2 oct 2021

Juguete básico


(Fragmento de la novela Atlántida)

La primera vez que vi al Paradero de Camarones a la velocidad de una bicicleta, todo se vio diferente. La escuela me pareció mucho más pequeña. Como recorrer el portal a pie tomaba mucho más tiempo, lo hacía parecer más largo de lo que en verdad era. En bicicleta, en cambio, bastaron dos pedalazos.
Para subir la Loma del Chino Piloto, que de lejos parece una mínima elevación, tuve que levantarme del sillín y pedalear duro. Del otro lado, estaba la recta que lleva a la Portada de Balboa y Cruces. Más de un momento estuve tentado a seguir, pero sin permiso de Atlántida eso hubiera sido una falta grave.
Al final metí la bicicleta en un charco que había frente a casa de Hilda María. No calculé que fuera tan profundo y estuve a punto de quedarme atascado en él. Salí sano y salvo, pero lleno de lodo de pies a cabeza. De regreso a casa me crucé con el maestro Gustavo. Le dio mucha gracia verme chorreando agua sucia.
Hace una semana Gustavo se despidió de nosotros, ya no será nuestro maestro en el próximo curso. A pesar de tantos cocotazos, de los borradores que tiró contra las cabezas de algunos y de los duros golpes que nos dio en el hombro, uniendo su dedo índice con el del medio, dijo que nos iba a extrañar. 
En septiembre tampoco volveremos a la misma aula. Por eso, cuando iba saliendo, me fui despidiendo de la esfera, del planisferio, del maniquí con los órganos al descubierto y de las caras de Martí, Maceo y Gómez, que siempre nos miraban como si nos estuvieran vigilando.
Sobre la mesa del maestro, estaba el borrador que tantas veces voló como un proyectil en dirección a las cabezas de Tito Migoyo, Ico y Paulín Ortiz, los tres más grandes y lo que peor se portaban. Mientras nos alejábamos, oíamos los golpes de las ventanas de aluminio cerrándose. Así permanecerían hasta septiembre. 
Tres días después fue la rifa de los números para comprar los juguetes. Los venden una vez al año y tenemos derecho a tres: el básico, el no básico y el dirigido. La rifa determina el orden en el que debemos entrar a la tienda. Siempre quise una bicicleta, pero al pueblo solo llegan diez. Se acaban enseguida.
Este año, por primera vez, tuve suerte. Cuando Nancy, la hija de Aracelia, dijo el nombre al que le tocaba el número dos, ni cuenta me di. Ni siquiera cuando Atlántida saltó de la alegría reaccioné. Esa noche no dormí, me pasé toda la madrugada imaginándome por el pueblo en bicicleta.
El Chiqui y yo fuimos a mirar por una hendija de la puerta de la tienda, pero apenas se distinguía una montaña de cajas. Blanca Llerena me dijo que me espabilara, porque una vez que tuve la bicicleta delante dejé de prestarse atención y todavía tenía que elegir el juguete no básico y el dirigido.
Al final me llevé un juego de damas chinas y una pelota de goma. Chola, el que trabaja en el garaje con Luzbel Cabrera, me engrasó la bicicleta y le llenó las gomas de aire. Con una pequeña llave, se aseguró de que los rayos estuvieran bien tensos y las llantas centradas.
Uno de mis grandes descubrimientos fueron los espejos que tenía en ambos extremos del manubrio. Gracias a ellos podía ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. Mientras el cine se alejaba, el garaje se acercaba. Mientras la estación se alejaba, la casa de Felo López se acercaba.
En muy poco tiempo aprendí a hacer piruetas. Ya estaba listo para que ella me viera. Fui dos veces a la Granja Panamá y una tercera que llegué hasta La Chirigota. En la primera, mi tía Mireya Yero me regañó, porque la máquina de Pepe el Sordo estuvo a punto de arrollarme.
—¡Deja que se lo diga a Atlántida! —decía mientras se alejaba en el espejo.
Ya volvía derrotado cuando la descubrí en la entrada de la carreterita. Estaba hablando con el hombre del Yugulí rojo. Primero me solté del manubrio, después pasé en una sola rueda y por último doblé casi acostado. Ninguna de las tres veces levantó la vista.
Por eso no pudo ver que, al dejar el asfalto y empezar a rodar sobre el camino de piedras, resbalé. Llegué a la casa con las rodillas llenas de sangre, varios vidrios encajados en las palmas de las manos y los dos espejos rotos. Atlántida lo vio todo desde su panóptico y me esperó con el Merthiolate y el algodón en las manos.
Nunca más pude ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. A partir de ese momento, las cosas solo se acercaban. Lo que quedaba atrás, volvió a ser invisible para mí. Incluso Basilia que, me imagino, siguió sin levantar la vista.

1 comentario:

MoroSys dijo...

Camilo, el último párrafo es puro Caín.
Gracias por recordarme al maestro.