30 ago 2021

Serafín


(fragmento de la novela Atlántida)

Siempre que veo pasar un Dodge azul por el crucero, aguanto la respiración hasta que llega a la carreterita. Si sigue en dirección a San Fernando, respiro decepcionado. Pero si dobla y empieza a acercarse, salgo corriendo para el andén y me las arreglo para recuperar el aliento en la carrera.
Atlántida se pone de mal humor cada vez que eso sucede. Aunque no me gusta hacerla sentir mal, no puedo contener la alegría. Serafín es muy alto y camina dando largas zancadas. Por eso corro lo más rápido que puedo, para llegar a él antes de que baje del Dodge azul.
—¡Pipooooooo! —Le oigo gritar.
—¡Papiiiiiii! —Le respondo.
Entonces meto el cuerpo por la ventana del carro y abrazo su cabeza. Desde su panóptico, Atlántida nos vigila. Serafín dedica los próximos minutos a ver cuánto he cambiado y a corregirme. Reconoce que estoy más grande, pero me dice que si sigo a ese paso me voy a quedar chiquito como los Yero.
Con sus dos manos, me empuja los hombros hacia atrás y me pide que me enderece, que todos los hombres de su familia caminan derecho y dando pasos grandes, que los Yero son los que caminan dando pasitos cortos. Revisa mis manos y comprueba que tengo las palmas grandes. Pone cara de alivio.
—En las vacaciones te voy a llevar a La Habana para que los Venegas vean cuánto has crecido —me dice—. ¿Te acuerdas de tus tíos, verdad, de Paulino, de Monga, de Sixta, de Cipriano...? Tu primo Lazarito está loco por verte… Pero tienes que bajarte de la guagua derechito.
—¿Y por qué no vamos en tren?
—¿No te parecen suficientes los que tienes aquí, en este San Nicolás del Peladero? —me pregunta—. Ya hay una guagua que sale directo de Manicaragua para La Habana, no para ni en Santa Clara. Una Hino nuevecita, de esas que le dicen Colmillo Blanco. Voy a reservar los dos primeros asientos para que vayas mirando la nueva autopista.
Me abraza y me besa otra vez. Los abrazos de Serafín duelen, pero como lo veo una vez cada dos o tres meses llego a extrañarlos mucho. Me dice que abra el maletero del Dodge azul y empieza a reírse. Eso quiere decir que me trae una sorpresa. A Serafín le encanta traerme sorpresas.
Es un pescado enorme, tuvo que doblarlo para que cupiera. Dice que lo pescó anoche en Casilda. Tiene un hoyo en el lomo. Serafín pesca con arpón, como el capitán Ajab. Pero a diferencia del ballenero, que persigue a sus presas en un barco, Serafín lo hace nadando por debajo del agua.
—Vamos a decirle a tu abuelo que la pese —dice orgulloso—, esa cubera debe pasar de las 100 libras.
También me trajo un saco de malanga amarilla y una pinta de helado de chocolate de la fábrica de Cumanayagua. A mi abuela les trajo cinco libras de café del Escambray y a mi abuelo una botella de ron. Levantó la cubera con un solo brazo y me hizo una señal para que cerrara el maletero y lo siguiera.
Antes, me senté en el asiento de chofer y me empiné para poder ver por el espejo. Aunque ya Serafín está caminando por el andén, su olor sigue dentro del Dodge azul. Ramón, el esposo de Natividad, pasó a caballo y lo saludé como si en verdad nos estuviéramos cruzando y yo fuera a toda velocidad.
En efecto, la cubera pesa 102 libras. Serafín se quitó la camisa para limpiarla y cortarla en ruedas. Aurelio le fue a brindar un trago del ron que le trajo, pero Atlántida le dijo que no con la cabeza. Mi abuelo insistió y mi abuela hizo el gesto que hace cuando alguien la contradice y acaba por no hacerle caso.
Aurelio también se sirvió un trago para él y eso hizo que Atlántida se llevara las manos a la cabeza y se halara los pelos. Mi abuelo levantó el dedo índice, queriéndole decir que solo se beberían un trago. Mi abuela, de muy mal humor, le dio la espalda y se fue diciendo que no con la cabeza.
Aurelio y Serafín chocaron sus vasos, se miraron a los ojos, y de un solo golpe se tragaron todo el ron. “¡Aaahhh!”, dijeron los dos a la vez. Entonces mi padre empezó a contarnos cómo pescó la cubera. Dice que por poco tiene que soltarla con escopeta y todo, porque tenía más fuerza que un buey.
—En las vacaciones voy a llevarlo a Casilda a pescar —dijo mientras me empujaba los hombros hacia atrás con sus dos manos—. ¡Enderézate!
Serafín me pidió que le buscara un jabón de calabaza y se fue hasta el pozo. Se enjabonó completo de la cintura para arriba. Luego yo le fui bombeando el agua hasta que logró enjuagarse. Escondido de Atlántida, Aurelio había logrado servir otros dos tragos de ron.
—¡Aaahhh! –volvieron a decir los dos a la vez.
Para darle un último abrazo, metí el cuerpo por la ventana del carro y me abraqué a su cabeza. Entonces sentí el olor de Lérida. Es raro, porque mami no se ha vuelto a subir en el Dodge azul. Ni siquiera tengo recuerdos de ella viajando en él. Cuando saqué la cabeza descubrí que Basilia se acercaba.
—Yo no sabía que en el Paradero de Camarones había mujeres tan lindas —le dijo Serafín. 
—¿Él es tú papá? —me preguntó ella.
Solo atiné a decirle que sí con la cabeza. Las orejas me ardían y las piernas estaban a punto de doblárseme.
—¿Quieres que te lleve?
—¿Adónde?
—A donde quieras ir.
—¿Y tú, cuando crezcas vas a ser como él? —me preguntó y se alejó riéndose, sin esperar mi respuesta.
El Dodge azul giró a toda prisa para alcanzar a Basilia. Se detuvo por un momento junto a ella. Luego mi padre sacó el brazo y le dijo adiós, ella levantó el suyo y también lo hizo. Desde la punta del andén, yo los imité. Oí un último grito de Serafín desde el crucero.
—¡Pipooooooo!
—¿Qué hablaron tu papá y esa mujercita? —me preguntó Atlántida cuando volví a la casa.
—Nada.
—Yo la vi desde aquí desmollejada de la risa.
—En serio, mamá, no hablaron nada.
—Ve y lávate las manos que ya vamos a almorzar.
Cogí el jabón de calabaza y me fui hasta el pozo. Me enjaboné completo de la cintura para arriba. Luego me paré derecho y empecé a caminar por todo el patio dando largas zancadas. Pero me cayó jabón en los ojos y tuve que regresar corriendo a enjuagarme.
—¿Quieres que te lleve? —le pregunté a la bomba del pozo.

29 ago 2021

¿Quién es Basilia?

Siempre que pienso en Basilia me imagino a esta muchacha, 
que fue retratada por el fotorreportero norteamericano 
Lee Lockwood en la Cuba de los años 60. 

Varios amigos del Paradero de Camarones, que conocieron tan bien como yo a todos los personajes de la novela Atlántida, me han preguntado quién es Basilia. Ella y Andrés el Ruso son los dos únicos personajes que no son reales en la historia, aunque sus nombres se los debo a dos hermanos que sí existieron.
Andrés vivía en un extremo del pueblo y su madre en el otro. Todas las tardes atravesaban el Paradero de Camarones caminando sobre los travesaños de la línea. Al pasar frente a la estación, saludaba a mi abuelo de la manera en que lo hace el personaje que lleva su nombre al principio de la novela.
Era altísimo (no sé si aún vive) y tenía el pelo rojo. Apenas hablaba, parecía alguien que había venido de otra parte. Hasta ahí llega lo de real que hay en él. Todo lo demás es ficción. Su hermana Basilia, extrovertida y alegre, me regaló su nombre y su carácter. Solo eso.
Del maestro Gustavo Molina lo único que es ficción es su relación con Basilia (que espero que Gladys me perdone). No le cambié el nombre porque quiero hacerle un homenaje a todo lo que nos enseñó el hombre real, a los esfuerzos que hacía por convertir aquella pequeña escuelita rural en una enorme puerta por la que uno salía cada mañana a conocer el mundo.
El resto de los personajes son reales y la mayoría de las situaciones ocurrieron o pudieron ocurrir. La novela empieza en enero de 1978 y se acaba en diciembre de ese año. Siempre me ha costado mucho trabajo escribir algo que no empiece y se acabe en la misma página, por eso está hecha de pequeñas viñetas que pueden leerse de manera independiente.
Son doce capítulos, uno por mes. Elegí esa estructura porque me permite contar, además de la evolución de la trama, los cambios que producen cada época del año en el pueblo. No teníamos estaciones. Le llamábamos zafra a lo que en otros países es el otoño y el invierno, tiempo muerto a la primavera y vacaciones al verano.
Aunque siempre digo que es una novela, no la he escrito con esa intención. Mi verdadero propósito es poder entrar y salir de mi lugar en el mundo cuando todavía todo estaba intacto. En esas páginas cada cosa está a salvo de la muerte y la destrucción. Aunque al final no pueda evitar que todo empiece a derrumbarse.
Por eso Basilia no podía ser real, porque ella tiene que contar la verdad sin que nadie tenga que pagar por las consecuencias que eso siempre trae.

26 ago 2021

Terranova


(Fragmento de la novela Atlántida) 

La clase de geografía estuvo dedicada a las islas. Curiosamente, el maestro Gustavo apenas habló de Cuba. Extendió el planisferio y lo recorrió casi completo con el puntero. Empezó por la más grande de todas, Groenlandia, y luego se fue hasta el archipiélago malayo para señalar a Nueva Guinea.
Cada nuevo nombre, provocaba una exclamación de Tito Migollo, Venancio y Pablo Ortiz, los más grandes del aula, quienes han estado repitiendo cursos desde el segundo grado. El maestro Gustavo siempre les dice que debería darles vergüenza andar todavía con una pañoleta.
—Ya todos los de su edad usan corbatas en las escuelas de Yaguaramas —les recuerda.
Borneo, Madagascar, Baffin, Sumatra, Honshu… Todas esas islas son mucho más grandes que Cuba. Aunque, según el maestro, tampoco somos un país tan pequeño. Bélgica es más chiquita que la provincia de Oriente y los búlgaros tiene cuatro mil kilómetros cuadrados menos que nosotros.
En el planisferio, Groenlandia aparece aún más grande de lo que es, porque al llevar su territorio a una forma plana se deforma. Por eso el maestro nos la enseñó en la esfera, donde está representada correctamente. Tito Migollo dijo algo que solo escucharon los de más atrás. 
Gustavo esperó a que dejaran de reírse y lo llamó para que se parara al frente del aula. Tito caminó muy despacio, como si no quisiera llegar nunca. Cuando el maestro lo tuvo delante, le pegó con el puntero por la cintura y le dijo que se metiera la camisa por dentro del pantalón.
—¡Aaayyy! —gritaron Venancio y Pablo Ortiz, mientras Tito se doblaba del dolor.
—A ver, Migollo —dijo el maestro extendiéndole el puntero—, señale a Groenlandia en el mapa.
—¿Groe… qué? —preguntó Tito mientras toda el aula reía a carcajadas.
—Groenladia, Migollo, Groenlandia.
Tito empezó a mirarnos con una señal de auxilio en los ojos. Ahora que está delante de todos, con casi seis pies y todavía con el uniforme de pionero, de verdad que da risa. Él es de la edad de Juani y José Luis, los hijos de Talín y Mercedita, que ya están terminando la secundaria en Yaguaramas.
Al final Tito se quedó mirando fijamente a Marita. Sabía que ella, de alguna manera, lo ayudaría. Le abría los ojos y le hacía muecas, pero el maestro estaba muy atento para que nadie lo ayudara. Justo en ese momento tan tenso, Basilia se paró en la puerta del aula.
Marita aprovechó que el maestro saludó a la recién llegada para señalarle a Tito, con la boca y sin cambiar la expresión de su rostro, hacia el norte del océano Atlántico. Como la mano le temblaba, el puntero sobrevoló Groenlandia y acabó aterrizando en otro territorio.
—Esa isla no es Groenlandia, Migollo —dijo el maestro riéndose— esa isla se llama Terranova.
Todos empezamos a reírnos y Tito se puso rojo, las orejas le ardían. Basilia le hizo una mueca a Gustavo, tratando de decirle algo que el maestro no entendía. Ella insistió y él se encogió de hombros. Le hizo un gesto con la mano, pidiéndole que saliera un momento, pero le siguió diciendo que no con la cabeza.
—Por cierto, Migollo —el maestro se dirigió a Tito sin quitarle la vista de encima a Basilia— aquí tenemos a una persona que ha estado en Terranova, quizás nos pueda decir cómo es esa isla de Canadá.
Basilia bajó la cabeza, como si eso que acababan de decir le diera mucha vergüenza. Todos nos quedamos esperando a que respondiera, pero ella lo único que hizo fue hundir sus dos manos en los bolsillos del pitusa. Los ruidos de un tren de carga rompieron el largo silencio que se produjo en ese momento. 
—Los aviones de Cubana cuando vuelven del campo socialista hacen escala en Gander, una pequeña y apartada ciudad de Terranova —dijo Gustavo mirando fijamente a Basilia—. ¿Podría usted contarles a mis alumnos las horas que vivió allí?
El maestro ya no parecía estar molesto con Tito Migollo sino con Basilia, que seguía con la cabeza baja. En un momento en que parecía estarse asfixiando, Basilia tomó mucho aire y lo contuvo en los pulmones. Luego lo fue soltando lentamente, igual que hace cuando está fumando.
—¿Les hago el cuento largo o el cortico? —dijo cuando por fin levantó la cabeza.
Ahora fue Gustavo el que bajó la cabeza. Aunque ninguno de nosotros entendió lo que querían decirse, también nos sentimos apenados y la mayoría bajó la cabeza. Por suerte sonó el timbre y todos saltamos de los pupitres para salir de aquella difícil situación.
Camino de la puerta, me acerqué al planisferio y busqué a Terranova. Gander no aparecía. Eso quiere decir que es más pequeña que Santa Clara, Camagüey y Santiago, las tres ciudades de Cuba que están señaladas además de La Habana. Ya en la casa, busqué en el aparador la vieja caja de mapas. 
Vino con las cosas de Nellina, la hermana de Atlántida que vivía en La Habana. Todos están perfectamente doblados y organizados. Aurelio dice que esos mapas son un tesoro y, aunque me dejan verlos, tengo que hacerlo encima de la mesa de cristal. “Uno a uno —cuando me ve con ellos—, uno a uno”. 
Además de dos de Cuba, uno de Texaco y otro de Esso, hay más de 50 de Norteamérica. Por fin encontré uno donde aparece Terranova. Está separada de la península delLabrador por el estrecho de Belle Isle. En el mar, junto a la capital, hay dibujado un bacalao. Eso quiere decir que su pesca es importante allí.
En una pequeña descripción que hay en uno de los bordes del mapa, dice que Terranova es el lugar donde hay más niebla en el mundo. Gander aparece, pero con el nombre chiquitico. Entonces me imagino a Basilia envuelta en aquella neblina, como me la he imaginado en Berlín cada vez que veo a esa ciudad en una película de guerra. 
Al otro día el maestro Gustavo me regañó. Estaba explicando una ecuación en la clase de matemáticas y se dio cuenta de que yo no estaba mirando para la pizarra. Como el planisferio se había quedado desenrollado, tenía la vista fija en el norte del océano Atlántico. 
Buscaba a Terranova y, dentro de ella, el punto exacto donde debería de estar Gander envuelta en neblina.

20 ago 2021

Tenemos que seguir empujando


Miguel Díaz-Canel reconoció recientemente que sus enemigos atacan desde las redes sociales las 24 horas de los 7 días de la semana. Me sentí humildemente halagado al saber que cada post y cada palabra cuenta. No solo se les hace imposible ignorarnos, sino que reconocen públicamente su temor. 
Por eso, en la medida de mis posibilidades de tiempo (tengo que trabajar para vivir, no soy como esos parásitos barrigones que siempre rodean y sostienen al dictador), cada vez que pueda vendré a las redes sociales para unirme a los cubanos libres y manifestarme contra el régimen.
Ya se han dado cuenta de que nosotros somos más y que ellos son cada vez menos. Ya han admitido que en Cuba hay una lucha de lo nuevo contra lo viejo, de la libertad contra la opresión, de la vida contra la muerte.
Omar Santana lo ha ilustrado muy bien, tenemos que seguir empujando. No podemos dejar de insistir una y otra vez: #SOSCuba #AbajoLaDictadura #DiazCanelSingao #PatriaYVida #VivaCubaLibre

18 ago 2021

Mi libertad


Hace 21 años decidí ser un hombre libre. Eso lo supe después, no en el momento en que lo hacía. Cuando entendí realmente en qué consistía la libertad, sentí que empezaba a vivir dentro de otro cuerpo. Nada ni nadie va a impedir que lo siga siendo. 
Mi Cuba no queda en el golfo de México, sino en el pasado y en el futuro. Por eso cuando me refiero al presente de mi país, la primera palabra que me viene a la cabeza es dictadura. Si eso te molesta, es que no puedes tolerar que yo sea libre. No hay nada que hacer.
Arriba, junto a mi nombre, hay una ventanita que te permite borrarme y no tener que ver a diario mi desprecio hacia tus opresores (porque, aunque seas incapaz de admitirlo, vives encerrado en una irrespirable jaula). Siempre lo voy a sentir, pero mi libertad y —sobre todo— la de los cada vez más cubanos que quieren sentirse como yo, está por encima de todo. 
Aunque somos amigos desde hace casi 40 años, hoy me siento mucho más cerca de esos jóvenes que unos viejos pánicos de Holguín dicen querer emparejar a palos. Esos muchachos (muchos de ellos menores de edad) han tenido el valor que a nosotros siempre nos faltó. Ellos son lo único que queda de nuestro país. 
En la Cuba del futuro, si es que la llegamos a ver, mi libertad siempre estará dispuesta a abrazar la tuya.

10 ago 2021

Canchanfleta

Ayer descubrí un nuevo cubanismo. Pregunté, en un foro de ferroviarios, qué sobrenombre le habían puesto a los cochemotores CB-10, un rústico y obsoleto artefacto ruso que llegó a la isla en 2013. Primero se dedicaron a enumerar sus deficiencias.
Los que viajan en ellos a diario llegan destrozados a su destino por los duros golpes de su pésima amortiguación. Su motor, que es el mismo de los camiones KrAZ (conocidos en la isla como KP3), hace un ruido que ensordece hasta los de la última fila.
“Por eso les pusieron Canchanfletas”, dijo alguien al final. Cuando el libro Mea Cuba cayó en mis manos (me lo trajo Bladimir Zamora de Madrid pocos días después de su lanzamiento), me llamó la atención lo desactualizado que estaba Guillermo Cabrera Infante de la jerga cubana.
Aunque nadie como él ha sabido escribir en cubano, su vocabulario se había quedado detenido en los primeros años de la década del 60. La palabra canchanfleta me aterró. Mis cubanismos son de los años 90. Al haberme perdido los últimos 21 años de mi país, hablo como un cubano del siglo pasado.
No conocí los CB-10. Son uno de los tantos tarecos que pululan en el ferrocarril cubano actual. No he tenido el (dis)gusto de viajar en ellos. Pero lo que más me preocupaba era que su nombrete resultaba incomprensible para mí. Buscando en Google, di con el reggaeton “Canchanfleta” de Julio Moré.
No fue hasta entonces que descubrí lo que significa de verdad este nuevo cubanismo. Es sinónimo de algo de pésima calidad o del alguien que no sirve para nada. Desde que descubrí la palabra no paro de nombrar cosas con ella. Ya tengo cómo llamar a unos zapatos muy incómodos y al dictador Miguel Díaz-Canel. 
Ambos no son más que canchanfletas.

6 ago 2021

Los sabuesos asesinos de Cuba


El Cuban hounds, también conocido como Mastín cubano es una raza extinta de perro de tipo Bullmastiff que se desarrolló en la isla para auxiliar a los rancheadores en la captura de cimarrones (indios y negros esclavos que escapaban al monte).
Tenían un tamaño medio, entre el Bulldogs y el Mastín inglés. Eran tan eficaces en la persecución de fugitivos, que fueron exportados al sur de los Estados Unidos. Tras la abolición de la esclavitud, la raza desapareció.
En la segunda mitad del siglo XX se creó otra raza de perros cubanos también con el fin de perseguir y que es conocida popularmente como Boinas Negras. Confío en que pronto podamos celebrar su extinción.

4 ago 2021

Mi brújula


Los cienfuegueros se orientan por el mar. Cuando descubrí eso me resultó incomprensible. Él niño que fui creció rodeado de cañaverales. Las torres de los ingenios eran mis faros. Las líneas de ferrocarril, mi costa, el punto de referencia ante cualquier pérdida.
Cuando llegué a La Habana, comprobé que el mar era también el principio o el final de toda referencia. Yo, en cambio, seguía fiel a mis instintos. La Estación Central, el crucero de Boyeros (esa barrera que divide al Cerro de Puentes Grandes), la Línea Sur (marcando el camino de regreso a casa)…
Hace unos días, en Chicago, Diana nos convidó a María y a mí a deambular por el Old Town. Después de caminar muchísimas calles, disfrutando de la arquitectura y de esos pequeños negocios cuya belleza y sentido resisten los embates de las grandes e insípidas plaza comerciales, nos perdimos.
Diana trató de averiguar en qué dirección estaba el lago Michigan. Yo, en cambio, busqué las líneas Brown y Purple del metro. “¡Sé dónde estamos!”, dije cuando descubrí la primera estación. Ya en el tren, de regreso al hotel, le di las gracias al niño que buscaba, entre las cañas, las torres de Espartaco, Balboa o Mal Tiempo.
Luego, navegando por el río Chicago, llegamos hasta un viejo puente de ferrocarril que permanece elevado 364 días del año. Lo bajan una sola vez para que pase un solo tren. La ciudad se congrega a su alrededor para aplaudir que aún funcione. 
Yo, de vivir allí, iría para celebrar que uno de mis caminos recupera su continuidad. Los cienfuegueros y los habaneros se orientan por el mar. Ese hecho me ayudó a aceptar mi condición de campesino. Mis puntos de referencia serían incompresibles para ellos.

José Antonio Méndez y Luis Lorente en el Casa Granda


Releyendo el texto dedicado a José Antonio Méndez en Kabiosiles. Los músicos de Cuba, de Ramón Fernández-Larrea, recordé una delirante anécdota con el autor de “Ese sentimiento que se llama amor”. Ocurrió a finales de los años 80, apenas unos meses antes de que una ruta 132 doblara a toda velocidad por la esquina de 23 y M.
El poeta Luis Lorente, ese matancero invencible y habanero imperdible que ha escrito algunos de los mejores poemas de su generación, fue invitado a un evento cultural en Santiago al que también asistió José Antonio Méndez, probablemente el poeta con más feeling que ha tenido Cuba.
A los dos los hospedaron en el Casa Granda, el majestuoso hotel que fue propiedad de los Ferrocarriles Consolidados. Luis hizo el check inn a primera hora de la mañana y supo que le había tocado la misma habitación que José Antonio. “El señor Méndez tiene la llave —le dijo la carpetera—. Él ya subió”.
Encontró la puerta abierta. El ventanal hacia el parque también estaba abierto. La bulla de la ciudad llegaba hasta allá arriba. Las dos camas aún permanecían tendidas. Pero sobre una había un pequeño maletín y el estuche de una guitarra. Luis llamó varias veces: “¡El King! ¡El King! ¡El King!”, pero nadie respondía.
Entonces descubrió dos pies que sobresalían por debajo de la cama del maletín y el estuche. Cuando Luis Lorente se sorprende, abre las dos manos, las lleva a la altura de los hombros y empieza a dar pequeños pasos sin moverse del lugar. Eso hizo.
—¡Coño, José Antonio, ¿qué tú haces metido debajo de cama? —preguntó asombrado.
—Co co cojone, por por por eso yo decía que que que el techo estaba ba ba bajito con pinga —respondió el autor de “La gloria eres tú”, con su inconfundible tartamudeao y varios rones encima.
Poco después, el 10 de junio de 1989, una ruta 132 dobló a toda velocidad la esquina de 23 y M. Un hombre trasnochado que iba pasando la calle con un estuche de guitarra en la mano, no pudo esquivarla. Murió en el acto. Era José Antonio Méndez.

3 ago 2021

La segunda vida de Rosendo Stuart

El día que volví al Paradero de Camarones junto a gente
querida de mi pueblo. A mi lado, Rosendo Stuart.

Hoy fue un día extremo para mí, de esos que uno se queda recordándolos para siempre. Por unas obras que estamos haciendo en la Loma de Thoreau, tuve que subir sin Diana Sarlabous. Eso me hizo perder el sueño a las dos de la mañana. Cada vez que eso ocurre, me pongo a ver cualquier capítulo de “Band of Brothers”.

Al amanecer, traté de entrar en El Fogonero y tenía un aviso de que el blog había sido eliminado. Desde agosto de 2006, en unos días hará 15 años, comparto ahí la mayoría de las cosas que me pasan por la cabeza. La posibilidad de perderlas me provocó una terrible angustia. 

A media tarde, cuando mi mal día parecía empezar a mejorar, la nieta de Yuyo Serralvo me avisó de que había muerto Rosendo Stuart, mi hermano negro, uno de los mejores amigos que he tenido en mi vida. Me di por vencido y violé mi pacto de no beber alcohol entre semana. Semejante dolor llevaba ron.

Pero hace unos minutos la nieta de Paco de la Rosa me acaba de asegurar de que no es Stuart quien murió sino “el del otro banco de Cruces”. Volví a violar el pacto y me serví otro Brugal. Eufórico, puse a Beny Moré a cantar “Santa Isabel de las Lajas”. No exactamente el mismo pueblo, pero es de por allá.

En octubre de 1996, el huracán Lili atravesó mi provincia con vientos de hasta 176 km/h. Era viernes y Stuart, mientras cumplía su horario de jefe de estación, empezó a asegurar puertas y ventanas tanto de la estación como de la casa (es decir, la casa de mi madre).Una ráfaga abrió una puerta y el negro, literalmente, ondeó como una bandera.

“Yo pensé que se lo llevaba”, le gustaba contar a Lérida entre carcajadas. Hoy, ha vuelto a renacer, esta vez, gracias a una falsa noticia. Eso quiere decir que, aún en esta vida, tenemos la posibilidad de volver a sentarnos en el andén de Camarones a beber y reír. Felices de estar vivos para contarlo.

Aunque Lérida no estará entre nosotros, no podremos dejar de recordarla. Negro, te mando el abrazo más grande que soy capaz de dar.

Hoy perdí a mi hermano negro

Una querida amiga de mi pueblo me acaba de dar una tristísima noticia. Rosendo Stuart, el último jefe de estación que tuvo el Paradero de Camarones, falleció víctima del Covid-19. Nos vimos por última vez en septiembre de 2011, cuando llevé a Diana Sarlabous a conocer mi lugar en el mundo.
Al llegar a Cruces, me desvié del camino y empecé a preguntar por él. Quiero que conozcas a un hermano mío que vive en este pueblo, le dije. Se impresionó tanto, que por unos segundos dejó de ser el negro Stuart. Se quedó blanco como un papel… Y empezó a llorar.
Se fue con nosotros para el Paradero y, como hicimos incontables veces, nos sentamos en el andén a bebernos una botella de ron. A él fue la única persona, fuera de la familia, a quien mi madre me insistió que le llevara un regalo. “Aunque su apellido es Stuart —me dijo Lérida— yo lo quiero como a un Yero”.
Gracias a Stuart (ya lo puedo decir), pude jugar a que era un ferroviario de verdad. Muchas veces, cuando mi tío Aldo Yero trabajaba de despachador en Santa Clara, me quedaba solo en la estación dándole las vías a los trenes. Mi madre lo regañaba, pero él corría el riesgo. “Yo confío más en Camilito que en mí”, le decía.
En su casa, me dijo, conservaba muchas de las órdenes de vía y de las hojas del libro donde yo las asentaba. El día que nos reencontramos se las pedí, pero se negó rotundamente. “Ese es el único recuerdo que me queda de aquella época y del ferrocarril”, se excusó. Entonces, él ya laboraba en un banco.
En la gran depresión de los noventa a veces teníamos muy poco que comer. Pero en la mesa siempre se puso el plato de Stuart y compartíamos con él lo que hubiera. Cuando el mixto de Cumanayagua salía del ramal, íbamos en un motor de vía hasta el puente del Guajiro a buscar naranjas.
Un día nos cogió la noche y el motor no tenía luz. Volvimos totalmente a ciegas y a toda velocidad. Cualquier animal o el más mínimo obstáculo nos hubiera descarrilado. Llegamos con tres sacos de naranjas y unas yucas que nos regaló Hugo Lois a nuestro paso por la estación de San Fernando.
Ya a salvo, ron en mano, Stuart cayó en cuenta del peligro que habíamos corrido. “¡Nos jugamos la vida por unas naranjas!”, repetía una y otra vez. Esa frase fue la primera que me dijo en 2011, cuando recuperó el color y nos abrazamos. Entonces dejamos de llorar y soltamos una carcajada. 
Somos contemporáneos, eso quiere decir que pronto empezaré a ser más viejo que él… Hasta que podamos reencontrarnos en una estación del Paradero de Camarones donde todavía pasen los trenes y él le vuelva a decir a mi madre que se va y que me deja trabajando en la mesa.
Entonces yo llamaré a Cruces para pedir una vía y Lérida se irá para la cocina diciendo que nosotros estamos locos. Yo sé que daré otra vez con mi hermano negro y todas aquellas escenas se repetirán.

1 ago 2021

¿Quién se comió la vergüenza de Silvio?


He leído en Diario de Cuba que Silvio Rodríguez quiere saber los nombre y apellidos de los responsables de que en Cuba “no se haya cambiado todo lo que se ha debido cambiar”. Lo puso en uno de esos comentarios que él va dejando en su blog Segunda Cita, a modo de susurro.
Es increíble que el mismo tipo que se hacía preguntas tan interesantes en la juventud o que se inquietaba cosas casi imposibles de saber, como quién se había comido su africana*, se le ocurra averiguar semejante obviedad en la vejez. A eso, al menos en el Paradero de Camarones, se le llama chochería.
Solo hay tres responsables, Silvio, no solo de que en Cuba no cambie nada (a pesar de que la dictadura se dice llamar “revolución”) sino de que el país se destruyera y su gente fuera condenada a llevar una vida paupérrima: Fidel Castro Ruz, Raúl Castro Ruz y Miguel Díaz-Canel Bermúdez.
Esa es la lista abreviada. Pero la ampliada tampoco es tan difícil, cualquier cubano medianamente informado podría responderla. Por cierto, en la segunda, tarde o temprano, tendrá que aparecer tu nombre. Demasiadas veces te has prestado para justificar lo injustificable, incluso frente a un paredón de fusilamiento.

*Galleta cubierta de chocolate que vendían en el parque Lenin de los 80, cuando el régimen de Cuba era subsidiado por la Unión Soviética (de ahí el nombre del lugar).