28 abr 2020

MABEL CUESTA: “Nunca pertenecí del todo a Cuba, siempre me faltó el aire”

La primera vez que vi a Mabel Cuesta fue en una Matanzas a la que le agradezco demasiadas cosas. Eran los años iluminados de Ediciones Vigía y en su viejo caserón se reunían escritores de todas las edades y calañas. A pesar de ser muy joven entonces, dialogaba, opinaba, discutía e interrumpía con la necedad de los mayores. Siempre admiré su inteligencia y su imperiosa necesidad de ser honesta.
Un día dejé de verla (eso tenía aquella Cuba, la gente se te extraviaba de un día para otro) y no la reecontré hasta muchos años después, en las redes sociales. Desde entonces, interactuamos a menudo, como si aún estuviéramos entre los que se daban cita junto al San Juan murmurante de Alfredo Zaldívar.
Le hice estas cinco preguntas con la intención de que dijera, con un cierto orden, las ideas que suele compartir a diario en sus interacciones con amigos y conocidos en Facebook, el lugar donde solemos reunirnos ahora a conversar. Como podrán ver, aún conserva su honestidad intacta, también la necesidad de opinar, discutir e interrumpir, incluso a ella misma.

Hace años que eres profesora universitaria en Estados Unidos, un ecosistema donde la corrección política es de uso obligatorio. Sin embargo, no sueles acomodar tu discurso y constantemente dices lo que piensas. ¿Eso te ha traído problemas? 
Al interior de la academia lo más duro ha sido navegar a esos sujetos que yo llamo “pro-Castros de jamón serrano”. Es una frase que me inventé justo cuando descubrí cuánto comían y qué sabroso esos mismos que alababan los logros de la revol-cadera cubana. Y a la par cuánto querían explicármela a mí. 
Curiosamente nunca me ha sucedido esto con un indígena en México o con una de esas rumanas que piden en las calles de Madrid. Y créeme, he tenido conversaciones con indígenas y con rumanas. Pero no, son siempre profesionales acomodados en sus casas de playa o del bosque, chupándolo todo del mismo sistema que dicen detestar. 
Yo me fui de Cuba, entre una larga lista de razones, para que mi abuela tome leche a diario y pueda hacer sus tres modestas comidas. Para que mis tías puedan pagar por esos alimentos en el mercado negro. Así es que a esos señores que me han querido explicar los logros de la revolución comiendo, bebiendo y hasta tirando los restos después, no los he respetado nunca. 
Y esa actitud mía, que ha encontrado muchos modos de expresión a lo largo de los años, creo que me ha dado una libertad que se puede resumir en aquel axioma martiano: “sin patria; pero sin amo”. Sin embargo, el precio más caro no lo he pagado al interior de la academia sino fuera. En estos ya casi 15 años de exilio he perdido a personas muy valiosas para mí, gente que venía de momentos entrañables de mi vida en Cuba. Y esas pérdidas se han desprendido de mi incapacidad para quedarme callada. 
Mi primera compañera de vida solía decir que a mí “no me funcionaba la llave de paso”. Y sigue sin funcionarme. Es un asunto de personalidad. Padezco de una ansiedad por la justicia que muchos no han sabido perdonarme y que, efectivamente, me ha impedido encontrar el camino para escuchar a otros si la batalla se ha dado en un terreno incompatible con mi sistema de valores. 
Me enervan el racismo, la homofobia y especialmente la desmemoria. Y los cubanos radicados en el extranjero padecemos toneladas de esta última. Siendo un pueblo tan abierto, tan dispuesto a subirse a cualquier barco que llegue o que se vaya (como casi todos los isleños); asimismo no nos detenemos para observarnos. 
De modo que sí, ha sido extenuante. A ratos, muchos, he sentido un estar en tierra de nadie que trae consigo amplias libertades; pero también hondos dolores si se te desdibuja el mapa de los afectos. 

Tu vida cotidiana transcurre en Houston, un lugar muy distante y diferente a la Matanzas donde naciste y creciste. Aun así, en las redes sociales reaccionas constantemente como cubana. ¿Cómo convive la Mabel texana con la matancera? 
¡Ay, la texana es un fantasma! Y fíjate que me gusta mucho mi vida aquí y estoy muy al tanto de las políticas nacionales y estatales; pero a mí me cogió el síndrome aquel de Lourdes Casal en versión matancera-neoyorquina-tejana. Con la excepción de que en mi caso dicho síndrome puede leerse solo hasta la mitad del verso. Un verso que en realidad es juego intertextual y se para aquí “demasiado matancera para ser texana”. 
Y recuerda que también por cinco años viví, estudié y trabajé en Nueva York y eso definitivamente impactó y cambió mi percepción del mundo. Lo mismo aplica para Houston. Hay una riña entre sociólogos para probar que Houston es ya más cosmopolita que Nueva York. Se hablan aquí 90 idiomas. En fin, todo eso circula por mi escritura, por el modo de enseñar mis clases, por mi manera de percibir el mundo mientras viajo. No hay duda. Pero lo de Cuba es una enfermedad incurable. 
Yo me fui vieja de Cuba. Aunque solo tenía 29 años, ya era vieja. Vieja para hablar como nativa una lengua nueva. Vieja para cargar con una etiqueta de nacionalidad que no fuera la del país natal y también muy henchida de memorias. En cada rincón de la ciudad en la que nací tengo algo que contar. Allí aprendí mucho y rápido. Allí me di golpes atronadores y también allí encontré a esos dioses que son los amigos y las primeras grandes pasiones del alma y del cuerpo. Todo está allí y mi memoria es una perseguidora indetenible.
Dicho todo lo anterior y sosteniéndolo con absoluta responsabilidad, paso al envés de esa narrativa y viene así: nunca pertenecí del todo a Cuba. Siempre me faltó el aire. A mí y a la mayor parte de mis amigos. Desde muy joven algo me olía a rancio. De ahí que si por un lado la persona que vive y trabaja en Houston no se reconoce como parte del entorno y será siempre un ser errante; por otro, solo puedo imaginar a Cuba como un espacio que me ayude a cerrar el círculo de la vida. 
Es decir, tengo esta fantasía medio estúpida de regresar para morir a la orilla del mar. O al menos es lo que siento en este minuto. Aunque, confieso, a veces coqueteo con otro escenario de regreso. Uno en el que no solo vuelvo yo sino también tú y todos esos que hemos aprendido dos o tres cosas por ahí. Regresamos y ayudamos a reconstruir el país con otros códigos. 
Pero esa fantasía me la pisotea Granma cada día. Así es que: si se me da el privilegio de morir en un sitio que sea mirando mi bahía. Pero si no, no pasa nada. No quiero llanto, porque he disfrutado un montón.

Muchos de los amigos que se dejan en Cuba suelen quejarse de los cambios que uno experimenta, en todos los sentidos, en el exilio. Eso, inevitablemente, va generando un distanciamiento. Porque, desde afuera, uno se asombra de que años y décadas después, ellos sigan siendo los mismos. ¿Te ha pasado? ¿Puedes decir lo que piensas de esa doble incomunicación a partir de tu experiencia? 
Esta pregunta duele como daga caliente en el cuello porque sí, claro que me ha pasado. Y es extremadamente difícil de navegar porque entonces me sale el mayoral propio y me lleva a un cepo que hay en mi cabeza, porque cómo se me ocurre usar mis privilegios (educación en centros de alto rendimiento a nivel mundial, información, viajes, algo de dinero, etc.) para venir a “mirarlos” o “reeducarlos” o básicamente “interpelarlos” de modo que aflore su inmovilidad mental. A veces su oportunismo. 
Y mientras todos eso van sucediendo en mi interior, aparece también la otra, la que no tiene llave de paso, y me pregunto y les pregunto cómo no son capaces de defender el país en donde han decidido quedarse a hacer sus vidas. Por qué no pierden el miedo de una buena vez y entre todos procuramos el añorado cambio. Es en definitiva un caos mental al que solo puedo conciliar ayudándome con esta idea: todos somos víctimas. Y me corrijo de inmediato para aclarar que no me interesa acomodarme en ese espacio. Es decir, todos somos víctimas, así como todos somos responsables. 
Hay una anécdota que siempre me hace reír mientras me da un tremendo sentido de responsabilidad histórica. Un amigo, nacido a principios de los 70’s, se exilió en Miami a mediados de los 90’s porque su padre había sido un preso político. En una cena de bienvenida, comenzaron a acusarlo de haber sido un pionero comunista y de que todo lo que pasaba en Cuba era culpa de su generación. Mi amigo no los confrontó, pero ya lastimado por tantas acusaciones, les preguntó: ¿me pueden volver a recordar en qué año llegó Fidel al poder? 
Creo que ese cuestionamiento a quienes desde el exilio siguen acusando a aquellos que permanecen en la isla, inmóviles, puede resolver parte de lo que a ratos resulta irreconciliable. Y con eso trabajo. Más que complacerme o dar la espalda a esa incomunicación que efectivamente pervive, intento romper todos y cada uno de los binarios que nos alejan. 
Por eso regreso. Por eso los sigo amando, aunque no los entienda. También para ellos debo ser otra, acaso menos noble. Ojalá, ya te dije que padezco de fantasías estúpidas, alguna vez nos podamos hablar de frente y sin que una de las partes esté convencida de que tiene toda la verdad. En eso trabajo desde ya. 

A propósito de quedarse o irse, ¿alguna vez te has puesto a pensar en cómo sería Mabel hoy de estar todavía en Cuba? ¿Qué es lo que más le agradeces al exilio? 
No tengo que pensarla, converso con ella en cada uno de mis regresos. De manera simbólica e introspectiva; pero también real. Hay un par de personas en Cuba a quienes considero una suerte de alter ego. Nuestra afinidad fue suprema allá lejos y hace tiempo. Mentes brillantes ambas. Y allí se han quedado a pesar de que piensan del gobierno y sus desmanes totalitarios lo mismo que tú y que yo. 
Su cotidiano es un intento desesperado de no sacrificar sus respectivas dignidades. Lo anterior, lo procuran a través de gestos bien significativos dentro del contexto que las apabulla: no van a marchas, ni a tribunas, ni a mesas redondas, no le ríen los chistes obscenos al último director provincial de Educación o de Cultura; pero hacen un silencio atroz. 
Han negociado el poder iluminado que podrían ser sus voces a cambio de su paz y las de sus familias. No son censoras abiertas, pero no denuncian las censuras que comenten otros. Sobreviven el horror que les rodea a cambio de sus propias “vidas desnudas”, como diría Agamben, cuando en realidad solo cargan con una “vida dañada” que es aquello que mejor nos explicó Adorno. 
Esa sería yo. Agradezco al exilio la posibilidad de no serlo. Pero sin que pueda adjudicarme la menor vanagloria por ello. Solo pude saltar fuera del cerco; pero mientras lo hacía, miré atrás (que de mujer de Lot tengo la desobediencia) y vi cómo otras no tenían el mismo empuje, cómo el miedo las paralizaba. 

Uno siempre tiene en la cabeza un libro que le quita el sueño porque no ha podido, por la razón que sea, escribirlo. En tu caso, ¿cuál es ese libro?
Tengo un libro que ha sido de ensayos, que ha sido de testimonios y que ahora se cree novela que es sobre la vida amorosa, las relaciones amistosas y los viajes exílicos de Lydia Cabrera. Vivo obsesionada con esa “cabrita” (así la llamaban sus amigas íntimas). Lydia fue un motor de energía a quien no hemos hecho ni la cuarta parte de justicia que merece.
He pasado años compilando sus cartas (las que recibió y algunas, pocas, de las que escribió), sus fotos, sus agendas decoradas con tortugas y otros seres marinos y un sinfín de papelería que está a muy buen recaudo en la Universidad de Miami. He entrevistado a las pocas personas que quedan vivas y que fueron sus amigas y protectoras y cada vez me fascino más. Pero es una fascinación que crea a la par un efecto de terror. ¿Cómo decir a Lydia completa y con justicia?
Cabrera no solo fue esa gran etnógrafa a quien debemos la más fidedigna información sobre los ritos, cantos y producciones culturales de herencia africana de las que solemos jactarnos en Cuba, sino que además era una mujer con un sentido del humor espléndido que le ponía nombretes a todos y cada uno de sus amigos, que se metió a vivir en una Quinta habanera en plena década de los 40’s con otra mujer, que anduvo siempre carente de amor materno, que hacía vírgenes de piedras, que se marchó de La Habana a París en los 20’s para poder ser lesbiana sin permiso y que luego se volvió a marchar en 1960 cuando se dio cuenta de lo que venía. 
Lydia era un ser tan libre y tan decente que nunca aceptó las ayudas de la seguridad social norteamericana porque decía que, si ella y María Teresa no habían trabajado en este país, no podían hacer uso de esos beneficios. En consecuencia, se dedicó a hacer cuánto estuvo a su alcance para ver a la isla libre otra vez y nunca dejó de escribirle cartas a su amiga Amelia Peláez porque Amelia y su hermana Nenita contestaban. Sin reproches de ninguno de los dos lados, solo tristeza. 
Lydia fue una mujer tan apasionada y tan olvidada del qué dirán y sus consecuencias que cuando Teresa de la Parra convalecía de tuberculosis en Suiza, se dedicó a escribir para ella sus Cuentos negros de Cuba, un libro juguete-ofrenda de amor. Y cuando cincuenta años después moría su Titina, hubo que ingresarla grave en un hospital de Miami sin que los médicos pudieran determinarle una dolencia específica. Ese mismo Miami en donde ambas descansan y al que ella llamara con todo desparpajo en sus cartas “la ciénaga cementada”.
Quiero escribir todo eso un día. A ver. 

17 abr 2020

Paradero de Camarones

No pocos de los que han leído los fragmentos de Atlántida que he compartido en El Fogonero y Facebook, me han preguntando por qué mi pueblo se llama así. Aunque siempre me ocupo de responderles, decidí aclararlo también en la novela. Así me aseguro de que todo el que entre en ella lo haga sin esa interrogante.


“Imaginen una pequeña estación de trenes, 
diez minutos antes del anochecer”.
John Cheever

En 1847, siguiendo los planos del agrimensor Alejo Lainier y el ingeniero francés Julio Sagebien, comenzó la construcción del ferrocarril que uniría al puerto de Cienfuegos con Villa Clara. Cinco años después y 24 kilómetros al noreste, alcanzó el punto más cercano a San Fernando de Camarones.
Allí, a 8 kilómetros de uno de los pueblos más antiguos de la región, se inauguró un caserón de madera y un andén. La compañía ferroviaria puso un cartel. Le avisaba a los viajeros que se dirigían a Camarones que ese era su paradero. Se sabe la fecha exacta de ese hecho: 10 de julio de 1852.
Muy pronto comenzaron a levantar casas, fondas y tiendas en los alrededores. Ese es el origen del pueblo, un lugar que no eligieron las personas sino los trenes. La primera vez que apareció en un mapa fue, precisamente, en un itinerario de los Ferrocarriles Unidos de La Habana. 
Esa compañía inglesa construyó, durante las primeras décadas del siglo XX, grandes estaciones en el centro y el occidente de Cuba. En muchos pueblos esos caserones sobresalían sobre el resto de las edificaciones. Ese es el caso del Paradero de Camarones. 
En 1914, los ingleses derribaron la antigua estación de madera y construyeron otra con techo almenado y dos andenes, uno en la línea de Cienfuegos a Santa Clara y otro en el enlace del ramal Cumanayagua. El nuevo edificio incluía oficina, salón de espera, almacén y una vivienda para el jefe de estación.
Los que no conocen el lugar y llegan a él en un tren nocturno, cuando las luces de 100 watts alumbran los andenes, pueden llegar a pensar que el pueblo es mucho más grande. Pero apenas tiene tres callejones, dos tiendas, un bar, una oficina de correos, una barbería, una escuela y un cine.
En esos espacios ocurre la mayor parte de la historia que cuento.

16 abr 2020

Incapacitado

Hoy salí a comprar las cosas que se nos están acabando. Llevaba una lista precisa de productos y una orden estricta: no podía llegar a la casa con nada que no estuviera apuntado. Así se protege Diana Sarlabous de mi instinto compulsivo de acaparar, sobre todo en este “periodo especial” que ha provocado la pandemia.
Aunque en la fila en el parqueo del supermercado permanecíamos separados a más de un metro, no pude evitar involucrarme en una conversación. “En Cuba no pasa nada de esto”, dijo una señora de clase media alta, elegante y ataviada con mascarilla, lentes y guante. “En Cuba todo es distinto”, asintió un anciano.
Me presenté. Siempre cordial, pero sin poder ocultar mi soberbia. En resumen, les dije que era cubano y que jamás hubiera querido irme de mi país. “Gracias a República Dominicana soy un hombre libre y digno”, concluí. Detrás de la mascarilla y de los lentes podía distinguirse el rostro estupefacto de la señora.
“Ah, pero los cubanos na má que se jodién”, dijo la señora dejando a un lado la elegancia. “¿Has vuelto a tu país?”, me preguntó el anciano asegurándose antes de guardar la distancia. “En veinte años dos veces”, le respondí. La señora, abrió los ojos para que fundamentara mi respuesta.
“No vuelvo más. Me siento incapacitado”, dije mientras avanzábamos, antes de que una muchacha nos desinfectara el carrito y las manos. He vivido en Cuba solo 12 años más que en República Dominicana. Ya he estado más tiempo en Santo Domingo que en el Paradero de Camarones o La Habana.
La última vez que fui a Cuba, no me entendía ni con la realidad ni con la gente, me sentía un extranjero, incluso en Cienfuegos o en Santa Clara. Cuando llego con Diana a la Loma y respiro el aire de la Cordillera, siento que he llegado a un lugar al que pertenezco.
Cada vez que puedo, desenmascaro la propaganda del régimen cubano, esa descarada demagogia que se basa en el tráfico de mano de obra esclava (ya sean médicos, maestros o profesionales) y en la manipulación más burda. Mi incapacidad me obliga. 
Si yo no volvería a vivir en un mundo así, no se lo puedo desear a nadie.

15 abr 2020

La protesta de los títeres sin cabezas

Cada quien tiene el muro de Facebook que se merece, porque está hecho con los contenidos que producen sus amigos. Puedo asegurar sin temor alguno a equivocarme (nací y crecí en el absolutismo, si de algo sé es de eso), que el mío es una de las mejores publicaciones culturales que existen.
No tengo que salir de mi muro para leer algunas de las prosas de mayor calidad que se puedan encontrar en nuestra lengua. Los posts y las reacciones de Enrique del Risco, Ramón Fernández-Larrea, Néstor Díaz de Villegas, José M. Fernández Pequeño, Mabel Cuesta o Renay Chinea, por solo citar a los que más leí ayer, son un lujo que no se pueden dar muchos medios hoy.
Como si todo eso fuera poco, hace unas semanas entablé amistad virtual con Fermín Gabor, el nombre con el que Antonio José Ponte soltó su lengua (y la de su asociado). Desde entonces, no puedo parar de disfrutar y divertirme, mientras no quedan títeres con cabezas en el retablo de eso que llamamos cultura cubana. 
Ponte siempre se resistió a tener una cuenta de Facebook con su nombre, pero accedió a entrar en la red social como Fermín Gabor, de quien no se ha tenido más noticias desde que publicara sus lapidarias colaboraciones en La Habana Elegante, las cuales han sido compiladas por la editorial Renacimiento, seguidas de un Diccionario de La Lengua Suelta escrito por su socio.
La protesta de los títeres sin cabezas no se ha hecho esperar. El resurgir de los textos de Gabor y los nuevos aportes de Ponte, que le dan seguimiento y actualidad a los filtrados hasta el 2010, tienen al grito (expresión dominicana que me encanta) a la oficialidad de la isla (no me refiero a militares sino a escritores y artistas). 
Tan poco acostumbrados están a la pluralidad y tan cómodos se sienten en su autoengaño, que no son capaces de tolerar que alguien al fin llame a las cosas por su nombre. Los ataques a Gabor han venido de muchas partes de la geografía nacional. Solo las limitaciones impuestas por la pandemia han impedido el acto de repudio (o de susurros).
Un poeta municipal, dedicado desde hace años a la cursilería y el autoauxilio (que es la versión cubana de la autoayuda), fue uno de los primeros en reaccionar. “Algo de tan mal gusto no debería divulgarse”, dijo. Su mentalidad de divulgador provincial, tan habituado a la censura y la autocensura, lo traicionó.
Otros han advertido que eso es tentar al karma. Han acusado a las composiciones de Gabor y Ponte (herederos de Piloto y Vera) de chancleteo, chanchullo, chapucerías, chismes, choteos, chusmerías… Están a punto de agotar los oprobios que aparecen en la Ch (a propósito de diccionarios).
Un amigo que fue a La Habana, tuvo una larga conversación con un director teatral. “Yo sé hasta dónde pueden llegar ellos y ellos saben hasta dónde puedo llegar yo”, dijo refiriéndose al acuerdo tácito de los creadores con la dictadura y a esa raya que nadie se atreve a pisar.
Lo que los tiene desesperados ahora es que con Fermín Gabor las cosas ni se suponen ni se sobreentienden. Son o no son. Los títeres, aun sin cabezas, pueden mantener los movimientos por el retablo si alguien les mete una mano por debajo. Pero son incapaces de tener voluntad hasta para algo tan sencillo como llamar a las cosas por su nombre.
Además de que no pueden, los aterra.

12 abr 2020

Rudolf Häsler en Cuba, una historia de amor y terror

Rudolf Häsler y su esposa María Lola en Cuba.
Casi todas las historias que Diana me cuenta de los años que vivió en Cataluña, empiezan o se acababan en casa de su querida tía María Lola y sus primos Rodolfo, Alejandro, Ana y Juan Carlos Häsler. De todos ellos solo conocía a Rodolfo, por poemas suyos que, de una manera o de otra, me fueron cayendo en las manos.
Después supe que los otros hermanos también eran artistas. Ana, cantante lírica. Alejandro y Juan Carlos, pintores. Su padre se llamó Rudolf Häsler y fue uno de los maestros del realismo europeo del siglo XX. El año pasado, por fin fui con Diana a su casa en San Cugat del Vallés. 
Comimos con toda la familia. Diana se quedó en la sala con su tía, Ana y Juan Carlos. Yo me fui a la biblioteca con Rodolfo. “Uno vive muchos años para recordar días como este”, le dije a Diana mientras conducía de camino a Calella de Palafrugell, donde nos estábamos quedando.
Fue aquella tarde que nos enteramos de que Televisión Española estaba realizando un documental sobre Rudolf Häsler. María Lola anduvo toda la casa enseñándonos los sets de la filmación. Ayer por fin lo vimos (estará disponible en la App de TVE hasta el 20 de abril). El capítulo cubano es devastador.
Rudolf nació en Interlaken, en 1929. Fue maestro de escuela y trotamundos antes de conocer en Andalucía al amor de su vida, una santiaguera que lo llevó a Cuba en 1957. Su luna de miel fue un recorrido de un mes por toda la isla. Suficiente para que se enamorara del país y decidiera quedarse. 
En 1959, cuando triunfa la revolución, Häsler cree haber encontrado por fin el sentido que tanto buscaba y le ofrece todas sus en energías a una utopía que lo enamoró tanto como María Lola. Lo nombraron Director Nacional de Artesanía del INIT (Instituto Nacional para la Industria Turística).
—Nadie preguntó, de nosotros, que más puedo ganar —recuerda Rudolf Häsler—. Todos preguntaban qué más puedo hacer por este pueblo. Esto es la liberación de su ego. La creatividad en favor de otros, es lo más glorioso que un hombre en su vida puede vivir. Es la felicidad completa.
Su cargo equivalía al de un viceministro y tenía una nómina de 5.000 empleados. Era, después de Ernesto Guevara, el segundo extranjero con más alto rango en el gobierno. Pero el romance de Häsler con la revolución cubana duró poco. Su caso se parece mucho al de Heberto Padilla, solo que no consiguieron que Rudolf se hiciera una autocrítica.
La primera vez que le pidieron al Suizo (como le llamaban todos, incluido Fidel Castro) que se vistiera de verde olivo, se negó. “Jamás me pondré un uniforme militar que no sea el de mi país”, respondió. A la segunda negativa, sospecharon que era agente del enemigo. A la tercera, lo dieron por sentado.
Trataron de condenarlo en un juicio 
—Uno de los días más horribles de mi vida fue el día que me acusaron de todo lo imaginable —reconoce Rudolf Häsler—. Las mentiras más grandes. He vivido todo lo que se puede vivir en un sistema de terror como el sistema comunista.
Eligió hacer su propia defensa en el juicio sumario. Logró salvarse del paredón y, gracias a la embajada de Suiza, escapar de Cuba con su familia. Así fue como los Häsler acabaron viviendo en San Cugat del Vallés. Cada pared de la casa cuenta la historia de una familia que ha elegido siempre, después del amor y el horror, la creatividad. 
—La vida es un regalo, un gran regalo —se le oye decir a Rudolf Häsler en los segundos finales del documental—. La persona es completamente libre de hacer de esto una mierda o una fiesta.
Para mí es una fiesta ser parte de la familia Häsler, compartir su historia.

Serie de sellos cubanos diseñados por Rudolf Häsler.

8 abr 2020

Iraola y Wayacón

Frank Iraola.
Cuando me gradué de la Escuela Nacional de Arte (ENA), me enviaron de regreso a mi provincia a cumplir el servicio social. Eran los últimos años de la década del 80 y de la Cuba en la que habíamos crecido. Sigo recordando con mucho cariño a los amigos con los que compartí aquella experiencia.
Tampoco olvido a los que encontré en Cienfuegos a mi llegada. Dos de ellos, Frank Iraola y Wayacón (Julián Espinosa Rebollido), me revelaron una ciudad que yo desconocía: esa que se emborrachaba junto a los muelles, sin la más mínima esperanza y con los alcoholes de la peor calaña.
Iraola, como yo, se había graduado en la ENA, pero nunca quiso abandonar su ciudad. Eso fue reduciendo su enorme talento como pintor hasta dejarlo encerrado en el ámbito municipal. Wayacón, era un artista naíf que había sido descubierto por Samuel Feijóo.
Con aquellos dos pertinaces borrachos (que es algo muy diferente a un alcohólico) conocí muchos puntos de vista y códigos que me eran ajenos. Iraola tenía una gran cultura, pero prefería comportarse como un marginal. Wayacón, como buen discípulo de Feijóo, era un gran observador de las costumbres campesinas.
—¿Tú te has fijado que a las seis de la tarde los guajiros se arrebatan, rascándose las nalgas contra los troncos de las matas, lo postes de la luz, las paredes o lo que encuentren? —Me dijo un día muy serio—. Es que a esa hora los oxiuros bajan a comer.
Nunca se sabía si Wayacón hablaba en serio, en broma o deliraba. Al tratar de traducir sus estados de ánimo, Iraola creaba una confusión aún mayor. Estar junto a ellos en esos momentos, era andar por un mundo paralelo, que siempre acababa, curiosamente, en un popular verso dominicano.
—Total —recitaban a dúo—, si las palmas son más altas y los puercos comen de ellas.
En el año 90 me fui a vivir a La Habana y nunca más los vi. Pero a menudo me sorprendo repitiendo algunas de sus frases, como aquella con la que Wayacón se defendía cada vez que alguien le advertía de su extrema delgadez: “Todo guajiro que se respete debe tener un buen parásito en la barriga”.

Julián Espinosa Rebollido (Wayacón).

7 abr 2020

Viajeros inmóviles

Nos encanta viajar juntos. Siempre nos las arreglamos para sacarle el mayor provecho a los trayectos que hacemos. Cada vez que volvemos a casa somos diferentes a los que se fueron, porque las experiencias que vivimos acaban cambiándonos. 
Durante un doloroso tratamiento, en el que nadie se le podía acercar, me fui con ella a descubrir las rutas más intrincadas de los Everglades. Por esos días, fuimos hasta la estación de Tampa, a una hora señalada, solo para ver llegar el Amtrak. Otros trenes nos han llevado a noches que tampoco podremos olvidar.
Tratamos, incluso, de darle un sentido diferente a los viajes de trabajo. Es así que nos hemos quedado solos, en la madrugada de Murcia, frente a la imponente catedral, o hemos batido pañuelos en el aire de Salamanca, pidiendo una oreja más para ese gran artista que es Andrés Roca Rey.
Nuestro próximo viaje iba a ser a Concord, el pueblo de Thoreau. Habíamos reservado un hotelito muy cerca de la Laguna de Walden, donde Henry David se hizo una cabaña y vivió dos intensos años.  Estábamos releyendo sus diarios para conocer bien el terreno antes de llegar a él.
Pero la pandemia del coronavirus paralizó al mundo y nos tuvimos que quedar encerrados en casa. Todos estos días, sin ni siquiera poder ir a la Loma, también han sido un viaje. Nos hemos disfrutado más en todos los sentidos. descubrimos, incluso, nuevas formas de pelear y de reconciliarnos. 
José Lezama Lima solía decir que él era un viajero inmóvil, porque andaba el mundo entero a través de los libros, sin tener que levantarse del sillón que tenía en la sala de su casa. Diana Sarlabous es mi viaje. Ella es el mundo que recorro dentro y fuera de casa.

5 abr 2020

El mundo perdido de Cienfuegos Carga

Mi madre, como mis abuelos y sus tres hermanos, fue ferroviaria. Los Yero en los ferrocarriles eran como los Veloz en la televisión. Miraras donde miraras, había uno allí. En vacaciones me iba con mi madre a su trabajo. Era la estación de Cienfuegos Carga, un enorme caserón lleno de ferroviarios legendarios. 
Bernardo Zamora era el jefe de Terminal. Un hombre alto y bonachón, pero muy exigente, que no toleraba lo mal hecho. Su mesa de trabajo era enorme y, como tenía una amplia ventana al patio de la estación, se veía desde ella todo el movimiento de los trenes. 
Gracias a la reputación que me precedía como nieto de Aurelio Yero, Zamora arrinconaba la infinidad de papeles que tenía sobre la mesa para que yo jugara en ella. Martinito me regalaba paquetes de boletines usados (que los conductores recogían antes de llegar a la última estación) y esos eran mis trenes.
El Abuelo, cuya familia había sido dueña de una famosa cafetería, me traía bocaditos de jamón para la merienda (¡los mejores que me he comido en mi vida!).  Cuando ya ponía cara de aburrido sobre la mesa de Zamora, Macho me llevaba al patio a jugar con los trenes de verdad.
Así fui varias veces, sobre una vieja y destartalada locomotora alemana, hasta lo último de Reina, donde la línea acababa hundiéndose en la bahía. Me emocionaba cuando aquel tren de combustible desembocaba en la avenida y se abría paso entre guaguas, camiones y rastras. 
Marino Vega, el maquinista, me sujetaba con una mano, mientras conducía con la otra, para que yo pudiera sacar la cabeza. Lugones, Arambares y Serralvo (quien para mí era Rafelito, porque estaba casado con mi tía Cary), comprobaban mis conocimientos haciéndome preguntas del Reglamento de Operaciones.
—Este va a ser el mejor de los Yero —vaticinaba Arambares, poniendo a brillar cadenas, anillos y dientes de oro. 
—Ese niño no falla —le decía Lugones a mi madre cuando me llevaba de regreso a su oficina—. Dile al viejo Yero que va a ser tremendo ferroviario.
Aunque todos se equivocaron en sus predicciones, acertaron en algo mucho más importante: en el sentido de pertenencia que me inculcaron. En 2011, cuando volví a Cuba después de 10 años, llevé a Diana Sarlabous a conocer la estación de Cienfuegos Carga, donde el niño que fui vivió muchos de sus días más felices.
El edificio se había derrumbado y no quedaba ni rastro del mundo que hubo allí. La tarde caía sobre Cienfuegos y me fui a caminar por el herbazal que había donde antes estuvo el patio de la estación. Zamora, Martinito, El Abuelo, Macho, Marino Vega, Lugones, Arambares y Serralvo iban conmigo. 
Ustedes no me creerán, pero fue como se los cuento.

Diana Sarlabous en las ruinas de la estación de Cienfuegos Carga, 2011.

Mi tío Aldo Yero Mosteiro en las ruinas de Cienfuegos Carga.