17 julio 2026

¿Por qué soy de Argentina?


Me encanta dar esta explicación: mi equipo en las Copas Mundiales de fútbol siempre ha siempre Argentina. Es por culpa de Mario Kempes y de aquel televisor Krim 206 que teníamos en la sala de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. 
Corría el año 1978 y era la primera vez que veía transmisiones de fútbol. Después de haber logrado aprenderme las complejísimas reglas del béisbol, al niño que fui le resultó relativamente fácil dominar las del fútbol. Apenas en el segundo partido, ya las palabras offside y corner eran parte de mi vocabulario.
Una vez comprendido el deporte, necesitaba al Pedro José Rodríguez (mi ídolo en el béisbol) del fútbol. Ese lugar lo ocupó un argentino que marcó dos goles frente a Polonia y que, además, evitó un gol con la mano, en una jugada que terminó en un penal detenido por Ubaldo Fillol. 
Y después llegó la gran final contra Holanda, abrió el marcador en el minuto 38 y, ya en la prórroga, anotó el gol que puso el 2-1 y bordó la primera estrella en la camiseta de Argentina. Mario Kempes terminó como Bota de Oro, con seis goles, y fue elegido Balón de Oro del campeonato. 
Todo ocurrió en blanco y negro, pero desde entonces el fútbol, para mí, siempre ha sido de color albiceleste.

Gracias a todos por sus mensajes


A todos los amigos que me felicitaron ayer les agradezco de corazón sus mensajes. Desde hace unos días me recupero de un procedimiento médico y eso me obligó a pasar el cumpleaños en cama. Cada una de sus palabras me dio el aliento que necesitaba.
Aprovecho para reconocer el apoyo y la compañía que me han dado durante estos días, además de Diana Sarlabous y mi familia, los actores, actrices y directores del cine del ayer. Sin ellos todo esto hubiera sido mucho más difícil de llevar.
Mi tren acaba de llegar a la última estación de los Cincuenta. A partir del año que viene comenzaré a transitar por el ramal de los Sincuenta. Por fortuna ya soy abuelo y esa gran dicha cura a uno del miedo a la vejez. 
Ya no me importa tanto no poder correr detrás de un fly como solía hacerlo, mi gran ilusión ahora es enseñar a fildear a David Aurelio. Escribir, cuidar de los míos, escribir, seguir pudiéndome dar el cañangazo de por las tardes y escribir. Eso es todo lo que espero del viaje que empieza.

07 julio 2026

Jorge Sarlabous Castillo


Llegó al mundo por Santiago de Cuba en 1929. Hijo de Lorenzo, un cubano descendiente de franceses que a su vez había nacido en Santo Domingo (por esas cercanías y esos azares que dominaban al Caribe a finales del siglo XIX) y Estrella, una santiaguera que luchó como nadie por lo único que no pudo conseguir: mantener a toda la familia a su alrededor.
Jorge Sarlabous Castillo se hizo técnico agrícola y heredó la posición de su padre en los campos de caña que rodeaban a Alto Songo. El barco que trasegaba entre Guantánamo y Santo Domingo ya lo habían vendido, por eso el único mar en el que pudo navegar fueron los cañaverales. 
En 1968, cuando decidió marcharse al exilio con su esposa y sus dos hijos, perdió el trabajo, a parte de su familia y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Siempre recordó esos veinticuatro como los peores de su vida. Antes de referirse a ellos hacía un largo silencio, como si dentro de su cabeza se volvieran a proyectar como una película. 
Pero lo consolaba recordar que aquella condena le permitió salvar a más de veinte presidiarios como él, a los que sus carceleros habían abandonado en un campamento que quedó bajo agua durante un ciclón. Él conocía un trillo que salía a un alto puente del ferrocarril de Martí a Bayamo y por allí escaparon.
En República Dominicana empezó de cero. Logró refundar su hogar y trabajar sin descanso por más de cuarenta años. Por su seriedad y honradez, llegó a estar al frente de fábricas y de industrias. Todos en la familia lloramos con el homenaje que le hicieron el día de su jubilación.
Ayer perdimos a uno de los últimos cubanos de aquellas grandes generaciones que antecedieron a la gran degeneración. Y eso es lo que más agradezco por haberlo tenido como suegro y como padre. Al oírlo, quererlo y obedecerle, tuve la oportunidad de vivir lo esencial de la Cuba que me perdí. 
Siempre que me sirva el trago de los domingos al mediodía, querido Jorge, estarás conmigo.