30 ago 2021

Serafín


(fragmento de la novela Atlántida)

Siempre que veo pasar un Dodge azul por el crucero, aguanto la respiración hasta que llega a la carreterita. Si sigue en dirección a San Fernando, respiro decepcionado. Pero si dobla y empieza a acercarse, salgo corriendo para el andén y me las arreglo para recuperar el aliento en la carrera.
Atlántida se pone de mal humor cada vez que eso sucede. Aunque no me gusta hacerla sentir mal, no puedo contener la alegría. Serafín es muy alto y camina dando largas zancadas. Por eso corro lo más rápido que puedo, para llegar a él antes de que baje del Dodge azul.
—¡Pipooooooo! —Le oigo gritar.
—¡Papiiiiiii! —Le respondo.
Entonces meto el cuerpo por la ventana del carro y abrazo su cabeza. Desde su panóptico, Atlántida nos vigila. Serafín dedica los próximos minutos a ver cuánto he cambiado y a corregirme. Reconoce que estoy más grande, pero me dice que si sigo a ese paso me voy a quedar chiquito como los Yero.
Con sus dos manos, me empuja los hombros hacia atrás y me pide que me enderece, que todos los hombres de su familia caminan derecho y dando pasos grandes, que los Yero son los que caminan dando pasitos cortos. Revisa mis manos y comprueba que tengo las palmas grandes. Pone cara de alivio.
—En las vacaciones te voy a llevar a La Habana para que los Venegas vean cuánto has crecido —me dice—. ¿Te acuerdas de tus tíos, verdad, de Paulino, de Monga, de Sixta, de Cipriano...? Tu primo Lazarito está loco por verte… Pero tienes que bajarte de la guagua derechito.
—¿Y por qué no vamos en tren?
—¿No te parecen suficientes los que tienes aquí, en este San Nicolás del Peladero? —me pregunta—. Ya hay una guagua que sale directo de Manicaragua para La Habana, no para ni en Santa Clara. Una Hino nuevecita, de esas que le dicen Colmillo Blanco. Voy a reservar los dos primeros asientos para que vayas mirando la nueva autopista.
Me abraza y me besa otra vez. Los abrazos de Serafín duelen, pero como lo veo una vez cada dos o tres meses llego a extrañarlos mucho. Me dice que abra el maletero del Dodge azul y empieza a reírse. Eso quiere decir que me trae una sorpresa. A Serafín le encanta traerme sorpresas.
Es un pescado enorme, tuvo que doblarlo para que cupiera. Dice que lo pescó anoche en Casilda. Tiene un hoyo en el lomo. Serafín pesca con arpón, como el capitán Ajab. Pero a diferencia del ballenero, que persigue a sus presas en un barco, Serafín lo hace nadando por debajo del agua.
—Vamos a decirle a tu abuelo que la pese —dice orgulloso—, esa cubera debe pasar de las 100 libras.
También me trajo un saco de malanga amarilla y una pinta de helado de chocolate de la fábrica de Cumanayagua. A mi abuela les trajo cinco libras de café del Escambray y a mi abuelo una botella de ron. Levantó la cubera con un solo brazo y me hizo una señal para que cerrara el maletero y lo siguiera.
Antes, me senté en el asiento de chofer y me empiné para poder ver por el espejo. Aunque ya Serafín está caminando por el andén, su olor sigue dentro del Dodge azul. Ramón, el esposo de Natividad, pasó a caballo y lo saludé como si en verdad nos estuviéramos cruzando y yo fuera a toda velocidad.
En efecto, la cubera pesa 102 libras. Serafín se quitó la camisa para limpiarla y cortarla en ruedas. Aurelio le fue a brindar un trago del ron que le trajo, pero Atlántida le dijo que no con la cabeza. Mi abuelo insistió y mi abuela hizo el gesto que hace cuando alguien la contradice y acaba por no hacerle caso.
Aurelio también se sirvió un trago para él y eso hizo que Atlántida se llevara las manos a la cabeza y se halara los pelos. Mi abuelo levantó el dedo índice, queriéndole decir que solo se beberían un trago. Mi abuela, de muy mal humor, le dio la espalda y se fue diciendo que no con la cabeza.
Aurelio y Serafín chocaron sus vasos, se miraron a los ojos, y de un solo golpe se tragaron todo el ron. “¡Aaahhh!”, dijeron los dos a la vez. Entonces mi padre empezó a contarnos cómo pescó la cubera. Dice que por poco tiene que soltarla con escopeta y todo, porque tenía más fuerza que un buey.
—En las vacaciones voy a llevarlo a Casilda a pescar —dijo mientras me empujaba los hombros hacia atrás con sus dos manos—. ¡Enderézate!
Serafín me pidió que le buscara un jabón de calabaza y se fue hasta el pozo. Se enjabonó completo de la cintura para arriba. Luego yo le fui bombeando el agua hasta que logró enjuagarse. Escondido de Atlántida, Aurelio había logrado servir otros dos tragos de ron.
—¡Aaahhh! –volvieron a decir los dos a la vez.
Para darle un último abrazo, metí el cuerpo por la ventana del carro y me abraqué a su cabeza. Entonces sentí el olor de Lérida. Es raro, porque mami no se ha vuelto a subir en el Dodge azul. Ni siquiera tengo recuerdos de ella viajando en él. Cuando saqué la cabeza descubrí que Basilia se acercaba.
—Yo no sabía que en el Paradero de Camarones había mujeres tan lindas —le dijo Serafín. 
—¿Él es tú papá? —me preguntó ella.
Solo atiné a decirle que sí con la cabeza. Las orejas me ardían y las piernas estaban a punto de doblárseme.
—¿Quieres que te lleve?
—¿Adónde?
—A donde quieras ir.
—¿Y tú, cuando crezcas vas a ser como él? —me preguntó y se alejó riéndose, sin esperar mi respuesta.
El Dodge azul giró a toda prisa para alcanzar a Basilia. Se detuvo por un momento junto a ella. Luego mi padre sacó el brazo y le dijo adiós, ella levantó el suyo y también lo hizo. Desde la punta del andén, yo los imité. Oí un último grito de Serafín desde el crucero.
—¡Pipooooooo!
—¿Qué hablaron tu papá y esa mujercita? —me preguntó Atlántida cuando volví a la casa.
—Nada.
—Yo la vi desde aquí desmollejada de la risa.
—En serio, mamá, no hablaron nada.
—Ve y lávate las manos que ya vamos a almorzar.
Cogí el jabón de calabaza y me fui hasta el pozo. Me enjaboné completo de la cintura para arriba. Luego me paré derecho y empecé a caminar por todo el patio dando largas zancadas. Pero me cayó jabón en los ojos y tuve que regresar corriendo a enjuagarme.
—¿Quieres que te lleve? —le pregunté a la bomba del pozo.

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