| Cubierta diseñada por Leonardo Orozco. |
Por Liudmila Quincoses
Hay libros que no anuncian desde el principio lo que van a ser y Los mudos de la montaña, novela del periodista y escritor cubano Camilo Venegas Yero, es uno de ellos. Publicada en 2026 por Libros del Fogonero, esta obra narra en primera persona la historia de Mario, un joven periodista en prácticas que es enviado tres meses a El Nicho, una comunidad aislada entre las montañas del Escambray, en el centro de Cuba, para escribir una serie de reportajes. Lo que parece el punto de partida de una crónica de viaje se convierte, progresivamente, en algo mucho más complejo: una indagación sobre la memoria, el silencio, el amor, la identidad y el peso de vivir en un país que carga su historia con la misma dificultad con que se sube una montaña escarpada.
La novela se estructura en tres partes: El viaje, La montaña y El fugitivo. Esta división no es solo espacial ni temporal: es también emocional. En la primera parte, el lector conoce a Mario en La Habana, en compañía de Dania, la mujer que ama y de la que se tiene que separar. Esta relación, narrada con una delicadeza y una profundidad poco comunes, funciona como el hilo emocional de toda la novela. Dania no es solo la novia ausente: es una presencia constante a través de las cartas, los recuerdos y los libros que comparten, una figura que condensa la nostalgia por una vida que el protagonista siente que puede perder mientras se aleja de ella.
Una de las grandes virtudes del libro es la construcción de los personajes secundarios. Valladares, el hombre que acoge a Mario en El Nicho, es quizás el más memorable: solitario, reservado, lleno de un pasado que no termina de contar, capaz de una ternura enorme que casi nunca deja ver. A su alrededor orbitan el Gallego y su esposa Migdalia, el arriero Urquiza, la doctora Emelina y el enigmático Nando, personajes que parecen existir fuera del tiempo, atrapados en esas montañas como si el mundo exterior ya no les dijera nada. Venegas los retrata sin sentimentalismo ni exotismo, con una mirada que respeta su complejidad y su silencio.
El silencio, de hecho, es uno de los temas centrales del libro. El título lo anuncia desde el principio: hay algo que no se puede decir, historias que no se pueden contar, verdades que la propia narración rodea sin nombrar directamente. Esto se hace especialmente evidente en la historia de Emelina, la doctora rural que vive en El Nicho castigada por haber pedido salir del país, o en los silencios de Valladares cuando Mario le hace preguntas sobre el pasado. La novela logra que esos espacios en blanco digan tanto o más que las palabras escritas.
La doctora Emelina, con su nombre tan bien puesto, tan de esa Cuba del pasado. Aparece como una mujer que se desdobla, vive su pasión con Mario, en esta especie de paraíso perdido donde el azar los reunió. Particularmente esta fue mi historia de amor preferida dentro de la novela. Que también nos dibuja un triángulo amoroso cargado de mucha poesía.
Otros personajes que tienen para mí una significación especial son los escritores Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, imprescindibles para entender la Habana de aquellos tiempos y la poesía cubana, gracias por ese guiño cómplice y por regalarnos un espacio en esta máquina del tiempo, yo hasta he soñado que camino con ellos por Obispo luego de leer la novela. Agradezco al autor por mantener viva memoria y legado.
Venegas construye su prosa con una precisión que recuerda al buen periodismo narrativo: la atención al detalle sensorial, los diálogos breves y certeros, los paisajes que no se describen por ser bellos sino porque revelan algo de quien los mira. Hay ecos claros de la tradición literaria que tanto aprecian los personajes: Hemingway, Faulkner, Lezama Lima, Capote, Lispector. Pero la novela no cae en el homenaje ni en la cita ornamental. Los libros que mencionan Mario y Dania son parte de su manera de entender el mundo y de relacionarse entre sí; la literatura funciona aquí como lenguaje común y como forma de resistencia ante la realidad que los rodea.
La dimensión política del libro aparece siempre de manera oblicua, como corresponde a una novela que entiende que la sutileza es más honesta que el panfleto. Cuba está presente en cada página, no como escenario pintoresco sino como condición existencial: la escasez, la vigilancia de los hombres de verde olivo, las restricciones que moldean los sueños y los cuerpos de sus personajes, las historias de los que se fueron y los que se quedaron. Todo ello aparece con naturalidad, sin subrayados, como parte de una vida que es lo que es y no pide disculpas.
Si hay algo que el lector extranjero puede tardar en descifrar, es la densidad de referencias culturales cubanas que pueblan el texto: músicos, pintores, escritores, calles, rutas de ómnibus. Pero ese mismo exceso de especificidad es lo que da al libro su autenticidad y su textura. Los mudos de la montaña es, entre otras cosas, una novela profundamente habanera y esa habanidad no se disculpa ni se traduce: simplemente está ahí, como el olor a gas que Mario aspira la primera vez que escucha a Celia Cruz desde un balcón de La gaveta en La Habana Vieja.
La novela tiene el valor de no resolver lo que no se puede resolver. No hay redenciones fáciles, ni respuestas definitivas sobre quién delató a quién, ni certeza sobre qué será de Mario y Dania cuando él regrese. Lo que sí queda, con una claridad que impresiona, es la sensación de haber conocido a personas reales, de haber caminado por esos senderos de cemento de la vieja escuela abandonada, de haber escuchado el cling, clang, clong del herrero resonando entre las montañas. Esa sensación de presencia es, probablemente, el mayor logro del autor.
Los mudos de la montaña es una novela que se lee con la misma paciencia con que sus personajes esperan que llegue el barco, que pare la lluvia o que alguien diga por fin lo que todos saben pero nadie termina de pronunciar. Para quien esté dispuesto a esa calma, el libro recompensa con creces. Los invito entonces a leer esta magnífica novela, máquina del tiempo o paraíso perdido en la que no vas a dejar de pensar. Gracias a Camilo Venegas por entregarnos este texto imprescindible, certero y necesario en el ámbito de la narrativa contemporánea.
Ciudad de México, junio de 2026.