11 octubre 2026

El monje


El monje nos recibió tras ponerle fin a sus horas de silencio. Antes de tocar a la puerta del monasterio, nos detuvimos a mirar la enorme montaña que teníamos delante. No se oía nada.
La puerta chirrió y aquel sonido alcanzó unas dimensiones desproporcionadas. El padre tenía una pequeña bolsa en la mano y Diana otra. Después de los abrazos, las intercambiaron. 
En la de Diana estaban un libro que nos había prestado, una botella de vino y un libro mío. En la dedicatoria, le expresaba nuestro cariño y le agradecía todo lo que hizo para que Ana Rosario se bautizara antes del matrimonio.
Nos tenía dos panes de los que ellos venden en el supermercado del pueblo. Explicó que los hacían según una vieja receta que él trajo de España. Luego agregó un pedazo de tortilla. “Así la hacía mi abuela”, dijo.
También nos contó sus peleas con la cocinera dominicana, que le echa demasiada sazón a las comidas y se queja de que las de él no sepan a nada. “¡Es que el pescado tiene que saber a pescado, no a condimentos!”, añadió con los brazos abiertos.
Tuvimos una larga conversación que se detuvo por un rato frente a su río Manzanares. Él hablaba y nosotros escuchábamos. Como si el que vive en el silencio necesitara estar oyendo palabras, aunque las dijera él mismo.
Al final lo invitamos a que nos acompañara a comer un día. Nos dijo que evitaba sentar precedentes ante los otros monjes. Había subido hasta el lugar donde vivimos una sola vez, a una casa donde jamás volvería.
—Padre, nosotros estamos peleados con esa persona.
—Todo el mundo está peleado con esa persona: es un mafioso.
No se lo había pedido, pero sus palabras fueron para mí una absolución. Después de abrazarnos, se quedó en la puerta. Mientras nos parábamos frente al silencio de la montaña, oímos el chirrido desproporcionado.

29 septiembre 2026

El viejo Sanyo de mi padre



Mi padre tenía un viejo radio japonés. Se jactaba de que aquel aparato había sido de las últimas cosas que llegaron a la isla antes de que la cerraran. Lo cubría con un pedazo de pana amarilla para protegerlo de la humedad, el polvo y los años. 
No dejaba que nadie lo tocara, ni siquiera yo, que era su único hijo y solo lo visitaba unos pocos días durante las vacaciones. Cada mañana, al despertarse, sintonizaba una emisora.
Solo daban noticias y, llegado el momento, los minutos y las horas. Aquel tic tac no lograba despertarme, pero tampoco me permitía seguir durmiendo. En aquel raro estado, lo sentía darse una ducha, afeitarse y vestirse.
Siempre abría la puerta con la intención de salir a la calle. Entonces recordaba que el radio aún estaba encendido y regresaba para apagarlo. Por las noches, para poder dormirse, sacaba un brazo y volvía a encenderlo.
Los segundos iban cayendo sobre el mosquitero, mientras los dos nos arropábamos del frío y la escasez. Nunca le ponía atención a lo que decían, por eso un día le pedí que lo apagara.
—No —me respondió—, oye cómo se va el tiempo.

27 septiembre 2026

La última foto de Buck


Durante mucho tiempo intenté que se nos diera alguna mata de papaya en la Loma. Crecían poco y mal hasta que acababan marchitándose. Ya me había dado por vencido cuando reparé que, entre las piedras de uno de los muros, había nacido una (al parecer con la complicidad de un ave).
Le hice una foto para contar su historia y, por casualidad, Buck estaba pasando por allí en ese instante. Intenté que se alejara, para que el iPhone no se enfocara en él, pero fue en vano: acabó posando. Cada vez que bajaba a darles de comer a los perros y las gallinas, recordaba que aún no había compartido la imagen.
El pasado martes nos fuimos a Santiago para hacerme un complicado tratamiento odontológico. Nos extrañó que él, el más glotón de todos, no quisiera comer. Al volver lo encontramos triste y, debido a que yo tenía que hacer reposo absoluto, decidimos que Diana lo llevara al veterinario al día siguiente.
Amaneció en un rincón del jardín, respirando con mucha dificultad. Llamamos a Alito para que acompañara a Diana, pero no llegó a tiempo. Llegó a nuestra familia de pronto y así se marchó. Era el más dominante y el más noble, temerario y cariñoso como ninguno. No recuerdo días tan tristes en esta montaña.
En cuanto República Dominicana le puso fin al confinamiento, Diana y yo nos subimos al Jeep y tomamos rumbo a la Loma. Buck estaba en el monte y al oírnos llegar corrió hacia nosotros. Cuando aún le faltaban algunos metros se lanzó sobre mí hasta quedar abrazados.
Ahora todas las noches sueño que eso vuelve a ocurrir.

El reencuentro al final del confinamiento.

04 septiembre 2026

De Cross Creek a Big G Ranch


Una noche de finales de los años ochenta, la televisión cubana exhibió —creo que por única vez— la película Cross Creek (1983). Desde entonces cargué con el bucólico recuerdo de aquel filme, de la Florida profunda que retrata y de la belleza de 
Mary Steenburgen.
Al fin he conocido los paisajes que rodearon a la escritora Marjorie Kinnan Rawlings cuando, en 1928, dejó atrás Nueva York para instalarse, junto con su marido, en una casa destartalada entre naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes.
Rebeca y Miguel Grillo nos invitaron a Diana Sarlabous y a mí a Big G Ranch, el lugar donde Miguel reconstruyó un mundo muy parecido al que lo rodeaba en las cercanías del central Mercedes, antes de que la prosperidad de aquella Cuba acabara convertida en un irreconocible páramo de miseria y desidia.
Con la música de las cigarras de fondo, compartimos largas horas de conversación —ese arte que las redes sociales y las pantallas han puesto en grave peligro de extinción—, nos bañamos en un aguacero, caminamos descalzos por el campo, anduvimos entre el ganado y capturamos un cerdo salvaje bajo la mirada de un gavilán.
También celebramos la amistad a la antigua: con un buen destilado —en este caso, Buchanan’s, el preferido del anfitrión— y abrazos reales, no de esos que ahora se dan con deditos levantados y emoticones. A lo lejos, los cipreses parecían gigantes con los pies hundidos en el agua.
El recuerdo de Cross Creek, la película que idealicé durante décadas, ha cambiado. Sé que, de ahora en adelante, cuando piense en naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes, lo que me vendrá a la cabeza será aquella tarde en Big G Ranch, mientras Miguel y yo, descalzos y bajo el aguacero, chocábamos nuestros vasos.

29 agosto 2026

El sofá vacío


En esa esquina de ese sofá vacío ocurre la mitad de una novela que acabo de escribir. Es sobre un hombre que tuvo una vida de novela: Aramís González Yero. Y, cuando se tiene un tío con ese nombre y se le dedica un libro, no se puede llamar de otra manera.
He vuelto dos veces a esta casa y las dos veces lo más difícil ha sido enfrentarme al sofá vacío. En esa posición —fue alzado, no se sentaba, se apostaba; no miraba, vigilaba— lo vi por última vez, oyendo en la radio noticias que lo hacían feliz o lo «recondenaban».
Solía sentarme con él a hacerle preguntas sobre su vida: su infancia en una de aquellas casas contiguas que tenían los Yero en el Paradero de Camarones, sus meses en el Escambray —a las órdenes de William Morgan, el comandante americano—, sus años de prisión, su salida de Cuba.
También le preguntaba por su exilio en la España de 1970, la travesía que hizo desde Costa Rica hasta la frontera de México con Estados Unidos, su vida en Miami, sus dos viajes al Mariel y todas las novias que tuvo que tener para poder darse cuenta de que Miriam era la mujer de su vida.
Ahora mismo estoy frente al sofá vacío. En la pantalla tengo una lista de preguntas que no alcancé a hacerle. Afuera, en el lugar de su Mercury, está el Volvo que alquilamos. Me río, imaginándome to
do lo que me hubiera dicho por aparecerme en su casa en carro sueco.
—¿No había un Ford en el lugar donde fuiste a buscar ese tareco? —me hubiera preguntado.Justo al lado del Volvo está el Mercury. Estoy seguro de que él lo extraña tanto como yo.

25 agosto 2026

Valle-Inclán*

Eduardo Lozano, Valle-Inclán y un servidor.

Con su única mano
sostenía el bastón,
por eso fuimos
nosotros
quienes tuvimos
que abrazarnos
a él.
Los tres miramos
a Diana: nosotros
con el cansancio
que traíamos encima;
él, a través
de los espejuelos
hechos del mismo
bronce que su barba
y su bigote,
bajo el cual parecía 
esconder las palabras
que no quiso decirnos.

*Del libro inédito Día de Camino.

19 agosto 2026

Sobre Freddy Ginebra, Casa de Teatro y la libertad


A propósito de un concierto que tendrá lugar esta noche en Casa de Teatro, donde se presentarán el cubano Raúl Torres y los dominicanos José Antonio Rodríguez y Manuel Jiménez, he sido aludido en una publicación en las redes sociales. 
José Alberto Negrín, presidente de la Asociación Cubana en República Dominicana, se pregunta por qué Freddy Ginebra, siendo un amante de la cultura de nuestro país, permite que alguien como Torres se presente en su escenario.
También se cuestiona cómo “sus amigos cubanos, radicados en República Dominicana hace años […] no le han hecho saber a Freddy quién es ese tipejo”. Intentaré responder ambas interrogantes.
Quizás el más trascendental aporte de Casa de Teatro a la cultura dominicana, caribeña y universal ha sido su capacidad para acoger las más diversas expresiones creativas y los más disímiles talentos sin tomar nunca en cuenta su manera de pensar.
Las puertas de esa Casa, que es mía desde que entré por primera vez en 1998, han permanecido abiertas de par en par para todos los creadores y todos los públicos sin la menor distinción.
Yo sería incapaz ni de sugerirle a Freddy Ginebra que censure a alguien o se le limite la entrada a ese espacio tan ecuménico que él creó justamente para que todos tuvieran cabida. 
Y llegados a este punto, debo hacer una aclaración: no me interesan en lo más mínimo ni Raúl Torres ni José Antonio Rodríguez. Las letras del primero, antes de dedicarse a la necrofilia, me resultaban infantiloides y disparatadas; el segundo siempre me ha parecido una mala copia de un original que sí me gusta.
El apoyo de ambos a la tiranía que oprime a Cuba y mantiene al país en “en afrenta y oprobio sumido”, debe juzgarse separadamente de sus obras. Por supuesto que me repugna, pero jamás pediría que se les censure por eso.
Y mucho menos se lo pediría a Freddy Ginebra, que fue justamente quien me enseñó lo que significa de verdad ser libre.