30 mayo 2026

Animales de compañía

El rinoceronte de Fellini, Serranito y el toro que me regaló 
Ana Rosario, ante la mirada desconcertada de Egon Schiele.

Dentro de un año cumpliré sesenta y aun no aprendo a vivir sin juguetes. Siempre he tenido alguno conmigo, incluso cuando hice la maleta para irme de Cuba, en un viaje sin regreso, eché en ella mi Buzz Lightyear. Recuerdo haberle pedido, medio en broma medio en serio, que me ayudara a llegar “al infinito y más allá”.
Cuando HBO lanzó la campaña de presentación de Band of Brothers (2001) en República Dominicana, hizo llegar un paquete con soldaditos a los periodistas que cubrían los temas culturales. Puse los míos encima del display del ordenador y luego me acompañaron en mi estancia en el Centro León de Santiago.
Cuando comencé a escribir Los mudos de la montaña, la novela que presenté recientemente en Madrid, me compré un rinoceronte africano. Al comienzo del libro, sus protagonistas van a ver
, la película de Fellini donde un rinoceronte se convierte en una metáfora. 
Lo asumí como una réplica de aquel. Cada vez que retomaba la escritura del libro, ponía al animal junto a la laptop. Una vez alcanzado el punto final de la “jornada laboral”, le agradecía la compañía. El día de mi cumpleaños, en julio pasado, mi hija Ana Rosario me regaló un toro de lidia. 
Es una exacta reproducción de la increíble belleza de ese animal. Entonces ya yo había empezado a escribir la novela en la que trabajo actualmente, donde su protagonista, mi tío Aramís, descubre la tauromaquia al llegar a Madrid. Luego me compré otro toro bravo. 
El segundo, del mismo color de Serranito, el animal que le hizo merecer al diestro Paco Camino el único rabo que se ha cortado en Las Ventas. Aramís nunca olvidó aquella faena, que ocurrió durante los primeros meses de su exilio, en 1971. En honor a él y como amuleto, el Serranito de juguete me acompaña cada mañana.
No lejos de él, está aún el rinoceronte. Cada vez que mi nieto nos visita, me pide a los dos animales. Juega con ellos bajo mi supervisión y luego los devuelvo a su lugar. Hace unos días, yo no conseguía que David Aurelio se quedara dormido y los llevé a la cama. Ya roncaba cuando traté de quitárselos, pero apretó el puño.
Para él ya también son unos excelentes animales de compañía.

Los soldaditos, regalo de HBO, que me acompañaron
en la redacción de El Caribe, en Santo Domingo.

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