23 enero 2026

Alfredito Rodríguez


Hablé con él una sola vez. Fue durante una cena en casa de unos amigos comunes. En un momento nos quedamos solos en la sala y no nos quedó más remedio que ponernos a conversar. Me preguntó que hacía y fui escueto, tratando de que el intercambio no se extendiera.
Pero él ahí encontró un hilo del que tiró con gracia, tino y elegancia. Poco después, ya yo estaba disfrutando muchísimo la charla con aquel hombre con el que, presuntamente, no tenía nada que ver. Cada tema de conversación que fuimos poniendo sobre la mesita, donde también estaban nuestros tragos, fue una delicia.
No recuerdo que habláramos de música. Ni siquiera le reconocí que a mi abuela Atlántida le brillaban los ojos cuando él aparecía en la borrosa pantalla de Juntos a las 9. Pero fue una maravilla oírlo recordar la Cuba de su infancia y una Habana, que ya no era la que vivíamos, pero de la que él seguía perdidamente enamorado.
—¡Que ciudad tan fascinante, chico! —dijo, y no me atreví a preguntarle si lo decía en presente o en pasado perfecto.
Repito lo mismo que han dicho ya muchos, de diferentes maneras, en estos días: aunque me perdí su música —por culpa de esa estrechez estética en la que fuimos educados—, estoy totalmente convencido de que fue uno de los artistas más honestos, consecuentes y valientes que ha tuvo Cuba desde 1959 hasta hoy.
Aunque no era un país para baladas, él nunca se dio por vencido y se las cantó siempre a esa inmensa mayoría que lo prefirió por encima de todos y de todo. Ya no me quedaba casi nada del país donde nací y crecí. Sin Alfredito Rodríguez, queda aún menos.

No hay comentarios: