19 agosto 2010

El Fogonero cumple cuatro años

Mientras exploraba el escritorio de mi blog, descubrí que El Fogonero cumple hoy cuatro años. 514 entradas después, esta bitácora se parece más a mí que ninguna fotografía. Ni siquiera el Camilo que se refleja en el espejo logra ser más auténtico que este, que dice lo que se le ocurre cuando se le ocurre.
En un principio la idea no era construir un blog, sino escribir una columna en el semanario Clave, la publicación dominicana que acaba de desaparecer. Por eso el primer post tiene la intención de explicarle a los lectores en qué consiste el oficio de fogonero y cuál sería el itinerario de mis textos.
Aunque seguí publicando aquí las columnas que aparecían en Clave, poco tiempo después el blog se ganó su total independencia. Su libertad me hizo más libre, su espacio ilimitado me enseñó a tener límites. Escribo El Fogonero con la más absoluta independencia, pero me gustaría que se le viera dentro de ese inmenso concierto que es la blogósfera cubana.
Medio siglo después de que en mi país se comenzaran a perder, una a una, la mayoría de las libertades públicas y privadas, los blogs de mis compatriotas han sido el primer espacio realmente plural en el que se han expresado cubanos de todas partes y de cualquier parecer. Lástima que muy pocos de los que viven dentro de la Isla tengan acceso a eso y que, por su naturaleza intangible, no se pueda señalar en los mapas.

La máquina de picar carne de Hemingway

Muchas veces, entre amigos, caemos en la casi siempre inútil tentación de las comparaciones literarias. Obras, autores, nacionalidades, estilos, tendencias y no sé cuántas variables más nos sirven para poner cosas sobre una balanza y dictar sentencia. La mayoría de las veces caemos en fundamentalismos y nos atrincheramos en lo que, para cada uno de nosotros, es una verdad absoluta: el gusto individual.
Yo, por ejemplo, tengo una animadversión incontrolable contra Paulo Coelho. Sus libros me provocan sarpullido, sus frases me ponen de mal humor y suelo tener prejuicios contra la gente que lleva debajo del brazo una agenda con citas de sus boberías (lo advertí, soy irracional al respecto). Un amigo mío a su vez, detesta a Alessandro Baricco, quien es uno de mis escritores preferidos.
Hace unos días, en una expedición por la biblioteca de Ramón Font-Bernard, hallé un ejemplar de Enviado especial, un volumen que recoge los artículos y reportajes que Ernest Hemingway escribió para periódicos y revistas desde 1920 hasta 1956. Aunque él siempre renegó de esos trabajos escritos para ganarse el pan, al menos a mí me parecen tan buenos o mejores que muchas de sus ficciones.
Todavía disfruto un artículo que publicó Hemingway en Trasatlantic Review, en octubre de 1924, a propósito de la muerte de Joseph Conrad. Es una pena que ya no se escriba así, que la teoría literaria se convirtiera en un mejunje intragable y que los escritores perdieran el valor de decir por escrito lo que solo son capaces de confiesar delante de sus amigos:
 “La mayoría de las personas que conozco convienen en que Conrad es un mal escritor y reconocen el mérito literario de T. S. Eliot. Si yo supiera que, triturando a mr. Eliot hasta reducirlo a polvo fino y seco y espolvoreando con él la sepultura de Mr. Conrad, éste se levantase de pronto, molesto por este forzado retorno, y empezase a escribir, mañana mismo saldría para Londres con una máquina de picar carne para elaborar embutidos”.

16 agosto 2010

En Teherán nadie habla de Reina Luisa Tamayo

El último chiste que circula en La Habana va después de dos signos de interrogación: “Aquí lo único que mejora es el Comandante”. Esa frase es, en verdad, la noticia más fácil de comprobar entre todas lo que se difunden a través de televisoras, periódicos, blogs, Facebook y Twitter. Cuba, más que un país, es una porción de ruinas rodeada de dudas por todas partes.
De ahí que Fidel, al incorporarse lentamente y echarse a andar, prefiera fijar la mirada en Irán, en Colombia o en cualquier otra parte donde no se vean las calamidades de su Estado. Llama la atención que el mismo individuo que siguió hasta el más mínimo detalle un proceso de repartición de ollas, ahora no quiera preguntarse qué cocinan sus compatriotas en ellas.
Fidel sabe que a sus espaldas tiene una nación inviable y, lo que es peor, incorregible. En sus manos están todas las cifras, pocos como él tienen una idea tan precisa de la catástrofe. Como si eso fuera poco, en Banes, a muy pocos kilómetros de su natal Birán, una cubana insurrecta ha cargado contra su dictadura.
Reina Luisa Tamayo no tiene tropas ni machetes, su única arma es el dolor de madre. ¿Cómo se combate contra eso?, debe preguntarse todos los días el experto guerrillero. Eso también explica por qué prefiere seguir mirando hacia Teherán. Allá nadie habla de ella.

14 agosto 2010

El yipi Burro

Su descripción no concuerda con la de Rocinante, pero muchos quijotes cabalgaron en él. El yipi Burro es un vehículo militar, ideado por los soviéticos para sus contiendas en Asia, Europa y África. Pero del otro lado del Atlántico, en Cuba, tuvo que enfrentar una batalla aún más compleja: la vida cotidiana de los cubanos.
Teñido de verde olivo, con cuatro puertas y una capota de lona, el yipi Burro fue capaz de vencer la más empinada de las lomas y el más anegado pantano; solo un obstáculo logró ponerle freno a su impulso: la inercia de un país que, como dijo un poeta, le exigió que no dejase de andar, porque en tiempos difíciles esa era, “sin duda, la prueba decisiva”*.
En la Escuela Provisional 162, en El Nicho, en una de las cimas del Escambray, un yipi Burro era nuestra única conexión con la realidad. Se iba los lunes y volvía los viernes al atardecer. Mientras tanto, el país, la familia y el mundo real era algo que ocurría en nuestra ausencia. Ah, pero cuando le oímos rugir del otro lado de las cascadas, imponiéndole su olor a gasolina a las montañas salvajes, todo cobraba sentido a nuestro alrededor.
El ruido del yipi Burro, solo eso necesitábamos para comprobar que seguíamos con vida.

12 agosto 2010

Borges tenía toda la razón

Carlos Pintado solo sueña que es Walt Whitman
y se pierde al final de cada viaje,
Juan Carlos Recio se construye un verano
en las más frías noches de Nueva York,
Odette Alonso se queja del teléfono de su madre
(nunca suena cuando en México D.F.
la neblina del ayer lo cubre todo),
Salvador Lemis huyó a una isla
que está dentro de un lago
que está dentro de una nube,
Sonia Díaz Corrales busca el olor a café
del otro lado de la tarde,
Eloy Ganuza se disfrazó de Buster Keaton
y desde entonces solo habla de la tristeza,
Margarita García Alonso me espera
en una estación de trenes en el Canal de la Mancha…

Hace años que no los veo,
ni siquiera sé qué tanto recuerdan
lo que yo ya he olvidado.
Pero oírlos decir esas cosas
en un muro
que ninguno se atreve a tocar,
me lleva de regreso a la tarde
en que no fuimos capaces de decir adiós
ni de entender el significado real de la despedida.
Borges tenía toda la razón:
No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

07 agosto 2010

Solo así

Al principio de la Revolución y al principio de la década del sesenta, Fidel Castro quería empujar al mundo a una guerra nuclear. Su euforia, sus testosteronas y su incalculable irresponsabilidad, lo pararon delante de todos a exclamar toda suerte de bravuconadas. Afortunadamente, John F. Kennedy y Nikita Kruschev se pusieron de acuerdo a sus espaldas.
A partir de ese momento, Estados Unidos le dio la palabra a la Unión Soviética de que no invadiría al estado socialista que habían declarado en sus narices. Si no hubiera intervenido en tantas guerras ajenas, Cuba habría disfrutado hasta la fecha de casi medio siglo de paz ininterrumpida. Suficiente para consolidar una nación próspera.
Pero no fue posible, los delirios de grandeza del Comandante en Jefe fueron increscendo y el país no salió de una para entrar en otra, hasta que llegó al siglo XXI convertido en una ruina inhabitable. Ni siquiera durante los años de la Guerra de Independencia, Cuba había sido tan improductiva. No hay excusas, eso Fidel lo tiene bien claro.
De ahí que hoy se apareciera en la Asamblea Nacional con un disfraz, mitad chaleco militar mitad piyama, con la noticia de que el mundo pende de un hilo y estamos al borde de una guerra nuclear. Eso es lo que él más quisiera. Solo así la historia lo absorbería.

¿Cómo no nos dimos cuenta?

El escritor Osdany Morales tiene una acertada teoría sobre nuestra tolerancia hacia la ridiculez de algunos artistas. Según él, muchas veces nos encandilamos con sus aciertos y pasamos por alto un montón de cursilerías y boberías. Pero llega un momento (sigo citando la teoría de Morales) absolutamente catastrófico, en que nos detenemos, miramos hacia atrás y nos llevamos las manos a la cabeza.
He tenido esa conversación con Osdany más de una vez y hemos coincidido en muchos nombres (como no tengo su permiso, no los menciono). A ambos nos llama mucho la atención la obra de cierto cineasta que, en un momento dado, se convirtió en un director de culto y todos (me incluyo) le celebrábamos cada una de sus gracias. Hasta cierta película, realmente pavorosa, en que nos devolvimos sobre su filmografía a destapar lo que antes habíamos encubierto.
Lo mismo sucede con un músico que, durante años, pasó innumerables gatos por liebres. Siempre encontrábamos una excusa para dispensarle sus necedades, sus versos “chichí” (que es, entre cubanos, el sinónimo más kitsch de la palabra kistch) y toda su estética old fashion. Pero ahora que el tipo tiene un blog, uno mira para atrás y dice, coño, pero si siempre fue así, ¿cómo no nos dimos cuenta antes?

04 agosto 2010

España desmonta a Franco del caballo

El Ministerio de Defensa de España arrancó de raíz la última estatua ecuestre de Francisco Franco. El monumento de bronce permanecía en el patio del cuartel Millán Astray de Melilla, sede del Tercio Gran Capitán I de la Legión. A las cinco en punto de la tarde, la efigie fue levantada en peso y llevada hasta un almacén.
Antes, una comisión de expertos del Ministerio de Cultura había certificado que el monumento carecía de todo valor histórico o cultural. Ningún criterio técnico justificaba su conservación. A partir de hoy, el dictador español por fin dejó de cabalgar por la memoria tangible de España.
El régimen cubano ha sembrado toda la isla con horrendas plazas, como si el bronce y el hormigón armado le pudieran asegurar la permanencia más allá d la memoria y el repudio de los cubanos. Llegará el momento en que, a punta de grúa, sean borrados cada uno de esos adefesios. Viviremos el día en que el olvido les de alcance.

Cañas al viento

En el colmado Naco, ese que está justo en la esquina donde nace la calle Tetelo Vargas, hay un hombre que dice adiós todas las tardes. A partir de la seis se le puede encontrar allí, con una botella de ron en una mano y las piernas entreabiertas (en procura del mayor agarre al suelo), despidiéndose de todos los que pasan.
En las Cuatro Esquinas de Manicaragua, esa coordenada donde confluyen todas las salidas del pueblo, Setién le decía adiós a los que pasaban en cualquiera de las direcciones. El borracho dominicano, como el cubano, es largo y flaco. Pero hay un punto donde su largura se dobla, como una caña al viento.
Un día Setién desapareció y, es casi seguro, ninguno de los viajeros que pasaban en dirección a Santa Clara, Cumanayagua o Trinidad le echó de menos. En honor a la verdad, los cuatro puntos cardinales de aquella esquina se veían más pulcros sin él. Algo semejante ocurrirá con el borracho del colmado Naco.
Aun así, sus grotescos ejercicios de equilibrio, sus manotazos al aire y el olor que le sacan a cada botella, serán recuperados; siempre aparece alguien que los reemplaza, nunca falta quien se identifica con sus pesares y los encarna.