28 mar 2022

Conde Olmos

Conde Olmos (a la izquierda) en la librería Cuesta,
junto a Vianco Martínez, Hernán Rivera Letelier
y tres comunicadoras dominicanas.

Conocí a Conde Olmos en la redacción de El Caribe. No puedo decir que fuimos amigos, pero gracias a nuestras conversaciones (y discusiones) literarias, acabamos saludándonos con fuertes abrazos. Entonces él era el jefe de cierre del periódico y yo perpetraba su suplemento cultural. 
Durante 20 años nos seguimos encontrando, con cierta regularidad, en el mismo sitio: la librería Cuesta. Cada vez que llegaba al lugar, miraba entre los pasillos para ver si daba con él o con Vianco Martínez. Tarde o temprano uno de los dos (o los dos) aparecía.
Entonces nos enfrascábamos en largas conversaciones (y discusiones) literarias. Conde, que estaba mucho más al tanto que yo de los autores contemporáneos, solía ir hasta algún estante para traer un libro que me recomendaba con vehemencia. 
Un día llegó cuando ya me iba con los cuentos completos de Joseph Conrad. “Asere —dijo abriendo los brazos— es que tú siempre apuestas al caballo ganador”. Como no podía llevarse todos los libros que quería, acababa leyendo por los pasillos, mientras se rascaba la cabeza nerviosamente.
Su humildad era tan apabullante como su cultura. Quizá por eso nunca lo valoraron como merecía, tanto profesional como humanamente. No supe que estaba enfermo. Me enteré de su muerte por un video en que Vianco le despide el duelo. Me hubiera gustado estar entre ese puñado de amigos que lo llevaron al cementerio.
Hoy, al entrar a la librería Cuesta, busqué a Conde por todos los pasillos. Eso seguiré haciendo siempre que vuelva. Nada le impedirá, a uno de los lectores más grandes que he conocido, regresar a su hábitat preferido. Ni siquiera la muerte.

22 mar 2022

4 ½


—¿Qué hombre puede tener un pie tan chiquito? —le preguntó Vilo Pérez a Blanca Llerena.
La dependienta de la tienda se encogió de hombros. Como Hilda María, su hija, parecía darle mucha importancia al silencio y solo hablaba cuando las cosas no se podían decir con gestos o muecas. Sobre el mostrador, embadurnadas con una gruesa capa de grasa, había un par de botas rusas número 4 ½.
—¡Aquí los hombres calzan del seis para arriba! —dijo Pocholo, el hijo de Vilo Pérez, mientras le manoteaba en la cara de Blanca— ¿Cómo se les ocurre mandarnos botas tan chiquitas?
La mujer, imperturbable, volvió a meter las botas rusas en la caja y las devolvió a su lugar en la estantería. En el otro extremo del largo mostrador, apenados, los hermanos Ciro y Juan José Monzoña dijeron que no con la cabeza y se pusieron a llenar cartuchos de arroz, azúcar, frijoles y sal. 
A mí me encantaba ir a la tienda por dos razones, para sentir el olor de los estantes de cedro y para preguntarle a Blanca Llerena se había llegado algo por la libre. Una vez vinieron redecillas para el pelo y le llevé dos a Atlántida. Desconcertada, me dijo que ella no las usaba. Otro día me aparecí con cinco cepillos de dientes.
Ya había cruzado la calle y todavía Vilo Pérez protestaban por aquellas botas tan pequeñas. Pocholo apuntaba a los pies de su padre y repetía que estaba a punto de quedarse descalzo. Les echaba la culpa a los soviéticos, “por mandar zapatos tan chiquitos”, y a Blanca Llerena por no advertir que en el pueblo “nadie tenía el pie tan chiquito”.
Semanas después, cuando salí de la escuela, me encontré con una multitud de gente en el andén. Vilo Pérez había tratado de cruzar la línea justo delante de la locomotora de un tren de carga, en el preciso momento en que el tren se ponía en marcha. Ese era el pitazo tan largo que escuchamos en el aula.
Cuando la rueda le alcanzó el pie izquierdo, para evitar caer hacia delante, también puso el pie derecho sobre el carril. Mientras su padre permanecía acostado en un banco, Pocholo le manoteaba a Pepe Guerén, el maquinista, que mostraba tener la misma paciencia que Blanca Llerena.
Atlántida no me dejó acercarme a Vilo Pérez, así que tuve que ver desde lejos cómo lo subían a la planchita del motor de vía de la reparación y se lo llevaban para el policlínico de Cruces. Ricardo Meneses le hizo muchas preguntas a mi abuelo, que siempre le respondió sin levantar la vista del libro donde escribía. 
—¿Usted lo vio?
—No.
—¿Y el maquinista?
—Tampoco.
—¿El tren pitó antes de salir?
—Sí.
—Me dicen que solo pitó dos veces.
—Eso es lo que establece el Reglamento.
—¿Entonces usted dice que el compañero peatón es el culpable?
—No, yo digo que los trenes nunca tienen la culpa.
Como consecuencia del accidente a Vilo Pérez le amputaron los dedos de los dos pies. En unas pocas semanas, ayudado por un palo, pudo volver a caminar. Su hijo Pocholo lo llevó a la tienda de ropa. Le pidieron a Blanca Llerena el único par de botas rusas que quedaban.
Se las probó y dijo que le quedaban perfectas. Golpeando fuertemente al piso con el palo, caminó hasta el otro extremo de la tienda. Los hermanos Ciro y Juan José Monzoña habían dejado de llenar cartuchos y observaban atentos. Cundunga, Cebollón y Macho Calixto, emocionados, aplaudieron.
En el Paradero de Camarones ya había un hombre que calzaba el 4 ½.