26 ene 2021

LÁZARO HORTA, el último piano man cubano


A mediados de los años 80, Alfredo Zaldívar me invitó a colaborar con las Ediciones Vigía. Aquel viaje a Matanzas acabó cambiando mi vida y hasta mi manera de escribir. El día que Zaldívar me llevó a conocer su ciudad, me presentó a Lázaro Horta entre sus monumentos.
Me deslumbró su manera de tocar y cantar. Entonces no había (ahora menos) nada parecido en la música cubana. Nos encontramos muchos años después, una noche en que leí poemas junto a Carlos Pintado en una librería de Miami. Lázaro tuvo la gentileza de ponerle música y grandes canciones a aquel encuentro.
Estas preguntas y respuestas solo son u extracto de las conversaciones que solemos tener cada vez que nos encontramos o nos ponemos a chatear en las redes sociales. Gracias a ellas podemos compartir lo que siempre se queda entre nosotros.

 

Hace un rato publicaste en Facebook una foto de un Lázaro Horta jovencísimo. ¿Cuál era el mayor sueño de aquel muchacho de provincia, como quién quería ser, hasta dónde quería llegar?

Hay una estrofa de una canción que compuse hace relativamente poco que responde a esta pregunta. En “Soy un artista local” admito que “Me están saliendo arrugas/ se me está cayendo el pelo/ y me miro en el espejo/ y no puedo reconocer/ a aquel joven que soñaba/ con ser rico y tener fama/ o parecerme a los artistas/ que de niño yo admiraba...”.

Creo que, como todos, artistas o no, perseguimos el deseo de triunfar y ser reconocidos por lo que hacemos. Eso duró en mí hasta que decidí marcharme de Cuba. En Estados Unidos tuve que poner los pies en la tierra y reservar esos sueños de grandeza para la imaginación.

 

Llevas a Cuba contigo. El día que entré a tu casa en Miami, volví a un lugar de Matanzas que me era demasiado familiar. ¿Qué te hizo emigrar, cómo has podido seguir viviendo dentro de tu mundo y haciendo exactamente lo que hacías en Cuba?

El exilio puso en su verdadero contexto la realidad del artista que he pretendido ser y me ha llevado a esforzarme mucho más, haciendo las concesiones necesarias (las que menos daño me causarían) para no terminar trabajando en Walmart. Siempre digo, medio en broma y medio en serio, que he cantado más “Lágrimas negras” que Matamoros. 

No porque halla nada malo en ello, sino porque es difícil mantener la profesión y vivir de ella haciendo una obra ajena a “lo popular”. Eso me ha llevado en un momento dado a complacer y a contentarme con ello. He logrado monetizar mi arte y mantener un status de artista local exitoso desde todos los puntos de vista.

Poco a poco, he logrado ir introduciendo mi obra entre las canciones que todos piden. Así que, terminando de responder a tu pregunta, estoy donde quiero estar y absolutamente realizado, gracias a Dios y a mi determinación de no tener un plan B y no dejar para luego mi verdadero propósito en esta vida que es la música.

 

Aunque la mayoría de las veces te limitas a compartir canciones y abrazos en las redes sociales, hace poco te involucraste en varias discusiones políticas. ¿Qué te empujó a reaccionar de esa manera, qué piensa Lázaro Horta de la Cuba actual?

No soy político, pero tengo una opinión ciudadana y, desde que vivo en Estados Unidos, el derecho a ejercerla sin que tenga que arrepentirme o temer por ello. La libertad lleva intrínseca el respeto a quien difiere de ti y convivir con eso es difícil, pero absolutamente imprescindible. 

En Cuba el miedo a opinar con cierta libertad me paralizaba. Mis opiniones pasaban siempre por la autocensura. A lo que más llegué a atreverme fue a cantar alguna que otra canción con un modesto tono contestatario. Aún así, no faltaron las advertencias y las citas del compañero que me atendía. 

Porque yo, como la inmensa mayoría de los creadores cubanos, llegué a tener un agente asignado. En Estados Unidos voté por primera vez en mi vida. Cuando empecé a debatir con los amigos sobre política, lo hacíamos con un absoluto respeto hacia la opinión del otro. 

Hasta este año 2020, en que todo se polarizó y no se escatimaron ofensas para insultar y denigrar al que pensaba diferente. Se discutió y se vociferó tanto, que todavía no se ha logrado superar. Las secuelas permanecen y la burla y el escarnio aún están vigentes. 

Del otro lado, Cuba está totalmente hundida en un sueño paralizante que dura ya más de 60 años. Tengo sentimientos cíclicos. Por momentos me pongo eufórico, me lleno de esperanzas. Cuando la visita de Obama, creía que se podía llegar a producir un cambio de mentalidad (que va a ser lo más difícil de lograr). 

Por un momento pensé que los cubanos nos sentaríamos a debatir sobre nuestro futuro con más libertades. Pero se empezó a desvanecer en cuanto Obama terminó el discurso, en el mismo lobby del teatro, donde ya estaba montado el acto de repudio oficialista a sus palabras. La foto de Raúl tratando de levantarle el brazo y él haciendo lo imposible por bajarlo, lo resume todo. Alas caídas. 

Con el movimiento de los jóvenes de San Isidro se encendió nuevamente en mí una pequeña llama de esperanza, pero otra vez las autoridades cubanas reaccionaron de la manera en la que nos tienen acostumbrados. Siempre se las arreglan para silenciar y desprestigiar al que no está de acuerdo o disiente.

En fin, el mal. Empezaremos a construir la Cuba que nos merecemos los cubanos el día que se rectifique una excluyente, totalitaria y horrible frase. Cuando las calles dejen de ser de los “revolucionarios” y sean de todos los cubanos, sin excepción, volveré a tener esperanza.

 

La semana pasada me hiciste llegar unas grabaciones bellísimas que estás haciendo en tu propia casa, revindicando una manera de cantar y un repertorio muchas veces olvidado (y negado). ¿Acaso te han propuesto construir tu propia arca sonora a sabiendas de que eres el último piano man cubano?

Lo de “el último piano man cubano” me parece un abrazo desmedido de tu parte. Hace poco le comentana a nuestra Marta Valdés que en la historia de la música cubana aún falta un estudio serio del piano bar, con la justa separación entre el pianista de covers instrumentales, el pianista acompañante y el pianista que toca el piano y canta, que es al que yo me parezco más. 

Le hice una lista grande (que no voy a mencionar aquí, porque de seguro tiene omisiones imperdonables). He grabado mucho en los 24 años que llevo fuera de Cuba. Mi pequeño Home Studio me ha servido para consolidar aún más el repertorio que he defendido por años y para elevar mi autoestima como intérprete (que en ocasiones tengo un poco baja). 

Grabar al Bola, a María Grever o a Sindo me proporciona una estabilidad emocional que aprecio y agradezco. Todo esto está respaldado por un absoluto convencimiento de que el dinero no va a dar de manera inmediata (al menos que suceda un milagro en el consumo de la música actual que no espero ni creo que ocurra). 

Lo dejo como herencia, incluso una herencia directa a mis hijos y para algunos amigos que aún me creen y que me han insistido en que grabé al piano man que soy sin mucha producción. Últimamente le he dedicado más tiempo a mis canciones, pues por lo general siempre me gustan más la de los demás compositores y siendo justo, creo que están quedando bonitas.

 

Ahora mismo en tu foto de perfil hay un hombre de 60 años. ¿Quién ese señor, cómo llegó hasta ahí, qué le hace feliz, cómo se realiza?

Cuando decidí macharme al exilio, en 1998, ya empezaba a tener una carrera con ciertos indicios de éxito en Cuba. Recuerdo mi primera audición en un restaurante de Miami, apenas quince días de haber llegado. El dueño me señaló el lugar donde poner mi piano y comencé a cantar por unos 45 minutos.

Canté lo mejor de mi repertorio y el señor escuchó inamovible. Al final se me acercó y, con voz firme, me dijo que no le gustaba lo que había cantado y que no podía contratarme. Salí del lugar dándole patadas a mi autoestima. Llamé a un amigo para contarle el desastre. “¿Qué cantaste, Lazarito?”, me preguntó.

“Lo de siempre —le respondí— ‘El colibrí y la flor’, ‘Ausencia’...”. “Estás embarcao —oí del otro lado—. Tienes que adaptar tu repertorio a las canciones que gustan de este lado, apréndete alguna de Enrique Iglesias, monta las que más gusten y que menos daño te hagan”.

No llegué a montar nada del hijo de Julio, pero presté atención a sus consejos y aunque me costó asimilar lo que sugería, empecé a cantar un repertorio más internacional. Me daba pánico acabar trabajando en una gasolinera. Al final he logrado vivir de lo mejor que sé hacer fuera de mi natural contexto que es Cuba. 

Mi trasplante requirió de mucha voluntad, de mucha capacidad de adaptación al cambio y, por supuesto, me produjo un desgarramiento espiritual. Eso es inevitable. En 2016, estuve a punto de realizar un sueño que era el de volver a cantar en Cuba acompañado por la Orquesta Sinfónica de Matanzas. 

Todo estaba listo, incluso llegamos a ensayar. Pero las autoridades cubanas al final alegaron que para poder cantar necesitaba una “visa cultural”. “Pero este es mi país, esta es mi ciudad natal —alegué—, ¿cómo voy a tener que pedir visa para cantar en el lugar de donde soy”.

“Señor, yo no he venido a discutir nada con usted —me respondió el funcionario—, solo he venido a exigirle que cumpla con la ley establecida”. “Pues no se diga más, el concierto está suspendido”, terminé diciendo. Hubo un duelo entre muchos amigos que no entendieron. 

Mi duelo dura hasta hoy, porque ese día fue cuando de verdad me fui de Cuba.

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