Me frenaba y me obligaba a pedalear más fuerte, pero me hacía libre. Con mi bicicleta soviética, pesada como un tractor, podía recorrer callejones, guardarrayas y hasta trillos. Aquella luz parpadeante hacía trizas cualquier oscuridad.
El último año que me tocaron juguetes en la cartilla de racionamiento, alcancé uno de los tres primeros números en el sorteo del pueblo. Por eso pude comprarme la bicicleta. Estuve horas limpiándola y acabé como ella: lleno de grasa.
Aunque era de hembra y azul —yo la prefería roja—, cambió mi manera de andar por el mundo. El Paradero de Camarones se me redujo a unos pocos minutos y la loma del Chino Piloto ya no quedaba tan lejos.
Con Javie el de Maño nos escapamos hasta Mal Tiempo. Nos llenamos de lodo y, en el camino de regreso, nos alcanzó la noche. Entonces solo oía el sonido del dinamo y nuestro jadeo.
Las dos luces parpadeantes nos llevaron de regreso a casa, donde nos esperaban días de castigo sin bicicletas. No escarmentamos. Al ser liberados, fuimos hasta San Fernando, Paso del Medio, Hormiguero, Balboa, Ciego Montero…

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