31 may 2021

La Loma de Thoreau vista desde el cielo

Después de un año en tierra, como consecuencia de la pandemia, levantamos el vuelo. La mañana estaba muy clara. República Dominicana se distinguía con lujo de detalles, como si la estuviera viendo en Google Map. Cuando entramos en la Cordillera Central, le dije a Diana que se acercara al cristal.

El pequeño pueblo de Constanza y su aeropuerto ya estaban en el centro de la ventanilla. Muy poco después apareció Jarabacoa. Siguiendo el hilo de la carretera de Manabao, dimos con la Loma de Thoreau. Los dos nos quedamos mirándola hasta que ya no podía distinguirse.

En el fondo, el Pico Duarte, la más alta elevación del Caribe, nos despedía como un faro. Geografía siempre fue mi asignatura preferida. Aunque devolvía los libros de texto intactos, como si no los hubiera usado, me las arreglaba para quedarme con los atlas. Nunca fui capaz de deshacerme de ellos.

Afortunadamente, a Diana no le gustan las ventanillas. Cuando las nubes me lo permiten, contrasto las cartografías con la realidad. Trato de mantenerme despierto mientras cruzamos el océano de día. Así he podido ver las Azores o el momento en que entramos o salimos del triángulo de las Bermudas. 

Pero ver a la Loma de Thoreau desde el cielo va más allá de mi afición por la geografía. El día en que me marché de Cuba en un vuelo a Santo Domingo, clavé mis ojos en la bahía de Cienfuegos. Sabía que era un viaje sin regreso, que abandonaba para siempre el mapa de mi infancia.

Aunque ahora era distinto, porque sabía que volvería en menos de una semana. Aún así no pude evitar una rara angustia al dejar atrás el lugar al que pertenezco. Porque ese lomerío es ahora para mí el mar que rodea a mi mundo, el cual se circunscribe a unas pocas cosas.

La mujer que amo, los árboles que siembro, los frutos que cosecho, mis perros, la neblina, el viento que se oye en lo más alto de los pinos, el ruido de los aviones que me recuerda que estoy en tierra y la pantalla donde escribo. 

Esta última, me permite conservar en palabras las geografías que no volveré a recuperar.

27 may 2021

Un día entero con el Rey de la Tonada Carvajal

Foto de Ángel Peña que acompañó a la entrevista de Luis Gómez
en La Gaceta de Cuba.

En el año 1999, Lenay Blasón y yo hicimos una visita de trabajo a la provincia de Cienfuegos. El trovador Lázaro García nos invitó a su casa y, después del segundo palo de ron, le dije que quería conocer a Luis Gómez, el gran repentista de Cumanayagua y un poeta cuya profunda simplicidad siempre me había conmovido.
—¡Te lo traigo ahora mismo! —me dijo Lázaro y salió en su carro a buscarlo.
Mientras lo esperábamos, a Lenay y a mí se nos ocurrió hacerle una entrevista para La Gaceta de Cuba. Lázaro tuvo la gentileza de ofrecernos los estudios Eusebio Delfín para que las improvisaciones que hiciera Luis quedaran grabadas de manera profesional.

Al final de la conversación, le recordé que Cumanayagua acababa de perder el ramal de ferrocarril y que el pueblo nunca más vería llegar un tren. “¡Ponme un pie forzado!”, me retó. En lo primero que pensé fue “en el puente del Guajiro”. Cerró los ojos, levantó la cabeza y empezó a soltar versos:

 

Ya le arrancaron la vía

a nuestro pueblo adorado,

que era el transporte atrasado

que en otro tiempo tenía.

Sufre la melancolía

que muchos ojos no ven

y mi pueblo en su vaivén,

que tanto quiero y admiro,

en el puente del Guajiro

está esperando el tren.

 

Hoy, el fotógrafo Ángel Peña, el entrañable Peñita, me hizo llegar algunas imágenes de aquel día. Ahí estamos en Pueblo Griffo, en el enlace del ramal Cienfuegos Carga con la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Como resultado de aquel encuentro, se produjo un concierto de Luis Gómez en Casa de las Américas cuya grabación está disponible en iTunes y Spotify.

Siempre llevaré conmigo el recuerdo del día entero que compartí con el Rey de la Tonada Carvajal. Encuentros como ese, sin yo saberlo ni proponérmelo, me han ido haciendo quien soy… o, por lo menos, quien intentaré ser siempre.

Junto al poeta Alberto Vegas Falcón, Lenay Blasón y Luis Gómez.

26 may 2021

1940


(Fragmento de la novela Atlántida)

 

1940 fue un año bisiesto y, para colmo, de guerra en Europa. Pero, gracias al elevado precio del azúcar, el Paradero de Camarones disfrutaba de una relativa prosperidad. En cuestión de meses habían abierto dos nuevas tiendas y una carnicería. Todos los días se mataba una res y llegaba pescado fresco. 

En el Liceo, un cartel anunciaba que la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas tocaría el sábado en la tarde. Aunque Atlántida nunca fue fiestera, por primera y única vez le pidió a Aurelio que comprara dos entradas. Cuando las tuvo en la mano, se puso a cortar un pedazo de tela para hacerse un vestido.

Tenía 26 años y ya había parido cuatro veces. El primero, que también se llamaba Aldo, murió a los pocos meses de nacido. Luego vinieron tía Cary, tía Titita y Mami. Tío Aldo nacería nueve meses después, en mayo del 41, a él se debían tantos sudores fríos y un repentino asco a los platanitos maduros fritos. 

Atlántida nunca había visto a una orquesta. Al único músico que conocía en persona era al pianista del teatro Luisa de Cienfuegos. Cuando todavía vivía en casa de los Donato, la llevaron ver una película muda. Durante mucho tiempo tuvo que imaginarse la voz de Rodolfo Valentino.

Hasta que un día que, en un programa de danzones de RHC Cadena Azul, oyó al cantante de la Orquesta Gigante. “Así debe ser la voz de Valentino”, pensó, mientras bailaba “Tres lindas cubanas” sin moverse del lugar, tratando que la espuma del jabón Oso rindiera para dos o tres piezas de ropa más. 

El vestido era blanco, como el de la inglesa de la que se enamora el jeque en la película de Valentino. Aurelio iba de traje y corbata a pesar del sofocante calor. Los músicos se bajaron de la guagua con los instrumentos a cuestas y se subieron de una vez al escenario.  Todos llevaban trajes de drill cien. 

—Mira, aquel bizco es Antonio María Romeu —le dijo Aurelio al oído—. Yo lo vi hace poco, bajándose de un tren en Caibarién.

—¿Y cuál de ellos es el cantante? —preguntó Atlántida ansiosa.

—Qué se yo —respondió Aurelio encogiéndose de hombros—, cualquiera de esos.

Primero la flauta y después el piano enloquecieron al Paradero de Camarones. Delante de sus ojos tenían a la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas tocando “Tres lindas cubanas”.

Atlántida seguía sin encontrar entre los músicos a nadie parecido a Rodolfo Valentino. Trató de ponerse de pie para ver mejor, pero Aurelio la tomó por el brazo para se volviera a sentarse. Le dijo que si se paraba no iba a dejar que los de atrás vieran.

Entonces un negro alto como una torre empezó a cantar. No se movía, ni siquiera gesticulaba, pero su voz de oro era inconfundible. Aunque desde el principio estuvo parado delante de la orquesta, ella no lo había visto. Empezó a sudar frío y sitió un insoportable olor a platanitos maduros fritos.

—Ah, mira, ese es Barbarito Diez —le dijo Aurelio.

—Me quiero ir.

—Eh, ¿y por qué tú estás llorando?

—Creo que estoy embarazada otra vez.

Una semana después fue al médico. El guardafrenos del tren era Pablo Ortiz, el Caballero del Carril, un negro tan alto como Barbarito Diez que era famoso por su amabilidad con las pasajeras. Atlántida siempre se había hecho la distraída para no tener que darle la mano.

Pero esta vez, además, se dejó ayudar para subir al estribo del coche. Pablo Ortiz le preguntó por Yero, que es como todos los ferroviarios llaman a Aurelio. Atlántida dijo que estaba en Caibarién, de jefe de estación relevante y que volvía el martes de la próxima semana.

Pablo Ortiz, después de sorprenderse con tantos detalles, sopló su silbato y le dio salida al tren. Dos hombres hablaban de la guerra en el asiento de atrás. Primero mencionaron un lugar llamado Dunkerque, después se lamentaron de la rendición de Francia y al final se alegraron de que Gran Bretaña hubiera roto relaciones con Vichy.

Entonces Atlántida recordó que 1940 era un año bisiesto y sintió un insoportable olor a platanitos maduros dentro del vagón. Pero a pesar de los escalofríos y de las náuseas, en su cabeza no dejó de sonar la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas. 

La flauta, el piano y la voz de oro se oían por encima del ruido del tren. 

24 may 2021

Los 67 de Marianela Boán

Aunque estudié en una escuela de arte, no conozco a tantos artistas. Creadores han sobrado a mi alrededor. Los he conocido buenos, regulares, mediocres, malos, malísimos… He tropezado con los más variopintos individuos. Pero un artista es otra cosa y como tuve tan buenos profesores, sé identificarlos.
Recuerdo con lujo de detalles la tarde en que Marianela Boán apareció en mi vida. Era rubia, joven y bellísima. Se movía como si el mundo fuera un escenario. Cada cosa que dijo, en aquella clase como profesora invitada, cambió mi vida. Sus palabras, desde entonces, predisponen a las mías.
El azar dispuso que, muchos años después, aquella rubia, joven y bellísima bailarina se convirtiera en mi cuñada. Mi hermano Alejandro Aguilar, en un vuelo de Cubana con destino a La Habana, quiso que así fuera. Desde entonces somos una familia donde el arte, debo reconocerlo, casi nunca es lo más importante.
Hoy, 24 de mayo de 2021, Marianela Boán cumple 67 años. Aquella muchacha que me deslumbró hasta la inconciencia, hoy es alguien que forma parte de mi vida cotidiana. Gracias a eso me vi, junto a ella y Ale, en un chat que unió las equidistancias entre Beja, Santo Domingo y la Loma de Thoreau.
En una pantalla dividida en tres (Diana no podía dejar lo que hacía) esperamos las 12 de la noche del 25 de mayo en Portugal. Ella en estos momentos crea una obra que se llama Óbice. Hoy, en este mundo tan cambiante, sigue siendo la muchacha que cambió mi vida y me predispuso de una manera incorregible.
Feliz cumpleaños, maestra, gracias por permitirme conocer en persona a un artista.

19 may 2021

Carlos el de Pascualita


Solo lo llamaban por su apellido, Guedes, cuando el maestro Gustavo Molina pasaba lista en el aula. El resto del tiempo su nombre completo era Carlos el de Pascualita. Aunque tenía más edad que el resto, era el más pequeño en la formación del matutino. 
Aun así, su fuerza era descomunal. Eso, como su carácter noble pero resabioso, me imagino que lo heredó de su abuelo Federico, un viejo canario cuya tozudez era proverbial en el Paradero de Camarones. Gruñía, literalmente, y cerraba los ojos del mal genio.
Carlos no siempre podía jugar con nosotros. La mayor parte del tiempo debía ayudar a su padre, Paco Guedes, en la siembra, guataquea o cosecha del arroz y los frijoles que alimentaban a su numerosa familia. Por eso ya en cuarto grado tenía manos de viejo campesino.
Jugaba al futbol descalzo (su único par de zapatos era para ir a la escuela), pero parecía que llevaba botas de acero. Todos le huíamos a sus pies cuando avanzaba detrás del balón hacia el espacio que había entre una mata de ateje y una de bienvestido, que era nuestra portería.
Se casó con Juana, una de las hermanas del Chiqui, y se convirtió en el vivo retrato de su padre. Siguió sembrando, guataqueando y cosechando para los suyos hasta que un carro lo hizo volar por los aires y lo dejó inválido. Ya dije que era de hierro. Logró volver a caminar, como un niño, desde cero.
Cuando ya volvía a valerse por sí mismo, un infarto lo agarró desprevenido. Ya sus reflejos no eran los mismos, no pudo esquivarlo como esquivaba las tapas de botellas de refresco que nos tirábamos con aquellas letales escopetas de tiras de goma. Con él desaparece otra porción del lugar al que pertenezco.

12 may 2021

12 de mayo


Desde niño solía celebrar el 12 de mayo por dos razones. A veces el cumpleaños de Mami caía domingo y entonces se convertía, además, en el Día de las Madres. Cuando eso ocurría, Lérida me exigía dos regalos: un beso en cada mejilla. Hoy hubiera cumplido 83 años.
A los pocos meses de conocernos, Diana y yo decidimos casarnos. Como el 12 de mayo estaba cerca, elegimos darle un nuevo significado. Celebramos la boda en casa, con los amigos más cercanos (que fueron testigos y cómplices de nuestro vertiginoso romance) y nuestros padres. 
Don Jorge ese día bailó sones y hasta se prestó para representar una pequeña obra de teatro que Elenita nos tenía preparada. Doña Elia estaba recién operada y Mami, aunque empezaba a quedarse sin memoria, me dijo que podía morirse tranquila porque me dejaba “con una buena mujer”.
Como en República Dominicana a las esposas les endosan de segundo apellido el primero de su esposo, desde hace 9 años vivo con Diana de los Ángeles Sarlabous de Venegas. Aunque no estoy de acuerdo con esa arcaica imposición, asumo la responsabilidad que significa. 
En un rato volveré con dos enormes ramos de girasoles, uno para Lérida y otro para la buena mujer con la que he compartido ya 3287 días con sus noches, convirtiéndose en mi casa, en mi pueblo, en mi país y en el único territorio que deseo habitar de cualquier geografía.

Los primeros tres capítulos de ATLÁNTIDA


En los últimos días, amigos que siguen los adelantos de la novela
 Atlántida, se han quejado de que la página dedicada a ella en el blog estaba desactualizada. Complaciendo peticiones, como dirían los antiguos locutores de CMHW, he subido los tres primeros capítulos íntegros.

Atlántida tendrá 12 capítulos de 11 viñetas cada uno. Comienza el 1 de enero de 1978 y acaba el 31 de diciembre de ese año. Ya está muy adelantada y espero tenerla lista antes de que se acabe 2021. Además de compartirla íntegra en El Fogonero, publicaremos el libro físico y digital.

Quiero agradecerle a Grisel Jaime Álvarez su invaluable colaboración en la revisión de estos textos. Cada vez que comparto algo, de inmediato me llega un mensaje suyo con una relación de mejoras. Siempre he creído que la labor del editor es tan importante como la del escritor. Gracias a Grisel, no he estado desamparado.

Hace mucho tiempo que entendí que la literatura no era para mí una vocación sino una necesidad. Esa es la razón por la que disfruto tanto compartir fragmentos de este libro apenas unos minutos después de ser escritos. Lo único que quiero demostrar con él es que no fui capaz de olvidar de donde vengo y quien soy.

Mientras las palabras me sirvan para recuperar todo eso, no habré perdido nada.

 

Para leer los avances de Atlántida haga click aquí.

11 may 2021

La primavera rumana de la señora Basilia


(Fragmento de la novela Atlántida)


Hace una semana que un tren de carga dejó una casilla rumana en el apartadero. Le oí decir a Aurelio que tenía problemas con el aire. “Antiguamente esto no pasaba —agregó lamentándose, mientras revisaba los calzos de madera del vagón—, los guardafrenos siempre llevaban mangueras de repuesto”.  

La casilla tenía una de sus puertas ligeramente abierta. Me subí en el estribo para verla por dentro. Su piso de madera y estaba cubierto por un polvo blanco. Le pregunté a mi abuelo qué era. “Eso debe ser harina de trigo”, me respondió mientras apuntaba unos números en un libro.

—¿Cuántos sacos de harina de trigo caben en una casilla?

—¡Bájate de ahí!

Según el Itinerario, las casillas rumanas tienen una capacidad de carga de 60 toneladas, una capacidad volumétrica de 94,4 toneladas métricas, su velocidad máxima autorizada son 70 kilómetros por hora, la distancia entre los enganches es 16,18 metros y su tara es de 23 toneladas.

Mientras la casilla rumana permanezca en el apartadero, no se pueden efectuar cruces de trenes en Camarones. Eso tiene muy preocupado a Aurelio, por eso a cada rato se asoma en la oficina de la estación y mira en dirección al vagón diciendo que no con la cabeza.

—Es increíble —murmura—. Todo esto por no llevar mangueras de repuesto.

Ayer en la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, Gustavo el maestro pasó caminando por el apartadero. Llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si se estuviera ocultando de alguien o no quisiera que lo vieran. 

Atlántida, desde su panóptico, fue la primera en descubrirlo. Al ver que ella le estaba prestando tanta atención a algo, Aurelio se le paró detrás y yo hice lo mismo detrás de mi abuelo. Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea para poder seguir. Pero nunca lo vimos salir del otro lado.

Atlántida miró a Aurelio con cara de extrañeza y Aurelio me miró a mí con cara de regaño. Al poco rato, otra vez desde su panóptico, mi abuela descubrió que Basilia también iba caminando por el apartadero. Como Gustavo, llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si tampoco quisiera ser vista.

Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea y desapareció detrás del vagón. Al igual que Gustavo, nunca salió del otro lado. Atlántida miró otra vez a Aurelio con cara de extrañeza, pero yo no le di la oportunidad a mi abuelo de que me mirara con cara de regaño porque antes me alejé disimulando.

—Pobre muchacho —murmuró Atlántida camino de la cocina, mientras hacía como si se estuviera secando sus manos en el delantal. A veces, cuando ella prefiere callarse algo, empieza a secarse las manos en el delantal. No importa que ya las tenga secas, lo que importa para ella es el gesto.

—¡Ni una palabra de eso a Chena! —dijo Aurelio enjuagándose sus manos en el aire.

—¡Tú estás loco! —respondió Atlántida desde la cocina, mientras empezaba a machacar ajos.

Al cabo de un largo rato, Basilia reapareció. Nunca llegó a salir del otro lado de la casilla rumana. Volvió por donde mismo había venido. Seguía con la cabeza baja pero caminaba muy rápido, como si quisiera alejarse lo antes posible. Cada vez que se sacudía la blusa o el pantalón, levantaba una nube de polvo blanco.

Gustavo hizo lo mismo minutos después. Sus nubes del polvo blanco eran enormes y llegaban a envolverlo completamente. “Pobre muchacho”, dijo Atlántida sin necesidad de asomarse a su panóptico, mientras otra nube, con un fuerte olor a sofrito, la envolvía a ella.

—La primavera rumana de la señora Basilia —murmuró Aurelio con tono burlón.

Esa frase me pareció conocida, pero no fue hasta dos o tres días después que recordé que podía ser el título de una película. Busqué en la libreta donde anoto fichas técnicas y sinopsis y ahí estaba.

La primavera romana de la señora Stone es un filme norteamericano de 1961 dirigido por José Quintero y basado en una obra de teatro de Tennesse Williams. La fotografía es de Harry Waxman, la edición Ralph Kemplen, la música de Richard Addinsell y los protagonistas son Vivien Leigh y Warren Beatty.

Si tengo la ficha técnica es porque la pasaron en el cine Justo. Si mis abuelos no me llevaron a verla es porque debe ser para mayores de 16 años. Seguro que fueron un fin de semana, que es cuando Lérida viene y se queda conmigo mientras ellos pueden ir a ver películas prohibidas para menores. 

—Papá, ¿Vivien Leigh era muy linda?

Al parecer mi pregunta desconcertó a Aurelio, porque estuvo un largo rato pensando con cara de intriga. Al final abrió los ojos, como hace cuando le encuentra la solución a un problema o por fin se da cuenta de algo. Sin responderme, entró en la estación y cerró la puerta.

—¡Delante de este muchacho no se puede decir nada! —le oí exclamar del otro lado.

Después de tanto insistir, mi abuelo consiguió que un tren con tanques de combustibles vacíos se detuviera, le cambiaran la manguera al vagón averiado y se lo llevaran. La locomotora era la 30802, no sé por qué no se me ha olvidado su número, como tampoco el momento en que la casilla rumana se fue alejando justo detrás de ella. 

10 may 2021

Auxilio mayor


(Fragmento de la novela Atlántida)

Aunque parecería que los timbres de las estaciones suenan siempre igual, Aurelio es capaz de descifrar algo que Atlántida y yo no podemos. Entre los timbrazos cortos y largos, entre el sonido y el silencio, él intuye el carácter de las llamadas. Mi abuela dice que les presta atención hasta dormido.

Por eso esta madrugada, cuando oyó la manera en que la estación de Cherepa llamó a la de Cruces, se tiró de la cama. “¡Pasó algo!”, dice Atlántida que susurró, mientras caminaba a tientas en dirección a la puerta de la oficina. Sin encender ninguna luz y aún en pijama, se enganchó el auricular del teléfono en la cabeza.

—Hubo un descarrilamiento en el kilómetro 35.3 —dijo al volver a la casa—. Es de auxilio mayor.

Esa situación kilométrica, según el Itinerario, es entre el cruzamiento de la vía estrecha y la estación de La Flora, un apeadero en el que ya ningún tren se detiene. Desde el andén no alcanza a verse nada, pero Aurelio se mantiene con la vista fija en un punto imaginario que está en dirección al desastre.

A mi abuelo no le gusta dar muchos detalles sobre los accidentes. Solo se refiere a ellos cuando ha pasado mucho tiempo y la historia ya no puede perjudicar el honor del algún ferroviario. El maquinista del tren descarrilado es un viejo amigo suyo. Esa es la razón por la que se ha pasado el día cabizbajo y de muy mal humor.

—En ese tramo hay una precaución —le dijo a mi abuela tratando de que yo no lo escuchara—. Por ahí hay que pasar a 25 kilómetros y parece que iban a más de 50.

—Los pobres —dijo Atlántida cabizbaja—. ¿Tú crees que los separen?

—Como están las cosas…

Como no hay paso por el accidente, hoy ha sido un día silente en el Paradero de Camarones. Desorientada, la gente pregunta la hora constantemente. Talín, el esposo de Mercedita, trató de averiguar con mi abuelo qué había pasado. Sin dejar de mirar en dirección a La Flora, Aurelio solo le hizo una mueca de fatalidad.

Talín no insistió. Desde el interior de su casa, se oyó a Mercedita preguntando si ya debía haber pasado el tren de Cienfuegos. “¡Hace rato! —le respondió alguien—. ¡Son casi las doce!”. “Pues hoy se va a almorzar tarde en esta casa —voceó Mercedita—, porque estos frijoles no se ablandan”.

Chena se llevó las manos a la cabeza cuando mi abuelo le dijo que no pasaría el expreso. Eso quería decir que la película que esperaba no llegaría y la que debía devolver no se iría. “Todos los cines van a tener que repetir la cartelera de anoche —dijo alarmado—. Y la que tenemos aquí es un paquete yugoeslavo”.

Un señor que va todos los jueves a Cabeza de Toro a buscar una cantina de leche, le dio una patada al poste del semáforo y dijo que se cagaba en la madre de todos los santos. “Ya pagué esa leche —dijo—. Si no la voy a buscar se corta”. Aurelio solo repitió la misma mueca que le había hecho a Talín.

Durante la tarde la gente siguió igual de desorientada. En casi ninguna casa del Paradero de Camarones hay reloj. Son los trenes los que van marcando el tiempo a lo largo del día. Por eso, cuando se atrasan o dejan de pasar, provocan una gran confusión. Todo se hace antes o después, pero nunca en el momento adecuado. 

Ya había oscurecido cuando mi abuelo nos llamó para que viéramos pasar al auxilio mayor. Iba tan despacio que ni siquiera pitó en los cruceros. La vieja locomotora alemana le devolvió al pueblo un sonido que todos esperaban ansioso. Aunque la enorme grúa todavía dice Sagua, ahora duerme en Santa Clara.

En las planchas, sobre ruedas y pedazos de vagones, iban los hombres de la brigada que habían trabajado en el descarrilamiento. Más que un tren, el auxilio mayor parecía un fantasma. Todavía no nos habíamos acostado cuando Aurelio escuchó un timbre. “¡Ya hay paso!”, dijo sobreponiéndose.

Al otro día todos los trenes circularon con normalidad. Nadie en el Paradero de Camarones tuvo necesidad de preguntar la hora.

Miguel Díaz-Canel, cuando el mal gusto llega a tener el poder absoluto


La postal que, a nombre de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Liz Cuesta Peraza y familia le fue dedicada a las madres cubanas en su día, ya es un clásico del mal gusto del régimen. Tres pelirojas, disfrazadas con camisas de texanas y caras de koljosianas, aparecen entre lechugas y flores pegadas con Photoshop.

Todo en la imagen luce tan falso e impostado como cada post en redes sociales del recién electo primer secretario del Partido Comunista de Cuba. Ese es, quizás, el único atisbo de coherencia que tiene el disparatado performance. De ahí que en horas haya merecido tantas burlas y memes. 

No es la primera vez que un dictador cubano y su esposa le envían postales a las familias cubanas. Fulgencio Batista y Martha Fernández lo hicieron antes que Miguel y Liz, aunque con mejor gusto y más estilo. Hotel Camagüey, una deliciosa cuenta de Twitter dedicada a la memorabilia cubana, nos la recordó.

La periodista Tania Costa está entre los que reaccionaron con desconcierto: “La Cuba de hoy no luce camisas de cuadros ni cultiva girasoles y lechugas. La Cuba de hoy no es ni tan negra como creemos ni tan blanca como la ve Díaz-Canel”, escribió en su columna de CiberCuba.

La joven revolución que fue retratada y divulgada por los mejores publicistas y artistas de la isla en 1959, ahora es una dictadura senil con una imagen cada vez más kitsch y burda. No solo se ha quedado sin discurso y sin símbolos, también carece de comunicadores capaces de disimular tanto mal gusto.


9 may 2021

Una maravilla en medio de la nada


(Fragmento de la novela Atlántida)

—Esta estación es una maravilla —dice Aurelio cada vez que Atlántida se queja de las goteras.

—Sí, es una maravilla donde llueve más adentro que afuera —le responde mi abuela desesperada, mientras reparte cubos, palanganas y calderos en los puntos donde cae el agua.

Aurelio y yo sabemos que, cuando Atlántida dice algo con sarcasmo, lo mejor es no contradecirla. Por eso me hace una señal para que nos sentemos en los sillones del comedor, subamos los pies y nos pongamos a leer hasta que escampe. Aunque abrimos los libros, ninguno de los dos pudo concentrarse en la lectura. 

Seguimos atentos a los recorridos que hace Atlántida por toda la casa para comprobar que ningún mueble se está mojando y que debajo de cada gotera hay un recipiente. Las goteras cuando llueve mucho, las canales se desbordan y el agua se filtra entre las planchas de de zinc del techo.

—No tiene columnas ni vigas —me dice Aurelio después de un largo rato en que solo se escuchó el agua cayendo en los envases de metal—. Las cargas de toda esta armazón son repartidas a través de muros de ladrillos de 30 centímetros de ancho. El techo es a cuatro aguas y está soportado por un entramado de cerchas de madera. Es como un puente al revés, ¿no te parece una maravilla?

—¡Jum! —oímos que dijo Atlántida desde la sala. Al parecer acababa de descubrir una nueva gotera en el primer cuarto.

—¿Te has dado cuenta que esta estación son dos naves rectangulares que forman una ele? —me preguntó Aurelio. Pero tal y como están las cosas no me atrevo a responderle—. La nave más pequeña es la estación, con el expreso, el salón de espera y la oficina. La nave más grande es la vivienda. Todo eso levantado del suelo por pilotes de hormigón que en el punto más bajo, que es el andén de la línea principal, tienen 40 centímetros de alto.

—¡Jum! —oímos desde el segundo cuarto, justo antes de que se alumbrara todo y, casi de inmediato, se escuchara un trueno ensordecedor.

—¡Cayó ahí mismo! —dijo mi abuelo en voz cada vez más baja, para que se perdiera en el ruido del aguacero antes de llegar a los oídos de Atlántida—. Los pisos también son de hormigón y fueron fundidos aquí mismo. Toda la madera es de pino tea. Mira la perfección de ese tabloncillo del techo, mira el tamaño de esas puertas, las ventanas, los postigos… Esta estación es una maravilla.

—¡Jum! —oímos desde la cocina—. Si esta gente sigue sin hacerle caso a tus cartas, yo misma voy a ir a La Habana a quejarme.

Aurelio ha escrito varias cartas al director de los Ferrocarriles de Cuba, explicándole la situación del techo de la estación y “la necesidad de que sea reparado lo antes posible todo el acanalado para que no se produzcan daños estructurales en la edificación”.

Otro relámpago lo alumbró todo. Aunque mi abuela sigue en la cocina y no puedo verla, estoy seguro de que se persignó. Desde allá me preguntó si tenía los pies en alto. Le dije que sí. Luego me preguntó si mi abuelo también los había subido. Le dije que sí. El hecho de que no se dirija a él quiere decir que sigue molesta.

—¡Jum!

—¿Sabes por qué el andén de esta estación no tiene techo? —esa pregunta me la ha hecho muchas veces y conozco su respuesta con lujo de detalles, pero no me atreví ni a mover la cabeza por si Atlántida se asoma de pronto—. ¿Has visto que en el andén están las marcas donde iban las columnas? Cuando iban a empezar a montar el techo, un ciclón afectó el puente del Guajiro y la brigada que estaba trabajando aquí tuvo que ir para allá a repararlo. Luego, cada vez que iban a ponerlo, pasaba algo. Pero al final a mí me gusta más la estación así, porque de lejos parece un castillo… Esta estación es una maravilla.

—¡Jum! —oímos junto a nosotros, sin atrevernos a levantar las cabezas— ¡Una maravilla en medio de la nada!



Ilustraciones y planos tomados de La arquitectura ferroviaria en
la provincia de Cienfuegos,
 de Rubén Rodolfo González.

6 may 2021

No desconfiemos nunca del corazón de nuestros héroes


Justo en los días en que se cumplen 40 años del intento de asesinato de la reputación del escritor Heberto Padilla, el régimen cubano se ensaña con la dignidad del artista Luis Manuel Otero Alcántara. Parecería que para celebrar el aniversario de un oprobio decidieran cometer otro.
Tienen tan poca imaginación (esa es una de las razones por las que les temen tanto a los cubanos capaces de crear y pensar por sí mismos) que en 2021 insisten en repetir tácticas represivas de 1971. El tiempo no solo se ha detenido en la isla, también lo ha hecho en las cabezas de los que la someten.
A Luis Manuel primero le negaron el derecho a ser artista y luego le secuestraron parte de su obra. Entre esos dos actos, impensables en un país donde a los ciudadanos se les respeten los derechos más elementales, hay un sinnúmero de agresiones, violaciones y ultrajes a su dignidad.
Por último, cuando el agredido no encontró otra manera de defenderse que disponer de su propio cuerpo, tomaron la decisión de secuestrarlo y, después de someterlo (algún día quedarán al descubierto sus atroces métodos), presentarlo en público para que hiciera un ridículo parecido al de Padilla. 
Aunque Luis Manuel no llegó a delatar a nadie, es obvio que no está en control de sí mismo. Un cimarrón nunca esconde sus manos ni tiene delicadezas con el rancheador. Por eso duelen tanto esos cubanos que se mofan de él y expresan justo lo que buscaba la dictadura con esas imágenes.
Ralph Waldo Emerson dijo una vez que “todo hombre es un héroe y un oráculo para alguien”. En Cuba tenemos demasiados oráculos y muy pocos héroes, por eso no podemos desconfiar nunca de sus corazones. En ellos nos va la vida a todos… y el futuro de nuestra nación, si es que algún día logramos darle alcance.

4 may 2021

Artesana del espacio


Nunca enciendo las luces de la terraza cuando salgo en la madrugada. Me gusta disfrutar de esa oscuridad extrema que tienen estas lomas justo antes de que amanezca. Cuando levanté la cabeza para ver las luces del pueblo a lo lejos, algo se me enredó en la cara.
Eso me ocurre a menudo cuando ando por la cañada o salgo a ver a qué le ladran los perros. Pero jamás me había pasado en la terraza. Aun así, no le di la más mínima importancia y seguí rumbo a la cocina para destapar la lata de Bustelo y hacer que el olor del café se haga cargo de la mañana del martes.
El pequeño incidente de la terraza me recordó una canción de Juan Formell (así de inauditas son las asociaciones que hacemos): “Artesano del espacio,/ arquitecto natural./ Tu objetivo has de lograr/ aunque todo vaya abajo. /Tu razón, tu razón/ es tu trabajo… / Y después a apuntalar”.
Poco después oí que Diana gritó y me llamó para que la ayudara a salir de la “trampa” en la que había caído. Fue entonces que pude apreciar las enormes dimensiones de la tela que habían tejido durante la noche. Abarcaba toda la terraza y, a pesar de haber sido atravesada por dos personas, aún resistía.
Nuestra araña también es una artesana de espacio, como Buenaventura, el carpintero de la Habana Vieja que había hecho 200 barbacoas (construcción de un segundo piso dentro de una habitación) sin que ninguna se le cayera. Sé que tengo que quitarla, pero todavía no he podido.
Mientras tanto, ando por todos lados con los Van Van sonando dentro de mi cabeza: “Dime donde quieres que te ponga/ la barbacoa, mamá./ Dime donde quieres que te ponga/ la barbacoa, mamá…”.

1 may 2021

La clave cubana


Al principio, Miguel Díaz-Canel era un misterio para mí. Más de una vez me pregunté (como muchos otros, supongo) por qué lo habían elegido precisamente a él. Poco a poco he ido entendiendo las razones por las que Fidel y Raúl Castro lo prefirieron por encima de todos los delfines que le precedieron.
Era el más pusilánime y el menos inteligente. El más obediente y el menos capaz de pensar por cabeza propia. El mejor recitador de consignas y el menos creativo de todos. Aunque esto último de seguro no lo tuvieron en cuenta, también es el más cheo de todos. En eso le ganó la emulación a Robertico Robaina.
Mi aversión por la dictadura de Cuba fue minando signos y recuerdos que formaban parte de mi memoria emotiva. Por años, aunque ya estaban vacíos de significado, volví a ellos. A estas alturas no puedo y eso ha ido apagado parte de la banda sonora de mi vida y ha desaparecido lugares, vivencias, querencias…
Todo ese desapego, que poco a poco se convirtió en desprecio, hoy alcanza su definición mejor (para decirlo como Lezama) con este pelele pavorosamente disfrazado (si el “pundonor” de algunos cubanos los privó de los sabores de Goya, me imagino que ahora vomiten ante una prenda de Puma).
Mientras Luis Manuel Otero Alcántara agoniza en los últimos metros cuadrados de libertad que le quedan a La Habana, Miguel Díaz-Canel imita a los papines desde la más rotunda falta de gracia. Esa desconexión con la realidad me recuerda la hora final de muchos dictadores.
La clave cubana dirá.

Palo amarillo


Nadie nos conoce mejor
que el palo amarillo.
Por eso,
a finales de abril,
cuando él se deshace
de todas sus hojas,
nosotros
de alguna manera
también nos desnudamos.
La luz
pasa
a través de él
como si ya no estuviera
en su lugar
y llega a un extremo
que no alcanzará más
por el resto del año.
Basta un aguacero
para que en una
o dos semanas
recupere todas sus frondas.
Entonces nosotros,
ya vestidos,
celebramos su belleza.

Nadie nos conoce mejor
que el palo amarillo.
Recuerda que él
ya estaba en su sitio
cuando las luciérnagas
alumbraron todo esto
y tú dijiste
es aquí
y en ninguna otra parte.