3 dic 2021

Uno de los Villalobos

Los hermanos Cuquito e Ignacio Yero, dos de los Tres Villalobos.

(Fragmento de la novela
Atlántida)

Pertenecía a la segunda camada, como le llamaba mi tío abuelo Rao a sus medios hermanos. Claudio Yero tuvo ocho hijos con Pequeña Alonso: Blanca, Tití, Ía, Aurelio, Hilda, Roberto, Rao y Mario. Cuando la madre de mi abuelo murió, Claudio se casó con Bolito Gómez y tuvo seis hijos más: Berto, Mireya, Ignacio, Cuquito, Zaida y Teresita.
Desconozco las razones, es algo que no hablaron delante de mí. Pero lo cierto es que los varones del segundo matrimonio nunca se llevaron bien con los del primero. Según Atlántida, Aurelio jamás tuvo problemas con ninguno. Pero tampoco pudo evitar que lo involucraran. 
Ese conflicto, aun sin ser explicado, llegó hasta la tercera generación. Cada vez que salía de la escuela, me veía frente a los bigotes de película mexicana de Cuquito, quien a esa hora bebía y oía rancheras junto al traganíquel del bar. Él siempre me llamaba, pero yo encajaba la mirada en la acera.
Por mucho tiempo evité enfrentarme a los ojos de Cuquito, que, según Lérida, tenían la misma mirada que los de Jorge Negrete. Hasta un día en que perdió la paciencia y cruzó la calle. Al abrazarme, derramó parte de su bebida sobre mi camisa. Luego bajó su bigote empavesado en alcohol hasta la altura de mi cara.
—¿Tú sabes que por tus venas corre la misma sangre que por las mías? —me preguntó.
Estuve un largo rato inmóvil. Como no sabía cuál de las dos respuestas le agradaría más, no me atrevía a decir nada. Mientras tanto recordé las historias de que a Berto, Ignacio y Cuquito les decían los Tres Villalobos y que habían tenido broncas legendarias con forasteros o gente del pueblo.
El Paradero de Camarones fue testigo en innumerables ocasiones de aquellas peleas, a los puños y hasta los tiros, donde los tres hijos menores de Claudio Yero combatían de la manera más temeraria, sin importar a cuántos enemigos se enfrentaban. Uno de los Villalobos me tenía ahora atrapado.
—¿Tú sabes que por tus venas corre la misma sangre que por las mías? —me volvió a preguntar.
Casi temblando, dije que sí con la cabeza. Entonces me dio un beso con su enorme bigote y me dijo que me quería mucho. Me dejó un horrible olor a aguardiente y a tabaco en la cara. Pero no me atreví a limpiarme aquel brochazo. Seguí con él durante toda la tarde.
Nunca fui valiente, pero ese suceso me hizo menos cobarde. Una extraña seguridad en mí mismo se apoderó de mi cuerpo a partir de aquella tarde, después de admitirle a uno de los Tres Villalobos que por mis venas corría la misma sangre que por las suyas.
Una tarde lo vi caminar detrás de un hombre hacia la línea. Al verme, se detuvo y me hizo señas para que me alejara. Salí corriendo. Cuando tomé la suficiente distancia, miré hacia atrás y lo vi dando unos piñazos salvajes. Estaba muy borracho y se cayó más de una vez. 
Pero al final fue el otro el que no pudo volver a levantarse. Quedó tendido en el apartadero, mientras una multitud lo miraba en silencio. Al otro día, cuando me besó, tenía un golpe terrible en un ojo. Solo le quedaba la mitad de la mirada de Jorge Negrete.

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