31 dic. 2018

Mal nacida

Miguel Díaz-Canel Bermúdez es un hombre de pocas palabras. No es que hable poco, es que su vocabulario es muy básico. Uno de sus últimos tuits prueba su rudimentaria relación con el idioma y su verdadera naturaleza. A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, el presidente cubano escribió: 
“Vimos en familia la película «Inocencia», de Alejandro Gil, un capítulo muy doloroso de nuestra historia. No olvidemos jamás que así como abundan los héroes, no faltan los mal nacidos por error en #Cuba, que pueden ser peores que el enemigo que la ataca. Viva siempre #CubaLibre!”.
Le he pedido al corrector de Word que omita los errores para poder citar textualmente. Desde que Díaz-Canel activó su cuenta en Twitter (@DiazCanelB), el pasado 10 de octubre, ha publicado 295 post. La mayoría de ellos parecen contenidos hechos para una estrategia de comunicaciones.
Como está al frente de una nación inviable y en ruinas, casi siempre mira hacia atrás o hacia delante. Se refiere a las glorias del pasado o a las promesas del futuro. Da clases de historia o hace ejercicios de prestidigitación. El presente se pasa por alto o se adorna con algún que otro eufemismo.  
A las 10:30 de la mañana del 30 de diciembre, sin embargo, el subconsciente y la punta de los dedos traicionaron al presidente cubano. Aunque sus asesores le han recomendado compartir contenidos “cálidos, humanos, creativos…”, se le salió el odio que lleva por dentro y lo reprodujo textualmente. 
“Mal nacidos por error en #Cuba”. Elijo esos 30 caracteres (con espacios) para resumir mi vínculo con la revolución. Aunque fue un embarazo de muchos y un parto celebrado por tantos, acabó traicionando a la mayoría. Desde entonces, nadie ha desilusionado, dividido y empobrecido más a los cubanos. 
Mañana, 1 de enero de 2019, cumplirá 60 años y en Cuba no habrá ni pan para recordar el día en que mal nació.

29 dic. 2018

Nuestros propósitos para 2019

Diana no tiene tiroides y yo tengo Trastorno Obsesivo Compulsivo de la Personalidad. Somos una tormenta perfecta. Hasta el más optimista hubiera apostado que en menos de tres años lograríamos destruirlo todo. Siete años después, sin embargo, seguimos construyendo.
A los pocos meses de habernos conocido le diagnosticaron cáncer. Las semanas que nos pasamos en Coral Gables, previas a la operación, debieron ser dramáticas y tensas. Pero, vistas en la distancia, acabaron siendo una singular luna de miel.  Una larga cicatriz en su cuello nos la recordará para siempre. 
“Miami”, la canción de Calamaro, resume muy bien aquellos días: “Vivo el mejor tiempo de mi vida,/ transformaste mi pena en poesía,/ ahora puedo lo que no podía,/ y también quiero eso que no quería./ Gracias por tu confianza/ y por tu inteligencia/ por toda tu belleza, amor”.
Acabamos riéndonos de las cosas más serias y nos tomamos muy en serio todo, incluso las bromas. Como cualquier otra pareja, hemos tenido problemas, situaciones y discusiones difíciles, incluso graves.  Pero nada que el Synthroid o el Brugal Extra Viejo no pudieran remediar. 
Hace tres días que estamos solos en la Loma de Thoreau. Ayer en la tarde, un enorme arcoíris se armó sobre nuestras cabezas. Iba desde la otra orilla del Yaque hasta el Mogote. Salvo una breve visita que le hicimos a Mario Dávalos, hemos compartido el resto de nuestro tiempo con la neblina. 
Tenemos muchos propósitos para 2019. Comenzaremos a trabajar en ellos desde los primeros días de enero. Pero lo que más nos ilusiona es seguir disfrutando de la vida juntos. Sembrar lo que podamos cosechar y estar siempre atentos para que no nos perdamos ninguna de las maravillas que nos pasen por delante.
No hay mayor riqueza que tener tiempo suficiente para pararse debajo de un arcoíris y esperar a que la lluvia o la noche lo borren.

27 dic. 2018

Mami

Ya no recuerda mi nombre, aunque todos los días me besa como si lo estuviera diciendo. Su mundo sigue vivo, pero muchos años atrás, tantos, que yo todavía no he nacido. Esa es la razón por la que no sabe cómo llamarme ni aparezco en ninguna de sus conversaciones.
Habla muchísimo, todo el tiempo, pero con Papá (mi abuelo Aurelio), Mamá (mi abuela Atlántida), Cary, Titita y Aldo (sus hermanos). Hay momentos en que aparece Lucy (la sobrina mayor). A veces vive en el Paradero de Camarones, otras en San Fernando de Camarones, San Andrés o San Juan de los Yeras.
Todas esas casas fueron estaciones en las que mi abuelo llegó a ser nombrado como jefe y la familia tuvo que mudarse con él. Por eso ahora sus recuerdos están llenos de andenes, viajeros y trenes a punto de llegar o de irse. El reloj de nuestro comedor le sirve para mantenerse pendiente de los itinerarios.
Si hay flan, me pregunta si Papá ya comió. Si hacemos torrejas, las prueba, cierra los ojos y asegura que esas son las más ricas del mundo, porque nadie las sabe hacer como Mamá. Cuando le pongo delante un pedazo de tortilla de papas, mide su grosor: “¡Casi tres dedos y cocinadita por dentro, esa galleguita es la mejor!”. 
Durante mucho tiempo creí que era preferible estar muerto a seguir vivo con Alzheimer. Ahora no pienso igual. Yo no solo tengo los besos de mi madre. Gracias a ella, también me paso todo el día rodeado de mis abuelos, mis tíos y del mundo que ellos vivieron antes de que yo naciera. 
Todas las noches me pregunta cuándo me voy a pasar unos días con ella en Camarones. Ayer, después de darle muchos besos, le dije que ya estábamos en Camarones. Abrió los ojos, miró bien cada detalle de la casa y sonrió. “¡Es verdad! —Me dijo—. ¡Qué cabeza la mía!”.

26 dic. 2018

Los años y el cansancio

Ruinas de la estación de ferrocarril de San Fernando de Camarones.
Una casa no son sus columnas,
sus vigas o sus paredes,
tampoco las lámparas 
que se quedan
con la luz de la tarde
hasta que por fin amanece.
Una casa no son sus sonidos
ni el silencio que entra 
por las ventanas en la noche.
Una casa no son sus muebles, 
cada mano de pintura,
los adornos o los retratos 
que mantienen a la familia 
unida, 
feliz.
Una casa es solo
ese momento
en que te dejas caer
en tu lado de la cama
y cierras los ojos.
Esos pocos segundos
en que ya no puedes
con los años
y el cansancio,
justifican columnas, 
vigas, paredes, lámparas,
incluso el silencio que se cuela
cada madrugada por las ventanas.

23 dic. 2018

Las luces del pueblo

Daniel Peña fue uno de los mejores amigos de mi padre. Vivía en Veguitas, junto al río Jibacoa, a unos cien metros de la carretera de Manicaragua a Topes de Collantes. En su secadero de café filmaron uno de los tiroteos de Río Negro (Manuel Pérez, 1977). Allí, frente a las balas, mi vida cambió para siempre.
Mi padre me levantó a las cinco de la mañana. “¿Quieres ver cómo se hacen las películas?" —me preguntó mientras me alcanzaba un jarro con leche caliente. Aunque ya tenía 10 años, el cine para mí era todavía un misterio sin descifrar. Cuando llegamos, la casa estaba llena de artistas que salían en la televisión.
Sergio Corrieri, que era amigo de mi padre (solían ir a pescar juntos al lago Hanabanilla), me llevó hasta Mario Balmaseda. “Juan Quin Quin —le dijo—, Camilito te quiere conocer”. No me hizo mucho caso porque estaba concentrado en lo que leía. Solo me miró, sonrió y me pasó la mano por la cabeza.
Parece insignificante, pero para el niño aquel fue algo que se proyectó una y otra vez en la pantalla de su memoria emotiva. Hubo que repetir la escena dos veces. La primera toma fue un desastre. Desde que sonó el primer disparo, los espectadores armamos tremenda algarabía.
—¡Corten! —Gritó el director cuando Sergio Corrieri acabó de llorar sobre Ignacio Valdés Sigler, quien hacía de su padre en la película y yacía sobre el suelo, bañado en sangre.
Tarde en la noche, en la larga pendiente de la Loma del Sijú, mi padre me despertó para que viera las luces de Manicaragua. Allá abajo, el pequeño pueblo resplandecía como si fuera una gran ciudad. Desde la terraza de la cabaña de la Loma de Thoreau se ven las luces de Jarabaoca.
Eso me hace recordar el viaje de regreso de aquel día inolvidable en la casa de Daniel Peña. Mi padre quería que yo viera cómo se hacían las películas, pero acabó regalándome una experiencia que me cambió la vida. Nunca más volví a conformarme con la realidad. 
Poco después escribí mi primer cuento. Era una balacera horrible donde morían todos los malos y los buenos, al final, bajaban por un camino donde se veían las luces del pueblo a lo lejos. 
A menudo pongo Río Negro y avanzo hasta la escena del secadero. Me busco del otro lado de la cámara, eufórico, con la mano de mi padre apretándome la boca para que no vuelva a gritar.     

19 dic. 2018

Un día interminable

Ha sido un día interminable.
Fue agotador el trabajo
con unos textos que debía.
Luego llamó otro cliente 
para discutir
las palabras de un hashtag. 
Mientras hablábamos,
en mute,
puse a Harry Dean Stanton
a andar por el desierto.
No estaba en Paris, Texas
sino en la última escena
de su vida.
La voz en el télefono
decía cosas que ya 
no entendía y Harry 
avanzaba en dirección 
a la cámara.
Se acercó lo suficiente.
Luego se detuvo,
me miró por un momento,
sonrió,
dio la espalda 
y caminó 
hasta perderse de vista.

No recuerdo lo que propuse,
pero al cliente le gustó 
el hashtag y me dejó tranquilo.
Bajé a ponerle comida
a los perros,
destorcí la manguera
del jardín,
guardé las herramientas
y cargué con más leña
para la chimenea.
Ya volvía a la casa
cuando te vi
junto a las buganvilias.
Me acerqué lo suficiente.
Luego me detuve,
te miré por un momento,
sonreí,
di la espalda 
y caminé 
hasta perderme de vista.
Tú serás mi único recuerdo
de este día interminable.

La ingratitud de los cubanos*

Estado actual de la casa donde murió Máximo Gómez en Cuba.
En mayo de 1905, Máximo Gómez se hizo una pequeña herida en la mano derecha. Un guerrero como él, acostumbrado a ver (y dar) machetazos mortales, no lo de dio la más mínima importancia. En verdad era un corte insignificante, pero acabó costándole la vida.
Pocos días después, acompañado de Manana y de sus hijas Clemencia y Margarita, viajó desde La Habana hasta Santiago de Cuba en tren. Su excusa era hacerle la visita a su hijo Maxito y a su nuera Candita. Pero su verdadera intención era contribuir a frenar los planes reeleccionistas de Tomás Estrada Palma.
Cada vez que el tren se detenía en una estación, Gómez le daba la mano a los cubanos y les pedía que votaran por el general Emilio Núñez, candidato del Partido Liberal. “¡La situación es gravísima! —advertía—. ¡Se sienten ya latidos de revolución!”.
Tanto dio la mano, que la pequeña herida acabó infectándose. Cuando regresó a La Habana ya no podía sostenerse en pie. Le diagnosticaron septicemia y no hubo manera de salvarlo. El 17 de junio fue certificada la defunción del General en Jefe del Ejército Libertador.
Esta semana, Renay Chinea pasó frente a unas ruinas en la esquina de 5ta. y D, en El Vedado. Una vieja tarja, hecha el 17 de junio de 1906, identifica el lugar. Es la casa donde murió Gómez. En su post, Renay prefirió citar la carta que Martí le envió al Generalísimo el 13 de septiembre de 1892: 
“Ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador (…). Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
Cuando la carroza fúnebre con los restos de Máximo Gómez llegó a la Necrópolis de Colón, los generales mambises Bernabé Boza, Emilio Núñez, Pedro Díaz y Javier de la Vega llevaron el ataúd hasta la fosa. No hubo despedida de duelo. La ingratitud de los cubanos siempre empieza por el silencio.

*Le debo la foto y la idea central de este texto a Renay Chinea.

The Rider, cuando la poesía de la vida cotidiana anda a caballo

Si no quieres que te pasen gato por liebre, como en Roma, que te presentan una insufrible imitación del neorrealismo italiano como si estuviéramos en 1960 y no en 2018, te propongo que veas The Rider. 
Contada con un lenguaje de hoy y propio (el de Roma es prestado), Chloé Zhang filma (y firma) una verdadera joyita en tiempos donde casi todas las alhajas acaban siendo de fantasía. 
The Rider es una de las películas más conmovedoras y creíbles que he visto en los últimos años. A caballo (literalmente) entre la ficción y el documental, cuenta la historia de un joven vaquero que, tras un terrible accidente, debe renunciar a su sueño de convertirse en una estrella de los rodeos. 
Brady Jandreau, el protagonista, se interpreta a sí mismo. No es un actor, es el vaquero de la historia. Igual que su padre Tim (un alcohólico adicto al juego) y su hermana Lilly (autista). Eso no quiere decir que veremos aficionados en escena. Ningún actor podría hacer sus personajes con más credibilidad que ellos.
A diferencia de Alonso Cuarón, que trató de embutirnos la realidad con la lentitud que se baldea una casa, Chloé Zhang demuestra que la vida cotidiana puede tener ritmo y, sobre todo, estar llena de poesía.

17 dic. 2018

Roma, el aburrimiento y los perros de México

Perdonen si desentono con la crisis de entusiasmo colectiva, pero tengo la necesidad de ser honesto. Esperé por ella durante semanas y le dediqué la tarde del domingo (es una costumbre con la que cargo desde mi adolescencia, por culpa de una tanda de dos películas que nos ponían a esa hora en la Cuba de entonces).
Ya es tan difícil dar con una película que no sea de entretenimiento, que nos venden el aburrimiento como arte. Roma, el filme de Alonso Cuarón que ha producido Netflix, hubiera sido buena si fuera italiana y estuviera hecha en los años 60. A la altura de 2018 resulta inmetible. 
Ya nadie (y mucho menos un cineasta) puede darse el lujo de no contar nada en 30 minutos. En el minuto 35 de Roma todavía no ha pasado nada. Es cierto que la fotografía y los escenarios consiguen una reconstrucción de la época deslumbrante.
Pero como todo está contado a un ritmo aún más lento que el de la vida real, uno acaba hastiándose. Conocí a la colonia Roma por la literatura, en Las batallas del desierto, la fascinante novela de José Emilio Pacheco. Debe ser por eso que Cuarón tuvo conmigo tan pocas oportunidades. 
Después de la decepción, el agobio y el hastío, la mayor enseñanza que me llevo de esta película es que los perros en México cagan más que en ninguna otra parte del mundo.

11 dic. 2018

Cuba le pone un candado a la jaula de la creatividad

El cineasta Miguel Coyula y la actriz Lynn Cruz
se manifiestan contra el Decreto 349.
El Decreto 349, firmado por Miguel Díaz-Canel apenas unas horas después de asumir la presidencia, le pondría un candado a la jaula de la creatividad en Cuba. Si no se enmienda, todo artista deberá tener permiso de una institución del régimen para poder actuar, exponer o comercializar sus obras.
La disposición, que ha provocado el rechazo incluso entre creadores oficiales, tiene un antecedente: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”, la máxima pronunciada por Fidel Castro en el encuentro que sostuvo con un grupo de intelectuales en junio de 1961.
Si entonces no quedó ni el más mínimo resquicio para la independencia política de los creadores, dejándolos encerrados en la jaula de la “fidelidad a la revolución”; ahora se le pondría un cerrojo administrativo, asegurándose de que nadie pueda producir una obra sin la previa autorización de un censor. 
En un comentario publicado en su blog, Segunda CitaSilvio Rodríguez especuló que “el Decreto 349 fue algo que le pusieron delante a nuestro Presidente [Díaz-Canel] para que lo firmara, sin haber sido discutido entre los artistas”. “Fue algo cocinado entre pocos”, afirmó.
El actor Luis Alberto García, en un breve post que enmarcó en negro en Facebook, se refirió al embate oficial contra los creadores que, dentro de Cuba, se oponen al decreto: “La Jiribilla y sus secuaces: a diestra y siniestra (más bien a la siniestra) escupiendo y denostando a creadores y artistas que no se agachan”.
El decreto 349, además de exigirle a los artistas un permiso para poder crear, le da potestad a los funcionarios de las instituciones culturales a censurar obras y contenidos que consideren violentos, pornográficos, discriminatorios u ofensivos hacia los símbolos patrios.
Ya no estamos en 1961. El mundo es otro. Aunque Cuba ha permanecido prácticamente inmóvil durante demasiados años, en algún momento tendrá que empezar a moverse. Si es cierto que —como asegura Silvio— Díaz-Canel no sabía lo que estaba firmando, son los artistas los que deben insistir hasta que se enteren bien (él y el mundo). 
El cineasta Miguel Coyula, realizador de Memorias del desarrollo (2010) y el premiado documental Nadie (2017), también se manifestó en su muro de Facebook contra el Decreto 349. Lo hizo con una foto donde aparece junto a su esposa, la actriz Lynn Cruz.
La imagen que publicó Coyula, quien crea en Cuba al margen de las instituciones gubernamentales, incumpliría las nuevas reglas de la censura y, por ende, lo convierte en un delincuente. Manifestaciones como esa son la llave que abrirá el candado del infame Decreto 349.
El hecho de que ya la revolución sea incapaz de crear, no puede significar, bajo ninguna circunstancia, que los cubanos también dejen de hacerlo.