Mi padre me visitaba al menos dos veces al mes. Siempre llegaba con el maletero de su Dodge cargado de comida y regalos, pero aun así yo terminaba haciéndole algún encargo. Eso, a veces, lo incomodaba. Ya se acercaban los vientos de cuaresma y en el Paradero de Camarones comenzaba la temporada de papalotes.
—Necesito güines de Castilla —le pedí.
—El fin de semana que viene te recojo para ir a buscarlos juntos —me respondió.
Cumplió su promesa. El viernes siguiente pasó por mí y, después de convencer a la maestra Yayita de que me soltara antes de tiempo, salimos rumbo a los puentes de madera de Manicaragua. Al día siguiente madrugamos y, antes de que amaneciera, me vi a bordo de la Burra de Pico Blanco, una guagua armada sobre el chasis de un Zil 157, el camión de guerra de los soviéticos.
Nos sentamos junto a Aguilera, el chofer, viejo amigo de mi padre. Desde allí vi el trayecto como si fuera una película. Nos hundimos en lodazales, cruzamos ríos sin puentes, subimos cuestas empinadas y nos deslizamos por pendientes que provocaban en el estómago la misma sensación que una montaña rusa.
El motor rugía, la carrocería crujía y uno tenía la impresión de que, en cualquier momento, algo iba a desprenderse. Llegamos hasta un pequeño riachuelo que, un poco más abajo, se convertía en el caudaloso Arimao. Allí nos detuvimos para cortar los güines de Castilla.
Hicimos un enorme atado con el que luego fabriqué varios papalotes —con la ayuda de Juani, el hijo de Talín y Mercedita, que hacía los mejores del pueblo— y me alcanzó para regalarle algunos al Chiqui, quien le hizo una jaula nueva a sus tomeguines.
Pero aquellos güines tan resistentes —muy superiores a los de las cañas, que eran los únicos disponibles en el Paradero de Camarones— dejaron de ser lo más importante del viaje. Lo que más disfrutaba, cada vez que empinaba un papalote en el potrero de mi abuelo, era el recuerdo de la Burra.
No fue un viaje a Pico Blanco. Fue una mañana entera en un parque de diversiones: enormes sacudidas, ruidos estruendosos y la manera más temeraria de avanzar. Nunca más volví a montar en ella. Se lo pedí varias veces a mi padre, pero siempre me respondía lo mismo:
—¿Pero para qué tú te quieres volver a subir en ese cacharro?
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