4 oct 2021

Tres cuartos de pan


(Fragmento de la novela Atlántida)

Nunca he tenido en las manos un pan entero, pensé en eso mientras hundía los dedos en la masa que dejó al descubierto el corte. La Conga, que es quien se encarga de despachar el pan en la tienda de Chena, siempre abre la Libreta de Abastecimiento en la hoja correspondiente. 
Escribe “¾” en la casilla del día y toma una barra de pan de la caja de madera. Antes de alcanzármela, cercena uno de sus extremos. Con el dorso del cuchillo, empuja el pedazo restante de vuelta a la caja. Muchas veces me he preguntado a quién le tocará esa ración, quién se comerá la otra punta de nuestro pan.
En la tienda de Chena nunca hay claridad, pero a partir de septiembre se pone aún más oscura. Un único bombillo, nublado de moscas, surte la indispensable luz para que La Conga y Zaida apunten en las libretas y despachen. Como todo está en penumbras, la gente no se mira para hablar.
—Eeeyyy —dicen a veces los que acaban de llegar.
—Eeeyyy —responden algunos de los que están adentro.
—Qué hubo —pregunta un viejo de Marsellán.
—Qué hubo —le responde un viejo de La Flora.
—Qué hay —saluda una señora de la Vía Estrecha.
—Qué hay —saluda una señora de La Chirigota.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor de La Pedrera.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor del Callejón.
—Parece que va a llover —dice alguien de la Valla.
—Parece que va a llover —dice alguien del barrio de las Latas.
Nunca se miran para preguntar, responder, saludar comentar, decir o repetir. Casi todos los que compran en esta tienda viven en las afueras del pueblo. Algunos llegan a caballo y otros en bicicleta, pero la mayoría lo hace a pie. Dentro de la tienda nada de eso importa, porque todos se comportan igual.
A veces se ponen de acuerdo en hacer silencio y lo único que se escucha es el sonido del papel de la Libreta de Abastecimiento, mientras los dedos de La Conga buscan la página precisa. Aunque el único bombillo está lejos, en ese momento también se oye el zumbido de las moscas. 
Casi siempre las frases reciben la misma respuesta. Salvo en un caso, que es cuando alguien llega y hace una pregunta que todos se sienten en la obligación de responder. Aunque tampoco se miran, es la vez que más cerca están de hacerlo. Para evitarlo, cada quien mira hacia los estantes.
—¿Cómo está la cosa? —inquiere el recién llegado.
—Aaaaahí —responden todos a coro.
Después de eso, cada quien se queda pendiente del punto fijo que halló. El viejo de Marsellán mira las latas de leche condensada Nela, el viejo de La Flora a los jabones Batey, la señora de la Vía Estrecha a los jabones Nácar, el señor de La Pedrera a los paquetes de gofio y el señor del Callejón a las botellas de sirope.
Algunos, incluso, coinciden en un mismo punto. Las latas de carne rusa, por ejemplo, atraen mucho la atención. Son anaranjadas y tienen una cabeza de vaca encerrada en un círculo. Se llaman Slava, igual que los relojes despertadores. A mí me gusta la carne rusa, pero a mis abuelos le parece algo asqueroso.
En la medida en que se acercan las seis de la tarde, que es la hora de cerrar y el momento en que la noche cae de golpe sobre el Paradero de Camarones, todos parecen querer salir corriendo. Eso hice yo. Le entregué a Atlántida la jaba con los tres cuartos de pan y traté de escabullirme. Pero ella la revisó enseguida.
—¡Siempre le metes los dedos! —se quejó. 
—Ya está empezando a oscurecer temprano —le respondí.
Desconcertada, me dijo que me lavara las manos y que me pusiera a ver televisión hasta que estuviera la comida.
—Parece que va a llover —dije camino a la sala, sin darle tiempo a reaccionar.

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