04 septiembre 2026

De Cross Creek a Big G Ranch


Una noche de finales de los años ochenta, la televisión cubana exhibió —creo que por única vez— la película Cross Creek (1983). Desde entonces cargué con el bucólico recuerdo de aquel filme, de la Florida profunda que retrata y de la belleza de 
Mary Steenburgen.
Al fin he conocido los paisajes que rodearon a la escritora Marjorie Kinnan Rawlings cuando, en 1928, dejó atrás Nueva York para instalarse, junto con su marido, en una casa destartalada entre naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes.
Rebeca y Miguel Grillo nos invitaron a Diana Sarlabous y a mí a Big G Ranch, el lugar donde Miguel reconstruyó un mundo muy parecido al que lo rodeaba en las cercanías del central Mercedes, antes de que la prosperidad de aquella Cuba acabara convertida en un irreconocible páramo de miseria y desidia.
Con la música de las cigarras de fondo, compartimos largas horas de conversación —ese arte que las redes sociales y las pantallas han puesto en grave peligro de extinción—, nos bañamos en un aguacero, caminamos descalzos por el campo, anduvimos entre el ganado y capturamos un cerdo salvaje bajo la mirada de un gavilán.
También celebramos la amistad a la antigua: con un buen destilado —en este caso, Buchanan’s, el preferido del anfitrión— y abrazos reales, no de esos que ahora se dan con deditos levantados y emoticones. A lo lejos, los cipreses parecían gigantes con los pies hundidos en el agua.
El recuerdo de Cross Creek, la película que idealicé durante décadas, ha cambiado. Sé que, de ahora en adelante, cuando piense en naranjales, pantanos, cocodrilos y serpientes, lo que me vendrá a la cabeza será aquella tarde en Big G Ranch, mientras Miguel y yo, descalzos y bajo el aguacero, chocábamos nuestros vasos.