Ayer en la tarde, mientras Diana y yo caminábamos bajo los pinos que bordean al río, retraté a un pato. Aunque ya son comunes en el Manzanares, la canción de Sabina me hace verlos todavía como algo extraño. Por eso siempre los retrato, en el carrete de mi iPhone tengo muchísimas fotos de ellos.
Mientras hacía la foto, comenté que iba a extrañar el paisaje que nos rodea y que tanto disfrutamos cuando volvamos a República Dominicana, huyéndole al verano de Madrid. Buscamos un lugar donde tirarnos en la hierba y, con el sonido de la corriente de fondo, nos pusimos a leer.
En la madrugada, cuando yo ya roncaba, Diana oyó ruidos en la calle. Aunque no es normal, decidió no asomarse para ver qué ocurría. Hoy en la mañana nos enteramos por las noticias de que una mujer había caído al río. Los ruidos venían del equipo de rescate, mientras lograba sacarla del agua con una grúa.
Todo ocurrió en el mismo espacio: la foto del pato, la lectura en la hierba y la tragedia. Hoy pasé por allí y todo estaba como si no hubiera pasado nada. Supe el lugar porque un anciano le señalaba a su esposa, quien no acababa de entender dónde había sido exactamente.
—¡Te dije que allí, coño!
—Ah, allí —respondió ella señalando al vacío.
El pato seguía caminando por el muro, pero esta vez no lo retraté.