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| El cercanías, al marcharse, deja al descubierto los asombrosos coches del tren Felipe II, que viaja desde Príncipe Pío al pasado de El Escorial. |
A veces, cuando voy a buscarlo a la guardería, David me pide que lo lleve a ver trenes. Antes, identificamos juntos los animales que han pintado en el mar que se extiende a lo largo de un muro: tortuga, foca, delfín, cangrejo, pingüino…
Luego vamos a la estación de Pirámides para tomar el tren hasta Príncipe Pío. Allí, todavía en el andén, tenemos que quedarnos un largo rato. Mientras él les dice adiós a los viajeros que pasan, yo disfruto su cara de asombro.
Siempre que le digo que ya nos tenemos que ir, me pide que esperemos al próximo tren. Al oír el estruendo dentro del túnel, se inclina en su cochecito en busca de la luz que aparecerá de un momento a otro.
Todavía sin ver nada, señala. Cuando por fin asoma el primer vagón, sonríe. Conozco bien esa extraña felicidad y me parece inexplicable que mi nieto la disfrute tanto como el niño que fui.
Suelo hacerle fotos en ese momento; intento ver mi rostro en el suyo mientras él, con el brazo extendido, señala ese intimidante ruido que pasa a toda velocidad. Luego se acomoda para verlo partir.
Aprovecho que estoy junto a mi nieto para también decirle adiós: me valgo de su inocencia para no dejar morir la mía.

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