07 julio 2026

Jorge Sarlabous Castillo


Llegó al mundo por Santiago de Cuba en 1929. Hijo de Lorenzo, un cubano descendiente de franceses que a su vez había nacido en Santo Domingo (por esas cercanías y esos azares que dominaban al Caribe a finales del siglo XIX) y Estrella, una santiaguera que luchó como nadie por lo único que no pudo conseguir: mantener a toda la familia a su alrededor.
Jorge Sarlabous Castillo se hizo técnico agrícola y heredó la posición de su padre en los campos de caña que rodeaban a Alto Songo. El barco que trasegaba entre Guantánamo y Santo Domingo ya lo habían vendido, por eso el único mar en el que pudo navegar fueron los cañaverales. 
En 1968, cuando decidió marcharse al exilio con su esposa y sus dos hijos, perdió el trabajo, a parte de su familia y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Siempre recordó esos veinticuatro como los peores de su vida. Antes de referirse a ellos hacía un largo silencio, como si dentro de su cabeza se volvieran a proyectar como una película. 
Pero lo consolaba recordar que aquella condena le permitió salvar a más de veinte presidiarios como él, a los que sus carceleros habían abandonado en un campamento que quedó bajo agua durante un ciclón. Él conocía un trillo que salía a un alto puente del ferrocarril de Martí a Bayamo y por allí escaparon.
En República Dominicana empezó de cero. Logró refundar su hogar y trabajar sin descanso por más de cuarenta años. Por su seriedad y honradez, llegó a estar al frente de fábricas y de industrias. Todos en la familia lloramos con el homenaje que le hicieron el día de su jubilación.
Ayer perdimos a uno de los últimos cubanos de aquellas grandes generaciones que antecedieron a la gran degeneración. Y eso es lo que más agradezco por haberlo tenido como suegro y como padre. Al oírlo, quererlo y obedecerle, tuve la oportunidad de vivir lo esencial de la Cuba que me perdí. 
Siempre que me sirva el trago de los domingos al mediodía, querido Jorge, estarás conmigo.