a Raúl Eguren
Era un viejo cine donde presentaban una obra del teatro clásico francés. El maestro de actuación nos había citado una hora antes de la función. Ya tenía puesto el vestuario y se había maquillado. Nos costó reconocerlo en aquel banquito, entre bambalinas.
Quería que viéramos cómo su grupo se preparaba para cada presentación, pero los otros actores aún no habían llegado. Encima de nosotros, dos tramoyistas no lograron ponerse de acuerdo y empezaron a insultarse.
La puerta por la que entramos seguía abierta; por ella entraban los sonidos de una Habana que atravesaba su hora más ruidosa: pasaba un autobús tras otro, las mujeres gritaban por los balcones y un vendedor ofrecía el periódico de la tarde.
—Van a tener que volver otro día —se disculpó el maestro.
—¡Me cago en Molière! —gritó uno de los tramoyistas, que dijo haberse machucado un dedo.
—Aunque es bueno que también escuchen esas barbaridades —dijo el maestro y señaló hacia lo alto, donde aquellos hombres invisibles se movían—. Esas son las cosas que gente como Molière y yo tenemos que soportar cada noche.
Afuera, en los balcones, las mujeres reían a carcajadas.

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