14 octubre 2021

Un día entero en Bauta


Ya no recuerdo por qué llegamos a Bauta. Pero hasta ese pueblo, al oeste de La Habana, fuimos a dar un grupo de amigos que éramos muy cercanos en aquella época. Recuerdo a Luis Alberto García, Vladimir Cruz, Reinaldo Montero y Omar Valiño. El anfitrión era Emilio Ichikawa.
Como era costumbre en aquella Cuba, que ya nos parecía la peor de todas (¡qué ilusos!), bebimos los rones que aparecían y comimos lo que encontramos. Sin embargo, la conversación y (sobre todo) las discusiones fueron un auténtico lujo. Llovió a cántaros, eso retrasó el plan de regreso.
En un momento dado, bajo la lluvia, Luis Alberto y yo salimos a forrajear una última botella de ron. Mientras caminábamos por el pueblo, todos nos detenían para saludar al actor. Algunos decían algo de su padre y otros le agradecían sus personajes en la televisión y el cine.
Logramos conseguir el “trofeo” gracias a que el administrador de una bodega era también admirador de Lusito. De regreso a la casa de Ichikawa, bromeamos sobre eso. “¿Quién le explica a Bauta —preguntó Luis Alberto— que en una de sus esquinas vive un importante filósofo?”.
Jugamos Trivia hasta que escampó. Nunca, ni antes ni después, he sido parte de un dream team semejante. Todas las preguntas, por difíciles o remotas que fueran, eran respondidas. Ichikawa nos despidió en su portal. Todavía nos decía adiós cuando nos perdimos en la última curva.
—Alejandro García Cartula y Emilio Ichikawa —dijo Luisito de pronto en medio de la autopista—Solo con esos dos tipos, Cuba puede demostrar la universalidad de sus municipios.
Probablemente él ni recuerde esa frase, pero a mí se me quedó grabada.

Una foto que apareció de pronto


Esta foto fue publicada por Mario A. Monzón en Trenes de Cuba, un grupo de Facebook que me ha permitido infiltrarme en una comunidad de ferroviarios y compartir con ellos una cultura de la que fui parte desde que nací. No he podido dejar de mirarla. A cada rato vuelvo a la pantalla a revisar cada detalle. 
Corren los días finales de los años 70 o acaban de empezar los 80. Son las 9:11 de la mañana, si es que el 702 (que circulaba entre Sancti Spíritus y Cienfuegos) iba a su hora. Por el estado de la hierba es época de seca, entre noviembre y abril. Pero, como no han cortado aún el cañaveral, me atrevo a asegurar que es antes de febrero.
Cada poste de esa cerca fue antes un travesaño. Cuando eran retirados de la línea, Aurelio cargaba con ellos y así fue delimitando su potrero, que estaba dentro del triángulo del ramal Cumanayagua. Antes había sido un impenetrable aromal (los villareños le decimos aroma al marabú). A fuerza de machete, pico y pala, él logró limpiarlo.
Siempre le había dicho a Diana que mi abuelo era tan obsesivo con sus cosas, que había puesto todos los postes de su potrero exactamente a la misma distancia. Gracias a esta foto se lo pude probar. En medio del potrero se ver una cerca todavía construcción, la hizo para que las vacas no se le metieran en el arroz.
Justo donde está la tabilla que marca el kilómetro 33 del ramal Cruces (luego ese tramo se convirtió en la Línea Cienfuegos- Santa Clara y Camarones quedó en el kilómetro 24) está el patio de Quico Monzoña. Allí jugué muchísimo con arcos y flechas, tirapiedras y pelotas de goma que bateábamos a mano limpia.
Entonces una de mis aventuras preferidas era pasar por debajo de las vías, a través del tubo que tenía la alcantarilla de la cañada. Luego, en época de lluvias, se llenaba de agua y se hacía intransitable. Para entonces llegaba el momento de pescar biajacas y pequeños crustáceos.
A lo lejos se ve el techo amarillo de la caja del teléfono. Allí pedían autorización para salir a la principal el mixto de Cumanayagua y el tren de caña de Mal Tiempo. Desde mi casa se veía llegar la jadeante locomotora de vapor, ya en los días finales de su vida útil. Siempre corrí para no perderme ese espectáculo.
Sé lo que pasó antes de la llegada de ese tren y lo que ocurrió cuando siguió de largo, dejando una nube de polvo en los cruceros de San Fernando y Cienfuegos. Por eso, más que una foto, para mí es una película. La vi incontables veces y, gracias a esta imagen, puedo seguir disfrutando de ella.
Ahí está mi lugar en el mundo y todo lo que necesito de él. Por imágenes como esta y por todos los recuerdos que sigo teniendo en la cabeza, no necesito moverme de donde estoy para volver cada vez que quiera. Es así que puedo oír los pitazos, saludar a la tripulación y sentir el olor que queda a hierro y alquitrán.
Una foto que apareció de pronto se ha convertido en un largo viaje de regreso.

13 octubre 2021

El juego decisivo

Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz y Héctor Olivera.
(Fotos del archivo de Fernando Rodríguez Álvarez)

(Fragmento de la novela Atlántida)

Estuve todo el día esperando el momento. Cada pelota que lancé hacia arriba en el andén, me la imaginé en la pantalla en blanco y negro del televisor, mientras Sixto Hernández la perseguía por todo el right field. Comimos muy temprano y nos sentamos en silencio frente al aparato aún apagado.

Esa noche se decidía el campeonato y el juego se celebró en un terreno neutral. Como Las Villas y Pinar del Río llegaron empatados al final del calendario regular, con 35 victorias y 25 derrotas, hubo que celebrar una serie extra. Después de un partido en Santa Clara, otro en Cienfuegos y dos en Pinar del Río, acabaron empatados otra vez.

Me senté entre Aurelio y Atlántida. El estadio de La Habana siempre me impresiona. Las cercas de los jardines se ven tan lejanas que parecen inalcanzables. El pitcher de Pinar del Río era Rogelio García. Su bola de tenedor lo había convertido en el lanzador más dominante de Cuba.

En el primer juego, que fue en Santa Clara, los bateadores de Las Villas explotaron Félix Pino. Cheíto dio dos jonrones y Roberto Ramos fue el ganador. En el segundo juego, en Cienfuegos, Rogelio García solo permitió dos hits. Luis Giraldo Casanova y Alfonso Urquiola decidieron con sendos jonrones.

En el tercer juego, el zurdo Leonel García, respaldado por jonrones de Héctor Olivera y Albertico Martínez, nos devolvió las esperanzas. Al final anotamos cinco carreras. Pero en el cuarto juego, Félix Pino de abridor, Rogelio García de relevo y un jonrón de Hiram Fuentes obligaron a celebrar un quinto juego.

Así fue que llegamos hasta el jueves 25 de mayo de 1978. En el estadio de La Habana no cabía ni una persona más y en la sala de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había tres personas que no se atrevían a moverse. 

Atlántida tenía mi mano izquierda entre las suyas, Aurelio daba palmadas en mi mano derecha. El narrador anunció el line up de Las Villas: Pedro Jova en el shortstop, Sixto Hernández en el right field, Antonio Muñoz en primera, Pedro José Rodríguez en tercera, Héctor Olivera como designado, Osvaldo Oliva en el left field, Luis Jova en el center field, Alberto Martínez como cátcher y Adolfo Borrell en segunda. El pitcher sería Leonel García.

Luego fue el turno de Pinar del Río: Giraldo Iglesias como designado, Fernando Hernández en el left field, Alfonso Urquiola en segunda, Luis Giraldo Casanova en el right field, Hiran Fuentes en el shortstop, Juan Castro como cátcher, Lázaro Cabrera en primera, David Sánchez en el center field y Diego Mena en tercera. El temible Rogelio García sería otra vez el pitcher.

Cuando mencionaron a Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, Atlántida aplaudió. Justo después, cuando la cámara enfocó a Cheíto y presentaron a Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón, Aurelio y yo chocamos las manos. Hicimos lo mismo poco después, cuando Sixto Hernández dio un jonrón de línea.

En el segundo inning, Héctor Olivera también la botó mientras nosotros aplaudíamos y repetíamos que “¡Muñoz, Cheíto y Olivera la botan por donde quiera!”. Pero la ventaja duró muy poco. En la parte baja de ese mismo inning, Lázaro Cabrera dio un jonrón con un Hiram Fuentes en base y empató el juego. 

Atlántida le pegó durísimo al brazo del sillón. Ese golpe le debió doler mucho, pero se puso a toser para disimular. Aurelio y yo nos miramos, abrimos los ojos y levantamos las cejas. Pero no dijimos nada, ambos conocemos muy bien el mal humor de mi abuela. El partido se mantuvo dos a dos hasta el noveno inning. 

En el sexto inning, Servando Medina salió de relevo por Las Villas. En la parte alta del noveno, cuando Muñoz falló, Aurelio volvió a dar palmadas sobre mi mano derecha. En el momento en que anunciaban el turno al bate de Pedro José Rodríguez, mi abuelo cruzó los dedos. Hice lo mismo. 

Con el swing los tres nos pusimos de pie y nos quedamos inmóviles hasta que la pelota voló por encima de la cerca. Atlántida me puso la mano en pecho y decía que se me iba a salir el corazón. Estuvimos aplaudiendo mientras Cheíto le daba la vuelta al cuadro y saludaba a sus compañeros. 

En el final del noveno inning, Pinar del Río embasó a un hombre. Roberto Ramos relevó a Servando Medina. El propio Cheíto fildeó el roletazo. Tiró a segunda, un out. Adolfo Borrell le tiró a Muñoz y… ¡doble play! Esta vez yo mismo me puse la mano en el pecho para comprobar que mi corazón seguía en su lugar.

“¡Las Villas campeón!”, gritábamos Atlántida, Aurelio y yo, mientras saltábamos y nos abrazábamos en medio de la sala. Una algarabía parecida salía de las otras casas. “¡Las Villas campeón!”, gritaban de un lado y del otro de la carretera. En el patio de Benigno se oyeron varios tiros al aire.

—¿Ya te dormiste? —me preguntó Atlántida desde su cama.

—No, no puedo —le respondí.

—Nosotros tampoco —dijo Aurelio—. Ese de Cheíto será siempre uno de los momentos má emocionantes de tu vida.

—¡Shhhhh! —dijo Atlántida mientras apagaba la última luz.

Desde esa noche, cruzo los dedos cada vez que estoy en una situación difícil. La próxima fue a la mañana siguiente, cuando el maestro Gustavo estaba a punto de poner sobre mi mesa un examen de matemáticas. Apenas había estudiado, me pasé días enteros dedicado únicamente a pensar en el juego decisivo.


Secuencia del jonrón decisivo de Cheíto.

12 octubre 2021

Casilda


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dormimos en la cubierta del barco. Nunca el cielo había tenido tantas estrellas. Serafín me enseñó a encontrar la Osa Mayor en aquel enjambre de luces titilantes. Luego, después de trazar una diagonal desde Merak, dimos con la estrella Polar. Al final me puso a buscar la doble ve de Casiopea.

Llegamos al puerto de Casilda en el Willys de Eulogio, un amigo de mi padre. Llevaba el parabrisas abatido sobre el motor y a cada rato se me metía un insecto en los ojos. Solo nos detuvimos para ver al lago Hanabanilla desde lo alto. En Topes de Collantes, después de atravesar una nube, comenzamos a descender hacia el mar.

Frente a nosotros, en el muelle que está del otro lado de la ensenada, una locomotora formaba un tren de combustible. En unas horas estaría vadeando las montañas del Escambray y pasando sobre los altísimos puentes del ramal Trinidad. A Serafín le molestó que estuviera pendiente de sus maniobras.

—Vas a navegar por primera vez en tu vida —me dijo—. ¡Olvídate por una vez de los trenes!

La tripulación estaba integrada por tres hombres. Blas, el capitán, es viejo y está todo lleno de arrugas. Pero tiene una fuerza descomunal, apretó mi mano como si estuviera exprimiendo una naranja. Le prometí que no me iba a marear y él me dijo que así hablaban los hombres.

Aunque Enrique es hijo de Blas, tiene tantas arrugas como su padre. También exprimió mi mano al saludarme. Octavio está casado con una hija del capitán. Salimos del puerto al mismo tiempo que el tren. Al pasar junto a una boya enorme, nos cruzamos con un barco idéntico al nuestro.

—¡Blaaaaas! —dijeron todos desde la otra cubierta.

—¡Santiagooooo! —dijeron todos desde la nuestra, incluyendo a mi padre.

En la popa de las embarcaciones ondeaban sendas banderas cubanas. Ambas estaban desteñidas y deshilachadas. Poco a poco la costa se fue borrando. Lo último en perderse de vista fue la enorme silueta de las montañas. La próxima semana la pasaría descalzo y sin pisar tierra firme.

Blas solo quitaba las manos del timón al final de la tarde, cuando fondeábamos cerca de un cayo o de algún barco hundido para dormir. Enrique, con la ayuda de mi padre, se encargaba de las nasas y los palangres. Octavio de la cocina y del cuarto frío donde se guardaba la pesca.

La tripulación dormía en el camarote de popa, mi padre y yo en el de proa. En el segundo día, Blas me dijo que al principio creía que yo iba a ser un peor marino. Serafín, después de poner cara de orgullo, me prometió que la siguiente jornada sería la más emocionante de todas.

Como estaba muy oscuro, no advertí que habíamos fondeado junto a un cayo. Se llama Macho Afuera. De ahí en adelante, me dijo Blas, solo veríamos mar. Pusimos proa al punto más oscuro, justo donde, cerca del mediodía, se armó una tormenta. Decenas de peces voladores parecían tener el mismo derrotero que nosotros.

Las olas eran cada vez más altas. Blas prácticamente se tuvo que abrazar al timón para poder mantener el rumbo. Octavio apagó el fogón y aseguró todo. Enrique y Serafín, en la proa, buscaban algo en el mar. “¡Allá!”, dijo por fin el hijo del capitán y mantuvo el brazo en alto hasta que su padre distinguió una boya roja. 

El güinche empezó a tirar del cable al que estaba atada la marca. Un primer anzuelo salió vacío y todos dijeron una mala palabra. El segundo anzuelo tampoco traía nada y las malas palabras se repitieron. El tercero fue la vencida, un enorme tiburón quedó extendido sobre cubierta.

Aunque no se movía, me le acerqué lentamente. Su piel era como una gruesa lija. Mi padre gritó para que me quitara. Otro tiburón cayó justo a mi lado. Cuchillo en mano, Octavio los iba destripando y lanzando hacia el cuarto frío. El olor de aquella tarde se me quedó en las manos por días.

En la noche estaba tan cansado que me fui solo para el camarote. Dejé la puerta abierta para oír las voces de Blas, Enrique, Octavio y Serafín, quienes comían chicharrones de cerdo y bebían ron a pico de botella. El agua dejó de chocar contra el casco. Nada se movía, hasta el mar parecía estar exhausto.

De regreso, entramos al puerto bajo un torrencial aguacero. El muelle donde se forman los trenes de combustible había siete tanques sin la locomotora. Me pregunté si el tren aún no había llegado o ya se había marchado. Durante la maniobra de atraque, lancé uno de los cabos.

Me había pasado navegando libros enteros. Muchas de las palabras que le oí decir a Blas, Enrique, Octavio y Serafín ya me resultaban conocidas gracias al capitán Nemo, Pencroff, Sandokán o el Corsario Negro. Incluso la extraña calma de las noches en alta mar me resultaba familiar. 

Pero los olores fueron totalmente nuevos para mí. Cada cosa que tocaba se me quedaba impregnada como una marca invisible. En el Willys de Eulogio, ya con los zapatos puestos y de regreso a Manicaragua, me olía las manos y todavía estaba allí la tarde de los tiburones.

11 octubre 2021

Empieza la aventura de Guanaroca


Cuando Diana y yo tomamos la decisión de construir una pequeña cabaña cerca de la nuestra, para alquilarla a quien se aventurara a subir hasta la Loma de Thoreau, no nos imaginábamos cuánto íbamos a disfrutar esa experiencia. Lo mejor de todo es que cada huésped de Arriero se va con las ganas de volver.
No hemos podido conocerlos a todos, pero siempre nos emocionan sus reseñas, sus evaluaciones y los testimonios que nos hacen llegar. Aunque hasta ahora tenemos en Airbnb una puntuación perfecta (como Nadia Comăneci), seguimos esmerándonos en cuidar cada detalle y en mejorar aún más.
Todo empezó como un divertimento, pero cada vez nos lo tomamos más en serio. Tanto, que nos gustaría seguir haciéndolo cuando nos jubilemos. Por eso acabamos de invertir en un apartamento junto a un pequeño lago, a unos pocos pasos de una de las playas más hermosas de la península de Samaná.
Cuentan que en Cienfuegos, en el centro de la isla de donde Diana y yo venimos, una aborigen llamada Guanaroca abrió un higüero y de él salieron los peces, las aves y las aguas de la laguna que lleva su nombre. Al final del Malecón de la ciudad hay una escultura de Rita Longa que recuerda esa leyenda. 
Justo delante de nuestro nuevo apartamento hay un higüero cuyas ramas caen sobre el lago. A su alrededor hay una rica vida silvestre. Es por eso que le hemos dedicado el nuevo refugio a la remota deidad cienfueguera. Esperamos que aquí también ella siga haciendo maravillas para nosotros y para los que nos visiten.
Mi Cucha disfruta la montaña tanto como yo, pero a ella también le fascina el mar y ha llegado el momento de complacerla. Una nueva aventura acaba de empezar.

07 octubre 2021

El día que me leí "Caleidoscopio"


El Nicho, el sitio del Escambray donde cursé la secundaria, más que una escuela parecía un campamento militar. Las aulas, los dormitorios y el comedor eran largos barracones de madera con el techo de asbesto. Al final de la primera nave de aulas estaba la biblioteca. Pasé largas horas encerrado en aquel lugar.
Desde sus amplias ventanas de cristal se veía un cafetal y luego las montañas. Aunque la escuela en general era fea, aquel lugar me fascinaba. Allí conocí a Raymond Douglas Bradbury, en una edición de El hombre ilustrado de 1967. Recuerdo el año, porque me resultó curioso que el libro tuviera la misma edad que yo. 
Para empezar, busqué en el índice un cuento corto. Así fue que elegí “Caleidoscopio”. Aunque suelo emocionarme con facilidad con las lecturas, el cine o el teatro, aquel pequeño relato me conmovió de tal manera, que empecé a releerlo inmediatamente después de acabarlo.
La historia de aquellos astronautas que se vieron flotando en el espacio, tras la destrucción de su nave, y que se mantuvieron comunicándose por radio mientras caían hacia una muerte inevitable, me estuvo dando vueltas en la cabeza por semanas. A veces dejaba por mitad otro cuento del libro y volvía a juntarme con Barkley, Woode, Stone, Hollis, Stimson, Applegate y Lespere.
Más de una vez miré hacia el cielo polvoriento del municipio Cumanayagua como si fuera el de Illinois, tratando de encontrar la estrella fugaz que creyó ver el niño en el momento en que el cuerpo de Hollis ardió como una cerilla. En estos días he vuelto a leer El hombre ilustrado. Otra vez empecé por “Caleidoscopio”. 
Si alguno de ustedes me sorprende mirando al cielo en Santo Domingo o en la Loma de Thoreau, ya sabe lo que busco.

04 octubre 2021

Tres cuartos de pan


(Fragmento de la novela Atlántida)

Nunca he tenido en las manos un pan entero, pensé en eso mientras hundía los dedos en la masa que dejó al descubierto el corte. La Conga, que es quien se encarga de despachar el pan en la tienda de Chena, siempre abre la Libreta de Abastecimiento en la hoja correspondiente. 
Escribe “¾” en la casilla del día y toma una barra de pan de la caja de madera. Antes de alcanzármela, cercena uno de sus extremos. Con el dorso del cuchillo, empuja el pedazo restante de vuelta a la caja. Muchas veces me he preguntado a quién le tocará esa ración, quién se comerá la otra punta de nuestro pan.
En la tienda de Chena nunca hay claridad, pero a partir de septiembre se pone aún más oscura. Un único bombillo, nublado de moscas, surte la indispensable luz para que La Conga y Zaida apunten en las libretas y despachen. Como todo está en penumbras, la gente no se mira para hablar.
—Eeeyyy —dicen a veces los que acaban de llegar.
—Eeeyyy —responden algunos de los que están adentro.
—Qué hubo —pregunta un viejo de Marsellán.
—Qué hubo —le responde un viejo de La Flora.
—Qué hay —saluda una señora de la Vía Estrecha.
—Qué hay —saluda una señora de La Chirigota.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor de La Pedrera.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor del Callejón.
—Parece que va a llover —dice alguien de la Valla.
—Parece que va a llover —dice alguien del barrio de las Latas.
Nunca se miran para preguntar, responder, saludar comentar, decir o repetir. Casi todos los que compran en esta tienda viven en las afueras del pueblo. Algunos llegan a caballo y otros en bicicleta, pero la mayoría lo hace a pie. Dentro de la tienda nada de eso importa, porque todos se comportan igual.
A veces se ponen de acuerdo en hacer silencio y lo único que se escucha es el sonido del papel de la Libreta de Abastecimiento, mientras los dedos de La Conga buscan la página precisa. Aunque el único bombillo está lejos, en ese momento también se oye el zumbido de las moscas. 
Casi siempre las frases reciben la misma respuesta. Salvo en un caso, que es cuando alguien llega y hace una pregunta que todos se sienten en la obligación de responder. Aunque tampoco se miran, es la vez que más cerca están de hacerlo. Para evitarlo, cada quien mira hacia los estantes.
—¿Cómo está la cosa? —inquiere el recién llegado.
—Aaaaahí —responden todos a coro.
Después de eso, cada quien se queda pendiente del punto fijo que halló. El viejo de Marsellán mira las latas de leche condensada Nela, el viejo de La Flora a los jabones Batey, la señora de la Vía Estrecha a los jabones Nácar, el señor de La Pedrera a los paquetes de gofio y el señor del Callejón a las botellas de sirope.
Algunos, incluso, coinciden en un mismo punto. Las latas de carne rusa, por ejemplo, atraen mucho la atención. Son anaranjadas y tienen una cabeza de vaca encerrada en un círculo. Se llaman Slava, igual que los relojes despertadores. A mí me gusta la carne rusa, pero a mis abuelos le parece algo asqueroso.
En la medida en que se acercan las seis de la tarde, que es la hora de cerrar y el momento en que la noche cae de golpe sobre el Paradero de Camarones, todos parecen querer salir corriendo. Eso hice yo. Le entregué a Atlántida la jaba con los tres cuartos de pan y traté de escabullirme. Pero ella la revisó enseguida.
—¡Siempre le metes los dedos! —se quejó. 
—Ya está empezando a oscurecer temprano —le respondí.
Desconcertada, me dijo que me lavara las manos y que me pusiera a ver televisión hasta que estuviera la comida.
—Parece que va a llover —dije camino a la sala, sin darle tiempo a reaccionar.

02 octubre 2021

Juguete básico


(Fragmento de la novela Atlántida)

La primera vez que vi al Paradero de Camarones a la velocidad de una bicicleta, todo se vio diferente. La escuela me pareció mucho más pequeña. Como recorrer el portal a pie tomaba mucho más tiempo, lo hacía parecer más largo de lo que en verdad era. En bicicleta, en cambio, bastaron dos pedalazos.
Para subir la Loma del Chino Piloto, que de lejos parece una mínima elevación, tuve que levantarme del sillín y pedalear duro. Del otro lado, estaba la recta que lleva a la Portada de Balboa y Cruces. Más de un momento estuve tentado a seguir, pero sin permiso de Atlántida eso hubiera sido una falta grave.
Al final metí la bicicleta en un charco que había frente a casa de Hilda María. No calculé que fuera tan profundo y estuve a punto de quedarme atascado en él. Salí sano y salvo, pero lleno de lodo de pies a cabeza. De regreso a casa me crucé con el maestro Gustavo. Le dio mucha gracia verme chorreando agua sucia.
Hace una semana Gustavo se despidió de nosotros, ya no será nuestro maestro en el próximo curso. A pesar de tantos cocotazos, de los borradores que tiró contra las cabezas de algunos y de los duros golpes que nos dio en el hombro, uniendo su dedo índice con el del medio, dijo que nos iba a extrañar. 
En septiembre tampoco volveremos a la misma aula. Por eso, cuando iba saliendo, me fui despidiendo de la esfera, del planisferio, del maniquí con los órganos al descubierto y de las caras de Martí, Maceo y Gómez, que siempre nos miraban como si nos estuvieran vigilando.
Sobre la mesa del maestro, estaba el borrador que tantas veces voló como un proyectil en dirección a las cabezas de Tito Migoyo, Ico y Paulín Ortiz, los tres más grandes y lo que peor se portaban. Mientras nos alejábamos, oíamos los golpes de las ventanas de aluminio cerrándose. Así permanecerían hasta septiembre. 
Tres días después fue la rifa de los números para comprar los juguetes. Los venden una vez al año y tenemos derecho a tres: el básico, el no básico y el dirigido. La rifa determina el orden en el que debemos entrar a la tienda. Siempre quise una bicicleta, pero al pueblo solo llegan diez. Se acaban enseguida.
Este año, por primera vez, tuve suerte. Cuando Nancy, la hija de Aracelia, dijo el nombre al que le tocaba el número dos, ni cuenta me di. Ni siquiera cuando Atlántida saltó de la alegría reaccioné. Esa noche no dormí, me pasé toda la madrugada imaginándome por el pueblo en bicicleta.
El Chiqui y yo fuimos a mirar por una hendija de la puerta de la tienda, pero apenas se distinguía una montaña de cajas. Blanca Llerena me dijo que me espabilara, porque una vez que tuve la bicicleta delante dejé de prestarse atención y todavía tenía que elegir el juguete no básico y el dirigido.
Al final me llevé un juego de damas chinas y una pelota de goma. Chola, el que trabaja en el garaje con Luzbel Cabrera, me engrasó la bicicleta y le llenó las gomas de aire. Con una pequeña llave, se aseguró de que los rayos estuvieran bien tensos y las llantas centradas.
Uno de mis grandes descubrimientos fueron los espejos que tenía en ambos extremos del manubrio. Gracias a ellos podía ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. Mientras el cine se alejaba, el garaje se acercaba. Mientras la estación se alejaba, la casa de Felo López se acercaba.
En muy poco tiempo aprendí a hacer piruetas. Ya estaba listo para que ella me viera. Fui dos veces a la Granja Panamá y una tercera que llegué hasta La Chirigota. En la primera, mi tía Mireya Yero me regañó, porque la máquina de Pepe el Sordo estuvo a punto de arrollarme.
—¡Deja que se lo diga a Atlántida! —decía mientras se alejaba en el espejo.
Ya volvía derrotado cuando la descubrí en la entrada de la carreterita. Estaba hablando con el hombre del Yugulí rojo. Primero me solté del manubrio, después pasé en una sola rueda y por último doblé casi acostado. Ninguna de las tres veces levantó la vista.
Por eso no pudo ver que, al dejar el asfalto y empezar a rodar sobre el camino de piedras, resbalé. Llegué a la casa con las rodillas llenas de sangre, varios vidrios encajados en las palmas de las manos y los dos espejos rotos. Atlántida lo vio todo desde su panóptico y me esperó con el Merthiolate y el algodón en las manos.
Nunca más pude ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. A partir de ese momento, las cosas solo se acercaban. Lo que quedaba atrás, volvió a ser invisible para mí. Incluso Basilia que, me imagino, siguió sin levantar la vista.

01 octubre 2021

Historia de un candado y una llave


Fue el candado de la puerta de la calle de mi casa, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, durante toda mi infancia. Cualquier ferroviario hubiera podido abrirlo, porque todos llevaban la llave maestra consigo. Pero a ninguno se le hubiera ocurrido hacerlo, era una época en que las cosas ajenas se respetaban. 
Los candados de los cinco cambiavías, de la oficina, el almacén y de la caja del teléfono del andén, también se abrían con la misma llave. De manera que mi abuelo Aurelio solo necesitaba una para entrar y salir de su mundo. El día que me dieron para mí, me sentí la persona más importante del planeta.
Cuando me fui de Cuba me llevé el candado y su llave. Ahora los tengo junto a nuestra puerta en Santo Domingo. Cada vez que entro y lo veo, sé que he llegado a casa. Nada me hace sentir más seguro. Está fijado con un clavo que saqué de un travesaño en el ramal Cumanayagua. Es de 1937, el año que nació mi madre.
Cuando compartí esta foto en Facebook, Alejandro González comentó que “es una antigua costumbre sefardí guardar las llaves de la casa de donde fueron expulsados”. Como él bien apunta, Venegas es un apellido judío de Granada. Esa puede ser una de las razones por la que los traje conmigo. 
En la memoria se siguen abriendo todas las puertas, incluso las que ya se han cerrado para siempre.