31 oct 2021

El olor del salitre


Todavía oigo al mar.

Aquí,

mientras cae

la tarde en una ciudad

que no sabe

quedarse callada,

aún llegan los golpes

del agua

contra las rocas

alumbradas.

En aquel balcón,

con vistas a una tarde

que siempre

lograba esconderse,

dejamos

una noche inolvidable

y la flor

del búcaro

que me robé finalmente.

Si acercas tu oído,

escucharás al agua

con la furia

de alguien

que necesita ser

reconocido.

Por eso

digámosle océano

a eso 

que se oye ahora,

en medio de la tarde

de Santo Domingo,

mientras el olor

a salitre se esparce 

por el silencio

que estamos haciendo.

28 oct 2021

Condado Vanderbilt


Esta noche que tenemos delante
es una vieja conocida.
Recuerda que estaba
en la Arzobispo Portes
aquella madrugada
en que me subí a tu carro
para besar las palabras
que estabas a punto de decir.
Solo un mes después,
en el malecón de La Habana,
se sentó junto a nosotros
para escuchar
aquellas voces de mala muerte
que tenía al mar
como música de fondo.
Luego nos volvimos a ver,
camino a Montecristi,
cuando tus ojos
era la única luz que teníamos
para avanzar por el bosque seco.
Ahora aquí,
con el Atlántico como testigo,
se extiende para que repitamos
todo lo que nos ha oído decir
tantas veces.

Tus manos pequeñas
dentro de las mías,
las constelaciones
proyectadas
en una enorme pantalla
y ella,
dispuesta a seguirnos
por el Viejo San Juan,
siempre atenta,
como si no quisiera
perderse
el momento
en que yo 
vuelva 
a besar tus palabras.

25 oct 2021

Y de pronto llegaron las aves migratorias

Cigüita azul (Setophaga caerulescens). Foto: Rosalina Perdomo.

Nadie las escucha llegar. El momento de su arribo es imperceptible. Siempre nos damos cuenta al día siguiente, cuando ya han pasado la noche entre nosotros. Se han adueñado de las azaleas y las eugenias. A juzgar por la algarabía, este año parecen haber venido muchas más que nunca antes.
Los campesinos del Cibao aseguran que las aves migratorias llegan cuando los ciclones ya se han ido. Ellas intuyen el fin de la temporada ciclónica con una exactitud aún más precisa que los meteorólogos, tienen un instinto que nosotros perdimos o nunca tuvimos. 
El viernes en la tarde, mientras caminábamos por la Loma con Rosalina Perdomo (quien, además de ser nuestra vecina, es la madre de mi hermano Mario Dávalos), descubrimos una cigüita azul (Setophaga caerulescens) entre la hierba. Estaba oscureciendo y ella parecía buscar a toda prisa un lugar donde pasar la noche. 
—¡Esa es la más linda de todas las migratorias! —aseguró Rosalina, quien también es la directora de Babeque, el colegio donde Ana Rosario estudió el bachillerato. Aunque también me encantan el pegapalo (Mniotilta varia) y la candelita (Setophaga ruticilla)​​, no quise contradecirla. 
Diana, ella y yo seguimos a la cigüita azul hasta que se nos perdió en el follaje. El sábado y el domingo, mientras recogía café y podaba, me encontré con muchas. Traté de hacerle una foto a una con el celular. Pero, por la distancia, lo que conseguí fue una mancha borrosa.
La cigüita azul anida en los bosques caducifolios del este de Norteamérica, desde los Grandes Lagos hasta Nueva Escocia, y de New Brunswick hasta Georgia, a través de los Apalaches. No deja de sorprenderme que un ave tan pequeña logre recorrer una distancia tan larga para pasar el invierno.
Le comenté por el chat a Rosalina que no había conseguido hacerles una foto y ella, gentilmente, me envió una imagen que acababa de lograr en el patio de su casa. Diana, al ver a una posada en las azaleas, le dio la bienvenida a nuestro hogar. Poco después, empacamos para volver a Santo Domingo.
La cigüita azul, sin embargo, se quedó en la Loma de Thoreau. Seguramente pensará lo mismo de nosotros. Para ella, Diana y yo debemos ser los huéspedes, los verdaderos intrusos en un hábitat que le ha pertenecido a sus antepasados por miles de generaciones.
Las aves migratorias llegaron de pronto y ahora todo, incluso el sonido de los amaneceres y los anocheceres, depende de ellas… Hasta que decidan irse, cuando su instinto les diga que ha llegado el momento de volver a su hogar.

23 oct 2021

Catimor


En 1978, cuando llegué a una escuela al campo en el Escambray, me tocó trabajar en el vivero. Tenía 11 años y debía cumplir una norma que consistía en llenar 200 bolsas de tierra y plantar, en cada una de ellas, cuatro granos de café. Para hacer más efectiva mi tarea, me llenaba los bolsillos de los pantalones de semillas.
Cada fin de semana mi abuela Atlántida encontraba granos de café en los bolsillos de mi “ropa de campo” (así le llamábamos a la muda que usábamos para ir a trabajar). Sin yo saberlo, ella y mi abuelo Aurelio fueron haciendo un pequeño vivero. Colamos café de aquellas matas cuando esa bebida se convirtió en un escaso lujo para los cubanos.
Una de las primeras cosas que hice en la Loma de Thoreau fue sembrar café. Compré más de 500 posturas de Catimor, una variedad enana con altos rendimientos y resistente a las enfermedades que se encuentra comúnmente en Malawi, Zambia y Zimbabue.
Ha llegado el momento de la cosecha y la parición ha sido increíble. Disfruto mucho ver las matas llenas de granos maduros. Pero hay algo que disfruto muchísimo más. Nadie preguntará por qué he sembrado ese café, ni de dónde saqué las posturas. Haré con él lo que quiera.
Esa libertad que tengo ahora para hacer lo que antes era una obligación, es el mejor homenaje que le puedo hacer al niño que debía cumplir una norma de 200 bolsas y a la abuela que recolectaba semillas de los bolsillos de su nieto. Muchas veces me he preguntado por qué sembré tanto café.
Ahora sé que lo sembré para probarme a mí mismo que soy un hombre libre.

22 oct 2021

Inmaduro | Quién soy


Inmaduro

Mi madre, que era maestra de profesión, me enseñó a leer antes de que yo entrara a prescolar. Me aburría tanto mientras mis compañeros de aula se aprendían las vocales, en la escuela Silvio Fleites de Manicaragua, que la maestra Hebe sugirió pasarme para primer grado. Eso me condenó a compartir las aulas con estudiantes que eran, por lo menos, un año mayor que yo.
En todas las reuniones de padres, después de destacar mis buenas notas, los maestros siempre observaban que era un poco inmaduro. Mi madre entonces trataba de excusarme argumentando mi desfase con el resto de mis compañeros. Poco antes de morir, cuando todavía le quedaba algo de lucidez, Lérida me vio jugando con un tren y empezó a reírse. “¡Nunca maduraste!”, me dijo.
Les presento el espacio de trabajo de un niño que dentro de seis años cumplirá 60.

***


Quién soy

El farol de mi abuelo Aurelio colgando de un clavo de línea del ramal Cumanayagua, un poco de tierra del Paradero de Camarones, un pedazo del andén de la estación donde viví y el mapa de mi provincia para no perderme nunca. Todos los días cuando me siento a trabajar, ellos me recuerdan quién soy.

21 oct 2021

Arkansas


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dicen que Ramona, la encargada del Correo, salió de su oficina con las manos en la cabeza. También dicen que cuando Basilia se enteró de que le había llegado un telegrama, ya casi todo el pueblo lo sabía. La miraban de una manera extraña, aún más extraña de la manera en que ya la miraban.

Helemenia, la esposa de mi tío Roberto Yero, se encargó de explicarle a la familia lo que sucedía. Fue de casa en casa. Empezó por la de Chaco, uno de los hijos de Rao. Por el patio, cruzó para la casa de Aneve, otro hijo de Rao y, sin salir a la calle, se metió en la cocina de mi tío.

—¡Aaahhh jajá! —seguramente respondió Rao.

Cuando salió de casa de Leopoldo y Juana, vino a la estación. Llegó con las manos en la cabeza y diciéndole a mi abuela que no iba a creer lo que había pasado. Entonces, por primera vez en mi vida, escuché la palabra Arkansas. Fui corriendo para el aparador y saqué la caja de mapas que vino entre las cosas de Nellina.

Mientras Helemenia seguía insistiendo en que no lo podía creer, que esa muchachita se había desgraciado la vida y que nadie se imaginaba que las cosas habían sido de esa manera, yo buscaba desesperadamente entre los más de 50 mapas hasta que por fin di con el de Arkansas.

—Ahora todas las piezas encajan —dijo Helemenia y tomó un sorbo de café que la obligó a hacer silencio y a cerrar los ojos—. ¡Hum, el mejor café del Paradero de Camarones!

Arkansas no tiene costa, por eso los dibujos que resaltan sus características están del otro lado de sus fronteras, sobre los estados vecinos. Así aparecen los montes Ozark, las montañas de Ouachita, los sembrados de arroz, trigo y soja, las granjas de pollos y unos árboles barrigones que viven dentro del agua.  

—El dirigente pasó como un loco, ¿tú sabes de quien estoy hablando, verdad? —Atlántida dijo que no con la cabeza. Pero yo sí sabía, el dirigente es el hombre del Yugulí rojo­–. Dicen que ese hombre ni paró en los cruceros y dobló en la esquina a una velocidad que no hubo una desgracia de milagro. Dicen que dijo de todo en una reunión que hizo con los trabajadores de la granja Panamá.

En el mapa hay una foto del río Blanco. Enormes cipreses se elevan sobre el agua, un hombre y una mujer pasan entre ellos en un kayak. Las palabras ciprés y kayak siempre me han gustado, como estepa y taiga. En un recuadro, dice que el estado de Arkansas es el mayor productor de arroz de Estados Unidos y uno de los mayores productores de pavos, pollos y huevos.

—El telegrama es del padre del niño —continuó Helemenia—, él estudió lo mismo que ella en Alemania.

—Aaahhh —dije sin querer. Atlántida y Helemenia me miraron sorprendidas, mientras yo trataba de disimular.

—Él desertó —dijo Helemenia con tono misterioso—. Se quedó en un aeropuerto donde hacen escala los aviones que vienen del campo socialista para Cuba. Ahora se cree que los dos se iban a quedar y ella se arrepintió a última hora. ¿Te imaginas? Parece que como sabía que estaba embarazada… No sé, pobre muchacha, se ha desgraciado la vida.

Ahora entendí lo que pasó entre ella y el maestro Gustavo en la clase donde él habló de la península de Terranova. Busqué el Atlas. En este momento entre Terranova, Arkansas y el Paradero de Camarones hay un triángulo más peligroso que el de las Bermudas.

—Ya no será delegada al XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes —dijo Helemenia llevándose la mano a la boca, como si estuviera contando un secreto—. Allí mismo, delante de todos los trabajadores de la granja Panamá, el dirigente le quitó el carnet de la militancia.

Atlántida no entiende mucho de esas cosas. A Lérida siempre le ha costado mucho trabajo explicárselas cuando le cuenta de su trabajo en Cienfuegos. Quizás por eso se levantó y empezó a fregar las tazas de café. Cuando cerró la llave del agua, le preguntó a Helemenia si quería llevarse unas toronjas para hacer dulce.

—William, el hijo de Ada y Benigno, es el nuevo administrador —dijo mi tía mientras hacía sonar el manojo de llaves de su casa—. Imagínate, ese muchacho es muy serio, es de aquí, lo conoce todo el mundo, estuvo en Angola, ¿quién mejor que él, verdad?

En otro recuadro dice que el clima de Arkansas es suave, porque los vientos del sur impiden que los inviernos sean excesivamente fríos. Las temperaturas medias en invierno son de 2° C. En verano, de 27° C. Las precipitaciones medias anuales alcanzan a 1200 mm y rara vez cae nieve. 

—A ella no le quedará más remedio que irse —dijo Helemenia mientras mi abuela la despedía en la puerta de la calle.

Del otro lado de las líneas del tren y de los patios, estaban Mercedita, Barbarita y Aleida Pis. Las tres se habían llevado las manos a la cabeza. Con seguridad hablaban del telegrama que llegó de Arkansas. Mientras recogía los mapas, me imaginé navegando con Basilia por el clima suave del río Blanco.

—Ciprés, kayak, estepa, taiga —me fui diciendo a mí mismo.

20 oct 2021

Un puente demasiado lejos


(Fragmento de la novela Atlántida)

Serafín vino a buscarme. De mis vacaciones, tengo que estar dos semanas con él. Aurelio me despidió dentro de la casa. Solo me pidió que tuviera mucho fundamento. Pero Atlántida fue conmigo hasta el Dodge, repitiéndome una y otra vez las cosas que no puedo hacer.

—No te bañes en lo hondo, ni en el lago Hanabanilla ni en el mar. Si tu papá lo hace, tú no lo hagas. No salgas sin camisa a una corriente de aire ni cojas sereno, recuerda que padeces de la garganta y no quiero pensar en que te de una fiebre de 40 por allá solo, sin uno…

—Va a estar conmigo —le dijo Serafín.

—Si vas al cine, tápate la boca con un pañuelo antes de salir. Si tu papá va a pescar submarino, que no te deje solo en el bote. Una vez dejó a tu mamá embarazada de ti y por poco se deshidrata vomitando. Si van a casa del amigo de él en el Escambray, no te vayas solo para los cafetales…

—Va a estar conmigo —le volvió a decir Serafín.

—Si tú papá se pone a beber con sus amigos y te brindan, no te hagas el hombrecito. Tú todavía eres un niño. No saques ni la cabeza ni los brazos por la ventanilla del carro, recuerda al hombre de San Agustín que se quedó manco. Si tu papá se pone a hacer murumacas en el trampolín del Hanabanilla, tú no lo hagas. A ti no te hace falta payasearle a nadie…

—¡Vámonos! —me dijo Serafín.

—En el maletín te puse el Yodotánico y el Hígado de Aceite de Bacalao. Recuerda las cucharadas por la mañana y antes de acostarte. También te llevas los toques yodados por si te duele la garganta. No dejes de hacer las inhalaciones. No te bañes en los aguaceros. No hagas los mismos disparates que tu padre…

Después de llevarse las manos a la cabeza y de darle una patada a una piedra, Serafín se subió al Dodge y retrocedió un largo trecho para alejarse lo antes posible. Atlántida me seguía diciendo cosas. Miré por el retrovisor, ahora era ella la que se había llevado las manos a la cabeza.

Cuando llegamos al final de la carreterita, nos cruzamos con Basilia. Serafín sacó la cabeza y le dijo algo que no entendí bien. Luego repitió eso de que él no sabía que en el Paradero de Camarones había mujeres tan lindas. Ella levantó la cabeza por un momento y pudimos ver que tenía los ojos hinchados de llorar.

—¿Qué le pasará a esa muchacha? —me preguntó Serafín.

—Recibió un telegrama de Arkansas —le respondí.

—¿Arkansas? —preguntó asombrado—. ¿Cómo puede llegar un telegrama desde Arkansas hasta el Paradero de Camarones?

Me encogí de hombros y saqué la cabeza por la ventanilla para ver al pueblo pasar a toda velocidad. Fue la primera vez que incumplí las promesas que le hice a Atlántida. Es algo que haría incontables veces en las próximas dos semanas. Serafín encendió el radio del Dodge.

Tomamos en dirección a Cruces, luego a Potrerillo, de ahí seguimos por la carretera de Cumanayagua y finalmente, después de pasar frente a la última estación de ferrocarril, un cartel anunció que estábamos a 28 kilómetros de Manicaragua. Todo ese tiempo, en la radio se escuchó música instrumental.

A la derecha de la carretera está el Escambray. Desde la ventana de la cocina de Atlántida lo que se ve es una larga sombra azul, pero a esta distancia las montañas ya son verdes. Llegamos a un puente de hierro y madera, el primero de muchos. Los tablones crujían al paso del Dodge.

—Cada vez que paso por este puente —me dijo Serafín—, siento que he llegado a casa.

Yo saqué la cabeza y me puse a mirar al hilo de agua que pasaba por abajo. A diferencia de mi padre, empezaba a sentir que me alejaba demasiado. Estábamos cruzando sobre los restos del río Hanabanilla, quedó así desde que lo represaron para hacer la hidroeléctrica más grande de Cuba.

En los próximos quince días me bañaría en lo hondo, saldría sin camisa a corrientes, cogería sereno, no me taparía la boca con un pañuelo al salir del cine, 

me quedaría solo en un bote y en cafetales, me quedaría sin poder respirar después de beberme un trago de ron, sacaría la cabeza y los brazos por la ventanilla del Dodge y trataría de hacer murumacas en el trampolín.

Esas cosas me mantendrían ocupado durante todo el día. Pero en cuanto oscurecía, pensaba en que estaba demasiado lejos y extrañaba el olor de las noches en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Pensaba en Atlántida, en Aurelio, en Basilia y, no sé por qué, en Arkansas.

Los vecinos de mi padre vinieron a saludarme. Elda, Hermes y Dausy, Villo y Gulla, Juan Antonio y Leonor, Milton y Tamara, Roberto y Quecho, Guillermo y Juanita… Todos dijeron que había crecido mucho. Yo, en cambio, desde que pasamos el puente, había empezado a sentirme cada vez más pequeño.

19 oct 2021

La casa de Daniel Peña


(Fragmento de la novela Atlántida)

Cuando Serafín me despertó todavía era de noche. Me dijo que me apurara, que la burra de Aguilera pasaba en quince minutos. La burra era un autobús en forma de huevo capaz de subir hasta Pico Blanco, el punto más intrincado de las montañas del Escambray. Sonaba como si estuviera a punto de desarmarse.

Todas las ventanillas estaban cerradas y varios hombres, con los ojos cerrados, como si aún durmieran, fumaban tabaco. Entre la oscuridad y el humo, comenzamos a subir por la carretera de Jibacoa. En la loma del Sijú mi padre me pidió que mirara hacia atrás para que viera, allá abajo, las luces de Manicaragua.

—Por ahí se fue un camión lleno de gente —me dijo mientras señalaba un precipicio que empezaba justo en el mismo borde de la carretera—, estuvieron sacando muertos un día entero.

Me puse de pie para ver hasta dónde llegaba, pero me fue imposible. Comenzó a aclarar en La Piedra, donde dos hileras de casas parecían estar sujetas de la carretera para no caer por los barrancos que hay a ambos lados. En La Herradura, unos policías detuvieron el autobús.

Uno de ellos entró y llegó hasta el final del pasillo. Todos los rostros le resultaron conocidos, porque fue saludando mientras avanzaba por la nube de humo. “¡Dale!”, dijo mientras se lanzaba del estribo. Muchos de los pasajeros miraron hacia atrás cuando el autobús volvió a moverse.

—Hace días que están así —comentó Aguilera.

—Anjá —respondió mi padre.

—¿Qué será lo que andan buscando?

—Recuerda que regresamos contigo a las cinco —le dijo mi padre a Aguilera al llegar a Veguitas.

—Sí, aquí voy a estar a las cinco —respondió Aguilera.

El silencio en aquel valle era tan grande, que oímos por un largo rato el ruido del motor que se alejaba. La casa de Daniel Peña está a unos cien metros de la carretera. Para llegar hasta ella, hay que pasar un viejo puente de madera que cruza sobre el río Jibacoa. Dimos ese río en clases y el maestro Gustavo dijo que se trataba de una curiosidad geográfica.

Le pregunté a mi padre si sabía que el Jibacoa no desembocaba en el mar, sino que se perdía en una caverna. Me dijo que sí con la cabeza. “Por culpa de eso —me explicó—, a veces, cuando llueve mucho, el sumidero se tupe y todo esto se inunda. Una vez hubo muchísimos ahogados”.

La voz de Daniel es como el ruido del motor de la burra, se queda sonando en el valle por un largo rato. El final de cada frase suya se alarga hasta que se vuelve a llevar el tabaco a la boca. Juanita, su mujer, salió del humo del fogón de leña a saludarnos. Me dijo que me estaba haciendo chicharritas de malanga. 

Eso solo lo he comido en casa de Daniel Peña. Juanita al parecer se dio cuenta de que me gustaron mucho, porque fue lo primero que mencionó. Daniel nos pidió que lo siguiéramos. Atravesamos los secaderos de café y fuimos hasta la despulpadora, que es un viejo caserón lleno de enormes máquinas. Delante de nosotros iban Sombra y Amarillo. 

—Los perros lo sintieron y me avisaron —dijo Daniel sin detenerse ni mirarnos.

Junto a la despulpadora hay un largo almacén de madera al que la luz solo puede entrar por la puerta. Al fondo, entre dos altísimas pilas de sacos de café, colgaba algo. Los perros trataron de adelantarse, pero Daniel les ordenó que se detuvieran. Se quedaron inmóviles, pero muy atentos a lo que pendía de una viga.

Era un venado enorme. Toqué su pelaje, no era tan suave como imaginaba. Tenía la barriga abierta y de su hocico salía todavía un hilo de sangre. Yin Peña, saludó a Serafín desde la puerta del almacén. Él vive del otro lado del río y, como su hermano, le dio un fuerte abrazo a mi padre.

—Oí el tiro anoche —dijo Yin—, pero pensé que era un perro jíbaro.

—Andaba por aquí hace días —comentó Daniel Peña mientras sacaba un cuchillo—. Estuvo por el maíz y acabó con los frijoles.

Yin le alcanzó una botella de ron a Serafín. De dos puñetazos en el fondo, logró que el corcho saliera. Los tres se la empinaron. Después de afilar bien el cuchillo en una piedra, Yin comenzó a despedazar al venado. Serafín y yo seguimos a Sombra y Amarillo, quienes a su vez seguían a Daniel.

Sin detenerse ni mirarnos, Daniel Peña le comentó a mi padre que otro de los hombres que vivían al final de Pinar del Río quería volver al Escambray. Serafín solo dijo “Anjá”. Eso es lo que les dice a sus amigos para no responderles algo delante de mí. Ambos se detuvieron y los perros los imitaron.

Un conejo, como el de Alicia, pasó corriendo entre nosotros. Me llamó la atención que los perros lo ignoraron. Pregunté de dónde había salido y Daniel me respondió que había muchos. Según él, lo tenían todo lleno de túneles, incluso debajo del secadero. 

“¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!”, me dije a mí mismo frente a la madriguera del conejo. Juanita nos alcanzó con un plato lleno de chicharritas de malanga. Una espesa neblina fue borrando el paisaje. Empezó por el almacén, luego pasó a la despulpadora y por último cubrió los secaderos. 

La carne de venado sabe muy diferente a la de res. Mi padre y Yin coincidieron en que Juanita hace el mejor venado del Escambray y ella se alegró de que Daniel hubiera podido matar uno esa misma noche. Los tres hombres volvieron al secadero. Cada uno llevaba un jarrito de café en las manos.

—A mí hay que matarme para volver a sacarme de aquí —dijo Yin y respiró profundo, como si acabara de sacar la cabeza de una madriguera.

El ruido del motor de la burra empezó a escucharse, pero había tanta neblina que no la vimos hasta que estuvo delante de nosotros. Justo en el momento en que subíamos al estribo, Serafín me advirtió que no podía comentarle a nadie ni del venado, ni del hombre de Pinar del Río que quería volver.

Los policías volvieron a detener al autobús en La Herradura. Uno de ellos asomó la cabeza y preguntó si alguien llevaba café. Nadie respondió. Muchos siguieron fumando con los ojos cerrados, como si durmieran. El otro policía subió y llegó hasta el final del autobús revisando los bultos. “¡Dale!”, dijo finalmente.

Soñé con el accidente de la loma del Sijú, pero en lugar de personas sacaban venados muertos. Luego todo se empezó a inundar y el conejo, desesperado, trataba de escapar. Sombra y Amarillo corrían tras él. No lo perseguían, también intentaban salvarse. 

“¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!”, se le oía gritar. Su voz se quedó sonando en la oscuridad por un largo rato.

18 oct 2021

Tesla


Me pasé gran parte del fin de semana instalando lámparas en las escaleras, pasillos y senderos más oscuros de la Loma de Thoreau. Lograr que una luz se encienda sola y sin necesidad de estar conectada a la electricidad, produce una felicidad muy parecida a la de escribir un poema. 
Como la poesía se me da cada vez menos, en mi caso la energía solar ha resultado ser un gran alivio. Decía Nikola Tesla que "nuestras virtudes y nuestros defectos son inseparables, como la fuerza y la materia. Cuando se separan, el hombre ya no existe".
Gracias a estos bombillitos sigo existiendo.




14 oct 2021

Un día entero en Bauta


Ya no recuerdo por qué llegamos a Bauta. Pero hasta ese pueblo, al oeste de La Habana, fuimos a dar un grupo de amigos que éramos muy cercanos en aquella época. Recuerdo a Luis Alberto García, Vladimir Cruz, Reinaldo Montero y Omar Valiño. El anfitrión era Emilio Ichikawa.
Como era costumbre en aquella Cuba, que ya nos parecía la peor de todas (¡qué ilusos!), bebimos los rones que aparecían y comimos lo que encontramos. Sin embargo, la conversación y (sobre todo) las discusiones fueron un auténtico lujo. Llovió a cántaros, eso retrasó el plan de regreso.
En un momento dado, bajo la lluvia, Luis Alberto y yo salimos a forrajear una última botella de ron. Mientras caminábamos por el pueblo, todos nos detenían para saludar al actor. Algunos decían algo de su padre y otros le agradecían sus personajes en la televisión y el cine.
Logramos conseguir el “trofeo” gracias a que el administrador de una bodega era también admirador de Lusito. De regreso a la casa de Ichikawa, bromeamos sobre eso. “¿Quién le explica a Bauta —preguntó Luis Alberto— que en una de sus esquinas vive un importante filósofo?”.
Jugamos Trivia hasta que escampó. Nunca, ni antes ni después, he sido parte de un dream team semejante. Todas las preguntas, por difíciles o remotas que fueran, eran respondidas. Ichikawa nos despidió en su portal. Todavía nos decía adiós cuando nos perdimos en la última curva.
—Alejandro García Cartula y Emilio Ichikawa —dijo Luisito de pronto en medio de la autopista—Solo con esos dos tipos, Cuba puede demostrar la universalidad de sus municipios.
Probablemente él ni recuerde esa frase, pero a mí se me quedó grabada.

Una foto que apareció de pronto


Esta foto fue publicada por Mario A. Monzón en Trenes de Cuba, un grupo de Facebook que me ha permitido infiltrarme en una comunidad de ferroviarios y compartir con ellos una cultura de la que fui parte desde que nací. No he podido dejar de mirarla. A cada rato vuelvo a la pantalla a revisar cada detalle. 
Corren los días finales de los años 70 o acaban de empezar los 80. Son las 9:11 de la mañana, si es que el 702 (que circulaba entre Sancti Spíritus y Cienfuegos) iba a su hora. Por el estado de la hierba es época de seca, entre noviembre y abril. Pero, como no han cortado aún el cañaveral, me atrevo a asegurar que es antes de febrero.
Cada poste de esa cerca fue antes un travesaño. Cuando eran retirados de la línea, Aurelio cargaba con ellos y así fue delimitando su potrero, que estaba dentro del triángulo del ramal Cumanayagua. Antes había sido un impenetrable aromal (los villareños le decimos aroma al marabú). A fuerza de machete, pico y pala, él logró limpiarlo.
Siempre le había dicho a Diana que mi abuelo era tan obsesivo con sus cosas, que había puesto todos los postes de su potrero exactamente a la misma distancia. Gracias a esta foto se lo pude probar. En medio del potrero se ver una cerca todavía construcción, la hizo para que las vacas no se le metieran en el arroz.
Justo donde está la tabilla que marca el kilómetro 33 del ramal Cruces (luego ese tramo se convirtió en la Línea Cienfuegos- Santa Clara y Camarones quedó en el kilómetro 24) está el patio de Quico Monzoña. Allí jugué muchísimo con arcos y flechas, tirapiedras y pelotas de goma que bateábamos a mano limpia.
Entonces una de mis aventuras preferidas era pasar por debajo de las vías, a través del tubo que tenía la alcantarilla de la cañada. Luego, en época de lluvias, se llenaba de agua y se hacía intransitable. Para entonces llegaba el momento de pescar biajacas y pequeños crustáceos.
A lo lejos se ve el techo amarillo de la caja del teléfono. Allí pedían autorización para salir a la principal el mixto de Cumanayagua y el tren de caña de Mal Tiempo. Desde mi casa se veía llegar la jadeante locomotora de vapor, ya en los días finales de su vida útil. Siempre corrí para no perderme ese espectáculo.
Sé lo que pasó antes de la llegada de ese tren y lo que ocurrió cuando siguió de largo, dejando una nube de polvo en los cruceros de San Fernando y Cienfuegos. Por eso, más que una foto, para mí es una película. La vi incontables veces y, gracias a esta imagen, puedo seguir disfrutando de ella.
Ahí está mi lugar en el mundo y todo lo que necesito de él. Por imágenes como esta y por todos los recuerdos que sigo teniendo en la cabeza, no necesito moverme de donde estoy para volver cada vez que quiera. Es así que puedo oír los pitazos, saludar a la tripulación y sentir el olor que queda a hierro y alquitrán.
Una foto que apareció de pronto se ha convertido en un largo viaje de regreso.

13 oct 2021

El juego decisivo

Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz y Héctor Olivera.
(Fotos del archivo de Fernando Rodríguez Álvarez)

(Fragmento de la novela Atlántida)

Estuve todo el día esperando el momento. Cada pelota que lancé hacia arriba en el andén, me la imaginé en la pantalla en blanco y negro del televisor, mientras Sixto Hernández la perseguía por todo el right field. Comimos muy temprano y nos sentamos en silencio frente al aparato aún apagado.

Esa noche se decidía el campeonato y el juego se celebró en un terreno neutral. Como Las Villas y Pinar del Río llegaron empatados al final del calendario regular, con 35 victorias y 25 derrotas, hubo que celebrar una serie extra. Después de un partido en Santa Clara, otro en Cienfuegos y dos en Pinar del Río, acabaron empatados otra vez.

Me senté entre Aurelio y Atlántida. El estadio de La Habana siempre me impresiona. Las cercas de los jardines se ven tan lejanas que parecen inalcanzables. El pitcher de Pinar del Río era Rogelio García. Su bola de tenedor lo había convertido en el lanzador más dominante de Cuba.

En el primer juego, que fue en Santa Clara, los bateadores de Las Villas explotaron Félix Pino. Cheíto dio dos jonrones y Roberto Ramos fue el ganador. En el segundo juego, en Cienfuegos, Rogelio García solo permitió dos hits. Luis Giraldo Casanova y Alfonso Urquiola decidieron con sendos jonrones.

En el tercer juego, el zurdo Leonel García, respaldado por jonrones de Héctor Olivera y Albertico Martínez, nos devolvió las esperanzas. Al final anotamos cinco carreras. Pero en el cuarto juego, Félix Pino de abridor, Rogelio García de relevo y un jonrón de Hiram Fuentes obligaron a celebrar un quinto juego.

Así fue que llegamos hasta el jueves 25 de mayo de 1978. En el estadio de La Habana no cabía ni una persona más y en la sala de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había tres personas que no se atrevían a moverse. 

Atlántida tenía mi mano izquierda entre las suyas, Aurelio daba palmadas en mi mano derecha. El narrador anunció el line up de Las Villas: Pedro Jova en el shortstop, Sixto Hernández en el right field, Antonio Muñoz en primera, Pedro José Rodríguez en tercera, Héctor Olivera como designado, Osvaldo Oliva en el left field, Luis Jova en el center field, Alberto Martínez como cátcher y Adolfo Borrell en segunda. El pitcher sería Leonel García.

Luego fue el turno de Pinar del Río: Giraldo Iglesias como designado, Fernando Hernández en el left field, Alfonso Urquiola en segunda, Luis Giraldo Casanova en el right field, Hiran Fuentes en el shortstop, Juan Castro como cátcher, Lázaro Cabrera en primera, David Sánchez en el center field y Diego Mena en tercera. El temible Rogelio García sería otra vez el pitcher.

Cuando mencionaron a Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, Atlántida aplaudió. Justo después, cuando la cámara enfocó a Cheíto y presentaron a Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón, Aurelio y yo chocamos las manos. Hicimos lo mismo poco después, cuando Sixto Hernández dio un jonrón de línea.

En el segundo inning, Héctor Olivera también la botó mientras nosotros aplaudíamos y repetíamos que “¡Muñoz, Cheíto y Olivera la botan por donde quiera!”. Pero la ventaja duró muy poco. En la parte baja de ese mismo inning, Lázaro Cabrera dio un jonrón con un Hiram Fuentes en base y empató el juego. 

Atlántida le pegó durísimo al brazo del sillón. Ese golpe le debió doler mucho, pero se puso a toser para disimular. Aurelio y yo nos miramos, abrimos los ojos y levantamos las cejas. Pero no dijimos nada, ambos conocemos muy bien el mal humor de mi abuela. El partido se mantuvo dos a dos hasta el noveno inning. 

En el sexto inning, Servando Medina salió de relevo por Las Villas. En la parte alta del noveno, cuando Muñoz falló, Aurelio volvió a dar palmadas sobre mi mano derecha. En el momento en que anunciaban el turno al bate de Pedro José Rodríguez, mi abuelo cruzó los dedos. Hice lo mismo. 

Con el swing los tres nos pusimos de pie y nos quedamos inmóviles hasta que la pelota voló por encima de la cerca. Atlántida me puso la mano en pecho y decía que se me iba a salir el corazón. Estuvimos aplaudiendo mientras Cheíto le daba la vuelta al cuadro y saludaba a sus compañeros. 

En el final del noveno inning, Pinar del Río embasó a un hombre. Roberto Ramos relevó a Servando Medina. El propio Cheíto fildeó el roletazo. Tiró a segunda, un out. Adolfo Borrell le tiró a Muñoz y… ¡doble play! Esta vez yo mismo me puse la mano en el pecho para comprobar que mi corazón seguía en su lugar.

“¡Las Villas campeón!”, gritábamos Atlántida, Aurelio y yo, mientras saltábamos y nos abrazábamos en medio de la sala. Una algarabía parecida salía de las otras casas. “¡Las Villas campeón!”, gritaban de un lado y del otro de la carretera. En el patio de Benigno se oyeron varios tiros al aire.

—¿Ya te dormiste? —me preguntó Atlántida desde su cama.

—No, no puedo —le respondí.

—Nosotros tampoco —dijo Aurelio—. Ese de Cheíto será siempre uno de los momentos má emocionantes de tu vida.

—¡Shhhhh! —dijo Atlántida mientras apagaba la última luz.

Desde esa noche, cruzo los dedos cada vez que estoy en una situación difícil. La próxima fue a la mañana siguiente, cuando el maestro Gustavo estaba a punto de poner sobre mi mesa un examen de matemáticas. Apenas había estudiado, me pasé días enteros dedicado únicamente a pensar en el juego decisivo.


Secuencia del jonrón decisivo de Cheíto.

12 oct 2021

Casilda


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dormimos en la cubierta del barco. Nunca el cielo había tenido tantas estrellas. Serafín me enseñó a encontrar la Osa Mayor en aquel enjambre de luces titilantes. Luego, después de trazar una diagonal desde Merak, dimos con la estrella Polar. Al final me puso a buscar la doble ve de Casiopea.

Llegamos al puerto de Casilda en el Willys de Eulogio, un amigo de mi padre. Llevaba el parabrisas abatido sobre el motor y a cada rato se me metía un insecto en los ojos. Solo nos detuvimos para ver al lago Hanabanilla desde lo alto. En Topes de Collantes, después de atravesar una nube, comenzamos a descender hacia el mar.

Frente a nosotros, en el muelle que está del otro lado de la ensenada, una locomotora formaba un tren de combustible. En unas horas estaría vadeando las montañas del Escambray y pasando sobre los altísimos puentes del ramal Trinidad. A Serafín le molestó que estuviera pendiente de sus maniobras.

—Vas a navegar por primera vez en tu vida —me dijo—. ¡Olvídate por una vez de los trenes!

La tripulación estaba integrada por tres hombres. Blas, el capitán, es viejo y está todo lleno de arrugas. Pero tiene una fuerza descomunal, apretó mi mano como si estuviera exprimiendo una naranja. Le prometí que no me iba a marear y él me dijo que así hablaban los hombres.

Aunque Enrique es hijo de Blas, tiene tantas arrugas como su padre. También exprimió mi mano al saludarme. Octavio está casado con una hija del capitán. Salimos del puerto al mismo tiempo que el tren. Al pasar junto a una boya enorme, nos cruzamos con un barco idéntico al nuestro.

—¡Blaaaaas! —dijeron todos desde la otra cubierta.

—¡Santiagooooo! —dijeron todos desde la nuestra, incluyendo a mi padre.

En la popa de las embarcaciones ondeaban sendas banderas cubanas. Ambas estaban desteñidas y deshilachadas. Poco a poco la costa se fue borrando. Lo último en perderse de vista fue la enorme silueta de las montañas. La próxima semana la pasaría descalzo y sin pisar tierra firme.

Blas solo quitaba las manos del timón al final de la tarde, cuando fondeábamos cerca de un cayo o de algún barco hundido para dormir. Enrique, con la ayuda de mi padre, se encargaba de las nasas y los palangres. Octavio de la cocina y del cuarto frío donde se guardaba la pesca.

La tripulación dormía en el camarote de popa, mi padre y yo en el de proa. En el segundo día, Blas me dijo que al principio creía que yo iba a ser un peor marino. Serafín, después de poner cara de orgullo, me prometió que la siguiente jornada sería la más emocionante de todas.

Como estaba muy oscuro, no advertí que habíamos fondeado junto a un cayo. Se llama Macho Afuera. De ahí en adelante, me dijo Blas, solo veríamos mar. Pusimos proa al punto más oscuro, justo donde, cerca del mediodía, se armó una tormenta. Decenas de peces voladores parecían tener el mismo derrotero que nosotros.

Las olas eran cada vez más altas. Blas prácticamente se tuvo que abrazar al timón para poder mantener el rumbo. Octavio apagó el fogón y aseguró todo. Enrique y Serafín, en la proa, buscaban algo en el mar. “¡Allá!”, dijo por fin el hijo del capitán y mantuvo el brazo en alto hasta que su padre distinguió una boya roja. 

El güinche empezó a tirar del cable al que estaba atada la marca. Un primer anzuelo salió vacío y todos dijeron una mala palabra. El segundo anzuelo tampoco traía nada y las malas palabras se repitieron. El tercero fue la vencida, un enorme tiburón quedó extendido sobre cubierta.

Aunque no se movía, me le acerqué lentamente. Su piel era como una gruesa lija. Mi padre gritó para que me quitara. Otro tiburón cayó justo a mi lado. Cuchillo en mano, Octavio los iba destripando y lanzando hacia el cuarto frío. El olor de aquella tarde se me quedó en las manos por días.

En la noche estaba tan cansado que me fui solo para el camarote. Dejé la puerta abierta para oír las voces de Blas, Enrique, Octavio y Serafín, quienes comían chicharrones de cerdo y bebían ron a pico de botella. El agua dejó de chocar contra el casco. Nada se movía, hasta el mar parecía estar exhausto.

De regreso, entramos al puerto bajo un torrencial aguacero. El muelle donde se forman los trenes de combustible había siete tanques sin la locomotora. Me pregunté si el tren aún no había llegado o ya se había marchado. Durante la maniobra de atraque, lancé uno de los cabos.

Me había pasado navegando libros enteros. Muchas de las palabras que le oí decir a Blas, Enrique, Octavio y Serafín ya me resultaban conocidas gracias al capitán Nemo, Pencroff, Sandokán o el Corsario Negro. Incluso la extraña calma de las noches en alta mar me resultaba familiar. 

Pero los olores fueron totalmente nuevos para mí. Cada cosa que tocaba se me quedaba impregnada como una marca invisible. En el Willys de Eulogio, ya con los zapatos puestos y de regreso a Manicaragua, me olía las manos y todavía estaba allí la tarde de los tiburones.

11 oct 2021

Empieza la aventura de Guanaroca


Cuando Diana y yo tomamos la decisión de construir una pequeña cabaña cerca de la nuestra, para alquilarla a quien se aventurara a subir hasta la Loma de Thoreau, no nos imaginábamos cuánto íbamos a disfrutar esa experiencia. Lo mejor de todo es que cada huésped de Arriero se va con las ganas de volver.
No hemos podido conocerlos a todos, pero siempre nos emocionan sus reseñas, sus evaluaciones y los testimonios que nos hacen llegar. Aunque hasta ahora tenemos en Airbnb una puntuación perfecta (como Nadia Comăneci), seguimos esmerándonos en cuidar cada detalle y en mejorar aún más.
Todo empezó como un divertimento, pero cada vez nos lo tomamos más en serio. Tanto, que nos gustaría seguir haciéndolo cuando nos jubilemos. Por eso acabamos de invertir en un apartamento junto a un pequeño lago, a unos pocos pasos de una de las playas más hermosas de la península de Samaná.
Cuentan que en Cienfuegos, en el centro de la isla de donde Diana y yo venimos, una aborigen llamada Guanaroca abrió un higüero y de él salieron los peces, las aves y las aguas de la laguna que lleva su nombre. Al final del Malecón de la ciudad hay una escultura de Rita Longa que recuerda esa leyenda. 
Justo delante de nuestro nuevo apartamento hay un higüero cuyas ramas caen sobre el lago. A su alrededor hay una rica vida silvestre. Es por eso que le hemos dedicado el nuevo refugio a la remota deidad cienfueguera. Esperamos que aquí también ella siga haciendo maravillas para nosotros y para los que nos visiten.
Mi Cucha disfruta la montaña tanto como yo, pero a ella también le fascina el mar y ha llegado el momento de complacerla. Una nueva aventura acaba de empezar.

7 oct 2021

El día que me leí "Caleidoscopio"


El Nicho, el sitio del Escambray donde cursé la secundaria, más que una escuela parecía un campamento militar. Las aulas, los dormitorios y el comedor eran largos barracones de madera con el techo de asbesto. Al final de la primera nave de aulas estaba la biblioteca. Pasé largas horas encerrado en aquel lugar.
Desde sus amplias ventanas de cristal se veía un cafetal y luego las montañas. Aunque la escuela en general era fea, aquel lugar me fascinaba. Allí conocí a Raymond Douglas Bradbury, en una edición de El hombre ilustrado de 1967. Recuerdo el año, porque me resultó curioso que el libro tuviera la misma edad que yo. 
Para empezar, busqué en el índice un cuento corto. Así fue que elegí “Caleidoscopio”. Aunque suelo emocionarme con facilidad con las lecturas, el cine o el teatro, aquel pequeño relato me conmovió de tal manera, que empecé a releerlo inmediatamente después de acabarlo.
La historia de aquellos astronautas que se vieron flotando en el espacio, tras la destrucción de su nave, y que se mantuvieron comunicándose por radio mientras caían hacia una muerte inevitable, me estuvo dando vueltas en la cabeza por semanas. A veces dejaba por mitad otro cuento del libro y volvía a juntarme con Barkley, Woode, Stone, Hollis, Stimson, Applegate y Lespere.
Más de una vez miré hacia el cielo polvoriento del municipio Cumanayagua como si fuera el de Illinois, tratando de encontrar la estrella fugaz que creyó ver el niño en el momento en que el cuerpo de Hollis ardió como una cerilla. En estos días he vuelto a leer El hombre ilustrado. Otra vez empecé por “Caleidoscopio”. 
Si alguno de ustedes me sorprende mirando al cielo en Santo Domingo o en la Loma de Thoreau, ya sabe lo que busco.

4 oct 2021

Tres cuartos de pan


(Fragmento de la novela Atlántida)

Nunca he tenido en las manos un pan entero, pensé en eso mientras hundía los dedos en la masa que dejó al descubierto el corte. La Conga, que es quien se encarga de despachar el pan en la tienda de Chena, siempre abre la Libreta de Abastecimiento en la hoja correspondiente. 
Escribe “¾” en la casilla del día y toma una barra de pan de la caja de madera. Antes de alcanzármela, cercena uno de sus extremos. Con el dorso del cuchillo, empuja el pedazo restante de vuelta a la caja. Muchas veces me he preguntado a quién le tocará esa ración, quién se comerá la otra punta de nuestro pan.
En la tienda de Chena nunca hay claridad, pero a partir de septiembre se pone aún más oscura. Un único bombillo, nublado de moscas, surte la indispensable luz para que La Conga y Zaida apunten en las libretas y despachen. Como todo está en penumbras, la gente no se mira para hablar.
—Eeeyyy —dicen a veces los que acaban de llegar.
—Eeeyyy —responden algunos de los que están adentro.
—Qué hubo —pregunta un viejo de Marsellán.
—Qué hubo —le responde un viejo de La Flora.
—Qué hay —saluda una señora de la Vía Estrecha.
—Qué hay —saluda una señora de La Chirigota.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor de La Pedrera.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor del Callejón.
—Parece que va a llover —dice alguien de la Valla.
—Parece que va a llover —dice alguien del barrio de las Latas.
Nunca se miran para preguntar, responder, saludar comentar, decir o repetir. Casi todos los que compran en esta tienda viven en las afueras del pueblo. Algunos llegan a caballo y otros en bicicleta, pero la mayoría lo hace a pie. Dentro de la tienda nada de eso importa, porque todos se comportan igual.
A veces se ponen de acuerdo en hacer silencio y lo único que se escucha es el sonido del papel de la Libreta de Abastecimiento, mientras los dedos de La Conga buscan la página precisa. Aunque el único bombillo está lejos, en ese momento también se oye el zumbido de las moscas. 
Casi siempre las frases reciben la misma respuesta. Salvo en un caso, que es cuando alguien llega y hace una pregunta que todos se sienten en la obligación de responder. Aunque tampoco se miran, es la vez que más cerca están de hacerlo. Para evitarlo, cada quien mira hacia los estantes.
—¿Cómo está la cosa? —inquiere el recién llegado.
—Aaaaahí —responden todos a coro.
Después de eso, cada quien se queda pendiente del punto fijo que halló. El viejo de Marsellán mira las latas de leche condensada Nela, el viejo de La Flora a los jabones Batey, la señora de la Vía Estrecha a los jabones Nácar, el señor de La Pedrera a los paquetes de gofio y el señor del Callejón a las botellas de sirope.
Algunos, incluso, coinciden en un mismo punto. Las latas de carne rusa, por ejemplo, atraen mucho la atención. Son anaranjadas y tienen una cabeza de vaca encerrada en un círculo. Se llaman Slava, igual que los relojes despertadores. A mí me gusta la carne rusa, pero a mis abuelos le parece algo asqueroso.
En la medida en que se acercan las seis de la tarde, que es la hora de cerrar y el momento en que la noche cae de golpe sobre el Paradero de Camarones, todos parecen querer salir corriendo. Eso hice yo. Le entregué a Atlántida la jaba con los tres cuartos de pan y traté de escabullirme. Pero ella la revisó enseguida.
—¡Siempre le metes los dedos! —se quejó. 
—Ya está empezando a oscurecer temprano —le respondí.
Desconcertada, me dijo que me lavara las manos y que me pusiera a ver televisión hasta que estuviera la comida.
—Parece que va a llover —dije camino a la sala, sin darle tiempo a reaccionar.

2 oct 2021

Juguete básico


(Fragmento de la novela Atlántida)

La primera vez que vi al Paradero de Camarones a la velocidad de una bicicleta, todo se vio diferente. La escuela me pareció mucho más pequeña. Como recorrer el portal a pie tomaba mucho más tiempo, lo hacía parecer más largo de lo que en verdad era. En bicicleta, en cambio, bastaron dos pedalazos.
Para subir la Loma del Chino Piloto, que de lejos parece una mínima elevación, tuve que levantarme del sillín y pedalear duro. Del otro lado, estaba la recta que lleva a la Portada de Balboa y Cruces. Más de un momento estuve tentado a seguir, pero sin permiso de Atlántida eso hubiera sido una falta grave.
Al final metí la bicicleta en un charco que había frente a casa de Hilda María. No calculé que fuera tan profundo y estuve a punto de quedarme atascado en él. Salí sano y salvo, pero lleno de lodo de pies a cabeza. De regreso a casa me crucé con el maestro Gustavo. Le dio mucha gracia verme chorreando agua sucia.
Hace una semana Gustavo se despidió de nosotros, ya no será nuestro maestro en el próximo curso. A pesar de tantos cocotazos, de los borradores que tiró contra las cabezas de algunos y de los duros golpes que nos dio en el hombro, uniendo su dedo índice con el del medio, dijo que nos iba a extrañar. 
En septiembre tampoco volveremos a la misma aula. Por eso, cuando iba saliendo, me fui despidiendo de la esfera, del planisferio, del maniquí con los órganos al descubierto y de las caras de Martí, Maceo y Gómez, que siempre nos miraban como si nos estuvieran vigilando.
Sobre la mesa del maestro, estaba el borrador que tantas veces voló como un proyectil en dirección a las cabezas de Tito Migoyo, Ico y Paulín Ortiz, los tres más grandes y lo que peor se portaban. Mientras nos alejábamos, oíamos los golpes de las ventanas de aluminio cerrándose. Así permanecerían hasta septiembre. 
Tres días después fue la rifa de los números para comprar los juguetes. Los venden una vez al año y tenemos derecho a tres: el básico, el no básico y el dirigido. La rifa determina el orden en el que debemos entrar a la tienda. Siempre quise una bicicleta, pero al pueblo solo llegan diez. Se acaban enseguida.
Este año, por primera vez, tuve suerte. Cuando Nancy, la hija de Aracelia, dijo el nombre al que le tocaba el número dos, ni cuenta me di. Ni siquiera cuando Atlántida saltó de la alegría reaccioné. Esa noche no dormí, me pasé toda la madrugada imaginándome por el pueblo en bicicleta.
El Chiqui y yo fuimos a mirar por una hendija de la puerta de la tienda, pero apenas se distinguía una montaña de cajas. Blanca Llerena me dijo que me espabilara, porque una vez que tuve la bicicleta delante dejé de prestarse atención y todavía tenía que elegir el juguete no básico y el dirigido.
Al final me llevé un juego de damas chinas y una pelota de goma. Chola, el que trabaja en el garaje con Luzbel Cabrera, me engrasó la bicicleta y le llenó las gomas de aire. Con una pequeña llave, se aseguró de que los rayos estuvieran bien tensos y las llantas centradas.
Uno de mis grandes descubrimientos fueron los espejos que tenía en ambos extremos del manubrio. Gracias a ellos podía ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. Mientras el cine se alejaba, el garaje se acercaba. Mientras la estación se alejaba, la casa de Felo López se acercaba.
En muy poco tiempo aprendí a hacer piruetas. Ya estaba listo para que ella me viera. Fui dos veces a la Granja Panamá y una tercera que llegué hasta La Chirigota. En la primera, mi tía Mireya Yero me regañó, porque la máquina de Pepe el Sordo estuvo a punto de arrollarme.
—¡Deja que se lo diga a Atlántida! —decía mientras se alejaba en el espejo.
Ya volvía derrotado cuando la descubrí en la entrada de la carreterita. Estaba hablando con el hombre del Yugulí rojo. Primero me solté del manubrio, después pasé en una sola rueda y por último doblé casi acostado. Ninguna de las tres veces levantó la vista.
Por eso no pudo ver que, al dejar el asfalto y empezar a rodar sobre el camino de piedras, resbalé. Llegué a la casa con las rodillas llenas de sangre, varios vidrios encajados en las palmas de las manos y los dos espejos rotos. Atlántida lo vio todo desde su panóptico y me esperó con el Merthiolate y el algodón en las manos.
Nunca más pude ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. A partir de ese momento, las cosas solo se acercaban. Lo que quedaba atrás, volvió a ser invisible para mí. Incluso Basilia que, me imagino, siguió sin levantar la vista.

1 oct 2021

Historia de un candado y una llave


Fue el candado de la puerta de la calle de mi casa, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, durante toda mi infancia. Cualquier ferroviario hubiera podido abrirlo, porque todos llevaban la llave maestra consigo. Pero a ninguno se le hubiera ocurrido hacerlo, era una época en que las cosas ajenas se respetaban. 
Los candados de los cinco cambiavías, de la oficina, el almacén y de la caja del teléfono del andén, también se abrían con la misma llave. De manera que mi abuelo Aurelio solo necesitaba una para entrar y salir de su mundo. El día que me dieron para mí, me sentí la persona más importante del planeta.
Cuando me fui de Cuba me llevé el candado y su llave. Ahora los tengo junto a nuestra puerta en Santo Domingo. Cada vez que entro y lo veo, sé que he llegado a casa. Nada me hace sentir más seguro. Está fijado con un clavo que saqué de un travesaño en el ramal Cumanayagua. Es de 1937, el año que nació mi madre.
Cuando compartí esta foto en Facebook, Alejandro González comentó que “es una antigua costumbre sefardí guardar las llaves de la casa de donde fueron expulsados”. Como él bien apunta, Venegas es un apellido judío de Granada. Esa puede ser una de las razones por la que los traje conmigo. 
En la memoria se siguen abriendo todas las puertas, incluso las que ya se han cerrado para siempre.