21 oct 2021

Arkansas


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dicen que Ramona, la encargada del Correo, salió de su oficina con las manos en la cabeza. También dicen que cuando Basilia se enteró de que le había llegado un telegrama, ya casi todo el pueblo lo sabía. La miraban de una manera extraña, aún más extraña de la manera en que ya la miraban.

Helemenia, la esposa de mi tío Roberto Yero, se encargó de explicarle a la familia lo que sucedía. Fue de casa en casa. Empezó por la de Chaco, uno de los hijos de Rao. Por el patio, cruzó para la casa de Aneve, otro hijo de Rao y, sin salir a la calle, se metió en la cocina de mi tío.

—¡Aaahhh jajá! —seguramente respondió Rao.

Cuando salió de casa de Leopoldo y Juana, vino a la estación. Llegó con las manos en la cabeza y diciéndole a mi abuela que no iba a creer lo que había pasado. Entonces, por primera vez en mi vida, escuché la palabra Arkansas. Fui corriendo para el aparador y saqué la caja de mapas que vino entre las cosas de Nellina.

Mientras Helemenia seguía insistiendo en que no lo podía creer, que esa muchachita se había desgraciado la vida y que nadie se imaginaba que las cosas habían sido de esa manera, yo buscaba desesperadamente entre los más de 50 mapas hasta que por fin di con el de Arkansas.

—Ahora todas las piezas encajan —dijo Helemenia y tomó un sorbo de café que la obligó a hacer silencio y a cerrar los ojos—. ¡Hum, el mejor café del Paradero de Camarones!

Arkansas no tiene costa, por eso los dibujos que resaltan sus características están del otro lado de sus fronteras, sobre los estados vecinos. Así aparecen los montes Ozark, las montañas de Ouachita, los sembrados de arroz, trigo y soja, las granjas de pollos y unos árboles barrigones que viven dentro del agua.  

—El dirigente pasó como un loco, ¿tú sabes de quien estoy hablando, verdad? —Atlántida dijo que no con la cabeza. Pero yo sí sabía, el dirigente es el hombre del Yugulí rojo­–. Dicen que ese hombre ni paró en los cruceros y dobló en la esquina a una velocidad que no hubo una desgracia de milagro. Dicen que dijo de todo en una reunión que hizo con los trabajadores de la granja Panamá.

En el mapa hay una foto del río Blanco. Enormes cipreses se elevan sobre el agua, un hombre y una mujer pasan entre ellos en un kayak. Las palabras ciprés y kayak siempre me han gustado, como estepa y taiga. En un recuadro, dice que el estado de Arkansas es el mayor productor de arroz de Estados Unidos y uno de los mayores productores de pavos, pollos y huevos.

—El telegrama es del padre del niño —continuó Helemenia—, él estudió lo mismo que ella en Alemania.

—Aaahhh —dije sin querer. Atlántida y Helemenia me miraron sorprendidas, mientras yo trataba de disimular.

—Él desertó —dijo Helemenia con tono misterioso—. Se quedó en un aeropuerto donde hacen escala los aviones que vienen del campo socialista para Cuba. Ahora se cree que los dos se iban a quedar y ella se arrepintió a última hora. ¿Te imaginas? Parece que como sabía que estaba embarazada… No sé, pobre muchacha, se ha desgraciado la vida.

Ahora entendí lo que pasó entre ella y el maestro Gustavo en la clase donde él habló de la península de Terranova. Busqué el Atlas. En este momento entre Terranova, Arkansas y el Paradero de Camarones hay un triángulo más peligroso que el de las Bermudas.

—Ya no será delegada al XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes —dijo Helemenia llevándose la mano a la boca, como si estuviera contando un secreto—. Allí mismo, delante de todos los trabajadores de la granja Panamá, el dirigente le quitó el carnet de la militancia.

Atlántida no entiende mucho de esas cosas. A Lérida siempre le ha costado mucho trabajo explicárselas cuando le cuenta de su trabajo en Cienfuegos. Quizás por eso se levantó y empezó a fregar las tazas de café. Cuando cerró la llave del agua, le preguntó a Helemenia si quería llevarse unas toronjas para hacer dulce.

—William, el hijo de Ada y Benigno, es el nuevo administrador —dijo mi tía mientras hacía sonar el manojo de llaves de su casa—. Imagínate, ese muchacho es muy serio, es de aquí, lo conoce todo el mundo, estuvo en Angola, ¿quién mejor que él, verdad?

En otro recuadro dice que el clima de Arkansas es suave, porque los vientos del sur impiden que los inviernos sean excesivamente fríos. Las temperaturas medias en invierno son de 2° C. En verano, de 27° C. Las precipitaciones medias anuales alcanzan a 1200 mm y rara vez cae nieve. 

—A ella no le quedará más remedio que irse —dijo Helemenia mientras mi abuela la despedía en la puerta de la calle.

Del otro lado de las líneas del tren y de los patios, estaban Mercedita, Barbarita y Aleida Pis. Las tres se habían llevado las manos a la cabeza. Con seguridad hablaban del telegrama que llegó de Arkansas. Mientras recogía los mapas, me imaginé navegando con Basilia por el clima suave del río Blanco.

—Ciprés, kayak, estepa, taiga —me fui diciendo a mí mismo.

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