3 ago 2021

La segunda vida de Rosendo Stuart

El día que volví al Paradero de Camarones junto a gente
querida de mi pueblo. A mi lado, Rosendo Stuart.

Hoy fue un día extremo para mí, de esos que uno se queda recordándolos para siempre. Por unas obras que estamos haciendo en la Loma de Thoreau, tuve que subir sin Diana Sarlabous. Eso me hizo perder el sueño a las dos de la mañana. Cada vez que eso ocurre, me pongo a ver cualquier capítulo de “Band of Brothers”.

Al amanecer, traté de entrar en El Fogonero y tenía un aviso de que el blog había sido eliminado. Desde agosto de 2006, en unos días hará 15 años, comparto ahí la mayoría de las cosas que me pasan por la cabeza. La posibilidad de perderlas me provocó una terrible angustia. 

A media tarde, cuando mi mal día parecía empezar a mejorar, la nieta de Yuyo Serralvo me avisó de que había muerto Rosendo Stuart, mi hermano negro, uno de los mejores amigos que he tenido en mi vida. Me di por vencido y violé mi pacto de no beber alcohol entre semana. Semejante dolor llevaba ron.

Pero hace unos minutos la nieta de Paco de la Rosa me acaba de asegurar de que no es Stuart quien murió sino “el del otro banco de Cruces”. Volví a violar el pacto y me serví otro Brugal. Eufórico, puse a Beny Moré a cantar “Santa Isabel de las Lajas”. No exactamente el mismo pueblo, pero es de por allá.

En octubre de 1996, el huracán Lili atravesó mi provincia con vientos de hasta 176 km/h. Era viernes y Stuart, mientras cumplía su horario de jefe de estación, empezó a asegurar puertas y ventanas tanto de la estación como de la casa (es decir, la casa de mi madre).Una ráfaga abrió una puerta y el negro, literalmente, ondeó como una bandera.

“Yo pensé que se lo llevaba”, le gustaba contar a Lérida entre carcajadas. Hoy, ha vuelto a renacer, esta vez, gracias a una falsa noticia. Eso quiere decir que, aún en esta vida, tenemos la posibilidad de volver a sentarnos en el andén de Camarones a beber y reír. Felices de estar vivos para contarlo.

Aunque Lérida no estará entre nosotros, no podremos dejar de recordarla. Negro, te mando el abrazo más grande que soy capaz de dar.

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