| Foto: Pedro Sicard |
Una noche de principios de los 80, Camilo Hernández y yo caminamos desde el cine La Rampa hasta la Escuela de Arte de Cubanacán. Él no paró de hablar ni yo de escuchar. Sigo recordando aquel trayecto como una clase magistral, lúcida y divertida, de habanidad y cultura popular, es decir, universal. Yo era un guajirito acabado de llegar a la “capital de todos los cubanos” y él uno de los seres más encantadores y petulantes que vivían en ella.
¿Cómo lograbas burlar el ‘bloqueo’ interior de aquella Cuba y estar siempre informado y enterado, como si hubieras viajado al futuro y tuvieras ya acceso a internet?
Simplemente estuve en el sitio indicado en el momento indicado. Crecí en La Sierra, un barrio crossfade entre el soberbio Miramar y la populosa Buenavista. “A las cabañas bajé y a los castillos subí”, como decía Zorrilla —el bardo español, no la poetisa matancera que, por culpa de Fermín Gabor, ahora solo logro visualizar corriendo en blumer y ajustadores, mientras es perseguida por su celoso marido. Lo cual le da finalmente sentido al viejo proverbio: “cuando veas las bardas de tu vecino arder…”.
Como verás, me disgrego todo el tiempo, ve acostumbrándote, que esto es pa’ largo. La Sierra era también el crossfade de las clases sociales, donde la casa del dentista de la cuadra se resignificó como solar cuando se mudó una familia negra a quienes pronto apodamos Cumbres Borrascosas, por su capacidad para generar conflictos que terminaban dirimiendo en la calle y con patrullas.
Fui también espectador del trueque nocturno de obras de arte y muebles entre casas, amparado en la impiedad de los apagones. Se trasegaba el viejo sofá de quien se quedaba por el nuevo del que se iba. Total, la lista del inventario del CDR solo decía “sofá”. Vi un óleo de Georges Braque transmutarse en una lámina de cisnes y primeras ediciones —Lorca, Wilde, William Blake— evaporarse para que en su lugar amanecieran las Obras completas de Lenin, con ese característico olor a vómito de los libros soviéticos.
Tuve que dar muchas vueltas y varios exilios para encontrarme en la Huntington Library de San Marino, California, con el mismo libraco que ojeábamos sobre el piso de la casa de Armandito y Cristy: The Birds of America, de John James Audubon, que estoy seguro valía como para salir en una de esas novelas de contrabandistas que escribe Padura.
Los “entierros” —jarrones, joyas, esculturas— que aparecían en las tapiadas casas de la Quinta Avenida alimentaban mi Salgari interior. Jugué en mansiones vacías, rompí valiosos vitrales y, sobre todo, viví en infancia propia el desgarramiento de las familias en desbandada y el entronizamiento de una casta de guajiros ramplones e iletrados del 26 de Julio, codo a codo con la refinada élite blanca intelectual del Directorio Revolucionario.
De ellos me quedó una frase de mi madre el día que le pregunté por qué en los quince de la hija de Faure Chomón no había cajitas y sí platos y mesa buffet: “Es que ellos hicieron La Revolución”. Cinco (5) mentarios.
Todo este largo recuento es para llegar a LQQD: que desde chiquito no creo en nada de lo que me dicen, y por eso me urge buscarle la quinta pata hasta al gato de Schrödinger, no vaya a ser cosa de que esté vivo.
En mi atalaya serrana —yo debí, serrana, cortarme las venas— podía por igual acariciar la mítica espada rota de Federico Capdevila, que conservaba su hija Isabelita, que oír a mi vecina Pepa durmiendo a punta de boleros carcelarios a su hija Caricita, la que —proclamaba— era tan inteligente que en la escuela sacaba “cien y ciento y pico”; asombrarme con la misteriosa caligrafía de los periódicos con que los chinos envolvían las sábanas aún tibias del “tren de lavar” y recuperar para la lectura los polvorientos números de la National Geographicque se apilaban en el garage, donde vi mis primeros desnudos.
Me desplazaba con comodidad entre El Tesoro de la Juventud, las secciones “Mi personaje inolvidable” de Selecciones, “Dentro del suceso” de Bohemia y los libros prohibidos por el Congreso de Educación y Cultura en las bibliotecas de los propios defenestrados. Todo mezclado, como decía Nicolás, de tan ingrata posteridad.
Fue el padre de una amiga quien me dio —tendría yo doce, trece años— un consejo que entonces me sonó absurdo: “nunca botes nada a la basura sin antes romperlo”. Se llamaba Heberto Padilla, y aún hoy, no importa a dónde llegue, sin quitarme el polvo del camino, no pregunto dónde se come ni dónde se bebe, sino cómo se llega a Office Depot a comprar una trituradora.
Soy hijo de tantas cosas que no me avergüenzo de ninguna. Se me saltan las lágrimas con la Gran Misa en Rede Mozart o el tango Malena; veo en el borde del asiento las tres horas y media de King Lear con Glenda Jackson; pero cuando me piden títulos de películas para un fin de semana de chill, invariablemente recomiendo Holocausto caníbal.
Nunca fui suficientemente hetero como para identificarme con las metáforas hetenormativas de Cirbio —tengo el fetiche de que, si lo nombro, algo malo me va a pasar, y este momento estoy en un avión— ni tan pájaro como para contar los fouettés de Charín con devoción mariana.
Donde tengo un chance proclamo que Pello El Afrokán fue “el ultimo elegante” de la música popular cubana y quiero develar sendas placas frente a la WQAM y la KAAY, porque me salvaron de ser otro daño colateral del programa Buenas tardes. Lo que te quiero decir es que, el que quiere aprender, aprende.
¿Qué extrañas, aún hoy, de aquella Habana?
Creer en los años 80s que las cosas podían mejorar con solo involucrarse. Ah, y despertarme con el pipí parao.
¿Por qué acabaste haciendo televisión y no cine? ¿Cómo hubieran sido tus películas?
Por tu culpa estoy descubriendo que soy el burro de Samaniego: todo se me da por casualidad. Estudié para ser un aburrido profesor de Literatura o idiomas, pero se interpuso la cacería de brujas Post Mariel.
Al graduarme no conseguía trabajo, por lo que tenía más tiempo para hanguear con mi vecina Olguita, a quien por entonces estaba camelando un humorista llamado Héctor Zumbado, quien me dio mi primer trabajo remunerado: tocar a su puerta por las mañanas, obligarlo a recuperarse de la pea de la noche anterior y sentarlo ante la máquina de escribir a cumplir los encargos de sus múltiples clientes.
Fue por él que llegué al ICRT cuando Hildita Rabilero lo llamó para que escribiera su programa Contacto y me recomendó. A Zumbado no le interesaba porque a esa misma hora despachaba en la Ronera de 23 y 8 con otros dos insignes alcohólicos: Rapi Diego y el Guillermo Rodríguez Rivera, de cuyas sesiones resultaron obras efímeras como aquellas Olimpiadas Eróticas donde Senegal derrotaba a China, nueve pulgadas a tres.
De haberme conseguido el trabajo Rapi, hubiera terminado en el ICAIC y hoy andaría repitiendo la guanajería de “el cine cubano será libre o no será”. Como si alguna vez lo hubiera sido, hajme tú el favor.
En los 80s, entre tantas cosas que quedaron en el tintero, alguien de la Asociación Hermanos Saíz propuso hacer largometrajes de historias cortas, a la manera de las comedias italianas. Por entonces yo estaba sumergido con Jorge Dalton, Pepe Llanes y Mirtha González en la producción de un programita llamado Memoria, hecho con materiales de archivo y lidiaba con la sorpresa de que el cine cubano no había nacido con la Revolución como decía el slogan, y que Papito Serguera había mandado a tirar a la basura los archivos del ICR.
Quería rescatar algo de aquellos pioneros desplazados por la reescritura de los Alfredoguevaras y los Pavóntamayo. Así, mi historia sería la biografía del más grande de los cineastas cubanos: un perdido proyeccionista de San Juan y Martínez que desde su ingenuidad hizo todos los grandes descubrimientos del género: el primer travelling cuando se le desbocó la burra, el primer tilt up porque la cámara se le fue para atrás y tilt down, cuando la enderezó.
El mismo que, tras una noche de alcohol y putas en el único burdel del pueblo, atendido por sus propias hermanas, pintó una valla de gallos que fue el primer hito del expresionismo alemán, una semana antes de que Robert Wiene diera el claquetazo de “Das Kabinet von Dr. Caligari”.
Ese corto se llamaría Das Kleine Guajira-Mädchen aus San Juan und Martinez y nunca se hizo realidad. No recuerdo si la llegué a publicar, pero que sí repartí copias entre mis amigos. Si esto sirve para que, si alguien la conservare, me la haga llegar, me harías más feliz que niño comiendo mocos.
Tu blog La Rusa de Baracoa fue (lo sigue siendo) uno de mis preferidos en la fiebre de los blogs. ¿Qué te hizo publicar el primer post y por qué lo has retomado?
Llegué a Venezuela también por azar, gracias al director Luis Alberto Lamata, con quien había estudiado en San Antonio de los Baños. Huí ya sabes de qué, sólo para ser testigo del ascenso indetenible del Socialismo del Siglo XXI. Como Casandra, perdí muchos amigos por advertirles lo que sabía que iba a ocurrir.
Fue entonces que recordé aquel personaje de La consagración de la primavera de Carpentier, que se inspiraba en un rusa blanca que, huyendo de los bolcheviques, había recalado en un pueblito perdido de la isla más capitalista imaginable, y allí la había alcanzado el fantasma que recorría Europa.
Yo me había evadido de una revolución daltónica —que definía como verde lo que siempre fue rojo— para aterrizar en una nación rica que matizaba su desaforado poder adquisitivo oyendo a la Nueva Trova.
Me enamoré de un país rabiosamente auténtico, incluso en sus imposturas, y que pagó y aún paga con la sangre de sus mejores hijos la banalidad de entronizar por resentimiento a un milico felón. Ver el remake de lo que en Cuba solo conocía de oídas me trajo a la poco feliz conclusión de que era aquella rusa condenada.
O aquella condenada rusa.
Flashforward de varios párrafos eliminados…
En 2013 entendí que no iba a ser como mis mayores que se quedaron en Cuba “a ver qué pasaba”, y tras muchas visas rechazadas pude finalmente tener la de trabajo que me permitiría recomenzar mi vida en Estados Unidos, un país que nunca me atrajo ni como turista, pero que al menos me garantizaría un ocaso en paz, mi única ambición.
Pero entonces llegó el doctorrrrrr, manejando el cuatrimotorrrrrrrrr…
Llegué con el entusiasmo cubano por Obama y estuve en una fiesta en las colinas de Hollywood donde tenían listos los fuegos artificiales para celebrar la victoria arrolladora de Hillary Clinton sobre Donald Trump. Fue lo inverso, y en los meses y años posteriores confirmé, para mi terror, que la dupla siniestra de Casandra y Mima Rovenskaya, la rusa de Baracoa, no me abandonará jamás.
No me enorgullecen, las sufro cada día. Y me indigna la banalidad de muchos que me rodean. Detrás del “Cuba no va a ser Rusia porque estamos a 90 millas de Estados Unidos”, “Venezuela no va a ser Cuba porque tenemos petróleo” y “los Estados Unidos tiene instituciones sólidas que pueden resistir cualquier embate”, está la misma insufrible prepotencia de creerse con derecho a romper todo porque al final habrá un conservador responsable que desfará nuestros entuertos.
Cuando pensé que había pasado todas las asignaturas, estoy lidiando con el estadio final y desenfrenado de una izquierda que sabe cómo apelar a nuestros sentimientos más elementales para avanzar su agenda. No hay un solo grupo social donde hoy no estemos enfrentados unos contra otros y donde no surja a cada momento una propuesta más demencial que lleve al límite tu fidelidad.
Escuchar a esa mujer blanca gritarle a un oficial del ICE “Nigger” es la mejor prueba de que solo somos virtuosos cuando les entregamos nuestra voz, como en aquel poema de Heberto. Solo somos props, pero si lo adviertes, eres un fascista.
Mientras unos saqueaban las boutiques de Rodeo Drive y otros debatían si George Floyd era un prócer o un delincuente, las líderes del BLM reconocían abiertamente que su objetivo era la implantación del comunismo en América. Si lo comentaste, no hay dudas: eres fascista.
Si eres maricón y no te vas la cama con un tipo con vagina, eres un transfóbico fascista. Si eres mujer y te dicen que un hombre con solo declarar que se siente mujer —ya no hace falta ni implantarse tetas— puede usar tus espacios e imponer sus derechos sobre los tuyos: acéptalo con aplausos, o eres fascista.
Un transexual ya no puede reconocer que no es mujer: tiene que saltar al ruedo a obligar al resto de la sociedad a que acepte su disforia y le abra la puerta del baño de las niñas y los terrenos deportivos. Si te parece una monstruosidad dar inhibidores hormonales a niños para que dejen de ser lo que son y nunca sean lo que les prometen que serán: fascista. Y si señalas a la industria farmacéutica: negacionista y conspiranoico. Si te viola un hombre blanco, arden ciudades. Si es inmigrante magrebí, es cultural.
De la experiencia totalitaria se emerge de dos formas: abrazando la totalidad del antiguo enemigo con la misma fiereza con que antes lo odiaste, o reverdeciendo tus dogmas porque aquello que sufriste nunca fue The Real Deal. ¿Qué diferencia hay entre la escena final de La rosa púrpura del Cairo donde Mia Farrow, perdida toda ilusión, vuelve a sonreír al ver a Ginger y Fred bailando y Carlos Manuel Álvarez optimista con la agenda del Socialista Democrático Zohran Mamdani?
Sólo el talento de Woody Allen.
Los terceros nunca cabremos en nada, solo nos queda ser aguafiestas.
¿Qué le debes, como creador, a estas tres ciudades: Caracas, Miami y Los Ángeles?
A Caracas: todo. Cuando llegué ahí sólo tenía cinco años de experiencia profesional y muchas metidas de pata en Cuba. Entré a un mercado exigente, competitivo donde aprendí todo lo que hoy sé.
Profesionalmente, Miami no me resultó tentadora. Mucha gente quema sus talentos en el afán por agradar a un público basto y en la premura por pagar los “biles”. Tantas cosas que se podían hacer, pero no hay interés que sobrepase la inmediatez. Personalmente, es el sitio al que siempre quiero volver, el colchón afectivo donde gente de todas las etapas de mi vida que me espera.
Los Ángeles: pensaba que era solo autopistas y talleres mecánicos. Cuando llegué —otra serendipia: acepté un trabajo porque sabía que, de otra manera, nunca vendría— mi primer comentario fue: “ajá, sí: autopistas y talleres mecánicos”. Y entre ellos, una apasionante historia de pioneros tercos y amorales que se propusieron construir el Paraíso, y lo lograron, y la realidad de una ciudad sin norte que languidece bajo los políticos más mediocres, ambiciosos y depredadores que quepa imaginar.
En lo profesional, llegué a una industria legendariamente competitiva despedazada por la imposición de reglas insólitas “de diversidad, equidad e inclusión”, donde las mujeres aún ganan menos que los hombres, pero hay una cuota obligatoria de freaks que hacen palidecer a los de Tod Browning y que saltan de agenda en agenda —Latinx, Queer, etc.— para arañar trabajos que nunca se repiten, porque básicamente son unos mediocres jugando a ser vivos.
¿Volverías a Cuba si es que Cuba llega a ser libre y? ¿A qué quisieras dedicarte una vez allí?
Una de esas mañanas que salgo a caminar por el barrio antes de depositar las nalgas por diez horas o más en mi oficina, me pasó por el lado un descapotable con dos muchachas grabándose contra el cielo inmoralmente azul del sur de California. Me causó gracia imaginar desde dónde habrían venido a rendir pleitesía a un barrio de viejos, persas y nuevos ricos de pésimo gusto solo porque el cine y la televisión les enseñaron a venerar las palmeras de Beverly Hills con la misma pasión con que gritan “Palestine, from the river to the sea” sin que les interese saber qué river y qué sea.
Saqué mi teléfono, me ubiqué contra la perspectiva sinuosa de mi calle bordeada de palmeras canarias y de abanico, y publiqué el resultado en Facebook, con una leyenda: “¡Gracias, Fidel!”. De no haber sido por él, jamás me hubiera movido del reparto La Sierra, a medio camino entre el soberbio Miramar y la populosa Buenavista. No sé si ahí fui feliz, pero no quería perderlo.
La vida me ha mangoneado como le ha dado la gana, y sigo a flote. De haber trabajado para hacerme millonario, tal vez hoy podría consolarme comprando ese edificio de tres pisos que hace esquina entre Prado y San Lázaro, y desde donde, estoy seguro, se ve el perfil más privilegiado y hermoso del Morro. Sería maestro, como lo iba a ser originalmente. O periodista, lo que no pude estudiar por no ser militante de la UJC.
Pero nada de eso pasará, ni siquiera en mi imaginación. Cuba fue una pérdida total que decidí no llorar porque de hacerlo me postraría. Prefiero que sea en mi vida lo mejor de la neblina del ayer. O, como Daddy Yankee: lo que pasó, pasó.