31 dic. 2018

Mal nacida

Miguel Díaz-Canel Bermúdez es un hombre de pocas palabras. No es que hable poco, es que su vocabulario es muy básico. Uno de sus últimos tuits prueba su rudimentaria relación con el idioma y su verdadera naturaleza. A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, el presidente cubano escribió: 
“Vimos en familia la película «Inocencia», de Alejandro Gil, un capítulo muy doloroso de nuestra historia. No olvidemos jamás que así como abundan los héroes, no faltan los mal nacidos por error en #Cuba, que pueden ser peores que el enemigo que la ataca. Viva siempre #CubaLibre!”.
Le he pedido al corrector de Word que omita los errores para poder citar textualmente. Desde que Díaz-Canel activó su cuenta en Twitter (@DiazCanelB), el pasado 10 de octubre, ha publicado 295 post. La mayoría de ellos parecen contenidos hechos para una estrategia de comunicaciones.
Como está al frente de una nación inviable y en ruinas, casi siempre mira hacia atrás o hacia delante. Se refiere a las glorias del pasado o a las promesas del futuro. Da clases de historia o hace ejercicios de prestidigitación. El presente se pasa por alto o se adorna con algún que otro eufemismo.  
A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, sin embargo, el subconsciente y la punta de los dedos traicionaron al presidente cubano. Aunque sus asesores le han recomendado compartir contenidos “cálidos, humanos, creativos…”, se le salió el odio que lleva por dentro y lo reprodujo textualmente. 
“Mal nacidos por error en #Cuba”. Elijo esos 30 caracteres (con espacios) para resumir mi vínculo con la revolución. Aunque fue un embarazo de muchos y un parto celebrado por tantos, acabó traicionando a la mayoría. Desde entonces, nadie ha desilusionado, dividido y empobrecido más a los cubanos. 
Mañana, 1 de enero de 2019, cumplirá 60 años y en Cuba no habrá ni pan para recordar el día en que mal nació.

29 dic. 2018

Nuestros propósitos para 2019

Diana no tiene tiroides y yo tengo Trastorno Obsesivo Compulsivo de la Personalidad. Somos una tormenta perfecta. Hasta el más optimista hubiera apostado que en menos de tres años lograríamos destruirlo todo. Siete años después, sin embargo, seguimos construyendo.
A los pocos meses de habernos conocido le diagnosticaron cáncer. Las semanas que nos pasamos en Coral Gables, previas a la operación, debieron ser dramáticas y tensas. Pero, vistas en la distancia, acabaron siendo una singular luna de miel.  Una larga cicatriz en su cuello nos la recordará para siempre. 
“Miami”, la canción de Calamaro, resume muy bien aquellos días: “Vivo el mejor tiempo de mi vida,/ transformaste mi pena en poesía,/ ahora puedo lo que no podía,/ y también quiero eso que no quería./ Gracias por tu confianza/ y por tu inteligencia/ por toda tu belleza, amor”.
Acabamos riéndonos de las cosas más serias y nos tomamos muy en serio todo, incluso las bromas. Como cualquier otra pareja, hemos tenido problemas, situaciones y discusiones difíciles, incluso graves.  Pero nada que el Synthroid o el Brugal Extra Viejo no pudieran remediar. 
Hace tres días que estamos solos en la Loma de Thoreau. Ayer en la tarde, un enorme arcoíris se armó sobre nuestras cabezas. Iba desde la otra orilla del Yaque hasta el Mogote. Salvo una breve visita que le hicimos a Mario Dávalos, hemos compartido el resto de nuestro tiempo con la neblina. 
Tenemos muchos propósitos para 2019. Comenzaremos a trabajar en ellos desde los primeros días de enero. Pero lo que más nos ilusiona es seguir disfrutando de la vida juntos. Sembrar lo que podamos cosechar y estar siempre atentos para que no nos perdamos ninguna de las maravillas que nos pasen por delante.
No hay mayor riqueza que tener tiempo suficiente para pararse debajo de un arcoíris y esperar a que la lluvia o la noche lo borren.

27 dic. 2018

Mami

Ya no recuerda mi nombre, aunque todos los días me besa como si lo estuviera diciendo. Su mundo sigue vivo, pero muchos años atrás, tantos, que yo todavía no he nacido. Esa es la razón por la que no sabe cómo llamarme ni aparezco en ninguna de sus conversaciones.
Habla muchísimo, todo el tiempo, pero con Papá (mi abuelo Aurelio), Mamá (mi abuela Atlántida), Cary, Titita y Aldo (sus hermanos). Hay momentos en que aparece Lucy (la sobrina mayor). A veces vive en el Paradero de Camarones, otras en San Fernando de Camarones, San Andrés o San Juan de los Yeras.
Todas esas casas fueron estaciones en las que mi abuelo llegó a ser nombrado como jefe y la familia tuvo que mudarse con él. Por eso ahora sus recuerdos están llenos de andenes, viajeros y trenes a punto de llegar o de irse. El reloj de nuestro comedor le sirve para mantenerse pendiente de los itinerarios.
Si hay flan, me pregunta si Papá ya comió. Si hacemos torrejas, las prueba, cierra los ojos y asegura que esas son las más ricas del mundo, porque nadie las sabe hacer como Mamá. Cuando le pongo delante un pedazo de tortilla de papas, mide su grosor: “¡Casi tres dedos y cocinadita por dentro, esa galleguita es la mejor!”. 
Durante mucho tiempo creí que era preferible estar muerto a seguir vivo con Alzheimer. Ahora no pienso igual. Yo no solo tengo los besos de mi madre. Gracias a ella, también me paso todo el día rodeado de mis abuelos, mis tíos y del mundo que ellos vivieron antes de que yo naciera. 
Todas las noches me pregunta cuándo me voy a pasar unos días con ella en Camarones. Ayer, después de darle muchos besos, le dije que ya estábamos en Camarones. Abrió los ojos, miró bien cada detalle de la casa y sonrió. “¡Es verdad! —Me dijo—. ¡Qué cabeza la mía!”.

26 dic. 2018

Los años y el cansancio

Ruinas de la estación de ferrocarril de San Fernando de Camarones.
Una casa no son sus columnas,
sus vigas o sus paredes,
tampoco las lámparas 
que se quedan
con la luz de la tarde
hasta que por fin amanece.
Una casa no son sus sonidos
ni el silencio que entra 
por las ventanas en la noche.
Una casa no son sus muebles, 
cada mano de pintura,
los adornos o los retratos 
que mantienen a la familia 
unida, 
feliz.
Una casa es solo
ese momento
en que te dejas caer
en tu lado de la cama
y cierras los ojos.
Esos pocos segundos
en que ya no puedes
con los años
y el cansancio,
justifican columnas, 
vigas, paredes, lámparas,
incluso el silencio que se cuela
cada madrugada por las ventanas.

23 dic. 2018

Las luces del pueblo

Daniel Peña fue uno de los mejores amigos de mi padre. Vivía en Veguitas, junto al río Jibacoa, a unos cien metros de la carretera de Manicaragua a Topes de Collantes. En su secadero de café filmaron uno de los tiroteos de Río Negro (Manuel Pérez, 1977). Allí, frente a las balas, mi vida cambió para siempre.
Mi padre me levantó a las cinco de la mañana. “¿Quieres ver cómo se hacen las películas?" —me preguntó mientras me alcanzaba un jarro con leche caliente. Aunque ya tenía 10 años, el cine para mí era todavía un misterio sin descifrar. Cuando llegamos, la casa estaba llena de artistas que salían en la televisión.
Sergio Corrieri, que era amigo de mi padre (solían ir a pescar juntos al lago Hanabanilla), me llevó hasta Mario Balmaseda. “Juan Quin Quin —le dijo—, Camilito te quiere conocer”. No me hizo mucho caso porque estaba concentrado en lo que leía. Solo me miró, sonrió y me pasó la mano por la cabeza.
Parece insignificante, pero para el niño aquel fue algo que se proyectó una y otra vez en la pantalla de su memoria emotiva. Hubo que repetir la escena dos veces. La primera toma fue un desastre. Desde que sonó el primer disparo, los espectadores armamos tremenda algarabía.
—¡Corten! —Gritó el director cuando Sergio Corrieri acabó de llorar sobre Ignacio Valdés Sigler, quien hacía de su padre en la película y yacía sobre el suelo, bañado en sangre.
Tarde en la noche, en la larga pendiente de la Loma del Sijú, mi padre me despertó para que viera las luces de Manicaragua. Allá abajo, el pequeño pueblo resplandecía como si fuera una gran ciudad. Desde la terraza de la cabaña de la Loma de Thoreau se ven las luces de Jarabaoca.
Eso me hace recordar el viaje de regreso de aquel día inolvidable en la casa de Daniel Peña. Mi padre quería que yo viera cómo se hacían las películas, pero acabó regalándome una experiencia que me cambió la vida. Nunca más volví a conformarme con la realidad. 
Poco después escribí mi primer cuento. Era una balacera horrible donde morían todos los malos y los buenos, al final, bajaban por un camino donde se veían las luces del pueblo a lo lejos. 
A menudo pongo Río Negro y avanzo hasta la escena del secadero. Me busco del otro lado de la cámara, eufórico, con la mano de mi padre apretándome la boca para que no vuelva a gritar.     

19 dic. 2018

Un día interminable

Ha sido un día interminable.
Fue agotador el trabajo
con unos textos que debía.
Luego llamó otro cliente 
para discutir
las palabras de un hashtag. 
Mientras hablábamos,
en mute,
puse a Harry Dean Stanton
a andar por el desierto.
No estaba en Paris, Texas
sino en la última escena
de su vida.
La voz en el télefono
decía cosas que ya 
no entendía y Harry 
avanzaba en dirección 
a la cámara.
Se acercó lo suficiente.
Luego se detuvo,
me miró por un momento,
sonrió,
dio la espalda 
y caminó 
hasta perderse de vista.

No recuerdo lo que propuse,
pero al cliente le gustó 
el hashtag y me dejó tranquilo.
Bajé a ponerle comida
a los perros,
destorcí la manguera
del jardín,
guardé las herramientas
y cargué con más leña
para la chimenea.
Ya volvía a la casa
cuando te vi
junto a las buganvilias.
Me acerqué lo suficiente.
Luego me detuve,
te miré por un momento,
sonreí,
di la espalda 
y caminé 
hasta perderme de vista.
Tú serás mi único recuerdo
de este día interminable.

La ingratitud de los cubanos*

Estado actual de la casa donde murió Máximo Gómez en Cuba.
En mayo de 1905, Máximo Gómez se hizo una pequeña herida en la mano derecha. Un guerrero como él, acostumbrado a ver (y dar) machetazos mortales, no lo de dio la más mínima importancia. En verdad era un corte insignificante, pero acabó costándole la vida.
Pocos días después, acompañado de Manana y de sus hijas Clemencia y Margarita, viajó desde La Habana hasta Santiago de Cuba en tren. Su excusa era hacerle la visita a su hijo Maxito y a su nuera Candita. Pero su verdadera intención era contribuir a frenar los planes reeleccionistas de Tomás Estrada Palma.
Cada vez que el tren se detenía en una estación, Gómez le daba la mano a los cubanos y les pedía que votaran por el general Emilio Núñez, candidato del Partido Liberal. “¡La situación es gravísima! —advertía—. ¡Se sienten ya latidos de revolución!”.
Tanto dio la mano, que la pequeña herida acabó infectándose. Cuando regresó a La Habana ya no podía sostenerse en pie. Le diagnosticaron septicemia y no hubo manera de salvarlo. El 17 de junio fue certificada la defunción del General en Jefe del Ejército Libertador.
Esta semana, Renay Chinea pasó frente a unas ruinas en la esquina de 5ta. y D, en El Vedado. Una vieja tarja, hecha el 17 de junio de 1906, identifica el lugar. Es la casa donde murió Gómez. En su post, Renay prefirió citar la carta que Martí le envió al Generalísimo el 13 de septiembre de 1892: 
“Ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador (…). Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
Cuando la carroza fúnebre con los restos de Máximo Gómez llegó a la Necrópolis de Colón, los generales mambises Bernabé Boza, Emilio Núñez, Pedro Díaz y Javier de la Vega llevaron el ataúd hasta la fosa. No hubo despedida de duelo. La ingratitud de los cubanos siempre empieza por el silencio.

*Le debo la foto y la idea central de este texto a Renay Chinea.

The Rider, cuando la poesía de la vida cotidiana anda a caballo

Si no quieres que te pasen gato por liebre, como en Roma, que te presentan una insufrible imitación del neorrealismo italiano como si estuviéramos en 1960 y no en 2018, te propongo que veas The Rider. 
Contada con un lenguaje de hoy y propio (el de Roma es prestado), Chloé Zhang filma (y firma) una verdadera joyita en tiempos donde casi todas las alhajas acaban siendo de fantasía. 
The Rider es una de las películas más conmovedoras y creíbles que he visto en los últimos años. A caballo (literalmente) entre la ficción y el documental, cuenta la historia de un joven vaquero que, tras un terrible accidente, debe renunciar a su sueño de convertirse en una estrella de los rodeos. 
Brady Jandreau, el protagonista, se interpreta a sí mismo. No es un actor, es el vaquero de la historia. Igual que su padre Tim (un alcohólico adicto al juego) y su hermana Lilly (autista). Eso no quiere decir que veremos aficionados en escena. Ningún actor podría hacer sus personajes con más credibilidad que ellos.
A diferencia de Alonso Cuarón, que trató de embutirnos la realidad con la lentitud que se baldea una casa, Chloé Zhang demuestra que la vida cotidiana puede tener ritmo y, sobre todo, estar llena de poesía.

17 dic. 2018

Roma, el aburrimiento y los perros de México

Perdonen si desentono con la crisis de entusiasmo colectiva, pero tengo la necesidad de ser honesto. Esperé por ella durante semanas y le dediqué la tarde del domingo (es una costumbre con la que cargo desde mi adolescencia, por culpa de una tanda de dos películas que nos ponían a esa hora en la Cuba de entonces).
Ya es tan difícil dar con una película que no sea de entretenimiento, que nos venden el aburrimiento como arte. Roma, el filme de Alonso Cuarón que ha producido Netflix, hubiera sido buena si fuera italiana y estuviera hecha en los años 60. A la altura de 2018 resulta inmetible. 
Ya nadie (y mucho menos un cineasta) puede darse el lujo de no contar nada en 30 minutos. En el minuto 35 de Roma todavía no ha pasado nada. Es cierto que la fotografía y los escenarios consiguen una reconstrucción de la época deslumbrante.
Pero como todo está contado a un ritmo aún más lento que el de la vida real, uno acaba hastiándose. Conocí a la colonia Roma por la literatura, en Las batallas del desierto, la fascinante novela de José Emilio Pacheco. Debe ser por eso que Cuarón tuvo conmigo tan pocas oportunidades. 
Después de la decepción, el agobio y el hastío, la mayor enseñanza que me llevo de esta película es que los perros en México cagan más que en ninguna otra parte del mundo.

11 dic. 2018

Cuba le pone un candado a la jaula de la creatividad

El cineasta Miguel Coyula y la actriz Lynn Cruz
se manifiestan contra el Decreto 349.
El Decreto 349, firmado por Miguel Díaz-Canel apenas unas horas después de asumir la presidencia, le pondría un candado a la jaula de la creatividad en Cuba. Si no se enmienda, todo artista deberá tener permiso de una institución del régimen para poder actuar, exponer o comercializar sus obras.
La disposición, que ha provocado el rechazo incluso entre creadores oficiales, tiene un antecedente: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”, la máxima pronunciada por Fidel Castro en el encuentro que sostuvo con un grupo de intelectuales en junio de 1961.
Si entonces no quedó ni el más mínimo resquicio para la independencia política de los creadores, dejándolos encerrados en la jaula de la “fidelidad a la revolución”; ahora se le pondría un cerrojo administrativo, asegurándose de que nadie pueda producir una obra sin la previa autorización de un censor. 
En un comentario publicado en su blog, Segunda CitaSilvio Rodríguez especuló que “el Decreto 349 fue algo que le pusieron delante a nuestro Presidente [Díaz-Canel] para que lo firmara, sin haber sido discutido entre los artistas”. “Fue algo cocinado entre pocos”, afirmó.
El actor Luis Alberto García, en un breve post que enmarcó en negro en Facebook, se refirió al embate oficial contra los creadores que, dentro de Cuba, se oponen al decreto: “La Jiribilla y sus secuaces: a diestra y siniestra (más bien a la siniestra) escupiendo y denostando a creadores y artistas que no se agachan”.
El decreto 349, además de exigirle a los artistas un permiso para poder crear, le da potestad a los funcionarios de las instituciones culturales a censurar obras y contenidos que consideren violentos, pornográficos, discriminatorios u ofensivos hacia los símbolos patrios.
Ya no estamos en 1961. El mundo es otro. Aunque Cuba ha permanecido prácticamente inmóvil durante demasiados años, en algún momento tendrá que empezar a moverse. Si es cierto que —como asegura Silvio— Díaz-Canel no sabía lo que estaba firmando, son los artistas los que deben insistir hasta que se enteren bien (él y el mundo). 
El cineasta Miguel Coyula, realizador de Memorias del desarrollo (2010) y el premiado documental Nadie (2017), también se manifestó en su muro de Facebook contra el Decreto 349. Lo hizo con una foto donde aparece junto a su esposa, la actriz Lynn Cruz.
La imagen que publicó Coyula, quien crea en Cuba al margen de las instituciones gubernamentales, incumpliría las nuevas reglas de la censura y, por ende, lo convierte en un delincuente. Manifestaciones como esa son la llave que abrirá el candado del infame Decreto 349.
El hecho de que ya la revolución sea incapaz de crear, no puede significar, bajo ninguna circunstancia, que los cubanos también dejen de hacerlo.

25 nov. 2018

Chapucerías, eufemismos y oprobios del régimen cubano

© Alen Lauzán.
Comercializadora de Servicios Médicos, así se llama la “sociedad anónima cubana que negoció con el gobierno de Brasil el Programa Más Médicos. Tratándose de un régimen tan dado a los eufemismos, llama la atención un nombre tan literal. 
En cables diplomáticos a los que tuvo acceso Diario de Cubaqueda al descubierto la negociación confidencial (para mantener al margen a la comunidad médica de Brasil) y la contratación de los médicos (es falso que viajaran como becarios). 
Los cables publicados también prueban que el gobierno de Brasil siempre estuvo de acuerdo en que el régimen cubano se quedara con más de 70% del salario de esos trabajadores de la salud y que, mediante una cláusula, estuvieran impedidos de ejercer la medicina fuera del acuerdo “bilateral”.
Como intermediaria de esta trama de esclavitud moderna, fungió la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Esto permitió, como apunta Diario de Cuba, “esquivar dificultades políticas y jurídicas tales como el control del Congreso brasileño”.
El régimen de Cuba siempre ha hecho un uso muy eficaz de los eufemismos. A una guerra civil le llamó “Lucha Contra Bandidos”. Al fracaso de un desembarco de opositores que nunca recibieron el apoyo prometido por Estados Unidos, “la primera derrota del imperialismo yanqui en América”. 
Con el mismo desparpajo que se le llamó “Periodo Especial” a la peor crisis económica en la historia del país, a los médicos rehenes (se les impide ejercer fuera del Programa y reunirse con sus familias si lo abandonan) y esclavos, se le llama “internacionalistas” y “solidarios”. 
Solo la chapucería los delata. La Comercializadora de Servicios Médicos deja claro cuáles eran las verdaderas intenciones, lo que en verdad significan los hechos cuando se le despoja de la falsedad y se les devuelve el oprobioso fin por el que fueron concebidos.

21 nov. 2018

Recordando a Pasolini en Facebook

Pier Paolo Pasolini decía que no hay nada que no sea político. No puedo abstenerme de expresar mis ideas y cuando lo hago, jamás etiqueto a nadie. Digo lo que pienso por mi cuenta y riesgo. Los me "me gusta", "me entristece" o "me enoja" son absolutamente voluntarios y una decisión de cada quien. 
Ayer, un joven periodista de la Cuba provincial me etiquetó en un post donde alababa a Mariela Castro Espín, la hija del dictador cubano. Como éramos amigos en Facebook, sospecho que sabía muy bien cómo pienso. Ya no es mi amigo virtual (nunca lo fue en la vida real). 
Tengo muchos amigos que piensan diferente a mí, algunos incluso de una manera radicalmente opuesta. Como siempre tenemos cuidado de no pisarnos la raya, mantenemos intactas las razones por la que algunas vez nos acercamos y merecimos abrazos mutuos. Cada quien, desde el lado que ha elegido estar, mantiene el respeto por el otro.
Las contadas bajas se deben a intromisiones inaceptables. No impongo nada a nadie. Por lo tanto, no tolero imposiciones de nadie. Creo que eso es clave para que sigamos llevando esta fiesta en paz.

20 nov. 2018

El café ya estaba servido

Empezaste a decir algo 
sobre la angustia
que ha sido
para ti
tener que vivir
sin tu país.
Pero la frase
se cortó por mitad
y te quedaste
mirando a lo lejos.
Afuera no se movía
ni una hoja.
Todos seguimos
esperando un largo rato
tus próximas palabras.
Ya el café estaba servido,
quizás eso fue 
lo que nos salvó
de permanecer
en silencio
por mucho más tiempo.
“Tener que vivir
sin tu país”, repetiste,
antes de que pasáramos
a otro tema
y las hojas del monte
volvieran a moverse.

19 nov. 2018

Oí ladrar los perros

Oí ladrar los perros. Primero no le di importancia. He visto a Jack atacar, feroz e inútilmente, a una nube de luciérnagas. Aunque Buck es menos impetuoso, también suele reaccionar cuando algún sonido desentona en la sinfonía de la noche.
A diferencia de los dos labradores, Laika es más silenciosa. Bóxer al fin, solo se aleja de los alrededores de la casa si entiende que la amenaza es real y debe actuar. Desde la cama les pedí que se callaran y lo hicieron por un rato. Pero, cuando me estaba volviendo a quedar dormido, comenzaron a ladrar otra vez.
Primero miré el reloj. Las 3:15 de la madrugada. Luego busqué, aún con la vista nublada, la columna de mercurio del termómetro. 13 grados Celsius. Una temperatura muy fría para un caribeño desvelado. Por último, miré por la ventana en dirección a las luces del pueblo. La neblina lo cubría todo.
Me abrigué y salí al portal. Laika no estaba junto a la baranda. Es lo que siempre hace cuando oye que me he levantado. Eso me preocupó. Algo, más allá de una nube de luciérnagas o un sonido discordante, debía estar ocurriendo. Me puse las botas, encendí una lámpara y me hundí en la neblina.
Laika fue la primera en llegar. Después apareció Buck y por último Jack. La bóxer me pidió que la acariciara, los labradores me invitaron al combate. Los seguí. Laika y Buck se mantuvieron junto a mí. A Jack lo oí corriendo sobre el puente de madera antes de ponerse a ladrar otra vez.
Del otro lado de la cerca, entre la neblina, distinguí dos caballos. Sentí que Jack se molestó conmigo porque no me incomodé tanto como él con los moradores. Cuando volvía a la casa recordé el cuento de Rulfo: “Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte”.
Ya sin sueño, me senté en la terraza a esperar por el café. En el monte que hay junto al palo amarillo, pude distinguir a las aves durmiendo. La luna venía saliendo de la neblina cuando me puse a releer algunos párrafos de El llano en llamas. Todavía no eran las cuatro. 
Oí ladrar los perros y me desvelé.

18 nov. 2018

ROLANDO DÍAZ: “Me falta Cuba, no me voy a esconder para decirlo”

Hace más de 20 años que vive fuera de Cuba, pero camina habla y gesticula como si nunca hubiera salido de La Habana. Aunque es un gran conversador y puede estar horas y horas hablando de béisbol (solo el difunto Armandito el Tintorero podría superar su pasión por Industriales) o música popular, su gran pasión es el cine y todo lo acaba asociando con él.
Rolando Díaz comenzó a dirigir cine en el Noticiero ICAIC. Luego, dirigió dos de las películas más taquilleras de la historia de Cuba: Los pájaros tirándole a la escopeta (1984) y En tres y dos (1985). Aunque su obra es muy diversa, tanto en forma como en temas, siempre tiene su sello inconfundible.
El escritor Emilio Comas Paret, en una conversación entre gente cercana y rones, lo describió de la manera más concisa: “Rolando es un asere con mucha sensibilidad”. Durante sus años en Santo Domingo, nos hicimos amigos y solíamos reunirnos a menudo. Esta entrevista, puede leerse como una versión taquigráfica de aquellos encuentros. 

El hecho de que el ICAIC consiguiera producir dos obras maestras (Memorias del subdesarrollo Lucía) a los pocos años de fundado, generó una tendencia en el cine cubano hacia lo pretencioso. Con tu primera película, Los pájaros…, en cambio, prefieres buscar las claves de lo popular. ¿Cómo fue recibida tu propuesta de hacer reír al espectador y, encima, ponerle música de Van Van a la banda sonora?
Recientemente he vuelto a ver Memorias… y Lucía (buscando elementos que quería rememorar de la música de Leo Brower) y, efectivamente, son dos obras maestras que trascienden el cine cubano. Aunque creo también, más allá del talento indudable de los autores y sin restarle el mérito inmenso que poseen, las impulsó el interés por la naciente revolución cubana. 
Cuando mi generación tuvo la oportunidad de hacer cine, ya la revolución (llamémosla de esta manera para hacer más fácil la comprensión de las ideas) tenía cierto desgaste. Incluso creo que, si no hubiera sido por el excesivo control temático, nuestras primeras películas hubieran sido otras. 
En el caso específico de Daniel Díaz Torres (gran amigo) y mío, que proveníamos del Noticiero ICAIC, donde nos envolvimos en una mirada crítica frontal con lo que considerábamos mal hecho, te puedo asegurar que hubiéramos contado otras historias. Algunos de nuestros noticieros enfrentaron problemas de censura por los temas abordados. 
Cuando Daniel y yo salimos del Noticiero, nos propusimos rodar un largo crítico a dos manos cuyo título sería Noticias. Aquel proyecto se frustró y, curiosamente, los dos nos viramos hacia intereses más personales y menos conflictivos. En mi caso, Los pájaros…; en el de Daniel, Jíbaro.
No obstante, no me arrepiento para nada de haber escrito y dirigido aquella comedia que todavía hoy continúa dándome muchas alegrías. En Los pájaros… me lancé a seguir el camino de cierta comedia italiana que me apasiona. Soy un admirador fiel del cine post-neorrealista (también soy un admirador del neorrealismo). 
Ello me impulsó a ir hacia mi barrio, mis vivencias, mi música (soy un vanvanero rotundo) y me animé a contar una historia en la que estaban presentes un grupo de personajes que me eran muy cercanos. El extraordinario reparto que logré reunir y un equipo técnico que me comprendió desde el primer contacto que tuvimos, hizo el resto. 
Siempre he considerado a Los pájaros…una comedia ligera, pero reconozco que no ha dejado de darme sorpresas y sigue dando la lata. La risa de Los pájaros… parte de sus propias acciones. Hay en la película una vaciladera importante a nuestra forma de ser, al “cliché” del macho cubano. Y esa autocrítica burlona conectó muy bien con el público en general. Y debo decir que no sólo con el cubano, hasta los daneses se rieron con Los pájaros…
Respecto al uso de la música, algunos intelectuales me comentaron que cómo me había atrevido a realizar la música de una película con una orquesta popular. A mí me pareció siempre lo más normal del mundo, seguro pesó mucho en mi decisión el hecho de que nací frente a la casa de Regino Frontela Fraga, director de Melodías del Cuarenta. 
Era una orquesta que conmovió el panorama guarachero de aquellos años. Por ello nunca entendí a quienes cuestionaron aquella decisión. Llevo ese tipo de música en la sangre. El tiempo me ha dado la razón, sin los Van Van la película hubiera sido otra.   

El béisbol es uno de los más claros signos de identidad de la nación cubana. Sin embargo, apenas había merecido la atención de nuestros cineastas hasta que realizaste En tres y dos. ¿Por qué crees que nuestro cine ha ignorado tanto a la pelota? ¿Cuáles son las principales satisfacciones que te dio esa película?
Sinceramente, creo que tiene que ver, en parte, con una impronta, para mí totalmente equivocada, de que el mundo del béisbol no da espacio para hacer reflexiones artísticas. En fin, que existe cierto prejuicio temático. Aunque debo reconocer que en el caso de En tres y dossí fui muy apoyado por el ICAIC, que cuando aquello lo dirigía Julio García Espinosa, un intelectual con fuertes lazos con la cultura popular y sus valores.
Es curioso, porque tenemos que recordar que En tres y dos surge de un guión de Eliseo Alberto, uno de los novelistas más grandes que ha dado nuestro país. Lichi se involucró a trabajar conmigo e hicimos lo que pudimos hacer. 
Sabemos que En tres y dos no fue Los Pájaros…, pero superó el millón y medio de espectadores en Cuba y se vio en muchas partes, ¡hasta Japón compró la película! A día de hoy hay muchas personas que no entienden por qué se divulga tan poco por televisión cubana. 
En rigor estoy mucho más contento con el resultado de Los pájaros… que con el de En tres y dos, pero es una película que para mí funciona bien, con defectos y virtudes. Recuerdo con orgullo cuando Titón me dijo que las escenas de béisbol eran de gran calidad y estaban llenas de verdad. 
“Ni el cine americano las ha logrado”, me dijo en su momento. Pero, para ser honesto también, me hizo algunas críticas que tenían que ver con el desarrollo dramático de la historia. No obstante, En tres y dos continúo una línea y un estilo de hacer con el que me siento cómodo, defectos asumidos.  

Eres uno de los pocos cineastas salidos del ICAIC que han logrado continuar su obra desde el exilio. Algunas de tus películas, incluso, ni siquiera abordan temas cubanos; como es el caso de Los caminos de Aissa (2014) y el documental que concluyes en estos momentos en República Dominicana. ¿Cómo has logrado seguir dirigiendo películas desde “afuera”?
No puedo vivir sin pensar en cine. Creo que eso, unido a mí personalidad, me ha impulsado a seguir adelante. Tampoco quiero ser injusto conmigo, algo tienen que haber visto en mi obra los que han decidido seguir apoyando mi cine.
Desde El largo viaje de Rústico (1993), nominada a los premios Goya, hasta Melodrama (1995), censurada en Cuba, pero seleccionada por la Berlinale, o Si me comprendieras (1998), que como película española también llegó al Festival de Berlín y al de Toronto, he continuado realizando un cine que, sin alardes, ha tenido cierto reconocimiento. 
Los caminos de Aissa (2013), también tuvo un buen eco en cierta crítica española y se estrenó con éxito en un cine tan exigente como el Tower de Miami, considerado uno de los diez mejores cines por su programación en Estados Unidos. Después se exhibió en el Festival DownTown Los Angeles y ganó el premio al mejor documental en el Festival Internacional de Belize. 
La película, aún sin título, que ya rodé y edito actualmente en República Dominicana, parte de una idea y una investigación extraordinaria del poeta, periodista y productor Alfonso Quiñones. Sólo te puedo decir que respiro que va por buen camino. 
Me molesta hablar bien de mí, pero no tengo abuela ni un país que me represente. Si no valoro estos datos objetivos, ¿quién lo haría por mí? He hecho cine, como tú reconoces, en varios países: en Estados Unidos (creo que Miami sigue siendo parte de esa nación), España y ahora República Dominicana, que ha sido un país excesivamente amable conmigo, hecho que agradeceré siempre.
Pero me falta Cuba, no me voy a esconder para decirlo. Es duro para un cineasta independiente no representar a la cinematografía del país donde nació.

El cine cubano se encuentra en un momento muy parecido al que vivió en 1959. El ICAIC ya no responde a las necesidades de los cineastas ni de la Cuba actual. Las mismas razones por las que fue fundado parecen condenarlo ahora a su desaparición. ¿Cuál crees que sea el futuro de nuestro cine y cómo te ves tú dentro de él?
Creo que nuestro cine va a continuar insistiendo en sobrevivir. Hay una corriente independiente que toma cada vez más fuerza en la Isla. Jóvenes cineastas que tienen impulso y talento. Y el ICAIC, en algo que es muy difícil y complejo explicar en pocas líneas, continúa apoyando películas, de alguna manera, incómodas.
En mi caso particular, estimo que formo parte del cine cubano y que mi cine, donde quiera que lo haga, es parte de ese movimiento, aunque oficialmente sea negado o no reconocido por las autoridades de mi país. Tengo grandes amigos que sí luchan por ver mi obra como la de un cineasta cubano. 
Dos personas de gran importancia dentro del cine nacional, el director Fernando Pérez y el crítico e historiador Juan Antonio García Borrero (apoyado por una parte de la crítica cubana) han animado sendas muestras de mi cine con las que se me ha homenajeado en la isla. En ellas se ha exhibido todo lo que he hecho. Incluso mis películas prohibidas. 

En la inmensa mayoría de nuestras conversaciones acabamos mencionando a tu hermano Jesús de una manera o de otra. Siempre te repito lo mismo, es una verdadera lástima que no lo tengamos pensando la Cuba de hoy y, sobre todo, la por venir. ¿Qué significó para ti tener semejante hermano mayor? ¿Cuáles son las lecciones que más te han servido de un hombre tan aleccionador?
Jesús fue un grande. Un intelectual en el sentido más profundo del término. Siento un gran amor por él, siempre lo tengo presente. Su gran pasión fue la literatura, siempre consideró su paso por el cine como algo coyuntural. Nunca he visto a nadie que tuviera su capacidad de memoria, podía hablar de poesía, diciendo poemas completos de diferentes culturas, durante más de cuatro horas.
Y qué decirte de las novelas, su cultura era enciclopédica, podía recordar capítulos completos de Rayuela. Esto por no hablarte de sus conocimientos filosóficos o musicales.  Además, fuimos excelentes hermanos, podíamos pegarnos dos horas cada dos o tres días hablando por teléfono sobre lo humano y lo divino. 
Sentí un profundo hueco en el alma cuando falleció. Es una verdadera pena que no tengamos a Jesús para pensar Cuba.

13 nov. 2018

Andrés Calamaro nunca me ha traicionado

Copié y pegué este párrafo de “Andrés Calamaro: ‘Propongo no tomarse demasiado en serio las discusiones’”, una entrevista que Luis Ventoso le hizo al autor de “Media Verónica” para el diario español ABC. Es parte de una de la respuesta a una pregunta: “¿Le satura la corrección política?”: 
“Lo que antes llamábamos «corrección política» ahora es el escenario de disparates y reivindicaciones, algunas de la cuales no son ni siquiera necesarias. La rabia de los defensores de los «derechos humanos de los animales», los insultos y el ridículo asco que aseguran «sentir»; la ideología como mueca, casi como burla de la tradición de una ideología intelectual… La revancha permanente y buscar culpables”, respondió Calamaro.
Unos párrafos más abajo, Ventoso le pregunta al Salmón sobre el rechazo fundamentalista de la «izquierda caviar» a las corridas de toros. Esta fue su respuesta:
“Estas intervenciones morales son francamente desagradables; la inteligencia es amoral. Puedo admitir cuestiones estadísticas o jurídicas, pero oponer una moralidad supuestamente superior, o más sólida, es un delirio. Si la izquierda es verdadero caviar, entonces van a bajar un poco el tono delirante de las hordas justicieras que celebran las heridas de un torero y luego exigen mayor empatía”.
Coincido con los que dicen que ha escrito las mejores letras del rock en español, junto a Joaquín Sabina. También estoy de acuerdo en que, primero con Los Rodríguez y después en solitario, ha logrado que por fin el rock en español suene a rock de verdad. Pero lo que más disfruto, además de su obra, claro, es coincidir con su actitud y sus posturas. 
A diferencia de otros que tuve que dejar sentados en una silla, en el borde del camino, Andrés Calamaro nunca me ha traicionado.

12 nov. 2018

El síndrome del domingo

Padezco del Síndrome del Domingo. Es un trauma que traje de Cuba. Desde los 11 años hasta que me gradué en la Escuela de Arte, pasé la mayor parte de mi vida fuera de casa. Nos llamaban becados. Pero en verdad estábamos internos en un lugar donde, además, debíamos trabajar en el campo cuatro horas al día.
Todos los domingos, a las 5 de la tarde, un ómnibus escolar nos llevaba hasta lo más remoto de la provincia, lejos de nuestras familias. Cada vez que pasábamos por un pueblo, el sonido de Palmas y cañas (un programa que la televisión le dedicada a los campesinos) entraba por las ventanillas.
Aunque aquellas tonadas eran alegres, en mis oídos retumbaban como si fueran un réquiem, desesperantemente melancólicas. También nos llegaba el olor de las comidas y las voces de los que tenían el privilegio de quedarse en sus casas, de saber lo que era el amanecer de un lunes entre los suyos.
No sé por qué asocio el tener que dejar la Loma y volver a Santo Domingo con aquellos deprimentes viajes. Es por eso que estoy tan feliz. Hoy no nos vamos. Lástima que aquí no pueda sintonizar Palmas y cañas. Mañana sabré cómo se amanece un lunes aquí arriba.

11 nov. 2018

La manada de la Loma de Thoreau

El sábado en la mañana tuvimos que ir al Family Fun Day del colegio de María. Siempre me abrumaron las celebraciones colectivas, pero de viejo he llegado a detestarlas. Por eso busco la mesa más apartada, el rincón más inaccesible, el punto más alejado de los entusiastas. 
Pues hasta allá fue una señora de la Fundación no sé qué, defensora de los perros en particular y de los animales en general. Trató de entregarnos unos flyers y de ofrecernos cursos, adiestramientos y hasta campamentos para nuestras mascotas. 
Rara manera esa de sensibilizarse con el reino animal tratando de humanizarlo. Fui a responderle con un disparate, pero Diana no me dejó. Como suele hacer en esos casos, me clavó las uñas en el brazo y no me soltó hasta que la señora estuvo lejos del alcance de mi voz. 
Me gusta que mis perros sean perros, no ridículos peluches amaestrados. Hemos cercado la Loma de Thoreau para que Laika, Jack y Buck sean libres de hacer lo que quieran por el monte. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de ellos. Cada vez se esfuerzan más para que yo deje de ser humano y me integre a su manada.

El bosque de Diana


Lo que más nos gustó de la Loma de Thoreau el día que la conocimos, fue su vegetación. Aunque en algunas partes es un bosque tupido, una de sus esquinas estaba totalmente deforestada. Para colmo de males, los dos únicos pinos que habían sobrevivido se enfermaron y tuvimos que cortarlos.
Primero sembramos una hilera de caobas. Luego algunos ocujes y en la cerca, como en el resto de los linderos, carolinas y mar pacífico. Siempre que veníamos, Diana se iba a caminar sola por aquella tierra pelada. “Tenemos que seguir sembrando, tenemos que seguir sembrando”, repetía una y otra vez.
Un fin de semana, descubrió que habían nacido posturas de pinos por todas partes. Eufórica, prohibió el paso por el lugar y le pidió a Alito, nuestro jardinero, que no tocara nada allí. “Deja que crezca la hierba —le ordenó—. Lo importante es que sobreviva la mayor cantidad de esas posturas”.
Entre junio y septiembre hubo una larga sequía y muchas de aquellas pequeñas plantas murieron. Cada vez que subíamos quedaban menos. Aun así, cuando volvieron las lluvias, habían sobrevivido suficientes. Un 35%, según concluyó Diana después de hacer un exhaustivo inventario. 
El conjunto forma un hermoso caos, el elegido por la naturaleza. No moveremos ni uno solo de esos pinos del lugar donde nació. Tampoco entresacaremos los que están demasiado cerca. Que sean ellos mismos quienes compitan por su espacio y su supervivencia.
Mientras tanto, Diana trata de entender su lenguaje y de aprender de su noción del tiempo, tan distinta a la nuestra. Es su bosque, son sus árboles, es su manera de darle las gracias a esta montaña por toda la felicidad que nos ha permitido sembrar en ella.

9 nov. 2018

El largo tren de árido

Haremos paredes,
levantaremos muros,
escribiremos 
en el cemento fresco
nuestros nombres
y las palabras
que nunca
quisiéramos olvidar.

Construiremos un mundo 
perfecto,
mucho mejor
del que nos prometieron
y del que soñamos
alguna vez.
Todo eso será posible
en algún momento
de nuestras vidas,
o la de nuestros hijos,
o la de nuestros nietos,
o, con demasiada
mala suerte,
la de nuestros biznietos.

Solo debemos tener
paciencia, 
mucha,
muchísima paciencia.
Recuerda, 
primero 
debe 
acabar de pasar 
el largo tren de árido.