Mi padre, Serafín Venegas, tuvo uno igual a este. En él subí por primera vez la Loma del Sijú, en la carretera de Manicaragua a Trinidad, que fue la más peligrosa de toda mi infancia.
Tengo una marca en la cara que data de aqellos trayectos. Había sacado la cabeza, para ver el final del lago Hanabanilla en Guanayara, y una abeja me picó.
—Luego vemos qué te hizo —me dijo mi padre al verme adolorido—. Ahora mira lo lindo que se ve el lago allá abajo.
Esa frase no se me olvida, como todo lo que aprendí cada vez que el Dodge de mi padre me llevaba a enamorarme de las montañas.
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