ATLÁNTIDA


En 1995, el año que murió Atlántida, empecé a escribir esta novela. He hecho varias versiones y siempre tuve una excusa para no terminarla. Fueron tantas que ya se me agotaron. Por eso he decidido publicarla en El Fogonero
La historia ocurre durante los doce meses de 1978. El escenario es muy reducido: la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones y algunas otras locaciones del pueblo: la tienda y el cine de Chena, el bar Arelita, la colonia de mi bisabuelo Claudio Yero y un vagón abandonado en una línea muerta, en medio de un cañaveral.
En marzo, Aldo Nodal (he tomado prestado el nombre de mi tío más querido y el segundo apellido de mi padre para no llamarme Camilo Venegas) irá con su abuelo a Cienfuegos para ver un juego de pelota. En abril, a San Juan de los Yeras. Luego, en julio, viajará con su padre a Manicaragua y a las montañas del Escambray. Solo en esos tres momentos saldrá de su lugar en el mundo.
A la mayoría de los personajes que aparecen en esta historia los llamo por sus verdaderos nombres. Mi única intención es tratar de que no se me olviden y darles las gracias por todo lo que les debe el niño que fui. Eso no quiere decir que todo lo que se cuente aquí sobre ellos sea cierto.
Aunque en el Paradero de Camarones vivía una mujer llamada Basilia, no tiene nada que ver con la Basilia de esta historia. En Google Map se pueden verificar todas las locaciones de esta historia. El país en el que ocurrió, sin embargo, ya no existe.



Para Atlántida y Lérida,

Diana, Ana Rosario y María.

Las mujeres de mi vida.

  

 

“Como a veces ocurre, en un momento dado 

el tiempo se detuvo y ese momento 

duró más que cualquier otro”.

John Steinbeck

 


PARADERO DE CAMARONES

 


En 1847, siguiendo los planos del agrimensor Alejo Lainier y el ingeniero francés Jules François August Sagebien, comenzó la construcción de un ferrocarril que acabaría uniendo al puerto de Cienfuegos con los centrales azucareros y las ciudades más importantes del centro de Cuba. 

24 kilómetros al noreste y cinco años después, el 10 de julio de 1852, el trazado alcanzó el punto más cercano a San Fernando de Camarones. Junto al camino vecinal que entraba hasta ese pueblo, uno más antiguos de la región, montaron una casilla de madera con techo de teja y un pequeño andén.

Un cartel avisaba que ese era el paradero de los que se dirigían a Camarones. Se trataba de algo provisional, como lo es todo en los lugares de paso. Pero muy pronto en sus alrededores comenzaron a levantar fondas, tiendas y casas. También construyeron un almacén y un corral para embarcar ganado.

Así nació el Paradero de Camarones, un lugar que no eligieron las personas sino los trenes. La primera vez que apareció en un mapa fue, precisamente, en un itinerario de la Cuban Central Railways. Entonces ya tenía un trasbordador de caña y San Damián era su santo patrón.

En 1914, los Ferrocarriles Unidos derribaron la antigua estación de madera y construyeron otra de ladrillos, techo de zinc y dos andenes, uno en la línea de Cienfuegos a Santa Clara y otro en el enlace del ramal Cumanayagua. El nuevo edificio incluía oficina, salón de espera, almacén y una vivienda para la familia del jefe de estación.

Existen otras cuatro estaciones idénticas: Rancho Veloz, Cifuentes, San Diego del Valle y Jorobada. Las dos primeras son de mampostería y las otras de madera. Todas tienen techos en los andenes, excepto Camarones. Su construcción siempre se pospuso, primero por un ciclón y después por un sin número de excusas.

Los que no conocen el lugar y llegan a él en un tren nocturno, cuando los bombillos de 100 watts alumbran sus alrededores, pueden llegar a pensar que el pueblo es mucho más grande. Pero apenas tiene tres callejones, dos tiendas, un bar, una oficina de correos, una barbería, una escuela y un cine.

Un pretil con almenas cubre el techo de zinc, eso le da a la estación una apariencia de castillo o fuerte militar. Las vías férreas que la rodean son su foso o sus trincheras. No se puede llegar a ella sin cruzarlas. En ese espacio ocurre la mayor parte de los hechos que aquí se relatan.



ENERO

 


El Ruso

 

Todo empezó la tarde en que el Paradero de Camarones advirtió la presencia de un extraño. Ni siquiera los que ya estaban aquí cuando la batalla de Mal Tiempo, recuerdan que en el pueblo pasaran tantas cosas como en aquellos doce meses. Aunque este es un pueblo al que nadie se muda, él llegó sin llamar la atención.

El día que repararon en él, ya se había metido a vivir en el caboose abandonado y cortaba caña en la brigada de macheteros millonarios. Nunca averiguaron su nombre. Como anda siempre con un pesado abrigo y un gorro de piel con orejeras, alguien le puso el Ruso.

—¡Eeey! —dice mi abuelo Aurelio desde el andén, haciendo la señal que le da salida a los trenes.

—¡Eeey! —responde el Ruso mientras se aleja por la línea, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera mucho frío.

Es un hombre corpulento, torpe y de muy pocas palabras. Por eso tardaron meses en enterarse que había estado cortando árboles en Siberia. De allá trajo el abrigo, el gorro y la costumbre de no quitárselos nunca, incluso bajo el sol más abrasador. Los que han bebido cerca de él en el bar, dicen que huele a oso.

Viene al pueblo una sola vez al día, en las tardes. Sin mirar ni saludar a nadie, compra un cuarto de pan y una lata de macarela en la tienda de Chena. Luego, en el bar Arelita, pide media botella de Coronilla. Cuando saca el dinero, su mano llena de callos y sus uñas sucias quedan al descubierto.

Mientras Frank, el cantinero, baja su cabeza al nivel del mostrador para dividir el aguardiente en dos partes iguales, el Ruso le da la espalda y empieza a mirar a ninguna parte. Las rancheras de fondo las pone Cuquito Yero, un medio hermano de mi abuelo que todas las tardes bebe hasta perder la conciencia.

Ya borracho, el Ruso espera al tren de las 18:37 en el andén. No le quitaba la vista de encima a la locomotora. Es como si los sonidos de esa mole soviética lo llevaran de regreso al frío de la taiga. Eso ocurre cuando la noche está a punto de cerrarse y dejar al pueblo a merced de las luces de los cambiavías. 

—¡Eeey! —dice mi abuelo desde el andén, haciendo la señal que le da salida a los trenes.

—¡Eeey! —responde el Ruso mientras se aleja por la línea, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera mucho frío.

 

 

Felo López

 

Cuando las auras tiñosas por fin se posan en las matas de mango del patio de Mercedita, la noche está por caer sobre el Paradero de Camarones. Entonces Felo López sale a encender los faroles de los cambiavías. En una mano lleva un galón de keroseno y en la otra una lata de aceite carbón con estopa. 

Recorre toda la línea principal y el triángulo del ramal Cumanayagua. Está doblado como una herradura y va dando pequeños saltos de travesaño en travesaño, para no lidiar con las piedras. Él apenas se distingue. Se le oye llegar por sus tropiezos. 

Los faroles de los cambiavías limitan al Paradero de Camarones, marcando un triángulo alrededor de todos nosotros. Desde cualquier parte pueden verse esas señales verdes y rojas. En ellas se dejan de oír las voces del pueblo y los disparos de las batallas que se libran en la pantalla del cine Justo. 

Cuando Felo pasa frente a la estación, las bombillas de 100 watts del andén no alcanzan a alumbrarlo. Desde la oscuridad, sin detenerse ni dejar de tropezar, saluda a mi abuelo. Hoy, además, hizo un breve comentario. Creo que es la primera vez que esto sucede.

—Es raro ese hombre —se le oyó decir—, muy raro.

Mi abuelo, que ya se estaba acomodando junto al piano, se tomó su tiempo para responder.

—¿Qué pasa, Felo?, ¿cómo está todo?

—En el pueblo dicen que es muy raro.

Esta vez Aurelio no le respondió, esperó que los tropiezos fueran disminuyendo hasta hacerse inaudibles. Al amanecer, Felo López hará el mismo recorrido. Entonces el viejo apagará los faroles y limpiará sus cristales. A esa hora ya será visible, pero nos hemos acostumbrado a que sólo se oigan sus tropiezos. 

A partir de ese momento será muy difícil señalar dónde empieza y dónde se acaba el pueblo. Por lo regular, hay que esperar a que las auras tiñosas vuelvan a posarse en las matas de mango del patio de Mercedita y plieguen sus enormes alas. Entonces, Felo López saldrá otra vez. 

Solo así el triángulo de señales verdes y rojas indicarán con claridad los límites del Paradero de Camarones. Eso es, para muchos de los que viven dentro de él, la mayor parte del mundo conocido. 

 

 

La orquesta Aragón

 

Aurelio enciende el radio Westinghouse para que se le empiecen a calentar las bujías. Es un milagro que ese aparato aún se oiga, hace dos años un rayo lo dejó echando humo. Quedó todo chamuscado, pero mi abuela Atlántida lo tapizó con dos retazos de tafetán y de lejos perece nuevo. 

El aparato tiene una enorme aguja en su centro. Dándole pequeños golpes hacia delante y hacia atrás, mi abuelo tantea en la negrura de la estática y los kilohercios. Si en el televisor hay que suponer los colores, en la radio hay que imaginárselo todo. Una vez despejados los ruidos, se escucha un contrabajo. 

—En el bajo, Joseíto Beltrán —se le oye decir al animador.

Parecería que la voz engolada del animador le gusta a los bichos de la luz. En cuanto anuncia al primer músico, ellos empiezan a dar vueltas alrededor de los bombillos. Muchos amanecen muertos al día siguiente. Los que sobreviven, se posan alrededor de la bombilla puerta de la calle y ahí amanecen.

Atlántida aún está en el comedor, recogiendo la loza con sus manos finas y estrujadas. Mi abuelo le da pequeños golpes a la aguja para limpiar un poco más el audio y vigila las moribundas bujías, ahora que el violonchelo es quien se escucha. 

—En el chelo, Tomasito Alejandro Valdés.

Siempre me siento en una banqueta a dos pasos de mi abuelo, cruzo las piernas y empiezo a mirarlo. Mirar a mi abuelo es una de mis aficiones preferidas. Para decir algo, Aurelio levanta sus manos y casi las detiene en la mitad exacta del gesto. Luego, cuando regresan, son inapelables. 

Me sé su rostro de memoria: su boca entreabierta por la falta de aire, sus párpados a punto de caer por el resplandor del mediodía en el potrero y su mirada perdida en la distancia, como si fuera uno de los héroes de la Guerra de Independencia que aparecen dibujados en los libros de Historia. 

La banqueta en la que me siento a oír a la orquesta es del piano donde están puestos los adornos más bonitos de la casa y el radio Westinghouse. Tiene una trampa donde todavía guardan algunas partituras de mi prima Lucy. Todas tienen el cuño de la librería Dulzaides de Santa Clara. 

El piano está viejo, desafinado y lleno de comején, pero Atlántida le sacude el polvo cada mañana y lo deja como se veía en la vidriera de El Encanto. Hablando de pianos, ese es el de la orquesta. Aurelio dice que esa es la pieza clave en una charanga. 

—En el piano, Pepito Palma Pereyó.

En las tardes de frío, mi abuelo y yo nos ponemos unas camisas de corduroy que Atlántida nos hizo en su Singer. La de Aurelio es verde oscuro y la mía azul Prusia. Cuando el aire frío de enero entra por la ventana de la saleta, yo me arrimo lo más que puedo a mi abuelo. Él me abraza con una mano mientras tantea con la otra.

Solo Aurelio sabe sintonizar bien las emisoras en ese radio. Se inclina sobre el radio y, con la punta del dedo, da pequeños golpecitos en la aguja. Le cuesta trabajo, pero al final logra que las emisoras se oigan perfectas. Sobre todo, cuando tiene puesta su camisa de por las tardes.

—¡Vieja! —grita en dirección a la cocina— ¡Ya empezó!

El grito da la impresión de que Atlántida está muy lejos, por lo menos en la antigua romana donde antes se pesaban los vagones de caña y ahora vive Basilia con su madre. Pero ella sigue fregando la loza y enjuagando la cristalería. De pronto los violines. Cada vez que los violines empiezan a sonar, Aurelio se arregla el cuello de la camisa.

—En los violines el maestro Ángel Barbazán, Celso Valdés, Dagoberto González y el director Rafael Lay. 

—¡Vieja, vieja, ya empezó! —este grito es aún más alto, como si Atlántida estuviera en la curva donde se cruzan la línea de ferrocarril y la carretera de Cienfuegos a Esperanza.

El hilo de agua se oye caer debajo de la ventana de la cocina, sobre un monte de mariposas. La loza de la casa es la misma de hace veinte años, fue el último regalo de Navidad que pudieron hacerse los Odd Fellows. Toda una vajilla llena de azucenas, que son las flores preferidas de Aurelio. 

Esos son la tumbadora, el güiro y la paila criolla. Su sonido pone en movimiento a los adornos que están encima del piano. Despacio, muy despacio, dejándose llevar por la reverberación, la bailarina de porcelana se va acercando al pastor con las tres ovejas. 

—En la batería Guillermo García, Panchito Arboláez y Orestes Varona Varona.

Como las únicas flores que le gustan a mi abuelo son las azucenas, quita de su vista el búcaro con las orquídeas que Atlántida le pone a sus muertos. Luego se enjuaga las manos en el aire y cruza los brazos para disfrutar cada sonido. 

—La gran flauta —me dice Aurelio señalando la bocina del Westinghouse—, ahora viene la gran flauta.

Así dice todas las noches antes de recostarse en el sillón con un suspiro complaciente. Aurelio siempre ha dicho que en toda Cuba solo hay tres hombres capaces de cantar detrás de esa flauta, y uno de ellos, fue su amigo, cuando él era jefe de estación relevante en Cruces.

—¡Richard y su flauta!

—¡Vieja, vieja, ya empezó —grita—, oye la flauta de Richard Egües! 

El sonido del agua y tinteneo de los platos son la única respuesta de Atlántida. Nunca deja nada sucio para el otro día, la cocina tiene que quedar “como un espejo”. Los platos son guardados en el gabinete. Los calderos Bolinaga van debajo de la meseta, uno dentro del otro, como una matrioska. 

El sartén y el calderito de freír se quedan con sus fondos de manteca en el horno. Los cubiertos, después de ser secados, son guardados en una de las gavetas del gabinete. Menos el tenedor de Aurelio, que va envuelto en un paño dentro del olor a cedro del aparador, bajo llave. 

Los trapos, el delantal y el mantel, tendidos uno al lado del otro, repiten su blancura a lo largo del cordel. Resuelto todo esto, Atlántida destapa las latas del café y el azúcar, enciende por última vez el fogón y, de paso, echa los tres quilos de vuelto del pan en un viejo envase de Kresto.

En ese momento el olor del café recién colado se expande por todos los espacios de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. De la cocina pasa al comedor, de ahí al cuarto de mis abuelos, la oficina, el salón de espera, el expreso, mi cuarto, la sala, la saleta y el último cuarto, donde el arroz y el maíz se guardan en tanques de 55 galones.

Me encanta la cara que pone Aurelio cuando los violines entran de nuevo. Es algo muy breve, un pequeño pasaje para que al fin se escuchen los cantantes:

—¡No me interesa que me critiquen/ cuando me escuchen cantar/ ritmos de antaño!

—Las voces… —dice el animador en tono de broma— Felo “Hermético” Bacallao… ¡Hum! Y José Antonio Olmos. ¡Ellos integran la orquesta cuarentona de Los Araaagones! ¡Aahhh! 

Este grito del animador hace que la tumbadora, el güiro y la paila hagan reaccionar a mi abuelo, que ya presiente otro ruidito y se abalanza sobre la aguja del radio.

—¡Aragón! ¡Aragón! ¡Aragón!

—¡Vieja! ¡Vieja! —Aurelio vocea como si Atlántida estuviera por lo menos en el cañaveral, donde está el caboose abandonado en el que vive el Ruso— ¡Ya empezó la orquesta a tocar de verdad, ya están todos!

—Si tú oyes tu son sabrosón/ ponle el cuño... ¡Orquesta Aragón! / Si tú escuchas un rico danzón/ ponle el cuño... ¡Orquesta Aragón!

—¡Ah, cará! —exclama Aurelio. Está tan contento, que a duras penas logra mantenerse en los límites del enorme sillón de majagua— ¡Busca a tu abuela, que ya están todos!

Iba a salir corriendo, pero justo en ese momento Atlántida apareció en la puerta de la saleta con su eterno suéter azul pálido. El suéter de mi abuela es una de las cosas que más he visto en mi vida, además de que ella siempre lo tiene puesto, a mí me encanta mirarlo. Tiene más olor a Atlántida que Atlántida misma. 

Cuando la orquesta por fin entra en el primer danzón del programa, Aurelio se vuelve a arreglar el cuello de la camisa de corduroy y se pone a oler el café recién colado.

—Esto sí es un café —susurra—, y eso sí es una orquesta.

Entonces los tres oímos a la orquesta Aragón tocar sus grandes éxitos hasta que López Gómez se le desea una feliz noche a toda Cuba: “¡Los espero mañana, a la misma hora, con las melodías de siempre!”. Número a número, la oscuridad se convierte en una fiesta que solo alcanzamos a escuchar. 

Cada vez que los violines vuelven a sonar, Aurelio y Atlántida hacen un recuento de sus vidas y el “tiempo de antes” se nos viene encima. Puede empezar de cualquier modo, pero siempre termina en el momento en que Aurelio desconecta el radio y la noche se apaga.

 

 

Basilia

 

Es la mujer más linda del pueblo, sobre todo cuando cierra los ojos para reírse. Siempre anda en pitusa y con un pañuelo de rosas búlgaras en la cabeza. Aunque lleva el pelo recogido, un largo mechón le cae sobre la frente. Cuando le tapa los ojos, ella echa la cabeza hacia atrás para quitárselo. Lo hace en cámara lenta, como en las películas. 

Vino a despedir a una amiga que compró un boletín para Cumanayagua. Le preguntaron a mi abuelo si el tren circulaba a su hora. Aurelio miró el reloj de pared y se quedó en silencio por unos segundos. Eso quería decir que estaba memorizando el Itinerario.

—Son las 08:04 —dijo—, ya debe estar entre Angelita y San Francisco. Si en Cruces no lo demoran, pasará por aquí a su hora.

—¿Usted se sabe todo el Itinerario de memoria? —le preguntó Basilia con asombro.

—Los ferroviarios tenemos mucha retentiva —respondió Aurelio con un inusual gesto de alarde.

Basilia y la amiga se sentaron en el banco más alejado del andén y empezaron a hablar en voz muy baja. Hubo un momento en que su sonrisa, la sonrisa más linda del pueblo, se apagó y su cara se nubló de tristeza. Entonces la amiga le pasó la mano por la cabeza, como si acariciara a las rosas búlgaras.

Desde la ventana de la estación no se oía nada de lo que hablaban. Pero sin dudas era algo muy serio, porque ahora a la amiga también se le había nublado la cara de tristeza. Basilia buscó en su bolso y sacó un paquete de cigarrillos. Siguió buscando por un rato y, cuando pareció darse por vencida, se puso de pie.

Mientras caminaba hacia la ventana de la estación, miraba fijamente a un punto. Parecía ver algo que era invisible para mí. Caminaba como caminan las protagonistas en las películas. Despacio, linda, con las manos metidas en los bolsillos del pitusa, echando la cabeza hacia atrás en cámara lenta.

—¿Usted por casualidad tendrá fósforos?

Mi abuelo miró el reloj de pared, luego revisó el libro donde anota las vías, abrió todas las gavetas del escritorio y por último tomó la manigueta del teléfono como si fuera a llamar a alguien. Después de todas esas acciones sin explicación, se puso de pie de un golpe.

—Sí, sí, claro —dijo y salió en dirección a la caja fuerte donde guarda los fósforos.

Si me pareció extraño que le diera tantos detalles sobre el Itinerario y tuviera un inusual gesto de alarde, el hecho de que fuera por sus fósforos era ya inexplicable. Aurelio detesta el olor del tabaco y no soporta que fumen cerca de él. 

Jamás le ha prestado a nadie sus fósforos, por eso los esconde bajo llave. A mí tampoco me gusta el olor del tabaco y el humo me molesta muchísimo. Padezco de alergias, como mi abuelo. Pero me quedé muy cerca de Basilia, del otro lado de la ventana, mientras ella encendía el cigarrillo. No olí ni oí nada. Solo la vi llevándose la llama a la cara.

Se quedó con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta por un instante que me pareció larguísimo. Luego, muy suavemente, empezó a exhalar el humo. Así fuman las novias de los protagonistas en las películas. Cuando abrió los ojos, me alcanzó la caja de fósforos para que yo se los diera a mi abuelo.

Era la primera vez que se dirigía a mí y tuve la necesidad incontrolable de aprovecharla. De pronto me vinieron a la cabeza muchísimas ideas, pero no sabía cuál de ellas le podía interesar. Por eso me quedé paralizado, con la mano extendida y los ojos clavados en el mechón de pelo.

—Yo también me sé el Itinerario —dije finalmente.

Ella cerró los ojos para reírse, pero no pasó de una breve sonrisa. Volvió a meter la mano entre los balaústres de la ventana y me acarició la cabeza. Lo hizo con la punta de los dedos, describiendo pequeños círculos, como si se le hubiera perdido algo en uno de mis remolinos.

—Vas a ser lindo cuando seas grande —me dijo y empezó a caminar en dirección al banco más alejado del andén.

Por primera vez en mi vida me sentí tan indefenso como el Corsario Negro, el Zorro o Sandokán cuando llega la escena donde tienen que mirarle a los ojos a sus novias. El Zorro al menos lleva un antifaz, pero el Corsario Negro, Sandokán y yo andamos con la cara descubierta.

El mixto de Cumanayagua llegó, como había prometido Aurelio, a su hora. A las 08:40 ya se estaba internando en el ramal. Desde la punta del andén, Basilia le decía adiós a su amiga. Cuando se iba nos volvimos a cruzar. Pero ya no tuve valor para volver a mirarle a la cara. 

No llevo antifaz y no soy pirata ni tigre de la Malasia.

 

 

Los macheteros millonarios

 

El tractor lleva dos carretas llenas de hombres cubiertos de tizne. En lo alto, al final de una larga vara, ondea una enorme bandera. Los hombres van sentados en el piso cubierto de paja. Algunos afilan sus mochas y otros, a pesar de los continuos saltos que da la carreta, parecen estar dormidos. 

—¡Ahí van los millonarios! —Dijo mi tío Rao—. ¡Aaaaah jajajá!

Mi abuelo y yo íbamos a la tienda de Chena a comprar el pan y nos cruzamos con Rao, justo en el momento en que pasaba el tractor con las carretas. Rao levantó el brazo y saludó a los macheteros. Al parece se dieron cuenta de que era una burla, porque ninguno le devolvió el saludo.

—¿Qué hubo, Rao? —Dijo Aurelio.

—¿Qué hubo, Hilo? —Así le llaman a mi abuelo sus hermanos.

—¿Tú sabes si ya llegó el pan a la tienda?

—¿Tú crees que esos hombres puedan tumbar ochocientas arrobas de caña en un día?

—¡Hum!

—¡Aaaaah jajajá! 

—Míralos, míralos, míralos —Cuando mi tío Rao quiere hacer énfasis en algo, repite las cosas tres veces.

Hace poco leí en el periódico que las brigadas de Movimiento de Millonarios están integradas por hombres que son capaces de cortar y alzar a mano hasta mil arrobas de caña en una jornada de ocho horas. El record de Cuba lo tiene Reinaldo Castro, un machetero de Calimete, en Matanzas, que estuvo 72 horas cortando caña sin parar y llegó a las tres mil arrobas.

—¡No hay ser humano que pueda cortar eso! —Aseguró Rao— ¡Ni los haitianos de Jaronú!

—¡Hum!

—¡Aaaaah jajajá!

La bandera que ondea en lo alto es roja y tiene un número tres en el centro. Eso significa que la brigada ya alcanzó el tercer millón de arrobas. Al final de la segunda carreta, con los pies colgando hacia afuera, iba el Ruso. Es el único que no lleva sombrero. Insiste en andar con su gorro, como si viniera de la taiga y no de un cañaveral.

—¡Eeey! —le dijo mi abuelo cuando lo reconoció.

—¡Eeey! —respondió el Ruso mientras se alejaba, dando pequeños rebotes contra el suelo cubierto de paja. Llevaba los brazos cruzados y en ningún momento se sujetó, como si no le temiera a salir despedido en uno de los saltos de la carreta.

—¿Tú sabes si ya llegó el pan a la tienda?

—¡No hay ser humano que pueda cortar eso! —Repitió Rao—. Dicen que los haitianos de Jaronú cortaban caña sin parar y nunca, jamás en la vida, ninguno llegó a las ochocientas arrobas.

—¡Hum!

— ¡Aaaaah jajajá!

A lo lejos, la silueta del tractor, las dos carretas y la enorme bandera estaban a punto de perderse de vista. Ya íbamos caminando frente al portal de América, que está justo antes del de la escuela, cuando por fin me decidí a hacerle la pregunta a mi abuelo.

—Papá, ¿es cierto que no hay ser humano que pueda cortar esa cantidad de arrobas de caña?
—¿Habrá llegado el pan a la tienda?

 

 

El panóptico

 

El panóptico de Atlántida. Así llama Aurelio al control que mi abuela tiene sobre los alrededores de la estación, gracias al campo visual que le ofrecen la puerta del patio y las ventanas de la cocina, el primer cuarto y el comedor. Nadie se acerca desde ninguna dirección sin ser descubierto con suficiente tiempo.

—Viejo, ¿llegó algún paquete para Meneses? —preguntó asomándose en la oficina.

—No, ¿por qué?

—Es que viene para acá por la carreterita.

—¿Y cómo sabes que viene para acá?

—Porque ya pasó la casa de Felo.

La carreterita es un sendero de grava que comunica al pueblo con la estación. A un lado le queda la casa del farolero, que también es propiedad de los Ferrocarriles, y del otro el apartadero, la línea principal y el enlace del ramal Cumanayagua. Hasta el 31 de agosto de 1933, hubo entre la carreterita y la línea principal un enorme almacén de madera. Los vientos de un ciclón lo borraron del paisaje.

—Él solo viene cuando le mandan algún paquete.

—En el cuarto de expreso no tengo nada para él.

Como la ventana de la oficina sobresale de la estación, para que se pueda ver la línea principal en ambas direcciones, me asomé por ella. Mi abuela me regañó y me alejé rápido, pero tuve tiempo de ver que Meneses ya se acercaba por el andén, con su percudido uniforme verde olivo y su oxidado revólver.

—¿Qué pasa, Aurelio? —Saludó el policía sin quitarle la vista a la línea en dirección a Cruces.

—¿Qué pasa, Meneses? —respondió mi abuelo sin dejar de escribir.

—¿Viene algún tren por ahí?

—Sí, un tren nacional que han desviado —dijo mi abuelo aún sin mirarlo.

—Esos trenes de La Habana un día se van a llevar al pueblo, pasan a una velocidad…

—Es que llevan mucho retraso y los maquinistas tratan de alcanzar su hora.

A veces, por algún accidente o imprevisto en la Línea Central, los trenes nacionales tienen que ser desviados y pasan por Camarones. Gracias a eso he podido conocer a las Clayton, las famosas locomotoras inglesas que tienen doble cabina y 2.500 caballos de fuerza. 

Esas máquinas son las más potentes y veloces de Cuba. Los ferroviarios le llaman Reina Isabel y le rinden pleitesía cada vez que se encuentran con una. Son solo diez, por eso resulta tan difícil dar con ellas. Su numeración empieza en la 52501 y acaba en la 52510. 

Ayer pasó una, la 52504. Iba con 10 coches y un equipaje. Muchos en el pueblo se reunieron alrededor de la línea para verla avanzar y oírla pitar. Cuando la nube de polvo comenzó a disiparse, la gente se miraba sorprendida y feliz, como si a partir de aquel suceso sus vidas tuvieran una mayor importancia.

Mi tío Aldo, que es despachador en Santa Clara, dice que las Clayton tienen tanta fuerza, que el 1 y el 2, el tren especial entre la Habana y Santiago, ha llegado a circular con 14 coches y 3 equipajes. Según él, son impresionantes cuando arrancan.

—Ojalá que algún día tenga que pararse una aquí para que vean eso —nos dijo tío Aldo—. El regulador es como el de un barco… Un cuarto de máquina, media máquina, tres cuartos de máquina y full. Cuando el 1 o el 2 arrancan en el andén de Santa Clara, la cola pasa volando. ¡No hay macho que se suba en la cola de un tren con una Clayton!

Aurelio está preparando el arco para dar la vía al paso. Cuando él hace eso no escucha a nadie. Para saber cómo es su mundo en ese momento, me tapo los oídos y también me quedo sordo. Meneses está hablando, veo su boca moviéndose, pero no tengo la menor idea de lo que dice.

Para dar una vía al paso hay que ser muy valiente, porque la fuerza del aire puede halarte y hacerte caer debajo de las ruedas. Se oyeron dos pitazos largos y dos cortos, ya el tren está cerca del crucero de Ciprián. Trae una locomotora canadiense. Aunque llegaron al país hace poco, ya reconozco sus pitazos.

Cuando Aurelio sale al andén a dar una vía al paso, Atlántida se persigna y cierra los ojos. La vía se coloca en el arco con un cordel, de manera que el maquinista pueda pasar el brazo entre las dos astas y solo llevarse el cordel con las instrucciones que necesita.

El tren se acerca a gran velocidad y el maquinista ya tiene su brazo extendido. Aurelio está parado en el mismo borde del andén. Aunque el preámbulo es muy largo, todo ocurre en fracciones de segundos. Al final solo quedan la nube de polvo y los pitazos largos y cortos de los cruceros.   

—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Meneses cuando las cosas recuperaron su estado habitual.

En lugar de responderle, Aurelio comenzó a darle a la manigueta del teléfono. Dos puntos, un silencio y otros dos puntos, un silencio y otros dos puntos… Eso quiere decir que está llamando a Hormiguero. Luego se escuchó una larga raya, que es la respuesta del operador de la próxima estación.

—Hormiguero —dijo Aurelio—, ya pasó el extra viajero 52426 por Camarones. Ponle 08:31.

—Aurelio —insistió Meneses—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¿Pasó algo? —preguntó mi abuela desde la puerta que da a la vivienda.

—Vieja, ve para la casa —dijo Aurelio mientras me hacía una señal para que yo también me fuera.

Solo alcancé a oír que preguntó algo sobre el Ruso. Ni siquiera escuché la respuesta de mi abuelo. Mientras cerraba la puerta, Atlántida puso su peor cara, esa que usa para regañarme, dar malas noticias o quejarse de algo que es injusto. Ya caminando en dirección a la cocina, murmuró.

—¡Qué hombrecito más malo, pero qué hombrecito más malo!

 

 

28 de enero

 

Hoy se cumplen 122 años del natalicio de José Martí. A su busto, que está junto al asta de la bandera, le falta la nariz. Creo que estábamos en segundo grado cuando se le desprendió. Primero intentaron pegársela con yeso, pero se le volvió a caer un día que llovió mucho.

Luego probaron con cemento blanco y hasta con pegamento de zapatos. Tampoco dio resultado. Cuando el maestro Gustavo se dio por vencido, guardó la nariz en la vitrina donde están los diccionarios, el atlas y el objeto más valioso de la escuela rural del Paradero de Camarones: la esfera.

Todos tenemos una rosa blanca que al final pondremos sobre el libro de cemento que hay debajo de la cabeza de Martí. Varias madres y mujeres del pueblo vinieron a ver el acto. Barbarita, la madre del Chiqui le pidió a mi abuela que se quedara para volver juntas por la carreterita. 

Eso al final se convirtió en un problema para mí. Esta es la quinta vez que Atlántida me hace señas para que me pare correctamente y me arregle la pañoleta. Delante de todas las mujeres está Basilia. Es la más joven de todas las madres. Si en vez del pitusa y el pañuelo de rosas búlgaras tuviera puesto un uniforme, parecería una alumna de sexto grado.

Después de mirar el reloj varias veces, Basilia se apartó para fumar. Ella siempre se queda un largo rato con todo el humo dentro y con la cabeza levantada, como si buscara algo entre las nubes. Luego cierra los ojos y empieza a solar el humo lentamente. Todavía con los ojos cerrados, traga en seco y baja la cabeza.

Hilda María, que es la más inteligente del aula, leyó una síntesis biográfica del Héroe Nacional. Luego Marita, que es la segunda más inteligente y la más bonita, recitó “Los zapaticos de rosa”. La señal para que yo me vaya preparando es el momento en que “vuelven calladas de noche/ a su casa del jardín”.

Debo leer un recorte de periódico donde explican por qué Martí es “el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada”. Solo me dio tiempo a leer “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario”, a partir de ahí empecé a estornudar sin poder parar. 

Para que el busto no se viera tan mal sin la nariz y con la cabeza llena de moho, Machín, el pintor de brocha gorda, le dio una mano de cal viva. Mi abuela siempre dice que yo no puedo pasar ni cerca de las casas que están pintadas con cal viva, porque la alergia me mata.

Atlántida tiene una larga lista de cosas que “me matan de la coriza”: quitarme la camisa en una corriente de aire, bañarme en los aguaceros, la colección de revistas viejas de Aurelio, los sacos de yute y la champola de guanábana, entre muchas otras. Ahora hay que agregar el busto de Martí después de la mano de cal viva que le dio Machín.

Cuando por fin pude terminar de leer, el maestro Gustavo dio por concluido el matutino y nos mandó a pasar a las aulas. La fila avanzó hasta el Chiqui, que estaba entretenido mirando a Basilia. “¡Despierta, muchacho!”, le gritaron las madres que aún permanecían en el portal de la escuela.

Tuvimos que correr para dejarle la rosa blanca a Martí y alcanzar a Diego antes de que entrara al aula, que tenía todas las ventanas cerradas y estaba totalmente a oscuras. El maestro Gustavo encendió una linterna y empezó a alumbrarnos la cara, uno por uno.

—¿Quién de ustedes sabe lo que es un eclipse? —preguntó, mientras la luz de la linterna volvía a su mesa, donde estaba la esfera junto a una toronja.

Ya sabíamos la diferencia entre un eclipse de luna y un eclipse de sol cuando tocaron en la puerta del aula. Todavía me estaba acostumbrando a la claridad cuando distinguí un pitusa y un pañuelo con rosas búlgaras. El maestro Gustavo dijo algo muy bajito y luego se paró entre la recién llegada y nosotros. 

De acuerdo con lo que acabábamos de aprender, eso era un eclipse de Basilia.

 

 

Las cosas que no tienen sentido

 

Sospecho que está guardada en el chiforrover o en la caja fuerte de la estación. Aunque nunca la he visto, estoy seguro de que la lista de mi abuelo debe ser enorme. Quiero encontrarla para copiarla y, a partir de ahí, hacer la mía con lápiz de tinta y subrayados en rojo, que es como él escribe las cosas importantes.

Blanca Llerena, la dependienta de la tienda de ropa, me prometió que cuando lleguen blocs y pegolín me va a separar uno de cada uno. Los blocs cuestan 40 centavos y el pegolín 60. Tengo 55 ahorrados. Eso sin contar todo lo que hay en el envase de Kresto, que mi abuela siempre ha dicho que es mío.

La semana pasada Aurelio leyó en el periódico que iban a represar el río Arimao. Se llevó las manos a la cabeza y dijo que eso no tenía sentido. Después se le olvidó, pero yo lo recorté y es lo primero que tengo para mi lista. También tengo el Cordón de La Habana, la Zafra de los Diez Millones y los domingos rojos.

Del “tiempo de antes” también hay muchas cosas que dejaron de tener sentido: la Nochebuena, la Navidad, el Día de los Reyes, la Semana Santa, la fiesta de la Luz y un jabón Rina que mi abuela no quiere usar. Esto último no lo entiendo, pero mi abuelo dice que tampoco tiene sentido explicármelo.

Siempre que la familia se reúne y empiezan a hablar de ferrocarriles, casi nada tiene sentido. Cuando mi tío Aldo, que es despachador de trenes en Santa Clara, cuenta las cosas que están pasando, mi abuelo se incomoda y se acuesta bocarriba para que no le dé una embolia.

—¡Eso no tiene sentido! —Dice tapándose la cara con un pañuelo—. ¡Eso no tiene sentido! 

—No oigas esas cosas viejo —le advierte Atlántida—, que estás acabado de almorzar.

–¿Tú sabes lo que es arrancar la vía estrecha de Placetas a Caibarién? —Preguntó mientras manoteaba—. ¡Esta gente lo está destruyendo todo!

Buscaré en el chiforrover y si no está ahí, intentaré aprovechar un día que deje abierta la caja fuerte de la estación. Ya me sé algunas de memoria, pero me deben faltar muchísimas. Aunque no las comprenda o no tenga sentido explicármelas, quiero tenerlas todas en mi lista. 

Luego pensaré donde esconderla para que nadie, ni siquiera Aurelio, la vea. Mi lista, mi propia lista, cien hojas escritas con lápiz de tinta y subrayadas en rojo, llenas de las palabras y las cosas que hacen que mi abuelo se acueste bocarriba y se tape la cara con un pañuelo. 

Atlántida a veces trata de que cambie de opinión respecto a algo. Pero cuando él dice que no, es no. Así ha sido en esta familia desde 1930.

 

 

Un barco hundido

 

Un largo tren de azúcar está pasando. Mientras las tolvas desfilan con su empalagoso olor en dirección al puerto de Cienfuegos, Felo López se acerca por el andén en sentido contrario. Saluda a mi abuelo y le dice algo, pero Aurelio se señala los oídos y dice que no con la cabeza. 

En verdad el tren produce un gran estruendo. Felo espera a que se aleje el caboose antes de intentar hablar otra vez.

—¿Qué pasa, Aurelio? —Saluda de nuevo.

—¿Qué pasa, Felo? —responde por fin mi abuelo.

—Sigue sin llover.

—Sigue sin llover.

—Tengo una vaca a punto de parir.

—¿Anjá?

—Si esta seca sigue, no va a dar leche ni para el ternero.

—Anjá.

—¿Y tus vacas?

—Ahí.

—¿Qué nos haremos si esta seca sigue?

El teléfono empieza a sonar y eso salva a Aurelio de tener que volver a responder. Habla primero con Cruces, después con Hormiguero y finalmente con el despachador de Santa Clara. Es para hacerle la vía a otro tren de azúcar. El extra 51016. Cuando acaba de escribir en el libro, Felo trata de recuperar el hilo de la conversación.

—Los tolveros están pasando uno detrás del otro.

—Sí, uno detrás del otro.

—Y ahora, con esas locomotoras… ¡son larguísimos!

—Esas máquinas canadienses tienen una fuerza tremenda.

—¿Y las soviéticas?

—También, también.

—Ah.

—Anjá.

El teléfono suena otra vez y Aurelio responde con un “Ok”. Le han dado la hora en que el tolvero salió de Cruces. Eso es justo lo que está anotando ahora en el libro. Cuando suelta el lápiz de tinta, estira el brazo y cambia el semáforo de la estación de rojo a verde.

—En el pueblo están preocupados —dice Felo cuando Aurelio ya no está haciendo nada.

—Anjá —me imaginé que mi abuelo respondería eso, es lo que siempre dice cuando no quiere decir nada.

—El capitán Sosa nos pidió que averiguáramos bien… A Meneses y a mí.

—¿Qué tienen que averiguar?

—Nadie sabe quién es ni de dónde vino.

—Ah.

—¿Él no te ha dicho?

—¿Quién?

—Tú sabes, el que se metió a vivir en el caboose abandonado.

—Ah.

—Todas las tardes pasa por aquí.

—Sí.

—¿Y te ha dicho algo?

—Lo de siempre —para decir esto, Aurelio pone su cara de desconcierto, esa que usa cuando no se explica que alguien no entienda las cosas que tienen una explicación muy sencilla—. Yo le digo eeey y él me responde eeey…

—¿Ese caboose todavía es propiedad del Ferrocarril?

—Ya no.

—¿Y por qué?

— Se le dio de baja hará unos dos años.

—¿Y por qué?

—Porque se quedó ahí adentro cuando condenaron el apartadero de Ciprián Pis.

El caboose abandonado está enterrado en la hierba, entre la línea de Cumanayagua y el cañaveral. El día que Figueroa, el inspector de Operaciones, decidió que era irrecuperable, mi abuelo lo acompañó. Yo iba con ellos. Parecía un barco hundido.

Figueroa preguntó cómo ese caboose había ido a parar ahí. Mi abuelo le respondió que en la Zafra de los Diez Millones lo situaron como oficina y dormitorio para los jefes de los macheteros. Aún conservaba el fogón, las dos camas y el escritorio. El baño tenía un lavamanos y un inodoro de metal.

Cuando mandaron a parar los cortes, porque ya no se lograrían los 10 millones de toneladas de azúcar, los dirigentes se fueron y lo dejaron con todo lo que tenía adentro. Poco a poco se fueron robando los calderos, los platos y los cubiertos, los faroles, el tanque de keroseno y hasta los libros contables.

Aurelio notificó los robos, pero nunca enviaron una locomotora para levantarlo ni le dieron la orden a ningún tren para que lo hiciera. Luego condenaron el apartadero de la colonia de Ciprián Pis, arrancaron el cambiavía y ya no hubo manera de sacarlo de allí. 

—Este es uno de los últimos caboose de madera —le dijo Figueroa a mi abuelo.

—Es un crimen darle de baja.

—Sí, hubiera podido seguir dando rueda muchísimos años más.

Cuando Figueroa y mi abuelo se bajaron del caboose, yo me quedé jugando a que era el colero de un tren. Subí por la escalerilla de la caseta, saqué el brazo por una de las pequeñas ventanillas y le hice señales al maquinista de una locomotora imaginaria. Desde lo alto se podía ver cómo la hierba se estaba tragando lo que quedaba de la línea.

—¡Qué lástima, cará! —se lamentó otra vez mi abuelo.

—Si usted viera, Yero, las locomotoras de vapor que han desguazado —dijo el inspector—, hubieran durado 100 años.

En el camino de regreso, Figueroa abrió su pañuelo y se lo puso en la cabeza, debajo de la gorra de plato del uniforme. Mi abuelo aprovechó ese momento para volver la vista hacia el caboose, que otra vez parecía un barco hundido. El sol de la mañana le dio en la cara y se puso la mano de visera.

—¿Estás seguro de que ese vagón ya no es del Ferrocarril? —insiste Felo López.

—Claro que estoy seguro —responde mi abuelo—, yo mismo llevé hasta allí a Figueroa, el inspector, el día que se le dio de baja.

El largo tren de azúcar empieza a pasar. Mientras las tolvas desfilan con su empalagoso olor en dirección al puerto de Cienfuegos, Felo López trata de decir algo más, pero Aurelio se señala los oídos y dice que no con la cabeza. En verdad el tren produce un gran estruendo.

 

 

Una noche de 1930

 

Se conocieron una noche de 1930. Solo un quinqué los alumbraba. Gracias a esa luz tan escasa tuvieron el valor de mirarse a los ojos. Ella aún no había cumplido los 16 años, él ya tenía 21. Los dos llevaban botas altas. Las de ella estaban relucientes. Las de él, deshechas.

Una epidemia de fiebre tifoidea estaba causando estragos. Casi todas las semanas había un velorio en el Paradero de Camarones. Esta vez la muerte había entrado en la casa de Ciprián Pis, el segundo mayor colono del pueblo. El portal estaba lleno de sillas de tijera, en la sala había dos sillones y un pequeño ataúd blanco.

Él llegó justo en el momento en que ella salía a tomar un poco de aire fresco. No tropezaron, pero estuvieron a punto de hacerlo. Esa fue la razón por la que él le pidió disculpas y ella levantó la mirada. El viento que soplaba sobre los potreros cesó por un instante, recordarían ese silencio por el resto de sus vidas. 

—¿Tú has visto la luz eléctrica?

—Sí, en Cienfuegos… Viví en una casa que tenía.

—Tú alumbras más que una bombilla de 100 watts.

—¡Hazte bobo!

Ella era delgada, pálida y friolenta; por eso andaba con los brazos cruzados. Él tenía un enorme golpe en la frente. Ella le señaló el moretón y él se encogió de hombros. Ninguno de los dos tendría ojos para nadie más a partir de ese momento. Él le preguntó el nombre y ella no se lo quiso decir. 

—Es muy largo, no te lo vas a aprender. 

—¿Cuánto apuestas a que me lo aprendo?

A ella aquel reto le dio tanta vergüenza que bajó la cabeza y se fue para la cocina, donde estaban el humo del fogón de leña y la mayoría de las mujeres. Se oyó el silbato de una locomotora de vapor. Alguien dijo que era la número 1 de Andreíta. Otro se asombró de la enorme fuerza de aquella máquina. Eso provocó una discusión.

—Aurelio y Chena —dijo alguien desde la oscuridad del patio—, ¿hay alguna máquina por aquí que tenga más fuerza que la número 1 de Andreíta?

Chena buscó a Aurelio para que respondiera y se dio cuenta de que no estaba prestando atención. Se había quedado con la boca abierta y la mirada perdida en la puerta por donde salía el humo del fogón de leña, un intenso olor a comino y las voces de las mujeres.

—Ah, cará —dijo Chena dándole un codazo a Aurelio—, esa galleguita te ha dejado turulato.

Todos los hombres se quedaron atentos al paso del tren. Eso hizo que los ruidos de los vagones y el silbato de la locomotora se convirtieran en el único sonido de la noche. Luego brindaron un caldo con mucho olor a comino. Ella era quien estaba sirviendo.

—Me llamo Atlántida —le dijo mientras le llenaba el plato de peltre.

—Y yo Aurelio —le respondió tratando de encontrarse otra vez con su mirada.

—Las mujeres allá adentro estaban diciendo que vas a trabajar en el ferrocarril.

—Los hombres ahí afuera estaban diciendo que te vas a quedar a vivir en el pueblo.

—¿A ti te gustan los mangos?

La pregunta lo sorprendió tanto que no supo qué responder. Volvió a encoger los hombros y sonrió nervioso.

—Cuando llegue el tiempo de mangos no vayas a comerlos verdes —dijo ella con un tono que parecía de una persona mucho mayor—. Dicen que a los que comen mangos verdes les da esa fiebre y se mueren. 

Desde hace seis meses Aurelio y su amigo fueron aceptados como meritorios, que es como se les llama a los que aspiran a ser empleados en los ferrocarriles. Justo, el padre de Chena, es maquinista y logró que les dieran la oportunidad. Uno de los dos podrá quedarse como auxiliar de Domínguez, el jefe de estación.

Aurelio ya se sabe el reglamento de memoria. En las noches cierra los ojos y repite el contenido del pequeño libro, desde la definición de tren, en la página 5, hasta las disposiciones sobre el transporte de explosivos, en la página 190.  Cuando está estudiando, el mundo a su alrededor desaparece.

—Tren —dice mientras camina a ciegas, describiendo pequeños círculos—: Una locomotora, coche motor, gas car, o automóvil, solo o enganchados, con o sin carros, exhibiendo indicadores. Cuando un motor o un automóvil de línea arrastra algún material debe ser considerado como un tren de carga.

Unos días atrás, mientras repasaba la circulación de la vía, se emocionó tanto que perdió la noción del espacio. No se percató que los círculos se habían ido haciendo cada vez más grandes y que se estaba acercado, peligrosamente, a una de las columnas de su casa. 

—Las órdenes de vía deben expedirse por triplicado, con lápiz tinta y mediante papel carbón, y serán dirigidas al conductor y maquinista del tren respectivo —iba diciendo mientras movía los brazos como si se tratara de un discurso—. El original será para el conductor, la primera copia para el maquinista y la otra debe archivarse cuidadosamente en la estación por orden de expedición.

Cayó al suelo. No llegó a sangrar, pero un enorme chichón se le hizo en la frente. 

Un mes después, se paró en el borde del andén para dar la primera orden de vía de su vida. Era al maquinista de un tren de carga. Estaba sudando mucho y tenía las manos frías. 

La locomotora, una Alco tipo Mikado, era enorme. Venía envuelta en humo y estremecía todo a su alrededor. Domínguez le ordenó que se acercara más a la línea, que el maquinista no iba a alcanzar el arco. Eso lo puso aún más nervioso. Sintió que los pies se le estaban entumeciendo.

Detrás de él, Chena le daba ánimo. Pero ya no oía nada. Ni siquiera el estruendo de la locomotora. Se había quedado sordo. El mundo para él era como en aquella película que fue a ver a Cruces. Todo estaba en blanco y negro y no se escuchaba absolutamente nada.

—¡Atlántida! —dijo justo antes de voltear la cara, cerrar los ojos y levantar el brazo. Después que pasó el caboose, se encontró con la cara de satisfacción de Domínguez y con una carcajada burlona de Chena. 

—Lo has hecho bien, hombre —dijo el viejo jefe de estación—, pero la próxima vez lo tienes que hacer con los ojos abiertos.

—Es que esa galleguita lo tiene turulato —dijo Chena sin poder parar de reírse. 

 

 

Moby Dick

 

La cañada se ha empezado a secar. El temporal que pasó en diciembre la convirtió en un brazo de mar. Pero después de tantas semanas sin llover se ha ido reduciendo hasta convertirse en un hilo a lo largo del potrero y en un pequeño charco debajo del puentecito que hay al final del andén.

Hace unos días, el Chiqui y yo tratamos de pescar biajacas. Hicimos los anzuelos con alfileres y les pusimos lombrices de carnada. Nos pasamos la mañana entera mirando hacia abajo y moviendo lentamente el nylon, para que las biajacas creyeran que las lombrices estaban vivas.

—¿Cómo van las cosas en el Pquod? —Nos preguntó mi abuelo desde la punta del andén.

El Chiqui se encogió de hombros y yo le expliqué que ese era el nombre del barco ballenero del Capitán Ahab. El Chiqui se volvió a encoger de hombros y le hice un gesto que quería decir que después le explicaba. Entonces volvió a mirar hacia abajo, donde también estábamos nosotros dos mirando hacia arriba.

—Si le dan caza a la gran ballena blanca me avisan —nos dijo Aurelio mientras volvía a su oficina.

Mi abuelo se ha leído dos veces la novela de Hermann Melville. Se sabe de memoria los nombres de todos los tripulantes del Pequod y los países de donde son. Se los he oído decir tanto que yo también me los sé. “¡Pueden ustedes llamarme Ismael!”, dice Aurelio a veces, en el momento menos esperado.

Hace como un año pasaron la película en el cine. Fuimos los primeros en llegar al pequeño portal y mi abuelo iba tan eufórico que ni siquiera saludó a Chena. Apenada, Atlántida le abrió los brazos al mejor amigo de Aurelio. “Tú lo conoces mejor que yo”, le dijo y Chena soltó una de sus carcajadas.

Mi abuelo fue mirando las fotos de la cartelera una por una, como si quisiera encontrar en ellas algo que no aparece en la película. “Ojalá que no venga más nadie”, le dijo a Rufino, el portero, mientras le entregaba las papeletas. Aunque las luces aún estaban encendidas, Angelina, la acomodadora, nos siguió con su linterna.

—¡Efraín, lámpara! —gritó Chena. Ese era el aviso al proyeccionista para que apagara las luces de la sala y comenzara la película.

Después del rugido del león de la Metro Goldwing Mayer y de los créditos, apareció un muchacho caminando por el campo. Llevaba un bastón en una mano y un bolso en la otra. Su ropa y su gorra se parecían a la de el Ruso. Se acercó, levantó el bastón hasta apoyarlo en su hombro y miró en dirección a nosotros, como si fuera a decirnos algo.

—¡Pueden ustedes llamarme Ismael! —Dijo Aurelio antes que el muchacho dijera exactamente lo mismo.

—¡Ssshhh! —Esa fue la primera vez que Atlántida lo mandó a callar. Fueron muchas, porque Aurelio no se pudo contener y siempre se le adelantó al Capitán Ahab en sus frases preferidas.

—¿Qué se hace cuando se ve una ballena, hombres?

—¡Ssshhh! 

—Todos los vigías, escúchenme, deberán buscar una ballena blanca. Una ballena tan blanca y grande como una montaña de nieve.

—¡Ssshhh!

—Es un día tranquilo, Starbuk. Cielo tranquilo. En un día así maté mi primera ballena.

—¡Ssshhh!

El Chiqui y yo seguimos intentando pescar biajacas por varios días. Aunque picaban, nunca conseguíamos que se quedaran ensartadas por los anzuelos hechos de alfileres. Una tarde, después de hacer las tareas, saqué un par de lombrices y me fui solo al puentecito. Lancé el nylon y me senté en el carril.

—¿Por qué veo decepción en su rostro? —hubiera dicho Aurelio adelantándose al Capitán Ahab— ¿No está ansioso por caza a Moby Dick?

Oí los golpes de las grandes ventanas de la oficina cerrándose. Eran las cinco y Aurelio estaba retirando de servicio a la estación. En cuestión de minutos Atlántida me llamaría para que fuera a bañarme. Al charco le quedaba poco. En cuestión de días la cañada estaría totalmente seca. El tiempo se acababa.

Entonces sentí un tirón. Después otro y finalmente uno que por poco me arranca el nylon de las manos. Comencé a tirar hasta que la saqué del agua. Era la biajaca más grande que había visto en mi vida. Mientras la iba subiendo, escuchaba claramente el batir de las olas y la música de la película.

—¡Papá! —Comencé a gritar— ¡Papáaa! ¡Papáaaaa!

Aún si me hubiera escuchado no habría podido verla. Cuando ya la tenía delante de mí, dio un coletazo tan grande que logró zafarse del alfiler. Cayó entre las piedras y los travesaños. La atrapé entre las dos manos y traté de inmovilizarla, pero sus espinas se encajaron en mis dedos.

Un duro pinchazo me hizo soltarla. De un coletazo saltó sobre el carril y de otro cayó al vacío. La vi caer en cámara lenta, como lo hacía la enorme ballena blanca. En ese momento, el tranquilo charco de la cañada me pareció el enfurecido mar del Cabo de Hornos y las garzas del potrero de Felo López gaviotas que sobrevolaban un naufragio.

Nunca le conté a nadie, ni siquiera a el Chiqui, que llegué a sacar a la biajaca del agua. Me daba vergüenza tener que reconocer que la perdí después de tenerla entre las piedras y los travesaños de la línea. Los pinchazos de los dedos se me infectaron, pero los escondí hasta que estuvieron del todo curados.

Poco después el charco se secó por completo. El Chiqui y yo nos metimos descalzos en el lodo para atrapar pequeños camarones. Encontramos sus restos en la parte más honda, que fue la última en quedarse sin agua. Ya había perdido los ojos y olía mal. Una larga hilera de hormigas entraba y salía por su boca.

—Esta es la biajaca más grande que he visto en mi vida —me dijo el Chiqui—. ¿Tú te imaginas que la hubiéramos podido pescar?

 


FEBRERO

 

 

Berlín

 

Basilia se alejó llorando, con medio cuerpo afuera, diciendo adiós con un pañuelo. Se iba a estudiar a Berlín. Yo era pequeño, pero lo recuerdo todo como si acabara de ocurrir. Ese día mi abuelo me explicó que la ciudad estaba dividida por un muro y que no había una, sino dos Alemania.

Ella se fue un domingo, en el tren que pasa a las 13:46 para Santa Clara. Ese día Atlántida había hecho una comida para los hermanos de mi abuelo. Rao vino solo. Nilda, su esposa, hace años que vive en La Habana. Roberto y Helemenia le trajeron una botella de Bacardí a mi abuelo. 

Roberto fue el dueño del bar Arelita, el único que había en el Paradero de Camarones. Antes de que se lo intervinieran, escondió las cajas de bebida que le quedaban en el inventario. Mi abuelo me advirtió que no le puedo decir a nadie que había visto una botella de Bacardí.

—Esa muchacha va a llegar lejos —dijo mi tía Helemenia.

—Sí, claro que va a llegar lejos —le respondió Rao—. Va para Berlín, eso está lejísimo. 

—Lo digo porque ella no es como las otras del pueblo —replicó Helemenia. 

—¡Bah! —dijo Rao.

—¡Bah! —repitió Roberto. 

—Fue la mejor estudiante de toda Yaguaramas —agregó Helemenia— y ahora se va a estudiar al campo socialista.

—Esa es igual que las otras —dijo Rao después de hacer una mueca de desprecio —, para que te enteres de lo que hay.

—La juventud de ahora está perdida —agregó Roberto—. Yo oí decir que esas escuelas del campo socialista están llenas de negros africanos.

—Y que los rusos ni se bañan ni usan desodorante —dijo Rao—. Tampoco los húngaros, ni los búlgaros, ni los rumanos…

—Son unos puercos —agregó Roberto—. No hay quien aguante el olor de esa gente. 

—Ella se va a hacer técnico medio en Avicultura —los interrumpió Helemenia—. Cuando vuelva seguro que la ponen a dirigir la granja Panamá.

—¡Bah! —dijo Rao. 

—¡Bah! —dijo Roberto.

—Ella y Gustavo están enamoraditos —dijo Helemenia después de llevarse la mano a la boca, como si fuera a decir un secreto—. Se van a casar cuando ella vuelva.

—¡Jeje! —se burló Rao.

—¡Jeje! —se burló Roberto.

—Ella no es como las otras del pueblo —insistió Helemenia—. Imagínense a Basilia de administradora de la granja Panamá y a Gustavo de director de la escuela Conrado Benítez. Esas son las cosas de esta revolución que ustedes no quieren reconocer.

—¡Anjá! —dijo Rao.

—¡Anjá! —dijo Roberto.

Siempre que Atlántida invita a los hermanos de mi abuelo a almorzar, hace arroz, frijoles negros y tortilla de papas. Aunque Helemenia dice que hacer frijoles negros no tiene ciencia, Roberto asegura que los de mi abuela son los mejores de Cuba. A Rao, en cambio, lo que más le gusta es la tortilla de papas.

—La tortilla de papas de Atlántida tiene tres dedos de grueso y siempre queda cocinadita por dentro —dice Rao cada vez que se la están sirviendo—. ¡La mejor de Cuba!

El secreto, ya yo me lo sé, está en la manera de cortar las papas y en el fuego. Primero se cortan a lo largo, en cuartos. Luego a la mitad y al final en pequeños pedazos irregulares. Atlántida hace sus tortillas con cuatro libras de papa, dos cebollas grandes y 16 huevos. 

Calienta el aceite a temperatura media. Fríe las papas hasta que ya estén empezándose a dorar. Las escurre y le agrega los huevos batidos, que empiezan a cocinarse en ese calor. Luego echa todo en un enorme sartén (que solo usa para eso) con dos cucharadas de aceite bien caliente. 

Por unos 15 segundos, remueve todo lentamente. Luego baja el fuego. Cuando empieza a oler, le da vuelta en un plato. Vuelve a calentar el sartén con otras dos cucharadas de aceite. A fuego lento, otra vez, la termina. Al final, acerca su afilada nariz gallega y, por el olor, sabe cuándo está en su punto.

No recuerdo que mi abuelo ni mi abuela dijeran nada sobre Basilia. Pero sí se pararon en la puerta de la calle con Rao, Helemenia y Roberto, para ver la despedida que le hacían. Desde que la locomotora asomó en el crucero de la Vía Estrecha, empezaron a darle abrazos y besos.

Le pedían que mandara cartas, postales, fotos… Gustavo fue el último en despedirse. Cuando ella, ya subida en el tren, se inclinó para darle un último beso, todos empezaron a aplaudir. Yuyo Serralvo no pudo contenerse y soltó un grito de “¡Hurraaaaa!”. 

Unas semanas después esa escena se repitió en una película checoslovaca que pasaron en el cine del pueblo. Se llama Trenes rigurosamente vigilados y el protagonista, parado en el andén, cerró los ojos para que su enamorada le diera un beso desde el estribo del vagón.

—¡Miren a Gustavo y Basilia! —gritaron todos y empezaron a aplaudir.

—¡Qué emoción! —dijo Helemenia— ¡Por fin alguien del Paradero de Camarones viajará al campo socialista!

—¡Bah! —dijo Rao. 

—¡Bah! —dijo Roberto.

Se alejó llorando, con medio cuerpo afuera, diciendo adiós con un pañuelo. Esa noche busqué en el Atlas Escolar a las dos Alemania y le pasé el dedo por encima a Berlín. A esa escala, no podía apreciarse de qué lado estaría Basilia. A veces, cuando pasa el tren de las 13:46 para Santa Clara, pienso en su despedida. 

Yo era pequeño, pero lo recuerdo todo como si acabara de ocurrir.

 

 

Las noches más largas del año

 

Las noches de zafra son las más largas del año y caen de golpe, cuando aún todo está claro. Algunos en el pueblo creen que es por el humo de los centrales y las locomotoras de vapor, por todo ese bagacillo que hay en el aire. Aurelio y el maestro Gustavo, en cambio, insisten en que es por el solsticio de invierno. 

—Galileo Galilei pagó un precio muy alto por descubrir las causas astronómicas del solsticio —nos explicó el maestro—. La iglesia lo condenó a prisión domiciliaria por el resto de su vida. 

—Es que el sol, aparentemente, alcanza una menor distancia del horizonte —le repite Aurelio a su hermano Rao cuando discuten sobre el tema—. Por eso en el tiempo de frío oscurece tan temprano y hace tanta frialdad en las madrugadas. 

El Paradero de Camarones está rodeado de cañaverales. Si se mira en cualquier dirección, se dará con una de las torres blancas y humeantes de uno de los centrales. Vivimos en el centro de una inmensa llanura que, por más de un siglo, incluso durante las guerras, se ha mantenido produciendo azúcar.  

Los ruidos de la zafra nos resultan tan comunes que a veces ni los escuchamos. Los silbidos de los ingenios sirven para poner a los relojes en hora. Los trenes de caña, azúcar y miel definen los olores del pueblo. El hollín nos ensucia la ropa y se queda por meses flotando en el aire.

En la mañana o al atardecer, según el turno al que van, los hombres salen de sus casas limpios y perfumados. Siempre fuman cuando saltan sobre los camiones y las carretas tiradas por tractores. Miran hacia atrás, en dirección al pueblo, hasta que se pierden de vista. Así se van a trabajar a los centrales. 

Vuelven sucios y malolientes. Antes de irse a sus casas, al atardecer o en la mañana, según el turno del que vienen, pasan por el bar. Se alejan dando tumbos, siempre fumando. Si en el camino se cruzan con alguien, lo saludan sin levantar la cabeza ni hacer gesto alguno. 

—Eeeyyyyy… —Es todo lo que son capaces de decir.

Algunos vuelven al trabajo todavía borrachos. Eso ha provocado varias tragedias. El año pasado, más o menos por esta fecha, Bertilo estaba haciendo algo en lo más alto del central Espartaco. Se había pasado toda la tarde bebiendo aguardiente y se le nubló la vista.

La sirena de la ambulancia dejó un horrible silencio en el pueblo. Desde entonces su mujer, la maestra Estrella, se viste de negro. Gabi y Bertico, sus hijos, están conmigo en la escuela. Cada vez que oyen la sirena de una ambulancia, hunden las cabezas entre sus brazos y se tapan los oídos.

Los jubilados del pueblo no se mueven de los bancos de las cuatro esquinas durante la zafra. Por el olor que despiden los camiones y los trenes, reconocen de dónde provienen. Aunque la revolución les cambió el nombre a todos los centrales, ellos los siguen llamando por los antiguos.

—¡Azúcar de San Francisco! —dicen si el tren viene de Martha Abréu. 

—¡Refino de Adreíta! —Cuando pasa un camión de Mal Tiempo.

—¡Miel de San Agustín! —Si es un tren de melaza de Ramón Balboa.

Para salir del cine en las noches de zafra, hay que taparse la boca con un pañuelo. Mi abuela Atlántida conoce a una mujer de Manicaragua que no lo hizo, cogió un aire y se quedó con la boca torcida por el resto de su vida. Cuando vamos al cine mi abuelo lleva tres pañuelos. Él usa uno, mi abuela otro y entre los dos sujetan el mío. Así se aseguran de que no me dé un aire. 

Mi tío Rao viene todos los mediodías a casa después de almuerzo para comer algo dulce y tomar café. Hoy había flan de calabaza, uno de sus postres preferidos. Cuando Atlántida le puso el plato delante, se frotó las manos y dijo el “¡Aaahhh jajá!” que él exclama para no tener que decir nada.

—Las noches siguen estando muy largas ­—comentó.

—¡Eso es por el solsticio de invierno! —me apuré en responder.

—¡Aaahhh jajá!

Cuando se iba, se cruzó con unos hombres que volvían de trabajar en el central y de beber en el bar. Todos fumaban y lo saludaron sin levantar la cabeza ni hacer algún gesto.

—Eeeyyyyy… —Es todo lo que fueron capaces de decir.

—¡Aaahhh jajá! —les respondió Rao.

 

 

El hombre del Yugulí rojo

 

Los minutos que dura el recreo se van rapidísimo, por eso siempre tengo que apurarme tanto. En cuanto suena la campana, corro por el pasillo de la escuela, cruzo el aula de segundo y de ahí salto al portal de la casa de América, después paso el crucero de San Fernando y vuelo por la Carreterita. Atlántida me espera en la casa con la merienda lista.

Lo peor que me puede pasar es que en ese justo momento esté pasando un tren. Como ahora, que la campana de la escuela y el silbato de la locomotora sonaron al mismo tiempo. Es un largo tolvero. Va muy despacio, debe llevar por lo menos 30 tolvas. La locomotora es una soviética de las viejas, la 51037. 

Me puse a contar las tolvas. Entre la segunda y la tercera, descubrí que del otro lado había parado un Yugulí rojo. Entre la tercera y la cuarta, reconocí a Basilia dentro del auto. Entre la cuarta y la quinta vi la cara del que iba conduciendo. Era un hombre mayor con un bigote grande, como el de Máximo Gorki.

Conozco el bigote de Gorki porque hay una foto suya en el libro de Historia Universal. Aún no hemos llegado a ese capítulo. Pero hace unos días el Venado se puso a hojearlo y le dio un ataque de risa cuando lo encontró. Dijo que parecía un escobillón.

Entonces el maestro Gustavo nos advirtió que Máximo Gorki aparecía en el libro porque era un escritor revolucionario que fue amigo de Lenin. Además de haber luchado contra el Zar, creó el realismo socialista y escribió La madre, la novela que pusieron hace poco en la televisión. 

Perdí la cuenta de las tolvas. Me distraje con lo que pasaba dentro del Yugulí rojo. Primero era Basilia la que gesticulaba mucho. Después ella se llevó las manos a la cabeza y el hombre empezó a mover los brazos. Por la manera en que abría la boca, debía estar gritando.

Hubo un momento en que el hombre empezó a pegarle al carro. Primero se encendieron las luces, después empezaron a moverse los limpiaparabrisas. Cuando faltaban unas cuatro o cinco tolvas, el tren prácticamente se detuvo. A ese paso, no me va a dar tiempo de ir a merendar a la casa.

Dejé de contar las tolvas y ahora no podía ver lo que estaba pasando dentro del Yugulí rojo. Es la primera vez que veo uno de ese color. El de Polo, el hijo de América que es dirigente en La Habana es verde. El de Zamora, el director de los Ferrocarriles en Cienfuegos es azul. Por la carretera pasan muchos blancos.

La locomotora, que ya iba muy lejos, dio dos pitazos y un estruendo fue recorriendo todas las tolvas hasta que pasó por delante de mí. Cuando volví a tener visibilidad, descubrí que Basilia se había bajado del auto y el hombre le hacía señas para que volviera a subir.

En cuanto el tren acabó de pasar, el carro dio un acelerón y salió a toda velocidad. No lo vi más, porque me quedé con la vista fija en Basilia, pero oí que dio tremendo frenazo al llegar a la carretera de Cienfuegos. Aunque ya había perdido mucho tiempo, caminé muy despacio en dirección a Basilia. 

Al irme acercando, descubrí que tenía los ojos rojos. Sintió vergüenza de que yo la viera así, por eso se apresuró a enjugarse las lágrimas con los brazos. Cerró los ojos, pero no se rio, solo hizo una mueca para saludarme. Quise decirle algo, por lo menos su nombre, pero advertí que me había quedado mudo.

En el momento en que pasé justo a su lado, Basilia me pasó la mano por la cabeza. Estaba fría y temblaba, pero aun así me encantó que lo hiciera. Era la primera vez que me tocaba. Tenía un fuerte olor a perfume, un perfume que no conozco, porque no se parece al Gato Negro, que es el que usa mi madre.

Empecé a correr, corrí cada vez más fuerte. Cuando ya iba por la carreterita, tropecé con una piedra y estuve a punto de caerme. En la punta del andén, me detuve y miré en dirección al crucero. Basilia ya se había ido. Entonces me toqué la cabeza, justo por el lugar por donde había pasado su mano.

—¿Por qué te demoraste tanto? —me preguntó mi abuela.

—Basilia… –le respondí mirando hacia el crucero por la ventana del comedor.

—¿Qué?

—Basilia estaba en el crucero…

—¿Qué?

—Ah… no… fue por el tren de tolvas que empezó a pasar cuando tocó la campana —al fin atiné a responder.

—Apúrate, que no te va a dar tiempo.

Traté de tomarme el batido de mango a cun cun y me dio la punzada del guajiro, que es ese dolor insoportable que provocan los alimentos muy fríos. Empieza en el cuello y llega hasta la cabeza. Me di unos golpes en la frente y esperé a que pasara antes de poder terminar el vaso.

Le di un beso a Atlántida y salí corriendo otra vez. En el camino de regreso para la escuela me crucé con Felo López. Me dijo que no corriera tanto, que un día de estos me iba a caer y a desbaratar los dientes. Pero no podía hacerle caso porque llegaría tarde al aula.

Fui el último en entrar. Encima de la pizarra estaba el mapa del mundo. Cuando el maestro Gustavo entró, tomó el puntero y apuntó hacia la Unión Soviética. Era el turno de Geografía y estudiaríamos el intercambio comercial entre los países socialistas.

Abrimos el libro de texto en la página que dijo el maestro y encontramos una foto de un edificio enorme. Era el del CAME. Cuba era miembro del Consejo de Ayuda Mutua Económica desde 1975 y, según el libro, gracias a eso podíamos intercambiar azúcar por locomotoras, tractores y automóviles.

Eso quiere decir que la locomotora del tren que estaba pasando y el Yugulí rojo del hombre con el bigote grande, como el de Máximo Gorki, fueron cambiados por azúcar. Iba a preguntarle al maestro cuantas tolvas de azúcar se necesitaban para adquirir un Yugulí, pero fue él quien acabó preguntándome a mí. 

—A ver, Aldo —dijo mirando hacia fuera por las persianas del aula—, busca en el libro y dinos cuáles son los países miembros del CAME.

—La Unión Soviética, Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumanía, Checoslovaquia, Albania, la República Democrática Alemana, Mongolia, Vietnam y Cuba —me fue fácil encontrarlo, porque estaba en un recuadro justo debajo de la foto del edificio enorme.

—Muy bien —dijo el maestro.

También pudiera decir las cosas que se deben al CAME: las locomotoras soviéticas y húngaras, el tractor de Persi, el televisor de mi casa, el radio portátil de tía Titita, el Yugulí rojo del hombre del bigote grande… ¿Y el pañuelo con rosas búlgaras de Basilia, ese pañuelo también?

 

 

El tren de Mal Tiempo

 

A la seca todavía le quedan tres meses. Eso dice Aurelio mientras habla con él mismo. No sabe qué va a hacer con las vacas cuando se acabe la zafra y deje de pasar el tren de Mal Tiempo. Hace mucho frío, por eso ando con esta enguatada. Atlántida la puso como condición para que pudiera acompañar a mi abuelo.

El potrero de Aurelio es un triángulo y está rodeado de vías. Al oeste, pasa la principal, que es la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Por el sur y por el norte, las dos patas del ramal Cumanayagua. Las vacas han dejado la hierba a ras del suelo. Ya no encuentran qué comer, por eso sacan la cabeza entre los alambres de púas y tratan de alcanzar pequeñas ramas con la lengua.

—Estas condenadas me van a aflojar todos los alambres con esa metedura de cabeza —se queja Aurelio mientras avanza delante de mí.

Sus pasos son largos y me cuesta trabajo ir a su ritmo. No mira donde pisa porque va afilando su Collins, pero se las arregla para saber dónde están las pilas de excremento. Siempre cae del otro lado, alargando la zancada o dando un pequeño salto. Eso me obliga a apurar aún más mi marcha.

A lo lejos, en dirección a Malezas, ya se ve una larga columna de humo en el cielo de febrero. Febrero es el mes de los cielos más lindos, según Aurelio, que ahora lo apunta con el Collins y me hace una señal para que camine más rápido. Lentamente y guardando la distancia, las cuatro vacas y los dos terneros han empezado a seguirnos.

La columna de humo se ha ido acercando. Por momentos se hace más densa y negra, luego enflaquece y se empina, pero siempre avanzando. Se oyeron dos pitazos largos y dos cortos. Eso quiere decir que el tren de caña de Mal Tiempo va a pasar por el crucero de la Colonia. En unos minutos estará delante de nosotros.

Una mujer de San Fernando, que trabaja con mi madre en la estación de Cienfuegos Carga, va caminando por la pata del triángulo que conecta a uno de los andenes con el ramal. Me detuve a mirarla, pero Aurelio me llamó la atención y repitió la señal con su cabeza.

De reojo, vi que la mujer pasó junto al motor de vía de Juancito el jefe de Línea, que está junto al cambiavía. Cuando Aurelio descubrió el pequeño vehículo, se detuvo. Aproveché esa pausa para tomar aire. El motor de vía es el 94122. Desde aquí no se le distingue el número, pero podría demostrarlo con el catalejo del Corsario Negro.

—¿Qué hace Juancito ahí? —dijo Aurelio hablando con él mismo. 

Aunque mi abuelo cierra la estación a las 17:00 horas, se mantiene al tanto del movimiento de los trenes y motores de vía. Siempre que oye un pitazo, se asoma por la ventana que le quede más cerca y memoriza el número de la locomotora. No es necesario que haga eso, pero él no lo puede evitar.

A lo lejos, por la línea principal, apareció el Ruso. Va camino al bar. Parece un siberiano de verdad, de esos que en las películas soviéticas llevan una escopeta en la espalda y arrastran un trineo con un ciervo muerto. Por un instante, me imagino al Paradero de Camarones cubierto de nieve. 

El Ruso se detuvo y levantó el brazo para saludarnos. No se oyó nada, pero de seguro dijo “¡Eeey!”. Aurelio también se detuvo y levantó el brazo para responderle el saludo. Con seguridad no llegó a oídos del Ruso, pero dijo “¡Eeey!”. Si estuviéramos dentro de una película, ambas voces tendrían eco.

Para retomar la marcha, el Ruso se inclinó hacia delante como si de verdad arrastrara un trineo con un ciervo muerto. Aurelio pasó la lima sobre el filo del machete. Es un Collins legítimo de 1944. Me lo ha dicho incontables veces, después de enseñarme el sello grabado junto a la empuñadura.

—¿Qué hace Juancito? —dijo Aurelio hablando con él mismo, mientras se percataba de que, en dirección opuesta al Ruso, el jefe de Línea se había desmontado del 94122 y, como las vacas a nosotros, seguía a la mujer de San Fernando que trabaja con mi madre en la estación de Cienfuegos Carga.

La columna de humo negro estaba mucho más cerca. Ya se oían los resoplidos de la locomotora de vapor. Aurelio puso un pie sobre el segundo alambre de la cerca y lo empujó hacia abajo. Luego agarró el tercero y lo haló hacia arriba. Con la cabeza, me indicó que cruzara. Por ese mismo espacio, abriéndolo ahora con las dos manos, cruzó él.

—Quédate pegado a la cerca hasta que el tren pare —me ordenó.

Se oyeron otra vez dos pitazos largos y dos cortos. Ese es el aviso de que va a pasar por el crucero de Ciprián. El paisaje a nuestro alrededor empezó a retumbar. La antigua número 1 de Andreíta, una Alco tipo Mikado que ahora lleva un enorme cartel de Central Mal Tiempo en los costados, se acercaba envuelta en una inmensa nube de humo negro.

Siempre que pasa junto a nosotros, yo me quedo mirando la bola de fuego que lleva entre las ruedas. El olor del vapor y del humo se desvanece muy pronto para darle paso al de las cañas. Uno a uno, van pasando los carros hasta que el penúltimo se detiene justo delante de nosotros.

Aurelio lo tiene medido. Aunque la tripulación debe velar porque nadie coja caña del tren, con mi abuelo hacen una excepción. El maquinista, el fogonero, el conductor y el colero son viejos amigos de Aurelio, desde los tiempos de los Ferrocarriles Unidos de La Habana.

Todos lo saludan con un “¡Yerooooo!” que me llena de orgullo. En ese momento mi abuelo se me parece a John Wayne en cualquiera de las películas en que espera a que llegue un tren. Solo que en vez de llevar un rifle Winchester y dos pistolas, Aurelio solo va armado con un Collins legítimo de 1944.

Cuando los hierros dejan de chirriar y el tren se detiene, mi abuelo me hace una señal con la cabeza. Eso quiere decir que ya me puedo acercar al tren. Entre los dos empezamos a sacar cañas y tirarlas entre la hierba. Siempre las más gordas, que son las que más jugo tienen.

Llega un momento en que las manos me duelen, pero sería incapaz de quejarme. Por más que me hinquen las incómodas pelusas y los filos de la paja, sigo sacando la mayor cantidad de cañas que pueda. Se oyeron dos pitazos largos. Eso quiere decir que el tren aflojará los frenos y se pondrá en marcha.

Con la cabeza, Aurelio me hizo una señal. Saqué una última caña y me pegué a la cerca. El paisaje a nuestro alrededor empezó a retumbar otra vez, mientras el tren de caña abandona el ramal Cumanayagua y toma la línea de Cienfuegos a Santa Clara en dirección a Cruces.

—¡Yerooooo! —gritó el colero, que iba colgando de uno de los estribos de caboose.

Ya sobre el cambiavía, se lanzó para restablecer las agujas y poner el candado. Luego corrió por el medio de la línea para alcanzar el tren que no se detuvo en ningún momento.

Mi abuelo buscó la mejor caña y, con la misma destreza que tiene el Corsario Negro con la espada, le quitó la cáscara y me la alcanzó. Luego levantó el Collins y fue cortando las cañas en pequeños trozos que volaban sobre la cerca y caían entre las patas de las vacas y los terneros. 

Cuando terminó, puso un pie sobre el segundo alambre de la cerca y lo empujó hacia abajo. Luego agarró el tercero y lo haló hacia arriba. Con la cabeza, me indicó que cruzara. Por ese mismo espacio, abriéndolo ahora con las dos manos, cruzó él.

Esta vez las cuatro vacas y los dos terneros no nos siguieron. Se quedarán ahí hasta tarde en la noche. No se moverán del lugar mientras quede un solo pedazo de caña. La mujer de San Fernando, que trabaja con mi madre en la estación de Cienfuegos Carga, está volviendo por la pata del triángulo.

Con las dos manos, se sacude los fondillos de los pantalones y la cabeza, igual que hace la gente después de revolcarse por la hierba. Camina muy rápido y eso hace que a veces tropiece con los travesaños. El motor de vía del jefe de Línea pasó a toda velocidad por el ramal Cumanayagua, parece querer alcanzar al tren de caña.

—¿Qué hace Juancito? —dijo Aurelio hablando con él mismo.

A lo lejos, por la línea principal, reapareció el Ruso. Vuelve del bar. Va dando tumbos. Se detuvo por un momento y levantó el brazo para saludarnos. No se oyó nada, pero de seguro dijo “¡Eeey!”. Aurelio también se detuvo y levantó el brazo para responderle el saludo. 

Con seguridad no llegó a oídos del Ruso, pero también dijo “¡Eeey!”. Si estuviéramos dentro de una película, ambas voces tendrían eco.

 

 

La Conspiración del Columpio

 

Por primera vez el nombre del Paradero de Camarones estuvo a punto de salir en un periódico. Pero después de una reunión frente al columpio de la casa de Aracelia, el jeep cuatro puertas del Vanguardia, el diario de Las Villas dio un acelerón, dobló en U y volvió para Santa Clara.

Estábamos en la clase de Historia de Cuba cuando se bajaron en el garaje de Luzbel Cabrera. Venían tres personas: la muchacha más alta y más linda que he visto en mi vida. Es más linda que Basilia, que es mucho decir. Un gordo con una cámara colgada del cuello y el chofer.

El maestro Gustavo andaba por 1844, el año de la Conspiración de la Escalera. Leopoldo O’Donnell era el gobernador de Cuba en ese entonces. No se me olvida su nombre porque en Cienfuegos hay una calle que lleva su apellido. He oído a mi madre mencionarla, como a Bouyón, De Clouet y Hourruitiner.

—Fueron ejecutados 78 reos, hubo 400 desterrados y unos 600 condenados a largas penas de prisión —dijo Gustavo—. Jamás fue encontrado un plan, una proclama, una lista de complotados, un manifiesto o una bandera que probara la existencia de la conspiración.

Uno de los ejecutados fue el poeta matancero Gabriel de la Concepción Valdés, un mulato conocido como Plácido. El maestro pidió que abriéramos el libro de texto en la página donde aparecía un poema suyo. Mientras esperaba a que todos la encontráramos, Gustavo también se puso a mirar para el garaje.

—¡Esa mujer es una palma! —gritó el Venado y toda el aula se empezó a reír.

—¡Ssshhhhh! —ordenó el maestro y le pidió a Hilda María que se pusiera de pie para que leyera el poema.

—El juramento —leyó Hilda María— A la sombra de un árbol empinado/ que está de un ancho valle a la salida, / hay una fuente que a beber convida/ de su líquido puro y argentado…

Aunque Hilda María no dejó de leer, nadie le prestaba atención. Ni siquiera el maestro Gustavo. Todos estábamos pendientes de lo que ocurría en el garaje de Luzbel Cabrera. Cada vez que la muchacha más alta y más linda que he visto en mi vida explicaba algo, Meneses y el hombre del Yugulí rojo decían que no con la cabeza.

Ella abrió sus largos brazos y se encogió de hombros, pero ellos no hicieron otra cosa que seguir diciendo que no con la cabeza. Como varias personas se habían acercado para averiguar lo que estaba sucediendo, el hombre del Yugulí rojo apartó a la muchacha y al gordo de la cámara colgada del cuello.

Frente al columpio de la casa de Aracelia, que es la esposa de Luzbel Cabrera, siguieron discutiendo. El hombre del Yugulí rojo se molestó con algo que le dijo la muchacha. Se puso la mano derecha en la cintura, como si llevara una pistola, y levantó el dedo índice lo más alto que pudo. Como la escuela está del otro lado de la carretera, no se oía nada de lo que decían.

Aunque parecía que la estaba amenazando, ella se rio y dejó al hombre del Yugulí rojo hablando solo. Entró al portal de la casa y le dijo algo a Aracelia, que los estaba mirando con la puerta de la calle entreabierta. Aracelia le dijo que sí con la cabeza. La muchacha se subió al columpio y empezó a mecerse. 

Entonces Meneses también se puso la mano derecha en la cintura. Como él sí lleva revólver, lo agarró por la empuñadura. Cuando levantó el dedo índice lo más alto que pudo, la muchacha hizo una mueca que Atlántida no me deja hacer, porque dice que es de mala educación. 

Finalmente, parecieron darse por vencidos. Se subieron al jeep cuatro puertas sin despedirse de hombre del Yugulí rojo y Meneses, que parecieron felicitarse mutuamente con palmadas en los hombros. De un acelerón, el chofer logró girar en U y salir a toda velocidad hacia Santa Clara. 

¡Ñó! ¿Ustedes vieron eso? —dijo el Venado— ¡Qué clase de timón!

—¡Silencio! —ordenó el maestro Gustavo, todavía pendiente de lo que pasaba en la acera de enfrente—. Vamos a seguir la clase.

Esa misma tarde mi tío Rao fue a la casa. Llegó cuando estábamos acabando de comer. Había arroz, ropa vieja y platanitos maduros fritos. Mientras él se comía una pozuela de natilla, les contó a mis abuelos lo que había ocurrido. El Ruso en realidad se llama Andrés Fournier. 

En el pueblo se enteraron de su nombre porque vino una periodista de Santa Clara a hacerle una entrevista. Cuando dijo cómo se llamaba, nadie supo decirle quién era. Pero después de dar más detalles, Meneses y “el del Partido Regional”, que debe ser el hombre del Yugulí rojo, cayeron en cuenta.

—Resulta que es el mejor machetero de la provincia —dijo Rao—, para que te enteres de lo que hay.

Según oyó decir, Andrés Fournier, es decir, el Ruso, cortó 1.362 arrobas de caña en un día y las alzó él solo a mano para las carretas. Los hombres que trabajan con él en la brigada Quintín Banderas dicen que no levanta la cabeza del surco, que es una máquina humana.

—Resulta que se ganó una medalla—dijo Rao—, para que te enteres de lo que hay.

Según oyó decir, Meneses y el hombre del Yugulí rojo les dijeron a los periodistas que de eso nada, que aún no habían verificado al tal Fournier, que estaban esperando un informe de Oriente, que todavía no sabían si era confiable.

—Resulta que se ganó un televisor ruso —dijo Rao—, para que te enteres de lo que hay.

En la tarde, cuando ya estábamos sentados en el andén con nuestras camisas de corduroy, mi abuelo advirtió que el Ruso se acercaba dando tumbos. Marcó el libro que estaba leyendo (Los miserables, de Víctor Hugo) y lo cerró por un momento. Hice lo mismo con el mío (El Corsario Negro, de Emilio Salgari). 

—Ahí viene Monsieur Fournier —me dijo Aurelio con una sonrisa de picardía.

En la Conspiración de la Escalera, “uno de los procesos más infamantes de la historia cubana”, según el maestro Gustavo, fueron ejecutados 78 reos, hubo 400 desterrados y unos 600 condenados a largas penas de prisión. La Conspiración del Columpio fue contra un solo hombre, Andrés Fournier, un jabao conocido como el Ruso.

 

 

La caza del último tomeguín

 

El Paradero de Camarones está lleno de jaulas. En casi todos los patios hay por lo menos dos aves encerradas. Si uno camina por el apartadero que atraviesa el pueblo de norte a sur, las oye cantar. Las jaulas están hechas con güines de Castilla. Arriba, en los extremos, tienen trampas de balancines.

Casi todas las jaulas del pueblo están hechas por Manguín. Nadie como él sabe preparar las trampas de balancines. Soportan justo el peso de un cundiamor. Pero en cuanto se posa un pájaro, por ligero que sea, las compuertas ceden y cae atrapado. Nunca les da tiempo a recuperar el vuelo.

El portal de Manguín tiene muchísimas jaulas con tomeguines de la tierra y del pinar, mayitos, azulejos, mariposas, negritos y hasta sinsontes. Las aves de Manguín cantan tanto, sobre todo en la mañana temprano y al atardecer, que se oyen desde la tienda de Chena. Casi a una cuadra de distancia. 

Aurelio dice que encerrar a esos pajaritos en jaulas es un crimen y nunca me ha dejado tener una. Mi abuelo se dice y se contradice. Odia las jaulas, pero le encantan las corridas de toros. Siempre que ponen una película de toreros en el cine, vamos a verla. Luego, con una toalla roja, me explica las suertes.

Aunque pesa casi 240 libras, cuando agarra la toalla como si fuera un capote parece adelgazar. Entonces un toro invisible pasa junto a él. Mientras se pone de perfil y se mueve en cámara lenta, dice que la verónica es al toreo lo que la flauta de Richard Egües a la orquesta Aragón: fundamental.

Luego hace una chicuelina, una gaonera, un farol y su preferida, la media verónica. En vez de llevar al toro invisible a todo lo largo, recoge la toalla roja en mitad del viaje, obligándolo a pasar más cerca de sus casi 240 libras. “¡Óleeeee!”, gritan él y Atlántida, realmente emocionados.

A Aurelio también le encantan las historias de cacerías de Ernest Hemingway. Que yo sepa, se ha leído tres veces Las nieves del Kilimanjaro. Se sabe párrafos enteros de memoria. Cuando andamos por el potrero, agarra el hacha como si fuera una escopeta y apunta a las vacas como si fueran antílopes.

—Los animales, con la cabeza erguida, atisbaban y olfateaban sin cesar —dice imitando la voz de los narradores en las novelas de radio—. Sus orejas estaban tensas, como para escuchar el más leve ruido que les haría huir hacia la maleza.

Para Aurelio las corridas de toros son un arte que los cubanos dejaron morir y las cacerías de Hemingway cosas de hombres de verdad. Pero cazar pájaros con una trampa de balancines le parece un crimen y me tiene terminantemente prohibido que yo tenga una jaula.   

Una vez mi padre me trajo un enorme mazo de güines de Castilla. Atlántida me advirtió que por nada del mundo se me ocurriera encargarle una jaula a Manguín, que a mi abuelo le iba a dar una cosa. No sé qué pasa cuando a Aurelio le da una cosa. Si es peor que cuando le dan los ataques de mal genio, no quiero ni imaginármelo. 

Con la ayuda de Juani, el hijo de Talín y Mercedita, me hice un papalote y los güines que me sobraron se los regalé al Chiqui. Él le encargó una jaula a Manguín. Es enorme, con cinco trapecios y cuatro trampas de balancines. Ya cazó una hembra de tomeguín del pinar. Pero está triste. 

Si no logra atrapar a un macho rápido, se le va a morir. Me convidó a que fuéramos a cazarlo juntos. Ya los tomeguines del pinar se han empezado a ir para el Escambray. Ellos vienen por muy poco tiempo al Paradero de Camarones. Dicen que los últimos que quedan están en la represa de Ciprián.

Le dije a mi abuela que iba a jugar a casa del Chiqui. El Chiqui le dijo a Barbarita, su mamá, que iba a jugar a la estación. Es decir, a mi casa. Los dos mentimos porque si decíamos la verdad no podríamos irnos de cacería. Cruzamos la línea frente a la casa de Felo López.

Caminamos siempre pegados a la cerca de bienvestidos y atejes para que no nos vieran. Al llegar al ramal Cumanayagua miramos en ambas direcciones de la línea. Los dos sabíamos que a esa hora no pasaba ningún tren, pero en las películas los fugados suelen ser muy precavidos.

La represa de Ciprián es uno de los lugares más lindos de mi pueblo. Aunque ya está en ruinas, su alto muro de ladrillos es imponente. Siempre que nos escapamos para la represa de Ciprián, el Chiqui se para encima del muro y se tira del cabeza al agua. Yo todavía no he aprendido.

Buscamos cundiamores en una cerca y pusimos uno en cada trampa de balancín. A los tomeguines del pinar les encantan los cundiamores. Nos alejamos lo suficiente de la jaula. El tiempo se fue volando. Cuando pasó para Cienfuegos el tren de las 10:27, no habíamos visto el primer tomeguín. 

Estábamos a punto de darnos por vencidos. Fue la hembra la que nos advirtió. Por primera vez la vimos levantar la cabeza. Luego se estiró y finalmente empezó a dar saltos de un lado a otro. Por fin lo oímos cantar. Se oyó en lo más alto de una mata de guásima. 

No alcanzábamos a verlo, pero sabíamos que seguía ahí. La hembra parecía haberse curado de pronto. Saltaba de un lado a otro de la jaula, no podía contener la alegría que le producía la cercanía del macho, que ahora estaba cantando desde una mata de güira. 

Por fin lo vimos, cuando voló hasta la rama donde colgaba la jaula. Desde allí, cantó todo su repertorio antes de lanzarse sobre las brillosas semillas del cundeamor. La trampa funcionó a la perfección y nosotros saltamos de la alegría, como hacen los hombres del Corsario Negro cuando vencen al enemigo.

Cuando avistamos la punta del andén, descubrimos que Barbarita y Atlántida nos estaban esperando. Barbarita tenía un cuje de guásima en la mano. Atlántida, su implacable chancleta. Estas son situaciones por las que no tienen que pasar los hombres del Corsario Negro.

No sé qué castigo le pusieron al Chiqui. Me enteraré esta tarde, en el vespertino de la escuela. Yo, además de los chancletazos que ahora me arden muchísimo, estaré castigado por dos semanas. No puedo ni siquiera acompañar a mi abuelo al tren de caña. De la escuela para la casa y de la casa para la escuela.

Le he oído decir a Aurelio que cerca de la cima del Kilimanjaro, que está cubierta de nieve y a 5.895 metros de altura sobre el nivel del mar, hay un esqueleto seco y helado de leopardo. Ni Hemingway pudo explicarse qué buscaba ese leopardo por aquellas alturas.

Nuestra expedición no llegó tan lejos, pero acabamos cazando al último tomeguín del pinar que quedaba en el Paradero de Camarones. Ahora, sobre la cama, me siento como Harry Street, el protagonista de la novela. Después de los chancletazos de Atlántida, puedo considerarme un hombre gravemente herido. 

 

 

Las ovejas de los Yero

 

Toda familia tiene una oveja negra. La de la mía se llamó Emerildo Gómez Yero. Casi nadie recuerda su nombre en el Paradero de Camarones. Pero si mencionas a La Fija, abren los ojos y ponen una cara que nunca se sabe si es miedo o admiración. En la sala de la casa de Nila y Mongo Yero hay un retrato suyo.

Nila y Mongo son hermanos de mi bisabuelo Claudio. Viven juntos desde que enviudaron. Nila está sorda y Mongo ciego. Entre los dos se las arreglan para ver y oír el mundo que les rodea. La Fija fue un bandido. Donde ponía el ojo, ponía la bala. Por eso le llamaban así. Mataba una tojosa al vuelo con un revolver 22.

Era un asaltante de caminos, junto a Polo Vélez y Castellón. La guardia rural los persiguió por toda la provincia de Las Villas hasta que tuvieron que refugiarse en Camagüey. Allá los emboscaron. Una ráfaga de ametralladora alcanzó a La Fija en las piernas. Les dijo a sus amigos que huyeran, que él los cubría.

Mató a más de 30 guardias antes de que otra ráfaga le destrozara los brazos. La guardia rural se negó a entregar el cadáver. Nadie sabe dónde yace enterrado Emerildo Gómez Yero, ese muchacho con sombrero alón y bigotes de Pedro Infante que mira a los ojos al que entra en la casa de Nila y Mongo.

Toda familia tiene una oveja negra. La mía, además, tiene una oveja rosada. En la misma pared donde está la foto de La Fija, hay otra de un muchacho disfrazado de charro. Es Oscar Yero, el hijo de Mongo. Él nunca quiso disparar como los hombres de las películas mexicanas, prefería cantar como ellos.

Pero tuvo la mala suerte de ser desafinado y tener una voz horrible. Se presentó en La corte suprema del arte,en la emisora de Cruces, y le tocaron la campana en cuanto abrió la boca. Los hombres del pueblo fueron a esperarlo a la parada para lincharlo. Pero él se tiró con la guagua andando en la Loma del chino Piloto. 

Entró al pueblo por el callejón de La Flora, con la ropa destrozada por las cercas de alambres de púas. Estuvo una semana sin levantarse de la cama. Cuando se repuso de la depresión, huyó para Cienfuegos. Volvió meses después, con el pelo pintado de rojo y un juego de barajas. 

Desde entonces les tira las cartas a las mujeres de mi familia. Mi abuelo siempre se niega a darle la mano y me tiene prohibido que le de un beso, como a mis otros tíos. Después que Atlántida le abre los ojos y pone una cara, que nunca se sabe si es de vergüenza o de amenaza, Aurelio por fin la da la mano. 

Inmediatamente después, llena la palangana y se lava bien con jabón de calabaza hasta los codos. Cuando Oscar nos visita, mi abuela se pone feliz y mi abuelo se enfurece. Se sienta a la mesa de mal humor y todo le cae mal. Por eso, después del postre y el café, hay que prepararle un vaso de agua con bicarbonato y limón. 

Siempre que voy a buscar el pan con mi abuelo. Él pasa a saludar a Nila y Mongo. La casa es oscura y está llena de humo, porque ellos nunca apagan el fogón de leña. Mientras Aurelio sigue hasta el fondo para saludar a sus tíos, yo me quedo en la sala a mirar a La Fija.

Aún no había cumplido los 30 años cuando lo mataron. Hace una mueca, la típica mueca de los Yero cuando les piden que sonrían. Mira a la cámara como si apuntara a una tojosa. Muy cerca de él, está Oscar Yero disfrazado de charro y con una guitarra cruzada en la espalda. 

En una misma pared los Yero exhiben a sus dos ovejas, la negra y la rosada. Cuando ya nos vamos, Nila me pasa sus manos arrugadas y frías por la cara. Dice que tengo los mismos ojos de Emerildo. Mongo pregunta qué edad tengo y mi abuelo le dice que once. No menciona a su hijo Oscar.

Entonces busca mi cabeza con su mano temblorosa y llena de callos para saber cuánto he crecido. Nila pregunta en qué grado estoy, pero no logra oír la respuesta y después de mucho insistir se da por vencida. Siempre se despide de mí con un beso que huele a humo, como todo en la casa. 

Aurelio toma una gran bocanada de aire siempre que salimos, como si hubiera estado un largo rato aguantando la respiración. Nila está sorda y Mongo ciego. Entre los dos se las arreglan para ver y oír el mundo que les rodea, encerrados con el humo del fogón de leña y dos retratos. 

 

 

Unanimidad

 

Aunque es domingo, los relojes del Paradero de Camarones sonaron a las cinco. Atlántida me almidonó el uniforme completo. La boina no se amolda, parece que tengo un platillo volador sobre la cabeza. Las puntas de la pañoleta se mantienen horizontales, como si no existiera la ley de la Gravedad.

El viernes por la tarde, Basilia fue a la escuela para darnos instrucciones. El maestro Gustavo estaba rojo como un tomate. A él le pasa lo mismo que a mí cuando ella está delante. No le salían las palabras y de un manotazo tumbó la esfera. El mundo rodó por el aula.

—Co co como ustedes saben —dijo por fin—, el do do domingo se celebra el re re re…

Basilia le puso la mano en el hombro para que no siguiera hablando. Los dos se miraron por un momento. Después ella cerró los ojos y, como era de esperarse, sonrió. Ahí estaba, delante de todos, pasando una mano por el hombro del maestro, la mujer más linda del Paradero de Camarones.

—Lo que él está tratando de decirles—dijo, mientras Gustavo bajaba la cabeza y enterraba la mirada en el piso, como hacemos nosotros cuando él pregunta algo y no nos sabemos la respuesta—, es que el domingo se celebrará un referendo en toda Cuba y las urnas serán custodiadas por ustedes, los pioneros.

Luego nos explicó que ella pertenecía a la Comisión Especial del Referendo y que le habían asignado coordinar nuestra participación. El Chiqui, Miriam, María Isabel y yo iremos a La Flora, un campo que está en las afueras del pueblo. A otros les tocó ir a Marsellán, La Pedrera y la Vía Estrecha.

Nos llevaron en la parte de atrás del pisicorre de repartir el pan, herméticamente cerrados y totalmente oscuros. Cuando el carro por fin se detuvo y el chofer abrió las puertas, la luz nos dejó ciegos. Estábamos mareados, estrujados y sucios. Un hombre, también de la Comisión Especial del Referendo, nos dio la bienvenida.

Mientras nos servían el desayuno, nos explicó lo que haríamos. Además de custodiar las urnas teníamos que ayudar a los electores a votar, porque muchos de ellos no entienden muy bien para qué es el referendo. Si nos preguntaban algo, teníamos que decirle que pusieran una equis donde dice SÍ.

El colegio electoral era en realidad un comedor obrero. Estaba muy cerca de las matas de mangos donde Máximo Gómez y Antonio Maceo acamparon el 15 de diciembre de 1895, después de haber derrotado al ejército español en la batalla de Mal tiempo. 

La urna estaba delante de un cartel con la bandera, el escudo y una frase: “Votar en el referendo es un honor del ciudadano”. Cuatro horas después, solo habían ido nueve personas de las 87 que debían hacerlo. Según la regla de tres que nos enseñó el maestro Gustavo, apenas el 10.3%.

Eso enfureció al hombre de la Comisión Especial. De un salto, como si fuera de la tropa de Gómez y Maceo, se subió en su caballo y se perdió al galope por una de las guardarrayas. Regresó dos horas después. Detrás de él venía una enorme fila de gente. Se desmontó también de un salto y les señaló la urna.

Llegamos de noche al Paradero de Camarones. Gracias a eso, no nos quedamos ciegos al salir del pisicorre. Basilia nos estaba esperando con una merienda y diplomas. Seguro que me puse rojo como un tomate cuando me entregó el mío. Por suerte no tenía que decir nada, porque también habría empezado a gaguear. 

En Cuba hay un total de cinco millones 717 mil 266 electores. Ejercieron el voto cinco millones 602 mil 973, para un 98%. Cinco millones 473 mil 534 votaron SÍ, para un 97.7%. 54 mil 70, votaron NO, para el 1%. El 0,8% dejó la boleta en blanco y el 0,5% hicieron algo mal y su voto fue nulo. El 2% no fue a votar.

En La Flora las cosas fueron muy distintas. El 100% de los electores ejerció su derecho al voto. Los 87 votaron SÍ. Nadie dejó la boleta en blanco y todos, con nuestra ayuda, lo hicieron correctamente, de manera que tampoco hubo que anular votos.

Atlántida me peleó muchísimo porque el uniforme era un asco y porque me había quitado la boina y la pañoleta. Estaba tan cansando, que no le expliqué lo del pisicorre de repartir el pan ni que hicimos el viaje herméticamente cerrados y totalmente oscuros.

Tampoco le conté que, mientras el hombre de la Comisión Especial anduvo buscando a los electores, el Chiqui y yo nos encaramamos en una mata para tumbarle guayabas a Miriam y María Isabel. Cuando se entere de que la camisa del uniforme tiene un descosido debajo de la manga, se va a pasar un día entero peleando.

Además de levantarme a las cinco y estar casi un día entero parado en atención, muy cerca de las matas de mangos donde Máximo Gómez y Antonio Maceo acamparon el 15 de diciembre de 1895, conocí la palabra unanimidad. Estoy seguro de que la primera vez que la oí en mi vida fue esa.

La dijo el hombre de la Comisión Especial cuando acabó de contar.

 

 

Sagua la Grande

 

En 1930, Sagua era grande de verdad. Allí radicaba la administración de los Ferrocarriles Unidos para la provincia de Las Villas. Todo, desde el tráfico hasta la contabilidad, se dirigía desde su imponente estación. A los hombres que trabajaban en ella no les corría sangre por las venas sino trenes.

Cuando Domínguez creyó que los meritorios que había entrenado estaban listos para examinarse, llamó a Sagua. Aurelio y Chena se subieron al tren que salía de Cienfuegos a las 07:20, pasaba por el Paradero de Camarones a las 07:59 y llegaba a su destino a las 09:57. El examen empezaba a las 10:30.

Chena se pasó todo el trayecto conversando con una cienfueguera que estaba haciendo el viaje de ida y vuelta. Quería saber cómo era eso de atravesar Cuba, de sur a norte y de norte a sur en un mismo día. Aurelio solo levantó la vista del Reglamento en Santo Domingo, justo a las 09:01.

El tren se detuvo en el cruzamiento con la línea central para darle paso al Santiago-Habana. Aurelio sacó la cabeza por la ventanilla y comprobó la posición de las paletas definitivas. Luego miró su reloj de bolsillo para verificar la hora. Por el tiempo que hacía la locomotora entre un poste del telégrafo y el otro, calculó la velocidad del tren.

Chena aprovechó la coyuntura para preguntarle a la cienfueguera si había estado en La Habana. Ella dijo que no con la cabeza y él hizo un gesto para restarle importancia al hecho. Aurelio volvió al Reglamento, en la página donde aparecen las indicaciones de las paletas definitivas.

—Cuando un semáforo está dotado de dos paletas definitivas con diferente altura —dijo Aurelio hablando con él mismo y manteniendo los ojos cerrados—, la más alta gobierna la línea general y la más baja la entrada a una línea de empalme, siendo esta paleta más corta que la otra e indicando con ello que debe llevarse poca velocidad hasta pasar el punto de enlace.

Roberto Domínguez Godínez, que es el nombre completo del jefe de estación de Camarones, ha escalado ya varias posiciones. Su meta es llegar a ser jefe de estación de Cruces, el pueblo donde él nació y uno de los puestos mejor pagados en Las Villas. Aurelio nunca quisiera irse del Paradero de Camarones.

La estación de Sagua la Grande los impresionó. En el andén se cruzaban con hombres que consultaban constantemente sus relojes de bolsillo. La regla número uno para ser un gran ferroviario no es saber de trenes sino tener siempre a mano un reloj en hora. 

Aurelio respondió bien todas las preguntas. Aunque los errores de Chena eran aceptables, los miembros del tribunal coincidieron en que allí no había madera para hacer un ferroviario. Gracias a esa decisión, el hijo del maquinista Justo Rodríguez se sintió libre de un peso enorme. 

Se fueron de Sagua en el tren que salía a las 17:10. A las 19:04 ya estaban en Camarones. Circularon todo el tiempo a la hora. Aurelio lo comprobó en cada una de las paradas marcadas en el Itinerario. Por Rodrigo a las 17:40, por Santo Domingo a las 18:03, por Ajuria a las 18:21, por Lajas a las 18:31 y por Cruces a las 18:59. 

Desde lejos distinguieron a Domínguez, que era alto como una torre, esperándolos en el andén. Parecía estar al tanto de todo, porque envolvió entre sus brazos a Aurelio para felicitarlo. A Chena le dedicó una de sus miradas bonachonas, le dio dos palmadas en los hombros y le jaló una oreja. 

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, Aurelio fue a ver a Atlántida. Le dijo que oficialmente era empleado de los Ferrocarriles Unidos, que en una semana empezaba a trabajar como auxiliar de estación y que quería casarse con ella. 

Atlántida aún no había desayunado y se desmayó. Cuando volvió en sí, Aurelio la tenía entre sus brazos. Le repitió, palabra por palabra, todo lo que le había dicho. Esta vez no se desmayó, pero tampoco dijo nada. Había perdido el color y estaba fría como una rana.

—Domínguez quiere subir en el escalafón hasta ser el jefe de estación de Cruces —le dijo mientras le pasaba la mano delicadamente por la cabeza—. Yo no voy a parar hasta ser el jefe de estación del Paradero de Camarones y vivir contigo en esa casa.

En el momento de su retiro, Domínguez había trabajado 43 años y escalado 21 estaciones: Camarones, San Fernando, Real Campiña, Rodrigo, Salvador, Viñas, San Diego, Cifuentes, Jorobada, San Juan de los Yeras, Sitiecitos, Placetas y Remedios, entre otras. 

Su sueño de volver a Cruces lo perdió en uno de esos trayectos. Aurelio, sin embargo, insistiría en el suyo 41 años. Mientras escalaba por Palmira, Cherepa, Arriete, Congojas, Rodas, Perseverancia, Hormiguero, Ranchuelo, Potrerillo, Jorobada, Mataguá, Camajuaní, Caibarién, Isabela de Sagua, San Fernando y San Andrés.

En 1971, en San Juan de los Yeras, por fin recibió el telegrama ofreciéndole la plaza de jefe de estación del Paradero de Camarones. Con los ojos llenos de lágrimas fue hasta la cocina. Atlántida adivinó lo que quería decir aquella cara de Aurelio, miró para la vajilla y se preguntó dónde iba a guardar tantas cosas.

—¿Cuándo es la mudada? —dijo por fin.

—El mixto del lunes trae las casillas —respondió Aurelio—. Los animales tienen que esperar a que manden una jaula de ganado de Santa Clara. 

 

 

Una criatura encantadora

 

Basilia se come las uñas. Las va mordiendo, una a una, hasta el final. Antes de llevarse el dedo a la boca, ladea la cabeza. Aunque Atlántida dice que uno no debe comerse las uñas y me da un manotazo cada vez que lo intento, me encanta que Basilia lo haga.

Mi abuela, desde su panóptico, fue la primera en advertir que ella se acercaba. Ya deben ser más de las cinco. Hace rato que pasó, envuelto en una nube de polvo, el coche motor Fiat de las 14:10. Basilia venía de la granja Panamá, se le notaba en la cara de cansancio.

Se sentó en el andén del ramal Cumanayagua con los pies colgando para la línea. Extendió los brazos hacia atrás y se quedó mirando el cielo sin nubes. La tarde estaba fría, pero ella parecía tener calor. Echó la cabeza aún más hacia atrás y mantuvo los ojos cerrados por un largo rato.

Como siempre, un largo mechón se le salía del pañuelo y le caía sobre la frente. Cuando le tapaba los ojos, volvía a echar la cabeza hacia atrás para quitárselo. Además de hacerlo en cámara lenta, estiraba lo más que podía el cuello y se quedaba inmóvil, como si fuera parte de una fotografía. 

El Yugulí rojo pasó el crucero de San Fernando y tomó la carreterita en dirección a la estación, como el coche motor Fiat, venía envuelto en una nube de polvo. Cuando se bajó del carro, el hombre se tomó las manos por encima de la cabeza y estiró todo su cuerpo. Desde su panóptico, Atlántida se mantenía atenta a todo.

Basilia no lo miró hasta que, caminando por la línea, se paró delante de ella. Él encendió un cigarrillo y le ofreció otro a ella. Entre los dos lograron envolverse en una nube de humo. Ninguno decía nada. El mechón de pelo le volvió a tapar los ojos y, de una manera inexplicable, se lo quitó en cámara rápida.

Después, eso sí, se quedó inmóvil por unos segundos, como si otra vez fuera parte de una fotografía. El hombre se le acercó y le pasó la mano por el pañuelo con rosas búlgaras. Luego, aproximándose aún más, tomó su cabeza con las dos manos y la llevó hasta su cuerpo. Ella estaba sentada y él de pie.

Ella se zafó y empezó a comerse las uñas. Atlántida se molestó muchísimo con eso y abandonó su puesto de vigilancia. Camino a la cocina, me preguntó si ya había terminado la tarea. Abrí el libro de Geografía y simulé buscar algo, pero me mantuve atento a lo que sucedía afuera.

Entre los dos, lograron otra vez envolverse en una nube de humo. Entonces el hombre del Yugulí rojo empezó a hablar. Por sus gestos, parecía que intentaba convencerla de algo. También por sus gestos, ella no parecía creer lo que él le estaban diciendo. 

Así estuvieron un largo rato. Ambos repetían los mismos gestos, lo que daba a entender que también estaban diciendo las mismas palabras. Él se cansó de estar parado y se sentó al lado de ella. Luego trató de abrazarla, pero ella esquivó su brazo y se separó de él. 

La última vez que mi tío Roberto y Helemenia vinieron a darnos una vuelta, además de comentar que los macheteros millonarios estaban vendiendo los televisores que se habían ganado, hablaron de Basilia. Todo empezó porque una muchacha de Marsellán salió embarazada en la escuela al campo de Yaguaramas.

—Esas escuelas son el acabose —dijo mi tío Roberto—. Lo mismo aquí que en el campo socialista.

—Unjú —respondieron mis abuelos.

—A lo mejor la preñó un negro —agregó Roberto—. Mira a Basilia, que volvió de Alemania con un rusito adentro.

Mi abuelo soltó una carcajada y Atlántida, después de regañarlo con un manotazo, le preguntó de qué se reía.

—Es que me dio risa eso que dijo Roberto —dijo Aurelio todavía riéndose—, como si Basilia fuera una matrioska.

—Basilia es una criatura encantadora —dijo Helemenia lamentándose.

—¡Bah! —protestó Roberto.

—Sí, lo es —insistió Helemenia—. ¿No es verdad, Atlántida?

Antes de responder, mi abuela consultó la cara de mi abuelo. Pero al ver que él se mantenía imperturbable, se atrevió a decir que sí con la cabeza.

—¡Bah! —protestó otra vez Roberto.

—Ella era el mejor expediente de la escuela donde estaba estudiando en la República Democrática Alemana —dijo Helemenia.

—Podrá ser todo lo que tú quieras —dijo Roberto poniéndose colorado—, pero su novio la estaba esperando en el Paradero de Camarones para casarse y ella le pegó los tarros con un ruso.

—No, no —se apuró a decir Helemenia con tono misterioso—. Según me dijo alguien que no recuerdo ahora mismo quién fue, el padre de Guillermito es de La Habana. Lo que pasa es que es rubio como un americano… o como un soviético. 

—No me creo ese cuento —dijo Roberto poniéndose de pie y manoteando enloquecido—.  Seguro que fue con un ruso, con un ruso, coño, que esa gente no se baña, no usan desodorante y se comen esas latas de carne con una peste a cebo que no hay quien la aguante.

Mi abuela se puso de pie y dijo que iba a colar otro café. Mi abuelo le preguntó a Roberto cuándo creía que iba a llover. Pero Helemenia ya había sacado de sus cabales a mi tío, que siguió hablando horrores de los soviéticos y de todo el campo socialista. Al final, le mentó la madre a Leonid Brézhnev. 

Basilia también sacó de sus cabales al hombre del Yugulí rojo. Después de discutir muchísimo, él se puso de pie y manoteó enloquecido. Mientras se iba, no paraba de decirle cosas y de señalarla con el dedo. Se subió al carro y se alejó de un acelerón, envuelto en una nube de polvo.

Basilia hundió su cabeza entre las manos y estuvo así un largo rato. No la levantó ni siquiera a las 18:19, cuando pasó el coche motor Fiat hacia Sancti Spíritus. Como el Yugulí rojo, iban envuelto en una nube de polvo. No sé si lloró, pero parecía estar muy triste. Aun así, se veía linda, muy linda.

 

 

La Fiesta de la Luz

 

Cada 23 de febrero, un corneta de la banda municipal de Cruces se sube al techo del liceo y sopla lo más fuerte que puede. El toque de la diana mambisa saca al Paradero de Camarones de sus camas. Un día como hoy, en 1953, llegó la electricidad al pueblo. 

Todo empieza siempre con un discurso de Yuyo Serralvo, quien calcula los años que hace que se detuvo aquí el primer tren. Luego menciona una fecha exacta, 15 de diciembre de 1895, y señala un punto en el horizonte. La multitud se apartan para dejarle el camino libre el dedo índice de Yuyo.

—Por ahí pasó la caballería de Máximo Gómez y Antonio Maceo después de la batalla de Mal Tiempo —dice—. No olvidemos nunca que la historia acampó en el Paradero de Camarones esa noche, debajo de las matas de mangos de La Flora.

Después de un emotivo aplauso, Yuyo recuerda todos los años de oscuridad que vivió el pueblo hasta que el Patronato Pro Luz, presidido por Pedro Pis Prieto, trabajó sin descanso para que en cada casa hubiera al menos un bombillo encendido cuando cayera la noche.

Si con el segundo aplauso Yuyo se emociona demasiado, suele gritar “¡Urraaaaaa!”. Aurelio siempre ha dicho que Yuyo es de los comunistas de verdad, de los de antes, de los que lucharon contra Machado, y que si por él fuera en el Paradero de Camarones caería nieve como en Leningrado. 

Al finalizar el discurso comienza un desfile que encabezan los combatientes. La mayoría lleva una medalla en el pecho, pero hay algunos que tienen dos o tres y a Yuyo ya no le alcanza la camisa y se pone algunas en la gorra de miliciano. Al pasar frente al cine, le dan un aplauso a Chena.

Desde la ventana del proyeccionista, el mejor amigo de mi abuelo le devuelve el saludo a la multitud. El mismo día que llegó la luz al pueblo, Chena abrió por primera vez las puertas del cine Justo. Lo armó con las bustacas viejas del cine Luisa de Cienfuegos y con una pequeña pantalla en la que no cabían las películas en cinemascope.

Atlántida no olvida el momento en que la pantalla se alumbró y John Wayne se paró frente a todos. “¡A la gente le dolían las manos de tanto aplaudir!”, recuerda.

Como la mayoría de los canarios que habían venido del campo no sabían leer, muchos se fueron sin entender la película. 

—¡Vuelvan mañana! —Les repetía Chena—. ¡Les prometo que voy a resolver ese problema! 

Al día siguiente, John Wayne se presentó de nuevo. Lo aplaudieron otra vez, pero ya les resultaba un viejo conocido. Desde la última butaca, Chena leyó la película completa. Cuando la revolución le nacionalizó el cine, aceptó ser el taquillero por tal de no renunciar a su costumbre. 

Todavía hoy sigue leyendo las películas. Incluso las soviéticas, aunque la lengua se le enrede con los nombres. Este año, además de la carrera de caballos, el palo encebado y un juego de pelota, organizaron una competencia de baile. Joime, el hijo de Maño, imitó a Michael Jackson y cuando empezó a caminar para atrás la gente empezó a empujarse entre sí para poderlo ver bien. 

Un hombre de Marsellán le dio un codazo a Reimundito, el hijo de Marino Pérez, y después de discutir un rato se fueron para la línea a “resolver el problema”. Alguien gritó “¡broncaaa!” y el liceo se quedó casi vacío en cuestión de segundos. Todos siguieron a los dos hombres que se iban quitando las camisas.

En una esquina, cerca del escenario, estaban Basilia y el hombre del Yugulí rojo, quien participó en la Fiesta de la Luz en representación del Partido y las organizaciones de masas. Frente a ellos, en la otra esquina, estaba Gustavo el maestro. En las bocinas empezó a oírse “Qué será de ti”, de Roberto Carlos.

Justo en ese momento, el largo mechón de Basilia le cayó sobre la frente y ella echó la cabeza hacia atrás para quitárselo. Lo hizo en cámara lenta, como en las películas. Después miró hacia el techo, como hace la gente cuando una canción las pone muy triste pero no puede evitar tararearla.

El hombre del Yugulí rojo tomó del brazo a Basilia y le hizo una seña para que lo siguiera. El maestro Gustavo también estaba mirando para el techo y cuando bajó la cabeza ella ya no estaba del otro lado. Afuera, la multitud volvía de la línea, contaban cada detalle de la pelea entre el hombre de Marsellán y Reimundito.

Desde el portal de la escuela, Yuyo Serralvo seguía hablándole a la gente. Agobiado, trataba de que volviera el orden a la Fiesta de la Luz. Pero ya nadie le prestaba atención. Los que no estaban hablando de Joime y su imitación de Michael Jackson, comentaban la pelea. 

—Por ahí pasó la caballería de Máximo Gómez y Antonio Maceo después de la batalla de Mal Tiempo —repetía Yuyo—. No olvidemos nunca que la historia acampó en el Paradero de Camarones esa noche, debajo de las matas de mangos de La Flora.

En el bar Arelita, el hombre de Marsellán y Reimundito, con las camisas desechas y los ojos hinchados, se empinaron dos vasos de ron y se dieron un abrazo. Para celebrar que los contrincantes habían hecho las paces, la multitud empezó a dar aplausos y ovaciones. 

—¡Urraaaaaa! —Gritó Yuyo emocionado.


 

MARZO

 


Una mañana explosiva

 

Todas las mañanas del Paradero de Camarones son iguales. Como vivo en la estación de ferrocarril, donde hay relojes por todos lados, puedo asegurar que las cosas aquí suceden con una puntualidad asombrosa. Nada altera la programada rutina de los que habitamos este pueblo… 

Salvo que explote la olla de presión de Mercedita. A las 08:35, llegó el viajero de Mataguá a Cumanayagua. Su pequeña locomotora alemana (que los ferroviarios llaman pata de palo, porque a pesar de ser diésel lleva barras en las ruedas como las máquinas de vapor) se apagó cuando empezaba a retroceder.

Pero Carlos Peña, el maquinista, logró que arrancara y el tren se internó en el ramal a su hora. Ese pequeño incidente, lo supimos después, fue el aviso de que tendríamos una jornada particular, como se llama una película italiana que no pude ir a ver porque era para mayores de 16 años.

A las 09:11, pasó, también a su hora, el viajero de Sancti Spíritus a Cienfuegos. Ese no para aquí. Es un coche motor Fiat con su remolque que va envuelto en una nube de polvo. A pesar de la velocidad, uno alcanza a distinguir a los viajeros con la cara pegada al cristal de las ventanillas, tiritando de frío.

Hace tanto frío dentro de esos coches motores argentinos, que la gente les puso Colmillo Blanco, porque viajar en ellos es como andar por la helada Alaska. En el crucero de San Fernando, el 702 (ese es el número del tren en el Itinerario) estuvo a punto de chocar con un camión de caña. El camión era uno de esos Ford que también llegaron recientemente de Argentina.

—¡Por poco! —dijo Aurelio mientras hacía el gesto que él hace cuando alguien comete una imprudencia.

—¡Por poco! —repetí yo para estar a la altura de las circunstancias.

En ese momento tampoco lo advertimos, pero era el segundo aviso de que la mañana iba por mal camino. Lo que ocurrió de ahí en adelante, en las películas suele verse en cámara lenta. Mi abuelo estaba entrando al salón de espera y yo lanzaba una pelota hacia arriba.

Así debió oírse en La Habana la explosión del Maine. Todas las aves que estaban en los árboles levantaron el vuelo a la vez. Los perros empezaron a ladrar, los gallos a cantar y las gallinas a cacarear. Aurelio me apretó duro contra su enorme barriga y no pude atrapar la pelota, que cayó en el andén y rodó hasta la línea.

—¡Aldooooo! —gritó Atlántida desde la cocina.

—¡Está conmigo! —le respondió mi abuelo sin soltarme.

—¿Qué fue eso? —preguntó Atlántida, que ya había pasado de la casa a la oficina y corría hacia nosotros.

Todo el pueblo se concentró frente a casa de Mercedita. La olla de presión había abierto un boquete en el techo de la cocina y un cráter en el lugar del patio donde fue a caer. Después de hacerle un tilo y pedirle que no hiciera nada más en el resto del día, mi abuela y Barbarita se pusieron de acuerdo para compartir con ella el almuerzo que estaban haciendo.

Poco después llegó Talín, el esposo de Mercedita, en su camión. Como él suele volver después de las 17:00, la explosión de la olla de presión también alterará la programada rutina del pueblo en la tarde. Yuyo Serralvo, el hermano de Mercedita venía dándole patadas a todo lo que encontraba en su camino.

—¡Me cago en Dios, en la Virgen y en todos los Santos! —gritaba.

—Yuyo, por Dios —le suplicaba su hermana—, mira que la iglesia está ahí mismo.

—¡Bah! —respondió Yuyo dando un manotazo en el aire—. De milagro no se cayó con la explosión.

Los dos tenían razón. Mercedita, porque la iglesia del Paradero de Camarones está entre su casa y la del Chiqui. A veces, cuando nosotros estamos jugando, nos encaramamos en las ventanas y las abrimos para que entre luz y poder ver a los Santos. Yuyo, porque el viejo caserón está en peligro de derrumbe.

Hace unos días, mientras estaba jugando a las espadas, tropecé con Basilia en el puentecito de la iglesia. Atlántida me tiene prohibido que me acerque a la carretera, los puentecitos que las casas sobre la cuneta son mi límite. El Chiqui Willita y yo éramos los buenos. Ernesto, Javie y Carlos el de Pascualita los malos.

Aunque yo andaba con un antifaz del Zorro que me hizo mi abuela, nunca he podido a las espadas con Carlos el de Pascualita. Por eso, cuando ya estaba a punto de “matarme”, salí corriendo a pedirle ayuda al resto de los buenos. Fue entonces que tropecé con Basilia.

Ella venía de buscar el pan en la tienda y por poco se lo tumbo. Pero no se molestó, solo cerró los ojos, sonrió y me pasó la mano por la cabeza. Era la segunda vez que la mujer más linda del pueblo me pasaba la mano por la cabeza.  Mi única esperanza era que no me hubiera reconocido, porque mi abuela dice que ya estoy un poco grandecito para andar jugando a las espadas con un antifaz.

Cuento todo esto, porque Basilia acaba de llegar a casa de Mercedita. Le dijo a Talín que mandara a Juani o a José Luis a la granja Panamá, que allá ella tiene unas tejas que sobraron de algo para que reparen el techo. Aleida Piz, por su parte, le dijo a Mercedita que podía prestarle una olla de presión que no está usando.  

Atlántida se despidió y me hizo una señal para que la acompañara. Nos cruzamos en la puerta de la cocina con Basilia. Yo empecé a mirar para el boquete del techo, tratando de disimular. Antes, no pude evitar fijarme en su escote, en ese punto donde se acaban los dibujitos de la blusa y empieza su piel.

—Caramba —oí que dijo Basilia mientras yo seguía con la vista clavada en el boquete—, hasta el Zorro vino a preocuparse por Mercedita.

Cuando llegué a la casa, rompí la máscara y me juré a mí mismo que jamás jugaría a las espadas. La locomotora del tren de Cumanayagua se volvió a apagar en Ojo de Agua, pero esta vez Carlos Peña no logró que volviera a arrancar. En la tarde entró al ramal una locomotora para rescatarlos.

Eso hizo que por primera vez los dos trenes de Cumanayagua, el viajero de por la mañana y el mixto de por la tarde, coincidieran en los andenes de Camarones a las 15:57. Por primera vez, también, vi a tres patas de palo juntas: la 30815 (la que falló), la 30825 (la que entró sola) y la 30823 (la del mixto). 

Al oscurecer ya casi habíamos recuperado la normalidad. Cuando el tren de las 18:37 se detuvo en el andén, ahí estaba el Ruso, borracho, sin quitarle la vista de encima a la locomotora, como si los sonidos de esa mole soviética lo llevaran de regreso al frío de la taiga. 

—¡Eeey! —le dijo mi abuelo desde el andén, haciendo la señal que le da salida a los trenes.

—¡Eeey! —respondió el Ruso mientras se alejaba por la línea, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera mucho frío.

Solo faltaba que Felo López encendiera los faroles de los cambiavías y que la orquesta Aragón empezara a tocar en la radio. Como un faro, la luz de la cocina de Mercedita salía por el boquete del techo y alumbraba lo más alto de las matas de mango. Eso era lo único fuera de lo normal que seguía ocurriendo a esa hora.

 

 

Lérida

 

Las tardes de los viernes son distintas. De lunes a jueves, cuando llego de la escuela, me quedo jugando en el andén. Casi siempre solo. Bateando piedras de la línea o capturando naranjas agrias que lanzo lo más alto que puedo, como si fueran largos batazos al jardín central del nuevo estado de Cienfuegos.

Los viernes, en cambio, llego directo para el baño. Mi abuela ya me tiene preparado, en el taburete, la ropa que me voy a poner.  Mi camisa preferida, un pantalón de mezclilla que mi papá me consiguió en Manicaragua y los mocasines nuevos, esos que tienen una hebilla a los lados.

—¡Ya salió de Cienfuegos! —me dice Atlántida del otro lado de la puerta cuando son exactamente las 17:42—. ¡Apúrate, que ese tren viene volando!

Con la prisa, siempre me cae jabón en los ojos y me quedo ciego por un largo rato. Como consecuencia de eso, me acabo de bañar, me seco y me visto a tientas. Con el reloj despertador en la mano, mi abuela me va anunciando el paso del tren por cada estación.

A las 17:57, me grita “¡Candelaria!”. A las 18:07, “¡Palmira!”. A las 18:10, “¡Cherepa!”.  Y a las 18:14, cuando dice “¡Hormiguero!”, comienza una cuenta regresiva como las que hacen en Baikonur cuando van a lanzar una Soyuz al cosmos.

—¡Mira para eso! —exclama Atlántida mientras me empavesa en colonia— ¡Te abrochaste la camisa como Pototo!

—Es que me cayó jabón en los ojos…

—Vamos, rápido, péinate.

Pototo es un personaje del “tiempo de antes”. Cuando mis abuelos se ponen a recordar aquella época, mencionan a Pototo, Filomeno, Tres Patines, el Tremendo Juez, Nananina, Rudesindo Caldeiro y Escobiña… Ellos se ríen de solo mencionar los nombres y yo los imito sin saber qué les da tanta gracia.

Siempre que yo me salto un botón y la camisa me queda más larga de un lado que del otro, Atlántida me dice que me la abroché igual que Pototo. Varias veces le pregunté quién era, pero me respondía que esas eran cosas del “tiempo de antes” y un día me cansé y no averigüé más.

Mis abuelos le dicen “tiempo de antes” a la Cuba que va del 10 de diciembre de 1898 al 1 de enero de 1959. El periodo anterior a ese se llama el “tiempo de España”. El de más atrás, “cuando los indios”. Ellos también siguen llamando a muchas cosas por otros nombres.

Le dicen Brillantina al keroseno, jabón de Castilla al jabón de lavar, Ace al detergente en polvo, Kresto a la harina malteada, Hershey al chocolate en polvo y Quaker a la avena soviética. Aunque el refrigerador de la casa es marca Minsk y está hecho en la URSS, Atlántida insiste en llamarlo Frigidaire.

 

Cinco minutos después de que empezara la cuenta regresiva, el coche motor Fiat, que de sábado a jueves pasa envuelto en una nube de polvo, hace por una única vez en la semana una breve parada en el Paradero de Camarones. El maquinista se levanta y guarda su asiento para que la puerta quede libre.

Entonces se asoma ella. Se despide del maquinista y el conductor, mientras les da las gracias por hacer esa excepción. En cuanto se baja, me abrazo a su cuello. Ella, conmigo colgando, se separa del coche motor porque siempre sale a toda velocidad. En apenas unos segundos logra envolverse otra vez en la nube de polvo. 

Mi madre se llama Lérida y es la menor de las tres hijas hembras de Aurelio y Atlántida. Ella también es ferroviaria, trabaja en la estación de Cienfuegos y viene a vernos los fines de semana. Después de darme tantos besos que me llega a doler la cara, les pregunta a mis abuelos cómo me he portado.

Ellos siempre dicen que bien. Cuando no es cierto, Atlántida espera a que mi madre se distraiga para mirarme seria, echándome en cara que ha mentido para no estropear el momento. Por eso, cuando mi madre me vuelve a besar, me da las gracias por portarme bien y saca los regalos, el cargo de conciencia no me deja disfrutarlos.

El momento más emocionante de la llegada de mi madre, además de esos segundos en que se baja del coche motor, es cuando saca los regalos. Esta vez le trajo a mi abuelo un libro que tiene dos tomos. Se llama Crónicas de la guerra y fue escrito por José Miró Argenter, un español que peleó junto a Maceo.

—Este hombre pasó por ahí —dijo Aurelio señalando la ventana de la cocina.

Cuando Aurelio señala a la ventana de la cocina y dice “por ahí”, en realidad no se refiere a ella, ni al andén que está del otro lado, ni siquiera a la línea que une a la línea de Cienfuegos con el ramal Cumanayagua. Ese “por ahí” está mucho más lejos y se refiere a la colonia de su padre, Claudio Yero.

El 15 de diciembre de 1895, después de la batalla de Mal Tiempo, las tropas de Máximo Gómez y Antonio Maceo atravesaron por la colonia de mi bisabuelo. Claudio Yero y María Alonso, la madre de Aurelio, los vieron pasar. Entre ellos iba José Miró Argenter, el autor del libro.

—¡La nave entró en alta mar! —gritó Aurelio y todos nos asustamos. Pero él señaló una página, queriéndonos decir que acababa de leer esa frase ahí.

Lérida también trajo una bata de casa para mi abuela y un aparatico soviético para mí. Se llama Anackon 2 y viene con diez diapositivas. Si uno pone una diapositiva en el aparatico y mira a la luz, ve la imagen como si estuviera proyectada en la pantalla del cine Justo.

Cuando mi madre viene, mi abuela se esmera y hace una comida especial. Esta vez hizo arroz con pollo, platanitos maduros fritos y tocinillo del cielo, que es el postre preferido de mi madre. Atlántida solo hace tocinillo del cielo cuando viene Lérida, porque lleva doce yemas de huevos y mucha azúcar blanca. 

Los fines de semana duermo con Lérida. Ella me hace cuentos de su trabajo en la estación de Cienfuegos, donde todos los días salen cuatro trenes para La Habana. Uno es el lechero, que va parando en todos los pueblos y se demora un día entero en llegar. Los otros tres son coche motores Fiat, iguales al que solo para en el Paradero de Camarones cuando ella viene.

El sábado, mis abuelos y mi madre estuvieron hablando que el viejo televisor Westinghouse ya no tiene arreglo y que los macheteros destacados estaban vendiendo el derecho a un televisor que se habían ganado. Los lunes, cuando abro los ojos, ya Lérida no está en la cama. 

Ella se va en la madrugada. Se levanta con mucho cuidado para que yo no me despierte. Mientras ella está trabajando en Cienfuegos, los coche motores Fiat jamás paran, pasan volando y envueltos en una nube de polvo. 

Así es hasta los viernes a las 18:14, cuando Atlántida dice “¡Hormiguero!” y comienza una cuenta regresiva como las que hacen en Baikonur cada vez que van a lanzar una Soyuz al espacio.

 

 

Anackon 2

 

Tengo el ojo izquierdo cerrado. Solo así puedo ver, con el derecho, por el pequeño agujero del Anackon 2. Estoy sentado en la escalera que baja del comedor al patio, mirando en dirección al potrero de mi abuelo. Pero lo que tengo delante de mí son paisajes de la Unión Soviética. 

Trato de concentrarme y de no escuchar nada para imaginarme a más de nueve mil kilómetros del Paradero de Camarones. Oigo la voz de Atlántida, creo que me está diciendo que ya son las 11:30, que tengo que bañarme y almorzar. No, no puede ser, la voz de mi abuela no puede llegar tan lejos.

Por una ancha calle de Moscú camina un grupo de muchachas que se visten como Basilia y llevan pañuelos en la cabeza como ella. Todas sonríen. Parece que estudian en la universidad, porque tienen libros en las manos. Conversan entre ellas. Salvo una, que mira a la cámara con los brazos abiertos.

Dentro de un bosque, en la taiga, una mujer sonríe. Detrás de ella hay muchos árboles. En la diapositiva dice que son abedules. La mujer está vestida con ropa típica. El vestido que lleva se llama sarafán y le cubre casi todo el cuerpo. Lo de la cabeza es más difícil de pronunciar: kokóshnik. 

Una aeromoza baja por la escalerilla de un avión de Aeroflot. Es rubia y sonríe con un enorme ramo de flores entre las manos. En la diapositiva dice que en la Unión Soviética las aeromozas son consideradas verdaderas heroínas y embajadoras del socialismo por el mundo. 

En un campo sembrado de trigo, una muchacha camina en dirección a una enorme cosechadora. Mira hacia atrás para sonreír. Con un brazo en alto, sujeta un largo mechón de su pelo negro. Desde la máquina, otra mujer dice adiós. Para poder contener la risa, se muerde los labios.

Valentina Vladímirovna Tereshkova, la primera mujer en ir al espacio, también sonríe dentro de su traje de cosmonauta. Antes de viajar sola en la cápsula Vostok 6 y darle 48 vueltas a la Tierra durante tres días, ella trabajaba en una fábrica textil. Ahora es héroe de URSS y de la Revolución de Octubre.

Una trapecista va por el aire, de cabeza y sin perder la sonrisa. Sus dos trenzas rubias apuntan al público. Aunque las cabezas se ven pequeñitas, se alcanzan a distinguir las bocas abiertas. Se ha soltado de su barra y va en dirección a las manos de otro trapecista que, colgado por los pies, se mece en otro columpio. 

En una hidroeléctrica junto al río Volga, un soldado moja con una manguera a cinco obreras. Ellas se ríen mientras el agua les da en la espalda y en los cascos que llevan en la cabeza. A una parece que le cayó agua en un ojo, otra se sujeta el casco para que no se le caiga. Las otras tres están en el aire, en medio de un salto.

Una rubia, que parece una modelo, está sentada encima de un Moskvitch 408. Con ese carro la fábrica alcanzó la meta de producir un millón de unidades. En el fondo se ve el edificio de la Universidad Estatal de Moscú. No sale nadie más en la diapositiva. Solo el Moskvitch, la Universidad y la rubia que sonríe.

Sobre una piedra enorme, con el mar Negro a su espalda, una muchacha en bikini dice adiós. Es trigueña, como Basilia, pero logra dejar los ojos abiertos cuando sonríe. El mar Negro se ve azul y la muchacha del bikini, a pesar de que también sonríe, se le ve una rara tristeza en los ojos.

Aunque trato de mantener la concentración y de no escuchar lo que sucede en el Paradero de Camarones, volví a oír la voz de mi abuela. Dice que ya oyó pitar al mixto de Cumanayagua, que son casi las 12:00, que yo todavía no me he bañado y que me va a matar si llego tarde a la escuela.

Maya Plisétskaya, Artista del Pueblo de la URSS y Premio Lenin, interpreta a Odette en El lago de los cisnes. De verdad parece un cisne, con los brazos hacia atrás, como si fueran alas, y la cabeza hacia delante, como si la fuera a hundir en el agua. Ella es la única en las diez diapositivas que no sonríe.

—¡Alditooooo! —El grito de Atlántida viajó más de nueve mil kilómetros y retumbó dentro del Teatro Bolshói— ¡Ya el mixto de Cumanayagua está ahí y tú todavía no te has bañado!

Camino de la escuela, cerré el ojo izquierdo y lo fui mirando todo por un pequeño agujero dentro de mi puño cerrado. Primero me crucé con un grupo de mujeres que volvía de trabajar en la granja Panamá. Todas se veían cansadas y estaban muy serias. 

Carmen, la esposa de Felo López, va hablando sola. Dice que no encuentra el nido de la gallina jamaiquina. Me miró muy seria y siguió peleando con ella misma. Dolores Herrera, que vive con todos sus hermanos en la entrada de la carreterita, también me miró muy serie.

—Muchacho, deja la bobería y apúrate —me gritó—, que si llegas tarde tu abuela te mata.

Cuando me paré en la fila de los varones, todas las hembras de mi aula sonreían. Parecían estar en la Unión Soviética. Marita, Miriam, María Isabel, Aymée, Gladys, Martha… hasta Hilda María se estaba riendo. Les hacía gracia que yo anduviera con un ojo cerrado y mirara todo por un pequeño agujero.

Entre las madres estaba Basilia. Igual que la muchacha del mar Negro, se le veía una rara tristeza en los ojos. Pero ella no miraba a la cámara sino al piso, como el cisne que está a punto de hundir la cabeza en el agua.

 

 

El castillo de los Cárpatos

 

El castillo de los Cárpatos está a poco más de un kilómetro. Se ve desde el andén. Es el antiguo cruzamiento de la vía estrecha del cetral Hormiguero. Un caserón de ladrillos con un alto balcón desde el que se podían controlar ambas líneas, la que aún existe y la que fue desmantelada hace años. 

Allí vivió el operador del cruzamiento con su familia. Algunas tripulaciones, sobre todo de los trenes de carga que pasan en la noche, dicen haber visto luces extrañas. A Aurelio eso le parece muy raro, porque ni siquiera tiene electricidad. El maquinista de un tolvero asegura que vio a dos personas en el balcón. 

Esa es la razón por la que mi abuelo le puso el nombre de la novela de Julio Verne y ahora le llama Transilvania a ese extremo del pueblo. Aurelio le pone sobrenombre a todo. A una familia que vive en una casa a punto de derrumbarse y que todos comen a la vez en los calderos, los llamó los Lester. 

Ese es el apellido de los protagonistas de El camino del tabaco, una novela de Erskine Caldwell que a él le gustó mucho. “¡Ahí van los Lester!”, dice cuando los ve pasar por el andén, comiendo mangos verdes y exhaustos, como si regresaran de un largo viaje y no de la represa de Ciprián, donde se van a bañar cuando el pozo de su casa se seca.

A una mujer, que tropezó mientras cruzaba la línea y calló delante de una locomotora que estaba a punto de ponerse en marcha, le puso Skippy, como el canguro de las aventuras. Atlántida se molestó mucho con él, porque no pudo contener el ataque de risa delante de la pobre señora, que no paró de dar saltos hasta que cayó en la zanja del patio de Mercedita.

A una de sus vacas le puso Discordia. Fue un regalo de su querido amigo Oscar Núñez, quien se la trajo cuando todavía era una añoja. “Es holstein pura —le advirtió—. Vas a poder hacer un queso todos los días”. Pero a la mañana siguiente vino Rafe, el esposo de Yara, la hija de Oscar, a buscarla.

“Yo quería quedarme con ella —comentó apenado—, porque es holstein pura”. Mi abuelo no dijo ni media palabra. Fue al potrero, la enlazó y le puso la soga en la mano a Rafe. Esa misma tarde volvió Oscar Núñez con la añoja y un mal humor tremendo. “Estos comunistas se creen que se lo pueden coger todo”, dijo antes de pasarse dos horas quejándose de su yerno.

Discordia, en efecto, da un cubo número 10 de leche todos los días y ahora es la vaca preferida de Aurelio. Por las tardes tengo que darle sal para que beba mucha agua. A ella le encanta. Me envuelve la mano con su lengua, que es una larga lija caliente, luego se saborea y se va para la tina a saciar la sed que le da la sal.

Mi abuela y yo hemos tenido que aprendernos todos los sobrenombres que pone Aurelio. Es la única manera de saber de quién está hablando. Ella dice que un día se va a equivocar y le va a decir Skippy a la pobre mujer que tropezó delante de la locomotora o Lester a uno de los que pasan comiendo mangos verdes. 

Respecto a la casa del cruzamiento, sin embargo, se ha hecho cómplice. Ayer los sorprendí hablando de Transilvania. Según Aurelio, una tripulación de Sagua llegó a decirle que había visto a una mujer desnuda en el balcón y a un hombre que trataba de cubrirla con su camisa. 

—Creo tener una idea de quiénes son La Stilla y el barón de Gortz —afirmó. Se refería a los protagonistas de El castillo de los Cárpatos, la novela de Julio Verne que nos trajo Lérida cuando acabamos Los hijos del capitán Grant

—Esa muchacha no escarmienta —le respondió mi abuela con una mueca de complicidad. Atlántida nunca se ha leído un libro, pero Aurelio se los va contando mientras los lee y por eso ella siempre entiende lo que él quiere decir.

En la novela, un pastor llamado Frik se compra unos anteojos y gracias a eso descubre que del castillo sale humo. Es imposible conseguir un catalejo en el Paradero de Camarones. Pero eso no me impedirá vigilar al cruzamiento de la vía estrecha. Tarde o temprano voy a descubrir el misterio. 

Yo también creo tener una idea de quiénes son La Stilla y el barón de Gortz.

 

 

El olor del mar y una claridad muy grande

 

Ayer fue miércoles y no fui a la escuela, tuve un turno con el especialista en Cienfuegos. Desde muy pequeño padezco de la garganta y me dan unas fiebres altísimas. La doctora del policlínico de San Fernando me mandó unas inyecciones de gammaglobulina, pero no resultaron.

Con Marita, la hermana de Rafelito el esposo de mi tía Cary, que es jefa de enfermeras en el hospital de Cienfuegos, me consiguieron el turno con el especialista. Nos fuimos en el 3702, el tren que pasa a las 10:27 y llega a Cienfuegos a las 11:17.

Atlántida estaba nerviosa porque el turno era a las 11:30. Si el tren solo se atrasaba unos minutos, podíamos perderlo. Yo le dije que no se preocupara, que iba a caminar rápido cuando nos bajáramos en el crucero de Manacas. Entonces me enteré que el problema no era yo sino Aurelio, que también va.

Nada le cuesta más trabajo a mi abuelo que salir del Paradero de Camarones. Cada vez que los trenes pasan uno de los cruceros que hay al final del pueblo en cualquier dirección, pone la cara que puso Yuri Gagarin cuando dijo “¡Vámonos!” y su cohete salió disparado para el cosmos.

—¿Papá también va? —Pregunté para asegurarme de que había oído bien.

—Sí, el viejo también va —dijo Atlántida con una sonrisa que me llamó la atención.

Cuando el 3702 salió de Cruces, Aurelio empezó a cerrar la estación. Después de poner el candado, fue hasta la punta del andén y buscó a sus vacas en el potrero. Con la vista, se fue despidiendo de ellas. Luego hizo lo mismo con los terneros, que se quedaron encerrados en el cuartón de ordeñar.

Toda la tripulación del tren fue hasta nuestro asiento a saludar a mi abuelo. Le decían Yero y lo trataban con mucho respeto. El conductor era José María, que es hermano de Carmen la esposa de Felo López. El guardafrenos era Pablo Ortíz, el Caballero del Carril, un negro enorme que siempre anda con el uniforme almidonado y camina tieso como Barbarito Diez.

En el enlace del ramal Cienfuegos Carga, que es donde trabaja Lérida, la locomotora dejó al tren solo, dio la vuelta por el triángulo y lo enganchó por la cola. Luego retrocedió hasta el crucero de Manacas. Aurelio me fue explicando la operación, paso a paso.

Al pasar también los coches por el triángulo, los asientos ya quedaban de frente para el próximo viaje a Santa Clara. El tren, sin embargo, seguía con la locomotora delante. Esa medida de seguridad era obligatoria en el tramo hasta la estación de Viajeros, donde hay varios cruceros muy peligrosos. 

—¡Apuren el paso! —Nos dijo Atlántida cuando nos bajamos en Manacas.

Una cuadra después llegamos a la Calzada, la calle más ancha que he visto en mi vida. Traté de disfrutarla, pero Atlántida me hizo un gesto amenazante con la cabeza para que me apurara. Llegamos a tiempo. Lérida nos esperaba. Después de darme besos hasta que me dolió la cara, miró a mis abuelos con una sonrisa.

—¿Le dijeron? —Les preguntó.

—No, díselo tú —respondieron ellos a coro.

—Esta noche tu abuelo y tu tío Rafelito te tienen una sorpresa —me dijo Lérida con una sonrisa que también me llamó la atención.

No me quisieron adelantar nada más. Mientras esperábamos por el médico, mi abuelo me preguntó los nombres de los peloteros de Las Villas, posición por posición. El domingo empezó la Serie. Le batearon muchísimo a Camagüey en el primer juego. Entre Muñoz, Cheíto, Olivera y Gourriel dieron 12 hits.

Por la tarde, mi madre me llevó a la librería y me dijo que escogiera un libro. Me costó mucho trabajo decidir y al final me compró tres: Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla misteriosa y Los hijos del capitán Grant. Todos son de Julio Verne y hay que leerlos uno detrás del otro.

De pronto pensé que esa podía ser la sorpresa. Pero aún era de día y con nosotros no estaban ni Rafelito ni mi abuelo. Por fin se hizo de noche. Atlántida me puso un abrigo y le advirtió a mi abuelo que por nada del mundo me podía mojar. Caminamos por una calle que se llama La Mar. 

La calle tiene una línea de ferrocarril en el centro. Frente a unos almacenes hay varios vagones vacíos. Del otro lado está la bahía. Todo estaba oscuro, solo se escuchaba el sonido del agua golpeando contra el muro. En el aire hay un olor fuerte. Es tan fuerte que me arde la nariz.

Aurelio me dijo que ese era el olor del salitre. Una claridad muy grande se veía a lo lejos. Le pregunté a Rafelito y a mi abuelo qué era, pero ellos solo se miraron y sonrieron. En la medida que nos fuimos acercando, se empezó a oír una gran algarabía. 

Subimos unas escaleras, pasamos por un túnel y de pronto, delante de mí, en colores, tenía algo que siempre había visto en blanco y negro. Primero me quedé paralizado, tratando de coincidieran las medidas que yo me imaginaba con las de la realidad. Luego abracé a mi abuelo por la cintura.

—Mira, mira —me dijo Aurelio señalando un punto dentro de aquella extensión verde—, ese que está allí, el que acaba de tirar a segunda, mira, mira, ese es Cheíto.

Cheíto es Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón, mi pelotero preferido. Él y Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, son los dos mejores bateadores de Las Villas y de Cuba. Los peloteros de Matanzas usan un uniforme rojo y llevan sus nombres en la espalda. El pitcher se llama Dagoberto Rodríguez.

En el tercer inning le tiró una recta a Cheíto por el mismo centro del home. La bola se elevó tanto que se me perdió entre las luces. Es muy extraño ver un jonrón de Cheíto sin la voz de los narradores, solo con los gritos y los aplausos. En el octavo inning Muñoz dio un jonrón por encima del techo del estadio.

Cuando llegó a home, Cheíto le hizo un gesto, como pidiéndole que no se fuera, que lo esperara. Al primer lanzamiento de Jesús Bello, la pelota se volvió a elevar hasta perderse en las luces. Las manos me dolían de tanto aplaudir y estaba tan ronco que ya no podía decir nada.

—No olvides nunca este día —me dijo Aurelio cuando volvíamos por la calle La Mar—. 8 de marzo de 1978, la primera vez que fuiste a un estadio. 

Aunque vi dos jonrones de Cheíto y uno de Muñoz, no logré recuperarme de la primera impresión, de ese momento en que salimos del túnel y lo vi todo en colores. El rojo del uniforme de Matanzas, las mangas anaranjadas de Las Villas, el verde intenso de la hierba…

El olor fuerte del salitre. Tampoco voy a olvidar el olor del mar, mientras lo escuchaba chocar contra el muro y una claridad muy grande se veía a lo lejos.

 

 

Nellina

 

Atlántida dio un grito. Sentí mucho miedo, nunca la había oído gritar así. Muy temprano vino Yuyo Serralvo y llamó a mi abuelo. Aurelio salió al andén. Los vi por el postigo de mi cuarto. No oí nada, porque Yuyo se puso la mano en la boca, como si estuviera diciendo un secreto. Aurelio entró en la casa cabizbajo. 

—¿Qué pasó? —Preguntó Atlántida—. ¿Qué pasó, viejo?

Mi abuela vivió toda su infancia entre lomas, en una casa hecha de troncos. Estaba muy cerca del pico San Juan, la montaña más alta del Escambray. Su padre, José Mosteiro, era un gallego que nunca se quitaba las polainas. Su madre, María Góngora, era una asturiana que jamás se daba por vencida. 

Aurelio dice que Atlántida es idéntica a ellos, por eso es tan porfiada. “No olvides que es hija de un gallego con una asturiana”, me repite cuando ella se empecina en algo y no cambia de opinión por más razones que le demos. Cada vez que eso sucede, mi abuelo hace el cuento de la fuente irrompible.

José Mosteiro se dedicaba al cultivo del café. Toda su cosecha se la compraban los hermanos Gaviña, unos vascos que vivían más abajo y tenían una enorme despulpadora. María se ocupaba de la casa y de sus hijos. Herminia y Zoila ya se habían casado; pero Jesús, Ofelia, Atlántida y Adalio todavía eran pequeños.

A veces he sorprendido a mi abuela oliendo, con los ojos cerrados, la latica donde guarda el pimentón. Ella dice que ese olor le recuerda su casa en las lomas. El sueño de José era llegar a tener su propia despulpadora, como los Gaviña. Trabajaba desde que aclaraba hasta que ya no se veía las manos.

Todo iba bien hasta que María volvió a salir embarazada y murió del parto. José se quitó las polainas y se tiró en una columbina. Jesús se hizo cargo del café. Ofelia se fue para La Habana con Zoila. Atlántida se ocupó de la casa, de Adalio y de Nellina, la recién nacida. 

Meses después, José se volvió a poner las polainas, fue a Cienfuegos y se casó con una gallega que acababa de llegar de Vigo. A Adalio se lo llevaron unos parientes e Trinidad. Atlántida se fue a vivir con Herminia, que había enviudado de Gallart y se había casado con Donato, el hijo de un famoso arquitecto. 

Lo único que se llevó consigo fue el deje, ese acento, mitad gallego mitad asturiano, que todavía no se le quita. Ella y Nellina mantuvieron un vínculo irrompible. Más que hermanas, se querían como madre e hija. Siempre que se encontraban, se abrazaban llorando y así estaban un buen rato.

Nellina no solo dejó el Escambray, también se fue del campo. En La Habana se casó con un cirujano y vivía en un apartamento enorme, con vistas al mar y al faro del Morro, la fortaleza que tomaron los ingleses en 1762. Una vez al año, Nellina se pasaba una semana en casa de mis abuelos, fuera donde fuera.

Como mis abuelos vivieron en las estaciones de San Fernando, San Andrés y San Juan de los Yeras, me sé cuentos de Nellina en cada una de ellas. El de la fuente irrompible fue en San Fernando. Ella siempre venía con una maleta llena de regalos y de cosas que solo había en La Habana.

Cuando sacó la fuente irrompible, toda la familia la rodeó con cara de asombro. Entre ella y Atlántida, muertas de la risa, la levantaron lo más alto que pudieron y la tiraron contra el suelo. La fuente quedó intacta. Lérida, Titita y Lucy (la hija mayor de tía Cary) aplaudieron.

Aurelio les pidió que no lo volvieran a hacer, que acabaría rompiéndose. Eso puso de mal humor a Nellina, que acababa de demostrar que era irrompible. Esta vez se subieron en dos taburetes y volvieron a levantar los brazos lo más alto que pudieron. Lérida, Titita y Lucy aplaudieron. Aurelio dijo que estaban locas.

Eso enfureció a Nellina, que también es hija de un gallego con una asturiana. Se fue al andén, con toda la familia detrás y se subió en al poste del semáforo que controla el cruzamiento del ramal Cumanayagua con la vía estrecha del central Hormiguero. Desde lo más alto tiró la fuente.

Nellina se puso pálida y no sabía cómo bajarse. Atlántida reunió los pedazos enternecida en llanto. Así estaba ahora. Cuando entré a la cocina me abrazó y lloró aún más. Un rato después por fin pudo hablar, le preguntó a mi abuelo a qué hora salía el Budd de Cienfuegos para La Habana.

—A ustedes les da tiempo a irse en el 50, que sale a las 15:38 y llega a La Habana a las 22:15 —respondió Aurelio—. Acabo de hablar con Lérida, me dice que irían directo de la estación de Tulipán para la funeraria.

A Nellina le había dado un infarto fulminante y mi abuela no paraba de llorar. En los momentos en que lograba calmarse, solo repetía que era una niña. Eso hizo que mi abuelo se pusiera a sacar cuentas. Así supe que nació en 1923, cuando Atlántida tenía 9 años, y que había muerto de 55.

Por primera vez mi abuelo y yo nos quedamos solos. Al salir de la escuela me pareció ir hacia un lugar en el que yo nunca había estado. La casa sin Atlántida resultó ser desconocida para mí. La cocina estaba desolada, como La Habana cuando la tomaron los ingleses.

Aurelio y yo esperamos el tren de caña para darle de comer a las vacas, llenamos la tina donde ellas beben agua, trancamos a los terneros en el cuartón de ordeñar, nos bañamos, nos pusimos las camisas de corduroy y nos sentamos a leer en el andén. Hicimos todo eso sin decirnos ni una palabra.

Camino de mi cuarto, para irme a dormir, vi el suéter azul pálido de Atlántida. Lo olí con los ojos cerrados, como ella huele la latica donde guarda el pimentón. Mi mundo fue irrompible hasta hoy, en que Yuyo Serralvo llegó al andén, le dijo algo al oído a mi abuelo y lo hizo pedazos. 

 

 

El piano de Lucy

 

Mi abuelo y yo hicimos un viaje a Cumanayagua. Fuimos y volvimos en el mixto, un tren que presta servicios de viajeros y de carga en tres ramales. Atlántida le pidió a Aurelio que acompañáramos al piano de Lucy para que no le pasara nada, no quería que le dieran ni un rayoncito.

Los pasajeros del mixto sacaron la cabeza por las ventanillas para ver cómo subían al piano en la casilla del expreso. Hasta Carlos Peña, el maquinista, y Hugo Vázquez, el fogonero, tuvieron que bajarse de la locomotora para ayudar a cargarlo. León, el encargado del expreso, se machucó un pie.

Nellina sabía que estaba muy enferma y había hecho un testamento. Le dejó todo a mi abuela. Por el expreso de ferrocarril vienen los muebles. Atlántida trajo las joyas, una caja de madera con una vajilla de porcelana y un neceser lleno de fotografías, postales y mapas.

Todo eso lo sé por Aurelio, porque Atlántida apenas habla y llora por todo. A cada rato la encuentro mirando fotografías de Nellina. No sé cómo las ve, porque siempre tiene los espejuelos empañados. Cuando estaba fregando la vajilla para guardarla, tuvo que sentarse a coger fresco porque el llanto la estaba ahogando.

Cuando lleguen los muebles de Nellina, no quedará espacio para el piano. Por eso mi abuela decidió enviárselo a su dueña. Mi prima Lucy, como yo, fue criada por Aurelio y Atlántida. Vivió con ellos hasta que se casó y se fue a vivir a Manicaragua. El piano se lo compraron cuando era niña.

Nunca antes había viajado en una casilla de expreso. Lleva las puertas abiertas y el paisaje se ve grande, como si estuviera proyectado en la pantalla de un cine. Al pasar frente al caboose abandonado donde vive El Ruso, León le preguntó a mi abuelo quién era ese hombre con cara de loco. 

Aurelio se encogió de hombros y miró por la otra puerta, donde se veía su potrero. León siguió hablando de El Ruso. Dijo que podía ser un hombre peligroso, pero Aurelio miraba a sus vacas o a la estación. A esa distancia se veía tan grande, que me pareció increíble que ahí solo viviéramos tres personas.

—Ese es uno de los últimos caboose de madera —insistió León. 

—Fue un crimen darle de baja —dijo Aurelio.

—Sí, ese caboose hubiera podido seguir dando rueda muchísimos años más —dijo León. 

Escuché esa misma conversación entre Figueroa, el inspector de Operaciones, y mi abuelo. La imagen del caboose, hundido en la hierba, me recordó a Veinte mil leguas de viaje submarino, la novela de Julio Verne que estoy leyendo, y al Nautilus, “el objeto largo, fusiforme, fosforescente en ocasiones, infinitamente más grande y más rápido que una ballena”.

Por la misma puerta donde hace un momento se veía el potrero de Aurelio y la estación, ahora se ve la granja Panamá. Ahí adentro debe de estar Basilia, con su pañuelo de rosas búlgaras, dando órdenes y, aunque eso ya casi nunca lo hace, cerrando los ojos para sonreír.

La locomotora, la 30815, una alemana que los ferroviarios llaman Pata de Palo, porque tiene barras entre las ruedas como las máquinas de vapor, empezó a patinar. Aurelio me dijo que habíamos llegado a la subida de Pedro Piz y me señaló a lo lejos, donde estaba la colonia de Claudio Yero, su padre.

A partir de ahí vimos cañaverales por las dos puertas. El tren paró para dejar y recoger pasajeros en Cabrera y Maleza, dos apeaderos. Luego pasamos por el puente sobre el río Caunao. Tengo una foto de Lérida y mi tía Titita allá abajo, sobre unas piedras. Mi madre saca la lengua.

El 3709, que es el número del mixto, llegó a San Fernando a su hora, las 16:31. Cuando pasamos por el cruzamiento, vi un tren de caña del central Espartaco que se alejaba en dirección a Manaquitas. Me asomé por la puerta del expreso y Aurelio me dijo que me sujetara bien.

Ahí estaba el poste del semáforo donde se subió Nellina con la fuente irrompible. En la casa de la estación de San Fernando ahora vive Hugo Lois, un gran amigo de mi abuelo. Todos los ferroviarios se saludan de la misma manera cuando uno de ellos va a bordo de un tren y el otro está parado en un andén. Dicen sus nombres como si tuvieran eco.

—Yerooooo —Dijo Hugo Lois.

—Hugooooo —Dijo mi abuelo.

—¿Vas a Cumanayagua? —Preguntó Hugo ya sin eco.

—Sí, a llevarle el piano a mi nieta porque ya no nos cabe en la casa —respondió mi abuelo.

Después vinieron los apeaderos de Caraballoso y Breña. A las 16:52 paramos en Ojo de Agua. Un hombre sin piernas, en un carretón tirado por dos caballos, levantó el brazo para saludar. León, mi abuelo y yo hicimos lo mismo. Ellos dijeron “Eeeyyy”, a mí no me salió ningún sonido. 

Luego, cuando el tren ya se había puesto en marcha, vimos a un hombre con una enorme barba, el pelo larguísimo y descalzo. Iba vestido de blanco y montaba un enorme buey. Él también levantó el brazo para saludar. León mi abuelo y yo hicimos lo mismo.

—Ese es Bartolo —dijo León al ver mi cara de asombro—. Hizo una promesa y nunca más se ha pelado ni afeitado, tampoco se pone zapatos.

Antes de pasar el puente del Guajiro, mi abuelo me llevó hasta el mismo borde de la puerta y me sujetó bien. Quería que disfrutara de aquella enorme armazón de hierro y que viera bien al río Arimao, el más caudaloso de la zona. Cuando se acabó el puente, me llevó hasta la otra puerta y señaló a lo lejos.

Ahí estaban las montañas del Escambray, el lugar que tanto extraña Atlántida. Para bajar el piano se necesitó la misma cantidad de hombres. León, constantemente, los advertía de que tuvieran cuidado no se machucaran un pie. Mi abuelo tuvo una larga conversación con Armando Hernández, el jefe de estación de Cumanayagua. Yo, entre ellos dos, oía.

El 3715, que es el número del mixto en su viaje de regreso, salió a su hora, a las 18:15. En cuanto se hizo de noche, me quedé dormido. Aurelio me despertó cuando estábamos frente al potrero. A lo lejos, se veía el resplandor de las bombillas de 100 watts del andén. 

Atlántida y el olor de su suéter azul pálido nos esperaban. Las luces amarillas que se veían a través de las ventanas y los postigos era nuestro mundo. Sentí la misma felicidad que el capitán Nemo cuando regresó al Nautilus, después de la caminata con el profesor Pierre Aronnax por el bosque submarino de la isla de Crespo.

 

 

Lápiz de tinta

 

En cuanto el sol cae detrás de las matas del patio de Barbarita, mi abuelo saca dos sillones para el andén. Eso quiere decir que ha llegado la hora de sentarnos a leer. Él sigue con Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter, y yo ya voy por el segundo tomo de Veinte mil leguas de viaje submarino.

Aurelio lee con un lápiz de tinta en la mano. Esos lápices ya no aparecen en ninguna parte, pero a mi abuelo todavía le quedan muchísimos en la vitrina del cuarto de expreso. Los tiene desde el “tiempo de antes”, cuando su uso era obligatorio en los Ferrocarriles Unidos.

Todos los libros de Aurelio están llenos de subrayados con lápiz de tinta. Yo sé cuando él va a marcar algo porque antes de hacerlo lo lee en voz alta. En Crónicas de la guerra subraya constantemente. Resalta personajes, fechas, combates, campamentos… Repite lentamente, mientras la afilada punta va pasando por debajo de las palabras. 

—El fuego de los españoles era tan nutrido —leyó exaltado— que a un solo caballo le tocaron 16 balazos. 

Yo, que andaba caminando por el fondo del Atlántico con el profesor Aronnax y el Capitán Nemo, tuve que hacer un alto para no confundirme. Él aprovechó mi pausa para decirme que Miró Argenter era un gran observador y que, como era catalán, se asombraba de cosas que a los cubanos no le llamaban la atención.

—Mira cómo describe la zona de Manicaragua —me dijo—. Esto que te voy a leer fue el 11 de diciembre, cuatro días antes de que los trenes pasaran por aquí dando pitazos de alarma, “anunciando al mundo pacífico el desastre de Mal Tiempo”.

También hace eso, repite oraciones enteras de los libros cada vez que habla de ellos. Hay que estar atento, porque nunca avisa, y entonces uno se pierde el gesto con el que abre y cierra las comillas en el aire. Aurelio a veces solo subraya palabras. Eso lo descubrí cuando estaba leyendo El recurso del método.

—¡Arcajeta! —Gritó muerto de la risa y pasó la punta afilada.

A Aurelio le gustan mucho los libros de Alejo Carpentier. Lo tiene llenos de palabras subrayadas. Pero ninguna le gustó más que “arcajeta”. Se pasó varias semanas con esa palabra en la punta de la lengua. Sin ton ni son, en el momento menos pensado, se moría de la risa y la soltaba.

—¡Arcajeta! —Gritaba, sin que Atlántida y yo lográramos saber lo que quería decir. 

Ya había vuelto a sumergirme hasta “una espesura de árboles muertos, sin hojas, sin savia, árboles mineralizados por la acción de agua”, cuando descubrí que El Ruso se acercaba. Lo hacía con tanta torpeza, que parecía andar también por el fondo del océano.

—¡Eeey! —Le dijo mi abuelo haciendo la señal que le da salida a los trenes.

—¡Eeey! —Respondió el Ruso, dando tumbos, sudando bajo el grueso abrigo y el gorro, frotándose las manos como si en verdad hiciera mucho frío.

Aurelio dejó su libro en el sillón. Cuando logró que el mueble vacío dejará de balancearse, lo llamó para que se detuviera. La conversación fue muy breve. El Ruso dijo que sí con la cabeza y se despidieron. El viernes por la tarde, mi madre salió al andén cuando El Ruso se acercaba. 

—Es verdad que parece un cosaco —le comentó a mi abuelo con una sonrisa burlona.

La conversación de Lérida fue tan breve como la de mi abuelo. También se acabó después que el Ruso dijo que sí con la cabeza. Sin levantar la vista de Crónicas de la guerra, Aurelio le preguntó a mi madre en qué había quedado con el hombre. Ella esperó que se alejara aún más para responder.

—Dice que los macheteros millonarios los están vendiendo a veinte pesos, pero que le demos diez —dijo por fin—. Está muy agradecido contigo. Dice que nosotros somos los únicos del pueblo que lo tratamos.

—Dale quince —respondió mi abuelo.

—Papá, el dijo que le demos diez.

—¡Dale quince!

—Papáaa…

—¡Hum!

De regreso del bar Arelita, El Ruso caminaba como si de verdad anduviera con una escafandra por el fondo del océano. El vapor que subía de los travesaños y las piedras parecía líquido a su alrededor. El 3704 pitó en el crucero de Ciprián. Me tapé los oídos. No quería escuchar los sonidos de la locomotora soviética.

 Silenciosa, como el Nautilus, la máquina se fue acercando a la estación hasta detenerse. esta vez no me imagino al Ruso camino al frío de la taiga sino a una ciudad sumergida, con “sus techos hundidos, sus templos derruidos, sus arcos dislocados, sus columnas caídas en tierra…”.

“¿Dónde estamos?”, se preguntó a sí mismo el profesor Aronnax, ante la imposibilidad de poder arrancarse la esfera de cobre que aprisionaba su cabeza. Entonces el capitán Nemo fue hacia él y con un pedazo de piedra pizarrosa escribió sobre una roca de basalto negro: “Atlántida”. 

Cuando leí eso, le pedí el lápiz de tinta a mi abuelo y los subrayé. Nunca me había atrevido a hacerlo. El maestro Gustavo insiste en que los libros no se rayan ni se escribe nada en ellos. Pero acababa de dar con el nombre de mi abuela en el fondo del océano, en “un vasto espacio iluminado por una violenta fulguración”.

Al día siguiente fui a la vitrina del cuarto de expreso y le saqué punta a un lápiz de tinta. Aurelio me miró y se rió. Atlántida me dijo que tuviera cuidado, que la mancha de esos lápices no se cae, que lo mantuviera lejos de la ropa. Lo dijo en el momento en que “las primeras luces del alba comenzaban a teñir de blanca luz la superficie del océano”. 

Muy lejos de allí, en el Paradero de Camarones, el sol caía detrás de las matas del patio de Barbarita.

 

 

Aquellos a quienes amo y recuerdo

 

Chena no se ve venir, se oye. En el pueblo solo hay dos carretillas con las ruedas de hierro, la de la estación y la del cine. La de la estación no sale del andén, pero la de cine recorre la mitad del pueblo todos los martes. Ese día, Chena viene a esperar las películas de la semana. Llegan en la casilla de expreso del 3702.

El día que los caminos de Aurelio y Chena se separaron, después de aquel viaje de regreso de Sagua la Grande, mi abuelo comenzó su vida de ferroviario y su mejor amigo puso una tienda. Luego, el 23 de febrero de 1953, cuando llegó la luz eléctrica al Paradero de Camarones, hizo realidad su sueño de tener un cine.

—¡Qué hubooo! —Va saludando a todos los que se cruza en el camino.

Las ruedas de su carretilla se oyen pasar sobre el crucero de San Fernando. Luego se escucha duro golpe, eso quiere decir que cayeron desde el asfalto a las piedras de la carreterita. Su casa está entre la tienda y el cine. Cuando la revolución le intervino ambos negocios, él se quedó administrándolos.

—¡Qué hubooo! —Saluda frente a casa de los hermanos Herrera.

Cuando mi abuelo recibe las latas de las películas, también le entregan un sobre grande y amarillo donde vienen las fotos de la cartelera y una sinopsis. Chena siempre me deja abrirlo. Muy rápido, en la mesa de mi abuelo, copio todo en una libreta donde colecciono fichas técnicas y sinopsis de películas.

—¡Qué hubooo! —Saluda frente a casa de Felo López.

Los hombres del Paradero de Camarones se dan la mano o se saludan de lejos, mientras vocean. Pero mi abuelo y Chena siempre se abrazan. Como los soldados de las películas, cuando salen ilesos de una larga y terrible batalla, se abrazan y se dan duras palmadas en la espalda.

—¡Qué hubooo! —dice cuando logra que las ruedas de hierro pasaran sobre los rieles del ramal Cumanayagua.

Después de abrazar a mi abuelo, Chena me despeina. Eso seguro que lo aprendió en las películas. En ninguna otra parte he visto que para saludar a un niño hay que pasarle la mano por la cabeza hasta dejarlo totalmente despeinado. Una vez que logra arruinar mi mota, me aprieta contra su barriga, como si yo también hubiera estado en la larga y terrible batalla.

—¿Y Atlántida? —Pregunta Chena.

—Ahí —dice Aurelio—. ¿Y Mercedes?

—Ahí —responde Chena.

Nunca he oído a ninguno de los dos responder esas preguntas. A mi abuelo no le gusta sentarse en el banco del andén, porque él dice que es para los viajeros. Pero los martes, cuando Chena viene a buscar las películas de la semana, hace una excepción. Los dos amigos fijan la vista en las matas del patio de Barbarita y conversan hasta las 10:27, la hora de llegada del 3702. 

—No quiere llover —dijo Chena.

—No, no quiere —respondió Aurelio—. Oí decir que los pozos empezaron a secarse.

—Sí, oí decir que los pozos empezaron a secarse —confirmó Chena.

Mientras ellos conversan, yo juego a tirar una pelota lo más alto que puedo y a fildearla. Mi abuelo me advirtió que la tirara con cuidado, para que no se vaya para la línea y Chena me repitió lo mismo. Mientras la pelota se iba elevando, Aurelio comentó el jonrón que Cheíto había dado la noche anterior en La Habana.

—Se la botó a Ángel Leocadio Díaz en el noveno inning —dijo mi abuelo— Ya tiene cuatro.

—¿Crees que Las Villas gane este año? —Preguntó Chena.

—Aldito, ¿tú crees que Las Villas gane este año? 

La pregunta de Aurelio me hizo sentir muy importante. Lancé la pelota lo más alto que pude. “Ahí va un batazo largo de Armando Capiró —narré para mí solo, en silencio—. La bola se va, se va, se va, se pega a la cerca Sixto Hernández y… captura sensacionalmente. ¡Las Villas derrota a La Habana!”.

Cuando volví del estadio Latinoamericano al andén de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, Chena estaba cabizbajo. Le contaba a mi abuelo algo que le preocupaba mucho. Aunque Aurelio le prestaba mucha atención, mantenía la vista fija en las matas del patio de Barbarita.

—Esa muchachita es una bola de humo y el muchacho de nosotros es muy noble —dijo Chena.

Lo entendí todo. La muchachita que es una bola de humo, es Basilia. El muchacho que es muy noble, Gustavo el maestro. Gustavo es hijo de Angelina, una señora que trabajaba en el “tiempo de antes” en casa de Chena y que se quedó a vivir con ellos. Chena y Mercedes Cabrera no tuvieron hijos y criaron a Gustavo como si fuera suyo.

—Ella lo está sonsacando otra vez —dijo Chena—. Y él se sigue babeando por ella.  Es una bola de humo. Se enteró que el muchacho de nosotros se había hecho noviecito de una maestra de Cruces, que viene en septiembre a dar clases en la escuela de aquí, y empezó a sonsacarlo. 

—A mí Felo López me dijo que ella…

—Sí, sí, con el dirigente, ese que anda en el carrito ruso para arriba y para abajo… ¡Es una bola de humo! 

—Y también me dijo que…

—Mercedes está sufriendo mucho con eso —interrumpió Chena—. El muchacho de nosotros le escribía una carta todas las noches cuando ella estaba estudiando en Berlín. Parecía un bobo, ni al cine iba. Por cada 15 cartas que él le mandaba, llegaba una de ella. Que tengo que estudiar mucho, que estoy en exámenes, que no tengo tiempo para nada… ¡Jejeje! Hablé claro con él, le dije lo que había, pero no me hizo caso y siguió gastando un dineral en sellos, hasta que la muchachita llegó con una alemanita en la barriga. Dicen que es hija de uno de los profesores. A él lo castigaron, tú sabes como son los comunistas, y a ella la mandaron de regreso para acá.

—A mi Felo López me dijo que…

—¡Eso mismo! —Interrumpió Chena—. Enseguida se enredó con el dirigente. Él fue el que botó al administrador de la Granja Panamá y la puso a ella. El hombre es casado, pero esa muchachita es una bola de humo… Tan bonita pareja que hacían, pero ella acabó en Berlín. ¡Hasta fuma! ¿Tú sabes lo que es eso? Yo se lo volví a advertir al muchacho de nosotros, no te dejes envolver, le dije, no te dejes envolver, pero nada, él sigue babeando por ella. Un hombre que tiene todo un futuro por delante, acabar cargando con eso… ¡Sabe dios cuántos han pasado por ahí ya!

El 3702 llegó a su hora. Mientras mi abuelo revisaba las cartas de porte y asentaba el envío de las latas de las películas en el libro del expreso, Chena me dejó revisar el sobre amarillo. A partir de mañana van a poner Aquellos a quien amo y recuerdo, una película soviética de 1974, protagonizada por Valeri Zolotujini y Yekaterina Vasilieva.

Aunque el teniente Vasiliev asegura que la guerra no es asunto de mujeres, él está al mando de una unidad de muchachas. Ellas sobrevivieron al asedio de Leningrado y se unieron al frente para convertirse en zapadoras. “El zapador se equivoca una sola vez”, citan al teniente en la sinopsis.

En una foto, aparece el teniente junto a “la modesta, conmovedora y dulce Nina Bulkina, quién se enamoró de Vasiliev y le debe las mejores cualidades de su alma”. Cuando acabé de anotarlo todo en mi colección de fichas técnicas y sinopsis de películas, le entregué el sobre amarillo a Chena.  

La película del fin de semana ya la tenía, porque la pasaron en el cine hace como dos años. Es de Ichi, el samurái ciego. Antes de levantar la carretilla, Chena me volvió a pasar la mano por la cabeza hasta dejarme totalmente despeinado. Me dijo que fuera a ver de nuevo la película de Ichi. 

—¡Está bárbara! —insistió. 

Mientras el ruido de las ruedas de hierro se iba alejando por la carreterita, me imaginé a la modesta, conmovedora y dulce Basilia con el uniforme del ejército rojo, mientras el teniente Gustavo aseguraba que la guerra no era asunto de mujeres. La película que estaban pasando dentro de mi cabeza se acabó cuando Atlántida me llamó con un grito. 

—¡Qué hubooo! —Se oyó a Chena pasando frente a casa de Felo López.

—Pobre muchacho, cará —dijo Aurelio mientras cerraba la estación para almorzar y dormir la siesta.

—Si él mete a esa mujer en la casa, Chena y Mercedes se mueren de la vergüenza —dijo Atlántida. 

Creo que se refieren a la posibilidad de que una zapadora, que sobrevivió un asedio y se equivocó una sola vez, se mude con su hija para casa de Chena.

 

 

Orden de desalojo

 

—Aquí traigo la orden de desalojo —le dijo Meneses a mi abuelo—. Venga conmigo, que vamos a sacar a ese hombre de ahí.

Aurelio siguió revisando el boletinero y comprobando los números del primer boletín de cada casilla. Cada vez que viene Torres, el inspector de Contaduría, le celebra a mi abuelo que todo esté cuadrado hasta el último centavo y lo bien organizado que está todo.

En la primera fila de arriba están los boletines del ramal Cumanayagua. Primero el pasaje entero y después el medio pasaje, que es para los niños hasta 7 años. Cumanayagua, Guajiro, Manguito, Ojo de Agua y San Fernando. A los pasajeros que van para Breña, Caraballoso y Malezas hay que llenarles boletines en blanco.

Después vienen los de la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Cienfuegos, Palmira, Cruces, Ranchuelo, Esperanza CC y Santa Clara son de cartón. Candelaria, Cabeza de Toro, San Francisco, Angelita, Blanquizar, Don Pelayo, Santa María, Gamboa, Tumba la Burra y Margarita son con boletines en blanco.

Luego viene el ramal Mataguá, donde solo San Juan y Mataguá tienen boletines de cartón, para el resto de las estaciones y apeaderos hay que llenar boletines en blanco: Ceiba, Guayo, Caridad, Pastora, Hierro, Papaya, Casicedo, Crucero de Güije, Suero, Lotería, Jorobada y Zapatero.

Por último, está el ramal que llega hasta Santo Domingo. Ahí todos, excepto Lajas y Santo Domingo, son con boletines en blanco: Caracas, Yumurí, La Legua, Ajuria, Toribio Lima, San Marcos y Rosse. Cada vez que Aurelio llena un boletín en blanco, los viajeros se asombran de su letra Palmer.

—Ya quedan pocos en Cuba que sepan escribir así —le dijo una vez un hombre que iba para Santa María.

—Estos muchachos de ahora lo que hacen son garabatos —dijo señalándome otro hombre que iba para Cabeza de Toro—. Antes la gente sí aprendía a escribir de verdad.

—¡Letra Palmer! —han dicho muchos, admirados, cuando mi abuelo les entrega los boletines.

—Aquí traigo la orden de desalojo —le repitió Meneses a mi abuelo—. Ese hombre no puede estar viviendo en una propiedad del estado. Tiene que irse del Paradero de Camarones.

—Él trabaja —dijo por fin Aurelio.

—Más que muchos en este pueblo —dijo mi abuela desde la puerta que da a la vivienda.

—Vieja, ve para la casa —dijo Aurelio mientras me hacía una señal para que yo también me fuera.

No pude oír nada más. Pero un rato después, desde el panóptico de Atlántida, vi a Meneses que volvía para el pueblo por la carreterita. Luego, en el almuerzo, mis abuelos volvieron a tratar el tema. Aurelio tuvo que firmar, con su letra Palmer, la orden de desalojo. 

Eso quería decir que él, como jefe de estación, se daba por enterado de la preocupación de las autoridades por la permanencia del Ruso en el caboose abandonado y se comprometía a estar atento a sus actividades. Ante la más mínima irregularidad o sospecha, debía dar parte de inmediato.  

—¡Qué hombrecito más malo, pero qué hombrecito más malo! —Exclamó Atlántida mientras servía el postre. 

—¡Este es el flan más rico que he probado en mi vida! —dijo Aurelio mientras movía la cucharita en el aire, como estuviera escribiendo la frase con su letra Palmer. 

 

 

La mesa de cristal

 

Casi todo el pueblo vino. Sin importar la hora, tocaban y decían que tenían que verla para creerlo. Entonces Atlántida abría de par en par la pesada puerta de la casa. Al fondo, en el centro de la saleta, alumbrada por un cono de luz del sol de la mañana, ella resplandecía.

El mixto de Cumanayagua llegó al enlace del ramal Cumanayagua a su hora, las 15:57. En lugar de hacer anden y luego retroceder, como de costumbre, se internó y entró retrocediendo por la pata del triángulo. Esa operación fue idea de Aurelio, para poder bajar con calma todos los muebles que venían en la casilla de expreso.

—Así dejamos la principal libre —le explicó a Elpidio Ávalos, el conductor—. Por ahí vienen dos tolveros.

Toda la tripulación se bajó para ayudar, hasta el maquinista y el fogonero. Primero sacaron las cajas y las pusieron a un lado. Luego empezaron a bajar los muebles. La base y el cristal de la mesa fueron los últimos. Muchos viajeros tenían medio cuerpo fuera de las ventanillas y no podían contener su asombro. 

—¡Mira ese butacón, es inmenso!

—¡Tremenda cómoda!

—¡Ese es el espejo más grande que he visto en mi vida!

—¡Qué sillas más lindas, caballero!

—¡Dicen que vienen de La Habana!

Cuando la 50902 dio los dos pitazos de salida eran las 16:12. El mixto tenía ya 10 minutos de atraso. Elpidio Ávalos, sin embargo, le dijo a mi abuelo que no se preocuparan porque eso lo recuperaban en el camino. Cuando el último coche se perdió en la curva del triángulo, Aurelio se llevó las manos a la cabeza. 

No sabía por dónde empezar. Desde la ventana del comedor, mi abuela miraba a los muebles con los ojos llenos de lágrimas. Por un lado, estaba tranquila de que todo llegara bien. Pero por el otro, le producía una tristeza inconsolable. Al final suspiró y también se llevó las manos a la cabeza.

Las cajas y los muebles eran las pertenencias de Nellina, la hermana de Atlántida que vivía en La Habana y que había muerto de un infarto fulminante. En los próximos días, mi abuela se dedicaría a organizar todo aquello dentro de nuestra casa. El cambio fue tan grande, que Aurelio y yo tardamos meses en volver a orientarnos.

Mi cama se la mandaron a mi primo Ariel (el hijo pequeño de mi tía Titita, que vive en San Juan de los Yeras) y a mí me pusieron el juego de cuarto que era de Nellina. Pude llenar las gavetas de las mesas de noche con mis cosas. Por primera vez tenía un espacio para mí solo.

En la saleta, donde antes estaba el piano, pusieron un aparador con el espejo más grande que yo había visto en mi vida. Estaba lleno de copas, juegos de cubiertos, manteles, servilletas y una vajilla de porcelana que solo se usaría en comidas muy importantes. Frente al aparador, la mesa de cristal con sus doce sillas.

Cuatro hojas de helechos arborescentes, talladas en madera preciosa y laqueadas en blanco, salían de un único tronco para sostener el enorme cristal de una pulgada de ancho. En el centro, dos gigantescos caballos de porcelana, parados en dos patas, luchaban. Uno mordía la crin del otro.

—Esta mesa no se toca —me advirtió Atlántida—. No quiero ver ni un solo dedo marcado en el cristal, ¡ni uno solo!

La vitrina, el aparador y la mesa del antiguo juego de comedor ahora eran de diario. La mesa de diario con sus taburetes fue a dar a la cocina. Allí acabó también el radio Westinghouse de Aurelio, quién ahora oiría la Voz de América frente a Atlántida, con el oído pegado a la bocina.

Mi abuelo escuchaba las noticias en un volumen tan bajo, que podía oírse a la leche hirviendo y al café colándose. Luego Aurelio le hacía un resumen de todo a Atlántida en el desayuno. Cuando decía “aquella gente”, se refería al gobierno de Estados Unidos y cuando decía “esta gente” al de Cuba.

Marita, Miriam y Yolanda me pidieron que les enseñara la mesa de cristal. Atlántida se sorprendió cuando llegué a la casa con mis compañeras de aula. Siempre atenta a que ninguna de las tres tocara el cristal, también les enseñó fotos de Nellina y les contó la vida de su hermana hasta acabar enternecida en llanto.

En una bandeja de plata que vino en una de las cajas, puso cuatro vasos de jugo de mango y unas galleticas dulces de las que dan en el tren de La Habana. Mi abuelo también vino de la oficina a saludarlas. “¿Y cómo se porta el niño en el colegio?”, les pregunto.

Aunque ya la palabra colegio no se usa, Aurelio se niega a decir escuela. Como tampoco dice matemáticas sino aritmética. Él multiplica de una forma diferente a la que nos enseñó el maestro Gustavo y cuando me ve haciendo la tarea se molesta. “Ni a multiplicar saben enseñar esta gente”, refunfuña.

Casi todo el pueblo vino a ver la mesa de cristal, menos Basilia. Me pasé semanas muy atento para salir al andén justo en el momento en que ella estaba pasando. Pero nunca me dijo nada. Algunas veces me saludaba con una sonrisa y otras me hacía sentir como el hombre invisible.

Al fondo, en el centro de la saleta, alumbrada por un cono de luz del sol de la mañana, resplandece la mesa de cristal. Muchos dicen que es el mueble más lindo que han visto en sus vidas. Para Aurelio y para mí, en cambio, se ha convertido en un problema.

Él ahora tiene que escuchar el radio Westinghouse entre todos los ruidos de la cocina y pegar bien el oído para entender las noticias en la Voz de Américas. Yo ya he decidido pasar por la saleta con los brazos cruzados. Porque al más mínimo descuido, Atlántida me sorprende poniéndole la mano encima al cristal.

—Te he dicho mil veces que esa mesa no se toca —me advirte—. No quiero volver a ver ni un solo dedo marcado en el cristal, ¡ni uno solo!

(Continuará)