29 septiembre 2026

El viejo Sanyo de mi padre



Mi padre tenía un viejo radio japonés. Se jactaba de que aquel aparato había sido de las últimas cosas que llegaron a la isla antes de que la cerraran. Lo cubría con un pedazo de pana amarilla para protegerlo de la humedad, el polvo y los años. 
No dejaba que nadie lo tocara, ni siquiera yo, que era su único hijo y solo lo visitaba unos pocos días durante las vacaciones. Cada mañana, al despertarse, sintonizaba una emisora.
Solo daban noticias y, llegado el momento, los minutos y las horas. Aquel tic tac no lograba despertarme, pero tampoco me permitía seguir durmiendo. En aquel raro estado, lo sentía darse una ducha, afeitarse y vestirse.
Siempre abría la puerta con la intención de salir a la calle. Entonces recordaba que el radio aún estaba encendido y regresaba para apagarlo. Por las noches, para poder dormirse, sacaba un brazo y volvía a encenderlo.
Los segundos iban cayendo sobre el mosquitero, mientras los dos nos arropábamos del frío y la escasez. Nunca le ponía atención a lo que decían, por eso un día le pedí que lo apagara.
—No —me respondió—, oye cómo se va el tiempo.

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