15 dic 2021

Mal Tiempo


(Fragmento de la novela Atlántida)

La maestra Mary y Claudio Yero cuentan la batalla de Mal Tiempo de maneras muy diferentes. Solo coinciden en que ese día cambió el curso de la Guerra de Independencia. Como las películas sobre los mambises siempre son en blanco y negro, yo también me imagino ese día sin colores.

Claudio ya está ciego, pero abre bien los ojos cuando recuerda el 15 de diciembre de 1895. “Los trenes andaban como locos para arriba y para abajo —dice siempre—. Oír aquellos pitazos de alarma y ver tantos cañaverales ardiendo le ponían a uno los pelos de puntas”.

La maestra dice que, a pesar de que los soldados españoles superaban ampliamente en número a los mambises, la capacidad estratégica de Máximo Gómez y el gran valor de Antonio Maceo en el campo de batalla fueron decisivos para la victoria de los cubanos. 

Claudio Yero, sin embargo, cree que los libros exageran o mienten y asegura que todo no fue más que un crimen. “Ahí lo que había era un batallón de quintos que acababan de traer de Canarias —insiste—. Eran niños que lo soltaron todo y se mandaron a correr muertos de miedo. Los mambises los alcanzaban y los tasajeaban”. 

Mi abuelo tiene un marcador en la página 207 del primer tomo de las Crónicas de la guerra, el libro de José Miró Argenter. Con lápiz de tinta subrayó “¡entró la nave en alta mar!”, la frase que dijo Maceo poco antes de que el corneta tocara a degüello. Ha leído tanto esa parte que se ha desencuadernado. 

“Todo el terraplén está empedrado de cadáveres. En un reducido espacio yacen más de un centenar de hombres mutilados y la tendalera sigue por todo el camino de Mal Tiempo”, leo. Busqué tendalera en el diccionario: “desorden de las cosas que se dejan tendidas por el suelo”.

“¡Entró la nave en alta mar!”, dije empuñando el libro. Al tratar de dar el primer machetazo con él, se me fue de la mano y las hojas que se le han soltado salieron volando. Las recuperé todas, pero no me dio tiempo a organizarlas. Hay algunas al derecho y otras al revés.

La maestra Mary dio un punterazo en el centro del mapa de Cuba, muy cerca de Cruces, más o menos por donde deben de estar Mal Tiempo, la loma de La Rioja, el Paradero de Camarones y los Mangos de La Flora. A ella le encanta andar con el puntero en la mano, incluso cuando no lo necesita. 

—El combate de Mal Tiempo, que como ustedes saben ocurrió muy cerca de aquí —nos dijo—, tuvo un alto costo para los españoles, quienes perdieron a 147 hombres contra solo cuatro de los cubanos. Gracias a esa aplastante victoria de los mambises contra el ejército colonial, la guerra se extendió al occidente.

Claudio Yero siempre dice que ese día la historia pasó por la puerta de su casa. Él y Pequeña, la madre de Aurelio, vieron a la columna de hombres acercarse por el camino de la loma de La Rioja y salieron a esperarla. Máximo Gómez inclinó la cabeza y se tocó el ala del sombrero para saludarlos. Maceo miraba para otra parte.

“Después de los hombres uniformados, empezaron a pasar harapientos y al final negros desnudos —me contó mi bisabuelo—. Yo le dije a Pequeña que entrara para la casa, pero esa mujer era muy rebencuda. Iban con los machetes embarrados de sangre. Así mismo pelaban las cañas y se las comían. Un negro llevaba el brazo que le habían cortado y la cabeza del que se lo cortó”. 

Cerca de la casa de Claudio y Pequeña, según cuenta, había un corte de caña del ingenio Hormiguero y un ferrocarril portátil llegaba hasta él. Después de coger todas las cañas que quisieron, los negros que iban al final de la columna volcaron los pequeños vagones y les prendieron fuego. 

Mi bisabuelo recuerda que un oficial ordenó que no tocaran la casa y se quedó mirando a Pequeña, esperando a que ella le diera las gracias. Pero mi bisabuela no lo hizo. Con las manos entrelazadas en la espalda, temblando de frío y envuelta en una nube de polvo, se mantuvo parada hasta que pasó el último hombre. 

“Yo no me fijé en el caballo de Maceo, pero supongo que era el famoso caballo blanco —dice siempre—. El de Gómez era inmenso y mantenía el paso con una elegancia que jamás he vuelto a ver en una bestia. A la legua se veía que aquel era el mejor caballo de la tropa”. 

Como ya está ciego, dibuja en el aire las cosas que va diciendo. Con sus brazos fue describiendo al caballo. Por eso supe que tenía una cola larguísima. A la mañana siguiente fue al pueblo a dar el parte de los vagones quemados. Entonces se enteró que habían acampado en La Flora y que la zafra, que aún estaba por empezar, ya se había acabado. 

“Ese día ardieron muchas fortunas por aquí —repite—. La mayoría de los ingenios desmontaron sus máquinas y lo dieron todo por perdido. No molieron ni Hormiguero, ni Andreíta, ni San Agustín, ni San Francisco, ni Dos Hermanos, ni Santa Catalina, ni Parque Alto, ni San Lino… Aquello fue el fin del mundo”.

Durante la clase sobre Mal Tiempo, la maestra Mary nos prometió que haríamos una visita al Monumento. Caminaba por toda el aula blandiendo el puntero con si fuera un machete. Ella trataba de que nos imagináramos a la caballería mambisa, pero muchos estábamos más pendientes de su cara y de sus senos que del ataque del ejército libertador.

Claudio Yero, además de quedarse ciego, tuvo gangrena en una pierna y se la amputaron. Ya no se levantaba de la cama, pero todavía tenía a mano las botas y el machete. Cada vez que le hacíamos la visita, se enderezaba y pedía que le alcanzaran el sombrero para inclinar la cabeza y tocarle el ala.

Como tenía más de cien años, la memoria le había empezado a fallar. A veces olvidaba el nombre de algunos de sus hijos y no reconocía que se había quedado ciego. “Ahorita, cuando me despierte —decía con los ojos apretados—, voy a ir al patio a tumbar unas guayabas para que Atlántida te haga una mermelada”.

Después tanteaba el aire en busca del machete y las botas. Le ponía de muy mal humor verse desvalido. “¿Yo te he contado que tuve delante de mí a Máximo Gómez y a Antonio Maceo? —me volvía a preguntar—. Ese día la historia pasó por la puerta de mi casa”. 

Igual que las páginas desencuadernadas del libro, algunos recuerdos le salían al derecho y otros al revés. No siempre lograba terminar los cuentos. Poco a poco se iba hundiendo en el bastidor hasta que empezaba a roncar. Entonces Aurelio y yo salíamos de su cuarto tratando de no hacer ruido.

—Aquello fue el fin del mundo —le oímos decir un día, entre ronquidos y ronquidos.

11 dic 2021

How I Met Your Mother


Una amiga me preguntó cómo lo estábamos pasando. Le di la vuelta a la cámara del celular. Cuando María vio su rostros demacrado en la pantalla, se tapó la cabeza. Ya yo había apretado ese círculo que hace la función del obturador. Hoy, al repasar las fotos de aquellos días, di con ese momento.
Diana se tuvo que ir en un viaje de trabajo cuando ya yo me sentía muy mal. Como me había hecho la prueba del COVID y los resultados eran negativos, creímos que se trataba de un catarro más. María me cuidó tanto en esos días, que acabé contagiándola. 
Cuando supimos que era un falso negativo, ya era tarde. Compartió conmigo la enfermedad, el encierro y muchas, muchísimas horas de How I Met Your Mother. Sobrevivimos gracias al cariño de su madre y a las sopas japonesas que pedíamos cuando el aburrimiento estaba a punto de matarnos.
Ahora las fotos de esos días nos dan mucha gracia… ¡Ahora!

7 dic 2021

Dark Side


Anduve por el lado oscuro y estoy de regreso. Sobreviví al COVID gracias a un gran médico dominicano y a los milagros de los que es capaz mi Cucha, quien convirtió nuestra habitación en una sala de cuidados intensivos. 
También cambió el butacón de la esquina por un pequeño escritorio. A pesar de la gravedad y gracias al exceso de soledad, terminé "Atlántida". 
Fueron tres semanas de encierro en unos pocos metros cuadrados, a solas con el libro que siempre he querido escribir, las 6 temporadas de Los Sopranos y un carrito en el que llegaban la comida y los medicamentos. 
Un día creí que ya no me levantaría más. Escribí el final de la novela. Después busqué esa escena donde Tony Soprano se come un aro de cebolla como si fuera una ostia y todo se va a negro.
Vistos esos días con unas horas de distancia, tengo muchísimos más recuerdos buenos que malos. Ya dije que mi Cucha es milagrosa.

3 dic 2021

Uno de los Villalobos

Los hermanos Cuquito e Ignacio Yero, dos de los Tres Villalobos.

(Fragmento de la novela
Atlántida)

Pertenecía a la segunda camada, como le llamaba mi tío abuelo Rao a sus medios hermanos. Claudio Yero tuvo ocho hijos con Pequeña Alonso: Blanca, Tití, Ía, Aurelio, Hilda, Roberto, Rao y Mario. Cuando la madre de mi abuelo murió, Claudio se casó con Bolito Gómez y tuvo seis hijos más: Berto, Mireya, Ignacio, Cuquito, Zaida y Teresita.
Desconozco las razones, es algo que no hablaron delante de mí. Pero lo cierto es que los varones del segundo matrimonio nunca se llevaron bien con los del primero. Según Atlántida, Aurelio jamás tuvo problemas con ninguno. Pero tampoco pudo evitar que lo involucraran. 
Ese conflicto, aun sin ser explicado, llegó hasta la tercera generación. Cada vez que salía de la escuela, me veía frente a los bigotes de película mexicana de Cuquito, quien a esa hora bebía y oía rancheras junto al traganíquel del bar. Él siempre me llamaba, pero yo encajaba la mirada en la acera.
Por mucho tiempo evité enfrentarme a los ojos de Cuquito, que, según Lérida, tenían la misma mirada que los de Jorge Negrete. Hasta un día en que perdió la paciencia y cruzó la calle. Al abrazarme, derramó parte de su bebida sobre mi camisa. Luego bajó su bigote empavesado en alcohol hasta la altura de mi cara.
—¿Tú sabes que por tus venas corre la misma sangre que por las mías? —me preguntó.
Estuve un largo rato inmóvil. Como no sabía cuál de las dos respuestas le agradaría más, no me atrevía a decir nada. Mientras tanto recordé las historias de que a Berto, Ignacio y Cuquito les decían los Tres Villalobos y que habían tenido broncas legendarias con forasteros o gente del pueblo.
El Paradero de Camarones fue testigo en innumerables ocasiones de aquellas peleas, a los puños y hasta los tiros, donde los tres hijos menores de Claudio Yero combatían de la manera más temeraria, sin importar a cuántos enemigos se enfrentaban. Uno de los Villalobos me tenía ahora atrapado.
—¿Tú sabes que por tus venas corre la misma sangre que por las mías? —me volvió a preguntar.
Casi temblando, dije que sí con la cabeza. Entonces me dio un beso con su enorme bigote y me dijo que me quería mucho. Me dejó un horrible olor a aguardiente y a tabaco en la cara. Pero no me atreví a limpiarme aquel brochazo. Seguí con él durante toda la tarde.
Nunca fui valiente, pero ese suceso me hizo menos cobarde. Una extraña seguridad en mí mismo se apoderó de mi cuerpo a partir de aquella tarde, después de admitirle a uno de los Tres Villalobos que por mis venas corría la misma sangre que por las suyas.
Una tarde lo vi caminar detrás de un hombre hacia la línea. Al verme, se detuvo y me hizo señas para que me alejara. Salí corriendo. Cuando tomé la suficiente distancia, miré hacia atrás y lo vi dando unos piñazos salvajes. Estaba muy borracho y se cayó más de una vez. 
Pero al final fue el otro el que no pudo volver a levantarse. Quedó tendido en el apartadero, mientras una multitud lo miraba en silencio. Al otro día, cuando me besó, tenía un golpe terrible en un ojo. Solo le quedaba la mitad de la mirada de Jorge Negrete.

28 nov 2021

La linterna de Angelina


(Fragmento de la novela Atlántida)

“¡Cum cutá cotocotico cocoteco toco tum cutá cotocotico cocoteco toco tum!”, repetíamos todos. Emocionados, saltábamos en los asientos. Mientras, el director seguía dándole instrucciones a los músicos. Después que el baterista se quedó haciendo “¡Cum cutá cotocotico cocoteco…”, le dijo al del bajo lo que tenían que hacer. 

Luego al guitarrista, el pianista, el flautista, el clarinetista, el del fagot y el del violonchelo, a quien regañó fuertemente. Cada vez que El Hombre Orquesta venía al Paradero de Camarones, el cine se abarrotaba. Aunque ninguno de nosotros sabía francés, tarareábamos perfectamente junto a Louis de Funes.

Era tanta la algarabía que acabábamos provocando, que la luz de la linterna de Angelina se pasaba toda la película recorriendo el pasillo del cine para arriba y para abajo. Carlos el de Pascualita, el Chiqui, el Venao Ortega, y yo nos sentamos esta vez en la primera fila. 

—Si no se tranquilizan —nos amenazó la acomodadora—. Se lo voy a decir a Chena.

—¡Angelinaaa! –se oyó a alguien desde el medio del cine— ¡Alumbra la última fila!

Estalló una carcajada general que los que estábamos adelante no entendimos. El Chiqui conmigo y Carlos el de Pascualita con el Venao, imitamos la coreografía que hacen con las cabezas el Hombre Orquesta y el que está grabando la música en una cinta. Lo hacemos igualito.

Juana Granados y Marita salieron un momento al pasillo del cine para bailar el principio de la coreografía. Pero se tuvieron que sentar enseguida porque la luz de la linterna ya venía a toda carrera para tratar de darles alcance. Nadie las denunció, todos guardaron silencio.

—¿Quiénes eran las que estaban bailando? —volvió a preguntar.

—¡Angelinaaa! –se oyó otra vez a alguien— ¡Alumbra la última fila!

Estalló otra vez la carcajada general y nosotros seguíamos sin saber qué pasaba. El Venao no pudo más y se puso de pie para ir a averiguar.

—¡Idalberto Ortega, siéntese! —se oyó a Angelina desde el final del cine.

El Venao agachó la cabeza y volvió a su lugar, pero no se dio por vencido. Le preguntó al que estaba detrás, quien se encogió de hombros y le preguntó al de más atrás. Así estuvieron hasta que alguien supo y le respondió al oído al que estaba delante. La respuesta recorrió el mismo camino que la pregunta.

—¡Angelinaaa! –dijo el Venao poniéndose de pie— ¡Alumbra la última fila!

Esta vez no hubo una carcajada sino un murmullo general. La linterna se encendió justo al lado del Venao. Angelina había bajado con ella apagada para sorprender a los que estaban haciendo bulla. Le tuvo que prometer que se iba a portar bien y suplicar que no se lo dijera a Cheo, su papá. Angelina le dejó bien claro que esa era la última oportunidad.

Después de imitar a Louis de Funes haciendo la pantomima de coserse la boca, llegó el momento que todos estábamos esperando. Me atrevo a asegurar que Angelina fue la única que no participó en el coro de: ¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!

En el mejor momento de la coreografía, la pantalla se empezó a poner blanca y una pequeña mancha oscura fue creciendo hasta que ardió y oímos cómo el rollo se soltó. “¡Efraín!”, le gritábamos todos al proyeccionista. La algarabía era tanta, que tuvieron que encender la luz de la sala.

Todos aprovechamos para mirar para la última fila. Ahí estaban el maestro Gustavo y Basilia abrazados y dándose un beso. “¡Míralo ahí, míralo ahí!”, gritó uno. “¡Ataja!”, gritó otro. “¡Eeeeeeehhhhhh!”, dijeron muchos. Avergonzada, Basilia se levantó y se fue. Gustavo le cayó atrás.

Al otro día, cuando llegamos al aula, nos encontramos que todas las persianas que daban para la calle estaban cerradas. Algunos intentaron abrirlas, pero el maestro Gustavo les gritó que no las tocaran. Eso no impidió que a cada rato pasara alguien cerca y gritara.

—¡Gustavo —decían—, ¡piti piti paaaaa! 

La primera vez nos reímos todos. Pero el maestro nos dijo que el que se volviera a reír tendría que hacer quinientas líneas con la frase “debo portarme correctamente en clases”. Del próximo grito que oímos desde la calle solo se rio Tito Migollo, quien tuvo que bajar la cabeza hasta que se acabara la clase.

No fueron quinientas líneas sino mil, porque se siguió riendo con la cabeza entre los brazos. Cuando tocó el timbre, las hembras salieron del aula haciendo la coreografía del cuerpo de baile del Hombre Orquesta. “¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!”, gritábamos todo, incluso Tito Migollo.

20 nov 2021

Himno de Las Villas


Hay unos valles verdes, hermosos,
donde las cañas de oro se dan.
¡allí los déspotas codiciosos
nuestras riquezas gozando están!

¿No veis el fausto de los tiranos
que se sustenta con el sudor
de aquellos míseros africanos
grosero insulto de dolor?

Aire corrupto de bacanales
respira solo la juventud
placeres lúbricos, inmorales
allí les roban la virtud.

Salvar debemos a los cubanos
de tal sistema de corrupción,
y es noble empresa llevar, hermanos,
a aquellos pueblos la redención.

Los generosos pueblos de Oriente
de sus gerreros mandan la flor,
y con vosotros marcha el valiente
camagüeyano batallador.

¡Alzad un himno que al éter suba
y que surcando rápido el mar
al mundo enseñe que sabe Cuba
a sus tiranos avasallar.

Y que en el pecho de los cubanos
ha puesto en el cielo todo vigor
de los torrentes americanos
de los volcanes del Ecuador!

¡Hurrah, a Las Villas! Porque nos llama
la voz de un pueblo que gime allí,
en las riveras del Agabama
y en las orillas del Damují.

 

Antonio Hurtado Del Valle, 1874

19 nov 2021

Tres apuntes sobre el #15NCuba


1.
Yunior García ya hizo mucho más de lo que muchos de nosotros hemos hecho y haremos. Creo en él y en todo cubano que tenga la valentía de enfrentarse, al menos por un minuto, a ese monstruo que nos ha dejado sin patria. Guardo mi odio, mi rencor y cada una de mis críticas para la dictadura y para los represores.

2.
Cada vez que me hablan de un líder que abandonó a sus hombres, siempre pienso en el mismo. La madrugada del 26 de julio de 1953, Fidel Castro se perdió en Santiago de Cuba, una ciudad que se sabía como la palma de su mano, y nunca llegó al cuartel Moncada. No lo agarraron tratando de reunirse con los sobrevivientes, sino huyendo.
Años después, durante el desembarco del Granma, también se “perdió”. Y apareció mucho después, sano y salvo, en la Sierra Maestra, de donde no bajó hasta que Camilo y el Che avanzaron tomaron el centro de la Isla, después de sobornar al líder del tren blindado y lograr que lo entregara. 
En Girón, no salió del central Australia hasta el final, para hacerse la foto del tanque. Siempre tuvo tan buena suerte, que todos los que eran tan líderes como él (Abel Santamaría, Frank País, Camilo Cienfuegos…), acababan cayendo.

3.
Cuba no necesita héroes. Cuba necesita que cada vez más cubanos se manifiesten contra los militares y su títere. Que los que saquean al país hoy, condenando a la pobreza extrema a la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, acaben derrotados y respondan por cada uno de sus crímenes.
Ayer apresaron a un niño de 15 años por salir a la calle vestido de blanco y con una rosa blanca en la mano. Solo les faltó ponerle un grillete y condenarlo a picar piedras en una cantera. Solo por ese niño debemos seguir luchando. No nos ataquemos entre nosotros. 
Concentremos en el cruel que nos arranca el corazón con que vivimos, odiemos solo a quien nos tiene en el oprobio sumidos.

14 nov 2021

Segunda declaración de la Loma de Thoreau


Hoy en la mañana, mientras estábamos parados en la escalera que baja a la cabaña, sopló un viento muy fuerte. La bandera que pusimos después del 11J, ondeó un largo rato. No solo nos dio tiempo a contemplarla, orgullosos, sino que pudimos buscar el celular y retratarla.
Entonces recordamos que estábamos en la víspera del 15N y que mañana, por amor a nuestro país, nos uniremos a los cubanos libres de República Dominicana y marcharemos en solidaridad con Yunior García, con Archipiélago y con todos los compatriotas que hoy el régimen oprime.
Viví 33 años en Cuba y nunca participé en ningún acto de masas. Siempre logré escabullirme. Eso no quiere decir que juzgue a los que lo hicieron, porque la mayoría de las veces no te dejaban opción. Nadie nos ha pedido que acudamos mañana a la plaza dominicana de José Martí. 
Marcharemos por primera vez y no lo haremos ni siquiera por nosotros o por nuestros hijos, porque el destino ya nos puso en otra parte. Marcharemos por nuestros amigos que aún están atrapados en la isla y por sus hijos, que nacieron en un lugar sin acceso al futuro y donde no se respetan los más elementales derechos.
Cuando Cuba sea libre, estemos donde estemos, también nos habremos liberado de un oprobio que va con nosotros a todas partes. Solo por ese día, tenemos dos camisas blancas y dos banderas en el espaldar de una silla, esperando a que amanezca.

12 nov 2021

El hombre anfibio


(Fragmento de la novela Atlántida)

En la matiné del domingo pasaron El hombre anfibio. Para salvarlo de una mortal enfermedad, su padre le hizo una operación quirúrgica. Ya no respiraba por la nariz sino por unas branquias, como las biajacas de la cañada o los guppies y los colisables que tengo en uno de los tanques del agua de lluvia.

Los tanques del agua de lluvia son dos enormes tubos de concreto que sobraron cuando reconstruyeron la alcantarilla de la línea principal. Aurelio los trajo con una yunta de bueyes y los puso al lado de la escalera del patio, justo donde cae el chorro de la canal que recoge gran parte del agua que se acumula en el techo.

Muchas veces le he pedido a mis abuelos que me dejen bañar ahí. Pero siempre me han respondido que no, porque con esa agua se ablandan los frijoles y se lavan las prendas de vestir más delicadas. Aun así, Atlántida no puso objeción a que yo echara los guppies y los colisables que Lérida me trajo de Cienfuegos.

Cuando Gutierre, la protagonista de la película, se lanzó al mar para evitar que el malo la besara, es atacada por un tiburón. Entonces Ictiandro, que así se llama el hombre anfibio, enfrentó al escualo cuchillo en mano. Después de matarlo, nadó hasta el fondo para rescatar a Gutierre y dejarla a salvo en un bote.

Muchos aplaudimos, pero el Venao y Carlos el de Pascualita dijeron que eso era un paquete. Salimos eufóricos al portal del cine. Allí mismo hicieron una competencia para ver quién podía contener la respiración por más tiempo. Ganó Diego, el hijo de Silvia Santillana, aunque por poco se desmaya.

—Estos muchachos son bobos —dijo Dulce, la hermana de María Isabel, que es mayor que nosotros, tiene pecas y cada vez está más linda.

—Tú no hagas esa bobería —me dijo Chena, amenazante, y tuve que hacerle caso.

Volví a la casa frustrado, porque había perdido la oportunidad de demostrar que Serafín me enseñó a nadar por debajo del agua y que soy capaz de aguantar la respiración por muchísimo tiempo.

Al llegar a la casa, encontré que Atlántida estaba en casa de Mercedita y Aurelio andaba haciendo cosas en el potrero. Era el momento. Me quité la ropa y me metí en calzoncillos en el tanque del agua de lluvia. Cuando abrí los ojos, guppies, colisables, renacuajos y gusarapos nadaban a mi alrededor.

Primero me imaginé que Dulce era Gutierre. Pero enseguida se convirtió en Basilia, mientras el malo era el hombre del Yugulí rojo. El más grande de los colisables era el tiburón. Lo perseguí un largo rato, hasta que las hojas que hay en el fondo del tanque se revolvieron y el agua se puso turbia.

Logré secarme a tiempo. Mis abuelos nunca supieron de mi incursión en las profundidades del tanque de agua de lluvia. Aunque al otro día amanecí con mucho dolor de garganta y 39º de fiebre. Como Ictiandro al final de la película, estuve muy enfermo. Esa semana solo puede ir dos días a la escuela.

—¿Dónde habrás cogido este catarro tan malo? —se preguntaba Atlántida cada vez que me quitaba el termómetro— ¡Sigues volado en fiebre!

Como tenía mucho frío, metía hasta la cabeza dentro de la colcha. Entonces me imaginaba que estaba otra vez debajo del agua y que nadaba, con Basilia tomada de la mano, sin que ninguno de los dos tuviera que salir a respirar. Siempre acababa tosiendo muchísimo.

Respirar fuera del agua me costaba cada vez más trabajo. Cuando iba al baño o caminaba hasta la mesa del comedor para tomarme la sopa, acababa muy fatigado. A lo mejor un par de branquias era la solución al grave problema en el que me había metido.

11 nov 2021

La fe hace tremenda espuma


(Fragmento de la novela Atlántida)

Aurelio no cree en la suerte y por eso nunca jugó con ella. En el tiempo de antes, jamás compró un billete de lotería. Atlántida, en cambio, cree en todo y es muy supersticiosa. Siempre está atenta para no pasar por debajo de una escalera y, cuando camina por el andén, se asegura de no pisar las rayas.
Escondida de su esposo, mi abuela compraba billetes de lotería. Lo hacía en la víspera de los cumpleaños de sus cuatro hijos y se aseguraba de que esa fecha estuviera dentro del número. No siempre ganó, pero en la casa hay muchas cosas que se compraron gracias a esos pequeños aciertos.
—Si la lotería vuelve a Cuba —me dijo Aurelio un día—, prométeme que nunca vas a jugar.
—Prométeselo, prométeselo —me dijo Atlántida—, total...
Antes, le había prometido que no robaría, que no fumaría, que no me convertiría en un borracho, que jamás le pegaría a una mujer y que todo el dinero que llegara a ganar me lo gastaría siempre en la casa, con los míos. “Los hombres que se gastan el dinero por ahí, acaban mal”, me repite a cada rato.
En el tiempo de antes, cuando un jefe de estación se jubilaba, tenían que dejarle la vivienda del ferrocarril al que lo sustituía. La empresa le buscaba hasta tres opciones. Si las dos primeras no le convenían, se debía mudar a la tercera. Esa es la razón por la que Atlántida empezó a lavar con jabones Rina.
Ahora, el día que Aurelio se jubile, nos podremos quedar a vivir en la estación de Paradero de Camarones. Aunque Atlántida dice que tarde o temprano tendremos que buscar dónde meternos, porque la empresa ya no repara los techos como antes y todos estos caserones tan viejos acabarán derrumbándose.
—No hay que pensar en eso ahora —es lo que le responde mi abuelo, antes de recordarle que fueron más que dichosos, porque él nunca se imaginó que lograría quedarse con la estación de su pueblo, el lugar del mundo que más le gustaba y el único en el que quisiera vivir siempre.
Cada vez que él dice eso, ella acaba ablandándose. Cada vez que llegaban a un nuevo pueblo o lo nombraban en una estación de mayor categoría, él siempre le recordaba que su mayor aspiración era volver al Paradero de Camarones, respirar el aire del pueblo donde había nacido y donde estaban los suyos.
—¡Hay que tener fe, que todo llega! —dice Atlántida cada vez que espera un golpe de suerte o un milagro.
Así decía Consuelito Vidal en un anuncio que pasaban en la televisión y que, sin haberlo visto nunca, me sé de memoria. “Apriételo, apriételo sin piedad, que Rina es duro, que Rina es duro, que Rina es duro de verdad”, canta Atlántida mientras lavaba los cuellos de las camisas de corduroy.
Una mañana discutieron tanto sobre el tema, que Atlántida fue al chiforrover y sacó algo que tenía envuelto en papel cartucho. Aurelio puso la cara que él pone cuando no puede creer lo que está viendo. Le preguntó tres veces a mi abuela si estaba segura de lo que hacía y ella las tres veces le dijo que sí.
—Ahora sabremos si hubiéramos podido vivir en una casa propia —dijo mientras quitaba la envoltura.
Era un jabón Rina, el último. Dentro de esos jabones venían muchísimos premios. Desde billetes de lotería, hasta uno, cinco, cien, quinientos o cinco mil pesos. También se podían ganar medias, toallas, sábanas, máquinas de coser, televisores y refrigeradores.
Pero lo que Atlántida siempre deseó fue una casa y la estuvo pidiendo con fe para que se le diera hasta que se acabó el tiempo de antes. Apretó bien el jabón y asintió. Seguía duro, duro de verdad. Llenó la batea de agua y se puso a lavar. Llegó hasta el final de la pastilla sin encontrar ningún premio.
—¡Te lo dije! —exclamó Aurelio victorioso.
Fui a guardar la envoltura entre uno de mis libros, pero mi abuelo me dijo que eso no me iba a servir de nada. Atlántida había restregado tanto el jabón en la ropa, que tenía las manos rojas. Sobre la batea flotaba una enorme capa blanca, como si una nube le hubiera caído encima. 
Yo todavía no me decido. Aún no sé si voy a creer o no. Me encanta, cada vez que estoy enfermo y la fiebre me sube a 40, que Atlántida saque su cajita de oraciones y susurre a mi oído, mientras me pasa su mano tibia por la frente. Pero creo que Aurelio tiene razón en muchas cosas. Es un asunto de probabilidades, solo eso.
Respecto a la fe, por ahora, de lo único que estoy absolutamente convencido es que hace tremenda espuma.

9 nov 2021

Los cuentos de la oscuridad


(Fragmento de la novela Atlántida)

Cuando el bombillo de 100 watts de la cocina se apagó, Atlántida pensó que se había fundido y salió para el cuarto de expreso a buscar uno de repuesto. Pero al pasar junto al interruptor del comedor, quiso cerciorarse de que estaba en lo cierto. “Ah, caramba —dijo en voz alta—, qué raro que la luz se fue un martes”.

Ese día estaba tan ajetreada, que no volvió a reparar en que seguíamos sin electricidad. Ya en la tarde, después de ponernos la ropa de por las tardes, Aurelio y yo buscamos los libros que estábamos leyendo y sacamos dos sillones para el andén. Él llevaba Las mil y una noches y yo los cuentos de O. Henry.

Como se había leído a O. Henry antes que yo, constantemente me preguntaba qué cuento estaba leyendo. No sé cómo se las arreglaba para abandonar a Simbad el Marino, Aladino o Alí Babá y preocuparse por Johnsy, la muchacha cuya vida pendía de la última hoja de un árbol, en un pequeño barrio al oeste de Washington Square.

—¿Ustedes se han dado cuenta de que no hay luz desde esta mañana? —nos interrumpió Atlántida—. ¿Será aquí nada más o en todo el pueblo?

La respuesta la teníamos delante de nosotros. Aunque todavía era de día claro, el bombillo del patio de Mercedita estaba encendido. Más allá, entre las matas del patio de Barbarita, también se veía una luz. Aurelio caminó por el andén hasta comprobar que el portal de Felo López también estaba encendido.

Le alumbré con una linterna para que él comprobara si los fusibles estaban bien. “Hay que esperar a mañana”, dijo dándose por vencido, mientras buscaba su viejo farol de los Ferrocarriles Unidos. Atlántida, por su lado, encendió el único quinqué que sobrevivió a todas las mudanzas de la familia.

Esa noche, después de comer, nos sentamos a oscuras en los sillones de la sala. Los tres hicimos un largo silencio hasta que Atlántida se preguntó por qué el quinqué ya no alumbra tanto como antes. Aurelio le respondió que alumbra igual, solo que ella ya se ha acostumbrado a la luz eléctrica

—No —insistió Atlántida—. Recuerda que todo en San Fernando se veía clarito y mira ahora la oscuridad que hay en esta casa.

Se pasaron toda la noche recordando los años que vivieron en aquella estación, que está a 10.8 kilómetros del Paradero del Camarones por el ramal Cumanayagua. Así fue que supe que tío Aldo dormía en el cuarto de expreso, que tenía una enorme colección de cómics y que se peinaba con Glostora.

A la mañana siguiente Aurelio se comunicó con los electricistas de los Ferrocarriles, quienes no demoraron en llegar en su motor de vía. Uno de ellos se subió al poste que está en el crucero y bajó con una mala noticia. No podía hacer nada, porque la avería estaba del lado que le pertenecía a la empresa eléctrica.

—¿Y no puedes hacer nada? —preguntó Aurelio.

—Lo siento, Yero, ellos no le permiten al Ferrocarril tocar sus cables.

Aunque Lérida, desde Cienfuegos, lo reportó esa misma mañana, no le pudieron decir cuándo vendrían. Según ellos, solo tenían un camión para atender todo el regional. Esa noche Atlántida y Aurelio recordaron la mudanza para San Andrés, una estación que está a 10.4 kilómetros de Placetas.

Había sido una fortaleza del ejército español durante la colonia, por lo que la casa de familia estaba independiente. En las noches, para entretenerse, jugaban a contar los vagones de los trenes de la Norte Cuba que pasaban por el cruzamiento de Casallas. Aurelio y Aldo siempre ganaban.

—Era una estación muy solitaria—me dijo mi abuelo—. Tu abuela y tu mamá no se atrevían a quedarse solas allí.

Cuatro días después por fin vino el camión de la empresa eléctrica. Cambiaron un cable, pero no pudieron restablecer el servicio. Porque los electricistas de los ferrocarriles debían conectarlo del otro lado. “Cuando ellos hagan eso, nos llaman y nosotros venimos a terminar el trabajo”, dijo el que se subió al poste. 

Todas las noches, a la luz del quinqué, Aurelio y Atlántida me siguieron haciendo cuentos de las estaciones donde vivieron, de cómo se mudaban en vagones, cargando con los muebles y los animales (vacas, cerdos y gallinas). San Fernando y San Juan de los Yeras fueron las preferidas de Atlántida.

—Pero el sueño de tu abuelo siempre fue volver a su Paradero de Camarones —dijo mi abuela con resignación, mientras abría los brazos hacia la oscuridad.

—¿Qué culpa tiene el pueblo de esto? —protestó Aurelio—. Es una avería, pudo ocurrir en cualquiera de las otras estaciones.

Una semana después regresó el camión de la empresa eléctrica. Atlántida empezó a aplaudir cuando vio encendido otra vez el bombillo de 100 watts de la cocina. En la tarde, Aurelio volvió a interrumpir su lectura de Las mil y una noches para hacerme preguntas sobre el cuento de O. Henry que yo leía. 

Estábamos felices de poder volver a ver la televisión. En un pequeño receso entre dos programas, le pregunté a Aurelio cuántos trenes de viajeros pasaban por San Andrés. Se puso de pie y apagó el televisor. Atlántida también se puso de pie y apagó la luz de la sala. Seguimos haciendo cuentos de la oscuridad por una o dos semanas más.

8 nov 2021

La caída del piano

Aurelio, Atlántida y mi prima Lucy, cuando
tenía la edad en que le compraron el piano.

(Fragmento de la novela Atlántida)

Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Armando Hernández, el jefe de estación de Cumanayagua, le pidió a mi abuelo que se quedara al teléfono. Aurelio lo había llamado para decirle que el mixto acababa de internarse en el ramal. 

Aún se escuchaba el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches mientras bandeaban sobre los oxidados raíles. Tenía que ser algo muy serio, porque Aurelio puso su cara de pocos amigos. Después de disculparse con Armando y de agradecerle su paciencia, le dijo que se lo despachara de regreso. 

—Lo espero hoy mismo —insistió.

—¿Qué pasó, viejo? —preguntó mi abuela desde la puerta que da a la casa.

—El piano.

—¿Qué pasó con el piano?

—¡Hace seis meses! —dijo Aurelio muy molesto—. ¡Hace seis meses y aún no lo ha ido a buscar!

—¿Y qué vas a hacer?

—Armando Hernández no quiere cobrarme la estadía. Le dije que no puede hacer eso, porque si va un inspector a su estación se va a buscar un problema.

—¿Y qué vas a hacer?

—¡Hace seis meses!

—¡Qué barbaridad! —dijo Atlántida mientras se llevaba las manos a la cabeza.

Cuando entré a la casa, la encontré hablando en voz baja con la Virgen de la Caridad. Los tres ocupantes del bote la escuchaban atentamente. “¡Qué no haga una locura, virgencita, qué no haga una locura!”, le decía mientras arreglaba los girasoles que le trajo Hugo Lois de San Fernando.

Acompañé a mi abuelo el día que llevamos el piano a Cumanayagua en el mixto. Mi prima Lucy le había asegurado que esa misma semana Popi, su esposo, iría a buscarlo en un camión. Aurelio le recordó que los paquetes pagan estadía si se quedaban más de un mes en una estación y ella le prometió que lo recogerían.

El piano de Lucy se quedó en la casa cuando ella se casó y se fue a vivir a Manicaragua. Estuvo en la saleta hasta que llegaron los muebles de Nellina de La Habana. Como nadie más en la familia lo sabía tocar y ya no había espacio para él, mi abuela decidió enviárselo. 

Fue la tarde más larga y tensa en la historia de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Nunca antes había visto a Aurelio y Atlántida pasarse tantas horas sin decirse ni media palabra. Yo tampoco hablé con ninguno de los dos. Busqué el libro que estaba leyendo, pero no lograba concentrarme.

Tenía que repetir los párrafos dos o tres veces para poder seguir al vapor Cáucaso en su descenso por el Volga. En él viajaban Miguel Strogoff y una joven livonia que él hizo pasar por su hermana. A pesar de que la novela me gustaba mucho, al llegar al embarcadero de Kazán abandoné la lectura.

Eran las 18:55. Ya el mixto debía haber pasado por Ojo de Agua y en diez minutos haría andén en San Fernando. Aunque estaba oscureciendo y la mesa ya estaba puesta, Aurelio aún no se había bañado para ponerse la ropa de por las tardes. Era la primera vez que ocurría algo así.

A las 19:30, bajó al patio, abrió la caseta de herramientas y sacó el hacha. Tres minutos después se empezaron a escuchar el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches. Es probable que Atlántida hubiera podido impedirlo si rompía su silencio, pero prefirió seguir callada.

Ni siquiera salió de la cocina. Destapó la olla de presión y empezó a servir la sopa en la fuente. Si hubiera sido otra tarde cualquiera, ahora toda la casa olería a comino. Sin embargo, lo único que se percibía en el aire era el que salía de la piedra de amolar y el filo del hacha.

Mientras el mixto retrocedía, Aurelio se dirigió a la puerta de la calle. Salió en el momento exacto en que el tren se detuvo. Le dijo a León que tirara el piano para el andén. El encargado del Expreso se negó y le dijo que llamaría al resto de la tripulación para bajarlo.

Entonces Aurelio hizo un gesto de desesperación y aló el piano, que rodó por el piso de madera del vagón hasta caer por la borda. La tarde del Paradero de Camarones ya estaba tan oscura como el Volga por el que navegaba Miguel Strogoff. Solo que, en lugar de sargazos, todo estaba lleno de bichos de la luz.

Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Ninguno de los ocupantes del tren podía creer lo que Aurelio estaba haciendo. Pero, al igual que Atlántida, se mantuvieron callados. Ya hacía rato que el mixto se había ido y mi abuelo aún seguía dando hachazos.

Sacó las cuerdas como si fueran las tripas de un animal. Al lanzarlas para el patio, sonaron por última vez. Lucy sabría identificar la nota que se oyó. En unos días se convertirían en el escondite perfecto para la gallina gira, que se las arregló para hacer su nido entre ellas. Semanas después sacó doce pollitos. 

Mientras mi abuelo destruía el piano, León me alcanzó la banqueta. Era hueca. El asiento funcionaba como la tapa de un cajón donde se guardaban partituras de la Biblioteca Clásica Musical de Schirmer. Aunque las rescaté y las guardé entre mis libros. Nunca más nadie las abrió. 

Atlántida estuvo sollozando toda la comida. No volvimos a recuperar la normalidad hasta el día siguiente. Lo primero que hizo Lérida, el día que llegó de Cienfuegos, fue ir a ver el cadáver del piano. Estuvo un largo rato mirando los trozos de madera, el reguero de teclas, el esqueleto de hierro.

—¡Qué barbaridad! —dijo, mientras la gallina gira salía como una fiera de entre las cuerdas para tratar de proteger su nido.

7 nov 2021

Bistec encebollado


La Tinaja es una modesta cafetería de Jarabacoa, el pueblo montañoso más cercano a la Loma de Thoreau. Cuando Diana y yo subimos muy tarde o cansados, paramos a comer allí para no tener que cocinar cuando lleguemos a la cabaña.
Siempre pido lo mismo: bistec encebollado, arroz, frijoles colorados y flan. El bistec sabe y huele exactamente igual al bistec que mi padre me pedía en el Comedor de Manicaragua, un restaurante que estaba a la entrada del pueblo por la carretera de Cumanayagua.
Recuerdo que veía en las otras mesas platos que a lo mejor me hubieran gustado más. Sobre todo unas pechugas de pollo rellenas con jamón y queso que, en aquel lugar, se llamaban pollo a la Guamuaya en lugar de a la cordon bleu. Pero Serafín siempre me decía que no se podía pedir pollo habiendo carne de res.
Diana me asegura que hay otros platos muy ricos en el menú. Veo salmones, churrascos y alitas picantes en las mesas contiguas. Nunca me he atrevido a probarlos. Si pido algo que no sea el bistec encebollado, estaría traicionando la memoria de mi padre… y provocando su ira.

5 nov 2021

Las luces de La Habana


(Fragmento de la novela Atlántida)

Era como el cohete que pasó sobre el cielo de Ohio en Crónicas marcianas. Más que rodar, volábamos. Serafín, como me había prometido, reservó el primer asiento del Colmillo Blanco. Así le dicen al Hino que viaja todos los días de Manicaragua a La Habana. Tiene un reloj de manecillas y bocinas a lo largo de todo el pasillo. 

La carretera de Santa Clara parecía otra desde esa altura, bajo una temperatura tan fría y la orquesta de Barry White en lugar de ruidos. En vez de rodar, parecía que flotábamos por el espacio. La primera parada la hicimos en Manacas. Todos se bajaron a comer panqués calientes con leche. Serafín y yo la pedimos ahumada. 

Después de Matanzas empezaron a pasar cosas sorprendentes. Pequeñas montañas de azufre, el puente más alto de Cuba, pozos de petróleo y una carretera anchísima bordeaba al mar. “¡Despiértate —me dijo Serafín—, que vamos a entrar en el túnel!”. 

Cuando salimos del otro lado las luces de La Habana se estaban encendiendo. Todo era tan grande, que me parecía estar dentro de una película. “¡Mira! —me decía mi padre— ¡Mira!”. Y mientras más miraba más me lo pedía. Después de pasar el puente sobre el río Almendares, llegamos a la calle de los Venegas. 

Dormiríamos en casa de mi tía Monga, que vive sola desde que se murieron mis abuelos Lázaro y Eloísa. Justo al lado, vive mi tío Paulino con su esposa Yeya y mis primas Nora y Elena. Un poco más allá, vive tío Cipriano con su esposa Nori y mis primos Maricela y Mario. 

Calle abajo viven mi tía Sixta y mi primo Lazarito. La otra hermana, Yindo, vive en Camagüey. Su hijo Félix, como Lazarito y yo, es hijo único. Los Venegas viven en la calle 50, entre 27 y 29. Se llaman a través de los portales y todas sus voces suenan igual. Tía Monga dice que yo hablo como un Venegas.

Lazarito me llevó a caminar por las escaleras de la avenida 31. Andamos muchísimo y todo el tiempo me mantuvo abrazado, como si no quisiera que me le perdiera. Cría palomas mensajeras y se pasa todo el tiempo vigilando el cielo, para ver si identifica a una de las suyas entre todas las que vuelan.

Después fuimos a conocer al pastor alemán de mi primo Mario y la casa de las herramientas de Cipriano, que es marinero. Con ellos fuimos al acuario. “Así es el mar por dentro”, me dijo, con la seguridad del que ha viajado tanto por él. Mi tía Sixta me llevó a probar dulces que no existen en Las Villas.

Paulino es cinéfilo, una palabra que ni siquiera le había oído mencionar a Chena. Todo el tiempo recuerda nombres de actores. Menciona constantemente a Humphrey Bogart, Gary Cooper y Gregory Peck. Pero el nombre que más repite es el de Ava Gadner. “¡Ava Gadner, caballeros, Ava Gadner!”, decía. 

Monga me abraza constantemente y no deja de celebrar que tengo muchísimas cosas de los Venegas. En su cocina había una lata inmensa con un Pinocho por cada lado. Pregunté qué era y sacaron una enorme galleta dividida por puntos suspensivos. La fui dividiendo en partes iguales y me la comí muy despacio. 

A partir de ese momento, La Habana me supo a galleta de soda. Mi primo Lazarito tiene un juego que se llama Capitolio. Consiste en comprar calles y construir casas y hoteles en ellas para arruinar a los otros jugadores. Como me concentré en adquirir los ferrocarriles, acabé perdiendo. 

Me aprendí todos los nombres de memoria: Muralla, Cuba, Águila, Monte, Reina, Galeano, San Rafael, Neptuno, Belascoaín, Infanta, Carlos III, San Lázaro, Malecón, Prado, 10 de Octubre, Calzada de Luyanó, Vía Blanca, Avenida de los Presidentes, Paseo, Quinta Avenida, Miramar y Biltmore.

Me sentía tan familiariazado con aquellos nombres, que salí a darle la vuelta a la manzana. No recordaba que de este lado de La Habana las calles no tienen nombres sino números. Para colmo de males, la calle 48 no es recta. Después de una pronunciada curva, al llegar a la avenida 29, bifurca en tres cuchillas.

La ciudad real no era tan fácil de aprender como el tablero del Capitolio. Un señor se dio cuenta de que estaba perdido. Me hizo varias preguntas y, cuando le mencioné los nombres de Serafín, Paulino y Cipriano, sorió. “¡Te salvaste que yo también soy de General Carrillo!”, me dijo.

Los Venegas estaban como locos buscándome y el señor se sentó con ellos a beber ron. Injustamente, castigaron a Lazarito por haberme perdido de vista. A él no le importó. Como él no se podía mover del sillón que había sido de mi abuelo Lázaro, yo me senté a su lado a ver postalistas de peloteros. Tiene a Muñoz, pero le faltan Cheíto y Olivera.

Cuando el Colmillo Blanco salió del túnel, mi padre me pidió que mirara hacia atrás. Del otro lado del agua estaban las luces de La Habana, que se empezaban a apagar. Ya flotábamos por el espacio de regreso a casa. La Habana parecía un planeta del que nos alejábamos a una velocidad desconocida para mí.

Empecé a repetir los nombres de las calles del juego de Capitolio para que no se me olvidaran. Monte, Reina, Galeano, San Rafael, Neptuno, Belascoaín, Infanta, Carlos III, San Lázaro, Malecón… Todo iba bien hasta que recordé a la calle 48 y el punto donde se bifurca en tres cuchillas.

Si tragaba en seco, podía sentir todavía el sabor de las galletas de soda.

3 nov 2021

Mary


(Fragmento de la novela Atlántida)

Es flaca, muy blanca, tiene los senos grandes y también fuma. Su pelo largo ondea a la más mínima brisa. Será nuestra maestra de sexto grado. Vive en Cruces y tiene una letra lindísima. Cuando termina de escribir en la pizarra, se queda con la tiza entre los dedos, como si fuera un cigarrillo. 

El Chiqui dice que es más linda que Basilia. Como no nos poníamos de acuerdo, le preguntamos a los otros varones del aula. Una mitad coincidió con el Chiqui y la otra mitad conmigo. El voto de Yayo Pis representaba el desempate. Pero él dijo que le gustaban las dos y que no quería elegir. Eso nos llevó a el Chiqui y a mí de regreso a nuestra discusión.

Gustavo el maestro no pasaba lista. Como nos conocía a todos, con solo levantar la vista sabía si alguien había faltado. Mary nos llama por los apellidos. El Chiqui ahora es Aguiar; Marita, De la Rosa; el Negro, Gómez; Hilda María, Capote y Diego, Fleites. El primer día, cuando oí Venegas, no me daba cuenta que era yo.

—Camilo Venegas —dijo Mary después de repetir tres veces mi apellido.

—Muchacho, despierta —me dijo Yayo después de darme un manotazo en la cabeza.

—¡Ah, presente, maestra!

Entonces ella se rio. Debo reconocer que su risa es muy linda. Sobre todo porque al final, antes de volverse a poner seria, se muerde los labios. “¿Tú viste eso?”, me dijo el Chiqui después de darle una patada a mi pupitre. Las hembras se han empezado a molestar con nosotros, porque dicen que parecemos unos bobos mirándola.

Tiene las uñas largas y antes de empezar a hablar, se rasca el pecho, justo donde empiezan los senos. “¿Tú viste eso?”, dijo el Chiqui después de volver a patear mi pupitre. Cuando nos dijo que estudiaríamos las plantas monocotiledóneas, a muchos les causó gracia un nombre tan largo.

Nos dijo que repitiéramos con ella, mientras caminaba por el aula y el aire que entraba por las ventanas hacía ondear su pelo. “Mono-coti-ledó-neas”, repetimos dividiéndo en sílabas la palabra. “¡Monocotiledóneas!”, repetimos de corrido. Nos aplaudimos a nosotros mismos. 

Ella se rio, se mordió los labios y se rascó el pecho. “Tú viste eso?”, gritó el Chiqui mientras seguía pateando mi pupitre. Nos puso varios ejemplos de monocotiledóneas: las flores de las orquídeas, el grano de maíz, las hojas de la caña de azúcar, el tallo del cocotero. 

Las hojas de las monocotiledóneas son paralelinérveas, porque sus nervaduras son paralelas entre sí, como las de la mata de plátanos. El maestro Gustavo está igual que nosotros. Entró al aula a llevarle unos libros a la maestra nueva y, estaba tan distraído, que los puso en el borde de la mesa y todos se cayeron. 

Al agacharse a recogerlos, se dio un golpe en la frente con el borde de la mesa. Mary le pasó la mano por el chichón y le sopló. “¡Ooohhh!”, dijeron muchos a coro. Al irse, al maestro Gustavo se le enredaron los pies y estuvo a punto de caerse. “¡Aaahhh!, repitió el coro antes de que las risas y la algarabía nos hicieran merecer el primer regaño de Mary. 

Se puso muy seria, se apoyó con los dos brazos en la mesa y se inclinó hacia delante. “¡¿Tú viste eso?!”, gritó el Chiqui justo en el momento en que todos hacíamos silencio. Mary pasó su dedo índice por la lista, de abajo hacia arriba. “¿Aguiar, no?”, preguntó aún más seria. “Sí, ma, ma, maestra”, tartamudeó el Chiqui. 

Me aprendí de memoria todo sobre las monocotiledóneas, que son las plantas angiospermas de hojas con nervios longitudinales, sin crecimiento secundario en grosor, con raíces adventicias, flores dispuestas en grupos de tres y cuyo embrión tiene un solo cotiledón.

El único problema es que siempre me hacían recordar el primer día de clases con Mary. Aquella tarde, cuando salíamos de la escuela, estaba fumando en el portal. El Chiqui y yo nos quedamos mirándola. Su pelo ondeaba y su cara, cuando se despejaba del humo, en verdad era más linda que la de Basilia.

Ella se dio cuenta de que la estábamos mirando y se puso muy seria. “¡Monocotiledóneas!”, gritamos el Chiqui y yo y salimos corriendo.

2 nov 2021

Primera declaración de la Loma de Thoreau


Diana Sarlabous Sosa y Camilo Venegas Yero apoyan incondicionalmente a Archipiélago, a Yunior García Aguilera y a todos los cubanos que, como ellos, tienen la valentía y el arrojo de manifestarse contra la más oprobiosa y empobrecedora dictadura que ha sufrido Cuba desde sus orígenes.

Hacemos esta declaración para que conste, en un momento crucial para nuestro país, de qué lado estamos. Queremos una Cuba libre y próspera, con todos y para el bien de todos. Una Cuba donde nunca más un cubano se vea obligado a levantar ni siquiera un pedazo de palo contra otro cubano. 

La incapacidad, corrupción y criminalidad de los gobernantes actuales está más que probada. Ha llegado el momento de exigir un cambio y la oportunidad de construir bienestar sin necesidad de excluirnos o agredirnos. Qué nadie más dé una orden de combate contra nosotros mismos.

Que ellos pongan la obcecación, la mediocridad, la intolerancia, el abuso, el horror… Que de nosotros solo reciban la irrevocable necesidad de una Cuba donde las calles no sean de unos cuantos sino de todos. Que siempre hablemos del repudio en pasado pluscuamperfecto.

El próximo 15 de noviembre en la Loma de Thoreau marcharemos por una Cuba libre. ¿Y tú?

Fieles difuntos


Cada 2 de noviembre, mi abuela Atlántida amanecía con sus horribles zapatos ortopédicos puestos. En cuanto desayunábamos, salíamos para la parada de San Fernando. Allí tomábamos una de las tres máquinas del Anchar (la de Pepe el Sordo, la de Felo el Mulo o la de Granados).
Ya en San Fernando, debíamos caminar desde la iglesia hasta el final del Prado, que era también el final del pueblo. Allí, después de cruzar el Cementerio, había una enorme plantación de flores. A lo mejor no era tan grande como la recuerdo, pero nunca vi en Cuba un campo tan grande de girasoles.
Los trenes de caña del central Hormiguero pasaban por el fondo. De no ser por su carga, uno pensaría que estaba dentro de una película búlgara o rumana. Solo en aquellos filmes había visto pasar locomotoras de vapor por campos de girasoles. Solo el empalagoso olor a caña quemada me hacía poner los pies en la tierra.
Ninguno de los fieles difuntos de Atlántida estaba en aquel cementerio. Volvíamos al Paradero de Camarones con dos inmensos ramos de flores que, como padezco de alergia, me hacían estornudar durante todo el trayecto. Ya en la casa, ella sacaba las fotos de sus padres y de la madre de mi abuelo Aurelio.
Hoy, cuando volvimos a casa a la hora de almuerzo, Diana me recordó que era 2 de noviembre. No hicimos sobremesa. Fuimos a la floristería de un supermercado y de ahí al cementerio. De niño me parecía absurdo que mi abuela hiciera un viaje de catorce kilómetros y caminara otros dos solo para buscar dos ramos de flores.
Tardé 40 años en entenderla. Eso pensé justo cuando limpiaba la tumba de mi madre para que Diana le pusiera las flores. Cuando volvíamos a casa, estornudé. De seguro eso le dio mucha gracia a Atlántida. Me gustaría pensar que ella estuvo pendiente de todo lo que hicimos, todo el tiempo.

El momento exacto


(Fragmento de la novela Atlántida)

Atlántida sabe esperar el momento exacto. Estuve mucho tiempo tratando de saber cómo lo logra. Me pregunté infinidad de veces cuál es su truco. Pero siempre le prestaba atención a sus ojos, para ver si advertía en qué momento miraba hacia allá. Hasta que por fin lo descubrí todo.

Mientras espera, ella cuela un segundo café. Pone el mantel, los platos, las tazas y los cubiertos en la mesa. Tuesta el pan. Saca la mantequilla del refrigerador para que se ablande lo justo. Si alguna mosca se cruza en su camino, coge un trapo y la persigue hasta que logra derribarla. En esas cacerías ha roto ya dos tazas y un vaso.

Mientras todo eso ocurre, algo se oye crepitar en el fondo del caldero. Luego, poco a poco, empieza a expandirse el olor. Al principio es algo sutil, pero pronto, mientras las explosiones de las burbujas se aceleran, se expande por toda la casa. Esa es la señal para que ella saque el cucharón del gabinete.

El olor llega al andén cuando las pequeñas burbujas que han estado subiendo empiezan a quedarse atrapadas. Entonces la superficie cambia de color, pasa de un blanco impoluto a un amarillo tenue. Una capa cada vez más gruesa impide que ni una sola burbuja logre escapar.

El sonido en el interior del caldero empieza a acelerarse y la capa, ya de un amarillo más intenso, comienza su ascensión. De aquí en adelante, Atlántida hace todo sin mirar. Sabe el lugar exacto de cada cosa. Toma el cucharón y se acerca al caldero. Busca algo en la ventana de la cocina, sospecho que es la silueta del Escambray.

Levanta el cucharón y lo dirige hacia el interior que bulle. Justo en el momento en que parece empezar a derramarse, comienza la danza del cucharón. Lo hunde hasta el fondo y luego va lanzando la leche desde una distancia cada vez más alta. Así logra que vuelva a bajar.

Mientras sostiene el cucharón con una mano, tantea en la meseta con la otra hasta dar con la sal. Le echa una pizca, revuelve, y se deja caer unas gotas en la palma de la mano. Prueba, echa otra pizca y revuelve todo otra vez. Sigue sin quitar la vista de la ventana. Al fondo, la silueta del Escambray se va alumbrando poco a poco.

Las burbujas que se habían empezado a subir han vuelto a quedar atrapadas en una nueva capa que es aún más gruesa que la anterior. Esta vez todo ocurre de manera más acelerada. Aun con el fuego apagado, el olor de la leche acabada de hervir lo sigue inundando todo.

Estuve tratando de llenarme de paciencia para aprender a esperar el momento exacto. Algunas cosas intenté hacerlas como Atlántida, sin mirar. Eso me hizo chocar contra una puerta y cortar una mata de ají cachucha en lugar de una mala hierba. Pero he tenido más suerte bateando, porque me hago la idea de que la pelota es la silueta del Escambray. Clavo mi vista en ella.

Hace unos días vi que Basilia se acercaba. Venía por la línea del triángulo de Cumanayagua. Me pareció muy raro, porque en esa dirección solo quedan la represa de Ciprián y el cañaveral. Corrí hacia la puerta de la calle, empecé a mirar por la ventana de la sala y fijé la vista en unos nubarrones.

Traté de escuchar sus pasos y de encontrar su olor. Por fin lo logré. Sí, se estaba acercando. Fui tanteando en la puerta hasta encontrar la cerradura. Con la otra mano, aseguré el pestillo. Sí, era claramente su olor, pero todavía no estaba lo suficientemente cerca. Contuve la respiración.

Abrí la cerradura y el pestillo al mismo tiempo y, al salir, tropecé con ella. “¡Niño, cuidado!”, me dijo asustada. Me había quedado sin aire y tuve que doblarme para recuperar el aliento. Entonces descubrí que sus pantalones estaban llenos de paja y de guizazos.

Andaba despeinada y entre el pelo también tenía paja. Ella se dio la vuelta para seguir en dirección a su casa. Pero tuve tiempo de mirarla bien. Ahora camina diferente y, aunque su olor es el mismo, ya no es tan rico. Huele más a cigarro que a perfume. Es como si Basilia estuviera dejando de ser Basilia.

Un hombre que no conozco llegó caminando en la misma dirección que ella. Desde la punta del andén, se quedó mirándola hasta que se alejó por la línea. Sonreía, no dejaba de sonreír. Al final se sacudió los fondillos de su pantalón, que al parecer también estaban llenos de paja, se quitó algunos guizazos, dio media vuelta y también se alejó.

A partir de ese día dejé de perseguir el momento exacto. Nunca más choqué contra una puerta, pero en el próximo juego de pelota me ponché tres veces y una bola estuvo a punto de caerme en la cabeza porque no la medí bien. Solo Atlántida logra hacerlo a la perfección.

La danza del cucharón, invariablemente, cada día empieza cuando la leche parece que se va a derramar. Ni un segundo antes, ni un segundo después.