29 sept 2019

La neblina

Juan Carlos Recio, además de ser mi compatriota (ambos nacimos en Las Villas), es uno de esos amigos que te obligan a quererlos siempre. Esa es la razón por que la que tuve que complacerlo y leer un poema, delante de tantos pinos expectantes, para su canal de YouTube.
“La neblina” es uno de mis últimos poemas. Mantengo abierto un archivo de Word que se llama Tierra perdida. Ahí es donde escribo cada vez que se me ocurre una idea en verso. Antes de que construyéramos la cabaña en la Loma de Thoreau, cada vez que  necesitábamos escapar, Diana Sarlabous y yo nos refugiamos en Montecristi. 
Aunque el pueblo está muy cerca del mar, a su alrededor solo hay un denso bosque seco. Los lugareños tienen otra forma de llamarle a ese cerrado y espinoso follaje: tierra perdida. La inmensa mayoría del contenido del archivo de Word ha sido escrito en las rutas dominicanas, el resto también se debe a viajes. 
Cada vez que Diana y yo recorremos cualquier distancia, le damos continuidad al testimonio. Es así que, sobre el recuerdo de nuestra tierra perdida y el camino hacia los lugares donde nos encontramos, damos con todo lo que somos. 
Si alguna identidad tenemos, es esa.

28 sept 2019

Anoche volví con mis abuelos

Estábamos en la punta del andén, mirando en dirección al noreste. Es decir, a la loma de la Rioja, esa pequeña elevación de apenas 138 metros que, en medio de una llanura tan extensa, luce como una montaña. Los cañaverales estaban recién cortados. Eso también nos permitía ver la torre humeante del central Mal Tiempo.
No logro recordar qué hablábamos. Quizás solo hacíamos lo mismo que hicimos allí tantas veces: mirar al campo con la misma ilusión que otros miran el mar. Desde ese punto, mi abuelo Aurelio solía hacer sus pronósticos meteorológicos. Establecía la posición del campo nuboso y hacía un empírico cálculo, tomando en cuenta la época del año y la dirección de los vientos.
Eso le permitía establecer si el aguacero nos caería encima o seguiría de largo, como los trenes de carga. Desde allí también despedíamos a Lucy, Popi, Harold y Yanelis (la familia que vivía en Manicaragua), cuando el tren de Cumanayagua, después de hacer andén por la principal y retroceder, se internaba en el ramal y tomaba rumbo al Escambray.
No recuerdo lo que hablamos. De pronto todo se puso negro. Volvimos a la casa lo más rápido que pudimos. Mi abuela Atlántida aprovechó el trayecto para impartir órdenes. Mi abuelo debía cerrar la puerta del patio y las ventanas de la cocina, el comedor y el último cuarto. A mí me tocaban la sala, la saleta y los dos primeros cuartos.
No lograba que las altas ventanas se cerraran y, cuando por fin lo conseguía, se abrían los postigos. “¿Qué pasa, Camilito? —Me gritó Atlántida— ¡Se van a empapar los muebles!”. El agua que me daba contra la cara, acabó siendo el aire frío de la Loma de Thoreau. Abrí los ojos y caí en cuenta de que estaba en medio de la Cordillera Central dominicana, a 1.064 kilómetros de distancia.
Cerré los ojos de inmediato. Hice un gran esfuerzo por volver a dormirme y recuperar el sueño, pero me fue imposible. Jack y Buck sintieron mis movimientos y empezaron a llamarme. Me levanté, abrí la lata de Bustelo y puse la cafetera. Acompañado por mis perros, me fui a mirar el campo con la misma ilusión que otros miran el mar. 
Anoche volví con mis abuelos. De cada cosa que vi, solo la loma de la Rioja pervive. Todo lo demás está en ruinas o muerto. Hasta allí solo se puede volver en sueños. Y eso fue lo que hice.  

24 sept 2019

Cada vez tengo menos paciencia

Dos queridos amigos esperan una visita de Europa. Un importante artista, para más señas. Siempre que ellos o nosotros tenemos invitados, solemos juntarnos y compartir esa alegría a partes iguales. Esta vez, ellos prefirieron evitarlo. “No va a funcionar —nos advirtieron—. El tipo es de izquierda”.
Nos conocen demasiado. Saben que ni a Diana ni a mí nos queda paciencia para tolerar esa majomía; que perderemos los estribos en cuanto nos diga que hubiera querido conocer a Cuba cuando Fidel estaba vivo o que le encantaría ir antes de que llegue el capitalismo.
Estoy harto de que vean a mi país y a mis compatriotas como un parque temático, una especie de zoológico donde se exhiben los últimos sobrevivientes de esa atroz etapa de la evolución humana que fue el socialismo real. Aun en los que comparten esa “ideología”, hay una obsesión casi pornográfica en el fondo.
Los pocos amigos de izquierda que nos quedan se deben a cariños incorregibles. Nada ha logrado impedir, hasta ahora, que nos abracemos y hasta nos besemos cuando nos reencontramos. Pero es una cuota muy limitada que, bajo ningún concepto, ampliaremos.
Cada vez que alguien me pregunta por la revolución cubana, le respondo que se cayó en 1970, cuando fracasó la zafra de los 10 millones y Fidel Castro cambió nuestra soberanía por latas de carne rusa. Nunca he sabido responder la segunda pregunta, que siempre es sobre qué yo creo que va a pasar.
Aunque siempre la aprovecho para subrayar que Cuba ya no es un país, sino una larga extensión de ruinas en manos de cuatro viejos pánicos. Díaz-Canel, aclaro, es solo un testaferro, nombrado a dedo para gestionar las comunicaciones de esa “coyuntura” que pronto cumplirá 61 años.
A veces, solo a veces, el individuo nos dice que admira a la revolución y al pueblo cubano por "resistir a solo 90 millas del imperialismo yanqui". Como reconocí al principio, cada vez tengo menos paciencia con estos individuos. Por eso nuestros amigos han decidido no presentarnos a su próxima visita.
Hay que ser hijo de puta para seguir simpatizando con algo así. Y eso es lo único que me queda por decir cuando llegamos a ese punto.

18 sept 2019

Juegan a las escondidas con los ojos vendados

© Obra de Alen Lauzán.
Tengo que admitirlo, por más predecibles que sean, no dejan de sorprenderme. Otra vez han salido a dar el discurso del sobreviviente. Una vez más, han empezado a buscar culpables en cualquier lado que no sea el suyo. Juegan a las escondidas con los ojos vendados.
Son como el hermano más grande de la canción de Silvio (el propio trovador es uno de ellos, dicho sea de paso). Se han hecho viejos, queriendo ir lejos con su corta visión. Por eso, en lugar de señalar a los únicos culpables de que vivan en una prisión en ruinas, señalan a los que tomaron la decisión de escapar y ser libres.
No, el responsable de esta nueva crisis (a la que ya han nombrado con el eufemismo de coyuntura) no es Donald Trump, tampoco los que apoyan las medidas tomadas por el presidente de Estados Unidos para evitar que los militares cubanos sigan asistiendo al criminal régimen de Nicolás Maduro.
Hay un solo responsable de que Cuba sea un país donde las mujeres no quieren parir, los jóvenes no quieren estar y los viejos no tienen cómo subsistir. Hay un solo responsable de que Cuba, tras el naufragio de la zafra del 70 (¡hace ya 49 años!) se convirtiera en un parásito, primero incosteable y después inviable.
En 2006, cuando las tripas de Fidel Castro no pudieron más y Raúl Castro se convirtió en dictador interino, prometió un vaso de leche para cada cubano. Es impresionante que un programa de gobierno tan modesto y aparentemente fácil de lograr, fuera incumplido al cabo de 12 años.
Miguel Díaz-Canel, el actual testaferro de los cuatro viejos pánicos que mantienen secuestrado el futuro de Cuba, comentó con satisfacción que “la actual coyuntura (ya dijimos que es su manera de pronunciar la palabra crisis) es una oportunidad ideal para que los jóvenes se entrenen” (sic).
Todo el que tenga hijos pequeños, obligados a vivir esa asfixiante circunstancia, como mínimo, debió mentarle la madre. Pero es más fácil y tiene muchísimas menos consecuencias mentársela a los cubanos en el exilio, esos que, de una manera o de otra, acabarán socorriéndolos.
Juegan a las escondidas con los ojos vendados. A eso se dedican los sobrevivientes, los que ya no tienen valor de preguntarse a quién en verdad le deben la sobrevida.

11 sept 2019

La mañana que empecé a vivir en el mundo

Había salido de Cuba 10 meses antes, pero no fue ese día que entendí que estaba del otro lado de la pared que rodea a mi país. Salí de casa creyendo que una avioneta se había estrellado en el World Trade Center. Entonces no existían las redes sociales ni el chat, todavía los medios de comunicación daban noticias. 
Por eso tuve que llegar al periódico para enterarme de la magnitud de los acontecimientos. Éramos un equipo muy diverso, integrado por dominicanos, españoles, peruanos, chilenos, colombianos, argentinos, uruguayos y cubanos. Nadie escribía ni se atrevía a quitar la vista de la pantalla del televisor. 
No olvido nuestros rostros. De pie, sin movernos, con las manos en la cabeza o en la boca, también nos vimos envueltos por la inmensa nube de polvo. Cuando vimos caer a las torres, entendimos que el mundo, tal y como lo conocíamos, también se estaba derrumbando.
Hasta ese día, me había enterado de lo que ocurría en el mundo por el Noticiero Nacional de Televisión o por las páginas del Granma, el órgano oficial de la dictadura de Cuba. Era la primera vez que todas las versiones y tantos puntos de vista me daban la oportunidad de hacerme mi propia idea de las cosas.
Pasé semanas sin poderme deshacer de una imagen, la del hombre que cae cabeza abajo. Él fue uno de los tantos que, al verse atrapado por las llamas, prefirió lanzarse al vacío. Desde entonces, cada vez que tengo que tomar una decisión extrema, pienso en él. Está mal que lo reconozca, pero esa comparación me alivia.
Ocurrió un día como hoy. Esa mañana empecé a vivir en el mundo, porque entendí que era dueño de mi destino y que estaba en capacidad de elegir. Esa tragedia y aquel hombre me explicaron mi nueva realidad y las consecuencias de mi salto al vacío. 
El Camilo Venegas que soy hoy ha nacido muchas veces. Pero el 11 de septiembre de 2001, definitivamente, dejé de ser el que nació en 1967. 

10 sept 2019

A las caobas de la Churchill (una carta por Ítalo Calvino)*

En noviembre del año 2000, cuando aterricé en el aeropuerto Las Américas sin el pasaje de regreso a La Habana, caminé durante horas bajo sus sombras. Aunque Freddy Ginebra me esperaba con un abrazo salvador, sentía una extraña soledad, más allá del desamparo que significa estar lejos de los tuyos.
Además de mi familia, me faltaban la luz, los olores y los sonidos que me habían acompañado por 33 años. El exilio no comienza el día en que te vas de tu país, sino en el momento en que tomas conciencia de que ya no te quedan caminos de regreso a él. 
Esa milésima de segundo en que admití que pasaría el resto de mi vida sin mi pueblo (el Paradero de Camarones), sin mi ciudad (Cienfuegos) y sin mi casa (La Habana), ocurrió a la sombra de las caobas de la Churchill. Entonces era una avenida mucho más despejada que hoy, pero su esencia sigue siendo la misma.
Mi hija Ana Rosario, que tenía 7 años, se había quedado atrás. Sus abuelas cuidarían de ella hasta que las autoridades cubanas permitieran su salida. La situación, además de desesperante, era paradójica. Apenas unos meses atrás, mi país había provocado una crisis internacional por tal de que el niño Elián González volviera con su padre. 
En un email (enviado a través de una conexión clandestina), Ana Rosario me pidió que le hiciera una foto de la ciudad donde se mudaría.  A pesar de que estaba muy corto de dinero, hice un gasto que no estaba contemplado en el presupuesto. Compré una cámara desechable y retraté la Winston Churchill.
Hace 18 años de ese momento. Ni Santo Domingo ni yo nos parecemos a los que éramos. Solo las caobas permanecen ajenas a todo ese tiempo. ¿Qué son dos décadas en la vida de un árbol que puede vivir más de un siglo? Sin embargo, ellas, desde esa lentitud que no logro descifrar, cuentan la historia de mi vida en este país.
En “Tamara”, una de Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, el escritor advierte que solo reparamos en los árboles y las piedras del camino cuando nos recuerdan otra cosa: “una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno”, dice.
Muchos árboles y piedras de Santo Domingo han sido ignorados por mí. No he hallado el símil que me obligaría a evocarlos. Las caobas de la Churchill, en cambio, no solo me recuerdan uno de los momentos más graves de mi vida, sino que le dan sentido al Camilo que he sido y soy.
Nací en un pequeño pueblo y siempre he preferido el campo a la ciudad. Mi sentido de pertenencia por lo dominicano ha podido echar muchas más raíces en los montes de la Cordillera Central que en el asfalto de la Capital. Pero cuando estoy cerca de las caobas de la Churchill, ando por un lugar al que pertenezco. 
Eusebio Delfín, uno antiguo trovador de mi provincia, escribió “Y tú qué has hecho”, una de las más hermosas canciones cubanas. La primera estrofa es contada por un narrador omnisciente y relata la historia de una niña que, “henchida de placer”, grabó su nombre en el tronco de un árbol. 
La segunda estrofa es un monólogo de cuatro versos y, como en los cuentos de Calvino, un árbol es capaz de hablar: “Yo guardo siempre tu querido nombre y tú, ¿qué has hecho de mi pobre flor?”, reclama. Sin tener que escribir mi nombre en ellas, me gustaría tener una larga conversación con las caobas de la Churchill.
Es muy probable que sean capaces de escucharme, incluso de comprenderme. Son mis limitaciones, las cada vez más básicas herramientas en que se han convertido los cinco sentidos del ser humano, las que hacen imposible ese diálogo.
Es por eso que, siendo lo más realista posible, les escribo esta pequeña nota. Mi única ilusión es que algún día, en una de los escasos momentos de silencio que hay a su alrededor (pocas calles de Santo Domingo son más ruidosas que la Churchill en la mañana, al mediodía o al caer la tarde), lleguen a sus oídos.

Caobas de la Churchill:
En La ignorancia, una novela de Milan Kundera que he releído varias veces, hay un párrafo que suelo recitar, entre amigos, como si fuera un poema: “En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa «sufrimiento». La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”.
Unas líneas más abajo, Kundera repite la misma palabra en muchos idiomas: añoranza (español), saudade (portugués), homesickness (inglés), heimweh (alemán), heimwee (holandés), söknudur (islandés)… Yo, además de nostalgia o añoranza, podría decir caoba.
Aunque, en ese caso, tendría que hacer una salvedad. Cuando digo caoba, además de referirme a ese deseo incumplido de volver, está la voluntad de preferir seguir siendo libre y agradecido. Esos sentimientos, el de la libertad y el de la gratitud, los reafirmé junto a ustedes.
Suelo encontrar todo cuanto me ata a Santo Domingo, desde la mujer que amo hasta mi hogar, a unos pocos pasos de sus troncos. A su alrededor también he dejado algunos de mis mejores años, he superado enormes angustias y me he prometido ser mejor y más bueno (siempre en la medida de mis posibilidades).
Como no puedo hacer nada más que contemplarlas y agradecerles en silencio, les deseo (tanto a ustedes como a todos los que lo vivimos) un mejor Santo Domingo. Un Santo Domingo tan verde como el de la Winston Churchill, donde los árboles ocupen el lugar que merecen, sean valorados y respetados. 
Un Santo Domingo más querido por la gente que la vive. Un Santo Domingo más pulcro y menos ruidoso, donde haya consecuencias para los que desprecian a sus vecinos, a la ciudad y a las leyes. Una ciudad que nos merezca, que esté orgullosa de los que todas las mañanas nos levantamos en ella.
Como dice Calvino, una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Ustedes, caobas de la Churchill, son el punto de partida de mi libertad y un hombre, por más que aparente desear muchas otras cosas, solo persigue a su libertad.
La mía, como han podido comprobar, camina todas las mañanas bajo su alargada sombra. A veces, incluso, trota. Gracias, queridas caobas de la Winston Churchill por todo lo que les debo. Espero poder seguir viéndolas por muchos años más.
Les prometo que, con la cámara de mi celular (ya no existen las desechables), repetiré la foto que le envié a mi hija en noviembre del 2000. Quiero que, al comparar las imágenes, pueda apreciar el paso no solo en la ciudad, sino también en ustedes… a ver si empiezo a entender su vida secreta.  
Un abrazo todavía cubano, ya cibaeño, de un admirador cotidiano.

*Escrito para un proyecto de Mario Dávalos y Capital DBG.

6 sept 2019

Ricardo Campbell clandestino en Güines

Coche motor Guerrillero 4106 y locomotora Baldwin fotografiados
por Ricardo Campbell en el patio de la estación de Güines.
Ricardo Campbell llegó a Cuba en 1974, a bordo del vapor argentino Río Atuel. tenía 24 años y aún era estudiante de la Escuela Nacional de Náutica. Atracaron en La Habana, después de tocar varios puertos de Suramérica y antes de poner proa a Nueva Orleáns. 
En las bodegas del buque, como parte del “contrato Perón-Castro”, venían autos Ford Falcon, Chevrolet Chevy y Dodge 1500 para el servicio de taxis que se extendió a toda la isla. Un lote de camiones Mercedes Benz 1112 fueron enviados al CAN (Complejo Avícola Nacional) para el transporte de huevos y pollos.
“En cuanto llegamos, el buque fue invadido por la milicia. No nos dejaban salir de un radio de 5 kilómetros de donde estábamos amarrados. Éramos el único buque con una bandera que no fuera de la Unión Soviética en todo el puerto de La Habana”, recuerda Ricardo.
“Como a los 24 años uno se cree inmortal, poco me importó el radio de acción asignado. Así que me encaminé a la estación Central con mi cámara Agfa y un rollo de diapositivas Kodak. Compré un pasaje que me sirviese para ir lo mas lejos posible y volver a una hora razonable al atardecer”, agrega.
Fue así que se subió al coche motor 4106, que en ese entonces circulaba entre La Habana y Güines. Ese viaje lo llevó, muchos años después, a El Fogonero. Buscando información sobre los Ferrocarriles de Cuba, dio con el blog y me escribió un emotivo email. 
En la estación de Güines, retrató el coche motor en el que había hecho el viaje, una locomotora húngara y una máquina de vapor Baldwin del central Eduardo García Lavandero, en la lejana Artemisa (como una prueba más de la colosal ineficiencia de las zafras revolucionarias).
“La tarde la completé charlando con la gente y disfrutando el áurea de un mundo muy distinto al mío. Todos hablaban de lo mismo, estaban cansados de hacer filas. Volví al barco con la intriga de saber si las fotos habían salido bien, porque todavía me faltaban 3 meses para ver el resultado”, apunta Ricardo.
Como parte del convenio entre la Argentina de Perón y la Cuba de Fidel, también llegaron a Cuba modernos equipos ferroviarios fabricados por Fiat Concord en Córdoba: 50 coches motores con sus remolques, 185 coches de primera clase, 15 coches comedores y 20 coches postales para el servicio de expreso.
“Nos sorprendió que los jóvenes se reunieran en el Malecón a sintonizar emisoras de Estados Unidos para poder oír a los Beatles y el rock de la época. Les regalamos cassettes de bandas inglesas. Aún hoy se me humedecen los ojos cuando recuerdo el sentido agradecimiento que expresaban al recibirlos”, escribe.
Las fotos hechas por Ricardo Campbell, durante su breve estancia en Güines, a 48 kilómetros al sur de La Habana, son ahora un valioso testimonio sobre el estado de conservación de los Ferrocarriles de Cuba en la primera mitad de la década de los setenta.
Gracias, Richard (ya soy tu amigo y sé que ellos te llaman así), por tu envío y por tu generosidad, al permitirme publicar imágenes que permanecieron inéditas por 45 años, tanto en El Fogonero como en Trenes de Cubaun grupo de Facebook donde ferroviarios y aficionados cubanos dialogan y comparten experiencias.
Si algún tren pasara por Güines hoy, te agradecerá tu gesto con un largo pitazo, parecido al del barco que te llevó a nuestro lugar en el mundo.

Puerto de La Habana, 1974. Militares cubanos revisan al vapor
argentino Río Atuel antes de que comience su descarga.
Güines visto desde la cabina del coche motor Guerrillero 4106.
Locomotora DVM-9, de fabricación húngara.
Locomotora Baldwin del central Eduardo García Lavandero.
Coche Motor Guerrillero 4106 en el que Ricardo Campbell
viajó de La Habana a Güines.
Gracias a este detalle del coche motor Guerrillero 4106,
se puede apreciar el logo diseñado para estos equipos,
armados con autobuses General Motors sobre planchas
de ferrocarril.
El 4106 en el andén de Güines, listo para volver a La Habana. 
Al fondo, el tren de caña del central Eduardo García Lavandero.
Los elevados de Estación Central vistos desde la cabina
del coche motor Guerrillero 4106.