9 mar 2020

ANTONIO JOSÉ PONTE: “Ante Fermín Gabor se abría un panorama de mierda”

Foto: © Juan Carlos Herrera.
En el verano de 2019, de paso por Madrid, por fin me reencontré con Antonio José Ponte. Hacía 20 años que no nos veíamos. Diana y yo queríamos invitarlo a un restaurante que nos gusta mucho. Pero él puso las condiciones: además de invitar (puesto que estábamos en su reino), elegía el sitio.
“Los espero en El Imparcial —me escribió por WhatsApp—, junto a Eufrates del Valle”. Cuando llegamos a la Calle del Duque Alba 4, estaba por terminar una copa de cava. Justo después de los abrazos y los besos, me dio la noticia de la publicación de La lengua suelta seguido del diccionario. 
Ponte y yo pedimos pulpo a la brasa, Diana prefirió un lenguado. Ellos compartieron una botella de albariño. Yo, unas cervezas que me ayudaran a lidiar con la ola de calor que azotaba a la península. Aunque la conversación rodó por diferentes caminos, Fermín Gabor fue siempre su eje.
La idea de esta entrevista surgió allí mismo y quedamos en hacerla cuando saliera el libro. Recuerdo el día que conocí a Ponte. Fue en La Gaveta, el habitáculo de Bladimir Zamora en La Habana Vieja. Tocó para dejar un libro, saludó y se fue. “Ese es el escritor más importante de tu generación”, me dijo Bladi.
Yo también lo creo y no solo por su obra, también por su responsabilidad. primero puse la palabra compromiso, pero la borré. Él detestaría que lo asocie con un término demasiado manoseado por los que él con tanto afán desenmascara y adversa. 
Esta es la segunda entrevista suya que publico en El FogoneroCreo que pronto tendré la excusa perfecta para la tercera.

Fermín Gabor me recuerda a don Diego de la Vega, el aristócrata californiano que se vio forzado a ponerse un antifaz para poder hacer justicia. Conocemos desde niños las razones que tuvo El Zorro, ¿conoces tú las de tu lapidario asociado? 
Se sobreentienden las razones defensivas para trabajar de modo encubierto. Está el peligro de denunciar vacas sagradas y, en general, el peligro de hacer sátira política. Aunque existen otras razones, menos evidentes y no menos principales, para recurrir al antifaz de El Zorro. Son razones de construcción literaria. Como la de enmascararse para ensayar entonaciones distintas a las del resto del trabajo literario que uno hace.
Esquinarse detrás de un seudónimo permite libertades que el nombre propio dificultaría. La creación de un seudónimo es llevar un poco más lejos el empeño de cualquier narrador, ¿no? Lo primero que hacemos al sentarnos a escribir es hacernos una imagen de ese que lo contará todo, del narrador. Y, al fin y al cabo, un seudónimo es la exageración de un narrador. 
Sirve, además, como delantal de matarife o guante de cirujano, de cobertura para que la sangre o la mierda no salpique. Y no hay dudas de que ante Fermín Gabor se abría un panorama de mierda. 

En una de las primeras reacciones que provocó la columna en La Habana Elegante, donde La lengua suelta se publicó originalmente, compararon a Gabor con Leopoldo Ávila. Además de que son dos de los más célebres seudónimos de la literatura cubana, ¿tienen algún otro parecido? Para ti, en cambio, ¿qué los diferencia? 
Leopoldo Ávila publicó sus textos en Verde Olivo y Fermín Gabor en La Habana Elegante (la de Francisco Morán, no la de Enrique Hernández Miyares). A ambos seudónimos los diferencia todo lo que diferencia a Verde Olivo de La Habana Elegante. Ávila contribuyó a formar el Caso Padilla, Gabor no dio lugar a caso alguno. No tuvo ejército, policía política ni instituciones detrás.
En cuanto al parecido entre ambos, quien mejor podría responder acerca de esto sería Arturo Arango, quien los juntó en las páginas de La Gaceta de Cuba. La comparación era descabellada y él lo sabría, pero la necesitó para pelear contra Gabor y se valió del Gran Coco de los niños escritores cubanos: Luis Pavón o Leopoldo Ávila. 
Arango terminaba su artículo concediendo que los seudónimos (los llamó anónimos, con una imprecisión interesada) no deberían ser perseguidos. Lo cual revela quiénes eran los perseguidores, incluido el propio Arturo Arango.

En una entrevista con Susana Camagüey en Diario de Cuba, das fe de que en 10 años ni siquiera tú has tenido noticias de Fermín. ¿Cómo funcionó la asociación lapidaria? ¿Qué te hizo asumir, ya sin antifaz, la responsabilidad darle continuidad a La lengua suelta, revisándola y completándola con un diccionario? 
Vi a Billie Holiday cantar delante de mí, no en un sueño, sino en un teatro neoyorquino. Estaba muerta desde hacía décadas y era una resurrección por holograma. Bastante kitsch, pero de niño leí El castillo de los Cárpatos, novela menor de Verne que cuenta la resurrección por medios técnicos de una gran diva operática, y mi fascinación por la novela de Verne y también por Billie Holiday me hicieron entrar en aquella experiencia. 
Ahora mismo, por los alrededores de casa, unos carteles anuncian la presentación de Maria Callas, en holograma y con orquesta en vivo, en un auditorio de Madrid.
Escribirle a Fermín Gabor un diccionario que funcionara como dramatis personae de La lengua suelta fue como hacerlo cantar otra vez, en holograma. 

El único espacio democrático que ha existido en Cuba en los últimos 61 años ha sido intangible. El acceso a internet, el llamado “paquete”, los blogs y las redes sociales han generado una contraparte al largo y avasallador monólogo del régimen. ¿Esa es la razón por la que le has pedido prestado el antifaz a tu asociado para compartir contenidos en Facebook?
Escribí el Diccionario de la lengua suelta y lo junté a las 60 entregas de La lengua suelta de Fermín Gabor y salió un grueso volumen, de más de 700 páginas. Y cuando los de la editorial me hablaron de estrategias de venta tuve que reconocer que los lectores cubanos, únicos interesados en este repertorio de barrabasadas y ridiculeces de creadores cubanos, no estarían al alcance de una presentación en Madrid. 
Entonces acordamos que desplegaría lengua y diccionario en Facebook, no únicamente por los posibles interesados dentro de Cuba, sino por los de todo el ancho mundo. Y me alegra ir encontrando de este modo lectores para esos textos. Y la alegría es mayor cuando son leídos desde Cuba.

Conozco a muchos artistas que reconocen en privado que en Cuba hay una dictadura, pero insisten en no opinar de política y aseguran que todo lo que tienen que decir lo dicen a través de su obra. Tú, en cambio, has puesto a la política en el centro de tu trabajo escritor. ¿Qué opinión te merece la actitud de aquellos, por qué asumiste la tuya?
Bien, que sigan alegorizando, pero que no me cuenten como lector para sus alegorías. Detesto las alegorías y mucho creador cubano las ve como salida para deslizar sus mensajes en clave. Levantan toda una construcción (casi siempre con pésimos materiales) para decir nimiedades o perogrulladas. 
Creo que el doble sentido de El Guayabero puede ser más enigmático. Y no es que no comprenda los peligros de hacer de la política literatura. Claro que ciertas opiniones pueden acarrear consecuencias indeseadas y que se hace difícil el trabajo. La política (más aun la política en un régimen totalitario) vicia el lenguaje de tal modo que se avanza entre miasmas. Escribir se hace extenuante, uno pierde el resuello. 
Dicho esto, no abogo por ningún tipo de literatura ni extiendo receta propia a nadie. Y puede que sí me gusten algunas alegorías, pero aquellas cuyo sentido no termino de entender. 
Julien Gracq, por ejemplo. 
Onoloria, de Miguel Collazo.

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