11 mayo 2021

La primavera rumana de la señora Basilia


(Fragmento de la novela Atlántida)


Hace una semana que un tren de carga dejó una casilla rumana en el apartadero. Le oí decir a Aurelio que tenía problemas con el aire. “Antiguamente esto no pasaba —agregó lamentándose, mientras revisaba los calzos de madera del vagón—, los guardafrenos siempre llevaban mangueras de repuesto”.  

La casilla tenía una de sus puertas ligeramente abierta. Me subí en el estribo para verla por dentro. Su piso de madera y estaba cubierto por un polvo blanco. Le pregunté a mi abuelo qué era. “Eso debe ser harina de trigo”, me respondió mientras apuntaba unos números en un libro.

—¿Cuántos sacos de harina de trigo caben en una casilla?

—¡Bájate de ahí!

Según el Itinerario, las casillas rumanas tienen una capacidad de carga de 60 toneladas, una capacidad volumétrica de 94,4 toneladas métricas, su velocidad máxima autorizada son 70 kilómetros por hora, la distancia entre los enganches es 16,18 metros y su tara es de 23 toneladas.

Mientras la casilla rumana permanezca en el apartadero, no se pueden efectuar cruces de trenes en Camarones. Eso tiene muy preocupado a Aurelio, por eso a cada rato se asoma en la oficina de la estación y mira en dirección al vagón diciendo que no con la cabeza.

—Es increíble —murmura—. Todo esto por no llevar mangueras de repuesto.

Ayer en la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, Gustavo el maestro pasó caminando por el apartadero. Llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si se estuviera ocultando de alguien o no quisiera que lo vieran. 

Atlántida, desde su panóptico, fue la primera en descubrirlo. Al ver que ella le estaba prestando tanta atención a algo, Aurelio se le paró detrás y yo hice lo mismo detrás de mi abuelo. Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea para poder seguir. Pero nunca lo vimos salir del otro lado.

Atlántida miró a Aurelio con cara de extrañeza y Aurelio me miró a mí con cara de regaño. Al poco rato, otra vez desde su panóptico, mi abuela descubrió que Basilia también iba caminando por el apartadero. Como Gustavo, llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si tampoco quisiera ser vista.

Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea y desapareció detrás del vagón. Al igual que Gustavo, nunca salió del otro lado. Atlántida miró otra vez a Aurelio con cara de extrañeza, pero yo no le di la oportunidad a mi abuelo de que me mirara con cara de regaño porque antes me alejé disimulando.

—Pobre muchacho —murmuró Atlántida camino de la cocina, mientras hacía como si se estuviera secando sus manos en el delantal. A veces, cuando ella prefiere callarse algo, empieza a secarse las manos en el delantal. No importa que ya las tenga secas, lo que importa para ella es el gesto.

—¡Ni una palabra de eso a Chena! —dijo Aurelio enjuagándose sus manos en el aire.

—¡Tú estás loco! —respondió Atlántida desde la cocina, mientras empezaba a machacar ajos.

Al cabo de un largo rato, Basilia reapareció. Nunca llegó a salir del otro lado de la casilla rumana. Volvió por donde mismo había venido. Seguía con la cabeza baja pero caminaba muy rápido, como si quisiera alejarse lo antes posible. Cada vez que se sacudía la blusa o el pantalón, levantaba una nube de polvo blanco.

Gustavo hizo lo mismo minutos después. Sus nubes del polvo blanco eran enormes y llegaban a envolverlo completamente. “Pobre muchacho”, dijo Atlántida sin necesidad de asomarse a su panóptico, mientras otra nube, con un fuerte olor a sofrito, la envolvía a ella.

—La primavera rumana de la señora Basilia —murmuró Aurelio con tono burlón.

Esa frase me pareció conocida, pero no fue hasta dos o tres días después que recordé que podía ser el título de una película. Busqué en la libreta donde anoto fichas técnicas y sinopsis y ahí estaba.

La primavera romana de la señora Stone es un filme norteamericano de 1961 dirigido por José Quintero y basado en una obra de teatro de Tennesse Williams. La fotografía es de Harry Waxman, la edición Ralph Kemplen, la música de Richard Addinsell y los protagonistas son Vivien Leigh y Warren Beatty.

Si tengo la ficha técnica es porque la pasaron en el cine Justo. Si mis abuelos no me llevaron a verla es porque debe ser para mayores de 16 años. Seguro que fueron un fin de semana, que es cuando Lérida viene y se queda conmigo mientras ellos pueden ir a ver películas prohibidas para menores. 

—Papá, ¿Vivien Leigh era muy linda?

Al parecer mi pregunta desconcertó a Aurelio, porque estuvo un largo rato pensando con cara de intriga. Al final abrió los ojos, como hace cuando le encuentra la solución a un problema o por fin se da cuenta de algo. Sin responderme, entró en la estación y cerró la puerta.

—¡Delante de este muchacho no se puede decir nada! —le oí exclamar del otro lado.

Después de tanto insistir, mi abuelo consiguió que un tren con tanques de combustibles vacíos se detuviera, le cambiaran la manguera al vagón averiado y se lo llevaran. La locomotora era la 30802, no sé por qué no se me ha olvidado su número, como tampoco el momento en que la casilla rumana se fue alejando justo detrás de ella. 

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