5 abr. 2020

El mundo perdido de Cienfuegos Carga

Mi madre, como mis abuelos y sus tres hermanos, fue ferroviaria. Los Yero en los ferrocarriles eran como los Veloz en la televisión. Miraras donde miraras, había uno allí. En vacaciones me iba con mi madre a su trabajo. Era la estación de Cienfuegos Carga, un enorme caserón lleno de ferroviarios legendarios. 
Bernardo Zamora era el jefe de Terminal. Un hombre alto y bonachón, pero muy exigente, que no toleraba lo mal hecho. Su mesa de trabajo era enorme y, como tenía una amplia ventana al patio de la estación, se veía desde ella todo el movimiento de los trenes. 
Gracias a la reputación que me precedía como nieto de Aurelio Yero, Zamora arrinconaba la infinidad de papeles que tenía sobre la mesa para que yo jugara en ella. Martinito me regalaba paquetes de boletines usados (que los conductores recogían antes de llegar a la última estación) y esos eran mis trenes.
El Abuelo, cuya familia había sido dueña de una famosa cafetería, me traía bocaditos de jamón para la merienda (¡los mejores que me he comido en mi vida!).  Cuando ya ponía cara de aburrido sobre la mesa de Zamora, Macho me llevaba al patio a jugar con los trenes de verdad.
Así fui varias veces, sobre una vieja y destartalada locomotora alemana, hasta lo último de Reina, donde la línea acababa hundiéndose en la bahía. Me emocionaba cuando aquel tren de combustible desembocaba en la avenida y se abría paso entre guaguas, camiones y rastras. 
Marino Vega, el maquinista, me sujetaba con una mano, mientras conducía con la otra, para que yo pudiera sacar la cabeza. Lugones, Arambares y Serralvo (quien para mí era Rafelito, porque estaba casado con mi tía Cary), comprobaban mis conocimientos haciéndome preguntas del Reglamento de Operaciones.
—Este va a ser el mejor de los Yero —vaticinaba Arambares, poniendo a brillar cadenas, anillos y dientes de oro. 
—Ese niño no falla —le decía Lugones a mi madre cuando me llevaba de regreso a su oficina—. Dile al viejo Yero que va a ser tremendo ferroviario.
Aunque todos se equivocaron en sus predicciones, acertaron en algo mucho más importante: en el sentido de pertenencia que me inculcaron. En 2011, cuando volví a Cuba después de 10 años, llevé a Diana Sarlabous a conocer la estación de Cienfuegos Carga, donde el niño que fui vivió muchos de sus días más felices.
El edificio se había derrumbado y no quedaba ni rastro del mundo que hubo allí. La tarde caía sobre Cienfuegos y me fui a caminar por el herbazal que había donde antes estuvo el patio de la estación. Zamora, Martinito, El Abuelo, Macho, Marino Vega, Lugones, Arambares y Serralvo iban conmigo. 
Ustedes no me creerán, pero fue como se los cuento.

Diana Sarlabous en las ruinas de la estación de Cienfuegos Carga, 2011.

Mi tío Aldo Yero Mosteiro en las ruinas de Cienfuegos Carga.

26 mar. 2020

ENRIQUE DEL RISCO: “Cuba está tan jodida que necesita que nos desvelemos por ella”

A principios de los años 90 del siglo pasado, yo laboraba en la Editora Abril. Todas las publicaciones dedicadas a los jóvenes, adolescentes y niños cubanos habían sido reubicadas en las ruinas del edificio del Diario de La Marina, donde ya no funcionaban los ascensores, el aire acondicionado ni el complejo sistema de mensajería por conductos.
En un edificio contiguo, también en ruinas, había un comedor obrero en el que nos servían almuerzo. Siempre compartía la mesa con Alí (de Juventud Técnica), Armandito y Luis Felipe Calvo (de El Caimán Barbudo).  Un día Luis Felipe le consiguió un ticket a un amigo suyo y le hicimos un lugar en aquella tabla redonda.
Era Enrique del Risco. Así nos conocimos en persona. Lo leía y lo seguía (de manera análoga, como se hacía en aquella época) desde mucho antes. Hace poco estuvo de visita en Santo Domingo y, otra vez, nos reunimos alrededor de una tabla redonda (mucho mejor servida, debo reconocer). Esta entrevista puede verse como una continuidad de esas dos conversaciones.

Entrevistar a alguien que constantemente dice lo que piensa, es una tarde más difícil que aquella que se planteó Fidel cuando aseguró que “¡ahora sí vamos a construir el socialismo!”. A propósito de Fidel y de Cuba, ¿tienes algún modo de explicarle a las personas que acabas de conocer, de la manera más sencilla y sucinta, el país de donde vienes?
Depende. Si se trata de alguien que haya vivido bajo algún tipo de totalitarismo (y te recuerdo que en algún momento buena parte de la humanidad ha pasado por esa experiencia) no hay nada que explicarles. La comprensión es inmediata. Da igual que se trate de polacos, checos o tibetanos.
Todo eso se me hizo muy claro desde el día en que, siendo estudiante universitario, me tropecé con un libro de sátiras del polaco Slawomir Mrozek y descubrí que sus burlas sobre el régimen polaco, eran perfectamente traducibles a nuestro mundo a pesar de todas las diferencias culturales. 
Con los que no han pasado por esa experiencia, la explicación se vuelve casi imposible. ¿Cómo explicarles la total indefensión que tiene un súbdito del totalitarismo frente a un Estado que acomoda la ley a sus necesidades y ni aún así las cumple? El mejor ejemplo que se me ocurre es el de la esclavitud. Pero siempre haciendo ciertas salvedades. 
Porque a la esclavitud hay que reconocerle su franqueza. Con la esclavitud una persona es propiedad de otra que puede disponer de su vida del modo en que lo entienda. Esa “nueva esclavitud” del socialismo totalitario de que hablara Spencer en el libro que famosamente reseñara Martí, es más discreta en cuanto al poder del Estado sobre las personas. 
Ocurre con frecuencia, sobre todo en los que nacen bajo ese sistema, que la gente se sienta completamente libre… a condición de que sus intereses se correspondan punto por punto con la capacidad de movimiento que le ha asignado el Estado. Los sistemas totalitarios se basan en un discurso redentor de la especie humana (en el caso del comunismo) o de una comunidad específica (en el del fascismo) pero a la larga resultan tan degradantes para su condición humana como la esclavitud. 
Y por condición humana entiendo esa noción renacentista de que es aquella capaz de redefinir su esencia a cada paso, basada precisamente en su libertad. Mientras para un esclavista un ser humano puede ser reducido a mera herramienta, a mera propiedad, para un Estado totalitario los individuos son simples piezas de su mecanismo estatal. Piezas perfectamente sustituibles unas por otras. 
Si algo nos enseñó el proceso contra el general Arnaldo Ochoa, era que aun los héroes más admirados y condecorados por aquel sistema podían ser eliminados si el Estado lo consideraba necesario para dar una lección. Y sustituidos por el primero que se le ocurriera, como ocurrió con Leopoldo Cintra Frías, a quien a partir de entonces le atribuyeron todos los méritos de las batallas de la guerra de Angola que se pelearon bajo el mando de Ochoa. 

Vives en un lugar, New Jersey, y enseñas en la New York University, donde Cuba resulta tan ajena como Tombuctú. ¿Cómo te las arreglas para estar todo el día pensando, opinando y movilizando las ideas hacia tu país?
No hay que exagerar. Vivo en una zona de Nueva Jersey donde una de cada diez personas es de origen cubano. Digamos que es un ambiente saludable para ejercer la cubanía: ni tantos cubanos que te abrumen ni tan pocos como para que no tengas dónde escoger. Y en mi universidad no te creas que Cuba importa tan poco. 
No como sitio real, por supuesto, pero sí como idea. Cuba no es un país sino una imagen que cada cual asocia más o menos con lo que le dé la gana. Y, por esas extrañas vueltas que dan las circunvoluciones del cerebro académico, criticar el castrismo puede verse como una manera de apoyar a Trump. 
Pero lo cierto es que como todo el mundo sabe lo que pienso al respecto mi variante de pax cubana es que nadie me habla del tema cubano excepto los que tienen un interés genuino por enterarse de lo que pasa allá. (Afortunadamente me he quitado de encima esa especie molesta que te viene a explicar Cuba después de estar una semana por la isla).
Pero tu pregunta va por otro lado. ¿Por qué sigo empeñado en pensar en Cuba? Digamos que desde niño tuve una suerte vedada a buena parte de los cubanos: conocer Cuba. Mi padre es un biólogo, especialista en bosques y encima siempre ha sido muy aficionado a la historia. Así que nos mostró casi toda Cuba y encima nos hizo visitar casi cada museo que nos encontrábamos al paso. 
No es extraño que yo estudiara la Licenciatura de Historia y cuando tuve que escoger especialidad me especializara en historia de Cuba. Es decir: era lo que se dice un cubano profesional en el sentido burlón en que Borges decía que Lorca era un andaluz profesional. Pero sospecho que hay otras razones. Y las resume una frase de Martí que cito de memoria “uno puede renunciar a su patria, pero no a sus desdichas”. 
Una frase que yo entiendo así: si uno viene de un país más o menos estable, razonablemente feliz, termina desentendiéndose de este un poco, pensando que él solo se bastará para defenderse. En cambio, Cuba está tan jodida que necesita que nos desvelemos por ella. 
Porque de alguna forma la desdicha de Cuba nos persigue donde quiera que estemos. Ser cubanos es, lamentablemente, compartir esa degradación que trae consigo la “nueva esclavitud”. Cuando le dices a un taxista de dónde eres y este exclama entusiasta “Cuba, Castro”, sin quererlo te está asociando con ese modo de esclavitud con la que por lo visto debes de estar muy satisfecho. 
Hay quienes ante esa situación optan por el olvido. Yo, en cambio, soy un memorioso, así que no tengo otro remedio que recordarme de dónde vine y actuar en consecuencia.  

Todo lo que escribes, tanto en tus novelas, como en tus ensayos, artículos de opinión y post, da la impresión de que libras una batalla sin cuartel contra el olvido. ¿Cómo quisieras que te recordaran tu hijo y tu hija (esa que siempre deja la puerta de la calle abierta)? ¿Cómo quisieras que te recuerden los que recuerdan a Cuba?
Esa no es una pregunta que se le hace a alguien que está en la flor de la edad, la cincuentena, como decía aquel escritor radial de La tía Julia y el escribidor. Mis hijos quiero que me recuerden como un buen padre, obviamente. Como alguien que, dadas las circunstancias, hizo lo mejor que pudo. Para el resto me conformo con que me recuerden como alguien que intentó mantenerse despierto todo el tiempo, que rechazó los automatismos de su época, que luchó por no estar a la moda. A ninguna moda. Y eso sin perder el sentido del humor.

Como eres quien mejor lo puede hacer, te planteo el siguiente reto. Escribe una biografía de no más de 50 palabras sobre los siguientes personajes, siempre pensando en que están dirigidas a personas que no los conocen: José Martí, Fidel Castro, Guillermo Cabrera Infante, Paquito D’Rivera, Silvio Rodríguez y Miguel Díaz-Canel.
José Martí: el escritor mejor dotado de Cuba del que sin embargo nos debemos conformar con un picotillo de artículos, cartas, diarios y apenas un par de buenos poemarios que publicara en vida. El resto es devoción póstuma, pura curaduría. Pero por si fuera poco, fue el político más hábil y humano del país. Más una mezcla de Cristo, Buda y Juana de Arco. Demasiado para aquella pobre isla. 
Fidel Castro: el destructor de Cuba. El ser más voluntarioso y falto de escrúpulos que ha dado aquella isla. Ante la disyuntiva del bienestar de su país y el poder, siempre eligió el poder.
Guillermo Cabrera Infante: el Habanero Mayor nació en el pueblito oriental de Gibara y pasó la mayor parte de su vida en Londres. Gracias a él y a su verbo extraordinario, hemos podido conocer y hasta vivir una ciudad cuya realidad actual es más bien fantasmal.
Paquito D’Rivera: la grandeza, la simpatía y la cubanía hecha saxo, clarinete y memoria. Paquito es como una vitrola de la memoria. Siendo niño prodigio, tuvo la oportunidad de conocer de primera mano más generaciones de músicos cubanos que ningún otro. Siendo un músico prodigioso, al tiempo que ser simpatiquísimo con el que todo el mundo quiere tratar, conoce el mundo de la música como pocos. 
Silvio Rodríguez: entre ser voz crítica de su generación —vagamente cantada, poética— y convertirse en una especie de flautista de Hamelín de la izquierda latinoamericana, prefirió lo segundo. Y se entiende: es bastante más rentable. Lo que no se entiende es que se siguiera degradando tanto hasta hacer olvidar que alguna vez tuvo frente a sí esa disyuntiva. Por lo demás más allá de su talento creativo, con su tono plañidero y quejumbroso, consiguió convertir una de las músicas más alegres del mundo en algo melancólico y tristón.
Miguel Díaz-Canel: el más gris de la camada de dirigentes de laboratorio del castrismo. Gracias a eso pudo sobrevivir a todas las pruebas de docilidad que le hicieron a lo largo de su carrera. Los supuestos expertos en cubanología apostaban a que nos daría una sorpresa, pero, por lo que se ha podido observar hasta ahora, lo de él es el castrismo sin atributos, sin voluntad propia y sin carisma.

Eres un trabajador incansable, eso puede dar la idea equivocada de que, hasta el momento, has logrado realizar todos los proyectos que te has propuesto. ¿Qué idea no has logrado realizar aún, que proyecto creativo te sigue quitando el sueño?
Acabo de terminar Nuestra hambre en La Habana, que son mis particulares memorias del llamado Período Especial, aquella crisis espantosa que me tocó vivir en la primera mitad de los noventa (si no prosigo con la segunda mitad es porque me fui de Cuba en 1995). Es ese tipo de libros que uno tiene que sacarse del pecho si quiere seguir respirando, hablar de otras cosas.
Luego me queda terminar con la que llamo Trilogía Cubana del Hudson, un trío de novelas sobre la presencia de los cubanos en el área de Nueva York-Nueva Jersey en los últimos 200 años de la cual Turcos en la niebla, ya publicada, era la parte correspondiente al siglo XXI. 
Luego vendrá Los cimarrones de Greenwich Village que se corresponde al siglo XIX y de la que ya tengo una parte adelantada y la correspondiente a mediados del siglo XX en torno al mundo de los músicos y de la que no he escrito una palabra. 
Y tengo un viejo proyecto de novela en la que La Habana es una suerte de parque temático de la historia cubana, que siempre he querido escribir pero que a estas alturas no sé si tenga sentido. La realidad cubana se caricaturiza tanto a sí misma que cada vez resulta más difícil satirizarla, exagerarla.

24 mar. 2020

Gracias, Juan Padrón

Aunque Tocororo Macho y Jutía Dulce no aparecen en ningún mapa de mi país, son dos lugares esenciales de nuestra geografía. En ellos ocurren las aventuras de Elpidio Valdés. Gracias a ese personaje, mi generación tuvo al menos un superhéroe durante la infancia.
Juan Padrón, el padre del coronel Valdés, acaba de morir en La Habana. Además de crear personajes que permanecen, de la manera más entrañable, en nuestra memoria emotiva, Padroncito (como le llamaban sus colegas) acabó convirtiéndose en uno de los genios del cine cubano.
Dos largometrajes suyos, Elpidio Valdés (1979) y Vampiros en La Habana (1985), están entre las mejores películas cubanas de todos los tiempos. Si a ellas se le suma Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983), se tendrá a un realizador con una obra comparable a la de Tomás Gutiérrez Alea y Fernando Pérez.
Quienes me conocen bien, saben de mi fanatismo por Elpidio Valdés y de mis constantes citas a las películas y los cortos. Una de mis escenas preferidas es esa donde la novia de Elpidio trata de salvarlo a lo Indiana Jones. Pero le falla la puntería y el latigazo acaba dándoselo en la cabeza al coronel Valdés.
Siempre que Diana trata de ayudarme y algo sale mal, le repito el “¡Ñó, María Silvia, vieja!”. Cuando supe que había caído, me fui a YouTube y me puse a ver aventuras de Elpidio. Los que nos hicimos mambises, pillos, manigüeros e insurrectos por él, recordaremos siempre a Juan Padrón con la alegría de un niño.