11 octubre 2026

El monje


El monje nos recibió tras ponerle fin a sus horas de silencio. Antes de tocar a la puerta del monasterio, nos detuvimos a mirar la enorme montaña que teníamos delante. No se oía nada.
La puerta chirrió y aquel sonido alcanzó unas dimensiones desproporcionadas. El padre tenía una pequeña bolsa en la mano y Diana otra. Después de los abrazos, las intercambiaron. 
En la de Diana estaban un libro que nos había prestado, una botella de vino y un libro mío. En la dedicatoria, le expresaba nuestro cariño y le agradecía todo lo que hizo para que Ana Rosario se bautizara antes del matrimonio.
Nos tenía dos panes de los que ellos venden en el supermercado del pueblo. Explicó que los hacían según una vieja receta que él trajo de España. Luego agregó un pedazo de tortilla. “Así la hacía mi abuela”, dijo.
También nos contó sus peleas con la cocinera dominicana, que le echa demasiada sazón a las comidas y se queja de que las de él no sepan a nada. “¡Es que el pescado tiene que saber a pescado, no a condimentos!”, añadió con los brazos abiertos.
Tuvimos una larga conversación que se detuvo por un rato frente a su río Manzanares. Él hablaba y nosotros escuchábamos. Como si el que vive en el silencio necesitara estar oyendo palabras, aunque las dijera él mismo.
Al final lo invitamos a que nos acompañara a comer un día. Nos dijo que evitaba sentar precedentes ante los otros monjes. Había subido hasta el lugar donde vivimos una sola vez, a una casa donde jamás volvería.
—Padre, nosotros estamos peleados con esa persona.
—Todo el mundo está peleado con esa persona: es un mafioso.
No se lo había pedido, pero sus palabras fueron para mí una absolución. Después de abrazarnos, se quedó en la puerta. Mientras nos parábamos frente al silencio de la montaña, oímos el chirrido desproporcionado.

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