Mi prima Lucy, con motonetas, está en lo alto del estribo. Mi madre tiene un pie en el andén y otro en el primer escalón del vagón. Frente a ella, Tito, el único hijo de Nellina, que acabaría convirtiéndose en uno de los 14,048 niños de la Operación Peter Pan.
A la izquierda de mi madre, mi tía Titita. A la derecha de Tito, Nellina y mi tío Aldo. Todos sonríen a la cámara, excepto Nellina, que, peinada a la moda y con una lujosa cartera, mira no sabremos qué frente a ella.
Los días de ese mundo estaban contados, pero, si nos atenemos a la foto, solo la hermana de mi abuela Atlántida parecía ser consciente de ello. Por eso, quizás, no mira a la cámara ni sonríe, sino que busca, al final o al principio del tren, algo en lo que los demás no repararon.
Vi esa foto infinidad de veces junto a mi madre, pero nunca le pregunté qué miraba Nellina. No llegué a conocer esos coches de madera: como el país de la foto, ya habían desaparecido cuando el tren de Cumanayagua llegó a mis días.

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