31 may. 2018

Manifiesto

Cuba es una nación que se descompone. Todo lo que la convirtió en una referencia universal, se ha extinguido o está a punto de desaparecer. Casi 60 años después de una revolución que prometía darle a los cubanos todo lo que se merecían, lo único que se ha conseguido es perder todo lo que se tenía.
La isla es una larga ruina, un deprimente museo de ciudades muertas que se mantienen en pie por un fenómeno inexplicable que acabaron llamando “estática milagrosa”. Tras la peor zafra desde el fin de la Guerra de independencia, la otrora azucarera del mundo tendrá que importar azúcar.
Las fuerzas productivas no producen, los medios de transporte no transportan. El séptimo país en el mundo en tener ferrocarril y el mejor comunicado de América Latina en 1959, ha vuelto a la tracción animal. En La Habana, una de las ciudades más deslumbrantes que tuvo el mundo, algunos duermen en la calle por miedo a que sus casas les caigan encima.
Por la inoperancia y la corrupción del régimen, acaba de producirse una de las dos peores tragedias aéreas del país. Tras el paso de una tormenta, el occidente permanece bajo agua y hay miles de desplazados. Mientras todo eso ocurre, el títere que representa al dictador ventrílocuo se ha ido de viaje.
En Caracas, Díaz-Canel y su emperifollada primera dama celebran la consumación del régimen de Nicolás Maduro. Repito las palabras que me dijo Diana Sarlabous al levantarnos: “La dictadura de mí país no le da un respiro a mi indignación”. 
A mis compatriotas que viven dentro de Cuba no les puedo exigir nada, conozco bien ese miedo. Lo tuve por años, incluso después de haberme ido. A los que viven fuera y prefieren guardar silencio (para poder seguir volviendo o salvar alguna propiedad), se los dejo a su conciencia.
Pero al cubano que diga o escriba una palabra a favor de ese oprobio, tendremos que dejar de ser amigos. Los amigos son para admirarlos, para sentir orgullo de ellos, para mirarse en su espejo y querer imitarlos; no para estarles perdonando inconsecuencias y penosas conveniencias.
Todo aquel que esté en desacuerdo con lo que digo, también tiene la libertad de dejar de ser mi amigo. “Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”, dijo una vez Henry David Thoreau. Yo ni siquiera estoy solo, duermo con la mujer que amo y tengo tres perros que me siguen a todas partes.
En 1892, cuando José Martí llegó por primera vez a la casa de Máximo Gómez en Montecristi, el Generalísimo “cubrió la mesa” con plátanos, lomo, café y “un fondo de ron bueno”. A los amigos que me queden después de este manifiesto, nunca les faltará eso en la Loma de Thoreau. 

28 may. 2018

Mujeres

27 de mayo

Hoy, en el Día de las Madres dominicano, quiero darle las gracias a la jefa de mi manada por su extraordinaria capacidad para querer y cuidar a los suyos. Nunca había admirado tanto a alguien, nunca supe conjugar tan bien el verbo amar hasta que conocí a Diana Sarlabous. 
No creo en las fechas impuestas por la tradición y el comercio, ni siquiera en esta; pero siento un infinito orgullo por tener a mi lado a una gran madre. Al besarla a ella, las felicito a todas.

28 de mayo

Hoy mi Ana Rosario cumple 25 años. Me puse a recordar quién era yo a su edad y puedo asegurarles que es mucho mejor que su padre. Ha tenido la enorme fortuna de crecer en sociedades libres y ha decidido vivir la vida que ha imaginado. 
Cada día siento orgullo de ella. De todas las cosas que le he enseñado, solo quisiera que no olvide nunca el camino de regreso al monte. Allí, además de hallar las mejores explicaciones sobre nosotros mismos, se reencontrará siempre con su papá.

24 may. 2018

El avión de la puerta A6

Ayer Diana Sarlabous y yo volvimos al aeropuerto de Las Américas. Cuando llegamos al portal del VIP Lounge, la pasarela de acceso de la puerta A6 nos quedó justo enfrente. Allí vimos semanas atrás a una aeronave azul y blanca cuyo deplorable estado llamaba la atención de todos.
Primero supimos que aquel Boeing 737-200 cubría un vuelo regular de Cubana de Aviación. El día del accidente en Rancho Boyeros, nos enteramos que era propiedad de Global Air, una cuestionada compañía mexicana. Ayer comprobamos que se trataba justamente del XA-UHZ.  
—El avión que se cayó en Cuba vino muchísimas veces a Santo Domingo —nos aseguró un empleado del aeropuerto—. A ninguno de nosotros nos tomó por sorpresa lo que ocurrió. Ese aparato ya no daba más... era una cuestión de tiempo.
Los Boeing 737-200 son aeronaves obsoletas que necesitan mucho mantenimiento, consumen demasiado combustible y generan una gran contaminación. Es por eso que la mayoría de los que aún operan han sido relegados al transporte de carga o a misiones militares. Cubana de Aviación no tomó en cuenta nada de eso a la hora de rentarlo. 
El transporte de personas en vehículos de carga es una práctica común en Cuba. La inmensa mayoría de los coches que llevan los trenes de pasajeros, son casillas de mercancías con asientos y (a veces) ventanillas. Los célebres camellos eran remolques adaptados. 
En los cada vez más frecuentes accidentes que ocurren en las carreteras de la Isla, casi siempre hay involucrados camiones de carga llenos de personas. La seguridad en el transporte no es una prioridad para la dictadura, tan ocupada como está en controlar y reprimir.
Es por eso que me apena y me entristece que algunos compatriotas confundieran las críticas a la inoperancia del régimen con odio político. En los países libres, cuando ocurre una tragedia así, una de las primeras reacciones de los ciudadanos es exigir responsabilidades. 
Llama poderosamente la atención que, a pesar de que el avión cayó a solo metros del aeropuerto, en una zona descubierta y de fácil acceso, aún no aparezca la caja negra que contiene los datos técnicos y —sobre todo— las respuestas a todas las interrogantes sobre la tragedia. 
No es odio, es obvio. Lo verdaderamente odioso es que el bienestar, la esperanza y la vida de los cubanos valga cada vez menos para una dictadura que, 59 años después de instaurada, solo prodiga miseria y oprobio.  

Mis perros han vuelto

Quino I, el incansable vigía de la estación
de ferrocarril del Paradero de Camarones.
He tenido muchos perros,
algunos con nombres
repetidos.
Les he criado
a cielo abierto
o en los espacios
más asfixiantes.
Han seguido 
detrás de mí incluso
cuando yo 
ya no tenía a dónde ir.
Aunque mis perros han sido 
mucho más fieles 
y valientes que yo, 
nunca me lo sacaron en cara.
Lamieron mis heridas
y esperaron a mi lado
a que sanara.
Jamás me abandonaron,
ni siquiera
en los dos o tres momentos
en que me he dado por vencido.

Laika, Shadow, Quino, Tristán,
Van Gogh, Quino otra vez,
House, Laika de nuevo,
Dino Buzzati y Jack London:
no pierdan el rastro
que dejamos en la tarde,
no suelten a la noche
una vez
que la hagan su presa.
No nos separemos hoy,
miren que estoy solo
y la neblina ha vuelto.
He tenido muchos perros
y esta noche de lluvia
los ha traído de regreso a todos.
Están echados 
delante del silencio.
Esperan mi señal.
Aunque nunca 
me lo sacarán en cara,
ellos saben que tengo miedo.

23 may. 2018

Luis Posada Carriles

Luis Posada Carriles fue uno de los más tenaces y temerarios luchadores contra la dictadura de Fidel Castro. Para muchos no era más que una bestia. Esa mala reputación se la ganó por estar acusado de atentados terroristas y por la incansable gestión de la maquinaria de propaganda del régimen.
Nada de eso logró que se diera por vencido. Ni siquiera lo hizo en septiembre de 1989, cuando sobrevivió a un atentado en Guatemala. El plan consistía en secuestrarlo y, una vez que llegaran con él a la frontera de México, conducirlo en un avión desde Tapachula hasta La Habana.
Un agente cubano le pagó 40 mil dólares a un grupo de militares guatemaltecos para que llevaran a cabo la misión. Tres meses después, Fidel Castro se desesperó y desistió de la complicada idea del secuestro. Dijo que se conformaba con su eliminación física. 
Tampoco lo lograron. Posada Carriles se batió a tiros con sus atacantes y, ya gravemente herido, logró vencerlos. Las cicatrices que dejaron los disparos en su rostro (una bala atravesó su mandíbula), contribuyeron a subrayar la caricatura que la dictadura promovía. 
Ninguna causa justifica ataques a civiles ni la muerte de inocentes. Eso es aborrecible. Como también lo es ignorar que hoy ha muerto un hombre que, en su lucha por la libertad de Cuba, nunca le quitó el pecho a las balas. Toca ahora a los cubanos poner su nombre en su justo lugar.

22 may. 2018

Postcard

Así éramos, en esa luz nacimos.
Nuestras noches
se hacían responsables
de alumbrar 
todos esos portales.
En esos bancos
se sentaban 
los bohemios,
vestidos de dril cien,
a ponerle música
a nuestra respiración.

Aunque luzca irreconocible
o claramente ajena,
esa es la ciudad
que teníamos
antes 
de que todo 
lo que creemos ser
se acabara
o, peor aún,
se convirtiera
en una vieja postal,
en la prueba
que enseñamos
para que nos crean
cuando decimos
que así éramos,
que de esa luz salimos.

Como en las novelas de Faulkner, Capote y McCullers

De nuestro más reciente viaje a la Florida, traje tres pequeñas posturas de pino ellioti. Sus posibilidades de supervivencia eran mínimas. Se pasaron más de un día sin tierra ni aire, encerradas herméticamente en un Ziploc. 
Le regalé una postura a Mario García Haya y otra a Mario Dávalos, mis hermanos en República Dominicana. No he vuelto a saber de ellas. Pero a la que sembré en la Loma de Thoreau le ha encantado el clima de la Cordillera. 
Ya puedo decir que en nuestro jardín, como en los paisajes que se describen en las novelas de Faulkner, Capote y McCullers, hay un pino ellioti.

21 may. 2018

Cuba tiene las alas rotas

Hace unas semanas Diana Sarlabous y yo volamos a Miami desde el aeropuerto de Santo Domingo. Justo al lado de nuestro avión, había una aeronave destartalada que llamaba la atención de todos. El aparato era antiquísimo y se apreciaba a simple vista que estaba en pésimo estado.
—¡Qué Dios acompañe a los que tengan que viajar ahí! —exclamó una señora persignándose.
—¿Y de dónde es esa vaina?—, preguntó alguien.
—Creo que es de Cubana—, respondió otro.
Diana y yo nos miramos y bajamos la cabeza, preferimos no hacer ningún comentario. En nuestro vuelo tuvimos que sortear una tormenta. Aterrizamos en Miami después de tres intentos. Ya en tierra, el capitán pidió excusas. “Solo intentaba hacerlo de la manera más segura”, dijo.
Cuando supimos que un vuelo de Cubana se había desplomado unos segundos después de despegar en el aeropuerto de Rancho Boyeros, Diana y yo recordamos al avión que vimos en Las Américas. Con las primeras imágenes comprobamos que tenía la misma pintura. Es muy probable que fuera el mismo aparato.
El sábado leí esta reacción de Luis Alberto García en su muro de Facebook: 
No esperan los resultados de las cajas negras del avión, no escuchan que la nave no era cubana, que la tripulación era mexicana. Que era un aparato rentado. No quieren oír. No les sale de su culo oír. 
“El desgobierno cubano es el culpable del accidente”, dicen.
¿Si se cae un avión americano, es culpa del desgobierno americano?
¿Si cae uno de Francia, es la cúpula tiránica gala la culpable?
¡Vayan al médico!
Otro querido amigo, pedía que no mezclaran la política con el dolor. Ni una cosa ni la otra. Creo que, en el momento en que se supo de la tragedia, el peor de los cubanos debió sentir exactamente la misma angustia que el mejor de todos nosotros (y dejo a cada quien la libertad para elegirlos).
Si Luisito accediera a los medios libres de Cuba, hubiera estado al tanto de la serie de reportajes que se han publicado en las últimas semanas sobre el caos en Cubana. Todos llaman la atención sobre el depauperado estado de los aviones que prestan servicios y la enorme corrupción que desangra a la compañía. 
Llegados a este punto, es importante recordarle algo a mi amigo actor: El “desgobierno americano” y la “cúpula tiránica gala” no operan aviones civiles, solo se aseguran de que las empresas privadas que lo hagan cumplan con las más estrictas medidas de seguridad. Cubana, en cambio, es una aerolínea estatal. 
De manera que, aun cuando el aparato y la tripulación fueran mexicanos, es el dueño de la aerolínea, es decir, el Estado cubano, el mayor responsable de la tragedia. Como lo es también de todas y cada una de las calamidades de la vida económica y social de Cuba.
Desde el viernes, en el corazón de todos los cubanos hay una bandera a media asta. Muchos, también estamos indignados y tenemos razones de sobra para estarlo. Cuba tiene las alas rotas, metafórica y literalmente, y el responsable de eso debería pagar por ello.

17 may. 2018

Otra vuelta de tuerca de Pablo iglesias

Pablo Iglesias, el líder podemita, espera dos hijos y tiene tres perros (la misma cantidad que yo, ¡vaya casualidad!). Esa es la razón por la que él y su esposa, Irene Montero (una especie de títere que parece estar sentada en sus piernas, hablando mientras Pablo mantiene la boca cerrada), se han comprado una mansión.
Esa adquisición, hecha por un profesor universitario zabullido en la política, no fuera noticia en España si no se tratara de un tipo que lo mismo se disfraza de Hugo Chávez, que le acepta dineros al criminal régimen de Irán para poder hacer un programita de televisión. 
Como el individuo me resulta intratable, solo me atreví a ver una edición de su Otra vuelta de tuerka (Sí, Henry James con faltas de ortografía). Fue en la que sostuvo un diálogo con Silvio Rodríguez. Una hora y seis minutos de intragables lugares comunes y soporífera bobería. 
Lo admito, llegó un punto en el que no pude más. Dejo aquí el link por si algún lector se atreve. Solo quería llamar la atención sobre este preciso momento, en el que Iglesias y Montero, muy a pesar suyos, adquieren un chalet y por fin logran tener una de las tantas cosas que les envidiaban a la “casta”.
Mi amigo Miguel Grillo, un guajiro del central Mercedes que se ha refugiado junto a sus vacas en un potrero de la Florida, no lo pudo decir mejor:
Que una pareja, en su tercera década de vida, decida comprar una casa es algo aplaudible. Lo que hace este caso especialmente diferente es que se trata de dos izquierdistas radicales con un plan político que incluye la expropiación de bienes si logran llegar al poder. Enhorabuena Pablo, ves, así se logran las cosas en la vida, comprándolas con el dinero obtenido legalmente y con tu esfuerzo (espero que este sea tu caso) y no robándoselas a su legítimo dueño. 
Pablo Iglesias y su esposa esperan dos hijos y tiene tres perros. Para que los niños y los animales tengan lo que ellos creen que se merecen, se han hipotecado hasta 2048 y han adquirido una propiedad con casa para visitas y piscina. ¿Qué pensarán de ellos los matrimonios de su misma edad que desean lo mismo en Cuba y Venezuela? 
Es un sueño legítimo pasados los 30… si no te llamas Pablo Iglesias o Irene Montero.

Una luz amarilla

Todo lo que querías
era volver a tener
una luz amarilla
en el camino
de regreso a casa.
Aquel breve esplendor,
asediado por la noche
cerrada de la isla,
era el punto 
donde por fin
reconocías
las voces 
que te rodeaban
y el olor de los tuyos.
Aquel círculo trazado
por mariposas nocturnas
era la señal
de que habías 
conseguido volver,
de que Atlántida
te esperaba
con una taza
de leche caliente,
un beso
y el calor inconfundible
de sus manos estrujadas.

Todo lo que querías
era volver a tener
una luz amarilla
en el camino
de regreso a casa.
Esa es la razón
por la que ahora
te alejas en el llano
de hierbas mojadas.
Eso sí,
cada vez que te paras
frente a ella, 
no puedes evitar
una rara angustia.
Algo te dice 
que todavía tienes
a tu alrededor
la noche cerrada de la isla.

14 may. 2018

La odiosa cultura de repudiar

Los cubanos nos desacostumbramos a la diversidad. Hace casi 60 años nos forzaron a pensar de la misma manera. Estábamos de acuerdo o estábamos equivocados. Esa lógica totalitaria acabó convirtiendo a cada uno de nosotros en un pequeño dictador, incluso para exigir silencio, complicidad y hasta apatía.
Admiro a los activistas cubanos que se oponen a la dictadura de Raúl Castro (Díaz-Canel es un solo títere, como Pepe Pan o Los Yoyos), de la misma manera que aborrezco a los escritores y artistas que no se quieren dar por enterados de las atrocidades y los crímenes para evitarse el fastidio de tener que opinar. 
Digo todo esto, porque he visto con pesar cómo se han ido agudizando las diferencias entre valiosos activistas cubanos. Tanta ha sido la confrontación, que la oposición al régimen ha pasado a un tercer plano. He leído textos y he visto declaraciones donde el careo ya no ha dejado espacio para la denuncia.
Lo primero que parece importar ahora son los ataques a los que no piensan igual o a los que no responden a un interés determinado. Lo segundo, los cuestionamientos a quienes aprueban o desaprueban a Donald Trump, según sea la posición de cada quién respecto al presidente de Estados Unidos. 
Y lo peor ni siquiera es eso, sino que algunos han apelado a una de las armas preferidas de la dictadura: los ataques personales y los cuestionamientos a la moral del otro. Creo que todo se debe a la falta de costumbre, a la odiosa cultura que nos inculcaron de repudiar al que no es igual a nosotros.
La revolución no la hizo Fidel Castro, ni siquiera el Movimiento 26 de Julio. La derrota de Fulgencio Batista fue obra de muchos cubanos que pensaban de maneras muy diferentes. Fidel solo capitalizó la victoria y manipuló a las mayorías hasta aniquilar toda idea que se contrapusiera a su Idea.
Si algún día es derrotada de la dictadura que hoy encabeza Pepe Pan, digo Díaz-Canel, la gran tarea de los cubanos será reinstaurar la diversidad y evitar otro líder insustituible, infalible, invencible… Mientras tanto, lo ideal sería empezar a respetar a los demás; incluso a los cobardes, a los pusilánimes, a los miserables.

9 may. 2018

Los patos salvajes del parque Antonio Maceo

Llegó al parque con la tarde encima.
Saludó al busto del mayor general
con un gesto de burla.
Levantó la botella como un rifle
y disparó una salva sobre el bosque.
Se sentó en el muro
que contiene a Blue Lagoon.
Había una luz espléndida,
pero daba la impresión
de verlo todo oscuro.
Los aviones que aterrizaban
o despegaban,
los botes que eran remolcados
para dar vueltas en círculos
y los sonidos de la ciudad
le eran indiferentes.
Bebía sin mirar a ninguna parte,
como si estuviera encerrado
entre cuatro paredes.
Los patos salvajes
del parque Antonio Maceo
desfilaron delante de él
y no se detuvieron
hasta llegar al muelle.
Ahí también terminaba
su territorio,
todo el espacio que tenía
para recuperar su libertad.
Los carteles de neón
fueron encendiéndose
mientras la ciudad se oscurecía.
Un policía se le acercó
y le pidió que se retirara,
que era hora de cerrar la puerta.
Se fue con la noche encima,
saludó al busto del mayor general
parado en atención.
Aunque ya estaba desarmado,
se las arregló para disparar
una salva sobre el bosque.
Con la música y el ron
que llevaba dentro reunió
todas las fuerzas que necesitaba
para dar por perdido otro día de su vida.

8 may. 2018

RENAY CHINEA: “El exilio ha sido un puro y duro enriquecimiento”

Renay Chinea es uno de los escritores cubanos que más leo. Prefiero su prosa a los empalagos, las imposturas y las reticencias de buena parte de nuestra generación. A menudo comparte crónicas sobre su infancia, los lugares donde ha vivido y sus viajes que acabo guardando para volverlas a disfrutar.
No colabora con ninguna publicación y su bibliografía está en blanco. Si alguien deseara leerle, primero tiene que pedirle amistad o seguirlo en las redes sociales donde interactúa. Casos como el suyo, me han hecho cuestionarme cada vez más al libro como único recipiente de la literatura. 
Nació en el central Maltiempo, muy cerca de mi Paradero de Camarones, a finales de los años 60. Aunque jamás nos hemos visto, nos unen la época y la geografía en la que crecimos, la gente que nos rodea, la manera en la que pensamos y la identidad que nos define.
Por eso Diana Sarlabous no me creyó cuando le dije que Renay y yo no nos conocíamos en persona. ¡Pero es que ustedes son igualitos!, exclamó. Hace 18 años, el día que me encontré con Limay González, me dijo exactamente lo mismo. “Me parece que tengo a Renay delante”, agregó.
Fue mi alter ego antes de saber quién era y ya es un hermano al que nunca he podido abrazar. Pero, por encima de todo, es un individuo valiente que siempre dice lo que piensa, que jamás se muerde la lengua para quedar bien o evitar conflictos. Nada puede agradecerse más que eso a día de hoy.

Naciste y te criaste en los alrededores de un lugar que fue borrado del mapa. El central Andreíta (después Maltiempo) no solo era el corazón industrial de aquella zona, sino un ecosistema cultural que ya estaba ahí el 15 de diciembre de 1895, cuando Gómez y Maceo irrumpieron en esos cañaverales machete en mano. ¿Cuáles son para ti las consecuencias más graves de la destrucción de la industria azucarera cubana?
 No es el final de una era. Cuando haces la sumatoria algebraica, te das cuenta que estamos presenciando el final de La Era fundacional de Cuba, la azucarera del mundo. El presidente Grau acostumbraba a decir: “hay azúcar para todos”, como queriendo decir “hay estilla pa’ repartir”. 
Si te tomas un café hoy en La Habana, tienes la sensación lúgubre de una carpa que se desmonta. Se está destartalando todo lo que nos dio el azúcar.  Y el azúcar nos lo dio todo: tradiciones populares, costumbres alimentarias, modos de ser... 
Y la duda es: ¿está siendo sustituido por algo superior, enriquecedor?
No me lo parece. Pero lo único constante es el cambio.  Y lo único que está ocurriendo es que se está imponiendo la depauperación. Como decía el gran poeta renacentista francés Joachim du Bellay: “(...) O mondaine inconstance!/ Ce qui est ferme,/ est par le temps détruit,/ Et ce qui fuit,/ au temps fait résistance”.
De momento, asumo que soy un último mohicano. Le digo adiós y me llevo conmigo cosas que no conocerán mis nietos: el ser guajiro, los guateques del batey con las congas, el tres y el aguardiente; la zafra y sus espléndidos olores, la distribución de las yuntas de bueyes (pie, tercio y guía), el zumbido de las locomotoras de vapor que atravesaba la llanura. El pito sereno del Central Andreíta a las 10:30 de cada mañana.
Llegará el día en que tendré que traducirle a mi hijo Pipo, del cubano antiguo al cubano moderno, aquellos versos que fueron nuestro salmo: “Mientras lentamente los bueyes caminan, / las viejas carretas rechinan… rechinan…”. Pero nada de pánico: creo que sabré hacerlo sin agonía. Al final, lo único constante, es el cambio… ¡y tenemos que asumirlo!

Aunque somos nietos de emigrantes, crecimos con la convicción de que nunca nos iríamos de Cuba… hasta que la Cuba en la que vivíamos se fue de nosotros y tuvimos que abandonarla. ¿Qué ha significado para ti vivir sin la loma de la Rioja (la única que había en nuestra zona), sin los Chinea, sin Cienfuegos (la ciudad que más nos gusta) y La Habana? 
Es curioso. Soy nieto de un español que engendró al tipo más cubano que he conocido, mi padre, quien nació el mismo año que Cabrera Infante, autor de esa memorable frase referida al Capitán del Titanic: “Cuba se fue de nosotros”. Curiosamente, Caín declara que él jamás se hubiese ido de Cuba y se imagina a sí mismo, como editor de una revista de moda, o fotógrafo de modelos esplendorosas o algo así.  
Pero para mí el exilio ha sido un puro y duro enriquecimiento. Cuba es la resultante de unos colonizadores que llegaron de afuera, primero exterminaron (no sin ósmosis) a unos aborígenes migrantes que habían llegado antes y después trajeron africanos esclavizados. 
Cuba es una isla que extrañamente se alarga desde la India, donde nació la caña de azúcar, hasta la cueva donde resistió Hatuey. Cuba, es también esos agentes literarios que tenía Del Monte en las principales capitales del mundo y le hacían llegar a Matanzas los últimos descubrimientos del pensamiento mundial en la primera mitad del siglo XIX. 

Estás casado con una rosarina y vives en Cataluña. Viajas a menudo por Argentina y Uruguay, subes con regularidad a los Pirineos, deambulas por los campos del sur de Francia… Cuando andas por esos lugares. ¿Qué ha cambiado en Renay Chinea después que conoce todos esos lugares, qué se mantiene intacto del guajirito que vivía encerrado entre cuatro paredes de cañaverales? 
Conservo la capacidad de asombro y la terquedad de la pertenencia, algo que probablemente solo sea dado a los isleños. Ese mirar el mundo con los pies en una isla a la cual sientes que perteneces. El deleite de ser una cosa enriquecida por esa circunstancia. Y se lo deseo a todo cubano: ¡Qué se cumplan sus sueños, que puedan mirar la Isla y su insularidad desde afuera! 
En el balcón de H y 21 donde vivía el increíble Alberto Pujol (padre de Albertico), quien era mi amigo, me encontré llorando un día. República Dominicana me había rechazado la visa por segunda vez. Lo jodido era que cada solicitud de visado me costaba casi 200 dólares de los años noventa… ¡Toda una fortuna! 
Me rechazaron muchos consulados. Llegué a intentarlo por orden alfabético: Argentina, Angola, Brasil, Burundi… Entonces yo alquilaba un cuartico de 2 por 2 (en El Vedado, eso sí) y mi dieta era una banana diaria. Pero tenía mil fulas clavados debajo de una losa. En vez de Las viñas de la ira, yo los llamaba “los fulas de la pira”. 
Alberto me llevó al balcón un vaso de agua y un café. Me preguntó la edad (25). “Cómo te vas a aburrir de viajar, muchacho —me dijo mientras ponía su mano como un bálsamo sobre mi cabeza—.  Terminarás por odiar a los aviones, porque el mundo es propiedad de quienes tienen 25 años… solo que ellos no lo saben”. Hoy pienso en él cada vez que estoy a punto de abordar un viaje transatlántico.
Una vez, en las Sierras de Córdoba, en Argentina, a pocos kilómetros de donde vivía el Che Guevara (quien, por cierto, era más Cordobés que Rosarino. Todo en la vida de ese hombre tiende a la confusión y la estupidez), se nos escaparon los caballos. Nos quedábamos a pie, a muchos kilómetros de casa, al borde de la noche, en un territorio donde habitan la yarará y el puma. 
Salí del río, cogí la jáquima que había quedado atada al roble y salí a campo abierto. No me preguntes cómo lo hice, pero volví montado en mi jaca cordobesa, sobre la cual volvimos a casa. Ese día, Elina se sintió aún más enamorada de su “hombre Marlboro”. Yo, en cambio, simplemente volvía a ser un niño ataviado para ir a la escuela con su jáquima, su basto y su yegua trotona.
Dentro de mí tamborileaba el Cucalambé y aquella orilla floreciente, era la del río de Yara.

A diario compartes textos en las redes sociales que son —al menos para mí— de lo mejor de la literatura cubana actual.  Sin embargo, nunca has publicado un libro. ¿Acaso no lo necesitas, te basta con lo que dices y de la manera en que lo dices?
Oh, Camilo, qué palabras escapan del cerco de tus dientes… Es que me encanta ese verso de Homero y tú me pones colorao con tus emociones. Mira, estamos asistiendo a una enorme sobre-publicación. Borges decía que los periódicos debían circular una vez al mes. Y yo digo que debíamos corregir los parámetros para la publicación. 
Hoy en día todo el mundo publica un libro y yo prefiero no incordiar. Claro, solo el tiempo dictaminará quién estaba equivocado. Uno agradece que el amigo traicionara a Kafka y, en lugar de quemar sus manuscritos, los publicara. Pero la verdad es que hoy se presentan y publican libros para los amigos, para el círculo familiar y esos ya los tengo en mi lista de Facebook.
Creo que ahí me lee el 99 % de las personas para las que escribo. Las demás que me encuentren si sienten esa necesidad imperiosa, como hice yo con Orwell, Kundera y con Bulgakov en un país donde estaban prohibidos y era casi imposible dar con ellos. 
Hay algo que me gusta mucho de las redes sociales y es que todo allí perece casi de inmediato. Lo pongo en mi muro y a los tres días se lo lleva el viento, como un mensaje en una botella. O, si prefieres, como aquel diablito en la botella de Stevenson, que había que venderlo en menos de lo que te costó. 
Es un argumento fascinante. De momento, a mis amigos queridos, esos que me piden que publique, les digo que lean a Borges, a Chejov, a Dostoviesky… y que no pierdan el tiempo. Al final, por bien que uno escriba e imagine, nada superará aquel soneto de Shakespeare:
“When I consider everything that grows/ Holds in perfection but a little moment,/ That this huge stage presenteth nought but shows/ Whereon the stars in secret influence comment;/ When I perceive that men as plants increase...”
Te soy sincero, Camilo, tengo mis dudas sobre publicar o no. Además de no querer molestar a nadie, la oralidad apenas me deja tiempo.  Soy un ser sonoro más que reflexivo.

El azar quiso que estuvieras en Cuba el día que murió el dictador Fidel Castro. ¿Puedes reconstruir tu experiencia, individual y colectiva, en aquel maratónico funeral? ¿Qué significa Cuba para ti ahora, de qué te sirve?
Pongámoslo en clave Monterroso: cuando el Dinosaurio no se despertó, yo estaba allí. Había llegado dos días antes y aquella noche me llevé a Xenia Reloba a beber cervezas. La llamé y le dije que me aprovechara y me jineteara, que estaba solo, me aburría, quería tomarme unas búcaras y andar con una amiga.
Ya tarde, dejé a Xenia en su casa y, cuando llegué a la mía, me enteré. Entré en shock. Llevaba más tiempo esperando esa noticia que Robinson Crusoe. Me agaché debajo de la meseta y encontré dos botellas: un legendario que pensaba regalarle a alguien y otra de ron malo. Me las bebí a cun-cun y me gasté ciento y pico de euros de mi teléfono español. 
Fui la primicia de medio mundo. A los pocos días lo vi pasar por 23 dentro de un cajoncito. Era la primera vez que estaba de acuerdo con una decisión de ese señor: ¡morirse! Era también la primera vez que me desplazaba a algún sitio para verlo. 
Edmundo Dantes había esperado 20 años para ser libre. Cuba, había esperado 57 y ni aun así lo conseguía. 
El Conde de Montecristo, recuperó su libertad, lo cual lo lleva a la gloria. A Cuba le esperaba la urdimbre y la incertidumbre, para ponértelo cacofónico. Vi una Habana paralizada por el miedo. Si en algún momento París fue una fiesta, puede decir que en ese momento La Habana era un campamento. Triste, solitario y final, como decía el gran Soriano. Un espectáculo amedrentador.

Esta entrevista acababa en el párrafo anterior. Pero Renay me exigió referirse a un tema que evadí en mi cuestionario, para no salirnos de las aguas territoriales de nuestra isla. Esa es la razón por la que (probablemente por única vez) hice una sexta pregunta: ¿Por qué deseas que Calella de Palafrugell, el pueblo de Cataluña donde vives, deje de ser parte del reino de España?
Tú y yo nos criamos mirando la comba dorada de la loma de La Rioja. Hoy me entero que esa pequeña elevación es uno de los reservorios de fósiles oceánicos más grande de las Américas. Todo estuvo bajo el agua, incluso aquella silueta de un mogote en la llanura que elevó más alto nuestro pensamiento. 
Por eso te decía que lo único constante es el cambio. Lo fijo, es lo inconstante... No sé por qué algunos cubanos usan su libre albedrío para unirse al inmovilismo de que Catalunya es España. Ya sé que lo fácil es llegar a Catalunya y exigir la lengua que ya conoces. 
Como lo fácil es también llegar a Miami y ponerte a robar tarjetas, cobrar ayudas y exigir que se hable en castellano. Fuera genial obligarlos a que nos hablaran en la lengua que ya sabemos, pero crecer es aceptar el reto y crear “liason” como quería Exupery. 
Involucrarte en tu entorno, aceptar el reto de ponerte a la altura de las circunstancias. Yo amo a Catalunya. Y si quieren un tanto saber, les recuerdo que cuando Martí hablaba de Aragón, hablaba de Catalunya. Y, efectivamente, allí tuve el amigo, la mujer y todo lo que conlleva. 
Detesto el maltrato y celebro que Catalunya intente encontrar su camino sin violencia. Admiro un pueblo que tiene una inquietud y pone una urna. Cataluña está demostrando que todo se tiene que resolver con urnas y consensos. Quizás el camino evolutivo de los pueblos pasa por un periodo donde no se trata de civilización contra barbarie, sino del mejoramiento de la civilización. 
Lo nuevo niega lo viejo y eso es más viejo que la sarna. Lo nuevo es el sabor contestatario de una lengua milenaria, el catalán que fue prohibido, que fue vilipendiado y vilmente reprendido. Yo hubiese soñado para Cuba un destino así: ¿Hay discordia?, ¡pongamos las urnas! Pero Castro y la España cañí no lo permiten.... ¡Habrá que seguir intentando!

AC/DC

Cuando yo era adolescente tenía libretas enteras llenas de listas. Anotaba los nombres de los grupos de rock, las canciones incluidas en cada álbum y la relación de los músicos que participaban en las grabaciones. Todos estaban prohibidos en mi país.
Era algo muy obsesivo y meticuloso. Me recuerdo en la azotea de un ESBEC (Escuela Secundaria Básica en el Campo), debajo del tanque de agua, junto a un grupo de amigos, tratando sintonizar emisoras americanas en un radio Selena (los únicos soviéticos que alcanzaban la señal en FM). 
Aunque ya estoy demasiado viejo para eso, tengo una deuda muy grande con el rockerito clandestino que fui. En honor a él a veces me pongo estas camisetas, sé que al Camilo Venegas aquel le hubiera encantado entrar a la cervecera del Paradero de Camarones con estas cuatro letras en el pecho.