19 mayo 2026

Extraños


Ayer en la tarde, mientras Diana y yo caminábamos bajo los pinos que bordean al río, retraté a un pato. Aunque ya son comunes en el Manzanares, la canción de Sabina me hace verlos todavía como algo extraño. Por eso siempre los retrato, en el carrete de mi iPhone tengo muchísimas fotos de ellos.
Mientras hacía la foto, comenté que iba a extrañar el paisaje que nos rodea y que tanto disfrutamos cuando volvamos a República Dominicana, huyéndole al verano de Madrid. Buscamos un lugar donde tirarnos en la hierba y, con el sonido de la corriente de fondo, nos pusimos a leer.
En la madrugada, cuando yo ya roncaba, Diana oyó ruidos en la calle. Aunque no es normal, decidió no asomarse para ver qué ocurría. Hoy en la mañana nos enteramos por las noticias de que una mujer había caído al río. Los ruidos venían del equipo de rescate, mientras lograba sacarla del agua con una grúa.
Todo ocurrió en el mismo espacio: la foto del pato, la lectura en la hierba y la tragedia. Hoy pasé por allí y todo estaba como si no hubiera pasado nada. Supe el lugar porque un anciano le señalaba a su esposa, quien no acababa de entender dónde había sido exactamente.
—¡Te dije que allí, coño!
—Ah, allí —respondió ella señalando al vacío.
El pato seguía caminando por el muro, pero esta vez no lo retraté.

Ex Libris


Mi hermano Eduardo Lozano, a quien conocí casi de niño, cuando éramos alumnos de la Escuela de Arte de Cuabanacán, y que me ha demostrado a través de los años y las décadas en qué consiste ser un verdadero artista, me ha hecho un regalo.
Siempre quise tener un ex libris y, a falta de él, usaba los cuños de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Esa es la razón por la que, desde los tiempos en que Lozano y yo empezamos a atesorar libros, los míos parecían propiedad de los Ferrocarriles de Cuba.
A partir de ahora, y gracias a mi hermano artista, mis libros ahora lucen un peregrino, el otro oficio que he compartido con él, además del de crear: caminar. Asumo el hecho de que empezar a marcarlos por Hamsun y Cartarescu, dos de mis escritores preferidos, como otra importante señal.
Gracias, querido Lozano. Septiembre del 2027 nos espera en Galicia, de vuelta al Camino Francés. Para esa fecha, espero haber estampado muchas veces tu ex libris.

09 abril 2026

No tengo imágenes de Brno

Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga,
llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde.

Todavía en el andén de la estación Budapest Nyugati, mientras esperábamos la orden de abordar el tren que acababa de llegar, pensé en Brno. Trataré de hacer la mayor cantidad posible de fotos, me dije. Después de revisar todas las paradas que haríamos, esa era para mí la más importante.
Había leído el nombre de la ciudad en las contracubiertas o las solapas de algunos de mis libros preferidos. De hecho, llevaba uno conmigo, con la intención de empezarlo a releer en cuanto el tren se pusiera en marcha. Intentaría acabarlo en el destino, donde estaríamos tres noches.
Brno, actual República Checa, 1929. Eso se lee al comienzo de las síntesis biográficas de Milan Kundera. Cuando yo todavía no había salido de Cuba, antes de poder conocerla en persona, nadie me explicó mejor la libertad que él. Era comprensible: él huyó de un país totalitario, yo nací en otro. 
Aunque padecía a diario la opresión, no fui de verdad consciente de ello hasta mi primera lectura de La insoportable levedad del ser. Allí los personajes eran sometidos al mismo horror que nosotros. Muchas de las cosas que yo veía como normales dejaron de serlo.
Quería retratar el paisaje de Brno, quedarme con imágenes de sus casas, sus árboles, sus andenes, todo lo que apareciera en la ventanilla. Cuando apareció como próximo destino en el vagón, retraté la pantalla. Poco después, una voz anunció, primero en checo y después en inglés, que estábamos llegando.
Me imaginé a Teresa y a Tomás en aquel escenario. Por fin podía ver, en persona, un paisaje como el que los rodeaba a ellos. Ya en Praga, descubrí que no había hecho ni una sola foto. Solo miré. No tengo imágenes de Brno. El pueblo de Kundera, como el mío, sigue siendo un recuerdo abstracto en mi cabeza.

07 abril 2026

María cumple 20 años

María retrata el puente de Carlos y el Moldava
desde lo alto de la torre. 

Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba. 
En el medio del bosque vi un bulto. Era María, que había salido antes. Entonces todavía era una niña y le pregunté qué hacía allí.
—Vine a ver qué le pasa a Laika.
—¿Y no te dio miedo salir sola? —le pregunté desconcertado.
—Cuando tú estás cerca yo no tengo miedo —respondió y volvió a la casa.
Antes de ayer, mientras cruzábamos el puente de Carlos, en Praga, me miró retadora.
—¡Tenemos que subir juntos a la torre! —me ordenó.
Hoy cumple 20 años. Es una estudiante sobresaliente de periodismo y comunicación digital, pero cuando le preguntan qué quiere hacer cuando se gradúe, lo resume en una sola palabra: escribir.
Cuando ella está cerca yo tampoco tengo miedo, por eso mis rodillas lograron vencer los 138 escalones de la torre del puente de Carlos.
¡Felicidades, Pori!

27 febrero 2026

Incógnito por La Habana


Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta. 
Avanzo, página a página, sin perder la esperanza de poder meter los pies en la piscina donde Ava Gardner se bañó desnuda. No recuerdo un viaje tan fascinante a Cuba desde mi última relectura de "Tres tristes tigres". Gracias, Antonio José Ponte, por eso.

01 febrero 2026

Talín, Camilo y Estrella



Talín era nuestro vecino más cercano. Su casa estaba del otro lado de las dos líneas que pasaban frente a la mía, que era la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Todas las tardes él pasaba a conversar con mi abuelo. Entonces los vecinos solían reunirse al final del día.
A esa hora, mi abuelo y yo leíamos, un sillón al lado del otro. En esa época, también, los niños pasábamos mucho tiempo junto a nuestros adultos. A mi abuelo Aurelio no le gustaba que lo interrumpieran cuando leía, pero Talín gozaba del privilegio de poder hacerlo.
Luego me fui a estudiar a La Habana y mi abuelo murió, pero Talín se quedó con la costumbre de cruzar las líneas y pasar por mi casa cuando ya se había bañado, entalcado y puesto la ropa de por las tardes. Siempre que me encontraba, me pedía lo mismo: 
—Camilito, trata de conseguirme el libro de Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón.
Se puso muy feliz el día que se lo regalé. Entonces, dejó de pasar por mi casa. Lo veía desde el andén, bañado, entalcado y sentado frente al pozo de su casa, leyéndole en voz alta a su esposa Mercedita, que a esa hora terminaba de cocinar y empezaba a poner la mesa:
Un campo maravilloso,
lindo sol que reverbera,
sublime brisa campera,
cielo azul y suelo hermoso.
Un valle verde y gracioso,
una montaña intrincada,
una límpida cañada
y una espléndida vivienda,
todo eso es la gran hacienda
de don Patricio Moncada.
El libro hoy está en manos de Dulce, la hija más linda de Marino Pérez, el pocero y curador de vacas (lo hacía tanto con medicinas como con rezos). Me hizo llegar una foto de la cubierta del libro y de mi dedicatoria. Me llama la atención lo escueto y respetuoso que fui. Así éramos entonces con los mayores.
Después que Talín murió, mi madre me decía que a veces escuchaba su voz ronca y estruendosa. Eso solía ocurrir en el Paradero de Camarones: cuando alguien dejaba de estar, los demás necesitaban oírlo, presentirlo, seguir creyendo que aún andaba por ahí. 
Gracias a Dulce, volví a oír a Talín.

28 enero 2026

La Burra de Pico Blanco


Mi padre me visitaba al menos dos veces al mes. Siempre llegaba con el maletero de su Dodge cargado de comida y regalos, pero aun así yo terminaba haciéndole algún encargo. Eso, a veces, lo incomodaba. Ya se acercaban los vientos de cuaresma y en el Paradero de Camarones comenzaba la temporada de papalotes.
—Necesito güines de Castilla —le pedí.
—El fin de semana que viene te recojo para ir a buscarlos juntos —me respondió.
Cumplió su promesa. El viernes siguiente pasó por mí y, después de convencer a la maestra Yayita de que me soltara antes de tiempo, salimos rumbo a los puentes de madera de Manicaragua. Al día siguiente madrugamos y, antes de que amaneciera, me vi a bordo de la Burra de Pico Blanco, una guagua armada sobre el chasis de un Zil 157, el camión de guerra de los soviéticos.
Nos sentamos junto a Aguilera, el chofer, viejo amigo de mi padre. Desde allí vi el trayecto como si fuera una película. Nos hundimos en lodazales, cruzamos ríos sin puentes, subimos cuestas empinadas y nos deslizamos por pendientes que provocaban en el estómago la misma sensación que una montaña rusa. 
El motor rugía, la carrocería crujía y uno tenía la impresión de que, en cualquier momento, algo iba a desprenderse. Llegamos hasta un pequeño riachuelo que, un poco más abajo, se convertía en el caudaloso Arimao. Allí nos detuvimos para cortar los güines de Castilla. 
Hicimos un enorme atado con el que luego fabriqué varios papalotes —con la ayuda de Juani, el hijo de Talín y Mercedita, que hacía los mejores del pueblo— y me alcanzó para regalarle algunos al Chiqui, quien le hizo una jaula nueva a sus tomeguines.
Pero aquellos güines tan resistentes —muy superiores a los de las cañas, que eran los únicos disponibles en el Paradero de Camarones— dejaron de ser lo más importante del viaje. Lo que más disfrutaba, cada vez que empinaba un papalote en el potrero de mi abuelo, era el recuerdo de la Burra.
No fue un viaje a Pico Blanco. Fue una mañana entera en un parque de diversiones: enormes sacudidas, ruidos estruendosos y la manera más temeraria de avanzar. Nunca más volví a montar en ella. Se lo pedí varias veces a mi padre, pero siempre me respondía lo mismo:
—¿Pero para qué tú te quieres volver a subir en ese cacharro?