12 may 2021

12 de mayo


Desde niño solía celebrar el 12 de mayo por dos razones. A veces el cumpleaños de Mami caía domingo y entonces se convertía, además, en el Día de las Madres. Cuando eso ocurría, Lérida me exigía dos regalos: un beso en cada mejilla. Hoy hubiera cumplido 83 años.
A los pocos meses de conocernos, Diana y yo decidimos casarnos. Como el 12 de mayo estaba cerca, elegimos darle un nuevo significado. Celebramos la boda en casa, con los amigos más cercanos (que fueron testigos y cómplices de nuestro vertiginoso romance) y nuestros padres. 
Don Jorge ese día bailó sones y hasta se prestó para representar una pequeña obra de teatro que Elenita nos tenía preparada. Doña Elia estaba recién operada y Mami, aunque empezaba a quedarse sin memoria, me dijo que podía morirse tranquila porque me dejaba “con una buena mujer”.
Como en República Dominicana a las esposas les endosan de segundo apellido el primero de su esposo, desde hace 9 años vivo con Diana de los Ángeles Sarlabous de Venegas. Aunque no estoy de acuerdo con esa arcaica imposición, asumo la responsabilidad que significa. 
En un rato volveré con dos enormes ramos de girasoles, uno para Lérida y otro para la buena mujer con la que he compartido ya 3287 días con sus noches, convirtiéndose en mi casa, en mi pueblo, en mi país y en el único territorio que deseo habitar de cualquier geografía.

Los primeros tres capítulos de ATLÁNTIDA


En los últimos días, amigos que siguen los adelantos de la novela
 Atlántida, se han quejado de que la página dedicada a ella en el blog estaba desactualizada. Complaciendo peticiones, como dirían los antiguos locutores de CMHW, he subido los tres primeros capítulos íntegros.

Atlántida tendrá 12 capítulos de 11 viñetas cada uno. Comienza el 1 de enero de 1978 y acaba el 31 de diciembre de ese año. Ya está muy adelantada y espero tenerla lista antes de que se acabe 2021. Además de compartirla íntegra en El Fogonero, publicaremos el libro físico y digital.

Quiero agradecerle a Grisel Jaime Álvarez su invaluable colaboración en la revisión de estos textos. Cada vez que comparto algo, de inmediato me llega un mensaje suyo con una relación de mejoras. Siempre he creído que la labor del editor es tan importante como la del escritor. Gracias a Grisel, no he estado desamparado.

Hace mucho tiempo que entendí que la literatura no era para mí una vocación sino una necesidad. Esa es la razón por la que disfruto tanto compartir fragmentos de este libro apenas unos minutos después de ser escritos. Lo único que quiero demostrar con él es que no fui capaz de olvidar de donde vengo y quien soy.

Mientras las palabras me sirvan para recuperar todo eso, no habré perdido nada.

 

Para leer los avances de Atlántida haga click aquí.

11 may 2021

La primavera rumana de la señora Basilia


(Fragmento de la novela Atlántida)


Hace una semana que un tren de carga dejó una casilla rumana en el apartadero. Le oí decir a Aurelio que tenía problemas con el aire. “Antiguamente esto no pasaba —agregó lamentándose, mientras revisaba los calzos de madera del vagón—, los guardafrenos siempre llevaban mangueras de repuesto”.  

La casilla tenía una de sus puertas ligeramente abierta. Me subí en el estribo para verla por dentro. Su piso de madera y estaba cubierto por un polvo blanco. Le pregunté a mi abuelo qué era. “Eso debe ser harina de trigo”, me respondió mientras apuntaba unos números en un libro.

—¿Cuántos sacos de harina de trigo caben en una casilla?

—¡Bájate de ahí!

Según el Itinerario, las casillas rumanas tienen una capacidad de carga de 60 toneladas, una capacidad volumétrica de 94,4 toneladas métricas, su velocidad máxima autorizada son 70 kilómetros por hora, la distancia entre los enganches es 16,18 metros y su tara es de 23 toneladas.

Mientras la casilla rumana permanezca en el apartadero, no se pueden efectuar cruces de trenes en Camarones. Eso tiene muy preocupado a Aurelio, por eso a cada rato se asoma en la oficina de la estación y mira en dirección al vagón diciendo que no con la cabeza.

—Es increíble —murmura—. Todo esto por no llevar mangueras de repuesto.

Ayer en la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, Gustavo el maestro pasó caminando por el apartadero. Llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si se estuviera ocultando de alguien o no quisiera que lo vieran. 

Atlántida, desde su panóptico, fue la primera en descubrirlo. Al ver que ella le estaba prestando tanta atención a algo, Aurelio se le paró detrás y yo hice lo mismo detrás de mi abuelo. Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea para poder seguir. Pero nunca lo vimos salir del otro lado.

Atlántida miró a Aurelio con cara de extrañeza y Aurelio me miró a mí con cara de regaño. Al poco rato, otra vez desde su panóptico, mi abuela descubrió que Basilia también iba caminando por el apartadero. Como Gustavo, llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si tampoco quisiera ser vista.

Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea y desapareció detrás del vagón. Al igual que Gustavo, nunca salió del otro lado. Atlántida miró otra vez a Aurelio con cara de extrañeza, pero yo no le di la oportunidad a mi abuelo de que me mirara con cara de regaño porque antes me alejé disimulando.

—Pobre muchacho —murmuró Atlántida camino de la cocina, mientras hacía como si se estuviera secando sus manos en el delantal. A veces, cuando ella prefiere callarse algo, empieza a secarse las manos en el delantal. No importa que ya las tenga secas, lo que importa para ella es el gesto.

—¡Ni una palabra de eso a Chena! —dijo Aurelio enjuagándose sus manos en el aire.

—¡Tú estás loco! —respondió Atlántida desde la cocina, mientras empezaba a machacar ajos.

Al cabo de un largo rato, Basilia reapareció. Nunca llegó a salir del otro lado de la casilla rumana. Volvió por donde mismo había venido. Seguía con la cabeza baja pero caminaba muy rápido, como si quisiera alejarse lo antes posible. Cada vez que se sacudía la blusa o el pantalón, levantaba una nube de polvo blanco.

Gustavo hizo lo mismo minutos después. Sus nubes del polvo blanco eran enormes y llegaban a envolverlo completamente. “Pobre muchacho”, dijo Atlántida sin necesidad de asomarse a su panóptico, mientras otra nube, con un fuerte olor a sofrito, la envolvía a ella.

—La primavera rumana de la señora Basilia —murmuró Aurelio con tono burlón.

Esa frase me pareció conocida, pero no fue hasta dos o tres días después que recordé que podía ser el título de una película. Busqué en la libreta donde anoto fichas técnicas y sinopsis y ahí estaba.

La primavera romana de la señora Stone es un filme norteamericano de 1961 dirigido por José Quintero y basado en una obra de teatro de Tennesse Williams. La fotografía es de Harry Waxman, la edición Ralph Kemplen, la música de Richard Addinsell y los protagonistas son Vivien Leigh y Warren Beatty.

Si tengo la ficha técnica es porque la pasaron en el cine Justo. Si mis abuelos no me llevaron a verla es porque debe ser para mayores de 16 años. Seguro que fueron un fin de semana, que es cuando Lérida viene y se queda conmigo mientras ellos pueden ir a ver películas prohibidas para menores. 

—Papá, ¿Vivien Leigh era muy linda?

Al parecer mi pregunta desconcertó a Aurelio, porque estuvo un largo rato pensando con cara de intriga. Al final abrió los ojos, como hace cuando le encuentra la solución a un problema o por fin se da cuenta de algo. Sin responderme, entró en la estación y cerró la puerta.

—¡Delante de este muchacho no se puede decir nada! —le oí exclamar del otro lado.

Después de tanto insistir, mi abuelo consiguió que un tren con tanques de combustibles vacíos se detuviera, le cambiaran la manguera al vagón averiado y se lo llevaran. La locomotora era la 30802, no sé por qué no se me ha olvidado su número, como tampoco el momento en que la casilla rumana se fue alejando justo detrás de ella. 

10 may 2021

Auxilio mayor


(Fragmento de la novela Atlántida)

Aunque parecería que los timbres de las estaciones suenan siempre igual, Aurelio es capaz de descifrar algo que Atlántida y yo no podemos. Entre los timbrazos cortos y largos, entre el sonido y el silencio, él intuye el carácter de las llamadas. Mi abuela dice que les presta atención hasta dormido.

Por eso esta madrugada, cuando oyó la manera en que la estación de Cherepa llamó a la de Cruces, se tiró de la cama. “¡Pasó algo!”, dice Atlántida que susurró, mientras caminaba a tientas en dirección a la puerta de la oficina. Sin encender ninguna luz y aún en pijama, se enganchó el auricular del teléfono en la cabeza.

—Hubo un descarrilamiento en el kilómetro 35.3 —dijo al volver a la casa—. Es de auxilio mayor.

Esa situación kilométrica, según el Itinerario, es entre el cruzamiento de la vía estrecha y la estación de La Flora, un apeadero en el que ya ningún tren se detiene. Desde el andén no alcanza a verse nada, pero Aurelio se mantiene con la vista fija en un punto imaginario que está en dirección al desastre.

A mi abuelo no le gusta dar muchos detalles sobre los accidentes. Solo se refiere a ellos cuando ha pasado mucho tiempo y la historia ya no puede perjudicar el honor del algún ferroviario. El maquinista del tren descarrilado es un viejo amigo suyo. Esa es la razón por la que se ha pasado el día cabizbajo y de muy mal humor.

—En ese tramo hay una precaución —le dijo a mi abuela tratando de que yo no lo escuchara—. Por ahí hay que pasar a 25 kilómetros y parece que iban a más de 50.

—Los pobres —dijo Atlántida cabizbaja—. ¿Tú crees que los separen?

—Como están las cosas…

Como no hay paso por el accidente, hoy ha sido un día silente en el Paradero de Camarones. Desorientada, la gente pregunta la hora constantemente. Talín, el esposo de Mercedita, trató de averiguar con mi abuelo qué había pasado. Sin dejar de mirar en dirección a La Flora, Aurelio solo le hizo una mueca de fatalidad.

Talín no insistió. Desde el interior de su casa, se oyó a Mercedita preguntando si ya debía haber pasado el tren de Cienfuegos. “¡Hace rato! —le respondió alguien—. ¡Son casi las doce!”. “Pues hoy se va a almorzar tarde en esta casa —voceó Mercedita—, porque estos frijoles no se ablandan”.

Chena se llevó las manos a la cabeza cuando mi abuelo le dijo que no pasaría el expreso. Eso quería decir que la película que esperaba no llegaría y la que debía devolver no se iría. “Todos los cines van a tener que repetir la cartelera de anoche —dijo alarmado—. Y la que tenemos aquí es un paquete yugoeslavo”.

Un señor que va todos los jueves a Cabeza de Toro a buscar una cantina de leche, le dio una patada al poste del semáforo y dijo que se cagaba en la madre de todos los santos. “Ya pagué esa leche —dijo—. Si no la voy a buscar se corta”. Aurelio solo repitió la misma mueca que le había hecho a Talín.

Durante la tarde la gente siguió igual de desorientada. En casi ninguna casa del Paradero de Camarones hay reloj. Son los trenes los que van marcando el tiempo a lo largo del día. Por eso, cuando se atrasan o dejan de pasar, provocan una gran confusión. Todo se hace antes o después, pero nunca en el momento adecuado. 

Ya había oscurecido cuando mi abuelo nos llamó para que viéramos pasar al auxilio mayor. Iba tan despacio que ni siquiera pitó en los cruceros. La vieja locomotora alemana le devolvió al pueblo un sonido que todos esperaban ansioso. Aunque la enorme grúa todavía dice Sagua, ahora duerme en Santa Clara.

En las planchas, sobre ruedas y pedazos de vagones, iban los hombres de la brigada que habían trabajado en el descarrilamiento. Más que un tren, el auxilio mayor parecía un fantasma. Todavía no nos habíamos acostado cuando Aurelio escuchó un timbre. “¡Ya hay paso!”, dijo sobreponiéndose.

Al otro día todos los trenes circularon con normalidad. Nadie en el Paradero de Camarones tuvo necesidad de preguntar la hora.

Miguel Díaz-Canel, cuando el mal gusto llega a tener el poder absoluto


La postal que, a nombre de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Liz Cuesta Peraza y familia le fue dedicada a las madres cubanas en su día, ya es un clásico del mal gusto del régimen. Tres pelirojas, disfrazadas con camisas de texanas y caras de koljosianas, aparecen entre lechugas y flores pegadas con Photoshop.

Todo en la imagen luce tan falso e impostado como cada post en redes sociales del recién electo primer secretario del Partido Comunista de Cuba. Ese es, quizás, el único atisbo de coherencia que tiene el disparatado performance. De ahí que en horas haya merecido tantas burlas y memes. 

No es la primera vez que un dictador cubano y su esposa le envían postales a las familias cubanas. Fulgencio Batista y Martha Fernández lo hicieron antes que Miguel y Liz, aunque con mejor gusto y más estilo. Hotel Camagüey, una deliciosa cuenta de Twitter dedicada a la memorabilia cubana, nos la recordó.

La periodista Tania Costa está entre los que reaccionaron con desconcierto: “La Cuba de hoy no luce camisas de cuadros ni cultiva girasoles y lechugas. La Cuba de hoy no es ni tan negra como creemos ni tan blanca como la ve Díaz-Canel”, escribió en su columna de CiberCuba.

La joven revolución que fue retratada y divulgada por los mejores publicistas y artistas de la isla en 1959, ahora es una dictadura senil con una imagen cada vez más kitsch y burda. No solo se ha quedado sin discurso y sin símbolos, también carece de comunicadores capaces de disimular tanto mal gusto.


9 may 2021

Una maravilla en medio de la nada


(Fragmento de la novela Atlántida)

—Esta estación es una maravilla —dice Aurelio cada vez que Atlántida se queja de las goteras.

—Sí, es una maravilla donde llueve más adentro que afuera —le responde mi abuela desesperada, mientras reparte cubos, palanganas y calderos en los puntos donde cae el agua.

Aurelio y yo sabemos que, cuando Atlántida dice algo con sarcasmo, lo mejor es no contradecirla. Por eso me hace una señal para que nos sentemos en los sillones del comedor, subamos los pies y nos pongamos a leer hasta que escampe. Aunque abrimos los libros, ninguno de los dos pudo concentrarse en la lectura. 

Seguimos atentos a los recorridos que hace Atlántida por toda la casa para comprobar que ningún mueble se está mojando y que debajo de cada gotera hay un recipiente. Las goteras cuando llueve mucho, las canales se desbordan y el agua se filtra entre las planchas de de zinc del techo.

—No tiene columnas ni vigas —me dice Aurelio después de un largo rato en que solo se escuchó el agua cayendo en los envases de metal—. Las cargas de toda esta armazón son repartidas a través de muros de ladrillos de 30 centímetros de ancho. El techo es a cuatro aguas y está soportado por un entramado de cerchas de madera. Es como un puente al revés, ¿no te parece una maravilla?

—¡Jum! —oímos que dijo Atlántida desde la sala. Al parecer acababa de descubrir una nueva gotera en el primer cuarto.

—¿Te has dado cuenta que esta estación son dos naves rectangulares que forman una ele? —me preguntó Aurelio. Pero tal y como están las cosas no me atrevo a responderle—. La nave más pequeña es la estación, con el expreso, el salón de espera y la oficina. La nave más grande es la vivienda. Todo eso levantado del suelo por pilotes de hormigón que en el punto más bajo, que es el andén de la línea principal, tienen 40 centímetros de alto.

—¡Jum! —oímos desde el segundo cuarto, justo antes de que se alumbrara todo y, casi de inmediato, se escuchara un trueno ensordecedor.

—¡Cayó ahí mismo! —dijo mi abuelo en voz cada vez más baja, para que se perdiera en el ruido del aguacero antes de llegar a los oídos de Atlántida—. Los pisos también son de hormigón y fueron fundidos aquí mismo. Toda la madera es de pino tea. Mira la perfección de ese tabloncillo del techo, mira el tamaño de esas puertas, las ventanas, los postigos… Esta estación es una maravilla.

—¡Jum! —oímos desde la cocina—. Si esta gente sigue sin hacerle caso a tus cartas, yo misma voy a ir a La Habana a quejarme.

Aurelio ha escrito varias cartas al director de los Ferrocarriles de Cuba, explicándole la situación del techo de la estación y “la necesidad de que sea reparado lo antes posible todo el acanalado para que no se produzcan daños estructurales en la edificación”.

Otro relámpago lo alumbró todo. Aunque mi abuela sigue en la cocina y no puedo verla, estoy seguro de que se persignó. Desde allá me preguntó si tenía los pies en alto. Le dije que sí. Luego me preguntó si mi abuelo también los había subido. Le dije que sí. El hecho de que no se dirija a él quiere decir que sigue molesta.

—¡Jum!

—¿Sabes por qué el andén de esta estación no tiene techo? —esa pregunta me la ha hecho muchas veces y conozco su respuesta con lujo de detalles, pero no me atreví ni a mover la cabeza por si Atlántida se asoma de pronto—. ¿Has visto que en el andén están las marcas donde iban las columnas? Cuando iban a empezar a montar el techo, un ciclón afectó el puente del Guajiro y la brigada que estaba trabajando aquí tuvo que ir para allá a repararlo. Luego, cada vez que iban a ponerlo, pasaba algo. Pero al final a mí me gusta más la estación así, porque de lejos parece un castillo… Esta estación es una maravilla.

—¡Jum! —oímos junto a nosotros, sin atrevernos a levantar las cabezas— ¡Una maravilla en medio de la nada!



Ilustraciones y planos tomados de La arquitectura ferroviaria en
la provincia de Cienfuegos,
 de Rubén Rodolfo González.

6 may 2021

No desconfiemos nunca del corazón de nuestros héroes


Justo en los días en que se cumplen 40 años del intento de asesinato de la reputación del escritor Heberto Padilla, el régimen cubano se ensaña con la dignidad del artista Luis Manuel Otero Alcántara. Parecería que para celebrar el aniversario de un oprobio decidieran cometer otro.
Tienen tan poca imaginación (esa es una de las razones por las que les temen tanto a los cubanos capaces de crear y pensar por sí mismos) que en 2021 insisten en repetir tácticas represivas de 1971. El tiempo no solo se ha detenido en la isla, también lo ha hecho en las cabezas de los que la someten.
A Luis Manuel primero le negaron el derecho a ser artista y luego le secuestraron parte de su obra. Entre esos dos actos, impensables en un país donde a los ciudadanos se les respeten los derechos más elementales, hay un sinnúmero de agresiones, violaciones y ultrajes a su dignidad.
Por último, cuando el agredido no encontró otra manera de defenderse que disponer de su propio cuerpo, tomaron la decisión de secuestrarlo y, después de someterlo (algún día quedarán al descubierto sus atroces métodos), presentarlo en público para que hiciera un ridículo parecido al de Padilla. 
Aunque Luis Manuel no llegó a delatar a nadie, es obvio que no está en control de sí mismo. Un cimarrón nunca esconde sus manos ni tiene delicadezas con el rancheador. Por eso duelen tanto esos cubanos que se mofan de él y expresan justo lo que buscaba la dictadura con esas imágenes.
Ralph Waldo Emerson dijo una vez que “todo hombre es un héroe y un oráculo para alguien”. En Cuba tenemos demasiados oráculos y muy pocos héroes, por eso no podemos desconfiar nunca de sus corazones. En ellos nos va la vida a todos… y el futuro de nuestra nación, si es que algún día logramos darle alcance.

4 may 2021

Artesana del espacio


Nunca enciendo las luces de la terraza cuando salgo en la madrugada. Me gusta disfrutar de esa oscuridad extrema que tienen estas lomas justo antes de que amanezca. Cuando levanté la cabeza para ver las luces del pueblo a lo lejos, algo se me enredó en la cara.
Eso me ocurre a menudo cuando ando por la cañada o salgo a ver a qué le ladran los perros. Pero jamás me había pasado en la terraza. Aun así, no le di la más mínima importancia y seguí rumbo a la cocina para destapar la lata de Bustelo y hacer que el olor del café se haga cargo de la mañana del martes.
El pequeño incidente de la terraza me recordó una canción de Juan Formell (así de inauditas son las asociaciones que hacemos): “Artesano del espacio,/ arquitecto natural./ Tu objetivo has de lograr/ aunque todo vaya abajo. /Tu razón, tu razón/ es tu trabajo… / Y después a apuntalar”.
Poco después oí que Diana gritó y me llamó para que la ayudara a salir de la “trampa” en la que había caído. Fue entonces que pude apreciar las enormes dimensiones de la tela que habían tejido durante la noche. Abarcaba toda la terraza y, a pesar de haber sido atravesada por dos personas, aún resistía.
Nuestra araña también es una artesana de espacio, como Buenaventura, el carpintero de la Habana Vieja que había hecho 200 barbacoas (construcción de un segundo piso dentro de una habitación) sin que ninguna se le cayera. Sé que tengo que quitarla, pero todavía no he podido.
Mientras tanto, ando por todos lados con los Van Van sonando dentro de mi cabeza: “Dime donde quieres que te ponga/ la barbacoa, mamá./ Dime donde quieres que te ponga/ la barbacoa, mamá…”.

1 may 2021

La clave cubana


Al principio, Miguel Díaz-Canel era un misterio para mí. Más de una vez me pregunté (como muchos otros, supongo) por qué lo habían elegido precisamente a él. Poco a poco he ido entendiendo las razones por las que Fidel y Raúl Castro lo prefirieron por encima de todos los delfines que le precedieron.
Era el más pusilánime y el menos inteligente. El más obediente y el menos capaz de pensar por cabeza propia. El mejor recitador de consignas y el menos creativo de todos. Aunque esto último de seguro no lo tuvieron en cuenta, también es el más cheo de todos. En eso le ganó la emulación a Robertico Robaina.
Mi aversión por la dictadura de Cuba fue minando signos y recuerdos que formaban parte de mi memoria emotiva. Por años, aunque ya estaban vacíos de significado, volví a ellos. A estas alturas no puedo y eso ha ido apagado parte de la banda sonora de mi vida y ha desaparecido lugares, vivencias, querencias…
Todo ese desapego, que poco a poco se convirtió en desprecio, hoy alcanza su definición mejor (para decirlo como Lezama) con este pelele pavorosamente disfrazado (si el “pundonor” de algunos cubanos los privó de los sabores de Goya, me imagino que ahora vomiten ante una prenda de Puma).
Mientras Luis Manuel Otero Alcántara agoniza en los últimos metros cuadrados de libertad que le quedan a La Habana, Miguel Díaz-Canel imita a los papines desde la más rotunda falta de gracia. Esa desconexión con la realidad me recuerda la hora final de muchos dictadores.
La clave cubana dirá.

Palo amarillo


Nadie nos conoce mejor
que el palo amarillo.
Por eso,
a finales de abril,
cuando él se deshace
de todas sus hojas,
nosotros
de alguna manera
también nos desnudamos.
La luz
pasa
a través de él
como si ya no estuviera
en su lugar
y llega a un extremo
que no alcanzará más
por el resto del año.
Basta un aguacero
para que en una
o dos semanas
recupere todas sus frondas.
Entonces nosotros,
ya vestidos,
celebramos su belleza.

Nadie nos conoce mejor
que el palo amarillo.
Recuerda que él
ya estaba en su sitio
cuando las luciérnagas
alumbraron todo esto
y tú dijiste
es aquí
y en ninguna otra parte.

30 abr 2021

Gracias, compay

Alex Fleites mi invitó a recordar, "alrededor del fuego de la amistad", a Bladimir Zamora Céspedes. Esta es mi contribución al dossier que él coordinó para On Cuba.

El reencuentro con Bladimir y Sigfredo Ariel, después de 10 años sin vernos.
No sabíamos que era la última vez que nos abrazaríamos.
La Habana, septiembre de 2011.

El día que cumplí 23 años, Bladimir Zamora me envió un telegrama a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. “Cami: Arsenio dice que hay fuego en el 23, no dejes que se apague. ¡Felicidades!”. No olvido la cara de desconcierto de Ramona, la encargada del correo, al entregármelo.
La Gaveta no era una casa, no tenía las condiciones mínimas para serlo, era un refugio donde muchos de mi generación le solíamos pedir asilo al Bladi. Allí escapábamos de la Cuba real y conocíamos una Cuba que ya solo existía en la memoria colectiva y en muchos libros y discos que él atesoraba allí.
Entre aquellas paredes en peligro de derrumbe oí por primera vez a Celia, Portabales, Machito, Graciela, Cachao, La Lupe, Machín y un sinnúmero de sonidos esenciales que habían permanecido en silencio por décadas. Allí también aprendí a oír de verdad a Beny, Matamoros, Arsenio, María Teresa, la Aragón…
La última vez que fui a La Habana, Diana y yo llevamos a Bladimir hasta el pie de la escalera de La Gaveta. Apagué el carro y salí. Cuando Bladi se perdió en la oscuridad, miré al balcón y me despedí también de aquel espacio vital para mí. Sabía que no volvería a ver a ninguno de los dos.
Gracias a iTunes, he podido recuperar los discos que conocí junto a Bladimir, mientras compartíamos lo que hubiera (desde rones de la peor calaña hasta buenos whisky, que también conocí allí). Los oigo a menudo. Antes, siempre me aseguro de servirle un trago al Bladi que suele caer sobre la bruma del Cibao. 
“Gracias, compay”, le digo mientras levanto mi vaso. A mis 53, el fuego no se apaga.

29 abr 2021

El artista eres tú


Luis Manuel Otero Alcántara mantiene su huelga de hambre y sed en La Habana. Ya muy débil, sostiene que no va a deponerla. La dictadura le llama mercenario. Abel Prieto, con su ya habitual cara de odio, trató de restarle importancia asegurando que solo se trata de un marginal.
Los esbirros que lo retuvieron y secuestraron sus obras (como antes secuestraron los manuscritos de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, por solo citar a dos de los más importantes escritores cubanos del siglo XX), violaron sus más elementales derechos y, de paso, a la ripiosa constitución cubana.
Los que llaman mercenario a Luis Manuel, se equivocan. En verdad es un joven con una incontenible necesidad de crear en un país en el que hay que pedir permiso hasta para tener imaginación. Quien le llama marginal, sin embargo, puede que tenga razón. Al final, todo el que no aplauda a la dictadura lo es.
Por eso me parece tan indignante el silencio, la complicidad, la cobardía o todas esas cosas a la vez de los escritores y artistas cubanos que aún no se han pronunciado a favor de la vida de Luis Manuel. Hasta para ellos es importante que viva, pero nadie lo necesita más que el futuro de Cuba.
Esa caricatura de país, esa finca privada y esa sociedad muerta solo volverá a ser una nación el día que un cimarrón como Luis Manuel pueda andar por su isla como un hombre libre. Es admirable que, ya al borde de la muerte, todavía le quede esperanza dentro del cuerpo. 
El artista es él. Y eso es lo que más impotencia les da.

28 abr 2021

Un fósil que vivirá con nosotros a partir de hoy


Ayer bajé al pueblo a resolver varias cosas en la ferretería. Siempre voy por el camino más largo, que es el más lindo. Va paralelo al Yaque del Norte y solo se separa de él para darle espacio a pequeños potreros con cercas de bienvestido que me recuerdan demasiado a las carreteras de mi provincia y al Paradero de Camarones.
Así fue que dí con un anciano que llevaba una carreta llena de guáyigas. Logré convencerlo de que me vendiera algunas. Pero al final se negó a ponerles precio. Me dijo que cogiera las que quisiera y le diera "algo". Eso es república Dominicana son 100 ó 200 pesos. Tomé 20 y le di 500 pesos. Los dos nos fuimos felices con la transacción. 
La guáyiga (Zamia Pubila) es un fósil viviente y una de las primeras plantas que habitó en las islas de Cuba y La Española. Son tan antiguas, que ya solo sobreviven dos insectos capaces de polinizarlas (Rhopalotria slossoni y Pharaxonotha zamiae). Todos los demás se extinguieron.
Los taínos la usaban para hacer almidón. Como en todos los colmados a nuestro alrededor hay Maicena, nuestras guáyigas solo vivirán para que aparezcan esos dos bichitos a polinizarlas y para darle alegría a nuestros corazones.

23 abr 2021

Orlando González Yero


El recuerdo más viejo que tengo de él fue una noche de frío. Tocaron a la puerta tarde en la noche. Aurelio y yo veíamos la televisión con Atlántida rendida en un sillón entre nosotros. Seguramente mi abuelo empezó a quitarse la manta con la que se abrigaba en esos meses y preguntó quién era.

—Soy yo, Orlando —oímos que dijo alguien desde el andén.

—¡Lando! —gritó Aurelio mientras mi abuela se despertaba de un salto.

El hijo mayor de Ía (hermana de mi abuelo) y Polín entonces trabajaba en el Minaz (Ministerio del Azúcar) y aprovechó un recorrido por los centrales de la zona para saludar a su hermano Leopoldo y a su querido tío. No recuerdo nada más de aquella visita, pero seguro que fue como todas las otras. 

Después de los abrazos y los besos, hablaron de la zafra, del ferrocarril, de la familia y de “la cosa” (que en Cuba quiere decir la situación del país). Luego lo recuerdo en el hospital Cardiovascular de La Habana, esperando junto a todos nosotros un milagro que salvara a mi tía Titita.

Era alto y usaba una boina, con seguridad más de una vez alguien lo confundió con el poeta Roberto Fernández Retamar. Un día, ya en los 90, mi tía Cary llegó perpleja a la casa. “Orlando se fue”, dijo. Cuando mi madre ya vivía conmigo en Santo Domingo, él solía llamarla casi todas las semanas.

—¡Muchachita! —le oía decir.

—¡Lando! —Respondía mi madre.

Estudió en la Escuela de Comercio de Cienfuegos y llegó a ocupar importantes puestos en los ministerios del Azúcar y la Pesca. Cuando Cuba perdió cada salida al futuro, se marchó al exilio. “Todos nos equivocamos y todos desperdiciamos nuestras vidas”, me dijo un día en casa de su hermano Aramís, en Miami.

Los Yero éramos una familia muy unida. Incluso Orlando, que vivió en La Habana desde muy joven, siempre encontraba la manera de volver al Paradero de Camarones para estar con los suyos. La última vez que nos vimos, me dijo que quería escribir la historia de su vida.

—Ya la memoria me falla —me dijo con tristeza.

Siempre se las ingeniaba para encontrar la palabra exacta y se expresaba con una elegancia que también se fue de Cuba. Murió en Jacksonville, junto a su esposa y sus hijos. Cada vez que nos encontrábamos me hacía muchísimas historias de la familia y del Paradero de Camarones. Verlo era, de alguna manera, volver.

—Mis nietos están creciendo como hombres y mujeres libres, eso lo compensa todo —solía decir cuando se ponía demasiado nostálgico.

Murió con esa alegría por encima de todas sus tristezas.


Mi último encuentro con Orlando. De izquierda a derecha, Aramís
y su esposa Miriam, yo, Orlando y su esposa Orlaida.

Hace 10 años que dejé de escapar


Hace 10 años que me rendí a su belleza y su autoridad. Desde entonces no me puedo separar ni de su olor. Todas las madrugadas a las cinco, cuando suenan su teléfono y el mío, nuestros pies se buscan y se dan los buenos días. Poco después lo hacemos nosotros. A partir de ahí, lo compartimos todo.
Solo hay una cosa que disfruto más que despertar junto a ella: cada sueño que hemos compartido, tanto dormidos como despiertos. Nunca había vivido con tanta intensidad cada día, semana, mes, año… Incluso disfruto cuando peleamos, porque no hay nada más rico para mí que reconciliarme con Diana Sarlabous.
Alejandro Aguilar, quien es el máximo responsable de que nos conociéramos, compartió hace poco una frase de Naguib Mahfuz: “Tu hogar no es donde naciste; el hogar es donde todos tus intentos de escapar, cesan”. 
Aunque la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones ya esté en ruinas, me gustaba decir que ese era todavía mi hogar. Ahora también puedo asegurar que soy del lugar donde viva junto a Diana Sarlabous.

20 abr 2021

Manos de sembrador


Las manos de mi padre eran grandes y callosas. Su pasión por la pesca y el campo le dieron tanta fuerza en los dedos y las muñecas, que solía prescindir de herramientas para hacer sus avíos y de guantes para sacar interminables palangres de la costa sur de Las Villas.
 
Muchas veces escondí mis manos en su presencia. Me apenaba no tener ni siquiera un rasguño delante de un hombre que asía la aleta dorsal de enormes peces a mano limpia. Hoy, después de pasarme el día entero sembrando, me serví un vino y me senté a disfrutar de mi obra. Entonces di con mis manos sucias.
Miguel Grillo pasó por República Dominicana y, aunque no pudimos vernos, me dejó un regalo esencial: dos posturas de caoba, dos posturas de cedro y un Brugal Siglo de Oro, la edición limitada de un ron que ya no se produce. Junto a las plantas de Miguel, sembré 20 caobas hondureñas y 20 robles australianos.
“¡Qué maravilla! —Me escribió cuando vio una foto de sus posturas ya echando raíces en la Loma de Thoreau— Que el tronco de esos árboles crezca como la satisfacción que me produce saberlos plantados. Recuerde, los hombres que comparten ideales se semejan a los bosques con grandes árboles, chocan sus copas y entrelazan sus raíces, se unen en lo más alto y en lo más profundo. Un abrazo grande de guajiro”.
Tengo tierra en las uñas, el cuerpo molido y esa extraña felicidad que me produce sembrar. Lástima que no pueda enseñarle mis manos a Serafín, me digo mientras acabo el vino. La noche, que se alista para pasarle por encima a la Cordillera, se acababa de parar delante de mí.

17 abr 2021

Zonas congeladas


E
n Cuba, los más altos dirigentes de la dictadura viven en “zonas congeladas”. Eso quiere decir que sus vecinos son sometidos a vigilancias y controles aún más estrictos que el resto de los ciudadanos del país. Nadie puede entrar o salir de esas calles protegidas por soldados fuertemente armados.

Ninguno vive en barrios obreros. Desde Fidel Castro hasta Miguel Díaz-Canel, se apropiaron de las casas de la antigua burguesía cubana en las más exclusivas urbanizaciones y las convirtieron en castillos medievales, protegidos por un alto muro del empobrecido feudo.

El comunista Pablo Iglesias, ya conocido como el Marqués de Galapagar, ha convertido a su vecindario en una zona congelada. En su discurso, sin embargo, ha reducido a Madrid a dos puntos cardinales: sur y norte. Como candidato, le pide al sur que lo apoye a desvalijar el norte.

Iglesias vivió en el sur hasta que empezó a vivir de la política. Desde entonces, se ha mantenido fiel a su discurso contra los ricos, la casta y las cloacas del estado. Pero no pudo ser consecuente. Al final él y su mujer, Irene Montero, otra radical comunista, no resistieron la tentación de mudarse al norte.

Viven en un chalet con piscina, niñeras y hasta cuidadores de perros. Sus vecinos ahora han sido sometidos a constantes vigilancias y controles. Desde una garita, los guardias que cuidan a Iglesias les piden documentos y explicaciones sobre sus movimientos y visitas.

Así empiezan todos, congelando la zona donde viven. Luego, cuando logran el poder absoluto, congelan al resto de país. Lo convierten en un páramo atrapado en el tiempo, que llama la atención de turistas que padecen de una extraña necrofilia: visitar sociedades muertas con ciudades detenidas en el tiempo.

Eso será Madrid si un día, como La Habana, llega a creerse el cuento de que solo hay dos puntos cardinales. “Con el sur todo, contra el sur nada”, acabarán escuchando cuando ya se les haga demasiado tarde. Mientras tanto, en Galapagar, un alto muro protegerá a los marqueses de su empobrecido feudo.

13 abr 2021

Husos Horarios


(Fragmento de la novela Atlántida)

El día que el maestro Gustavo nos enseño los husos horarios, extendió un mapa sobre la pizarra y nos pidió a El Chiqui y a mí que cerráramos las persianas del aula. Entonces apagó la luz y encendió su linterna. Así fue que conocimos al Meridiano de Greenwich y el tiempo universal coordinado.
—Ahora el sol está sobre Cuba —nos dijo, mientras alumbraba a nuestra isla—. Si se fijan, Hanoi está totalmente a oscuras y en Berlín se está haciendo de noche.
Cuando mencionó a Berlín algunos soltaron una risita y eso molestó tanto al maestro que encendió la luz del aula. Marita, que siempre está pendiente de todo, le hizo notar que no había apagado la linterna y le estaba dando en la cara a la primera fila.
—¡Me encandilé! —Dijo Tito Migollo— ¡No veo nada!
—¡Ponte frente a la pared para que veas menos! —Le ordenó el maestro Gustavo, que solía usar ese castigo con los varones que nos portábamos mal.
—Maestro, ¿entonces cuando aquí era de día, Basilia estaba oscura—Preguntó Venancio.
Hubo otra vez risitas y Gustavo le señaló la pared a Venancio. Tito y él se pasaron el resto de la clase con las manos en la espalda y la cara pegada a otro mapa del mundo, el físico, que es mi preferido, porque aparecen las más altas montañas, las más profundas fosas marinas y los más grandes ríos.
En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, a diferencia del resto de Cuba, hay dos zonas horarias. No tienen que ver con los meridianos ni con el Sol o la rotación de la Tierra, sino con Atlántida y Aurelio. Por es imposible señalarlos en un mapa.
Cuando Atlántida sale al andén y me dice que deje de jugar pelota y que me vaya lavando las manos porque solo faltan cinco minutos para que esté la comida, puede estar hablando de diez o quince minutos y hasta de media hora. Los cinco minutos de Aurelio, en cambio, son exactos.
Si mi abuela me dice que le haga un mandado en un ratico, puede tomarme toda la mañana y parte de la tarde en hacerlo. Los “en un ratico” de Aurelio pasan volando, son tan breves que prácticamente quieren decir “ahora mismo”. Por eso, si uno no quiere recibir un regaño, tiene que salir corriendo.
La Unión Soviética y Estados Unidos tienen once husos horarios. Pero si a Francia se le suman sus territorios en todo el mundo, llega a tener doce. En China, a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de este a oeste, hay un solo huso horario. Por eso en algunas regiones a las diez de la mañana es de noche todavía.
Al maestro Gustavo le encantan esas curiosidades. A veces, en las clases de geografía, botánica o zoología, parece que ha viajado por el mundo entero. Habla de los animales como si fuera Félix Rodríguez de la Fuente, el español de El hombre y la tierra. De los mares parece saber tanto como Jacques Cousteau.
—Si se alejan del meridiano de Greenwich hacia el este, hay que sumar horas —explicaba el maestro—. Si lo hacen hacia el oeste, hay que restar. Pero en cualquiera de las dos direcciones se llega a un punto del océano Pacífico en que se juntan dos zonas horarias que tienen entre sí 24 horas de diferencia…
—¡Se hizo de noche! —Dijo Tito Migollo cuando vio a Basilia asomándose en la puerta del aula.
Enfurecido, Gustavo le tiró el borrador. Por suerte dio en la pared y no contra la cabeza de Tito, que empezó a toser dentro de una nube de polvo de tiza. Al llegar a la casa, Atlántida me dijo que estuviera atento, porque en cinco minutos iba a pasar un tren de La Habana que habían desviado por un accidente en la Línea Central.
—En verdad va a pasar dentro de 15 minutos —dijo Aurelio después de consultar su reloj de bolsillo.
A pesar de tener 10 minutos de diferencia, los dos se estaban refiriendo a la misma hora. Eso pasa cuando se vive en una casa que está en dos zonas horarias. El maestro Gustavo no lo sabe, pero en la estación de Ferrocarril del Paradero de Camarones también puede figurar en su lista de curiosidades.

10 abr 2021

Veloz, Marcio, siempre me sentaré a tu lado


Tengo la enorme fortuna de haber compartido comedores obreros con grandes intelectuales. En Cuba, arrimé mi bandeja de aluminio a las de escritores que siempre voy a querer y admirar. Mis empleos en el
 Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Casa de las América me lo permitieron.

Durante los años que laboré en el Centro León, comí muchas veces junto a Marcio Veloz Maggiolo. Al mediodía, después que los tabaqueros de La Aurora oían La Tremenda Corte en la radio, Juan Miguel Pérez, Pedro José Vega y yo solíamos sentarnos junto a ellos a comer. Muchas veces don Marcio nos acompañaba.

La comida era deliciosa, pero la sobremesa mucho mejor. En ellas fue que supe de la amistad de Marcio con Carpentier y Onelio Jorge Cardoso. Conocí una Cuba que no dejaba de sorprenderme y, sobre todo, fui descubriendo esencias de la cultura popular dominicana que aún desconocía.

Al principio me pareció un tipo pesado. Después descubrí que reservaba su bondad, su sencillez y su mordaz sentido del humor para los que lo merecían. Aunque sabía que era, probablemente, el más importante escritor dominicano vivo, se comportaba como cualquier mortal.

Eso le permitía compartir secretos invaluables como el de La Miniatura, el lugar donde venden el mejor queso de hoja de Bonao, o el de esas butifarras cibaeñas que ya solo se pueden encontrar en una intrincada calle de Santiago. “¡Ah, qué maravilla!”, decía con los dedos llenos de grasa.

Un día me llevó un texto que acababa de escribir para una exposición. “No tuve tiempo de revisarlo —me dijo—, hazle todos los cambios que creas”. En verdad era una página impoluta, solo adapté alguna que otra idea al propósito de la muestra. Lo llamé para decirle. “Imprímelo”, fue su respuesta.

Más que confianza en mí, era humildad. Un día llegué tarde al comedor y, desde la fila, vi que Marcio me guardaba un puesto. Veloz, me senté a su lado. Hoy República Dominicana ha perdido uno de sus más importantes escritores y yo, además, a un inolvidable compañero de sobremesas.

9 abr 2021

El olor de Siberia

Una vez al año, un tren dejaba en uno de los andenes de mi casa un vagón lleno de travesaños. Acababan de llegar de Siberia y tenían un fuerte olor a creosota. Las brigadas de Cruces, San Fernando y Cumanayagua se los iban llevando poco a poco para reparar la línea principal y el ramal. 
A diferencia de los travesaños de maderas cubanas, que duraban hasta 50 años, los de pinos siberianos no resistían el clima tropical. Apenas unos meses después de haber sido colocados, empezaban a podrirse. Eso obligaba a los trenes a circular con precauciones y muchos de ellos acababan descarrilados. 
La última vez que llegaron travesaños de la Unión Soviética fue a principios de los años 90. Empezaba la gran depresión económica que Fidel Castro bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial” y, con ella, la profunda crisis social que socavó cada valor de la sociedad.
El trabajo empezó a ser algo simbólico, porque lo que se ganaba no alcanzaba para comprar lo básico. Eso convirtió a cada cubano en un sobreviviente. Los mismos que ponían los travesaños por el día, volvían en la noche para robárselos. Aunque es innegable que se trataba de un robo, no eran ladrones.
Eran hombres que ya no podían ganarse la vida honradamente a pesar de que trabajaban ocho duras horas al sol. En esa época un travesaño nuevo valía 80 pesos y el salario mensual de un reparador era de 148 pesos. En la madrugada se oían pasar los motores de vía a toda velocidad. 
Llevaban las luces apagadas. No pedían autorización para circular. Pegaban las orejas al “control” (la línea telefónica de los despachadores de trenes) y aprovechaban la más mínima oportunidad en que la vía estuviera libre para llegar de un pueblo al otro.
Bajo el mediodía, aquel fuerte olor inundaba la casa, el salón de espera, los andenes y se expandía por todo el Paradero de Camarones. Todavía, cuando oigo o leo la palabra Siberia, las cosas me empiezan a oler a creosota.

2 abr 2021

No se puede tapar el sol con una bandera


El castrismo está en su fase terminal, casi nadie tiene dudas de ello. Eso no quiere decir que pueda acabar hoy, mañana o la semana que viene. Pudiera tardar años en caer. Su maquinaria represiva, la única institución que aún le funciona, está ahí para garantizarlo. Se trata de un Estado que solo es capaz de proveer terror.

Por eso le dan más importancia a los símbolos que a la gente. Ni al más despiadado tirano se le hubiera ocurrido aplicar medidas de choque en medio de una situación tan desesperante como la pandemia. El régimen cubano, en cambio, se siente tan seguro de su capacidad de reprimir, que se lanzó a “ordenar el ordenamiento”.

Las elecciones en Estados Unidos eran su luz al final del túnel. Confiaban en que una victoria de Joe Biden devolvería las cosas al punto donde Obama las había dejado. Pero la nueva administración de Washington no parece dispuesta a ceder ni a cometer los mismos errores.

Esa puede ser la explicación de que el castrismo se decidieran a reaccionar y levantar una horrorosa bandera de concreto en el Malecón, frente a la embajada de Estados Unidos. En esa misma avenida, un ícono de la ciudad, se suceden los edificios en ruinas. Todo el cemento derrochado ahí hubiera significado un gran alivio para muchas familias que están a punto de perder su techo.

Pero advertimos que al régimen le importan más los símbolos que la gente. Aunque es incapaz de gestionar nada con éxito, todavía conserva intacto su talento para erigir los más horrorosos monumentos y para mancillar la belleza de La Habana. ¿Alguien pudiera explicarles que no se puede tapar el sol con una bandera?

28 mar 2021

Mi madre camina por el andén de Camarones para ver pasar un tren


A cada rato escribo “Ferrocarriles de Cuba” o “Cuban railroad”, así, entre comillas, en los buscadores y las tiendas on line. Acopio toda imagen, texto, documento, película o libro que aparezca. Nací en la estación de trenes del Paradero de Camarones. Al hacer eso salvo, de alguna manera, mi mundo perdido.
Hace un tiempo compré este DVD en Amazon. Había comprado muchos antes. En todos lo más cercano que aparecía a mi casa y mi pueblo eran las locomotoras de vapor de los centrales Mal Tiempo (Andreíta, antes de 1959) y Espartaco (Hormiguero). Con esos sonidos y esas imágenes me bastaba y me sobrada.
Pero en un capítulo de Cuba, 1998, apareció el Prado de Cruces y, al fondo, un tren de tolvas de azúcar saliendo de la estación. Cinco kilómetros después está mi casa. “¡Qué cerca!”, me dije a mí mismo. He olvidado un detalle. Estaba viendo el DVD junto a mi madre. Quien era feliz al estar a mi lado, pero extrañaba aún más que yo a su pueblo.
De pronto apareció un cartel y luego unos carneros (así le llaman a las ovejos en Cuba) y los dos dijimos al mismo tiempo, “¡Esos son los de Mele!”. Sí, era el aparatadero, junto a la cerca del patio de Mercedita. De ahí en adelante la cámara nos fue descubriendo la estación detalle a detalle.
Mi madre empezó a llorar y agarró fuerte mi mano. Entonces, sin que ninguno de los dos pudiera ni siquiera imaginarlo, apareció caminando de la puerta de la calle al teléfono del anden.  Ahora no tengo a su mano para apretarla al volver a ver esas imágenes. Pero igual, siempre que vuelvo a ellas, empiezo a llorar.

Camilo y Serafín posan en Yaguajay

Serafín Venegas, con gorra, detrás de Camilo Cienfuegos.

En los archivos de
 Bohemia encontré esta foto donde Papi aparece junto a Camilo Cienfuegos en Yaguajay. En un Noticiero ICAIC se les ve otra vez juntos ese mismo día, izando una bandera cubana en lo alto del Ayuntamiento del pueblo (no he logrado conseguir esos segundos de película). 
Pocas semanas después Serafín Venegas Nodal le dijo a su jefe que no le interesaba la vida militar. Con un Dodge 58, un camión y una motoniveladora se fue a vivir a su lugar preferido en el mundo: el Escambray. Hizo de Manicaragua todo el espacio que necesitaba para ser feliz.
El Dodge acabó destrozándose contra un árbol una madrugada de carnaval. La motoniveladora hizo camino en las montañas hasta su último aliento. Alcancé a conocer al camión. También era Dodge. En él me picó una abeja que me dejó una marca para toda la vida. Cada vez que la veo en un espejo, recuerdo al vehículo.
Compartí la foto con Alejandro Aguilar y Marianela Boán. Al rato, Marianela me hizo una observación: “Las mujeres parecen salidas de la película A pleno sol, de Alain Delón”. Estamos hablando de Yaguajay, un apartado pueblo dedicado a la agricultura en los confines de Las Villas.  
El día que caiga el régimen que acababa de triunfar en esa imagen, a los fotógrafos le va a costar mucho trabajo hacer una foto de grupo, incluso en las esquinas más concurridas de La Habana, en la que todos los hombres tengan camisa y las mujeres no anden en prendas de interior como si fuera ropa.
Camilo y Serafín posaban en una Cuba que nacía. Ni ellos ni los que están a su alrededor podían imaginarse que en realidad moría. 

27 mar 2021

La crisis de octubre

Coche motor Uerdinger con su trailer.

(Fragmento de la novela Atlántida)

Aurelio estaba leyendo “La lluvia”, un cuento de Ray Bradbury que habían publicado en la Bohemia de esa semana. Por eso dice que está confundido, que no sabe si el aguacero que recuerda caía en el Paradero de Camarones o en las páginas de la revista.
Por eso buscó en su colección de revistas viejas y, cuando logró parar de estornudar, empezó a buscar en el número 42 del 18 de octubre de 1962. Al llegar a la página 15, dio una palmada contra el papel y volvió a levantar una nube de polvo. Esta vez, los dos empezamos a estornudar.
—La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva —leyó en voz alta—. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias.
Cerró la revista y la puso en mis manos. Luego hizo el gesto cuando ha comprobado algo. Eso quiere decir que el aguacero que tiene metido en su cabeza se debe al cuento que estaba leyendo y no a la realidad. Aun así, yo me sigo imaginando un día de lluvia sobre el Paradero de Camarones. 
El 174, el Uerdinger de Caibarién pasó a su hora, las 09:32. Aurelio recuerda haberle llevado él mismo la vía al maquinista. Como yo me sigo imaginando que llovía, lo hizo con un paso muy apurado. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
No se referían al estado del tiempo sino del mundo. Eran los días de la Crisis de Octubre. Estados Unidos había descubierto que la Unión Soviética había emplazado misiles nucleares en Cuba y la tercera guerra mundial parecía inevitable. Pero nada de eso impidió que los dos ferroviarios se despidieran como siempre, con una sonrisa.
—¿Tengo que parar en Hormiguero? —dijo Quintana.
—Sí, hay varios boletines vendidos —dijo mi abuelo.
El Uerdinger dio dos pitazos y salió disparado hacia Cienfuegos, a donde debía llegar a las 10:05. Si por fin no llovía, Aurelio debió quedarse en el andén a verlo pasar por los dos cruceros. Si el aguacero solo estaba cayendo en el cuento de Ray Bradbury, entró de una vez y llamó a la estación de Hormiguero para reportarle la salida del 174.
Poco después, recibió una llamada de Hormiguero. El 174 no había hecho su parada facultativa, a las 9:40. A mi abuelo le pareció muy extraño. Porque le había dicho a Quintana y él jamás olvida eso. Cinco minutos después, la estación de Cherepa alertó al despachador de trenes de Sagua.
—¡El 174 perdió los frenos! —Dijo.
Según Aurelio, los coches motores Uerdinger tenían ese problema. Portales, un maquinista que los conocía bien, siempre estaba diciendo que un día iba a pasar una desgracia. “Tienen los frenos directos, si se parte el tubo del aire, a la más mínima caída de presión, pierden los frenos”, advertía.
La estación de Palmira confirmó la mala noticia. El 174 había pasado como un bólido. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Omar Santos, el jefe de estación, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. de inmediato el despachador dio la orden de desviarlo.
La línea acaba en la estación de viajeros de Cienfuegos. Si llega a esa velocidad al final, provocará una tragedia. Al dirigirlo hacia la estación de carga, existía la remota posibilidad de que la locomotora de patio lo persiguiera, lograra engancharlo y detenerlo. De lo contrario, caería al mar.
Pasara lo que pasara, aún en el peor de los casos, aquel incidente no llamaría la atención. El mundo estaba al borde de una guerra nuclear, que un tren sin frenos acabara cayendo al mar no era nada comparado con los misiles soviéticos que podían caer sobre Estados Unidos.
En aquel entonces mis abuelos aún vivían en la estación de San Juan de los Yeras. Aurelio estaba relevando a Morales, el jefe de estación de Camarones, que estaba de vacaciones. Ni siquiera podía llamar a Atlántida para contarle lo que estaba pasando. Si poder quitarse el teléfono del oído, nervioso, volvió a la Bohemia.
—Caía a goles, en toneladas —siguió leyendo mi abuelo—; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de monos. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
Así me imagino a la locomotora del patio de Cienfuegos Carga, la 30815, persiguiendo al Uerdinger. Al final de la lluvia los esperaba el mar y, probablemente, la muerte de todos los pasajeros y la tripulación. La pequeña locomotora alemana perseguía al coche motor alemán. 
Al menos en este incidente, la Unión Soviética y Estados Unidos se mantenían al margen. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Arambares, el operador de Cienfuegos Carga, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. Nadie más dijo nada hasta que se volvió a escuchar la voz del operador.
“Despechador, despachador”, dijo. “Dígame, Arambare”, se oyó lejana, la voz del despachador desde Sagua. “La 30815 alcanzó al 174, vamos a hacerle la vía para Cienfuegos Viajeros”. Los ferroviarios tienen por costumbre no hacer comentarios sobre las situaciones de peligro por teléfono, esa vez no fue la excepción. 
Al otro día, el 174 llegó puntual de Caibarién. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones. Esta vez, además de saludarse de lejos, se dieron la mano. Fue su manera de celebrar que todo había salido bien.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
Sus rostros, sin embargo, no mostraban la más mínima preocupación. Aunque el mundo seguía en vilo por los misiles soviéticos emplazados en Cuba, para ellos lo peor ya había pasado. Ya no llovía. Como al final del cuento de Ray Bradbury, el sol estaba allá arriba, “cálido, caliente, amarillo y hermoso”. 

La 30815 en el andén de Cienfuegos Viajeros.

"La lluvia", cuento de Ray Bradbury publicado en la revista
Bohemia del 18 de octubre de 1962.