10 ago. 2016

SIGFREDO ARIEL: "No solo camino por lo chapeado"

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

La primera vez que intenté escribir poesía, no había otro poeta cubano que me desafiara más que Sigfredo Ariel. Aunque era apenas tres años mayor que yo, encontraba versos inolvidables por donde quiera que pasaba, ya fuera en el parque de Ranchuelo, en una calle de Guadalajara o en la playa de Caibarién.
Aun cuando nos hicimos amigos y acabamos queriéndonos mucho, no conseguí dejar de mirarle con la distancia que produce la admiración más sincera, esa que se parece tanto a la envidia. Por él aprendí a darle significados a cosas que hasta ese momento no eran para mí más que lugares comunes o vida cotidiana.
Su natural cubanía me enseñó algo que las escuelas siempre distorsionan y envilecen: ver a Cuba con naturalidad. Le he visto apartar un vaso de ron y escribir un gran poema como la misma facilidad que alguien pide permiso para apuntar teléfono o una dirección.
Caminé junto a él por las más inolvidables oscuridades de La Habana y andamos la ciudad en una misma bicicleta. Mientras yo pedaleaba, él iba gritando cosas que ahora, 20 años después, suenan en mi cabeza con esa armonía perfecta que siempre tiene la melancolía.  

Tuve el privilegio de verte hacer programas de radio. Aunque siempre me admiraba de todo lo que eras capaz de hacer dentro de aquellos pequeños estudios, no fue hasta mucho después que entendí que había sido testigo de un arte que se extinguía. ¿Qué significó para ti ser un hombre de radio?
La radio es un recurso que pertenece totalmente a la imaginación, como yo la entiendo y trabajé en ella durante unos veinte años. Para los periodistas la radio es otra cosa, claro, y para los productores musicales, también.
Yo alcancé los últimos días de un periodo artesanal (que se había iniciado en los años 20) cuando la mecánica formaba parte de la realidad: un tocadiscos que había que engrasar para que no se escuchara el ruido del motor, por ejemplo, la tragedia de las agujas, el enmascaramiento del scratch con agua sobre las estrías… Las cintas magnetofónicas grabadas una y otra vez, los efectos sonoros hechos en el estudio…
Pude hacer todo: dramatizados, programas infantiles, espectáculos con públicos, espacios experimentales, con bastante libertad. Con la digitalización, olvídate, se acabó aquella radio artesanal  para siempre. Sucedió para mí también con la imprenta, que es mi oficio primero. Adiós, son cosas que no existen.

Dulce María Loynaz decía que la poesía era un arte de la juventud. Tú has alcanzado los 50 años y sigues escribiendo poemas espléndidos. ¿Por qué no has podido dejar de escribir poesía, qué diferencias hay entre el joven poeta de “la luz, bróder, la luz” y el poeta que eres hoy?
Siempre me pareció que la Sra. Loynaz inventó eso de la poesía y la edad por dos (o tal vez tres) razones, que son:
1. La poesía no la visitó más tras “La novia de Lázaro”. (A propósito, no era exactamente una muchacha cuando escribió ese poema que alude a un episodio muy fuerte de su vida). Ahí mismo se secó, misteriosamente.
2. La frase era una indirecta con Nicolás Guillén (nacido como ella en 1902), quien muy viejo publicaba de vez en cuando versos en periódicos y revistas. A veces no muy buenos, por cierto. Esa pulla a Nicolás la Loynaz la soltó en Bohemia, cuando la descongelaron tras años de indiferencia (llamemos así al ninguneo) por parte de las instituciones oficiales. Los jóvenes de los 80 comentamos mucho el asunto, nos regocijó el brete.
3. La Loynaz adoraba hacer frases agudas, generalmente amargas. Por teléfono daba unos raspes magnos, en persona, dicen, también. Cuando escribía no tenía un ápice de humor. Tuve poco trato con ella. No me interesó conocerla ni visitar su casa, exigía adoración y eso siempre me ha parecido ridículo.
A pesar de ese axioma de Loynaz que detesto (ya te habrás dado cuenta), hay muchos ejemplos de grandes poetas que han escrito hasta última hora, con edades avanzadas. Pienso, por ejemplo en Auden, y entre los vivos, Leonard Cohen, por poner dos ejemplos, solamente de obras grandes, consistentes. Borges podría ser otro candidato para desdecir el fatalismo.
En mi caso, ahora, con 50, miro al muchacho de “La luz, bróder, la luz” y pienso que hubiera podido hacerlo mejor en la poesía si hubiera estado más atento a sus alrededores (y quizás estudiado, leído más) y no andar metido en tanto loco amorío y en tanta camaradería callejera.
Pero así éramos los chicos de los 80. No lamento nada del pasado, extraño ausencias donde quiera que estoy y me desorientan los cambios extremos que alguna gente experimenta así como así. Creo que por allá adentro soy el mismo. No sé si eso es bueno o no.

Eres el más habanero de todos los provincianos que conozco; sin embargo, algunos de tus mejores poemas convierten en universales las cosas más simples de la vida municipal. Ayúdame a explicar mejor esas dos mitades de Sigfredo Ariel.
Tú sabes que esas cosas no tienen explicación. Hay personas que desmenuzan los caminos y los tratos que la poesía tiene con uno, pero es inútil. Nadie sabe ni sabrá lo que hace la poesía con la cabeza de uno. Siempre he creído, por ejemplo, que escribo con claridad, para que todos entiendan, y tristemente no es así.
No lo comprendía, hasta que años después leí mi primer libro y advertí que algunas cosas quedaban oscuras, incluso para mí. Dice Chesterton que a Robert Browning le pasó algo por el estilo, o peor: olvidó el significado de un extenso poema suyo, dramático.
Sé que en mis poemas aparecen fondas, bares, calles, patios provinciales, pero, mira, andar una noche solo por la calle Colón de Santa Clara no es para mí distinto a caminar otra noche por Diagonal, en Barcelona, o en Carlos III de La Habana.
El escenario no es para mí esencial, sino lo que pasa por dentro de uno. Pertenezco a un grupo de poetas que, aunque parezca otra cosa a la crítica superficial (siempre en Belén con los pastores), somos unos ensimismados colosales.
Hace años escribí una línea al final de un soneto que fue interpretada como un piropo a Santa Clara: «parva ciudad, la única en que existo» que en realidad contiene la idea de que donde exista yo, existe la ciudad, no a la inversa, pues no hubiera salido de allí.

Me es imposible pensar en La Habana (en la Habana que fue mía y perdí, quiero decir) sin que Sigfredo Ariel me pase por la cabeza. ¿Quiénes te pasan a ti por la cabeza cuando piensas en todas las Habana que has perdido?
No sé cómo uno puede vivir con tanta pérdida. No solo hablo de los muertos, que ya son un montoncito. La mayoría de mis amigos se ha ido de Cuba. Son huecos enormes. Siempre pienso en el tiempo que hemos perdido de estar juntos y hacernos bien.
Dependo del amor filial, por eso mis cuentas de teléfono son estratosféricas y aparezco en Facebook con frecuencia. El caso es que, cuando me he ido a vivir a otro país, soy feliz con mis amigos de allá, pero echo de menos a los de acá y los que están en otras partes. Lo ideal sería de vez en cuando ir como un tren lechero por el mundo.
Aunque por ahora vivo en un lugar de La Habana que siempre caminé con gusto, conozco bien, todavía comprendo con cariño y lo disfruto (Centro Habana), la ruina gana día a día un pedazo más, la gente modifica dramáticamente sus casas, sus vidas, como puede, y se modifica a sí misma, claro está.
Me gusta irme al parque Trillo, caminar por la horrible calzada de Zanja. Intento integrarme al entorno, irme al mercado agrícola con sus precios de miedo y oír conversaciones entre personas desconocidas. Pateo Neptuno arriba-Neptuno abajo al menos una vez al día.
Lamento muchísimo que muchos edificios se estén desmoronando, pero veo a partir de las primeras plantas como una voluntad de salir de la ruina y la basura: cualquiera que ande por aquí lo puede advertir, si levanta los ojos. Eso me esperanza, me alegra, me hace pensar que es “La Habana que vuelve”, como se llama una zarzuela del maestro Prats.

Gran parte de la banda sonora de mi vida se la debo a mis abuelos Aurelio y Atlántida, a Bladimir Zamora y ti. La música que sonaba alrededor de esas personas me ha seguido acompañando y salvando. Como apenas nos hemos visto un par de veces en los últimos 16 años, tengo que hacerte esta pregunta: ¿qué música acompaña y salva hoy a Sigfredo Ariel?
Soy afortunado: mi bar de la esquina tiene cada semana al conjunto Chappottín, al Arsenio Rodríguez, a Rumberos de Cuba, que es mi grupo de rumba favorito ahora mismo. Por si fuera poco, cada martes está el Septeto Habanero en la misma calle donde vivo, San Miguel, en el Palacio de la Rumba. La entrada equivale a un dólar, que no es desangrarse.
En casa oigo jazz, sobre todo cool jazz hasta el be-bop, ahí se paró mi tren. Vuelvo de vez en cuando a los sones viejos al modo habanero (Boloña, Nacional, Munamar, Occidente, Apolo, de los años 20), por estos días oigo a Miguel Poveda, Mayte Martín con las pianistas Labeque y otros discos nuevos, claro, que van llegando y uno consigue por ahí.
Me gusta oír demos, maquetas, muchas veces inconclusas o in progress, y luego ver cómo se van completando, en ocasiones, perdiendo zonas, instrumentos, no solo añadiendo. Es bonito que la gente confíe en uno y le dé cosas así para escuchar. Hay dos precios que pagar en esos casos: sinceridad absoluta y discreción total.
Mira, hay un CD que acaba de salir con un concierto en vivo medio olvidado de Emiliano Salvador en Bellas Artes (que tiene un tremendo Llora, de Marta Valdés, piano solo) y espero conseguir en cuanto salga Day Break, de Norah Jones, ahora en octubre. En realidad, oigo de todo, Camilo, me conoces: no sólo camino por lo chapeado.

3 comentarios:

Juan Calero Rodríguez dijo...

Linda entrevista que nos hace caminar por aquellas calles que llegamos a repeler.

ROSALBA COMPANIONI dijo...

Buenas las entrevistas. A este en particular me lo conozco y disfruto el doble. Pero dan gusto todas

Mayra A. Martínez dijo...

Sigfredo, siempre creativo y con los pies en los pavimentos, los de allá, los de cualquier sitio que ha recorrido. Certeras sus respuestas