Ya no recuerdo por qué llegamos a Bauta. Pero hasta ese pueblo, al oeste de La Habana, fuimos a dar un grupo de amigos que éramos muy cercanos en aquella época. Recuerdo a Luis Alberto García, Vladimir Cruz, Reinaldo Montero y Omar Valiño. El anfitrión era Emilio Ichikawa.
14 octubre 2021
Un día entero en Bauta
Ya no recuerdo por qué llegamos a Bauta. Pero hasta ese pueblo, al oeste de La Habana, fuimos a dar un grupo de amigos que éramos muy cercanos en aquella época. Recuerdo a Luis Alberto García, Vladimir Cruz, Reinaldo Montero y Omar Valiño. El anfitrión era Emilio Ichikawa.
Una foto que apareció de pronto
Esta foto fue publicada por Mario A. Monzón en Trenes de Cuba, un grupo de Facebook que me ha permitido infiltrarme en una comunidad de ferroviarios y compartir con ellos una cultura de la que fui parte desde que nací. No he podido dejar de mirarla. A cada rato vuelvo a la pantalla a revisar cada detalle.
13 octubre 2021
El juego decisivo
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| Pedro José Rodríguez, Antonio Muñoz y Héctor Olivera. (Fotos del archivo de Fernando Rodríguez Álvarez) |
(Fragmento de la novela Atlántida)
Estuve todo el día esperando el momento. Cada pelota que lancé hacia arriba en el andén, me la imaginé en la pantalla en blanco y negro del televisor, mientras Sixto Hernández la perseguía por todo el right field. Comimos muy temprano y nos sentamos en silencio frente al aparato aún apagado.
Esa noche se decidía el campeonato y el juego se celebró en un terreno neutral. Como Las Villas y Pinar del Río llegaron empatados al final del calendario regular, con 35 victorias y 25 derrotas, hubo que celebrar una serie extra. Después de un partido en Santa Clara, otro en Cienfuegos y dos en Pinar del Río, acabaron empatados otra vez.
Me senté entre Aurelio y Atlántida. El estadio de La Habana siempre me impresiona. Las cercas de los jardines se ven tan lejanas que parecen inalcanzables. El pitcher de Pinar del Río era Rogelio García. Su bola de tenedor lo había convertido en el lanzador más dominante de Cuba.
En el primer juego, que fue en Santa Clara, los bateadores de Las Villas explotaron Félix Pino. Cheíto dio dos jonrones y Roberto Ramos fue el ganador. En el segundo juego, en Cienfuegos, Rogelio García solo permitió dos hits. Luis Giraldo Casanova y Alfonso Urquiola decidieron con sendos jonrones.
En el tercer juego, el zurdo Leonel García, respaldado por jonrones de Héctor Olivera y Albertico Martínez, nos devolvió las esperanzas. Al final anotamos cinco carreras. Pero en el cuarto juego, Félix Pino de abridor, Rogelio García de relevo y un jonrón de Hiram Fuentes obligaron a celebrar un quinto juego.
Así fue que llegamos hasta el jueves 25 de mayo de 1978. En el estadio de La Habana no cabía ni una persona más y en la sala de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había tres personas que no se atrevían a moverse.
Atlántida tenía mi mano izquierda entre las suyas, Aurelio daba palmadas en mi mano derecha. El narrador anunció el line up de Las Villas: Pedro Jova en el shortstop, Sixto Hernández en el right field, Antonio Muñoz en primera, Pedro José Rodríguez en tercera, Héctor Olivera como designado, Osvaldo Oliva en el left field, Luis Jova en el center field, Alberto Martínez como cátcher y Adolfo Borrell en segunda. El pitcher sería Leonel García.
Luego fue el turno de Pinar del Río: Giraldo Iglesias como designado, Fernando Hernández en el left field, Alfonso Urquiola en segunda, Luis Giraldo Casanova en el right field, Hiran Fuentes en el shortstop, Juan Castro como cátcher, Lázaro Cabrera en primera, David Sánchez en el center field y Diego Mena en tercera. El temible Rogelio García sería otra vez el pitcher.
Cuando mencionaron a Antonio Muñoz, el Gigante del Escambray, Atlántida aplaudió. Justo después, cuando la cámara enfocó a Cheíto y presentaron a Pedro José Rodríguez, el Señor Jonrón, Aurelio y yo chocamos las manos. Hicimos lo mismo poco después, cuando Sixto Hernández dio un jonrón de línea.
En el segundo inning, Héctor Olivera también la botó mientras nosotros aplaudíamos y repetíamos que “¡Muñoz, Cheíto y Olivera la botan por donde quiera!”. Pero la ventaja duró muy poco. En la parte baja de ese mismo inning, Lázaro Cabrera dio un jonrón con un Hiram Fuentes en base y empató el juego.
Atlántida le pegó durísimo al brazo del sillón. Ese golpe le debió doler mucho, pero se puso a toser para disimular. Aurelio y yo nos miramos, abrimos los ojos y levantamos las cejas. Pero no dijimos nada, ambos conocemos muy bien el mal humor de mi abuela. El partido se mantuvo dos a dos hasta el noveno inning.
En el sexto inning, Servando Medina salió de relevo por Las Villas. En la parte alta del noveno, cuando Muñoz falló, Aurelio volvió a dar palmadas sobre mi mano derecha. En el momento en que anunciaban el turno al bate de Pedro José Rodríguez, mi abuelo cruzó los dedos. Hice lo mismo.
Con el swing los tres nos pusimos de pie y nos quedamos inmóviles hasta que la pelota voló por encima de la cerca. Atlántida me puso la mano en pecho y decía que se me iba a salir el corazón. Estuvimos aplaudiendo mientras Cheíto le daba la vuelta al cuadro y saludaba a sus compañeros.
En el final del noveno inning, Pinar del Río embasó a un hombre. Roberto Ramos relevó a Servando Medina. El propio Cheíto fildeó el roletazo. Tiró a segunda, un out. Adolfo Borrell le tiró a Muñoz y… ¡doble play! Esta vez yo mismo me puse la mano en el pecho para comprobar que mi corazón seguía en su lugar.
“¡Las Villas campeón!”, gritábamos Atlántida, Aurelio y yo, mientras saltábamos y nos abrazábamos en medio de la sala. Una algarabía parecida salía de las otras casas. “¡Las Villas campeón!”, gritaban de un lado y del otro de la carretera. En el patio de Benigno se oyeron varios tiros al aire.
—¿Ya te dormiste? —me preguntó Atlántida desde su cama.
—No, no puedo —le respondí.
—Nosotros tampoco —dijo Aurelio—. Ese de Cheíto será siempre uno de los momentos má emocionantes de tu vida.
—¡Shhhhh! —dijo Atlántida mientras apagaba la última luz.
Desde esa noche, cruzo los dedos cada vez que estoy en una situación difícil. La próxima fue a la mañana siguiente, cuando el maestro Gustavo estaba a punto de poner sobre mi mesa un examen de matemáticas. Apenas había estudiado, me pasé días enteros dedicado únicamente a pensar en el juego decisivo.
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| Secuencia del jonrón decisivo de Cheíto. |
12 octubre 2021
Casilda
Dormimos en la cubierta del barco. Nunca el cielo había tenido tantas estrellas. Serafín me enseñó a encontrar la Osa Mayor en aquel enjambre de luces titilantes. Luego, después de trazar una diagonal desde Merak, dimos con la estrella Polar. Al final me puso a buscar la doble ve de Casiopea.
Llegamos al puerto de Casilda en el Willys de Eulogio, un amigo de mi padre. Llevaba el parabrisas abatido sobre el motor y a cada rato se me metía un insecto en los ojos. Solo nos detuvimos para ver al lago Hanabanilla desde lo alto. En Topes de Collantes, después de atravesar una nube, comenzamos a descender hacia el mar.
Frente a nosotros, en el muelle que está del otro lado de la ensenada, una locomotora formaba un tren de combustible. En unas horas estaría vadeando las montañas del Escambray y pasando sobre los altísimos puentes del ramal Trinidad. A Serafín le molestó que estuviera pendiente de sus maniobras.
—Vas a navegar por primera vez en tu vida —me dijo—. ¡Olvídate por una vez de los trenes!
La tripulación estaba integrada por tres hombres. Blas, el capitán, es viejo y está todo lleno de arrugas. Pero tiene una fuerza descomunal, apretó mi mano como si estuviera exprimiendo una naranja. Le prometí que no me iba a marear y él me dijo que así hablaban los hombres.
Aunque Enrique es hijo de Blas, tiene tantas arrugas como su padre. También exprimió mi mano al saludarme. Octavio está casado con una hija del capitán. Salimos del puerto al mismo tiempo que el tren. Al pasar junto a una boya enorme, nos cruzamos con un barco idéntico al nuestro.
—¡Blaaaaas! —dijeron todos desde la otra cubierta.
—¡Santiagooooo! —dijeron todos desde la nuestra, incluyendo a mi padre.
En la popa de las embarcaciones ondeaban sendas banderas cubanas. Ambas estaban desteñidas y deshilachadas. Poco a poco la costa se fue borrando. Lo último en perderse de vista fue la enorme silueta de las montañas. La próxima semana la pasaría descalzo y sin pisar tierra firme.
Blas solo quitaba las manos del timón al final de la tarde, cuando fondeábamos cerca de un cayo o de algún barco hundido para dormir. Enrique, con la ayuda de mi padre, se encargaba de las nasas y los palangres. Octavio de la cocina y del cuarto frío donde se guardaba la pesca.
La tripulación dormía en el camarote de popa, mi padre y yo en el de proa. En el segundo día, Blas me dijo que al principio creía que yo iba a ser un peor marino. Serafín, después de poner cara de orgullo, me prometió que la siguiente jornada sería la más emocionante de todas.
Como estaba muy oscuro, no advertí que habíamos fondeado junto a un cayo. Se llama Macho Afuera. De ahí en adelante, me dijo Blas, solo veríamos mar. Pusimos proa al punto más oscuro, justo donde, cerca del mediodía, se armó una tormenta. Decenas de peces voladores parecían tener el mismo derrotero que nosotros.
Las olas eran cada vez más altas. Blas prácticamente se tuvo que abrazar al timón para poder mantener el rumbo. Octavio apagó el fogón y aseguró todo. Enrique y Serafín, en la proa, buscaban algo en el mar. “¡Allá!”, dijo por fin el hijo del capitán y mantuvo el brazo en alto hasta que su padre distinguió una boya roja.
El güinche empezó a tirar del cable al que estaba atada la marca. Un primer anzuelo salió vacío y todos dijeron una mala palabra. El segundo anzuelo tampoco traía nada y las malas palabras se repitieron. El tercero fue la vencida, un enorme tiburón quedó extendido sobre cubierta.
Aunque no se movía, me le acerqué lentamente. Su piel era como una gruesa lija. Mi padre gritó para que me quitara. Otro tiburón cayó justo a mi lado. Cuchillo en mano, Octavio los iba destripando y lanzando hacia el cuarto frío. El olor de aquella tarde se me quedó en las manos por días.
En la noche estaba tan cansado que me fui solo para el camarote. Dejé la puerta abierta para oír las voces de Blas, Enrique, Octavio y Serafín, quienes comían chicharrones de cerdo y bebían ron a pico de botella. El agua dejó de chocar contra el casco. Nada se movía, hasta el mar parecía estar exhausto.
De regreso, entramos al puerto bajo un torrencial aguacero. El muelle donde se forman los trenes de combustible había siete tanques sin la locomotora. Me pregunté si el tren aún no había llegado o ya se había marchado. Durante la maniobra de atraque, lancé uno de los cabos.
Me había pasado navegando libros enteros. Muchas de las palabras que le oí decir a Blas, Enrique, Octavio y Serafín ya me resultaban conocidas gracias al capitán Nemo, Pencroff, Sandokán o el Corsario Negro. Incluso la extraña calma de las noches en alta mar me resultaba familiar.
Pero los olores fueron totalmente nuevos para mí. Cada cosa que tocaba se me quedaba impregnada como una marca invisible. En el Willys de Eulogio, ya con los zapatos puestos y de regreso a Manicaragua, me olía las manos y todavía estaba allí la tarde de los tiburones.
11 octubre 2021
Empieza la aventura de Guanaroca
Cuando Diana y yo tomamos la decisión de construir una pequeña cabaña cerca de la nuestra, para alquilarla a quien se aventurara a subir hasta la Loma de Thoreau, no nos imaginábamos cuánto íbamos a disfrutar esa experiencia. Lo mejor de todo es que cada huésped de Arriero se va con las ganas de volver.
07 octubre 2021
El día que me leí "Caleidoscopio"
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04 octubre 2021
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