1937, el año que nació mi madre.
Cuando compartí esta foto en Facebook, Alejandro González comentó que “es una antigua costumbre sefardí guardar las llaves de la casa de donde fueron expulsados”. Como él bien apunta, Venegas es un apellido judío de Granada. Esa puede ser una de las razones por la que los traje conmigo. 
En la memoria se siguen abriendo todas las puertas, incluso las que ya se han cerrado para siempre.

28 sept 2021

Aleida Pis

A la izquierda, la casa de Aleida Pis y el portal donde tejía.

En las tardes, si uno se asomaba a la puerta de calle de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril, podía verla. Del otro lado del andén, de las dos líneas, del patio de Merceditas y de la carretera de Cienfuegos, estaba Aleida Pis sentada en el portal de su casa. Siempre tenía dos agujas entre las manos.
Se ponía a tejer en cuanto el sol abandonaba su sillón preferido. Hacía las medias, gorros y prendas de vestir que luego usarían los recién nacidos del pueblo. Era la mujer más buena del mundo, pero, según ella misma, tenía mal de ojo. No se atrevía a celebrar a un niño sin antes asegurarse de que llevara un azabache.
Mi abuela y ella se querían como hermanas, porque Atlántida había sido como una hija para sus padres, Tina y Pedro Pis Prieto, el célebre presidente del Patronato Pro Luz Paradero de Camarones. A menudo la oíamos llamar por las ventanas. A veces no entraba, solo le alcanzaba un dulce a mi abuela y se iba.
Un día sacaron relojes despertadores en la tienda de Blanca Llerena. Eran Slava, un artefacto soviético que parecían tener la misma maquinaria de los tractores MTZ. Una mujer que vivía por la Loma del Chino Piloto quiso mostrárselo a Aleida. “¡No lo saques de la caja!”, le advirtió.
Pero la mujer insistió y, en cuanto Aleida dijo que estaba bonito, se le fue de las manos y cayó hecho trizas. A finales de los 80, Aleida viajó a Miami invitada por su hermano Landy. Fue a preguntarme qué quería que me trajera. Le pedí lo que más falta me hacía en aquel momento: una cinta de máquina de escribir.
Gracias a ese regalo, pude pasar en limpio el borrador de Los trenes no vuelven, el primer libro que publiqué. En la dedicatoria del ejemplar que le regalé, le di las gracias por la cinta y por cada dulce que llevó a mi casa durante toda mi infancia. Con el libro entre sus manos, me miró agradecida.
—Gracias, mi niño —me dijo—. Tú sabes que no puedo decir que está bonito, ¿verdad?

25 sept 2021

Laika y Nerón


Laika y Nerón tuvieron un amor a primera vista. Desde el día en que se conocieron, vivieron para encontrarse entre la línea principal y el apartadero. Ella dejó de jugar conmigo y voló por encima de los raíles. Él logró pasar a través de los alambres del patio de Mercedita. Cada quien llegó hasta la mitad del camino.
Se estuvieron olfateándose un largo rato. Ella se quedó inmóvil, para que él explorara todo su cuerpo. La llamé varias veces y, por primera vez, no me hizo caso. Se había paralizado. La voz ronca de Talín tronó en la ventana de la cocina de su casa, donde siempre resplandecía una temblorosa bombilla.
—¡Neeeeerón!
El grito fue tan fuerte que espantó a unas auras tiñosas que se estaban comiendo los restos de una gallina. Nerón, sin embargo, ignoró el llamado de su dueño. Siguió husmeando cada palmo de Laika, mientras las colas de ambos se movían sin cesar y, a veces, se entrelazaban.
Un día que Chena vino a dejar una carretilla de películas en la estación, me preguntó si quería uno de los cachorros de Loba. Me encogí de hombros. Con ese gesto le quería decir que me encantaría, pero que mi abuelo siempre se ha negado a que tengamos un perro en casa.
Chena me entendió perfectamente y me dijo que, si yo quería, él hablaba con Aurelio. le dije que no con la cabeza. “¿Eso quiere decir que sí?”, me preguntó. Volví a decir que no con la cabeza. Entonces me dijo que me lo traía al día siguiente y que por mi abuelo no me preocupara.
—¡Y para colmo es una hembra! —protestó Aurelio cuando me vio con la cachorra entre las manos.
Chena se reía a carcajadas y mi abuela fue a la cocina a buscarle leche. Mercedes Cabrera le había regalado los dos machos que quedaban a un chofer de los pepinos de Santa Clara. Los pepinos son unas viejas guaguas checoslovacas que suenan muchísimo, su ronroneo se oye a kilómetros de distancia. 
—Es igualita a la madre —me dijo Chena.
—¿Cómo le vamos a poner? —me preguntó Atlántida.
Unos días atrás yo había leído, en la revista Unión Soviética, la historia de una perra callejera que se convirtió en el primer ser vivo en viajar al espacio. El 3 de noviembre de 1957, a bordo del Sputnik I, orbitó sobre la Tierra. No sobrevivió, pero gracias a ella Gagarin sí pudo hacerlo.
—Laika —dije.
—¿Laika? —preguntó Atlántida.
—Por la perra que fue al espacio —dijo Aurelio.
—Por suerte en el Paradero de Camarones no hay cohetes —dijo Chena y se fue con su carretilla llena de rollos de películas, traqueteando por todo el pueblo.
Laika me esperaba todos los días en la punta del andén. Aunque el timbre de la escuela no se escuchaba en la estación, ella sabía perfectamente que había sonado, porque se quedaba inmóvil hasta que yo aparecía. La habíamos enseñado a no cruzar las vías del tren y por eso no salía a mi encuentro.
Los fines de semana me iba con ella a correr para el potrero. En época de lluvias, cuando la cañada tenía agua, ella se lanzaba y trataba de pescar guajacones con el hocico. No me consta que lograra atrapar alguno, pero eso no hizo que desistiera. Todo lo contrario.
Siempre fue muy obediente… hasta que conoció a Nerón. El perro de Talín y Mercedita era negro como un azabache y fiero. Enloquecía cuando las auras tiñosas se posaban en las matas de mango del patio. No descansaba hasta que lograba espantarlas. 
No sé cómo llegó a tener el nombre de un emperador romano en un pueblo donde los perros se llaman Verduga, Mocho o simplemente Perra, como la de Aldo y Tony Pérez. Pero Nerón, en honor a la verdad, reinaba en aquellos patios. Todos le temía, tanto los animales como las personas, excepto Laika. 
En cada una de las estaciones donde mi familia vivió, perdió un perro o un gato bajo las ruedas de los trenes. A veces, en la sobremesa, Atlántida recuerda la tarde en que un tren mató a Motica, la perra más querida la familia. Fue en el andén de San Juan de los Yeras. 
Mi abuelo le iba a dar la vía a un tren de caña y la perra, que ya estaba ciega, lo siguió. Parece que con el enorme estruendo que hacía la locomotora de vapor, Motica se desorientó y cayó a la línea. Hubo que esperar que pasara el caboose para recuperarla. Ese día Aurelio juró que nunca más tendríamos un perro.
Hasta el día en que Laika, después de beberse un plato de leche, fue donde él y se echó en sus zapatos. Aceptó con la condición de que la enseñáramos desde chiquitica a que no podía bajar del andén a la línea. Aprendió enseguida y fue muy obediente hasta que conoció a Nerón.
Una tarde estaba corriendo con Laika por el potrero. Ella se detuvo de pronto y paró las orejas. Olfateó el aire, como si quiera asegurarse de lo que estaba sintiendo. Me miró y volvió a olfatear. Cuando estuvo segura, salió corriendo. La llamé muchísimo, pero no me hizo el más mínimo caso.
Entonces se oyeron los pitazos de un largo tren de carga. Por más que corriera no iba a llegar a tiempo. Cuando subí las escaleras del patio, Atlántida estaba llorando. “¡No vayas para el andén!”, fue lo único que me dijo. A Nerón lo mató en el acto, porque puso su cuerpo entre Laika y la locomotora.
Aurelio la trajo cargada y la acostó sobre un saco en el último cuarto. El veterinario de Cruces dijo que no había nada que hacer, porque tenía varias fracturas en la columna vertebral. Esa noche los aullidos de su dolor no nos dejaron dormir.
Al día siguiente, cuando volvía de la escuela, oí un disparo de escopeta. Benigno había ido a sacrificarla. La enterramos en el patio. Encima de su tumba, Atlántida sembró una mata de naranjas dulces. Justo enfrente, del otro lado de la línea principal y el apartadero, está la tumba de Nerón.
—En el Paradero de Camarones no hay cohetes —dijo Chena cuando lo supo—, pero los trenes pasan volando.
Desde entonces las auras tiñosas duermen en las matas de mango del patio de Merceditas. Le perdieron el miedo a la voz ronca de Talín.

22 sept 2021

El primer aguacero de mayo


(Fragmento de la novela Atlántida)

La sequía ha sido larga. En el callejón de La Flora, nadie se atreve a dejar abiertas las puertas y las ventanas que dan al frente. Constantemente se forman remolinos de polvo que dejan a la gente que parecen fantasmas, con las caras y el pelo totalmente blancos.
Cuba se haya situada muy cerca al Trópico de Cáncer, entre los 20º y los 23º de latitud norte. “Aunque estamos en la misma franja del Planeta que atraviesa el Sahara y Arabia, las regiones más desérticas del mundo —nos explicó el maestro Gustavo—, vivimos en una isla de una fertilidad extraordinaria”.
Ese día también nos explicó la influencia de los vientos alisios y cómo son interrumpidos por corrientes inferiores y por sistemas circulatorios locales que dan lugar a las brisas desde el mar, por el día, y los terrales, durante toda la noche. Esos mismos vientos influyen sobre las lluvias.
Según Aurelio, cuando el cielo se nubla al sur del pueblo, sobre la granja Panamá o la Vía Estrecha, el aguacero acaba cayendo en Hormiguero. Para que caiga sobre nosotros, debe de estar nublado del lado de Cruces, en la loma de la Rioja o en la represa de Ciprián Pis.
En las últimas semanas se ha estado nublando, pero siempre del lado equivocado. Los trenes que vuelven del puerto de Cienfuegos en la tarde, pasan empapados y levantando todo el polvo eque se ha ido acumulando en el suelo del pueblo. “¡Llévatelo, viento de agua!”, gritan los viejos frustrados.
Hoy todo parece haber cambiado de repente. El cielo en dirección a Cruces se ha puesto negro y un círculo de auras tiñosas nos avisa que esta tarde sí puede llover. “¿Crees que caiga?”, se preguntan unos a otros en el bar, la tienda y el Liceo, Todos consultan a los más viejos, que concuerdan en decir que sí con la cabeza.
La distribución mensual de las precipitaciones en Cuba está dividida en dos estaciones: la seca y la de lluvia. La época de seca se extiende desde noviembre hasta abril. La de lluvias, de mayo a octubre. El mes más seco del año es diciembre y el menos lluvioso, agosto. Las Villas es la provincia donde más llueve.
Este año, sin embargo, la seca fue más larga que nunca. Muchos pozos se han secado y las vacas apenas dan leche. Mi tío Rao Yero culpa de todo al gobierno. “¡A esta gente ni les llueve!”, dice a cada rato, mientras trata de enderezarse para alcanzar a ver el cielo.
—¿Crees que caiga? —Le preguntó Felo López a mi abuelo.
—Vamos a ver —respondió Aurelio escéptico.
—Ay, dios mío, con la falta que hace —dijo Atlántida desde la cocina.
Aproveché ese momento para mencionar algo que la pone de muy mal humor. Como padezco de la garganta y me dan unas fiebres muy altas, a ella no le guste que me moje con agua de lluvia. Muchísimo menos que me bañe en los aguaceros. Aurelio y Felo me apoyaron. “¡Sería el primero de mayo!”, le dijeron.
—¡Si no truena! —aceptó a regañadientes.
Un enorme estruendo siguió a sus palabras y estremeció a todo el pueblo. “¡Je, míralo ahí!”, dijo Atlántida aliviada. Pero fue el único, poco después se desató un aguacero torrencial. A través de los patios se oían las exclamaciones de felicidad de la gente. “¡Al fin!”, repetían.
Entonces empezó a flotar en el aire el olor más rico que es capaz de producir el planeta, ese que despide cuando al agua cae sobre la hierba, las piedras de la línea y el techo de zinc de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Siempre que lo respiro, una extraña felicidad se me mente en el cuerpo.
Estaba mirando el aguacero por la ventana del comedor cuando Atlántida se me acercó. Su mirada quería decir que me podía bañar. Me quité la camisa y salí corriendo para el andén. La mitad del pueblo se había borrado. Apenas quedaban la casa de Felo López y las matas de mango del patio del Chiqui.
Metí la cabeza en el corro de la canal, por donde sale gran parte del agua que se acumula en el techo de la estación. Aunque es muy fuerte y a veces duele, se siente como si uno estuviera debajo de una catarata. No había otro sonido en el mundo que el del aguacero cayendo contra el andén.
Me quedé alrededor del chorro de la canal hasta que dejó de caer. Cuando escampó y reapareció el pueblo, las cosas parecían tener un color diferente. Todo se veía como si estuviera acabado de pintar. A lo lejos, por la carreterita, apareció Basilia. Se fue acercando lentamente,venía empapada. 
—Tremendo aguacero —dijo cuando pasaba junto a mí—. No encontré donde meterme.
Me fue imposible responderle. No me aparecía la lengua dentro de la boca. El agua había hecho que su blusa fuera totalmente transparente. Se le veía todo y los segundos en que tuve esa imagen delante de mí hicieron que todo lo demás dejara de ser importante, incluyendo el aguacero y la catarata de la canal.
Atlántida me preguntó si el baño en el aguacero me había gustado, pero mi lengua seguía sin aparecer. “¡Sécate rápido!”, me ordenó. Fui a ciegas hasta el baño. Delante de mí seguía teniendo aquella imagen fija. Mirara donde la mirara, lo seguía viendo era la blusa y lo que había detrás de la blusa.
Nunca olvidaré el primer aguacero de mayo de 1978, pero por una razón ajena al Trópico de Cáncer, las brisas que vienen del mar y los terrales, las estaciones de la seca y las lluvias… El primer aguacero de mayo será siempre para mí Basilia acercándose lentamente, empapada.

21 sept 2021

Cada cosa está en su sitio


(Fragmento de la novela Atlántida)

Mercedita ya empezó a barrer todas las hojas que cayeron en su patio durante la noche. Carmen regresa del crucero y Felo López de apagar los faroles de los cambiavías. Berto Aguilar cruza el apartadero, primero, y la línea principal, después, rumbo a la granja Panamá. 

Cebollón anuncia que seguirá sin llover en los próximos días, mientras lanza periódicos por ventanas y postigos. Cundunga da tumbos por la carretera, la guagua de Palmira estuvo a punto de atropellarlo. Luzbel Cabrera enciende el compresor del garaje y Chola se mira las manos, que ya están llenas de grasa.

Yuyo Serralvo le manotea a alguien, prometiéndole que cualquier tiempo futuro será mejor. Claudio el Zapatero, convertido en dependiente del bar Arelita, comienza a batallar con una nube de moscas. Castellanos el barbero le saca filo a su navaja y corrige, acercándose al espejo, su impecable bigote.

Aracelia le abre las puertas de su casa a la mañana y su hija Nancy se sienta en el columpio a conversar con Basilia, para probarle a todo el que pase que las mujeres más lindas de la provincia viven en el Paradero de Camarones.  Las dos echan la cabeza hacia atrás cuando se ríen. Basilia, además, cierra los ojos.

Ciro y Juan José Monzoña ya llenan cartuchos mientras Blanca Llerena empieza a cortar telas. Macho Calixto, entalcado y perfumado, acaba de tomar el banco donde permanecerá el resto del día. Felipe Cervera, apostado frente a él, ya está listo para enfrentar los ataques de todos. Orgulloso de ser el único fanático de Industriales en el pueblo, discutirá hasta que le suba la presión. 

Felo el Mulo, Pepe el Sordo y Granados esperan en sus impecables máquinas por los pasajeros a San Fernando. Chena acaba de salir con la carretilla del cine a buscar la película que llegará en el tren de las 10:27, tiene tiempo suficiente para saludar y conversar con todos los que encuentre en su camino.

Aleida Pis se ha sentado a tejer mientras Paco de la Rosa, su marido, se abre la camisa, como si todavía le ardiera el agua hirviendo que le cayó en el pecho hace años. Justo al lado de su casa, Chano Monzón acababa de darle de comer a sus conejos y ahora cuida de sus lechugas como si fueran flores.

Pipio Pis y Julito Monterito atraviesan el pueblo como si fueran personajes de una película del Oeste, dejando a su paso la larga sombra de sus caballos. Pura Carballosa abre las puertas de la farmacia. El sol se refleja en los vidrios de los estantes y enceguece por un momento a los que esperan la guagua de Cienfuegos.

En una pequeña puerta que hay al lado, Ramona abre el buzón para ver si echaron alguna carta durante la noche. El tractor con la carreta de los macheteros millonarios deja una nube de humo negro mientras se aleja por el callejón de La Flora. Garay, el hijo de Rao, pasa a toda velocidad en su Plymouth Fury. 

Rigo, el antiguo dueño de la valla de gallos, no le quita la vista de encima a la Conga, su mujer, que se aleja en dirección a la bodega de Chena. Edilia, después de tomar la precaución de ponerse Kikos plásticos, une los cables pelados que encienden las aulas.

Gustavo el maestro nos ha mandado a formar y se ha quedado mirando a Basilia. Ella, después de darle un beso a su hija, mira a ninguna parte. El tolvero de Sagua, con dos locomotoras Tem 4 y 850 toneladas de azúcar a granel, logra convertirse en el único sonido del pueblo durante todo el tiempo que demora en pasar.

En casa de América, como todas las mañanas, tienen puesto a Radio Reloj. Anuncian cielos despejados, la venta liberada de cereal de sémola proveniente de la Unión Soviética y una zafra histórica con un recobrado nunca antes visto. Cada cosa está en su sitio, el día puede empezar.

20 sept 2021

Olor a nuevo


Descubrí el olor a nuevo en 1975, a mis 8 años. Hasta ese momento, la inmensa mayoría de las cosas que me rodeaban eran viejas y pertenecían a eso que los mayores llamaban el “tiempo de antes”. La estación de ferrocarril donde vivía con mis abuelos era de 1914. De hecho, tenía la misma edad que mi abuela Atlántida.
El televisor, la batidora, el radio, la cocina de gas… Todo en casa ya estaba ahí cuando nací. Aunque en la tienda del pueblo cada cierto tiempo vendían cosas nuevas, el olor de aquel caserón tan antiguo acababa contagiándolas. En el momento en que Blanca Llerena las tomaba del anaquel y nos la alcanzaba, ya parecía de uso.
Aquel año, debido a la reconstucción de la Línea Central, los trenes de La Habana a Santiago habían sido desviados por la Línea Sur. Eso hizo que por primera y única vez, la estación del Paradero de Camarones se mantuviera abierta las 24 horas de los siete días de la semana. Hugo Lois era uno de los operadores que se turnaban.
—¡Camilito! ¡Camilito! ¡Camilito! –me llamó una tarde por la puerta que daba de la estación a mi casa— ¡Ven para que veas una locomotora nueva!
Salí corriendo para el andén justo en el momento en que llegaba. Era color vino y relucía. Oyendo la conversación entre Hugo y la tripulación del tren, supe que acababan de llegar de Canadá, que eran 50 y que corrían muchísimo. El maquinista, al ver mi cara de asombro, me preguntó si quería subir a verla por dentro.
Nunca, ni antes ni después, un artefacto me ha deslumbrado tanto. Ni siquiera la primera vez que me subí a un barco o a un avión. Después de haber permanecido 8 años en el pasado, aquel súbito viaje al futuro acabó mareándome. Eran tantos los relojes, las luces y los botones, que la vista se me nubló. Solo retuve el olor.
Hace unos días, Diana cambió su viejo Alfa Romeo por un Jeep. Cuando nos encerramos en él y salimos en dirección a casa, lo reconocí de inmediato. Es falso que un aromatizante pueda imitarlo. Nada sustituye ese aroma de las cosas acabadas de estrenar. Ahí estaba, 46 años después, el olor que encontré en aquella locomotora.
Todo era viejo a mi alrededor hasta que llegó ella. Era color vino y relucía.

19 sept 2021

Talín


Siempre volvía justo antes de que cayera la noche. Su viejo camión llegaba exhausto. Las fuerzas justo le alcanzaban para retroceder por el patio y echarse bajo las matas de mango. En el fogón de Mercedita, un jarro de agua hervía. Un baño bien caliente era su remedio contra el cansancio del día y la artrosis.
Si el camión venía cargado, llamaba a sus vecinos para que tomaran algo de él. Tomates, papas, plátanos o cualquier cosa que se pudiera sumar a última hora a la mesa. “¡Camilitooo! —me llamaba su voz ronca del otro lado de las vías del tren—. ¡Trae un cubo para que le lleves algo a Atlántida!”. 
Como su patio estaba completamente cercado, yo solía saltar por encima de los alambres. Eso lo ponía de mal humor. “¡Nunca esperas a que yo te abra!”, me regañaba. Ya a esa hora, tenía puesto el pantalón del piyama y había sido entalcado por Mercedita del cuello para abajo.
Su voz ronca era parte de los sonidos que oíamos durante la noche, mezclada con los ruidos de los trenes, las canciones de Nocturno en los radios de todas las casas y la amenazante vigilia de las lechuzas. Nunca llegamos a ver su camión en las mañanas. Se marchaba antes de que el primero de nosotros abriera los ojos.
No olvido una tarde de 1993 en que llegó cargado de tomates (recuerdo la fecha porque Ana Rosario estaba recién nacida). Me llamó y, después de regañarme por no haber esperado a que me abriera, me dijo que tomara todos los que quisiera. “Dile a tu mamá que estos son los últimos, que aproveche”, me advirtió.
Me pasé casi toda la noche cargando cubos de tomates. Al día siguiente improvisé un fogón de leña con dos raíles. Gracias a eso no nos faltó puré de tomate durante todo aquel año, el más difícil que viví en Cuba. Poco después enfermó y su hijo José Luis se hizo cargo del camión.
Hasta un día en que volví y a los sonidos de la noche del Paradero de Camarones ya le faltaba su voz ronca. Nunca más me atreví a saltar por encima de los alambres de su patio.

15 sept 2021

El último de la lista


En mis años de estudiante, siempre fui el último de la lista. Como tenía que permanecer atento hasta el final, solía aprenderme de memoria el orden en el que mencionaban a mis compañeros de aula. Por años recordé sus nombres y apellidos, hasta que hace poco me di cuenta de que había olvidado a muchos.
De todas las escuelas donde estuve, la más entrañable para mí sigue siendo la Conrado Benítez del Paradero de Camarones. Es por eso que hace poco me di a la tarea de recuperar los nombres y apellidos de todos los que compartimos aquellas pequeñas aulas con viejísimos pupitres.
Poco a poco y gracias a las redes sociales, he ido reencontrándome con muchos de ellos. Con su ayuda, rehicimos la lista de principio a fin. Cuando leo sus nombres, escucho perfectamente las voces de Gustavo y Yayita pronunciándolos. Ellos fueron nuestros maestros en cuarto, quinto y sexto, esos cursos decisivos. 
Llegué al Paradero de Camarones en el verano de 1974, cuando mis padres se divorciaron (es falso que nací allí. En verdad vine al mundo en la Clínica del Maestro de Santa Clara y viví en Manicaragua hasta los 6 años). En 1979 me fui a la escuela al campo de El Nicho, en el Escambray.
Si esos cinco años fueron tan decisivos en mi vida y en quien soy, se debe en parte a los nombres que aparecerán a continuación. Siempre les envidié el hecho de que fueran de verdad del Paradero de Camarones y ese sentimiento me llevó a tener que mentir en mi biografía:

Rigoberto Aguiar, Vivian Águila, Marta Águila, Rita Calvo, Hilda María Capote, Idania Carballosa, María Victoria De La Rosa, Elizabeth Díaz, Diego Fleites, Leonardo Fleites, Alberto Gómez, Gerardo Gómez, Venancio González, Daniel González, Carlos Guedes, Orlando Guedes, Georgina Hernández, Moraima Leyva, Alina Melián, Javier Meneses, Alberto Migollo, Aymée Monzón, Rolando Monzón, Gladys Ortega, Idalberto Ortega, Paulín Ortiz, Aldo Pérez, Odalis Pérez, Adalio Pis, Miriam Pis, María Isabel Pérez, Yolanda Quintana, Osley Santa Teresa, William Sotolongo, Marlene Valdivia y Camilo Venegas.

A todos llegue un abrazo del último de la lista.

El rodeo


(Fragmento de la novela Atlántida) 

En el Paradero de Camarones no tenemos héroes reales. Para ver a nuestros ídolos, tenemos que ir al cine Justo. Solo allí podemos aplaudir al Zorro, el Corsario Negro o Sandokán. A los héroes de Manicaragua, el pueblo donde vive mi padre, uno de los puede encontrar en la calle.
Se llaman Pedro Yera y Orestes Castillo. Son los vaqueros más famosos del Escambray. A veces gana uno y a veces el otro, pero en ninguna otra parte hay nadie mejor que ellos. Donde quiera que van, vuelven invictos. En Cumanayagua los admiran como si fueran de allá.
Pedro Yera es altísimo y siempre anda con unas espuelas que van anunciando su paso: chin, chin, chin, chin, chin… Orestes Castillo se parece a Antonio Maceo, pero en lugar de un machete lleva un lazo atado a la cintura y anda por el pueblo enlazando cosas.
La gente los llama por sus nombres y apellidos y ellos siempre devuelven un saludo con un “¡Eeeyyyyy!”. Serafín es muy amigo de Pedro Yera. Ayer me llevó a su casa en La Campana. Además de vaquero es talabartero y Papi le encargó un cinto con mis iniciales.
—Eso sí es cuero de verdad —dijo Pedro Yera mientras pasaba el cinto por las trabillas de mi pantalón—, no la mierda que venden ahora en las tiendas.
Con un ágil movimiento de la boca, logró pasar su enorme tabaco de un lado al otro para poder acercárseme. Me preguntó si así estaba bien. Le dije que no, que estaba muy apretado. Lo aflojó un poco, pero para poder respirar bien me lo tuve que soltar un poco más.
—¿Van al rodeo? —le preguntó a Serafín.
—¿Vas a ganarle? —le preguntó Papi.
—Ya verás quién es el mejor vaquero del Escambray —me dijo poniéndose su enorme sombrero y subiendo de un salto a su caballo.
Una mitad de Manicaragua quiere que gane Pedro Yera. La otra mitad, Orestes Castillo. Cuando desfilaron, los aplaudían como en el Paradero de Camarones aplaudimos a al Zorro, el Corsario Negro o Sandokán. Varios amigos de mi padre me preguntaron quién me había hecho el cinto.
—¡Pedro Yera! —les respondía orgulloso, sujetando la hebilla con las dos manos.
Orestes Castillo logró enlazar al primer ternero en un tiempo récord. Rodillas en tierra le amarró las patas y, eufórico, le mordió el rabo. La mitad del pueblo empezó a gritaba y a aplaudía sin parar.
Poco después un toro logró alcanzar a uno de los payasos y lo lanzó contra la cerca de madera. No pudo levantarse. Se lo llevaron directo para el hospital de Santa Clara. A pesar de la gravedad de lo que acababa de ocurrir, todos aplaudían y celebraban. Las botellas de ron pasaban de mano en mano.
Pedro Yera no se quitó el tabaco de la boca para salir a enlazar su ternero. Lo hizo en un tiempo aún menor que Orestes Castillo. Cuando le amarró las patas, lo levantó en peso y lo tiró contra la arena. Torció la boca y escupió. La otra mitad del pueblo empezó a dar saltos de alegría.
Aunque la bulla era enorme, el chin, chin, chin de sus espuelas se oía por encima de todo. Después de saludarnos a todos, se puso el sombrero y se subió de un salto en su caballo. Después del desfile final quedamos atrapados en una nube de polvo. Serafín me hizo beber ron del pico de una botella. Me quemó todo por dentro.
Muy poco después se hizo de noche y Manicaragua se convirtió en un enorme silencio, como si hubiera gastado todos sus ruidos durante la tarde en el rodeo. Serafín preparó un jarro de agua con azúcar para él y otro para mí. Apagó la luz, se acostó al lado mío y me dio un abrazo.
—¿Por qué no te quitaste el cinto para dormir? —me preguntó.
Me hice el dormido.

14 sept 2021

Key*


(Fragmento de la novela
Atlántida)

Key siempre se lanzaba al andén antes de que el tren se detuviera. Todavía en el aire, hacía sonar su enorme silbato plateado. “¡Camaroneeeees!”, gritaba. Luego tomaba su gorra de plato por la visera y la levantaba apenas unos centímetros. “¡Yerooooo!”, decía ya junto a mi abuelo.

Durante años fue el guardafrenos de una de las tripulaciones del tren de Cienfuegos a Santa Clara. Alternaba con Pablo Ortiz, el Caballero del Carril. Eran polos opuestos. Ortiz, aunque es muy gentil, jamás se ríe. Key, en cambio, mantiene una sonrisa en la cara durante todo el recorrido de los trenes.

Hace unos meses lo ascendieron a guardafrenos del Fiat de Cienfuegos a Ciego de Ávila. Aunque el coche motor pasa envuelto en una nube de polvo y jamás se detiene, Key saca la cabeza por una de las puertas para saludar a mi abuelo: “¡Yerooooo!”, grita mientras un haz de luz se refleja en su enorme silbato.

Hoy en la tarde fue la última vez que Key nos saludó. Según Aurelio, no logrará salir de la cárcel. “Se morirá de tristeza antes de cumplir la condena”, asegura. Él y Atlántida han estado murmurando desde que supieron lo que había pasado, pero lo hacen en ese raro idioma que tienen para tratar de que yo no los entienda.

Aun así, he logrado descifrar algunas cosas. Ocurrió un accidente terrible y, al parecer, la tripulación de Cienfuegos tiene la culpa. El tren que vimos pasar a toda velocidad y envuelto en una nube de polvo, acabó chocando cerca de Taguasco. “Se olvidaron de un cruce con otro tren de viajeros”, comentó Aurelio. 

Atlántida lo miró con una terrible cara de pregunta. Quería saber si había muertos. Aurelio le respondió con una cara aún más dramática. Mi abuela insistió con su expresión. Quería confirmar que mi abuelo había entendido. Él dijo que sí con la cabeza y enterró su barbilla en el pecho. Ella levantó los brazos y mencionó a Dios. 

Esa noche no oyeron el programa de la orquesta Aragón. Se sentaron en silencio y estuvieron meciéndose hasta que nos fuimos a dormir. Como no había sonidos en toda la casa, cada vez que matábamos un mosquito sonaba como una detonación. Días después, Aurelio contó la historia completa. 

Habló como si se tratara de algo que había ocurrido mucho tiempo atrás. Pero desde el primer momento supe a qué se refería. Para tratar de despistarme, le preguntó a mi abuela si recordaba un accidente que ocurrió hace mucho tiempo cerca de Zaza del Medio. 

Ella le pidió que se lo contara otra vez, porque había olvidado los detalles. Entonces él le dijo que el tren de Cienfuegos tenía un cruce con el coche motor de Tunas de Zaza a Jatibonico en un apartadero en medio de la nada. “Iban volando, tratando de recuperar un pequeño retraso”, agregó. 

El maquinista y el conductor olvidaron el cruce por completo. “¡No lo puedo creer!”, exclamó Atlántida interrumpiéndolo. “¡Y estamos hablando de dos estrellas!”, repitió varias veces Aurelio. Cuando un ferroviario es muy bueno, él suele decir que es una estrella.

“Dicen que el risueño sí estaba pendiente del cruce” —dijo finalmente. Con seguridad se refería a Key. Iba caminando por el pasillo del coche en dirección a la cabina para recordárselo al maquinista, pero que una señora lo entretuvo preguntándole si él tren la podía dejar en Falcón.

“Dicen que miró por la ventanilla y, al ver que el maquinista no estaba reduciendo la velocidad, salió corriendo y ahí mismo…”, Aurelio no terminó la frase. Después de un largo silencio dijo que habían muerto 33 personas, entre ellos Oscar Portales, el maquinista del otro viajero.

“¿Recuerdas a los hermanos Portales?”, preguntó y bajó la cabeza. Entonces Atlántida cometió un error. Después de asentir con la cabeza, levantar los brazos y mencionar a Dios, dijo “¡Pobre Key!”. Era mi única oportunidad para saber lo que había ocurrido y no la desaproveché. 

Mi abuela le abrió los ojos a mi abuelo pidiéndole ayuda. Él levantó las cejas y los hombros. Entonces ella se dio por vencida. Me lo contaron todo. El tren de Jatibonico a Tunas de Zaza venía lleno de niños que habían ido con sus padres a comprar los juguetes en la tienda del pueblo. 

Los dos trenes acabaron hechos un amasijo y, por casi cien metros, la línea estaba llena de cuerpos y juguetes destrozados. Aurelio se sabe de memoria las fechas en las que han ocurrido los grandes accidentes ferroviarios. Eso quiere decir que nunca más se olvidará del 10 de julio de 1978. 

Después de estar muy triste por un largo rato, empezó a reírse mientras contaba historias de los hermanos Portales: “Una vez, Juan, el que está vivo, iba de maquinista en el tren del Auxilio Menor y la locomotora, una alemana, se había calentado tanto que se quitó la ropa y siguió manejando desnudo”.

Las carcajadas de Aurelio no lograron que Atlántida perdiera su cara de tristeza. “Aldo me contó que Juan venía de maquinista en el viajero de Rancho Veloz y se enteró al cruzarse con el de Sagua —dijo volviendo al tema—. Se volvió como loco, pero no dejó que lo relevaran. Trajo a su tren hasta Santa Clara… ¡Una estrella!”.

Entonces caí en cuenta de que nunca más vería a Key. Aquella escena que se repitió incontables veces durante tantos años ya no tenía la más mínima posibilidad de volver a ocurrir. Siempre se lanzaba al andén antes de que el tren se detuviera. Todavía en el aire, hacía sonar su enorme silbato plateado. 

Me imagino que su sonrisa se acabó en ese momento. Justo cuando miró por la ventanilla y advirtió que el maquinista no estaba reduciendo la velocidad.


*El accidente al que se hace referencia en este fragmento de Atlántida es un hecho real que ocurrió en la misma fecha que se señala. Gracias a Juan Carlos Portales, sobrino de Oscar e hijo de Juan, y a Esteban Darias Domínguez pude reconstruir los hechos con la mayor precisión posible y recuperar los nombres de los ferroviarios implicados. 

La tripulación del tren de Cienfuegos eran Emilio Águila (maquinista), Nilo Álvarez Verdecia (conductor) y Primitivo Luis Key (auxiliar de conductor). La tripulación del coche motor de Tunas de Zaza, Oscar Portales (maquinista) y Manolo Puig (conductor). 

Manolo, que logró sobrevivir, contaba que Oscar, después de alertar a todos del inminente choque, se paró en medio del coche motor a esperar el impacto. Los tripulantes del tren de Cienfuegos, desde la cárcel, le enviaron una carta a la familia Portales, pidiéndoles perdón por todo el dolor causado. 

9 sept 2021

Celebrando a Freddy Ginebra

(Texto leído en el acto de premiación del Concurso Internacional de Casa de Teatro 2021)

De izquierda a derecha: Claudio Rivera, Richardson Díaz,
Antonio Taveras, Freddy Ginebra, Camilo Venegas y Reinaldo Disla. 

Aunque llegué a República Dominicana por el aeropuerto de Las Américas, mi verdadera puerta de entrada al país es esa que está ahí, abierta de par en par a todo el que esté convencido de tener la capacidad de crear. No olvido la primera noche que pasé aquí. Salí eufórico y, por supuesto, ebrio de gozo, como dijo el poeta.
Acababa de conocer a Freddy Ginebra y eso me hacía dueño de la ciudad, del país y del mundo. Al menos eso me hizo creer él apenas unos diez minutos después de que nos presentaran. Nunca más volví a ser el mismo. Unos meses después estaba aterrizando de nuevo en Santo Domingo, pero esta vez en un viaje que solo era de ida. 
Además de hacerme un hombre libre y de salvar a mi hija de tener que crecer en un país sin futuro, Freddy Ginebra le dio un nuevo sentido a mi vida. De eso hace 22 años. Entonces no existían ni Facebook ni Twitter, nos enterábamos de las noticias por los periódicos o los noticieros y los libros solo eran de papel. 
Todo ha cambiado muchísimo desde entonces, empezando por nosotros. Muy pocas cosas se han mantenido invariables y dos de ellas son Freddy Ginebra y Casa de Teatro. Contradiciendo todo tipo de lógica y desoyendo los consejos de amigos y seres queridos, Freddy se ha empecinado en mantener esa puerta abierta.
Eso significa que los que aún están convencidos de tener la capacidad de crear y siguen prefiriendo la imaginación por encima de cualquier bien y, sobre todo, de esa bobería que acaba arrastrando a la mayoría de los seres humanos en el mundo actual, saben que aquí tienen un refugio.
Además de una Casa, del otro lado de esa puerta los esperan los abrazos, la comprensión, el entusiasmo y el apoyo incondicional de un señor muy viejo que cada vez se parece más a Noé, el del arca, o al mismísimo Dios, según nos lo pintaban en los libros de nuestra infancia.
Hace un momento hablaba de todo lo que ha cambiado el mundo en los últimos 20 años y mencioné la palabra bobería. Lo hice para no tener que decir mierda, porque ese es en verdad el producto estrella de una época en que es más importante aparentar que ser.
Por eso hoy las empresas prefieren patrocinar a un influencer en lugar de un artista y triunfar en el mundo virtual en lugar de contribuir a mejorar el real. Esa es una de las razones por la que los concursos de Casa de Teatro fueron perdiendo apoyos y ayudas hasta que hubo un momento en que por poco desaparecen.
Si no lo hicieron, es porque Freddy nunca se rindió. Mientras menos eran los patrocinios, mayor era su empecinamiento. Y llegados a este punto tengo que reconocer el compromiso y la solidaridad de Antonio Taveras. Antonio dio la cara cuando muchos daban la espalda. 
Gracias a eso, todavía hoy, en 2021, podemos tener estos libros en las manos, olerlos, hojearlos, leerlos, subrayarlos... Nunca podría ser crítico literario, soy demasiado apasionado y me siento incapaz de ser objetivo. Las valoraciones sobre las obras que aparecen en estos dos volúmenes se las dejaremos a los lectores. 
Ahora celebremos el hecho de que aún exista Casa de Teatro, sus concursos y sus libros. William Faulkner nos aconsejó una vez que siempre soñáramos y apuntáramos más alto de lo que sabemos que podemos lograr. Estamos aquí porque Freddy Ginebra siempre sueña y apunta más alto de lo que nadie es capaz de imaginar.

Celebrar eso significa mantener un constante compromiso con la creatividad, la imaginación y el mundo que en verdad nos merecemos. Todo eso lo aprendí aquí mismo hace 22 años, cuando un tipo disfrazado de Dios me dio un abrazo y me cambió la vida.

Gracias a él y a ustedes, hoy tuve una excusa para volver y seguir celebrando.

La infanta inglesa que se perdió en un hierbazal de Coliseo


En 1959, Hunslet Engine Company diseñó una pequeña locomotora para diversificar su portafolio. Solo llegó a fabricar dos y una de ellas fue adquirida por los Ferrocarriles Occidentales de Cuba para su uso en los almacenes del puerto de Isabela de Sagua.
Llegó a la isla en 1960, cuando ya la empresa que la compró y los almacenes para los que estaba destinada habían sido expropiados por la revolución que acababa de triunfar. Sin sacudirse la sal de la travesía, se hizo cargo del movimiento de vagones de miel de purga y azúcar en un pueblo que solo sabía tratar con el mar.
La máquina llegó con el nombre de Carlos Alfert, en homenaje uno de los comerciantes azucareros más importantes de la isla y uno de los mayores promotores del gran desarrollo económico alcanzado por la región de Sagua la Grande. Casi de inmediato tacharon el nombre de Alfert.
Aún así, los ferroviarios la siguieron llamando de esa manera. Primero tuvo el número 5512, en 1969 pasó a ser la A-353 y en 1974 la 40201. Justo al final de la década de los 70, cuando el puerto de Isabela de Sagua empezaba a perder importancia y a convertirse en la ruina que es hoy, la pequeña locomotora fue enviada a un central azucarero de Coliseo, en Matanzas.
Nunca más volvió a ver el mar. A mediados de los años 80 su motor Gardner 8L3 acabó dándose por vencido y la máquina fue abandonada en un desviadero. Como muchos otros valiosos patrimonios de los Ferrocarriles de Cuba, acabó siendo irrecuperable.
Cinco años después de la llegada de la Hunslet, arribaron a Cuba diez enormes locomotoras inglesas de doble cabina. Las Clayton eran tan imponentes que los ferroviarios la llamaron Reina Isabel. Hasta la primera mitad de los 70, ellas reinaron en los trenes cubanos. Pero su destino final fue también el abandono.
A las 10 las llevaron para un desviadero en el antiguo central Hershey. Las malas hierbas y la desidia de un país que se niega a tener pasado se hicieron cargo de ellas. La Clayton y la Hunslet son hoy una de las más injustificables ausencias en el Museo del Ferrocarril de La Habana.
Tanto la Reina Isabel de los trenes nacionales como la pequeña infanta del puerto de Isabela de Sagua, merecían contarles a las futuras generaciones cómo vinieron a dar al Caribe y cómo era el país por el que tanto trasegaron y al que tanto le aportaron. 
Se les negó esa oportunidad, como a los cubanos el derecho a tener memoria. Se perdieron en un hierbazal. Como a la isla entera, la maleza acabó tragándoselas.