27 julio 2026

Todos ellos vivían sin corazón


Ayer fuimos a despedir a Isela. Antes del responso, el sacerdote nos pidió permiso a todos los que estábamos en la capilla para dejar de hablar en nombre de Dios y hacerlo en el de Cuba. Se refirió al país que todos, incluido él, abandonaron sin la más mínima esperanza de poder volver.
Luego recordó a los compatriotas que él había tenido que despedir, antes de que descansaran en suelo dominicano. Aprovechó la ocasión para darle las gracias a la “tierra de Gómez”, por haber acogido a tantos cubanos y por haberles devuelto la libertad perdida.
Isela era la mejor amiga de Elia, mi suegra. Se conocieron al llegar al exilio, cuando se convirtieron en vecinas en un edificio del Santo Domingo colonial. Hace unos años, Diana y yo organizamos un reencuentro en la terraza de nuestra casa. Hoy en la mañana busqué las fotos de aquella tarde.
Al fondo, delante de su hija, Jorge Sarlabous levanta su vaso de ron. A su lado está Pepe, el esposo de Zenaida, la hermana de Isela. Luego Tito, el asturiano más cubano que he conocido. Después Isela; Lérida, mi madre; Zenaida, quien propone el brindis, y Elia, mi suegra.

Aquel día, Isela me pidió que pusiera a Guillermo Portabales y todos cantaron a dúo con él:

Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí. 
Alguién me está esperando,
me está aguardando que vuelva aquí. 

Cuando salí de Cuba
dejé mi vida, dejé mi amor. 
Cuando salí de Cuba
dejé enterrado mi corazón.

Ayer, en la funeraria, antes de la salida del cortejo, volvimos a cantarla. Me conmovió ver que los dominicanos presentes lloraban tanto como los cubanos. No recuerdo haber mirado a una bandera cubana con la emoción que miré ayer la que cubría el ataúd. Fijé mi vista en ella hasta que se borró en lágrimas.
Isela fue una humilde pinareña que se enamoró de un asturiano al que le dedicó el resto de su vida. Cuando perdieron la bodega, emigraron a Santo Domingo, donde la familia de Tito logró convertir un colmado (así les llaman los dominicanos a las bodegas) en una exitosa cadena de supermercados.
La tarde que estuvieron en casa oí las historias de cada uno. Aunque todos lograron prosperar, se quejaban de haberlo tenido que hacer sin corazón. Porque lo habían dejado enterrado en Cuba, al salir. “Por eso ahora ninguno de nosotros se podrá morir”, dijo don Jorge y volvió a levantar su vaso de ron.

23 julio 2026

Los cien años de Serafín Venegas Nodal

Serafín Erundino Apolinar Venegas Nodal
(General Carrillo, 23 de julio de 1926 -
La Habana, 23 de junio de 1993).

Yo tenía siete años y aún no sabía nadar. Él, en cambio, era un pez en el agua. Mientras yo permanecía en el área infantil de las piscinas, él se subía al trampolín más alto y se lanzaba al vacío. Antes de tocar el agua, daba incontables vueltas que siempre provocaban asombro y hasta aplausos.
Un día, harto de mi ineptitud para mantenerme a flote, me llevó a dar una vuelta en un bote de remos. Puso proa a una isla del lago Hanabanilla a la que él llamaba cayo Confites, por el cayo del norte de Cuba donde entrenaron cubanos y dominicanos con la intención de derrocar a Trujillo. Me lanzó al agua en medio del lago.
—O nadas o te ahogas —me advirtió.
Nadé.
Tiempo después me llevó a pescar en alta mar y, orgulloso, esperó en el agua para ver cómo me lanzaba de cabeza desde el barco —un ferrocemento de la cooperativa pesquera de Casilda—. Estábamos al sur del cayo Macho Afuera, sin tierra a la vista. 
Mientras los dos braceábamos para mantenernos a flote, me preguntó si aquella experiencia me hacía tan feliz como a él. Solo sonreí, no respondí para no contradecirlo. ¿Cómo decirle que prefería pasarme las vacaciones en mi casa, jugando pelota y viendo pasar los trenes?
Siempre me echó en cara que yo prefería parecerme a mi abuelo Aurelio y no a él. Ahora me gustaría decirle que, con los años, cada vez nos parecemos más. Además de heredar su columna de vidrio —me tuvieron que operar igual que a él—, acabé teniendo su "caminao" y muchísimas de sus manías.
Mi madre, cuando me veía conducir, decía que lo hacíamos “igualito”. A menudo escucho a la Aragón, su orquesta preferida, y ya nunca pongo a los trovadores que yo oía para disgusto suyo. Además, cuido de un pedacito de montaña, algo con lo que él siempre soñó para su vejez.
Creo que todas esas cosas suyas que hoy llevo conmigo son la mejor manera que tengo de celebrar sus cien años.

17 julio 2026

¿Por qué soy de Argentina?


Me encanta dar esta explicación: mi equipo en las Copas Mundiales de fútbol siempre ha siempre Argentina. Es por culpa de Mario Kempes y de aquel televisor Krim 206 que teníamos en la sala de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. 
Corría el año 1978 y era la primera vez que veía transmisiones de fútbol. Después de haber logrado aprenderme las complejísimas reglas del béisbol, al niño que fui le resultó relativamente fácil dominar las del fútbol. Apenas en el segundo partido, ya las palabras offside y corner eran parte de mi vocabulario.
Una vez comprendido el deporte, necesitaba al Pedro José Rodríguez (mi ídolo en el béisbol) del fútbol. Ese lugar lo ocupó un argentino que marcó dos goles frente a Polonia y que, además, evitó un gol con la mano, en una jugada que terminó en un penal detenido por Ubaldo Fillol. 
Y después llegó la gran final contra Holanda, abrió el marcador en el minuto 38 y, ya en la prórroga, anotó el gol que puso el 2-1 y bordó la primera estrella en la camiseta de Argentina. Mario Kempes terminó como Bota de Oro, con seis goles, y fue elegido Balón de Oro del campeonato. 
Todo ocurrió en blanco y negro, pero desde entonces el fútbol, para mí, siempre ha sido de color albiceleste.

Gracias a todos por sus mensajes


A todos los amigos que me felicitaron ayer les agradezco de corazón sus mensajes. Desde hace unos días me recupero de un procedimiento médico y eso me obligó a pasar el cumpleaños en cama. Cada una de sus palabras me dio el aliento que necesitaba.
Aprovecho para reconocer el apoyo y la compañía que me han dado durante estos días, además de Diana Sarlabous y mi familia, los actores, actrices y directores del cine del ayer. Sin ellos todo esto hubiera sido mucho más difícil de llevar.
Mi tren acaba de llegar a la última estación de los Cincuenta. A partir del año que viene comenzaré a transitar por el ramal de los Sincuenta. Por fortuna ya soy abuelo y esa gran dicha cura a uno del miedo a la vejez. 
Ya no me importa tanto no poder correr detrás de un fly como solía hacerlo, mi gran ilusión ahora es enseñar a fildear a David Aurelio. Escribir, cuidar de los míos, escribir, seguir pudiéndome dar el cañangazo de por las tardes y escribir. Eso es todo lo que espero del viaje que empieza.

07 julio 2026

Jorge Sarlabous Castillo


Llegó al mundo por Santiago de Cuba en 1929. Hijo de Lorenzo, un cubano descendiente de franceses que a su vez había nacido en Santo Domingo (por esas cercanías y esos azares que dominaban al Caribe a finales del siglo XIX) y Estrella, una santiaguera que luchó como nadie por lo único que no pudo conseguir: mantener a toda la familia a su alrededor.
Jorge Sarlabous Castillo se hizo técnico agrícola y heredó la posición de su padre en los campos de caña que rodeaban a Alto Songo. El barco que trasegaba entre Guantánamo y Santo Domingo ya lo habían vendido, por eso el único mar en el que pudo navegar fueron los cañaverales. 
En 1968, cuando decidió marcharse al exilio con su esposa y sus dos hijos, perdió el trabajo, a parte de su familia y fue condenado a dos años de trabajos forzados. Siempre recordó esos veinticuatro como los peores de su vida. Antes de referirse a ellos hacía un largo silencio, como si dentro de su cabeza se volvieran a proyectar como una película. 
Pero lo consolaba recordar que aquella condena le permitió salvar a más de veinte presidiarios como él, a los que sus carceleros habían abandonado en un campamento que quedó bajo agua durante un ciclón. Él conocía un trillo que salía a un alto puente del ferrocarril de Martí a Bayamo y por allí escaparon.
En República Dominicana empezó de cero. Logró refundar su hogar y trabajar sin descanso por más de cuarenta años. Por su seriedad y honradez, llegó a estar al frente de fábricas y de industrias. Todos en la familia lloramos con el homenaje que le hicieron el día de su jubilación.
Ayer perdimos a uno de los últimos cubanos de aquellas grandes generaciones que antecedieron a la gran degeneración. Y eso es lo que más agradezco por haberlo tenido como suegro y como padre. Al oírlo, quererlo y obedecerle, tuve la oportunidad de vivir lo esencial de la Cuba que me perdí. 
Siempre que me sirva el trago de los domingos al mediodía, querido Jorge, estarás conmigo.