28 nov 2021

La linterna de Angelina


(Fragmento de la novela Atlántida)

“¡Cum cutá cotocotico cocoteco toco tum cutá cotocotico cocoteco toco tum!”, repetíamos todos. Emocionados, saltábamos en los asientos. Mientras, el director seguía dándole instrucciones a los músicos. Después que el baterista se quedó haciendo “¡Cum cutá cotocotico cocoteco…”, le dijo al del bajo lo que tenían que hacer. 

Luego al guitarrista, el pianista, el flautista, el clarinetista, el del fagot y el del violonchelo, a quien regañó fuertemente. Cada vez que El Hombre Orquesta venía al Paradero de Camarones, el cine se abarrotaba. Aunque ninguno de nosotros sabía francés, tarareábamos perfectamente junto a Louis de Funes.

Era tanta la algarabía que acabábamos provocando, que la luz de la linterna de Angelina se pasaba toda la película recorriendo el pasillo del cine para arriba y para abajo. Carlos el de Pascualita, el Chiqui, el Venao Ortega, y yo nos sentamos esta vez en la primera fila. 

—Si no se tranquilizan —nos amenazó la acomodadora—. Se lo voy a decir a Chena.

—¡Angelinaaa! –se oyó a alguien desde el medio del cine— ¡Alumbra la última fila!

Estalló una carcajada general que los que estábamos adelante no entendimos. El Chiqui conmigo y Carlos el de Pascualita con el Venao, imitamos la coreografía que hacen con las cabezas el Hombre Orquesta y el que está grabando la música en una cinta. Lo hacemos igualito.

Juana Granados y Marita salieron un momento al pasillo del cine para bailar el principio de la coreografía. Pero se tuvieron que sentar enseguida porque la luz de la linterna ya venía a toda carrera para tratar de darles alcance. Nadie las denunció, todos guardaron silencio.

—¿Quiénes eran las que estaban bailando? —volvió a preguntar.

—¡Angelinaaa! –se oyó otra vez a alguien— ¡Alumbra la última fila!

Estalló otra vez la carcajada general y nosotros seguíamos sin saber qué pasaba. El Venao no pudo más y se puso de pie para ir a averiguar.

—¡Idalberto Ortega, siéntese! —se oyó a Angelina desde el final del cine.

El Venao agachó la cabeza y volvió a su lugar, pero no se dio por vencido. Le preguntó al que estaba detrás, quien se encogió de hombros y le preguntó al de más atrás. Así estuvieron hasta que alguien supo y le respondió al oído al que estaba delante. La respuesta recorrió el mismo camino que la pregunta.

—¡Angelinaaa! –dijo el Venao poniéndose de pie— ¡Alumbra la última fila!

Esta vez no hubo una carcajada sino un murmullo general. La linterna se encendió justo al lado del Venao. Angelina había bajado con ella apagada para sorprender a los que estaban haciendo bulla. Le tuvo que prometer que se iba a portar bien y suplicar que no se lo dijera a Cheo, su papá. Angelina le dejó bien claro que esa era la última oportunidad.

Después de imitar a Louis de Funes haciendo la pantomima de coserse la boca, llegó el momento que todos estábamos esperando. Me atrevo a asegurar que Angelina fue la única que no participó en el coro de: ¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!

En el mejor momento de la coreografía, la pantalla se empezó a poner blanca y una pequeña mancha oscura fue creciendo hasta que ardió y oímos cómo el rollo se soltó. “¡Efraín!”, le gritábamos todos al proyeccionista. La algarabía era tanta, que tuvieron que encender la luz de la sala.

Todos aprovechamos para mirar para la última fila. Ahí estaban el maestro Gustavo y Basilia abrazados y dándose un beso. “¡Míralo ahí, míralo ahí!”, gritó uno. “¡Ataja!”, gritó otro. “¡Eeeeeeehhhhhh!”, dijeron muchos. Avergonzada, Basilia se levantó y se fue. Gustavo le cayó atrás.

Al otro día, cuando llegamos al aula, nos encontramos que todas las persianas que daban para la calle estaban cerradas. Algunos intentaron abrirlas, pero el maestro Gustavo les gritó que no las tocaran. Eso no impidió que a cada rato pasara alguien cerca y gritara.

—¡Gustavo —decían—, ¡piti piti paaaaa! 

La primera vez nos reímos todos. Pero el maestro nos dijo que el que se volviera a reír tendría que hacer quinientas líneas con la frase “debo portarme correctamente en clases”. Del próximo grito que oímos desde la calle solo se rio Tito Migollo, quien tuvo que bajar la cabeza hasta que se acabara la clase.

No fueron quinientas líneas sino mil, porque se siguió riendo con la cabeza entre los brazos. Cuando tocó el timbre, las hembras salieron del aula haciendo la coreografía del cuerpo de baile del Hombre Orquesta. “¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!”, gritábamos todo, incluso Tito Migollo.

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