31 dic 2019

2020

Siempre creí que en el 2020, por más lejos 
que pareciera quedar,
todavía estaría viviendo en mi pueblo.
Nunca me imaginé en otro lugar
que no fuera el Paradero de Camarones.
Para esta fecha, suponía,
pasarían trenes a todas horas,
tendríamos parque, calles de asfalto,
una tienda más grande y mejor surtida,
algún edificio de más de dos pisos,
aire acondicionado
para el alcohol de por las tardes
y nuestro propio cementerio.
El futuro, 
tal y como nos lo habían prometido,
pertenecía por entero a nosotros.
Nadie tendría que moverse 
de su lugar
para darle alcance y regocijarse.

Para conocer al mundo, 
me bastaba con los mapas
del Atlas que no entregué
a fin de curso.
Por la cabeza jamás me pasó
que conocería el Saint Louis
de Tenneesse Williams,
el Londres de Dickens
y la pensión de Segovia
donde Machado escribió 
algunos de mis poemas preferidos.
Mi idea del viaje, acababa siempre
en los andenes de la Estación Central,
después que los trenes nocturnos
cruzaban el frío de la llanura
y hacían equilibrio
sobre el amanecer de La Habana.

Siempre creí que en el 2020, por más lejos 
que pareciera quedar,
aún se vería las montañas del Escambray
desde la ventana de mi cocina.
Pero todo lo que me pertenecía ha muerto:
mi familia,
mi pueblo,
mi país…
incluso el futuro que nos prometieron.
Mi mujer y la vida que comparto con ella
es ahora mi territorio.
Cada vez que nos besamos,
recuperamos cada cosa que perdimos.
Cada vez que nos despertamos
y deshacemos el nudo
en el que nos convertimos
cuando estamos dormidos,
volvemos a tener país.

Feliz 2020, Diana Sarlabous.
Por fin entendí, que tú eras todo 
lo que imaginaba conservar
cada vez que pensaba que el futuro.

30 dic 2019

La cabaña Arriero en AIRBNB

Diana y yo queremos irnos a vivir a la Loma de Thoreau cuando nos retiremos. Para que eso sea posible, desde el 2016, hemos trabajado duro en la construcción de dos cabañas de las tres que tiene el proyecto. La idea es vivir en una (la que aún no hemos construido) y alquilar las otras dos.
A Diana le hubiera gustado que fuera en la Gran Piedra, donde sus antepasados construyeron un cafetal cuando llegaron a Cuba. Yo, en cambio, preferiría el Escambray del lago Hanabanilla, donde mi familia me inculcó la pasión por la montaña.
Por eso estamos tan agradecidos del Cibao y de la Cordillera Central dominicana. Nos solo hicieron que coincidieran nuestras geografías, también nos permitieron hacer realidad el sueño que compartíamos. A este país también le agradecemos que nos devolviera algo que en Cuba es imposible: la libertad de elegir.
A partir de hoy, está disponible en la cabaña Arriero en AIRBNB. Decía Thoreau que quien avanza confiado en la dirección de sus sueños, cruza una frontera invisible. Estamos felices de compartir nuestro lugar en el mundo. ¡Bienvenidos a la Loma de Thoreau!

Iván Cañas se ofrece

Bladimir Zamora me regaló muchos libros, sobre todo de historia de Cuba. A él le debo, por ejemplo, el descubrimiento de Álvaro Reinoso, el más fascinante agricultor cubano. Rara vez me iba de La Gaveta con las manos vacías. Un día, sin embargo, bajó de la barbacoa con un deshecho libro entre las manos.
Con el ceño fruncido y la voz aún más grave de lo normal, me advirtió que esa vez no era un regalo sino un préstamo. “Este libro te va a fascinar —me dijo—. Su título es tan bueno como su contenido”. Era El cubano se ofrece, de Iván Cañas. Nunca se lo devolví.
Primero a través de las redes sociales y después en el muelle de su casa, junto a Alba y Diana, tuve el privilegio de conocer a Iván Cañas. Con una humildad desconcertante, compartió conmigo muchísimas fotos inéditas para que las publicara en El Fogonero.
Nada eso me alivia ahora. La noticia de su muerte me ha estremecido. Además del ser humano excepcional que era, deja una obra insustituible. Nadie como él documentó la Cuba que quedó fuera de la épica, la que nadie veía en los años en que la revolución exigía para ella cada relato y todo testimonio.
Siempre que hablábamos, me recordaba que las puertas de su casa estaban abiertas y que me esperaba en el muelle. Iván siempre se ofrecía, como los cubanos que retrató, para que el olvido no nos diera alcance. Donde quiera que esté en este momento, le hago llegar toda mi gratitud y un abrazo enorme y lleno de cariño, como los que él daba. 
Cuba, esa Cuba libre que siempre imaginaste y tanto quisiste, ya es tuya, Iván. De ese territorio intangible e indestructible, ya no hay quien te saque.

24 dic 2019

CARLOS ALBERTO MONTANER: “Me gustaría morirme en La Habana”

No me creo un gran cubano, sobre todo porque he conocido a grandes cubanos. Entre ellos, cada día valoro más a los estigmatizados, a esos que la historia oficial de la dictadura ha intentado minimizar, ridiculizar y hasta borrar. El día que caminé por Madrid con Gastón Baquero, cambió mi vida para siempre.
Ver a Paquito D’Rivera en la sala de mi casa, meciéndose en el mismo sillón que lo hacía mi madre, me provocó algo extraño en el medio del pecho. Ni siquiera me atreví a decirle todo lo que su música había reafirmado dentro de mí. Pedirle perdón a Hubert Matos, me hizo mejor hombre.
Presenciar un acto de repudio en Santo Domingo, a 1.390 kilómetros de La Habana, acabó por definirme. Estábamos allí por Martí, gracias a una exposición de Pedro Ramón López. Sacaron carteles, pintaron muros, nos insultaron. Solo faltó que nos lanzaran huevos.
Sí, el día que una horda organizada por Omar Córdoba, entonces embajador de Cuba en República Dominicana, trató de impedir que Carlos Alberto Montaner hablara, me quedó claro de qué lado estaba la vergüenza y de qué lado quedaba esa impotente falta de argumentos.
Los dictadores de mi país y sus testaferros, durante seis larguísimas décadas, han tratado de difamarlo, vilipendiarlo y silenciarlo. Siempre que lo han intentando, se han encontrado con un enorme obstáculo: pocos cubanos defienden a Cuba de una manera más cubana que Carlos Alberto Montaner. 

Enrique del Risco me dijo una vez que lo que más le interesaba era escribir la Cuba que perdió, lo que ya para él era irrecuperable. ¿Escribiste tus memorias con esa misma intención?
No fue esa mi intención. Enrique del Risco me parece un excelente escritor, al extremo que utilizo una frase suya como exergo de mis memorias junto a otra del chileno Roberto Ampuero, pero mi propósito era diferente: contar lo que recuerdo, pasar revista a la historia que me tocó vivir y describir la Cuba de mi adolescencia, con sus luces y sombras. 
Durante muchos años les insistí a mis amigos que escribiesen sus memorias. A mis 76 años decidí que ya era hora de hacerlo. Hasta ahora ningún Montaner ha vivido hasta los 80. 

 Muchos creen que, si le hubieras dedicado más tiempo a la escritura y menos a la política, tu obra literaria hoy fuera mucho más reconocida. ¿Te has cuestionado eso tú, te has arrepentido de tu constante activismo durante seis décadas?
Es posible. El régimen cubano ha tratado de desacreditarme de mil maneras. Sé que algunos editores preferían no publicar mis obras por miedo a La Habana. Otros lo hacían por simpatías estalinistas. Durante muchos años sufrí los “escraches” del régimen cubano. 
Aquí mismo, en República Dominicana, un energúmeno intolerante, alentado por la embajada cubana, dio algunos gritos en mi contra durante una conferencia en la que presentaba una colección de retratos de Martí que expuso Pedro Ramón López. 
Luego vinieron los esfuerzos infructuosos por sacarme de la radio y de los diarios. Pero esas canalladas, lejos de amilanarme, me han servido como acicate. Si volviera a vivir haría lo mismo. La dictadura cubana me parece repugnante.

Has sido una de las víctimas “preferidas” de la dictadura de Cuba y has tenido que dedicar gran parte de tu tiempo a desmentir falsedades y calumnias, ¿por qué crees que ese infame proceder les sigue funcionando 60 años después?
Porque mucha gente se acobarda ante ese aparato. No todos, como el matrimonio Espaillat, se sienten comprometidos con la libertad de prensa, abren sus micrófonos a todas las tendencias y no se dejan aterrorizar por los radicales de izquierda o derecha. 

Cuba es un enorme reloj roto. Si alguna vez se repara su maquinaria, ¿qué crees que tomará más tiempo: echar a andar su economía o reconstruir su sociedad civil?
Sin duda, reconstruir la sociedad civil. Dinero para la reconstrucción habría de inmediato. Restaurar los valores de la decencia, la honradez y la ética de trabajo, en cambio, tomará un par de generaciones.  

Hace 58 años que La Habana y tú no se encuentran. ¿Cómo fueron sus últimas horas juntos, la despedida? ¿Sueñas con ella? ¿Si tuvieras la oportunidad de regresar, a qué lugares irías?
Lo cuento en mis memorias. Cuando el avión despegaba me juré que volvería a Cuba. Suponía que en un par de años estaría de regreso. Creía que el día más feliz de mi vida sería, como dice el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, ‘el día de soltar los prisioneros’. 
Nada de eso sucedió. Han pasado 61 años de la instauración de la tiranía. Tantos que, como cuento en Sin ir más lejos, ‘se me ha olvidado hasta la nostalgia’. Ya no tengo familiares íntimos en Cuba. Curiosamente, me recuerdo de la parte más vieja de la ciudad, donde pasé los primeros 10 años de mi vida. 
Me gustaría morirme en La Habana.

El 24 de diciembre de 1983

Cayó sábado. Mis abuelos Aurelio y Atlántida, casi en secreto, siguieron celebrando la Navidad. Aunque en Cuba la habían prohibido trece años atrás, con el pretexto de la Zafra de los 10 Millones, ese día ellos no dejaron de poner a la mesa lo mejor de sí y todo lo que conseguían, por poco que fuera.
Entonces yo estaba en una escuela al campo en El Guanal, muy cerca de la Ciénaga de Zapata. Una noche, cuando ya todos dormían, me fui junto a unos amigos a montar caballos. Los tomábamos “prestados” del Plan Hortícola. Cuando volvimos a la escuela, el director (de apellido Fragoso), nos esperaba linterna en mano.
Perdimos el pase (el derecho a ir a casa el fin de semana). Eso quería decir que no estaría con Aurelio y Atlántida en la cena secreta. El viernes, cuando empezaron a salir los ómnibus, me despedí de mi novia de entonces como si me quedara para un combate. Esa ha sido una de las noches más largas de mi vida.
No conseguí dormir. Todavía oscuro, recogí mis cosas y, siempre a través de los platanales, emprendí la fuga. Ya en Horquita, le hice señas a un tractor que iba en dirección al Circuito Sur. ¡El tractorista era Sixto Hernández, uno de los ídolos de mi infancia, el mítico left field de Las Villas!
Le dije todo lo que significaba para mí y le rendí honores, pero él se limitó a responderme con unos gestos que nunca supe si eran de gratitud o de amargura. La resaca apenas le permitía mantener la vista fija en la maltrecha carretera.
No recuerdo el resto del viaje. Solo sé que esa noche no falté a la cena con mis abuelos y que, al volver a la escuela, me esperaba una nota en el expediente y la advertencia de que a la próxima me expulsarían. 
Siempre que llega esta fecha, de una manera o de otra, siento la extraña angustia que produce estar lejos de casa. Henry Reeve, aquel guerrero americano que dio la vida por Cuba libre en un monte de Yaguaramas, decía que uno no es del lugar donde nace sino del lugar donde muere. 
Como me niego a dejar de ser villareño y ya me creo cibaeño, decidí tener un pequeño Escambray en la Cordillera Central Dominicana. Ese monte ya es mi casa, mi Yaguaramas.
Solo así he podido volver a sentirme como en casa, cuando llega el 24 de diciembre.

27 nov 2019

Mi amigo Daniel Lozano

Al día siguiente de llegar a República Dominicana, en noviembre del año 2000, comencé a laborar en el periódico El Caribe. Entonces, el más innovador y reconocido del país, por su revolucionario diseño y la calidad de sus contenidos. Daniel Lozano era uno de nuestros consultores. 
Él y sus colegas de Innovation, una firma española especializada en medios de comunicación, fueron claves para que aquel diario marcara un antes y un después en la historia del periodismo dominicano. En cuestion de días, Daniel y yo nos hicimos grandes amigos.
Yo venía de Cuba, un país indiferente al paso del tiempo, donde nos tomábamos dos meses para hacer una revista de 64 páginas. En El Caribe debíamos lograr eso mismo en apenas 8 horas. Daniel me ayudó mucho en eso, como también en deshacerme de palabras que nunca más me han hecho falta.
Aunque él era del Real Madrid y yo del Barça, teníamos muchas otras cosas en común. Esa es la razón por la que, 20 años después, seguimos intercambiando ideas y enviándonos abrazos virtuales. El lunes en la mañana recibí un mensaje suyo por el chat de Twitter.
—Camilo, amigazo, ¿cómo estás? —Me escribió—. ¿Te animas con una pregunta para una crónica sobre Elián?
—Sí, claro.
—¿Qué representa hoy Elián en la Cuba oficial y que representa hoy para el exilio?
—Estoy en una reunión. En cuanto salga te mando la respuesta.
—¿Cuánto calculas? Jeje, ya sabes, cierre europeo…
—Me salgo y te respondo. Ya va.
😇
Me fui al bar de Casa Brugal y, con el skyline de Santo Domingo delante, recordé una de las más oscuras habanas.
—Fidel Castro usó a muchas personas para librar sus batallas personales contra sus enemigos (reales y ficticios), pero a nadie usó de una manera más abyecta que a Elián González. Para la Cuba oficial, Elián sigue siendo de adulto lo mismo que de niño: un instrumento (aunque cada vez menos necesario). Para el exilio, una frustración, otra de las tantas. El balserito náufrago pudo ser el Robinson Crusoe de la Cuba libre y acabó siendo el prisionero de la máscara de hierro. Un pobre hombre encerrado en su propia cabeza.
—Recibido y aplaudido —respondió Daniel—. Yo sabía muy bien que eras el adecuado para describirme esta vaina. 
—Eres el mejor, asere —le escribí después de leer la crónica en El Mundo—. Es realmente una pena lo del Madrid.
—Uf, de eso hace muuucho —Reaccionó de inmediato—. Mierdinho, CRmenos7 y el cacique Florentino me alejaron. Caí enamorado en brazos de Xavi, Iniesta y Messi.
Ahora que los dos somos del Barça, quedan zanjadas las pocas cosas que no teníamos en común. A veces, de la nada, aparece un tipo y te cambia la vida, porque no vuelves a ser el mismo después de conocerlo. Eso fue para mí Daniel Lozano.

18 nov 2019

Nuestra casa está cada vez más lejos

Durante muchísimo tiempo mi peor pesadilla fueron los exámenes de matemáticas. Un túnel muy oscuro me devolvía hasta mis años escolares. Una vez allí, de completo uniforme, me veía frente a una terrorífica página en blanco que debía llenar solo con números, sin poder usar ni siquiera una palabra. 
Ningún sueño me produjo más sobresaltos hasta que, ya en el exilio y después de haber tomado conciencia de que era un hombre libre, me veía en el aeropuerto de La Habana. La única manera que tengo para salir de esa pesadilla es la asfixia. Solo me despierto cuando me quedo sin aire.
Por más que le explico a los hombres y mujeres de verde olivo, ellos solo se burlan. Les digo que al día siguiente debo volver a mi trabajo en Santo Domingo, que hace 20 años vivo en República Dominicana. Pero ellos siguen riendo y me señalan un túnel muy oscuro. “¡Entra, dale, entra!”, me gritan.
Al escritor Ronaldo Menéndez le pasa algo muy parecido. “Acabo de volver de la ingrávida isla. Como siempre, fue pisar el aeropuerto de La Habana y ponerme muy nervioso, como si llegar fuese estar haciendo algo malo”, compartió en su muro de Facebook. 
El aeropuerto de La Habana, al menos para los cubanos, es uno de los lugares más horribles del planeta. Todo en ese edificio atemoriza. Es como si cada detalle estuviera pensado para amedrentar, desde los colores de las paredes hasta la vestimenta y la actitud de los funcionarios.
“Ay, Cubita, qué horrible te pones con cada día que pasa. Qué miedo me da pisar tu aeropuerto. Ya he vuelto a España, ya estoy en casa”, escribe Ronaldo al final de su post. Eso es justamente lo que logra el aeropuerto de La Habana en los exiliados. 
Nos obliga a reconocer que nuestra casa está cada vez más lejos, que ya no podríamos volver a vivir en Cuba.

16 nov 2019

Felicidades, Habana mía

No soy habanero. Nunca logré serlo. A pesar de que estudié y viví muchos años en ella, jamás sentí que sus espacios me pertenecían. Ni siquiera en la calle 50 de los Venegas, esos pocos metros cuadrados donde Cipriano, Monga, Sixta y Paulino dirimían sus angustias. Tampoco bastaron los años que compartí con mi hija.
Soy campesino. Me debo a esa Cuba que media entre Jatibonico y Aguada de Pasajeros. El centro de la isla delimita mi sentido de pertenencia. Sin embargo, no sería cubano del todo sin la Calzada de Puentes Grandes, esa serpiente que, después de superar tantas ruinas, une al Almendares con el cielo.
Tampoco podría ser totalmente yo sin la calle 11, ese atajo que sube desde el mar hasta el corazón sentimental de El Vedado, allí donde las puertas, las verjas y los jardines se proyectan como Memorias del subdesarrollo. Algunos metros cuadrados de esa vía me definen.
No soy habanero, pero aprender a vivir sin La Habana me tomó más de la mitad de mi vida. Muchísimas veces he soñado que vuelvo a llegar en un tren nocturno a su bahía. Nunca olvidaré todos los años que me mantuve dándole a los pedales para subsistir en ella.
Feliz aniversario, La Habana. No creo que me quede tiempo para volver a ti, pero estaré recordándote mientras me quede memoria. Si eso no te parece suficiente, es porque eres una mal agradecida. Feliz aniversario, La Habana. Si nos volvemos a ver algún día, es muy probable que ninguno de los dos nos reconozcamos.

15 nov 2019

El Rey pasmado

Obra de © Alen Lauzán.
Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco I y Felipe VI tienen algo más en común que los números romanos que acompañan sus nombres: la ingenuidad con la que viajaron Cuba, juntándose con los líderes de una dictadura criminal que ha arruinado una nación y obligado a su pueblo a vivir sin libertad o a tener que escapar.
Todos, algunos un poquito más que otros, hablaron de democracia, de derechos humanos y de tolerancia. Pero lo hicieron siempre dentro de frases camufladas y párrafos encriptados, como si hasta ellos mismos temieran acabar en lo más oscuro de Villa Marista, a solas con el torturador de turno.
El viaje de Felipe VI y su impertérrita consorte, en teoría, era para celebrar los 500 años de La Habana, que a estas alturas es como festejar los treinta siglos de Pompeya. Pero empezaron por retratarse delante de la silueta del Che Guevara (el extranjero que más cubanos ha fusilado) y acabaron saludando en privado al dictador Raúl Castro.
Antes de la pasmosa llegada de Felipe VI, la dictadura encerró a periodistas independientes y activistas políticos. Al mismo tiempo, perpetró la más grande matanza de perros callejeros que se recuerde en la isla. Se aseguraron de que el Rey paseara tranquilamente con dos seres visiblemente demacrados: Eusebio Leal y La Habana.
Mientras la visita oficial transcurría, en una de las tantas mazmorras de la dictadura, José Daniel Ferrer seguía siendo salvajemente torturado. Aunque no llegó al extremo de Barack Obama (a quien por poco le levantan el brazo en un descuido, como al camarada Leonid Ilich Brézhnev), no tiene excusas Felipe VI.
En la celebración de sus 600 años, La Habana será aún más parecida a Pompeya. Entonces un nieto de Felipe VI deberá ser el rey de España y será recibido en Rancho Boyeros por Puesto a Dedo IV o V. Con seguridad para esa fecha ya habrán sido exterminados en Cuba los perros callejeros, los periodistas independientes, los activistas políticos… puede que hasta los cubanos.

31 oct 2019

Tony Soprano me explica lo que significa Miami para mí

Tony Soprano y Paulie en Satriale's, 
la carnicería italiana de Nueva Jersey.
El cuarto capítulo de la segunda temporada de Los Soprano, esa obra maestra del arte cinematográfico que dura 4.300 minutos, me ayudó a entender a Miami y lo que esa ciudad significa para mí. Antes de tomar un avión, que lo llevará de Nueva Jersey a Italia, Tony responde una pregunta.
Están en la oficina del Bada Bing, tratando de ver El padrino en un DVD. “Ton, ¿cuál es tu escena preferida”, le pregunta Paulie. Primero evita hablar, pero segundos después no resiste la tentación: “La villa de Don Ciccio —confiesa—. Cuando Vito regresa a Sicilia. Los grillos, la vieja casa…”
“¡El país natal! —Dice Paulie cuando se baja del taxi y respira el aire de Nápoles— ¡Aquí está todo lo auténtico!”. Pero poco después comienza a decepcionarse. La comida italiana de Nueva Jersey le gusta más que la de Nápoles. Le da asco ir a los baños. Acaba por no entender la manera de ser de los napolitanos actuales.
Miami es para mí lo que Nueva Jersey para ellos. Cuba es mi Nápoles, un lugar donde lo perdí todo y al que ya no logro comprender. Sé que hay muchísimos Miami, porque cada quien debe tener el suyo. El mío, sobre todas las cosas, gira alrededor de la familia y las comidas.
La cocina de mis tíos Miriam y Aramís es el único lugar donde encuentro el mundo de los Yero tal y como yo lo conocí. Por eso disfruto tanto cada cosa que me como allí. Si vuelvo al Paradero de Camarones, es probable que apenas aparezcan las razones por las que sigo perteneciendo a ese lugar.
En casa de Miriam y Aramís, en cambio, siguen estando todas. Como también están en la Camaronera, donde me espera siempre una minuta de pez perro, exactamente con el mismo sabor que tenían las que vendía el gordo Riverón en el andén de la estación de Cienfuegos Carga.
Ir a Miami es la única manera que me queda de volver a mi cultura. Es por eso que me parece ridícula (y mal agradecida, también hay que decirlo) esa obstinación que tienen algunos cubanos por quejarse de ella. ¿Será que nada de su Cuba merece ser salvado?

30 oct 2019

The Venetian

Volví de Las Vegas sin haber hecho
ni siquiera una apuesta.
Mientras los dados
caían a mi alrededor,
yo me concentré
en distinguir
a tus ojos
entre todas las luces
de tantos carteles.
Ya en el desierto,
pasé sobre 
los cadáveres 
que usó Martin Scorsese
para atemorizar
a los espectadores de Casino.
Lloramos en el circo
y brindamos con bourbon
cuando la noche de Nevada
cayó sobre la tarde
que traíamos en las maletas.
Por momentos creí
que era parte
de una vieja película,
pero minutos después
me vi en Venecia,
navegando 
en una góndola 
imaginaria,
bajo un cielo falso,
al final
de un día
que jamás existió.

Dar con tus ojos,
entre todas las luces
de tantos carteles,
fue mi mejor jugada.
Por más que caigan
los dados
a mi alrededor,
nunca intentaré tirarlos.

23 oct 2019

El camino de las lomas

Con el camino de la Loma de Thoreau recuperé, de alguna manera, los viajes que hacía junto a mi padre al Escambray. Los 150 kilómetros que recorro todos los viernes, desde Santo Domingo hasta Quintas del Bosque, me sirven para volver a Veguitas, Jibacoa, Can Cán, La Felicidad, Topes de Collantes, Hanabanilla, Crucecitas, El Nicho... 
Tenía apenas 5 años cuando mi padre me enseñó a lidiar con la Loma del Sijú. Sentado en sus piernas y asistido por él en las curvas más difíciles, logré que su viejo camión Dodge superara el tramo más difícil de la carretera de Manicaragua a Jibacoa. “Tú solo tienes que oír el motor –insistía–, él te dice lo que hay que hacer”.
Serafín, mi Grand Cherokee (se llama así en honor a él), no necesita que me mantenga atento a su motor. Los frenos responden de manera autónoma y su sistema de suspensión garantiza el agarre en casi todas las situaciones. Cada vez que el Jeep me avisa de cambios que hará en la tracción o en la altura de los ejes, le digo a Diana que Papi se volvería loco con esas cosas.
En El equipaje del viajero, José Saramago asegura que “el mito del paraíso perdido es la infancia, no hay otro. Lo demás son realidades por conquistar, soñadas en el presente, guardadas en el futuro inalcanzable”. Siempre que voy camino a las lomas, regreso a mi paraíso perdido. De una forma o de otra, Serafín Venegas va conmigo.

17 oct 2019

Alicia tampoco era eterna

Nadie se parece más a la Cuba revolucionaria que Alicia Alonso, ni siquiera el dictador Fidel Castro. Virtuosa, única en el universo de la danza clásica, excepcional bailarina y coreógrafa, dedicó las últimas décadas de su vida a dirigir de manera implacable y empobrecedora el Ballet Nacional de Cuba.
Su legado, tan cuestionable como sus años postreros como bailarina, deja el sabor de algo delicioso que se descompuso hasta el extremo de ser intragable. A finales de la década de los ochenta, cuando aún estudiaba teatro en la escuela de Cubanacán, tuve que ir a verla bailar por un trabajo de clase.
Si no iba al teatro, desaprobaba la asignatura de Estética Marxista. Forzado por las circunstancias, me vestí de mangas largas y me subí a una 132 (la mítica ruta que cruzaba a La Habana, desde la playa de Marianao hasta la Estación Central). Visto desde el palco, el escenario parecía una pista de aterrizaje.
Franjas fosforescentes le indicaban a la ciega anciana la dirección y los límites de sus movimientos. Salió a escena cargada por un bailarín, quien la sostuvo todo el tiempo, mientras ella movía los brazos y la cabeza. Un séquito de locas de época, histéricas y poseídas, gritaba adjetivos desconocidos para mí.
No voy a ser hipócrita, siempre detesté a Alicia Alonso y lo que ella representaba. No me alegro de su muerte (a diferencia de la de Fidel, de cuyo júbilo no me recupero), pero tampoco dispararé salvas ni me pondré a la altura de las circunstancias. 
Alicia Alonso acaba de demostrar que ella tampoco era eterna. Ahora, como la nación cubana y los signos de identidad que nos hicieron como somos, tendrá que empezar a podrirse.

El arado de Carlos Ayala

Mi abuelo Aurelio Yero nació en el Paradero de Camarones en 1908. Como jefe de estación, recorrió los confines de mi antigua provincia (Las Villas) hasta que, en 1968, hizo realidad su sueño de volver a casa. Gracias a su antigüedad, consiguió que lo nombraran en la estación de su pueblo natal.
Junto a la vivienda, construida por ingleses en 1914, había un triángulo de tierra baldía. Lo conformaban las conexiones de la línea de Cienfuegos a Santa Clara con el ramal Cumanayagua. El mismo día que se mudó comenzó a limpiar toda la maleza que había crecido en nueve años (no se chapeaba desde 1959).
Con viejos travesaños y alambre de púas lo cercó todo. A partir de ese momento, la tierra baldía empezó a llamarse El Potrero. Rodeado de trenes por todas partes, Aurelio mantuvo en ese espacio tres vacas con sus terneros y sembrados de arroz, maíz, frijoles, quimbombó, boniato, yuca, calabaza… 
Desde muy pequeño me encantaba irme con él para El Potrero. Arreglar las cercas y echarles cañas a las vacas eran mis tareas preferidas. Pero mis días preferidos eran cuando le pedía los bueyes a Felo López y, después de enyugarlos, salíamos en dirección a la casa de Carlos Ayala a buscar uno de sus arados.
Hace unos días le pregunté a su hijo Yankiel por aquellos implementos. “Dice mi papá que en aquellos tiempos el tenía varios tipos de arados —me respondió—. Ya sólo le queda el No. 1, que tu abuelo llevaba para surcar frijoles y arroz. El No. 2 era para boniato y malanga, el No. 3 para romper tierra”.
Borges decía que cualquier destino consta de un solo momento: en el que el hombre sabe para siempre quién es. Cuando recibí el mensaje y las fotos que me envió Yankiel, Diana y yo estábamos en el piso 14 de un hotel en Hyde Park. Tras los cristales, se veía una tarde de lluvia sobre toda la ciudad. 
Entonces comprobé que el recuerdo de un aguacero en el potrero de mi abuelo, mientras le veía arar, me emocionaba más que ver llover sobre Londres. El arado de Carlos Ayala es el único sobreviviente del mundo que Aurelio sembró para nuestra subsistencia. Él me explica quién soy.

15 oct 2019

Extraños

Se pasaron todo el día 
mirándose a las caras.
Él intentaba vencer
al cansancio con alcohol.
Ella llegó hasta allí
huyendo del frío.
Es de Letonia
y tiene unos ojos azules
que solo saben
mirar fijo,
como si acabaran de salir
de un lugar muy oscuro.
A él le pareció poco
el whisky
y ella le dejó la botella,
eso hacen las camareras
en su país
cuando los hombres,
exhaustos,
van camino a casa.
Él le dijo que se caía
de sueño.
Ella le confesó
su miedo a las largas
noches de invierno.
Estaba dispuesta
a huir,
lo mismo al Caribe
que unos pisos
más abajo,
al calor de una cama
acabada de hacer.

Mirándose a las caras,
mientras la ciudad
ocurría tras los cristales
del último bar.
Hilton London Hyde Park,
octubre, 
una mañana de lluvia,
cuando ya había salido el sol.

29 sept 2019

La neblina

Juan Carlos Recio, además de ser mi compatriota (ambos nacimos en Las Villas), es uno de esos amigos que te obligan a quererlos siempre. Esa es la razón por que la que tuve que complacerlo y leer un poema, delante de tantos pinos expectantes, para su canal de YouTube.
“La neblina” es uno de mis últimos poemas. Mantengo abierto un archivo de Word que se llama Tierra perdida. Ahí es donde escribo cada vez que se me ocurre una idea en verso. Antes de que construyéramos la cabaña en la Loma de Thoreau, cada vez que  necesitábamos escapar, Diana Sarlabous y yo nos refugiamos en Montecristi. 
Aunque el pueblo está muy cerca del mar, a su alrededor solo hay un denso bosque seco. Los lugareños tienen otra forma de llamarle a ese cerrado y espinoso follaje: tierra perdida. La inmensa mayoría del contenido del archivo de Word ha sido escrito en las rutas dominicanas, el resto también se debe a viajes. 
Cada vez que Diana y yo recorremos cualquier distancia, le damos continuidad al testimonio. Es así que, sobre el recuerdo de nuestra tierra perdida y el camino hacia los lugares donde nos encontramos, damos con todo lo que somos. 
Si alguna identidad tenemos, es esa.

28 sept 2019

Anoche volví con mis abuelos

Estábamos en la punta del andén, mirando en dirección al noreste. Es decir, a la loma de la Rioja, esa pequeña elevación de apenas 138 metros que, en medio de una llanura tan extensa, luce como una montaña. Los cañaverales estaban recién cortados. Eso también nos permitía ver la torre humeante del central Mal Tiempo.
No logro recordar qué hablábamos. Quizás solo hacíamos lo mismo que hicimos allí tantas veces: mirar al campo con la misma ilusión que otros miran el mar. Desde ese punto, mi abuelo Aurelio solía hacer sus pronósticos meteorológicos. Establecía la posición del campo nuboso y hacía un empírico cálculo, tomando en cuenta la época del año y la dirección de los vientos.
Eso le permitía establecer si el aguacero nos caería encima o seguiría de largo, como los trenes de carga. Desde allí también despedíamos a Lucy, Popi, Harold y Yanelis (la familia que vivía en Manicaragua), cuando el tren de Cumanayagua, después de hacer andén por la principal y retroceder, se internaba en el ramal y tomaba rumbo al Escambray.
No recuerdo lo que hablamos. De pronto todo se puso negro. Volvimos a la casa lo más rápido que pudimos. Mi abuela Atlántida aprovechó el trayecto para impartir órdenes. Mi abuelo debía cerrar la puerta del patio y las ventanas de la cocina, el comedor y el último cuarto. A mí me tocaban la sala, la saleta y los dos primeros cuartos.
No lograba que las altas ventanas se cerraran y, cuando por fin lo conseguía, se abrían los postigos. “¿Qué pasa, Camilito? —Me gritó Atlántida— ¡Se van a empapar los muebles!”. El agua que me daba contra la cara, acabó siendo el aire frío de la Loma de Thoreau. Abrí los ojos y caí en cuenta de que estaba en medio de la Cordillera Central dominicana, a 1.064 kilómetros de distancia.
Cerré los ojos de inmediato. Hice un gran esfuerzo por volver a dormirme y recuperar el sueño, pero me fue imposible. Jack y Buck sintieron mis movimientos y empezaron a llamarme. Me levanté, abrí la lata de Bustelo y puse la cafetera. Acompañado por mis perros, me fui a mirar el campo con la misma ilusión que otros miran el mar. 
Anoche volví con mis abuelos. De cada cosa que vi, solo la loma de la Rioja pervive. Todo lo demás está en ruinas o muerto. Hasta allí solo se puede volver en sueños. Y eso fue lo que hice.  

24 sept 2019

Cada vez tengo menos paciencia

Dos queridos amigos esperan una visita de Europa. Un importante artista, para más señas. Siempre que ellos o nosotros tenemos invitados, solemos juntarnos y compartir esa alegría a partes iguales. Esta vez, ellos prefirieron evitarlo. “No va a funcionar —nos advirtieron—. El tipo es de izquierda”.
Nos conocen demasiado. Saben que ni a Diana ni a mí nos queda paciencia para tolerar esa majomía; que perderemos los estribos en cuanto nos diga que hubiera querido conocer a Cuba cuando Fidel estaba vivo o que le encantaría ir antes de que llegue el capitalismo.
Estoy harto de que vean a mi país y a mis compatriotas como un parque temático, una especie de zoológico donde se exhiben los últimos sobrevivientes de esa atroz etapa de la evolución humana que fue el socialismo real. Aun en los que comparten esa “ideología”, hay una obsesión casi pornográfica en el fondo.
Los pocos amigos de izquierda que nos quedan se deben a cariños incorregibles. Nada ha logrado impedir, hasta ahora, que nos abracemos y hasta nos besemos cuando nos reencontramos. Pero es una cuota muy limitada que, bajo ningún concepto, ampliaremos.
Cada vez que alguien me pregunta por la revolución cubana, le respondo que se cayó en 1970, cuando fracasó la zafra de los 10 millones y Fidel Castro cambió nuestra soberanía por latas de carne rusa. Nunca he sabido responder la segunda pregunta, que siempre es sobre qué yo creo que va a pasar.
Aunque siempre la aprovecho para subrayar que Cuba ya no es un país, sino una larga extensión de ruinas en manos de cuatro viejos pánicos. Díaz-Canel, aclaro, es solo un testaferro, nombrado a dedo para gestionar las comunicaciones de esa “coyuntura” que pronto cumplirá 61 años.
A veces, solo a veces, el individuo nos dice que admira a la revolución y al pueblo cubano por "resistir a solo 90 millas del imperialismo yanqui". Como reconocí al principio, cada vez tengo menos paciencia con estos individuos. Por eso nuestros amigos han decidido no presentarnos a su próxima visita.
Hay que ser hijo de puta para seguir simpatizando con algo así. Y eso es lo único que me queda por decir cuando llegamos a ese punto.

18 sept 2019

Juegan a las escondidas con los ojos vendados

© Obra de Alen Lauzán.
Tengo que admitirlo, por más predecibles que sean, no dejan de sorprenderme. Otra vez han salido a dar el discurso del sobreviviente. Una vez más, han empezado a buscar culpables en cualquier lado que no sea el suyo. Juegan a las escondidas con los ojos vendados.
Son como el hermano más grande de la canción de Silvio (el propio trovador es uno de ellos, dicho sea de paso). Se han hecho viejos, queriendo ir lejos con su corta visión. Por eso, en lugar de señalar a los únicos culpables de que vivan en una prisión en ruinas, señalan a los que tomaron la decisión de escapar y ser libres.
No, el responsable de esta nueva crisis (a la que ya han nombrado con el eufemismo de coyuntura) no es Donald Trump, tampoco los que apoyan las medidas tomadas por el presidente de Estados Unidos para evitar que los militares cubanos sigan asistiendo al criminal régimen de Nicolás Maduro.
Hay un solo responsable de que Cuba sea un país donde las mujeres no quieren parir, los jóvenes no quieren estar y los viejos no tienen cómo subsistir. Hay un solo responsable de que Cuba, tras el naufragio de la zafra del 70 (¡hace ya 49 años!) se convirtiera en un parásito, primero incosteable y después inviable.
En 2006, cuando las tripas de Fidel Castro no pudieron más y Raúl Castro se convirtió en dictador interino, prometió un vaso de leche para cada cubano. Es impresionante que un programa de gobierno tan modesto y aparentemente fácil de lograr, fuera incumplido al cabo de 12 años.
Miguel Díaz-Canel, el actual testaferro de los cuatro viejos pánicos que mantienen secuestrado el futuro de Cuba, comentó con satisfacción que “la actual coyuntura (ya dijimos que es su manera de pronunciar la palabra crisis) es una oportunidad ideal para que los jóvenes se entrenen” (sic).
Todo el que tenga hijos pequeños, obligados a vivir esa asfixiante circunstancia, como mínimo, debió mentarle la madre. Pero es más fácil y tiene muchísimas menos consecuencias mentársela a los cubanos en el exilio, esos que, de una manera o de otra, acabarán socorriéndolos.
Juegan a las escondidas con los ojos vendados. A eso se dedican los sobrevivientes, los que ya no tienen valor de preguntarse a quién en verdad le deben la sobrevida.

11 sept 2019

La mañana que empecé a vivir en el mundo

Había salido de Cuba 10 meses antes, pero no fue ese día que entendí que estaba del otro lado de la pared que rodea a mi país. Salí de casa creyendo que una avioneta se había estrellado en el World Trade Center. Entonces no existían las redes sociales ni el chat, todavía los medios de comunicación daban noticias. 
Por eso tuve que llegar al periódico para enterarme de la magnitud de los acontecimientos. Éramos un equipo muy diverso, integrado por dominicanos, españoles, peruanos, chilenos, colombianos, argentinos, uruguayos y cubanos. Nadie escribía ni se atrevía a quitar la vista de la pantalla del televisor. 
No olvido nuestros rostros. De pie, sin movernos, con las manos en la cabeza o en la boca, también nos vimos envueltos por la inmensa nube de polvo. Cuando vimos caer a las torres, entendimos que el mundo, tal y como lo conocíamos, también se estaba derrumbando.
Hasta ese día, me había enterado de lo que ocurría en el mundo por el Noticiero Nacional de Televisión o por las páginas del Granma, el órgano oficial de la dictadura de Cuba. Era la primera vez que todas las versiones y tantos puntos de vista me daban la oportunidad de hacerme mi propia idea de las cosas.
Pasé semanas sin poderme deshacer de una imagen, la del hombre que cae cabeza abajo. Él fue uno de los tantos que, al verse atrapado por las llamas, prefirió lanzarse al vacío. Desde entonces, cada vez que tengo que tomar una decisión extrema, pienso en él. Está mal que lo reconozca, pero esa comparación me alivia.
Ocurrió un día como hoy. Esa mañana empecé a vivir en el mundo, porque entendí que era dueño de mi destino y que estaba en capacidad de elegir. Esa tragedia y aquel hombre me explicaron mi nueva realidad y las consecuencias de mi salto al vacío. 
El Camilo Venegas que soy hoy ha nacido muchas veces. Pero el 11 de septiembre de 2001, definitivamente, dejé de ser el que nació en 1967.