10 abr 2021

Veloz, Marcio, siempre me sentaré a tu lado


Tengo la enorme fortuna de haber compartido comedores obreros con grandes intelectuales. En Cuba, arrimé mi bandeja de aluminio a las de escritores que siempre voy a querer y admirar. Mis empleos en el
 Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Casa de las América me lo permitieron.

Durante los años que laboré en el Centro León, comí muchas veces junto a Marcio Veloz Maggiolo. Al mediodía, después que los tabaqueros de La Aurora oían La Tremenda Corte en la radio, Juan Miguel Pérez, Pedro José Vega y yo solíamos sentarnos junto a ellos a comer. Muchas veces don Marcio nos acompañaba.

La comida era muy buena, pero la sobremesa mucho mejor. En ellas fue que supe de la amistad de Marcio con Carpentier y Onelio Jorge Cardoso. Conocí una Cuba que me resultaba totalmente desconocida y, sobre todo, fui descubriendo esencias de la cultura popular dominicana que aún desconocía.

Al principio me pareció un tipo pesado. Después descubrí que reservaba su bondad, su sencillez y su mordaz sentido del humor para los que lo merecían. Aunque sabía que era, probablemente, el más importante escritor dominicano vivo, se comportaba como cualquier mortal.

Eso le permitía compartir secretos invaluables como el de La Miniatura, el lugar donde venden el mejor queso de hoja de Bonao, o el de esas butifarras cibaeñas que ya solo se pueden encontrar en una intrincada calle de Santiago. “¡Ah, qué maravilla!”, decía con los dedos llenos de grasa.

Un día me llevó un texto que acababa de escribir para una exposición. “No tuve tiempo de revisarlo —me dijo—, hazle todos los cambios que creas”. En verdad era una página impoluta, solo adapté alguna que otra idea al propósito de la muestra. Lo llamé para decirle. “Imprímelo”, fue su respuesta.

Más que confianza en mí, era humildad. Un día llegué tarde al comedor y, desde la fila, vi que Marcio me guardaba un puesto. Veloz, me senté a su lado. Hoy República Dominicana ha perdido uno de sus más importantes escritores y yo, además, a un inolvidable compañero de sobremesas.

9 abr 2021

El olor de Siberia

Una vez al año, un tren dejaba en uno de los andenes de mi casa un vagón lleno de travesaños. Acababan de llegar de Siberia y tenían un fuerte olor a creosota. Las brigadas de Cruces, San Fernando y Cumanayagua se los iban llevando poco a poco para reparar la línea principal y el ramal. 
A diferencia de los travesaños de maderas cubanas, que duraban hasta 50 años, los de pinos siberianos no resistían el clima tropical. Apenas unos meses después de haber sido colocados, empezaban a podrirse. Eso obligaba a los trenes a circular con precauciones y muchos de ellos acababan descarrilados. 
La última vez que llegaron travesaños de la Unión Soviética fue a principios de los años 90. Empezaba la gran depresión económica que Fidel Castro bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial” y, con ella, la profunda crisis social que socavó cada valor de la sociedad.
El trabajo empezó a ser algo simbólico, porque lo que se ganaba no alcanzaba para comprar lo básico. Eso convirtió a cada cubano en un sobreviviente. Los mismos que ponían los travesaños por el día, volvían en la noche para robárselos. Aunque es innegable que se trataba de un robo, no eran ladrones.
Eran hombres que ya no podían ganarse la vida honradamente a pesar de que trabajaban ocho duras horas al sol. En esa época un travesaño nuevo valía 80 pesos y el salario mensual de un reparador era de 148 pesos. En la madrugada se oían pasar los motores de vía a toda velocidad. 
Llevaban las luces apagadas. No pedían autorización para circular. Pegaban las orejas al “control” (la línea telefónica de los despachadores de trenes) y aprovechaban la más mínima oportunidad en que la vía estuviera libre para llegar de un pueblo al otro.
Bajo el mediodía, aquel fuerte olor inundaba la casa, el salón de espera, los andenes y se expandía por todo el Paradero de Camarones. Todavía, cuando oigo o leo la palabra Siberia, las cosas me empiezan a oler a creosota.

2 abr 2021

No se puede tapar el sol con una bandera


El castrismo está en su fase terminal, casi nadie tiene dudas de ello. Eso no quiere decir que pueda acabar hoy, mañana o la semana que viene. Pudiera tardar años en caer. Su maquinaria represiva, la única institución que aún le funciona, está ahí para garantizarlo. Se trata de un Estado que solo es capaz de proveer terror.

Por eso le dan más importancia a los símbolos que a la gente. Ni al más despiadado tirano se le hubiera ocurrido aplicar medidas de choque en medio de una situación tan desesperante como la pandemia. El régimen cubano, en cambio, se siente tan seguro de su capacidad de reprimir, que se lanzó a “ordenar el ordenamiento”.

Las elecciones en Estados Unidos eran su luz al final del túnel. Confiaban en que una victoria de Joe Biden devolvería las cosas al punto donde Obama las había dejado. Pero la nueva administración de Washington no parece dispuesta a ceder ni a cometer los mismos errores.

Esa puede ser la explicación de que el castrismo se decidieran a reaccionar y levantar una horrorosa bandera de concreto en el Malecón, frente a la embajada de Estados Unidos. En esa misma avenida, un ícono de la ciudad, se suceden los edificios en ruinas. Todo el cemento derrochado ahí hubiera significado un gran alivio para muchas familias que están a punto de perder su techo.

Pero advertimos que al régimen le importan más los símbolos que la gente. Aunque es incapaz de gestionar nada con éxito, todavía conserva intacto su talento para erigir los más horrorosos monumentos y para mancillar la belleza de La Habana. ¿Alguien pudiera explicarles que no se puede tapar el sol con una bandera?

28 mar 2021

Mi madre camina por el andén de Camarones para ver pasar un tren


A cada rato escribo “Ferrocarriles de Cuba” o “Cuban railroad”, así, entre comillas, en los buscadores y las tiendas on line. Acopio toda imagen, texto, documento, película o libro que aparezca. Nací en la estación de trenes del Paradero de Camarones. Al hacer eso salvo, de alguna manera, mi mundo perdido.
Hace un tiempo compré este DVD en Amazon. Había comprado muchos antes. En todos lo más cercano que aparecía a mi casa y mi pueblo eran las locomotoras de vapor de los centrales Mal Tiempo (Andreíta, antes de 1959) y Espartaco (Hormiguero). Con esos sonidos y esas imágenes me bastaba y me sobrada.
Pero en un capítulo de Cuba, 1998, apareció el Prado de Cruces y, al fondo, un tren de tolvas de azúcar saliendo de la estación. Cinco kilómetros después está mi casa. “¡Qué cerca!”, me dije a mí mismo. He olvidado un detalle. Estaba viendo el DVD junto a mi madre. Quien era feliz al estar a mi lado, pero extrañaba aún más que yo a su pueblo.
De pronto apareció un cartel y luego unos carneros (así le llaman a las ovejos en Cuba) y los dos dijimos al mismo tiempo, “¡Esos son los de Mele!”. Sí, era el aparatadero, junto a la cerca del patio de Mercedita. De ahí en adelante la cámara nos fue descubriendo la estación detalle a detalle.
Mi madre empezó a llorar y agarró fuerte mi mano. Entonces, sin que ninguno de los dos pudiera ni siquiera imaginarlo, apareció caminando de la puerta de la calle al teléfono del anden.  Ahora no tengo a su mano para apretarla al volver a ver esas imágenes. Pero igual, siempre que vuelvo a ellas, empiezo a llorar.

Camilo y Serafín posan en Yaguajay

Serafín Venegas, con gorra, detrás de Camilo Cienfuegos.

En los archivos de
 Bohemia encontré esta foto donde Papi aparece junto a Camilo Cienfuegos en Yaguajay. En un Noticiero ICAIC se les ve otra vez juntos ese mismo día, izando una bandera cubana en lo alto del Ayuntamiento del pueblo (no he logrado conseguir esos segundos de película). 
Pocas semanas después Serafín Venegas Nodal le dijo a su jefe que no le interesaba la vida militar. Con un Dodge 58, un camión y una motoniveladora se fue a vivir a su lugar preferido en el mundo: el Escambray. Hizo de Manicaragua todo el espacio que necesitaba para ser feliz.
El Dodge acabó destrozándose contra un árbol una madrugada de carnaval. La motoniveladora hizo camino en las montañas hasta su último aliento. Alcancé a conocer al camión. También era Dodge. En él me picó una abeja que me dejó una marca para toda la vida. Cada vez que la veo en un espejo, recuerdo al vehículo.
Compartí la foto con Alejandro Aguilar y Marianela Boán. Al rato, Marianela me hizo una observación: “Las mujeres parecen salidas de la película A pleno sol, de Alain Delón”. Estamos hablando de Yaguajay, un apartado pueblo dedicado a la agricultura en los confines de Las Villas.  
El día que caiga el régimen que acababa de triunfar en esa imagen, a los fotógrafos le va a costar mucho trabajo hacer una foto de grupo, incluso en las esquinas más concurridas de La Habana, en la que todos los hombres tengan camisa y las mujeres no anden en prendas de interior como si fuera ropa.
Camilo y Serafín posaban en una Cuba que nacía. Ni ellos ni los que están a su alrededor podían imaginarse que en realidad moría. 

27 mar 2021

La crisis de octubre

Coche motor Uerdinger con su trailer.

(Fragmento de la novela Atlántida)

Aurelio estaba leyendo “La lluvia”, un cuento de Ray Bradbury que habían publicado en la Bohemia de esa semana. Por eso dice que está confundido, que no sabe si el aguacero que recuerda caía en el Paradero de Camarones o en las páginas de la revista.
Por eso buscó en su colección de revistas viejas y, cuando logró parar de estornudar, empezó a buscar en el número 42 del 18 de octubre de 1962. Al llegar a la página 15, dio una palmada contra el papel y volvió a levantar una nube de polvo. Esta vez, los dos empezamos a estornudar.
—La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva —leyó en voz alta—. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias.
Cerró la revista y la puso en mis manos. Luego hizo el gesto cuando ha comprobado algo. Eso quiere decir que el aguacero que tiene metido en su cabeza se debe al cuento que estaba leyendo y no a la realidad. Aun así, yo me sigo imaginando un día de lluvia sobre el Paradero de Camarones. 
El 174, el Uerdinger de Caibarién pasó a su hora, las 09:32. Aurelio recuerda haberle llevado él mismo la vía al maquinista. Como yo me sigo imaginando que llovía, lo hizo con un paso muy apurado. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
No se referían al estado del tiempo sino del mundo. Eran los días de la Crisis de Octubre. Estados Unidos había descubierto que la Unión Soviética había emplazado misiles nucleares en Cuba y la tercera guerra mundial parecía inevitable. Pero nada de eso impidió que los dos ferroviarios se despidieran como siempre, con una sonrisa.
—¿Tengo que parar en Hormiguero? —dijo Quintana.
—Sí, hay varios boletines vendidos —dijo mi abuelo.
El Uerdinger dio dos pitazos y salió disparado hacia Cienfuegos, a donde debía llegar a las 10:05. Si por fin no llovía, Aurelio debió quedarse en el andén a verlo pasar por los dos cruceros. Si el aguacero solo estaba cayendo en el cuento de Ray Bradbury, entró de una vez y llamó a la estación de Hormiguero para reportarle la salida del 174.
Poco después, recibió una llamada de Hormiguero. El 174 no había hecho su parada facultativa, a las 9:40. A mi abuelo le pareció muy extraño. Porque le había dicho a Quintana y él jamás olvida eso. Cinco minutos después, la estación de Cherepa alertó al despachador de trenes de Sagua.
—¡El 174 perdió los frenos! —Dijo.
Según Aurelio, los coches motores Uerdinger tenían ese problema. Portales, un maquinista que los conocía bien, siempre estaba diciendo que un día iba a pasar una desgracia. “Tienen los frenos directos, si se parte el tubo del aire, a la más mínima caída de presión, pierden los frenos”, advertía.
La estación de Palmira confirmó la mala noticia. El 174 había pasado como un bólido. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Omar Santos, el jefe de estación, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. de inmediato el despachador dio la orden de desviarlo.
La línea acaba en la estación de viajeros de Cienfuegos. Si llega a esa velocidad al final, provocará una tragedia. Al dirigirlo hacia la estación de carga, existía la remota posibilidad de que la locomotora de patio lo persiguiera, lograra engancharlo y detenerlo. De lo contrario, caería al mar.
Pasara lo que pasara, aún en el peor de los casos, aquel incidente no llamaría la atención. El mundo estaba al borde de una guerra nuclear, que un tren sin frenos acabara cayendo al mar no era nada comparado con los misiles soviéticos que podían caer sobre Estados Unidos.
En aquel entonces mis abuelos aún vivían en la estación de San Juan de los Yeras. Aurelio estaba relevando a Morales, el jefe de estación de Camarones, que estaba de vacaciones. Ni siquiera podía llamar a Atlántida para contarle lo que estaba pasando. Si poder quitarse el teléfono del oído, nervioso, volvió a la Bohemia.
—Caía a goles, en toneladas —siguió leyendo mi abuelo—; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de monos. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
Así me imagino a la locomotora del patio de Cienfuegos Carga, la 30815, persiguiendo al Uerdinger. Al final de la lluvia los esperaba el mar y, probablemente, la muerte de todos los pasajeros y la tripulación. La pequeña locomotora alemana perseguía al coche motor alemán. 
Al menos en este incidente, la Unión Soviética y Estados Unidos se mantenían al margen. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Arambares, el operador de Cienfuegos Carga, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. Nadie más dijo nada hasta que se volvió a escuchar la voz del operador.
“Despechador, despachador”, dijo. “Dígame, Arambare”, se oyó lejana, la voz del despachador desde Sagua. “La 30815 alcanzó al 174, vamos a hacerle la vía para Cienfuegos Viajeros”. Los ferroviarios tienen por costumbre no hacer comentarios sobre las situaciones de peligro por teléfono, esa vez no fue la excepción. 
Al otro día, el 174 llegó puntual de Caibarién. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones. Esta vez, además de saludarse de lejos, se dieron la mano. Fue su manera de celebrar que todo había salido bien.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
Sus rostros, sin embargo, no mostraban la más mínima preocupación. Aunque el mundo seguía en vilo por los misiles soviéticos emplazados en Cuba, para ellos lo peor ya había pasado. Ya no llovía. Como al final del cuento de Ray Bradbury, el sol estaba allá arriba, “cálido, caliente, amarillo y hermoso”. 

La 30815 en el andén de Cienfuegos Viajeros.

"La lluvia", cuento de Ray Bradbury publicado en la revista
Bohemia del 18 de octubre de 1962.