27 nov. 2019

Mi amigo Daniel Lozano

Al día siguiente de llegar a República Dominicana, en noviembre del año 2000, comencé a laborar en el periódico El Caribe. Entonces, el más innovador y reconocido del país, por su revolucionario diseño y la calidad de sus contenidos. Daniel Lozano era uno de nuestros consultores. 
Él y sus colegas de Innovation, una firma española especializada en medios de comunicación, fueron claves para que aquel diario marcara un antes y un después en la historia del periodismo dominicano. En cuestion de días, Daniel y yo nos hicimos grandes amigos.
Yo venía de Cuba, un país indiferente al paso del tiempo, donde nos tomábamos dos meses para hacer una revista de 64 páginas. En El Caribe debíamos lograr eso mismo en apenas 8 horas. Daniel me ayudó mucho en eso, como también en deshacerme de palabras que nunca más me han hecho falta.
Aunque él era del Real Madrid y yo del Barça, teníamos muchas otras cosas en común. Esa es la razón por la que, 20 años después, seguimos intercambiando ideas y enviándonos abrazos virtuales. El lunes en la mañana recibí un mensaje suyo por el chat de Twitter.
—Camilo, amigazo, ¿cómo estás? —Me escribió—. ¿Te animas con una pregunta para una crónica sobre Elián?
—Sí, claro.
—¿Qué representa hoy Elián en la Cuba oficial y que representa hoy para el exilio?
—Estoy en una reunión. En cuanto salga te mando la respuesta.
—¿Cuánto calculas? Jeje, ya sabes, cierre europeo…
—Me salgo y te respondo. Ya va.
😇
Me fui al bar de Casa Brugal y, con el skyline de Santo Domingo delante, recordé una de las más oscuras habanas.
—Fidel Castro usó a muchas personas para librar sus batallas personales contra sus enemigos (reales y ficticios), pero a nadie usó de una manera más abyecta que a Elián González. Para la Cuba oficial, Elián sigue siendo de adulto lo mismo que de niño: un instrumento (aunque cada vez menos necesario). Para el exilio, una frustración, otra de las tantas. El balserito náufrago pudo ser el Robinson Crusoe de la Cuba libre y acabó siendo el prisionero de la máscara de hierro. Un pobre hombre encerrado en su propia cabeza.
—Recibido y aplaudido —respondió Daniel—. Yo sabía muy bien que eras el adecuado para describirme esta vaina. 
—Eres el mejor, asere —le escribí después de leer la crónica en El Mundo—. Es realmente una pena lo del Madrid.
—Uf, de eso hace muuucho —Reaccionó de inmediato—. Mierdinho, CRmenos7 y el cacique Florentino me alejaron. Caí enamorado en brazos de Xavi, Iniesta y Messi.
Ahora que los dos somos del Barça, quedan zanjadas las pocas cosas que no teníamos en común. A veces, de la nada, aparece un tipo y te cambia la vida, porque no vuelves a ser el mismo después de conocerlo. Eso fue para mí Daniel Lozano.

18 nov. 2019

Nuestra casa está cada vez más lejos

Durante muchísimo tiempo mi peor pesadilla fueron los exámenes de matemáticas. Un túnel muy oscuro me devolvía hasta mis años escolares. Una vez allí, de completo uniforme, me veía frente a una terrorífica página en blanco que debía llenar solo con números, sin poder usar ni siquiera una palabra. 
Ningún sueño me produjo más sobresaltos hasta que, ya en el exilio y después de haber tomado conciencia de que era un hombre libre, me veía en el aeropuerto de La Habana. La única manera que tengo para salir de esa pesadilla es la asfixia. Solo me despierto cuando me quedo sin aire.
Por más que le explico a los hombres y mujeres de verde olivo, ellos solo se burlan. Les digo que al día siguiente debo volver a mi trabajo en Santo Domingo, que hace 20 años vivo en República Dominicana. Pero ellos siguen riendo y me señalan un túnel muy oscuro. “¡Entra, dale, entra!”, me gritan.
Al escritor Ronaldo Menéndez le pasa algo muy parecido. “Acabo de volver de la ingrávida isla. Como siempre, fue pisar el aeropuerto de La Habana y ponerme muy nervioso, como si llegar fuese estar haciendo algo malo”, compartió en su muro de Facebook. 
El aeropuerto de La Habana, al menos para los cubanos, es uno de los lugares más horribles del planeta. Todo en ese edificio atemoriza. Es como si cada detalle estuviera pensado para amedrentar, desde los colores de las paredes hasta la vestimenta y la actitud de los funcionarios.
“Ay, Cubita, qué horrible te pones con cada día que pasa. Qué miedo me da pisar tu aeropuerto. Ya he vuelto a España, ya estoy en casa”, escribe Ronaldo al final de su post. Eso es justamente lo que logra el aeropuerto de La Habana en los exiliados. 
Nos obliga a reconocer que nuestra casa está cada vez más lejos, que ya no podríamos volver a vivir en Cuba.

16 nov. 2019

Felicidades, Habana mía

No soy habanero. Nunca logré serlo. A pesar de que estudié y viví muchos años en ella, jamás sentí que sus espacios me pertenecían. Ni siquiera en la calle 50 de los Venegas, esos pocos metros cuadrados donde Cipriano, Monga, Sixta y Paulino dirimían sus angustias. Tampoco bastaron los años que compartí con mi hija.
Soy campesino. Me debo a esa Cuba que media entre Jatibonico y Aguada de Pasajeros. El centro de la isla delimita mi sentido de pertenencia. Sin embargo, no sería cubano del todo sin la Calzada de Puentes Grandes, esa serpiente que, después de superar tantas ruinas, une al Almendares con el cielo.
Tampoco podría ser totalmente yo sin la calle 11, ese atajo que sube desde el mar hasta el corazón sentimental de El Vedado, allí donde las puertas, las verjas y los jardines se proyectan como Memorias del subdesarrollo. Algunos metros cuadrados de esa vía me definen.
No soy habanero, pero aprender a vivir sin La Habana me tomó más de la mitad de mi vida. Muchísimas veces he soñado que vuelvo a llegar en un tren nocturno a su bahía. Nunca olvidaré todos los años que me mantuve dándole a los pedales para subsistir en ella.
Feliz aniversario, La Habana. No creo que me quede tiempo para volver a ti, pero estaré recordándote mientras me quede memoria. Si eso no te parece suficiente, es porque eres una mal agradecida. Feliz aniversario, La Habana. Si nos volvemos a ver algún día, es muy probable que ninguno de los dos nos reconozcamos.

15 nov. 2019

El Rey pasmado

Obra de © Alen Lauzán.
Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco I y Felipe VI tienen algo más en común que los números romanos que acompañan sus nombres: la ingenuidad con la que viajaron Cuba, juntándose con los líderes de una dictadura criminal que ha arruinado una nación y obligado a su pueblo a vivir sin libertad o a tener que escapar.
Todos, algunos un poquito más que otros, hablaron de democracia, de derechos humanos y de tolerancia. Pero lo hicieron siempre dentro de frases camufladas y párrafos encriptados, como si hasta ellos mismos temieran acabar en lo más oscuro de Villa Marista, a solas con el torturador de turno.
El viaje de Felipe VI y su impertérrita consorte, en teoría, era para celebrar los 500 años de La Habana, que a estas alturas es como festejar los treinta siglos de Pompeya. Pero empezaron por retratarse delante de la silueta del Che Guevara (el extranjero que más cubanos ha fusilado) y acabaron saludando en privado al dictador Raúl Castro.
Antes de la pasmosa llegada de Felipe VI, la dictadura encerró a periodistas independientes y activistas políticos. Al mismo tiempo, perpetró la más grande matanza de perros callejeros que se recuerde en la isla. Se aseguraron de que el Rey paseara tranquilamente con dos seres visiblemente demacrados: Eusebio Leal y La Habana.
Mientras la visita oficial transcurría, en una de las tantas mazmorras de la dictadura, José Daniel Ferrer seguía siendo salvajemente torturado. Aunque no llegó al extremo de Barack Obama (a quien por poco le levantan el brazo en un descuido, como al camarada Leonid Ilich Brézhnev), no tiene excusas Felipe VI.
En la celebración de sus 600 años, La Habana será aún más parecida a Pompeya. Entonces un nieto de Felipe VI deberá ser el rey de España y será recibido en Rancho Boyeros por Puesto a Dedo IV o V. Con seguridad para esa fecha ya habrán sido exterminados en Cuba los perros callejeros, los periodistas independientes, los activistas políticos… puede que hasta los cubanos.

31 oct. 2019

Tony Soprano me explica lo que significa Miami para mí

Tony Soprano y Paulie en Satriale's, 
la carnicería italiana de Nueva Jersey.
El cuarto capítulo de la segunda temporada de Los Soprano, esa obra maestra del arte cinematográfico que dura 4.300 minutos, me ayudó a entender a Miami y lo que esa ciudad significa para mí. Antes de tomar un avión, que lo llevará de Nueva Jersey a Italia, Tony responde una pregunta.
Están en la oficina del Bada Bing, tratando de ver El padrino en un DVD. “Ton, ¿cuál es tu escena preferida”, le pregunta Paulie. Primero evita hablar, pero segundos después no resiste la tentación: “La villa de Don Ciccio —confiesa—. Cuando Vito regresa a Sicilia. Los grillos, la vieja casa…”
“¡El país natal! —Dice Paulie cuando se baja del taxi y respira el aire de Nápoles— ¡Aquí está todo lo auténtico!”. Pero poco después comienza a decepcionarse. La comida italiana de Nueva Jersey le gusta más que la de Nápoles. Le da asco ir a los baños. Acaba por no entender la manera de ser de los napolitanos actuales.
Miami es para mí lo que Nueva Jersey para ellos. Cuba es mi Nápoles, un lugar donde lo perdí todo y al que ya no logro comprender. Sé que hay muchísimos Miami, porque cada quien debe tener el suyo. El mío, sobre todas las cosas, gira alrededor de la familia y las comidas.
La cocina de mis tíos Miriam y Aramís es el único lugar donde encuentro el mundo de los Yero tal y como yo lo conocí. Por eso disfruto tanto cada cosa que me como allí. Si vuelvo al Paradero de Camarones, es probable que apenas aparezcan las razones por las que sigo perteneciendo a ese lugar.
En casa de Miriam y Aramís, en cambio, siguen estando todas. Como también están en la Camaronera, donde me espera siempre una minuta de pez perro, exactamente con el mismo sabor que tenían las que vendía el gordo Riverón en el andén de la estación de Cienfuegos Carga.
Ir a Miami es la única manera que me queda de volver a mi cultura. Es por eso que me parece ridícula (y mal agradecida, también hay que decirlo) esa obstinación que tienen algunos cubanos por quejarse de ella. ¿Será que nada de su Cuba merece ser salvado?

30 oct. 2019

The Venetian

Volví de Las Vegas sin haber hecho
ni siquiera una apuesta.
Mientras los dados
caían a mi alrededor,
yo me concentré
en distinguir
a tus ojos
entre todas las luces
de tantos carteles.
Ya en el desierto,
pasé sobre 
los cadáveres 
que usó Martin Scorsese
para atemorizar
a los espectadores de Casino.
Lloramos en el circo
y brindamos con bourbon
cuando la noche de Nevada
cayó sobre la tarde
que traíamos en las maletas.
Por momentos creí
que era parte
de una vieja película,
pero minutos después
me vi en Venecia,
navegando 
en una góndola 
imaginaria,
bajo un cielo falso,
al final
de un día
que jamás existió.

Dar con tus ojos,
entre todas las luces
de tantos carteles,
fue mi mejor jugada.
Por más que caigan
los dados
a mi alrededor,
nunca intentaré tirarlos.

23 oct. 2019

El camino de las lomas

Con el camino de la Loma de Thoreau recuperé, de alguna manera, los viajes que hacía junto a mi padre al Escambray. Los 150 kilómetros que recorro todos los viernes, desde Santo Domingo hasta Quintas del Bosque, me sirven para volver a Veguitas, Jibacoa, Can Cán, La Felicidad, Topes de Collantes, Hanabanilla, Crucecitas, El Nicho... 
Tenía apenas 5 años cuando mi padre me enseñó a lidiar con la Loma del Sijú. Sentado en sus piernas y asistido por él en las curvas más difíciles, logré que su viejo camión Dodge superara el tramo más difícil de la carretera de Manicaragua a Jibacoa. “Tú solo tienes que oír el motor –insistía–, él te dice lo que hay que hacer”.
Serafín, mi Grand Cherokee (se llama así en honor a él), no necesita que me mantenga atento a su motor. Los frenos responden de manera autónoma y su sistema de suspensión garantiza el agarre en casi todas las situaciones. Cada vez que el Jeep me avisa de cambios que hará en la tracción o en la altura de los ejes, le digo a Diana que Papi se volvería loco con esas cosas.
En El equipaje del viajero, José Saramago asegura que “el mito del paraíso perdido es la infancia, no hay otro. Lo demás son realidades por conquistar, soñadas en el presente, guardadas en el futuro inalcanzable”. Siempre que voy camino a las lomas, regreso a mi paraíso perdido. De una forma o de otra, Serafín Venegas va conmigo.

17 oct. 2019

Alicia tampoco era eterna

Nadie se parece más a la Cuba revolucionaria que Alicia Alonso, ni siquiera el dictador Fidel Castro. Virtuosa, única en el universo de la danza clásica, excepcional bailarina y coreógrafa, dedicó las últimas décadas de su vida a dirigir de manera implacable y empobrecedora el Ballet Nacional de Cuba.
Su legado, tan cuestionable como sus años postreros como bailarina, deja el sabor de algo delicioso que se descompuso hasta el extremo de ser intragable. A finales de la década de los ochenta, cuando aún estudiaba teatro en la escuela de Cubanacán, tuve que ir a verla bailar por un trabajo de clase.
Si no iba al teatro, desaprobaba la asignatura de Estética Marxista. Forzado por las circunstancias, me vestí de mangas largas y me subí a una 132 (la mítica ruta que cruzaba a La Habana, desde la playa de Marianao hasta la Estación Central). Visto desde el palco, el escenario parecía una pista de aterrizaje.
Franjas fosforescentes le indicaban a la ciega anciana la dirección y los límites de sus movimientos. Salió a escena cargada por un bailarín, quien la sostuvo todo el tiempo, mientras ella movía los brazos y la cabeza. Un séquito de locas de época, histéricas y poseídas, gritaba adjetivos desconocidos para mí.
No voy a ser hipócrita, siempre detesté a Alicia Alonso y lo que ella representaba. No me alegro de su muerte (a diferencia de la de Fidel, de cuyo júbilo no me recupero), pero tampoco dispararé salvas ni me pondré a la altura de las circunstancias. 
Alicia Alonso acaba de demostrar que ella tampoco era eterna. Ahora, como la nación cubana y los signos de identidad que nos hicieron como somos, tendrá que empezar a podrirse.

El arado de Carlos Ayala

Mi abuelo Aurelio Yero nació en el Paradero de Camarones en 1908. Como jefe de estación, recorrió los confines de mi antigua provincia (Las Villas) hasta que, en 1968, hizo realidad su sueño de volver a casa. Gracias a su antigüedad, consiguió que lo nombraran en la estación de su pueblo natal.
Junto a la vivienda, construida por ingleses en 1914, había un triángulo de tierra baldía. Lo conformaban las conexiones de la línea de Cienfuegos a Santa Clara con el ramal Cumanayagua. El mismo día que se mudó comenzó a limpiar toda la maleza que había crecido en nueve años (no se chapeaba desde 1959).
Con viejos travesaños y alambre de púas lo cercó todo. A partir de ese momento, la tierra baldía empezó a llamarse El Potrero. Rodeado de trenes por todas partes, Aurelio mantuvo en ese espacio tres vacas con sus terneros y sembrados de arroz, maíz, frijoles, quimbombó, boniato, yuca, calabaza… 
Desde muy pequeño me encantaba irme con él para El Potrero. Arreglar las cercas y echarles cañas a las vacas eran mis tareas preferidas. Pero mis días preferidos eran cuando le pedía los bueyes a Felo López y, después de enyugarlos, salíamos en dirección a la casa de Carlos Ayala a buscar uno de sus arados.
Hace unos días le pregunté a su hijo Yankiel por aquellos implementos. “Dice mi papá que en aquellos tiempos el tenía varios tipos de arados —me respondió—. Ya sólo le queda el No. 1, que tu abuelo llevaba para surcar frijoles y arroz. El No. 2 era para boniato y malanga, el No. 3 para romper tierra”.
Borges decía que cualquier destino consta de un solo momento: en el que el hombre sabe para siempre quién es. Cuando recibí el mensaje y las fotos que me envió Yankiel, Diana y yo estábamos en el piso 14 de un hotel en Hyde Park. Tras los cristales, se veía una tarde de lluvia sobre toda la ciudad. 
Entonces comprobé que el recuerdo de un aguacero en el potrero de mi abuelo, mientras le veía arar, me emocionaba más que ver llover sobre Londres. El arado de Carlos Ayala es el único sobreviviente del mundo que Aurelio sembró para nuestra subsistencia. Él me explica quién soy.

15 oct. 2019

Extraños

Se pasaron todo el día 
mirándose a las caras.
Él intentaba vencer
al cansancio con alcohol.
Ella llegó hasta allí
huyendo del frío.
Es de Letonia
y tiene unos ojos azules
que solo saben
mirar fijo,
como si acabaran de salir
de un lugar muy oscuro.
A él le pareció poco
el whisky
y ella le dejó la botella,
eso hacen las camareras
en su país
cuando los hombres,
exhaustos,
van camino a casa.
Él le dijo que se caía
de sueño.
Ella le confesó
su miedo a las largas
noches de invierno.
Estaba dispuesta
a huir,
lo mismo al Caribe
que unos pisos
más abajo,
al calor de una cama
acabada de hacer.

Mirándose a las caras,
mientras la ciudad
ocurría tras los cristales
del último bar.
Hilton London Hyde Park,
octubre, 
una mañana de lluvia,
cuando ya había salido el sol.

29 sept. 2019

La neblina

Juan Carlos Recio, además de ser mi compatriota (ambos nacimos en Las Villas), es uno de esos amigos que te obligan a quererlos siempre. Esa es la razón por que la que tuve que complacerlo y leer un poema, delante de tantos pinos expectantes, para su canal de YouTube.
“La neblina” es uno de mis últimos poemas. Mantengo abierto un archivo de Word que se llama Tierra perdida. Ahí es donde escribo cada vez que se me ocurre una idea en verso. Antes de que construyéramos la cabaña en la Loma de Thoreau, cada vez que  necesitábamos escapar, Diana Sarlabous y yo nos refugiamos en Montecristi. 
Aunque el pueblo está muy cerca del mar, a su alrededor solo hay un denso bosque seco. Los lugareños tienen otra forma de llamarle a ese cerrado y espinoso follaje: tierra perdida. La inmensa mayoría del contenido del archivo de Word ha sido escrito en las rutas dominicanas, el resto también se debe a viajes. 
Cada vez que Diana y yo recorremos cualquier distancia, le damos continuidad al testimonio. Es así que, sobre el recuerdo de nuestra tierra perdida y el camino hacia los lugares donde nos encontramos, damos con todo lo que somos. 
Si alguna identidad tenemos, es esa.

28 sept. 2019

Anoche volví con mis abuelos

Estábamos en la punta del andén, mirando en dirección al noreste. Es decir, a la loma de la Rioja, esa pequeña elevación de apenas 138 metros que, en medio de una llanura tan extensa, luce como una montaña. Los cañaverales estaban recién cortados. Eso también nos permitía ver la torre humeante del central Mal Tiempo.
No logro recordar qué hablábamos. Quizás solo hacíamos lo mismo que hicimos allí tantas veces: mirar al campo con la misma ilusión que otros miran el mar. Desde ese punto, mi abuelo Aurelio solía hacer sus pronósticos meteorológicos. Establecía la posición del campo nuboso y hacía un empírico cálculo, tomando en cuenta la época del año y la dirección de los vientos.
Eso le permitía establecer si el aguacero nos caería encima o seguiría de largo, como los trenes de carga. Desde allí también despedíamos a Lucy, Popi, Harold y Yanelis (la familia que vivía en Manicaragua), cuando el tren de Cumanayagua, después de hacer andén por la principal y retroceder, se internaba en el ramal y tomaba rumbo al Escambray.
No recuerdo lo que hablamos. De pronto todo se puso negro. Volvimos a la casa lo más rápido que pudimos. Mi abuela Atlántida aprovechó el trayecto para impartir órdenes. Mi abuelo debía cerrar la puerta del patio y las ventanas de la cocina, el comedor y el último cuarto. A mí me tocaban la sala, la saleta y los dos primeros cuartos.
No lograba que las altas ventanas se cerraran y, cuando por fin lo conseguía, se abrían los postigos. “¿Qué pasa, Camilito? —Me gritó Atlántida— ¡Se van a empapar los muebles!”. El agua que me daba contra la cara, acabó siendo el aire frío de la Loma de Thoreau. Abrí los ojos y caí en cuenta de que estaba en medio de la Cordillera Central dominicana, a 1.064 kilómetros de distancia.
Cerré los ojos de inmediato. Hice un gran esfuerzo por volver a dormirme y recuperar el sueño, pero me fue imposible. Jack y Buck sintieron mis movimientos y empezaron a llamarme. Me levanté, abrí la lata de Bustelo y puse la cafetera. Acompañado por mis perros, me fui a mirar el campo con la misma ilusión que otros miran el mar. 
Anoche volví con mis abuelos. De cada cosa que vi, solo la loma de la Rioja pervive. Todo lo demás está en ruinas o muerto. Hasta allí solo se puede volver en sueños. Y eso fue lo que hice.  

24 sept. 2019

Cada vez tengo menos paciencia

Dos queridos amigos esperan una visita de Europa. Un importante artista, para más señas. Siempre que ellos o nosotros tenemos invitados, solemos juntarnos y compartir esa alegría a partes iguales. Esta vez, ellos prefirieron evitarlo. “No va a funcionar —nos advirtieron—. El tipo es de izquierda”.
Nos conocen demasiado. Saben que ni a Diana ni a mí nos queda paciencia para tolerar esa majomía; que perderemos los estribos en cuanto nos diga que hubiera querido conocer a Cuba cuando Fidel estaba vivo o que le encantaría ir antes de que llegue el capitalismo.
Estoy harto de que vean a mi país y a mis compatriotas como un parque temático, una especie de zoológico donde se exhiben los últimos sobrevivientes de esa atroz etapa de la evolución humana que fue el socialismo real. Aun en los que comparten esa “ideología”, hay una obsesión casi pornográfica en el fondo.
Los pocos amigos de izquierda que nos quedan se deben a cariños incorregibles. Nada ha logrado impedir, hasta ahora, que nos abracemos y hasta nos besemos cuando nos reencontramos. Pero es una cuota muy limitada que, bajo ningún concepto, ampliaremos.
Cada vez que alguien me pregunta por la revolución cubana, le respondo que se cayó en 1970, cuando fracasó la zafra de los 10 millones y Fidel Castro cambió nuestra soberanía por latas de carne rusa. Nunca he sabido responder la segunda pregunta, que siempre es sobre qué yo creo que va a pasar.
Aunque siempre la aprovecho para subrayar que Cuba ya no es un país, sino una larga extensión de ruinas en manos de cuatro viejos pánicos. Díaz-Canel, aclaro, es solo un testaferro, nombrado a dedo para gestionar las comunicaciones de esa “coyuntura” que pronto cumplirá 61 años.
A veces, solo a veces, el individuo nos dice que admira a la revolución y al pueblo cubano por "resistir a solo 90 millas del imperialismo yanqui". Como reconocí al principio, cada vez tengo menos paciencia con estos individuos. Por eso nuestros amigos han decidido no presentarnos a su próxima visita.
Hay que ser hijo de puta para seguir simpatizando con algo así. Y eso es lo único que me queda por decir cuando llegamos a ese punto.

18 sept. 2019

Juegan a las escondidas con los ojos vendados

© Obra de Alen Lauzán.
Tengo que admitirlo, por más predecibles que sean, no dejan de sorprenderme. Otra vez han salido a dar el discurso del sobreviviente. Una vez más, han empezado a buscar culpables en cualquier lado que no sea el suyo. Juegan a las escondidas con los ojos vendados.
Son como el hermano más grande de la canción de Silvio (el propio trovador es uno de ellos, dicho sea de paso). Se han hecho viejos, queriendo ir lejos con su corta visión. Por eso, en lugar de señalar a los únicos culpables de que vivan en una prisión en ruinas, señalan a los que tomaron la decisión de escapar y ser libres.
No, el responsable de esta nueva crisis (a la que ya han nombrado con el eufemismo de coyuntura) no es Donald Trump, tampoco los que apoyan las medidas tomadas por el presidente de Estados Unidos para evitar que los militares cubanos sigan asistiendo al criminal régimen de Nicolás Maduro.
Hay un solo responsable de que Cuba sea un país donde las mujeres no quieren parir, los jóvenes no quieren estar y los viejos no tienen cómo subsistir. Hay un solo responsable de que Cuba, tras el naufragio de la zafra del 70 (¡hace ya 49 años!) se convirtiera en un parásito, primero incosteable y después inviable.
En 2006, cuando las tripas de Fidel Castro no pudieron más y Raúl Castro se convirtió en dictador interino, prometió un vaso de leche para cada cubano. Es impresionante que un programa de gobierno tan modesto y aparentemente fácil de lograr, fuera incumplido al cabo de 12 años.
Miguel Díaz-Canel, el actual testaferro de los cuatro viejos pánicos que mantienen secuestrado el futuro de Cuba, comentó con satisfacción que “la actual coyuntura (ya dijimos que es su manera de pronunciar la palabra crisis) es una oportunidad ideal para que los jóvenes se entrenen” (sic).
Todo el que tenga hijos pequeños, obligados a vivir esa asfixiante circunstancia, como mínimo, debió mentarle la madre. Pero es más fácil y tiene muchísimas menos consecuencias mentársela a los cubanos en el exilio, esos que, de una manera o de otra, acabarán socorriéndolos.
Juegan a las escondidas con los ojos vendados. A eso se dedican los sobrevivientes, los que ya no tienen valor de preguntarse a quién en verdad le deben la sobrevida.

11 sept. 2019

La mañana que empecé a vivir en el mundo

Había salido de Cuba 10 meses antes, pero no fue ese día que entendí que estaba del otro lado de la pared que rodea a mi país. Salí de casa creyendo que una avioneta se había estrellado en el World Trade Center. Entonces no existían las redes sociales ni el chat, todavía los medios de comunicación daban noticias. 
Por eso tuve que llegar al periódico para enterarme de la magnitud de los acontecimientos. Éramos un equipo muy diverso, integrado por dominicanos, españoles, peruanos, chilenos, colombianos, argentinos, uruguayos y cubanos. Nadie escribía ni se atrevía a quitar la vista de la pantalla del televisor. 
No olvido nuestros rostros. De pie, sin movernos, con las manos en la cabeza o en la boca, también nos vimos envueltos por la inmensa nube de polvo. Cuando vimos caer a las torres, entendimos que el mundo, tal y como lo conocíamos, también se estaba derrumbando.
Hasta ese día, me había enterado de lo que ocurría en el mundo por el Noticiero Nacional de Televisión o por las páginas del Granma, el órgano oficial de la dictadura de Cuba. Era la primera vez que todas las versiones y tantos puntos de vista me daban la oportunidad de hacerme mi propia idea de las cosas.
Pasé semanas sin poderme deshacer de una imagen, la del hombre que cae cabeza abajo. Él fue uno de los tantos que, al verse atrapado por las llamas, prefirió lanzarse al vacío. Desde entonces, cada vez que tengo que tomar una decisión extrema, pienso en él. Está mal que lo reconozca, pero esa comparación me alivia.
Ocurrió un día como hoy. Esa mañana empecé a vivir en el mundo, porque entendí que era dueño de mi destino y que estaba en capacidad de elegir. Esa tragedia y aquel hombre me explicaron mi nueva realidad y las consecuencias de mi salto al vacío. 
El Camilo Venegas que soy hoy ha nacido muchas veces. Pero el 11 de septiembre de 2001, definitivamente, dejé de ser el que nació en 1967. 

10 sept. 2019

A las caobas de la Churchill (una carta por Ítalo Calvino)*

En noviembre del año 2000, cuando aterricé en el aeropuerto Las Américas sin el pasaje de regreso a La Habana, caminé durante horas bajo sus sombras. Aunque Freddy Ginebra me esperaba con un abrazo salvador, sentía una extraña soledad, más allá del desamparo que significa estar lejos de los tuyos.
Además de mi familia, me faltaban la luz, los olores y los sonidos que me habían acompañado por 33 años. El exilio no comienza el día en que te vas de tu país, sino en el momento en que tomas conciencia de que ya no te quedan caminos de regreso a él. 
Esa milésima de segundo en que admití que pasaría el resto de mi vida sin mi pueblo (el Paradero de Camarones), sin mi ciudad (Cienfuegos) y sin mi casa (La Habana), ocurrió a la sombra de las caobas de la Churchill. Entonces era una avenida mucho más despejada que hoy, pero su esencia sigue siendo la misma.
Mi hija Ana Rosario, que tenía 7 años, se había quedado atrás. Sus abuelas cuidarían de ella hasta que las autoridades cubanas permitieran su salida. La situación, además de desesperante, era paradójica. Apenas unos meses atrás, mi país había provocado una crisis internacional por tal de que el niño Elián González volviera con su padre. 
En un email (enviado a través de una conexión clandestina), Ana Rosario me pidió que le hiciera una foto de la ciudad donde se mudaría.  A pesar de que estaba muy corto de dinero, hice un gasto que no estaba contemplado en el presupuesto. Compré una cámara desechable y retraté la Winston Churchill.
Hace 18 años de ese momento. Ni Santo Domingo ni yo nos parecemos a los que éramos. Solo las caobas permanecen ajenas a todo ese tiempo. ¿Qué son dos décadas en la vida de un árbol que puede vivir más de un siglo? Sin embargo, ellas, desde esa lentitud que no logro descifrar, cuentan la historia de mi vida en este país.
En “Tamara”, una de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, el escritor advierte que solo reparamos en los árboles y las piedras del camino cuando nos recuerdan otra cosa: “una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno”, dice.
Muchos árboles y piedras de Santo Domingo han sido ignorados por mí. No he hallado el símil que me obligaría a evocarlos. Las caobas de la Churchill, en cambio, no solo me recuerdan uno de los momentos más graves de mi vida, sino que le dan sentido al Camilo que he sido y soy.
Nací en un pequeño pueblo y siempre he preferido el campo a la ciudad. Mi sentido de pertenencia por lo dominicano ha podido echar muchas más raíces en los montes de la Cordillera Central que en el asfalto de la Capital. Pero cuando estoy cerca de las caobas de la Churchill, ando por un lugar al que pertenezco. 
Eusebio Delfín, uno antiguo trovador de mi provincia, escribió “Y tú qué has hecho”, una de las más hermosas canciones cubanas. La primera estrofa es contada por un narrador omnisciente y relata la historia de una niña que, “henchida de placer”, grabó su nombre en el tronco de un árbol. 
La segunda estrofa es un monólogo de cuatro versos y, como en los cuentos de Calvino, un árbol es capaz de hablar: “Yo guardo siempre tu querido nombre y tú, ¿qué has hecho de mi pobre flor?”, reclama. Sin tener que escribir mi nombre en ellas, me gustaría tener una larga conversación con las caobas de la Churchill.
Es muy probable que sean capaces de escucharme, incluso de comprenderme. Son mis limitaciones, las cada vez más básicas herramientas en que se han convertido los cinco sentidos del ser humano, las que hacen imposible ese diálogo.
Es por eso que, siendo lo más realista posible, les escribo esta pequeña nota. Mi única ilusión es que algún día, en una de los escasos momentos de silencio que hay a su alrededor (pocas calles de Santo Domingo son más ruidosas que la Churchill en la mañana, al mediodía o al caer la tarde), lleguen a sus oídos.

Caobas de la Churchill:
En La ignorancia, una novela de Milan Kundera que he releído varias veces, hay un párrafo que suelo recitar, entre amigos, como si fuera un poema: “En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa «sufrimiento». La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”.
Unas líneas más abajo, Kundera repite la misma palabra en muchos idiomas: añoranza (español), saudade (portugués), homesickness (inglés), heimweh (alemán), heimwee (holandés), söknudur (islandés)… Yo, además de nostalgia o añoranza, podría decir caoba.
Aunque, en ese caso, tendría que hacer una salvedad. Cuando digo caoba, además de referirme a ese deseo incumplido de volver, está la voluntad de preferir seguir siendo libre y agradecido. Esos sentimientos, el de la libertad y el de la gratitud, los reafirmé junto a ustedes.
Suelo encontrar todo cuanto me ata a Santo Domingo, desde la mujer que amo hasta mi hogar, a unos pocos pasos de sus troncos. A su alrededor también he dejado algunos de mis mejores años, he superado enormes angustias y me he prometido ser mejor y más bueno (siempre en la medida de mis posibilidades).
Como no puedo hacer nada más que contemplarlas y agradecerles en silencio, les deseo (tanto a ustedes como a todos los que lo vivimos) un mejor Santo Domingo. Un Santo Domingo tan verde como el de la Winston Churchill, donde los árboles ocupen el lugar que merecen, sean valorados y respetados. 
Un Santo Domingo más querido por la gente que la vive. Un Santo Domingo más pulcro y menos ruidoso, donde haya consecuencias para los que desprecian a sus vecinos, a la ciudad y a las leyes. Una ciudad que nos merezca, que esté orgullosa de los que todas las mañanas nos levantamos en ella.
Como dice Calvino, una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Ustedes, caobas de la Churchill, son el punto de partida de mi libertad y un hombre, por más que aparente desear muchas otras cosas, solo persigue a su libertad.
La mía, como han podido comprobar, camina todas las mañanas bajo su alargada sombra. A veces, incluso, trota. Gracias, queridas caobas de la Winston Churchill por todo lo que les debo. Espero poder seguir viéndolas por muchos años más.
Les prometo que, con la cámara de mi celular (ya no existen las desechables), repetiré la foto que le envié a mi hija en noviembre del 2000. Quiero que, al comparar las imágenes, pueda apreciar el paso no solo en la ciudad, sino también en ustedes… a ver si empiezo a entender su vida secreta.  
Un abrazo todavía cubano, ya cibaeño, de un admirador cotidiano.

*Escrito para un proyecto de Mario Dávalos y Capital DBG.

6 sept. 2019

Ricardo Campbell clandestino en Güines

Coche motor Guerrillero 4106 y locomotora Baldwin fotografiados
por Ricardo Campbell en el patio de la estación de Güines.
Ricardo Campbell llegó a Cuba en 1974, a bordo del vapor argentino Río Atuel. tenía 24 años y aún era estudiante de la Escuela Nacional de Náutica. Atracaron en La Habana, después de tocar varios puertos de Suramérica y antes de poner proa a Nueva Orleáns. 
En las bodegas del buque, como parte del “contrato Perón-Castro”, venían autos Ford Falcon, Chevrolet Chevy y Dodge 1500 para el servicio de taxis que se extendió a toda la isla. Un lote de camiones Mercedes Benz 1112 fueron enviados al CAN (Complejo Avícola Nacional) para el transporte de huevos y pollos.
“En cuanto llegamos, el buque fue invadido por la milicia. No nos dejaban salir de un radio de 5 kilómetros de donde estábamos amarrados. Éramos el único buque con una bandera que no fuera de la Unión Soviética en todo el puerto de La Habana”, recuerda Ricardo.
“Como a los 24 años uno se cree inmortal, poco me importó el radio de acción asignado. Así que me encaminé a la estación Central con mi cámara Agfa y un rollo de diapositivas Kodak. Compré un pasaje que me sirviese para ir lo mas lejos posible y volver a una hora razonable al atardecer”, agrega.
Fue así que se subió al coche motor 4106, que en ese entonces circulaba entre La Habana y Güines. Ese viaje lo llevó, muchos años después, a El Fogonero. Buscando información sobre los Ferrocarriles de Cuba, dio con el blog y me escribió un emotivo email. 
En la estación de Güines, retrató el coche motor en el que había hecho el viaje, una locomotora húngara y una máquina de vapor Baldwin del central Eduardo García Lavandero, en la lejana Artemisa (como una prueba más de la colosal ineficiencia de las zafras revolucionarias).
“La tarde la completé charlando con la gente y disfrutando el áurea de un mundo muy distinto al mío. Todos hablaban de lo mismo, estaban cansados de hacer filas. Volví al barco con la intriga de saber si las fotos habían salido bien, porque todavía me faltaban 3 meses para ver el resultado”, apunta Ricardo.
Como parte del convenio entre la Argentina de Perón y la Cuba de Fidel, también llegaron a Cuba modernos equipos ferroviarios fabricados por Fiat Concord en Córdoba: 50 coches motores con sus remolques, 185 coches de primera clase, 15 coches comedores y 20 coches postales para el servicio de expreso.
“Nos sorprendió que los jóvenes se reunieran en el Malecón a sintonizar emisoras de Estados Unidos para poder oír a los Beatles y el rock de la época. Les regalamos cassettes de bandas inglesas. Aún hoy se me humedecen los ojos cuando recuerdo el sentido agradecimiento que expresaban al recibirlos”, escribe.
Las fotos hechas por Ricardo Campbell, durante su breve estancia en Güines, a 48 kilómetros al sur de La Habana, son ahora un valioso testimonio sobre el estado de conservación de los Ferrocarriles de Cuba en la primera mitad de la década de los setenta.
Gracias, Richard (ya soy tu amigo y sé que ellos te llaman así), por tu envío y por tu generosidad, al permitirme publicar imágenes que permanecieron inéditas por 45 años, tanto en El Fogonero como en Trenes de Cubaun grupo de Facebook donde ferroviarios y aficionados cubanos dialogan y comparten experiencias.
Si algún tren pasara por Güines hoy, te agradecerá tu gesto con un largo pitazo, parecido al del barco que te llevó a nuestro lugar en el mundo.

Puerto de La Habana, 1974. Militares cubanos revisan al vapor
argentino Río Atuel antes de que comience su descarga.
Güines visto desde la cabina del coche motor Guerrillero 4106.
Locomotora DVM-9, de fabricación húngara.
Locomotora Baldwin del central Eduardo García Lavandero.
Coche Motor Guerrillero 4106 en el que Ricardo Campbell
viajó de La Habana a Güines.
Gracias a este detalle del coche motor Guerrillero 4106,
se puede apreciar el logo diseñado para estos equipos,
armados con autobuses General Motors sobre planchas
de ferrocarril.
El 4106 en el andén de Güines, listo para volver a La Habana. 
Al fondo, el tren de caña del central Eduardo García Lavandero.
Los elevados de Estación Central vistos desde la cabina
del coche motor Guerrillero 4106.

28 ago. 2019

CAMILO VENEGAS: “Hay que tener la valentía de ser libre, aun cuando seas un cobarde”

Por María Elena Cruz-Varela

El escritor y periodista cubano Camilo Venegas Yero, (el Fogonero de Camarones) abierto, cálido, sencillo, entra a nuestro rincón “Dile que pienso en ella” con su particular manera de decir y su esposa, Diana Sarlabous, con quien ha construido cabaña y una hermosa historia de amor.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba? 
Mi hija Ana Rosario. Mi generación nació con la vista clavada en el año 2000. Más que una fecha, lo veíamos como un lugar donde ya se habrían hecho realidad todos nuestros sueños. Me la pasaba imaginándome mi pueblo, mi provincia y mi país en las puertas del siglo XXI.
Pero cuando por fin llegamos, mis sueños se habían hecho trizas y para la generación de mi hija no quedaba ya ni la más mínima esperanza. Entonces yo tenía 33 años, la edad perfecta para resucitar. Tuve la enorme fortuna de dar con Freddy Ginebra, los dominicanos y un país que me devolvió la capacidad de soñar y me enseñó qué significa ser libre.
Mi hija acaba de graduarse de la Universidad Carlos III de Madrid. Ella no piensa en su pueblo, su provincia o su país, porque vive en el mundo. Es muy diferente a mí y, todo sea dicho, mejor que yo. Todo a lo que renuncié el día que decidí acabarla de criar en una sociedad libre, valió la pena.

¿Qué esperabas encontrar del “otro lado”?
Cuando uno está encerrado dentro de Cuba, cree que (como en Tuyo es el reino, la novela de Abilio Estévez) solo hay un “Más acá” y un “Más allá”. Vive convencido de que estás realmente en la “tierra más hermosa” y que perteneces al “pueblo elegido”.
Darme cuenta de que todo eso no era más que una falacia colectiva, me costó muchos tropiezos, errores y aprendizajes. El día que entendí que nadie está esperando por los cubanos y que no nos necesitan para que el mudo siga girando, empezó mi metamorfosis, el conjunto de cambios que me trajo hasta el Camilo que soy hoy. 

¿Qué encontraste? 
Empecé a laborar al día siguiente de mi llegada a Santo Domingo, el 30 de noviembre de 2000. Encontré una redacción llena de jóvenes talentosísimos que eran capaces de hacer un periódico de 70 páginas en horas. No me necesitaban ni les hacía falta, pero me acogieron como si fuera uno de ellos. Compartieron hasta su plato de comida conmigo.
La velocidad con la que ellos trabajaban me daba vértigo. Mi metabolismo tuvo que deshacerse de la abulia de Cuba, un país al que el tiempo le es indiferente. Antes, para escribir, tenía que encerrarme solo en una habitación y duraba un día entero para sacar adelante una cuartilla. En El Caribe tuve que aprender a escribir delante de todos y a entregar un reportaje de mil palabras en cuestión de minutos.

¿Qué has aprendido durante el proceso?
 La responsabilidad que significa ser un individuo libre, creo que esa es la mayor enseñanza que he recibido en estos 19 años de exilio. No olvido la primera vez que escribí la frase “el dictador Fidel Castro”. La borré y la volví a escribir cinco veces. Recuerdo que me preguntaba a mí mismo si eso era lo que yo realmente pensaba.
Estaba consciente de que escribir esa palabra junto a ese nombre era pasar un punto de no retorno. Salvé el documento, lo envié a diseño y luego, cuando la leí impresa en el periódico, sentí que me quitaba un inaguantable peso de encima. He aprendido eso, María Elena: hay que tener la valentía de ser libre, aun cuando seas un cobarde.

¿Qué es para ti la libertad? 
A Henry David Thoreau le llamaba la atención que los hombres (entonces, afortunadamente, no existía el lenguaje inclusivo) estuvieran hablando de libertad constantemente. Por eso, en su Diario, se pregunta “¿cuántos de ellos son libres para pensar? ¿Libres del miedo, de la perturbación, del prejuicio?”.
La libertad para mí ha sido superar miedos, perturbaciones y prejuicios a la hora de pensar y comportarme. Camus decía que la única manera de lidiar con un mundo sin libertad es “llegar a ser tan absolutamente libre que tu misma existencia sea un acto de rebelión”.
No me gusta la palabra rebelión, porque los cubanos hemos pagado muy caro sus consecuencias; pero trato siempre de que mi existencia sea un acto de honestidad. Con eso me basta para sentirme libre.  

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria?  ¿Piensas a menudo en “Ella”?
Nadie ha cambiado más mi concepto de Patria que Cuba misma. La geografía, la identidad y la nación a las que pertenezco ya no existen, fueron demolidas por una utopía que acabó mutando en una dictadura incapaz y parásita. Por eso La Habana actual me parece tan desconocida como Helsinki, una ciudad en la que nunca he estado.
Pienso a menudo en Cuba, en mi Cuba, que es la estación de ferrocarril la Paradero de Camarones (donde viví toda mi infancia junto a mis abuelos), en la gente y los lugares a los que les debo mi sentido de pertenencia. Pero al final siempre caigo en cuenta de que nada de eso pervive.
Junto a mi esposa, Diana Sarlabous, he construido una cabaña en una montaña del Cibao dominicano. Ese espacio, al que le hemos puesto la Loma de Thoreau (por razones que unos párrafos más arriba se explican), es ahora mi geografía, como lo son todas las cosas intangibles que me definen.
Me convencí a mí mismo de que vengo de un lugar que ya no existe. Eso me hace actuar en consecuencias. Martí no lo pudo decir más claro: sin patria, pero sin amo.

(Publicada originalmente en Radio Televisión Martí)