13 jul. 2016

ABILIO ESTÉVEZ: "Empecé a sentirme todo lo libre que podía cuando conocí a Virgilio Piñera"

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

Mi primer encuentro con Abilio Estévez fue en la librería de Cienfuegos. Conocí su cara en la contraportada de Manual de tentaciones. Por 40 centavos me llevé un ejemplar conmigo. Recuerdo que salí a la calle leyéndolo y no pude parar de hacerlo.
Me senté en un banco del Prado y no me levanté hasta llegar a la última hoja (para decirlo al modo de O. Henry). Luego, en La Habana, lo conocí de verdad y desde entonces tengo que agradecerle muchísimas cosas, desde largas conversaciones y libros hasta una enseñanza que me ha servido de mucho.
Una vez me invitó a comer pizza en lo alto del Focsa y, cuando terminé, solté el cuchillo y el tenedor campesinamente.
—La señal de que uno acaba —dijo inclinándose sobre mi plato— es poner los cubiertos en paralelo sobre el plato, en la posición de las cuatro y veinte.
Desde entonces, cada vez que hago eso, recuerdo a Abilio. También lo recuerdo por su literatura, por su inteligencia, por su valentía y, sobre todo, por el gran cariño que nos tenemos.

Conocí y disfruté al Abilio Estévez habanero. Caminé junto a él por su ciudad, era como un pez en el agua. ¿Cómo lograste llevarte a La Habana que necesitas contigo, cómo puedes escribirla tanto sin tenerla en verdad delante?
Como bien dices, la caminé tanto, la disfruté y padecí tanto, que ya no necesito “tenerla delante” para escribir sobre ella. Siendo yo un niño, acompañaba a mi madre a sus viajes de compras semanales, por las calles Galiano, Reina, Monte, Belascoaín, Obispo, San Miguel... Mi recompensa era un juguete que ella me compraba en los portalones del Palacio Aldama, y una merienda en cualquiera de los Ten-Cents de Galiano o de Monte (al de Obispo íbamos muy poco).
Luego, cuando ya me permitieron salir solo, la caminaba por el mero placer de caminarla. Había pocas cosas que hacer salvo leer y ver alguna película en un cine con aire acondicionado bien fuerte. De modo que caminar la ciudad se convirtió en una aventura. Siempre había algo que descubrir. La Habana, pues, formó parte de mi infancia, de mi adolescencia, es decir, de mi aprendizaje.
No soy niño, ni adolescente (como se puede comprobar fácilmente) ni estoy en La Habana. Pero mi niñez y mi adolescencia están “incorporadas” (no encuentro una palabra menos fea) a mi vida actual de señor de sesenta años, del mismo modo que aquella Habana. Como decía la sabia de Flannery O'Connor, todo el que haya sobrevivido a su infancia y adolescencia, tiene tema para escribir el resto de su vida.

Te gusta recordar la frase donde Elías Canetti asegura que “el mundo ha sido siempre un mundo de proscritos”. ¿de qué le ha servido a Abilio Estévez ser un proscrito?
Creo que exactamente Elías Canetti recomendaba la utilidad de que cada hombre sintiera la condición de exiliado alguna vez en la vida. Apartándonos de que a veces no es necesario abandonar el país para sentirse en el exilio, yo con toda sinceridad creo que para un escritor es una condición de privilegio. Se pasa mal, muy mal; a veces hasta parece que estás a punto de tirar la toalla y que eso que llaman “desarraigo”, y que aunque parezca una ñoñería algo de verdad tiene, a veces tiende a lo insoportable. Sin embargo, es una experiencia única, ahí es donde de verdad tiene lugar la “revelación”: te das cuenta de que tus únicas raíces están en los libros que lees y has leído y en los libros que escribes y has escrito.

La libertad es un tema recurrente en ti, muchos de tus personajes la buscan de una manera o de otra. ¿Cuándo Abilio Estévez encontró su libertad, cómo la ha defendido?
Bueno, la pregunta es un poco grande. No sé si me respuesta estará a la altura. La verdadera libertad es para mí escribir lo que me da la gana, cuando me da la gana, sin pensar en consecuencias (buenas o malas). Pensar en las consecuencias viene después.
En Cuba, consistía en burlar la censura y dominar el miedo y la autocensura. Acá, consiste en evitar la tentación de ser un escritor cuyos libros aparezcan en las estaciones de metro o en los aeropuertos. Para vivir sin peligro y con mucho dinero, hay otras ocupaciones algunas honrosas y otras no tanto.
Hay quien dirá que digo esto con el resentimiento de ser un escritor que vende poco. No me interesa convencer a nadie, pero estoy convencido de que para ser verdaderamente libres, los escritores sólo pueden tener la ambición de usar las palabras para hacer un poco más misterioso ese misterio que hay ahí, cuando se abre la ventana.
Quizá empecé a sentirme todo lo libre que podía cuando conocí a Virgilio Piñera. Era un hombre que sabía ser dolorosamente libre. Su libertad fue como si de pronto se abriera una puerta tremenda por la que casi no sabía cómo entrar yo, a mis veintiún años.

Una vez, en una noche de rones y conversación, te oí decir que una de las peores consecuencias de la revolución es que había privado a los cubanos del acceso al placer. Como he citado tanto esa frase de memoria, me gustaría tenerla más argumentada y por escrito. ¿Me complaces?
Trataré de tener el placer de complacerte. Un poco en broma y un poco en serio, siempre he visto la revolución como una versión de la Contreforma que salió del Concilio de Trento. ¿Te acuerdas de aquel maravilloso cuento cruel de Villiers D'Lisle Adam, “La esperanza”? Salvar al ciudadano haciéndolo vivir en un apropiado Valle de Lágrimas a la espera del Paraíso (futuro, como es lógico).
“La tierra será el paraíso, patria de la humanidad...”, decía La Internacional. Vivíamos mal, comíamos mal (sin sabores; los condimentos los inventó el diablo, decía Stephen Dedalus), vestíamos mal, teníamos poco que hacer con nuestras vidas, el plan de vida se limitaba a muy pocas cosas. Nos iban despojando de cosas cada día, nos hacían vivir con muy poco.
Había que construir la nueva sociedad y su habitante, el hombre nuevo, a base de interminables sacrificios. No es nada extraordinario. Todas las utopías que se proponen convertirse en realidad terminan en los mismo. Aunque yo cada día me convenzo más de que ni siquiera se trató de hacer real la utopía. Fue algo más simple y más duro: el afán de poder.
Me parece extraordinariamente despiadada esa frase según la cual “hay que destruir al hombre para salvar al Hombre”. Nos quisieron quitar el placer de vivir. Sólo nos permitieron el placer sexual porque para eso el poder, por supuesto, no les alcanzaba. Tendrían que haber usado castración química, con la consecuencia de que no nacería nadie más. ¿Gobernar en un cementerio? ¿Para qué?
Por supuesto, cortábamos caña, bebíamos agua de los porrones y dormíamos en hamacas, mientras aquellos que nos enviaban a los campos se bebían sus copitas de Chivas. Como en el siglo XIX, vaya. No sé si esto sirva como ciencia política. Así es más o menos como lo veo.

En una entrevista dijiste que “ya no tiene importancia volver o no volver, porque a lo que de verdad quisiera regresar es a los buenos momentos que viví. Y eso, hasta donde sé, es imposible”. Si un día eso llegara a ser posible, ¿a qué Cuba regresarías, a quienes saldrías a buscar, dónde quisieras encontrarte con ellos?
No, eso no podría llegar a ser posible. En la novela sí; lo hizo Rulfo; pero en la realidad, que siempre es más pobre... No, no es posible. Ni siquiera podría regresar a los potreros de la Minina, en Bauta, o a un lugar muy hermoso, en Güira de Macurijes, donde fui instantáneamente feliz, porque aun considerando que esos lugares se mantuvieran intactos, tengo, entre otras cosas, falta de calcio y la vista un poco cansada.

2 comentarios:

John Hrim dijo...

La integración de lo vivido, y a la vez el recuerdo paso a paso...

Joel Franz Rosell dijo...

Todo regreso es imposible porque el país en que vivimos y soñamos un presente y un futuro mejor no existe. En realidad, es algo que ocurre simpre en la vida; unos países más que otros desaparecen dejando más o menos rastro, y todo hombre o mujer en el camino de la vida pierde paisajes irrecuperables. Eso genera nostalgia, pero en el caso de los cubanos o de otros pueblos que han padecido un vendaval colectivo, de alguna manera el sentimiento de pérdida se transformaen otra cosa y hasta puede adquirir un sentido. No tiene sentido odiar al Tiempo a la Vida que te quita sueños y recuerdos, pero sí se puede odiar a un poder o un modo de pensar que te quitó incluso el presente. ¿Es más fácil ser víctima de un poder humano que del poder del tiempo? Obras como la de Abilio nos muestran que la pérdida no es total: se puede encontrar los pedazos de ese mundo en obras como la suya.