26 junio 2026

Los mudos de la montaña

Cubierta diseñada por Leonardo Orozco.

Por Liudmila Quincoses

Hay libros que no anuncian desde el principio lo que van a ser y Los mudos de la montaña, novela del periodista y escritor cubano Camilo Venegas Yero, es uno de ellos. Publicada en 2026 por Libros del Fogonero, esta obra narra en primera persona la historia de Mario, un joven periodista en prácticas que es enviado tres meses a El Nicho, una comunidad aislada entre las montañas del Escambray, en el centro de Cuba, para escribir una serie de reportajes. Lo que parece el punto de partida de una crónica de viaje se convierte, progresivamente, en algo mucho más complejo: una indagación sobre la memoria, el silencio, el amor, la identidad y el peso de vivir en un país que carga su historia con la misma dificultad con que se sube una montaña escarpada.
La novela se estructura en tres partes: El viaje, La montaña y El fugitivo. Esta división no es solo espacial ni temporal: es también emocional. En la primera parte, el lector conoce a Mario en La Habana, en compañía de Dania, la mujer que ama y de la que se tiene que separar. Esta relación, narrada con una delicadeza y una profundidad poco comunes, funciona como el hilo emocional de toda la novela. Dania no es solo la novia ausente: es una presencia constante a través de las cartas, los recuerdos y los libros que comparten, una figura que condensa la nostalgia por una vida que el protagonista siente que puede perder mientras se aleja de ella.
Una de las grandes virtudes del libro es la construcción de los personajes secundarios. Valladares, el hombre que acoge a Mario en El Nicho, es quizás el más memorable: solitario, reservado, lleno de un pasado que no termina de contar, capaz de una ternura enorme que casi nunca deja ver. A su alrededor orbitan el Gallego y su esposa Migdalia, el arriero Urquiza, la doctora Emelina y el enigmático Nando, personajes que parecen existir fuera del tiempo, atrapados en esas montañas como si el mundo exterior ya no les dijera nada. Venegas los retrata sin sentimentalismo ni exotismo, con una mirada que respeta su complejidad y su silencio.
El silencio, de hecho, es uno de los temas centrales del libro. El título lo anuncia desde el principio: hay algo que no se puede decir, historias que no se pueden contar, verdades que la propia narración rodea sin nombrar directamente. Esto se hace especialmente evidente en la historia de Emelina, la doctora rural que vive en El Nicho castigada por haber pedido salir del país, o en los silencios de Valladares cuando Mario le hace preguntas sobre el pasado. La novela logra que esos espacios en blanco digan tanto o más que las palabras escritas. 
La doctora Emelina, con su nombre tan bien puesto, tan de esa Cuba del pasado. Aparece como una mujer que se desdobla, vive su pasión con Mario, en esta especie de paraíso perdido donde el azar los reunió. Particularmente esta fue mi historia de amor preferida dentro de la novela. Que también nos dibuja un triángulo amoroso cargado de mucha poesía. 
Otros personajes que tienen para mí una significación especial son los escritores Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, imprescindibles para entender la Habana de aquellos tiempos y la poesía cubana, gracias por ese guiño cómplice y por regalarnos un espacio en esta máquina del tiempo, yo hasta he soñado que camino con ellos por Obispo luego de leer la novela. Agradezco al autor por mantener viva memoria y legado.
Venegas construye su prosa con una precisión que recuerda al buen periodismo narrativo: la atención al detalle sensorial, los diálogos breves y certeros, los paisajes que no se describen por ser bellos sino porque revelan algo de quien los mira. Hay ecos claros de la tradición literaria que tanto aprecian los personajes: Hemingway, Faulkner, Lezama Lima, Capote, Lispector. Pero la novela no cae en el homenaje ni en la cita ornamental. Los libros que mencionan Mario y Dania son parte de su manera de entender el mundo y de relacionarse entre sí; la literatura funciona aquí como lenguaje común y como forma de resistencia ante la realidad que los rodea.
La dimensión política del libro aparece siempre de manera oblicua, como corresponde a una novela que entiende que la sutileza es más honesta que el panfleto. Cuba está presente en cada página, no como escenario pintoresco sino como condición existencial: la escasez, la vigilancia de los hombres de verde olivo, las restricciones que moldean los sueños y los cuerpos de sus personajes, las historias de los que se fueron y los que se quedaron. Todo ello aparece con naturalidad, sin subrayados, como parte de una vida que es lo que es y no pide disculpas.
Si hay algo que el lector extranjero puede tardar en descifrar, es la densidad de referencias culturales cubanas que pueblan el texto: músicos, pintores, escritores, calles, rutas de ómnibus. Pero ese mismo exceso de especificidad es lo que da al libro su autenticidad y su textura. Los mudos de la montaña es, entre otras cosas, una novela profundamente habanera y esa habanidad no se disculpa ni se traduce: simplemente está ahí, como el olor a gas que Mario aspira la primera vez que escucha a Celia Cruz desde un balcón de La gaveta en La Habana Vieja.
La novela tiene el valor de no resolver lo que no se puede resolver. No hay redenciones fáciles, ni respuestas definitivas sobre quién delató a quién, ni certeza sobre qué será de Mario y Dania cuando él regrese. Lo que sí queda, con una claridad que impresiona, es la sensación de haber conocido a personas reales, de haber caminado por esos senderos de cemento de la vieja escuela abandonada, de haber escuchado el cling, clang, clong del herrero resonando entre las montañas. Esa sensación de presencia es, probablemente, el mayor logro del autor.
Los mudos de la montaña es una novela que se lee con la misma paciencia con que sus personajes esperan que llegue el barco, que pare la lluvia o que alguien diga por fin lo que todos saben pero nadie termina de pronunciar. Para quien esté dispuesto a esa calma, el libro recompensa con creces. Los invito entonces a leer esta magnífica novela, máquina del tiempo o paraíso perdido en la que no vas a dejar de pensar. Gracias a Camilo Venegas por entregarnos este texto imprescindible, certero y necesario en el ámbito de la narrativa contemporánea.

Ciudad de México, junio de 2026.

25 junio 2026

Mi tío el alzado

Mi tío Aramís González Yero con 19 años, en enero de 1959, después de tomar Cienfuegos a las órdenes de William Morgan. Posa, en un estudio de la calle San Carlos, con una San Cristóbal, la carabina de fabricación dominicana que le regaló "el comandante yankee" y con la que combatió en el Segundo Frente del Escambray.
Luego perforó pozos de petróleo en Jatibonico, estuvo preso en Yaguaramas, se exilió en España, condujo un autobús lleno de cubanos desde Managua hasta México, viajó en su barco dos veces al Mariel y vivió para dedicarle al Paradero de Camarones el primer pensamiento de cada día, al despertarse. 
Estoy terminando de escribir la novela de su vida, donde acabo haciéndome una pregunta que antes se había hecho Arthur Miller sobre uno de sus personajes: "¿Un héroe entonces?".

19 junio 2026

Tres felices tigres

De izquierda a derecha: Racso Morejón, Basilio Belliard,
Camilo Venegas y Alberto Garrido.

El conversatorio se llamó "Entre partida y arraigo: Diáspora cubana en República Dominicana". Se suponía que Racso Morejón, Alberto Garrido y yo debíamos ofrecerle al escritor dominicano Basilio Belliard testimonios sobre el drama que significa para nosotros el exilio. 
Pero los tres coincidimos que este país nos hizo más libres, más felices y hasta mejores escritores que el nuestro. También estuvimos de acuerdo en que la Cuba a la que pertenecemos ya no existe, por eso insistimos en escribirla, para poder regresar a ella al menos a través de las palabras.
Gracias otra vez al Festival Mar de Palabras por la invitación y, sobre todo, por la oportunidad que tuvimos de agradecerle al país de los dominicanos el habernos devuelto todo lo que el nuestro nos quitó.

Armando Lucas Correa, Camilo Venegas,
Alberto Garrido y Alejandro Aguilar.

Los participantes en el conversatorio.

Gracias, Casa Calíope


Agradezco a Casa Calíope y a sus fundadoras, Stephanie Pérez y María Eugenia Espinal, que los Libros del Fogonero estén disponibles en el
Festival Mar de Palabras. Que dos jóvenes dominicanas emprendan la aventura de una librería en estos momentos me devuelve de esperanza.
De un tiempo a esta parte, cada nuevo ministro de Cultura de República Dominicana es peor que el anterior. El actual, Roberto Ángel Salcedo, además de haber perpetrado la peores películas de la cinematografía nacional, es un enemigo confeso del libro de papel.
Asumo la presencia de mis obras en los anaqueles físicos y virtuales de Casa Calíope, como un acto de resistencia ante tanta ignorancia, ineptitud y frivolidad. Estoy convencido de que llegará el día en que la cultura de este país vuelva a estar en manos de alguien con la capacidad de valorarla en su justa medida.

30 mayo 2026

Animales de compañía

El rinoceronte de Fellini, Serranito y el toro que me regaló 
Ana Rosario, ante la mirada desconcertada de Egon Schiele.

Dentro de un año cumpliré sesenta y aun no aprendo a vivir sin juguetes. Siempre he tenido alguno conmigo, incluso cuando hice la maleta para irme de Cuba, en un viaje sin regreso, eché en ella mi Buzz Lightyear. Recuerdo haberle pedido, medio en broma medio en serio, que me ayudara a llegar “al infinito y más allá”.
Cuando HBO lanzó la campaña de presentación de Band of Brothers (2001) en República Dominicana, hizo llegar un paquete con soldaditos a los periodistas que cubrían los temas culturales. Puse los míos encima del display del ordenador y luego me acompañaron en mi estancia en el Centro León de Santiago.
Cuando comencé a escribir Los mudos de la montaña, la novela que presenté recientemente en Madrid, me compré un rinoceronte africano. Al comienzo del libro, sus protagonistas van a ver Y la nave va, la película de Fellini donde un rinoceronte se convierte en una metáfora. 
Lo asumí como una réplica de aquel. Cada vez que retomaba la escritura del libro, ponía al animal junto a la laptop. Una vez alcanzado el punto final de la “jornada laboral”, le agradecía la compañía. El día de mi cumpleaños, en julio pasado, mi hija Ana Rosario me regaló un toro de lidia. 
Es una exacta reproducción de la increíble belleza de ese animal. Entonces ya yo había empezado a escribir la novela en la que trabajo actualmente, donde su protagonista, mi tío Aramís, descubre la tauromaquia al llegar a Madrid. Luego me compré otro toro bravo. 
El segundo, del mismo color de Serranito, el animal con el que el diestro Paco Camino firmó una de sus faenas más memorables en Las Ventas. Aramís nunca olvidó aquella tarde, que ocurrió durante los primeros meses de su exilio, en 1971. En honor a él y como amuleto, el Serranito de juguete me acompaña cada mañana.
No lejos de él, está aún el rinoceronte. Cada vez que mi nieto nos visita, me pide a los dos animales. Juega con ellos bajo mi supervisión y luego los devuelvo a su lugar. Hace unos días, yo no conseguía que David Aurelio se quedara dormido y los llevé a la cama. Ya roncaba cuando traté de quitárselos, pero apretó el puño.
Para él ya también son unos excelentes animales de compañía. Por cierto, aún no le he dicho que para el próximo libro que tengo en mente necesitaré una ballena.

Los soldaditos, regalo de HBO, que me acompañaron
en la redacción de El Caribe, en Santo Domingo.

19 mayo 2026

Extraños


Ayer en la tarde, mientras Diana y yo caminábamos bajo los pinos que bordean al río, retraté a un pato. Aunque ya son comunes en el Manzanares, la canción de Sabina me hace verlos todavía como algo extraño. Por eso siempre los retrato, en el carrete de mi iPhone tengo muchísimas fotos de ellos.
Mientras hacía la foto, comenté que iba a extrañar el paisaje que nos rodea y que tanto disfrutamos cuando volvamos a República Dominicana, huyéndole al verano de Madrid. Buscamos un lugar donde tirarnos en la hierba y, con el sonido de la corriente de fondo, nos pusimos a leer.
En la madrugada, cuando yo ya roncaba, Diana oyó ruidos en la calle. Aunque no es normal, decidió no asomarse para ver qué ocurría. Hoy en la mañana nos enteramos por las noticias de que una mujer había caído al río. Los ruidos venían del equipo de rescate, mientras lograba sacarla del agua con una grúa.
Todo ocurrió en el mismo espacio: la foto del pato, la lectura en la hierba y la tragedia. Hoy pasé por allí y todo estaba como si no hubiera pasado nada. Supe el lugar porque un anciano le señalaba a su esposa, quien no acababa de entender dónde había sido exactamente.
—¡Te dije que allí, coño!
—Ah, allí —respondió ella señalando al vacío.
El pato seguía caminando por el muro, pero esta vez no lo retraté.

Ex Libris


Mi hermano Eduardo Lozano, a quien conocí casi de niño, cuando éramos alumnos de la Escuela de Arte de Cuabanacán, y que me ha demostrado a través de los años y las décadas en qué consiste ser un verdadero artista, me ha hecho un regalo.
Siempre quise tener un ex libris y, a falta de él, usaba los cuños de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Esa es la razón por la que, desde los tiempos en que Lozano y yo empezamos a atesorar libros, los míos parecían propiedad de los Ferrocarriles de Cuba.
A partir de ahora, y gracias a mi hermano artista, mis libros ahora lucen un peregrino, el otro oficio que he compartido con él, además del de crear: caminar. Asumo el hecho de que empezar a marcarlos por Hamsun y Cartarescu, dos de mis escritores preferidos, como otra importante señal.
Gracias, querido Lozano. Septiembre del 2027 nos espera en Galicia, de vuelta al Camino Francés. Para esa fecha, espero haber estampado muchas veces tu ex libris.