11 noviembre 2021
La fe hace tremenda espuma
09 noviembre 2021
Los cuentos de la oscuridad
Cuando el bombillo de 100 watts de la cocina se apagó, Atlántida pensó que se había fundido y salió para el cuarto de expreso a buscar uno de repuesto. Pero al pasar junto al interruptor del comedor, quiso cerciorarse de que estaba en lo cierto. “Ah, caramba —dijo en voz alta—, qué raro que la luz se fue un martes”.
Ese día estaba tan ajetreada, que no volvió a reparar en que seguíamos sin electricidad. Ya en la tarde, después de ponernos la ropa de por las tardes, Aurelio y yo buscamos los libros que estábamos leyendo y sacamos dos sillones para el andén. Él llevaba Las mil y una noches y yo los cuentos de O. Henry.
Como se había leído a O. Henry antes que yo, constantemente me preguntaba qué cuento estaba leyendo. No sé cómo se las arreglaba para abandonar a Simbad el Marino, Aladino o Alí Babá y preocuparse por Johnsy, la muchacha cuya vida pendía de la última hoja de un árbol, en un pequeño barrio al oeste de Washington Square.
—¿Ustedes se han dado cuenta de que no hay luz desde esta mañana? —nos interrumpió Atlántida—. ¿Será aquí nada más o en todo el pueblo?
La respuesta la teníamos delante de nosotros. Aunque todavía era de día claro, el bombillo del patio de Mercedita estaba encendido. Más allá, entre las matas del patio de Barbarita, también se veía una luz. Aurelio caminó por el andén hasta comprobar que el portal de Felo López también estaba encendido.
Le alumbré con una linterna para que él comprobara si los fusibles estaban bien. “Hay que esperar a mañana”, dijo dándose por vencido, mientras buscaba su viejo farol de los Ferrocarriles Unidos. Atlántida, por su lado, encendió el único quinqué que sobrevivió a todas las mudanzas de la familia.
Esa noche, después de comer, nos sentamos a oscuras en los sillones de la sala. Los tres hicimos un largo silencio hasta que Atlántida se preguntó por qué el quinqué ya no alumbra tanto como antes. Aurelio le respondió que alumbra igual, solo que ella ya se ha acostumbrado a la luz eléctrica
—No —insistió Atlántida—. Recuerda que todo en San Fernando se veía clarito y mira ahora la oscuridad que hay en esta casa.
Se pasaron toda la noche recordando los años que vivieron en aquella estación, que está a 10.8 kilómetros del Paradero del Camarones por el ramal Cumanayagua. Así fue que supe que tío Aldo dormía en el cuarto de expreso, que tenía una enorme colección de cómics y que se peinaba con Glostora.
A la mañana siguiente Aurelio se comunicó con los electricistas de los Ferrocarriles, quienes no demoraron en llegar en su motor de vía. Uno de ellos se subió al poste que está en el crucero y bajó con una mala noticia. No podía hacer nada, porque la avería estaba del lado que le pertenecía a la empresa eléctrica.
—¿Y no puedes hacer nada? —preguntó Aurelio.
—Lo siento, Yero, ellos no le permiten al Ferrocarril tocar sus cables.
Aunque Lérida, desde Cienfuegos, lo reportó esa misma mañana, no le pudieron decir cuándo vendrían. Según ellos, solo tenían un camión para atender todo el regional. Esa noche Atlántida y Aurelio recordaron la mudanza para San Andrés, una estación que está a 10.4 kilómetros de Placetas.
Había sido una fortaleza del ejército español durante la colonia, por lo que la casa de familia estaba independiente. En las noches, para entretenerse, jugaban a contar los vagones de los trenes de la Norte Cuba que pasaban por el cruzamiento de Casallas. Aurelio y Aldo siempre ganaban.
—Era una estación muy solitaria—me dijo mi abuelo—. Tu abuela y tu mamá no se atrevían a quedarse solas allí.
Cuatro días después por fin vino el camión de la empresa eléctrica. Cambiaron un cable, pero no pudieron restablecer el servicio. Porque los electricistas de los ferrocarriles debían conectarlo del otro lado. “Cuando ellos hagan eso, nos llaman y nosotros venimos a terminar el trabajo”, dijo el que se subió al poste.
Todas las noches, a la luz del quinqué, Aurelio y Atlántida me siguieron haciendo cuentos de las estaciones donde vivieron, de cómo se mudaban en vagones, cargando con los muebles y los animales (vacas, cerdos y gallinas). San Fernando y San Juan de los Yeras fueron las preferidas de Atlántida.
—Pero el sueño de tu abuelo siempre fue volver a su Paradero de Camarones —dijo mi abuela con resignación, mientras abría los brazos hacia la oscuridad.
—¿Qué culpa tiene el pueblo de esto? —protestó Aurelio—. Es una avería, pudo ocurrir en cualquiera de las otras estaciones.
Una semana después regresó el camión de la empresa eléctrica. Atlántida empezó a aplaudir cuando vio encendido otra vez el bombillo de 100 watts de la cocina. En la tarde, Aurelio volvió a interrumpir su lectura de Las mil y una noches para hacerme preguntas sobre el cuento de O. Henry que yo leía.
Estábamos felices de poder volver a ver la televisión. En un pequeño receso entre dos programas, le pregunté a Aurelio cuántos trenes de viajeros pasaban por San Andrés. Se puso de pie y apagó el televisor. Atlántida también se puso de pie y apagó la luz de la sala. Seguimos haciendo cuentos de la oscuridad por una o dos semanas más.
08 noviembre 2021
La caída del piano
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| Aurelio, Atlántida y mi prima Lucy, cuando tenía la edad en que le compraron el piano. |
(Fragmento de la novela Atlántida)
Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Armando Hernández, el jefe de estación de Cumanayagua, le pidió a mi abuelo que se quedara al teléfono. Aurelio lo había llamado para decirle que el mixto acababa de internarse en el ramal.
Aún se escuchaba el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches mientras bandeaban sobre los oxidados raíles. Tenía que ser algo muy serio, porque Aurelio puso su cara de pocos amigos. Después de disculparse con Armando y de agradecerle su paciencia, le dijo que se lo despachara de regreso.
—Lo espero hoy mismo —insistió.
—¿Qué pasó, viejo? —preguntó mi abuela desde la puerta que da a la casa.
—El piano.
—¿Qué pasó con el piano?
—¡Hace seis meses! —dijo Aurelio muy molesto—. ¡Hace seis meses y aún no lo ha ido a buscar!
—¿Y qué vas a hacer?
—Armando Hernández no quiere cobrarme la estadía. Le dije que no puede hacer eso, porque si va un inspector a su estación se va a buscar un problema.
—¿Y qué vas a hacer?
—¡Hace seis meses!
—¡Qué barbaridad! —dijo Atlántida mientras se llevaba las manos a la cabeza.
Cuando entré a la casa, la encontré hablando en voz baja con la Virgen de la Caridad. Los tres ocupantes del bote la escuchaban atentamente. “¡Qué no haga una locura, virgencita, qué no haga una locura!”, le decía mientras arreglaba los girasoles que le trajo Hugo Lois de San Fernando.
Acompañé a mi abuelo el día que llevamos el piano a Cumanayagua en el mixto. Mi prima Lucy le había asegurado que esa misma semana Popi, su esposo, iría a buscarlo en un camión. Aurelio le recordó que los paquetes pagan estadía si se quedaban más de un mes en una estación y ella le prometió que lo recogerían.
El piano de Lucy se quedó en la casa cuando ella se casó y se fue a vivir a Manicaragua. Estuvo en la saleta hasta que llegaron los muebles de Nellina de La Habana. Como nadie más en la familia lo sabía tocar y ya no había espacio para él, mi abuela decidió enviárselo.
Fue la tarde más larga y tensa en la historia de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Nunca antes había visto a Aurelio y Atlántida pasarse tantas horas sin decirse ni media palabra. Yo tampoco hablé con ninguno de los dos. Busqué el libro que estaba leyendo, pero no lograba concentrarme.
Tenía que repetir los párrafos dos o tres veces para poder seguir al vapor Cáucaso en su descenso por el Volga. En él viajaban Miguel Strogoff y una joven livonia que él hizo pasar por su hermana. A pesar de que la novela me gustaba mucho, al llegar al embarcadero de Kazán abandoné la lectura.
Eran las 18:55. Ya el mixto debía haber pasado por Ojo de Agua y en diez minutos haría andén en San Fernando. Aunque estaba oscureciendo y la mesa ya estaba puesta, Aurelio aún no se había bañado para ponerse la ropa de por las tardes. Era la primera vez que ocurría algo así.
A las 19:30, bajó al patio, abrió la caseta de herramientas y sacó el hacha. Tres minutos después se empezaron a escuchar el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches. Es probable que Atlántida hubiera podido impedirlo si rompía su silencio, pero prefirió seguir callada.
Ni siquiera salió de la cocina. Destapó la olla de presión y empezó a servir la sopa en la fuente. Si hubiera sido otra tarde cualquiera, ahora toda la casa olería a comino. Sin embargo, lo único que se percibía en el aire era el que salía de la piedra de amolar y el filo del hacha.
Mientras el mixto retrocedía, Aurelio se dirigió a la puerta de la calle. Salió en el momento exacto en que el tren se detuvo. Le dijo a León que tirara el piano para el andén. El encargado del Expreso se negó y le dijo que llamaría al resto de la tripulación para bajarlo.
Entonces Aurelio hizo un gesto de desesperación y aló el piano, que rodó por el piso de madera del vagón hasta caer por la borda. La tarde del Paradero de Camarones ya estaba tan oscura como el Volga por el que navegaba Miguel Strogoff. Solo que, en lugar de sargazos, todo estaba lleno de bichos de la luz.
Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Ninguno de los ocupantes del tren podía creer lo que Aurelio estaba haciendo. Pero, al igual que Atlántida, se mantuvieron callados. Ya hacía rato que el mixto se había ido y mi abuelo aún seguía dando hachazos.
Sacó las cuerdas como si fueran las tripas de un animal. Al lanzarlas para el patio, sonaron por última vez. Lucy sabría identificar la nota que se oyó. En unos días se convertirían en el escondite perfecto para la gallina gira, que se las arregló para hacer su nido entre ellas. Semanas después sacó doce pollitos.
Mientras mi abuelo destruía el piano, León me alcanzó la banqueta. Era hueca. El asiento funcionaba como la tapa de un cajón donde se guardaban partituras de la Biblioteca Clásica Musical de Schirmer. Aunque las rescaté y las guardé entre mis libros. Nunca más nadie las abrió.
Atlántida estuvo sollozando toda la comida. No volvimos a recuperar la normalidad hasta el día siguiente. Lo primero que hizo Lérida, el día que llegó de Cienfuegos, fue ir a ver el cadáver del piano. Estuvo un largo rato mirando los trozos de madera, el reguero de teclas, el esqueleto de hierro.
—¡Qué barbaridad! —dijo, mientras la gallina gira salía como una fiera de entre las cuerdas para tratar de proteger su nido.
07 noviembre 2021
Bistec encebollado
05 noviembre 2021
Las luces de La Habana
Era como el cohete que pasó sobre el cielo de Ohio en Crónicas marcianas. Más que rodar, volábamos. Serafín, como me había prometido, reservó el primer asiento del Colmillo Blanco. Así le dicen al Hino que viaja todos los días de Manicaragua a La Habana. Tiene un reloj de manecillas y bocinas a lo largo de todo el pasillo.
La carretera de Santa Clara parecía otra desde esa altura, bajo una temperatura tan fría y la orquesta de Barry White en lugar de ruidos. En vez de rodar, parecía que flotábamos por el espacio. La primera parada la hicimos en Manacas. Todos se bajaron a comer panqués calientes con leche. Serafín y yo la pedimos ahumada.
Después de Matanzas empezaron a pasar cosas sorprendentes. Pequeñas montañas de azufre, el puente más alto de Cuba, pozos de petróleo y una carretera anchísima bordeaba al mar. “¡Despiértate —me dijo Serafín—, que vamos a entrar en el túnel!”.
Cuando salimos del otro lado las luces de La Habana se estaban encendiendo. Todo era tan grande, que me parecía estar dentro de una película. “¡Mira! —me decía mi padre— ¡Mira!”. Y mientras más miraba más me lo pedía. Después de pasar el puente sobre el río Almendares, llegamos a la calle de los Venegas.
Dormiríamos en casa de mi tía Monga, que vive sola desde que se murieron mis abuelos Lázaro y Eloísa. Justo al lado, vive mi tío Paulino con su esposa Yeya y mis primas Nora y Elena. Un poco más allá, vive tío Cipriano con su esposa Nori y mis primos Maricela y Mario.
Calle abajo viven mi tía Sixta y mi primo Lazarito. La otra hermana, Yindo, vive en Camagüey. Su hijo Félix, como Lazarito y yo, es hijo único. Los Venegas viven en la calle 50, entre 27 y 29. Se llaman a través de los portales y todas sus voces suenan igual. Tía Monga dice que yo hablo como un Venegas.
Lazarito me llevó a caminar por las escaleras de la avenida 31. Andamos muchísimo y todo el tiempo me mantuvo abrazado, como si no quisiera que me le perdiera. Cría palomas mensajeras y se pasa todo el tiempo vigilando el cielo, para ver si identifica a una de las suyas entre todas las que vuelan.
Después fuimos a conocer al pastor alemán de mi primo Mario y la casa de las herramientas de Cipriano, que es marinero. Con ellos fuimos al acuario. “Así es el mar por dentro”, me dijo, con la seguridad del que ha viajado tanto por él. Mi tía Sixta me llevó a probar dulces que no existen en Las Villas.
Paulino es cinéfilo, una palabra que ni siquiera le había oído mencionar a Chena. Todo el tiempo recuerda nombres de actores. Menciona constantemente a Humphrey Bogart, Gary Cooper y Gregory Peck. Pero el nombre que más repite es el de Ava Gadner. “¡Ava Gadner, caballeros, Ava Gadner!”, decía.
Monga me abraza constantemente y no deja de celebrar que tengo muchísimas cosas de los Venegas. En su cocina había una lata inmensa con un Pinocho por cada lado. Pregunté qué era y sacaron una enorme galleta dividida por puntos suspensivos. La fui dividiendo en partes iguales y me la comí muy despacio.
A partir de ese momento, La Habana me supo a galleta de soda. Mi primo Lazarito tiene un juego que se llama Capitolio. Consiste en comprar calles y construir casas y hoteles en ellas para arruinar a los otros jugadores. Como me concentré en adquirir los ferrocarriles, acabé perdiendo.
Me aprendí todos los nombres de memoria: Muralla, Cuba, Águila, Monte, Reina, Galeano, San Rafael, Neptuno, Belascoaín, Infanta, Carlos III, San Lázaro, Malecón, Prado, 10 de Octubre, Calzada de Luyanó, Vía Blanca, Avenida de los Presidentes, Paseo, Quinta Avenida, Miramar y Biltmore.
Me sentía tan familiariazado con aquellos nombres, que salí a darle la vuelta a la manzana. No recordaba que de este lado de La Habana las calles no tienen nombres sino números. Para colmo de males, la calle 48 no es recta. Después de una pronunciada curva, al llegar a la avenida 29, bifurca en tres cuchillas.
La ciudad real no era tan fácil de aprender como el tablero del Capitolio. Un señor se dio cuenta de que estaba perdido. Me hizo varias preguntas y, cuando le mencioné los nombres de Serafín, Paulino y Cipriano, sorió. “¡Te salvaste que yo también soy de General Carrillo!”, me dijo.
Los Venegas estaban como locos buscándome y el señor se sentó con ellos a beber ron. Injustamente, castigaron a Lazarito por haberme perdido de vista. A él no le importó. Como él no se podía mover del sillón que había sido de mi abuelo Lázaro, yo me senté a su lado a ver postalistas de peloteros. Tiene a Muñoz, pero le faltan Cheíto y Olivera.
Cuando el Colmillo Blanco salió del túnel, mi padre me pidió que mirara hacia atrás. Del otro lado del agua estaban las luces de La Habana, que se empezaban a apagar. Ya flotábamos por el espacio de regreso a casa. La Habana parecía un planeta del que nos alejábamos a una velocidad desconocida para mí.
Empecé a repetir los nombres de las calles del juego de Capitolio para que no se me olvidaran. Monte, Reina, Galeano, San Rafael, Neptuno, Belascoaín, Infanta, Carlos III, San Lázaro, Malecón… Todo iba bien hasta que recordé a la calle 48 y el punto donde se bifurca en tres cuchillas.
Si tragaba en seco, podía sentir todavía el sabor de las galletas de soda.
03 noviembre 2021
Mary
Es flaca, muy blanca, tiene los senos grandes y también fuma. Su pelo largo ondea a la más mínima brisa. Será nuestra maestra de sexto grado. Vive en Cruces y tiene una letra lindísima. Cuando termina de escribir en la pizarra, se queda con la tiza entre los dedos, como si fuera un cigarrillo.
El Chiqui dice que es más linda que Basilia. Como no nos poníamos de acuerdo, le preguntamos a los otros varones del aula. Una mitad coincidió con el Chiqui y la otra mitad conmigo. El voto de Yayo Pis representaba el desempate. Pero él dijo que le gustaban las dos y que no quería elegir. Eso nos llevó a el Chiqui y a mí de regreso a nuestra discusión.
Gustavo el maestro no pasaba lista. Como nos conocía a todos, con solo levantar la vista sabía si alguien había faltado. Mary nos llama por los apellidos. El Chiqui ahora es Aguiar; Marita, De la Rosa; el Negro, Gómez; Hilda María, Capote y Diego, Fleites. El primer día, cuando oí Venegas, no me daba cuenta que era yo.
—Camilo Venegas —dijo Mary después de repetir tres veces mi apellido.
—Muchacho, despierta —me dijo Yayo después de darme un manotazo en la cabeza.
—¡Ah, presente, maestra!
Entonces ella se rio. Debo reconocer que su risa es muy linda. Sobre todo porque al final, antes de volverse a poner seria, se muerde los labios. “¿Tú viste eso?”, me dijo el Chiqui después de darle una patada a mi pupitre. Las hembras se han empezado a molestar con nosotros, porque dicen que parecemos unos bobos mirándola.
Tiene las uñas largas y antes de empezar a hablar, se rasca el pecho, justo donde empiezan los senos. “¿Tú viste eso?”, dijo el Chiqui después de volver a patear mi pupitre. Cuando nos dijo que estudiaríamos las plantas monocotiledóneas, a muchos les causó gracia un nombre tan largo.
Nos dijo que repitiéramos con ella, mientras caminaba por el aula y el aire que entraba por las ventanas hacía ondear su pelo. “Mono-coti-ledó-neas”, repetimos dividiéndo en sílabas la palabra. “¡Monocotiledóneas!”, repetimos de corrido. Nos aplaudimos a nosotros mismos.
Ella se rio, se mordió los labios y se rascó el pecho. “Tú viste eso?”, gritó el Chiqui mientras seguía pateando mi pupitre. Nos puso varios ejemplos de monocotiledóneas: las flores de las orquídeas, el grano de maíz, las hojas de la caña de azúcar, el tallo del cocotero.
Las hojas de las monocotiledóneas son paralelinérveas, porque sus nervaduras son paralelas entre sí, como las de la mata de plátanos. El maestro Gustavo está igual que nosotros. Entró al aula a llevarle unos libros a la maestra nueva y, estaba tan distraído, que los puso en el borde de la mesa y todos se cayeron.
Al agacharse a recogerlos, se dio un golpe en la frente con el borde de la mesa. Mary le pasó la mano por el chichón y le sopló. “¡Ooohhh!”, dijeron muchos a coro. Al irse, al maestro Gustavo se le enredaron los pies y estuvo a punto de caerse. “¡Aaahhh!, repitió el coro antes de que las risas y la algarabía nos hicieran merecer el primer regaño de Mary.
Se puso muy seria, se apoyó con los dos brazos en la mesa y se inclinó hacia delante. “¡¿Tú viste eso?!”, gritó el Chiqui justo en el momento en que todos hacíamos silencio. Mary pasó su dedo índice por la lista, de abajo hacia arriba. “¿Aguiar, no?”, preguntó aún más seria. “Sí, ma, ma, maestra”, tartamudeó el Chiqui.
Me aprendí de memoria todo sobre las monocotiledóneas, que son las plantas angiospermas de hojas con nervios longitudinales, sin crecimiento secundario en grosor, con raíces adventicias, flores dispuestas en grupos de tres y cuyo embrión tiene un solo cotiledón.
El único problema es que siempre me hacían recordar el primer día de clases con Mary. Aquella tarde, cuando salíamos de la escuela, estaba fumando en el portal. El Chiqui y yo nos quedamos mirándola. Su pelo ondeaba y su cara, cuando se despejaba del humo, en verdad era más linda que la de Basilia.
Ella se dio cuenta de que la estábamos mirando y se puso muy seria. “¡Monocotiledóneas!”, gritamos el Chiqui y yo y salimos corriendo.
02 noviembre 2021
Primera declaración de la Loma de Thoreau
Diana Sarlabous Sosa y Camilo Venegas Yero apoyan incondicionalmente a Archipiélago, a Yunior García Aguilera y a todos los cubanos que, como ellos, tienen la valentía y el arrojo de manifestarse contra la más oprobiosa y empobrecedora dictadura que ha sufrido Cuba desde sus orígenes.
Hacemos esta declaración para que conste, en un momento crucial para nuestro país, de qué lado estamos. Queremos una Cuba libre y próspera, con todos y para el bien de todos. Una Cuba donde nunca más un cubano se vea obligado a levantar ni siquiera un pedazo de palo contra otro cubano.
La incapacidad, corrupción y criminalidad de los gobernantes actuales está más que probada. Ha llegado el momento de exigir un cambio y la oportunidad de construir bienestar sin necesidad de excluirnos o agredirnos. Qué nadie más dé una orden de combate contra nosotros mismos.
Que ellos pongan la obcecación, la mediocridad, la intolerancia, el abuso, el horror… Que de nosotros solo reciban la irrevocable necesidad de una Cuba donde las calles no sean de unos cuantos sino de todos. Que siempre hablemos del repudio en pasado pluscuamperfecto.
El próximo 15 de noviembre en la Loma de Thoreau marcharemos por una Cuba libre. ¿Y tú?
Fieles difuntos
Cada 2 de noviembre, mi abuela Atlántida amanecía con sus horribles zapatos ortopédicos puestos. En cuanto desayunábamos, salíamos para la parada de San Fernando. Allí tomábamos una de las tres máquinas del Anchar (la de Pepe el Sordo, la de Felo el Mulo o la de Granados).
El momento exacto
Atlántida sabe esperar el momento exacto. Estuve mucho tiempo tratando de saber cómo lo logra. Me pregunté infinidad de veces cuál es su truco. Pero siempre le prestaba atención a sus ojos, para ver si advertía en qué momento miraba hacia allá. Hasta que por fin lo descubrí todo.
Mientras espera, ella cuela un segundo café. Pone el mantel, los platos, las tazas y los cubiertos en la mesa. Tuesta el pan. Saca la mantequilla del refrigerador para que se ablande lo justo. Si alguna mosca se cruza en su camino, coge un trapo y la persigue hasta que logra derribarla. En esas cacerías ha roto ya dos tazas y un vaso.
Mientras todo eso ocurre, algo se oye crepitar en el fondo del caldero. Luego, poco a poco, empieza a expandirse el olor. Al principio es algo sutil, pero pronto, mientras las explosiones de las burbujas se aceleran, se expande por toda la casa. Esa es la señal para que ella saque el cucharón del gabinete.
El olor llega al andén cuando las pequeñas burbujas que han estado subiendo empiezan a quedarse atrapadas. Entonces la superficie cambia de color, pasa de un blanco impoluto a un amarillo tenue. Una capa cada vez más gruesa impide que ni una sola burbuja logre escapar.
El sonido en el interior del caldero empieza a acelerarse y la capa, ya de un amarillo más intenso, comienza su ascensión. De aquí en adelante, Atlántida hace todo sin mirar. Sabe el lugar exacto de cada cosa. Toma el cucharón y se acerca al caldero. Busca algo en la ventana de la cocina, sospecho que es la silueta del Escambray.
Levanta el cucharón y lo dirige hacia el interior que bulle. Justo en el momento en que parece empezar a derramarse, comienza la danza del cucharón. Lo hunde hasta el fondo y luego va lanzando la leche desde una distancia cada vez más alta. Así logra que vuelva a bajar.
Mientras sostiene el cucharón con una mano, tantea en la meseta con la otra hasta dar con la sal. Le echa una pizca, revuelve, y se deja caer unas gotas en la palma de la mano. Prueba, echa otra pizca y revuelve todo otra vez. Sigue sin quitar la vista de la ventana. Al fondo, la silueta del Escambray se va alumbrando poco a poco.
Las burbujas que se habían empezado a subir han vuelto a quedar atrapadas en una nueva capa que es aún más gruesa que la anterior. Esta vez todo ocurre de manera más acelerada. Aun con el fuego apagado, el olor de la leche acabada de hervir lo sigue inundando todo.
Estuve tratando de llenarme de paciencia para aprender a esperar el momento exacto. Algunas cosas intenté hacerlas como Atlántida, sin mirar. Eso me hizo chocar contra una puerta y cortar una mata de ají cachucha en lugar de una mala hierba. Pero he tenido más suerte bateando, porque me hago la idea de que la pelota es la silueta del Escambray. Clavo mi vista en ella.
Hace unos días vi que Basilia se acercaba. Venía por la línea del triángulo de Cumanayagua. Me pareció muy raro, porque en esa dirección solo quedan la represa de Ciprián y el cañaveral. Corrí hacia la puerta de la calle, empecé a mirar por la ventana de la sala y fijé la vista en unos nubarrones.
Traté de escuchar sus pasos y de encontrar su olor. Por fin lo logré. Sí, se estaba acercando. Fui tanteando en la puerta hasta encontrar la cerradura. Con la otra mano, aseguré el pestillo. Sí, era claramente su olor, pero todavía no estaba lo suficientemente cerca. Contuve la respiración.
Abrí la cerradura y el pestillo al mismo tiempo y, al salir, tropecé con ella. “¡Niño, cuidado!”, me dijo asustada. Me había quedado sin aire y tuve que doblarme para recuperar el aliento. Entonces descubrí que sus pantalones estaban llenos de paja y de guizazos.
Andaba despeinada y entre el pelo también tenía paja. Ella se dio la vuelta para seguir en dirección a su casa. Pero tuve tiempo de mirarla bien. Ahora camina diferente y, aunque su olor es el mismo, ya no es tan rico. Huele más a cigarro que a perfume. Es como si Basilia estuviera dejando de ser Basilia.
Un hombre que no conozco llegó caminando en la misma dirección que ella. Desde la punta del andén, se quedó mirándola hasta que se alejó por la línea. Sonreía, no dejaba de sonreír. Al final se sacudió los fondillos de su pantalón, que al parecer también estaban llenos de paja, se quitó algunos guizazos, dio media vuelta y también se alejó.
A partir de ese día dejé de perseguir el momento exacto. Nunca más choqué contra una puerta, pero en el próximo juego de pelota me ponché tres veces y una bola estuvo a punto de caerme en la cabeza porque no la medí bien. Solo Atlántida logra hacerlo a la perfección.








