30 oct. 2018

Mi paraíso

“Todo empezó cuando aquella serpiente/ me trajo una manzana y dijo prueba./ Yo me llamaba Adán,/ seguramente tú te llamabas Eva…”, Sabina estaba dentro de mis audífonos. Fue algo aleatorio, una decisión que iTunes tomó por mí. El otro lado de la cama estaba vacío y una rara película francesa me había desvelado.
Es algo que me suele ocurrir cada vez que Diana está de viaje. El exceso de espacio debajo del edredón y las tensiones de los juegos de béisbol o las películas no me dejan quedarme dormido. Con la intención de resolver ese problema, descargué Rain Rain, una aplicación con sonidos de tormentas, cascadas y oleajes. 
Para tratar de imaginarme en la Loma, elegí “Lluvia sobre un techo de zinc”. La cabaña de la Loma de Thoreau, como la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, tiene el techo de zinc. Gracias a eso, he recuperado uno de mis sonidos preferidos. Cuando no estamos en la Loma, acudo a la App.
La lluvia sobre el zinc fue interrumpida por una alerta de WhatsApp. Era un mensaje de Diana. Al parecer ella también se había desvelado:
Hola, mi amor.
Te escribo ahora porque no quiero que se me olvide lo que quiero decirte.
Te amo mucho. Y quiero agradecerte que estés en mi vida y me hagas tan feliz.
Quiero darte las gracias por ser tan buen padre para nuestros hijos y quiero pedirte que estés siempre a mi lado porque no sé vivir sin ti.
Te amo, Camilo Venegas Yero.
No te apartes de mí nunca.
Quiero envejecer contigo.
Respondí palabra por palabra. Puse “Crepitar del fuego” en el App y, al calor de ese sonido, me quedé dormido. Por mucho tiempo tuve una idea equivocada sobre la felicidad. Para mí era abstracta, muy difícil de alcanzar. Pero en verdad es tan simple llegar a ella, que a veces no nos enteramos y seguimos de largo.
Nunca me creí el cuento de Adán, Eva y la serpiente. Pero sí creo en el paraíso, en ese espacio, real o intangible, que uno solo comparte con la persona que ama. Por eso dormí tan feliz después que recibí las palabras de Diana. Aunque, en honor a la verdad, no entendí el final… yo pensaba que ya habíamos envejecido.  

22 oct. 2018

Gustavo Parrado

Ayer me enteré que Gustavo Parrado había muerto. La última vez que fui a Manicaragua, en septiembre de 2011, lo encontré en el mismo sitio donde lo había dejado: a dos puertas de la casa de mi padre, junto a su esposa, con una sonrisa de la que nunca lo vi desprenderse.
Gustavo, como Serafín Venegas, nació en General Carrillo, un pequeño caserío anclado en la Línea Norte de Cuba. Su hijo Gustavito y yo heredamos el cariño que nuestros padres se tenían. Siempre que iba a pasar las vacaciones en Manicaragua, jugábamos días enteros.
Gustavo Parrado manejaba un camión Skoda del Plan Escambray. No olvido un viaje que hicimos a Trinidad en él. Salimos por la madrugada. Aunque hacía mucho frío, yo insistía en sacar la cabeza. Los paisajes eran tan grandes que no cabían en la ventanilla.
Mientras el motor checoslovaco martillaba el silencio de las montañas, Gustavo y mi Padre nos fueron enseñándonos los nombres de aquella geografía: el río Ciego Laya, La Piedra, la loma del Sijú, Veguita, Jibacoa, la cueva del Guanajo, La Felicidad, Topes de Collantes, Maisinicú…
Ya de regreso, paramos en Jibacoa. Nos bañamos en el lago Hanabanilla y nos comimos un pan con aceite y ajo. Estaba acabado de hacer. Ese día entendí lo que quería decir la frase “recién sacado del horno”. Como ya oscurecía, comimos alumbrados por el resplandor de la panadería. 
La última vez que vi a Gustavo Parrado le recordé aquel viaje y soltó una carcajada. “Tu padre era un loco del carajo y yo siempre le seguía la corriente —me dijo—. Figúrate tú, crecimos juntos, allá en General Carrillo…”. 
Aunque solo se trató de un viaje en camión por las lomas de Manicaragua y de un pan con aceite y ajo, ese ha sido uno de los días más felices de mi vida. Salimos al amanecer y volvimos tarde en la noche. Quizás Gustavito recuerde cosas que yo ya he olvidado.
¿Por dónde andará Gustavito? Ojalá que estas palabras lo encuentren, le den el pésame y un enorme abrazo, igual al que nos dábamos cada vez que iba a pasarme las vacaciones en Manicaragua. Jugábamos días enteros.

Cuba, ese país que ahora solo sabe manotear, gritar y golpear

© Alen Lauzán.
Unos diplomáticos cubanos tendrán que pagar los daños que causaron al mobiliario de las Naciones Unidas. Ya sin razones ni ideas, optaron por manotear, gritar y golpear. El espectáculo es deprimente, vergonzoso y —sobre todo— indignante. A eso se ha reducido el legado de Raúl Roa, el primer canciller de la revolución.
En un video subido a las redes sociales, una patrulla policial manotea, grita y golpea en un oscuro Jatibonico. “Tú vas a grabarme la pinga a mí”, dice uno de los agentes mientras camina hacia el que tiene la cámara. Avanza tocándose los genitales. 
La imagen sigue hasta encontrar a otro policía amenazante, lleva un trozo de cable en la mano. La cámara sigue girando y aparece un tercer policía que trae a un hombre abracado por el cuello. Parece una secuencia del cine pobre que proponía Humberto Solás, pero reducido a la miseria.
El sábado intentamos ver una película cubana. La situación nos fue apretando el cuello hasta que empezamos a sentir asfixia. Tuvimos que poner a Verónica Lynn en pausa, mientras perseguía a unos pollitos por una casa inundada. “Cuba es un país de viejos pánicos”, le dije a Diana mientras buscaba agua y aire fresco.
Siempre que veo imágenes de la Cuba actual llego a la misma conclusión: es un lugar irreconocible para mí, ajeno, al que ya no pertenezco. La única manera que tengo de seguir sintiéndome cubano es desentendiéndome del país real, volviendo al que tengo en la cabeza, al que leo, veo y oigo en obras del ayer. 
Fidel Castro y su dictadura ególatra demolieron a la nación cubana. El país y lo que él representaba están sumidos en el oprobio. Nada, nadie, nunca, jamás (para decirlo con palabras de su discurso) le hizo más daño a nuestra gente y a lo que les daba sentido que estos 60 años de indetenible depauperación. 
Ya no queda otra de manera de volver a Cuba, ese país que ahora solo sabe manotear, gritar y golpear, que no sea en un viaje hacia su pasado.

21 oct. 2018

Declaración de neutralidad

Soy adicto al béisbol. Necesito discutir de pelota. Léase bien. No busco conversaciones objetivas, demostraciones de conocimientos o reflexiones agudas sobre ese deporte que se juega como si contara una novela, capítulo a capítulo. Busco la adrenalina de las discusiones apasionadas, irracionales. 
Uno de los momentos más desoladores de mi exilio fue el día en que descubrí que nadie a mi alrededor sabía quién era Antonio Muñoz, que no tenía con quién recordar las hazañas de la Trituradora Naranja ni la gran temporada de Cheíto Rodríguez, aquella en que dio 28 jonrones en solo 60 juegos. 
Por eso fueron tan importantes para mí las Águilas Cibaeñas y los Medias Rojas de Boston. Esos dos equipos me ofrecieron la posibilidad de volver a tener sentido de pertenencia y razones para discutir. Desde el 2000, año en que me fui de Cuba, he sido campeón 10 veces, 7 con las Águilas y 3 con los Medias Rojas.
Una de las noches más inolvidables de mi vida fue la del 17 de octubre de 2004. Boston no ganaba una Serie Mundial desde 1918 y estaba a punto de ser barrido por los Yankees. Era el noveno inning del cuarto juego de la Serie de Campeonato. New York ganaba 4-3. 
Mariano Rivera, con 53 juegos salvados, salió a matar. Tras cinco lanzamientos, acabó transfiriendo a Kevin Millar. Dave Roberts (quien había llegado a Boston procedente de los Dodgers) lo sustituyó en primera. Unos lanzamientos después, Roberts se fue para segunda y apenas llegó antes que la pelota.
El resto es historia. Ese robo de base marcó el regreso más grandioso de las Grandes Ligas. Luego de ganarle cuatro en fila a los Yankees, los Medias Rojas barrieron a los Cardenales de San Luis y se coronaron campeones tras 86 años de angustiosa sequía. 
En unas horas, Boston volverá a la Serie Mundial a enfrentarse con los Dodgers. Curiosamente, el hombre que alcanzó la segunda base con la punta de los dedos y anotó la carrera del empate frente a los Yankees, ahora es el manager de Los Ángeles.
En los Dodgers, además de Roberts, está el cienfueguero Yasiel Puig. Desde que Caballo Salvaje llegó a la Gran Carpa, me he visto en la obligación de velar por dos equipos en la Tabla de Posiciones. El hecho de que ahora se enfrenten me pone en una situación muy difícil.
Es por eso que hago esta declaración de neutralidad. Qué gane el mejor. Sea cual sea el resultado, la alegría que esas dos novenas la han ofrecido a mi corazón durante este mes es impagable. ¿Hay alguien ahí que esté dispuesto a discutir conmigo sobre eso?

19 oct. 2018

El nacimiento de los Cuchos

En 2011, apenas unos días después de habernos encontrado, Diana Sarlabous nos fuimos a Cuba para conocernos mejor. Ella se había ido a los 5 años, yo a los 33. Para que cada quien explicara lo mejor posible quién era, llegamos hasta nuestros puntos de partida: El Cristo y el Paradero de Camarones.
En mi pueblo le enseñé la estación de trenes donde viví toda mi infancia con mis abuelos. La llevé a conocer a los amigos queridos que seguían con vida en ese momento y le mostré uno de mis fenómenos atmosféricos preferidos: la caída de la tarde en la mata de mangos de Mercedita Serralvo.
Cuando ya nos íbamos, le pedí que nos casáramos. Ella solo me dio un beso. En su pueblo, me presentó a las primas con las que no pudo reencontrarse (nunca pudieron subirse al avión que las traería a Santo Domingo) y las ruinas de un mundo que sigue explicando su identidad. 
Una tarde, caminando por El Cristo, dimos con el cine Ayacucho. “Ese hubiera sido el cine de tu infancia”, le dije. “Sí —me respondió—. Yo perdí al cine Ayacucho, pero encontré a mi Cucho”. Al rato, después de darme otro beso, me dijo que se quería casar conmigo. 
Nunca más volvimos a llamarnos por nuestros nombres. Se había producido el nacimiento de los Cuchos.

La mentira más común del ron cubano

Friedrich Nietzsche tiene la razón en eso (como en muchas otras cosas): “La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo”. La historia del ron cubano está plagada de verdades a medias y de francas mentiras. La más común tiene su origen en Santiago de Cuba. 
He leído y he oído infinidad de veces que en las antiguas bodegas de Bacardí se conservan “las barricas originales” y que, por esa razón, los rones envejecidos allí son los mejores del mundo. En El viaje más largo (mi libro preferido de Leonardo Padura), se entrevista a uno de los inventores de ese mito.
José Navarro era el jefe del departamento de destilación de Ron Caney (nombre con el que fue rebautizado Bacardí en Cuba) cuando Padura le hizo una breve pregunta para su reportaje “La larga vida secreta de una fórmula secreta”: “¿Los misterios de Bacardí?”, inquirió el entonces reportero de Juventud Rebelde.
Después de insistir una y otra vez en que no existían tales misterios, Navarro aseguró que “ninguna de las plantas que Bacardí montó fuera de Cuba puede producir un ron como el nuestro, pues sólo aquí existían esos 50,000 barriles almacenados con sus rones viejos”. 
La vida útil de una barrica de roble no es tan larga como supone el imaginario popular. Más allá de los 20 años, sus maderas tostadas tienen muy poco o nada que ofrecer. Bacardí fue expropiado en 1960. Padura hizo su reportaje en 1988. Si en ese entonces aún se conservaban las barricas originales, ya no servían para nada.
La mayoría de los fabricantes de ron en el mundo adquieren sus barricas en Estados Unidos, después que los productores de whiskey las usan por una vez. Brugal sustituye cada año el 10% de sus barricas. Las suyas tienen un uso en bourbon (roble blanco americano) o vino de Jerez (roble rojo español). 
Cada 5 años, la mitad de las barricas del productor dominicano (uno de los cuatro mayores del mundo) son nuevas. Eso asegura dos cosas: que los rones más jóvenes envejezcan en maderas de la mayor calidad y que los más viejos tengan un acabado excepcional. 
Una vez, conversando con Gustavo Ortega Zeller, maestro ronero de la quinta generación de la familia Brugal, le pregunté qué se podía hacer con una barrica de 30 ó 40 años. “La puedes usar para hacer un mueble o como leña para un barbecue —me respondió—, pero nunca para envejecer un ron”.
En su conversación con Padura, José Navarro señaló otra cosa muy importante que le faltaba a Bacardí para poder hacer rones de gran calidad: “las mieles del ingenio Algodonales”. El Salvador Rosales (así fue rebautizado el central de Songo) fue demolido en 2005. 
Tengo un amigo que es un conocedor del mundo del ron. Hace unos años estuvo en Cuba y conversó con uno de los maestros roneros de Havana Club. “¿Cómo ustedes logran añejar rones en barricas de 60 años?”, le preguntó asombrado. “Con amor —respondió el maestro engañándose a sí mismo—, con mucho amor”.

17 oct. 2018

Ajedrez sobre la hierba*

La frase es de un poeta. Como no encontró otra manera de definir su deporte favorito, se limitó a compararlo con el juego ciencia: “El béisbol es el ajedrez de campo”, fueron sus palabras exactas. 
En uno ensayo donde aborda el uso del tiempo, Alessandro Baricco se desespera con un juego de béisbol. Tengo una sola explicación para ello. Baricco prefirió denostarlo antes que entenderlo, le fue más fácil. 
El autor de Sedatrata de hacer varias analogías, en apenas dos párrafos, entre lo que puede suceder en nueve innings y el modo de vida norteamericano. Lo hace, por supuesto, con la torpeza del que desconoce y por eso se equivoca. 
Lo que para él es tedio, para los que entienden es estrategia. Lo que para él es antideportivo, para nosotros es arte. Si Baricco entendiera al menos las reglas elementales del béisbol, lo hubiera defendido en Next, sobre la globalización y el mundo que viene. 
Casi todos los escritores que han vivido en la cultura del fútbol y que se reconocen incapaces de entender tantas reglas para tan poca acción, critican a la pelota de la misma manera. 
Todos se ensañan con el factor tiempo y los largos espacios de inactividad. En el momento que leí Nex… por primera vez (primeros años del siglo XXI), hice unos apuntes sobre el libro. Uno de ellos, me sirve ahora para este texto.
Es sobre un juego entre Atlanta y los Mets de Nueva York. Era en el Shea Stadium, de Queens, y se enfrentaban por primera vez en sus vidas Greg Maddux y Tom Glavine (compañeros hasta la temporada anterior en los Bravos). 
En un momento tenso, muy al principio del partido, las cámaras pudieron resumir algo que es justo lo que molesta a los desentendidos. Los Bravos estaba castigando a Glavine y el juego cayó en una especie de impasse. 
Como en los célebres montajes paralelos de Francis Ford Coppola, desfilaron por la pantalla los exagerados gestos de Bobby Cox, las señas apresuradas del manager de los Mets, el cuerpo tambaleante de Leo Mazzone, el rostro enjuto de Glavine, la cabeza inmóvil de Maddux, el avance silencioso de Rafael Furcal en primera y los brazos del receptor pidiendo tiempo otra vez. 
Antes de recomenzar, ya el partido estaba paralizado. Es curioso. En mi librero, justo al lado del libro donde Baricco ultraja al béisbol, estaba Mr. Vértigo, la historia de Paul Auster donde un niño vuela sobre los más aciagos días de la Gran Depresión. 
En la primera página, para situar al lector, el protagonista dice simple y llanamente: “Eso fue en 1927, el año de Babe Ruth…”. Para Paul Auster es impensable contar una historia donde no se mencione al menos un juego de pelota. 
El béisbol jamás será el deporte rey. “¿Cómo tú le explicas a un alemán lo que quiere decir ‘duro y curvero’?”, me preguntó una vez Américo Celado, uno de los periodistas deportivos que más admiro en República Dominicana.
Nadie sabrá quien la dijo por primera vez, pero ninguna otra significa tantas cosas. Sólo el “ser o no ser” de Shakespere puede superarla, pero la nuestra tiene una ventaja: el autor de Hamlet tampoco sabía de béisbol.

*Estamos en octubre, el mes de los play offs en las Grandes Ligas y del comienzo de la temporada invernal en República Dominicana. A propósito de eso, Mario Dávalos me ha pedido una colaboración para el blog de Capital DBG. Con unos viejos apuntes compuse este texto.

12 oct. 2018

Scotch Brite

Tengo una pequeña toalla,
azul,
de poliéster y nylon,
que absorbe siete veces
su peso seco.
Con ella aclaro
las tardes de lluvia
y defino los paisajes 
antes de que desaparezcan.
Describiendo 
pequeños círculos,
borro mis huellas
en un inmenso pastizal.
Frotando, 
con mucha paciencia,
despejo el cielo
mientras la Soyuz MS-10 
cae como una piedra
sobre Kazajistán.
También deshago 
la opacidad que cubre
al último toro de la tarde
y limpio tu rostro,
ya de noche,
en la Plaza Mayor 
de Salamanca.
La pequeña toalla 
le saca brillo a mi mundo,
azul, 
de poliéster y nylon,
permanece junto a mí
hasta que el tiempo
saca sus conclusiones
y el día se apaga 
como si fuera una pantalla.

7 oct. 2018

Un mal pie en un día perfecto

Hoy en Santo Domingo amanecimos con un día perfecto para salir a caminar. No pudimos resistir la tentación. Salimos a la Winston Churchill y, siempre a la sombra de las enormes caobas, partimos en dirección al mar. Ya estábamos a la altura del boulevard de las estrellas cuando oí una alarma. 
El Apple Watch quería confirmar si me estaba ejercitando y me preguntaba qué tiempo deseaba caminar.  Justo en el momento que intenté responderle, mi pie izquierdo pisó la tapa de un hidrante. Caí en silencio, por eso Diana tardó unos segundos en darse cuenta de que ya no iba a su lado.
Aunque me di un golpe muy duro en la rodilla y toda la pierna me dolía, fue un gran alivio ver a varios vehículos detenerse en ambas vías de la avenida para ofrecernos ayuda. Una jovencita (de la edad de nuestra Ana Rosario) insistió en llevarnos. Guajiro al fin, le di las gracias y volví a El Bohío caminando.
Siempre que viene a cuento, alabo el carácter noble y solidario de los dominicanos. Desde que llegué a este país, en noviembre del 2000, nunca he sentido que estoy en un lugar que no es el mío. Hoy, mientras cojeaba de regreso a casa, me enumeré a mí mismo las razones de ese sentimiento.
Cuando estaba en el suelo, alcancé a ver que había caído entre las estrellas de David Ortiz y Vladimir Guerrero, dos de los héroes que más admiro. Asumí eso como una buena señal. Entre gente como ellos, siempre estaré a salvo. Al final no fue un mal pie en un día perfecto.

5 oct. 2018

Poco después de las doce

Poco después de las doce, 
cuando todo el peso 
de la luz
caía sobre ella, 
la escalera de mi casa crujía.
Vivíamos conscientes 
de que tarde o temprano
no iba a soportar más
el paso de las aguas
y el estruendo de los trenes.

Hace ya casi veinte años
que no subo
ni bajo
por escalera de mi casa.
Ni siquiera sé si aún está ahí.
Pero poco después de las doce,
cuando todo el peso 
de la luz
debe estar cayendo sobre ella,
pienso en que tarde
o temprano
no voy a soportar más
el paso de las aguas
y el recuerdo de los trenes,
como un estruendo.

4 oct. 2018

A salvo

A veces te alegras de no tener patria.
No puedes negar que eres feliz
cuando siembras árboles
en una tierra que no es tuya,
en un país
que tu padre quiso liberar
antes de que los mosquitos
se lo comieran
en el camino a cayo Confites.

A veces sientes un gran alivio
cuando te sirves un vino verde
y dejas el televisor en mute.
Prefieres no saber lo que dicen
esos que manotean 
y vociferan
(sin camisas, 
semidesnudos,
con un acento 
que no entiendes)
desde una ciudad 
muy parecida 
a la que abandonaste.

A veces te consuela
ver a tu madre respirando.
Aunque perdió el juicio
y casi nunca te reconoce,
te basta con abrazar 
el calor de su cuerpo
y repetirle que la quieres
cuando mira a ninguna parte
con una expresión 
irreconocible, 
ajena.

A veces, solo a veces,
te resulta indiferente 
el lugar de dónde vienes.
Ese es el remedio
más eficaz
que has encontrado
para soportar la casa 
en peligro de derrumbe
que llevas adentro,
para ese espacio vacío,
irrecuperable
al que le dedicas
tus primeros pensamientos
cuando abres los ojos 
y te despiertas 
a salvo. 

3 oct. 2018

Cargar la suerte

En las tres semanas que duró nuestro viaje por España y Portugal, me mandaron a callar muchas veces. Algunas Diana, la mayoría Ana Rosario: “¡No digas esa palabra, Cucho!”. “Papá, no repitas eso aquí”. “Shhh, recuerda que aquí no puedes hablar así”. “Pero Papá, ¿cuántas veces te he pedido que no te expreses así?” …
Hoy las recordé mientras leía las noticias sobre el disco que Andrés Calamaro presentará antes de que se acabe octubre. Se llama Cargar la suerte, que es la frase con la que se describe la decisión del torero de adelantar una pierna o el cuerpo para interponerse en el viaje natural del toro.  
No me canso de repetir que Calamaro es el cantautor que más admiro y el que mejor cumple con mis expectativas. Sus discos, desde Honestidad brutal hasta Bohemio, bastan para armar la banda sonora de mis últimos 20 años. En mis peores y en mis mejores momentos siempre ha estado una canción suya. 
Con El Salmón, además de disfrutar del sonido de sus versos, he ganado confianza en eso de nadar contra la corriente y resistir desde los lados incorrectos. Artistas como él son imprescindibles en un mundo donde lo políticamente correcto, el comedimiento y la ñoñería han decidido acabar con lo poco de poesía que nos queda.
Algunas veces Diana, la mayoría Ana Rosario. Gracias a su amor me he librado de los toros cuando adelanto la pierna o saco el cuerpo.

1 oct. 2018

En algún momento se oirá la trompeta de Jerry González

Mi hermano Mario Dávalos, después de perder a un querido amigo, escribió una larga y hermosa exigencia para el día de su muerte. Para tratar de impedir con él la fatua liturgia de las funerarias, detalló la manera en la que quiere que lo despidan y señaló el lugar exacto donde deben ir a parar sus cenizas.
Ayer vimos, junto a Marianela Boán y Alejandro Aguilar, un documental sobre el adiós de Buenavista Social Club. En el tramo final del filme se relata cómo fueron muriendo, uno a uno, los longevos integrantes de la agrupación. Ibrahim Ferrer y Compay Segundo, estuvieron cantando hasta el final.
Rubén González, aun con Alzheimer, se mantuvo tocando el piano. “A veces yo me voy, pero mi espíritu sigue”, confesó al comienzo de la enfermedad, cuando todavía tenía momentos de lucidez. Cachaito López solo soltó el contrabajo cuando lo metieron en el ataúd. 
Hoy dice el periódico que Charles Aznavour ha muerto a los 94 años. Deja a Bruselas llena de carteles, anunciando un concierto suyo para el 26 de octubre. Como si eso no fuera ya suficiente tristeza para el mundo, el legendario Jerry González perdió la vida en el último incendio de Madrid.
Como todos ellos, me gustaría morirme haciendo lo que me gusta hacer. Me aterra la posibilidad de acabar postrado o demente. Por eso quisiera que la Parca suba a buscarme a La Loma, un día que esté sembrando o regando algo, caminando por alguna parte, escribiendo o brindando. 
Mi Cucha ya sabe lo que tiene que hacer después: Plantarme en una lata de Bustelo para que mis cenizas acaben mezclándose con el abono del bosque. Si ponen canciones de Calamaro a mi alrededor, en algún momento se oirá la trompeta de Jerry González.
No me imagino un mejor final para todas las veces que he tenido que empezar.

Nuestro Buck también quiere ser salvaje

Recuerdo con claridad la noche en que lo acabé de leer. En tiempo de zafra en el Paradero de Camarones no se iba la luz, porque estábamos en el mismo circuito de Espartaco, Ramón Balboa, Mal Tiempo y Marta Abreu, los cuatro centrales azucareros que molían desde los puntos cardinales de nuestro pueblo.
Debajo de una bombilla de 60 watts y al calor de una camisa de corduroy (hecha por mi abuela Atlántida), me abstraía del olor de la caña quemada y del ruido constante de los trenes   de azúcar para imaginarme las extremas oscuridades de Alaska: 
“Cuando llegan las largas noches de invierno y los lobos siguen a sus presas en los valles más bajos, se lo puede ver corriendo a la cabeza de la manada bajo la pálida luz de la luna o el leve resplandor de la aurora boreal, destacando con saltos de gigante sobre sus compañeros, con la garganta henchida cuando entona el canto salvaje del mundo primitivo, el canto de la manada”.
Es el final de La llamada de lo salvaje, que en Cuba la Editorial Gente Nueva tradujo erróneamente como El llamado de la selva. El domingo que vi la película en la matinée del Cine Justo, empecé a releer el libro. En homenaje a todo eso, nuestros dos cachorros de labrador se llaman Jack London y Buck.
Crecieron mucho durante el mes que estuvimos de viaje. Aunque juegan entre ellos, cada uno tiene su mundo. A Jack le gusta andar por el patio y perseguir todo lo que se mueve. A Buck, escapar. Este fin de semana tuve que salir varias veces a buscarlo en el monte.
Anoche, cuando estábamos llegando a Santo Domingo, nos llegó un mensaje de José Roberto Hernández por WhatsApp. Buck se había escapado otra vez. Tendremos que reforzar las cercas y tapiar con piedras los túneles que ha cavado. 
Eso me hace sentir tan viejo como el juez Miller, el primer amo del Buck de la novela. Aun así, sospecho que el nuestro persistirá en la idea de andar con libertad por el monte, corriendo a la cabeza de su manada imaginaria, “bajo la pálida luz de la luna o el leve resplandor de la aurora boreal”.