26 marzo 2025

Menudo de El Viso del Alcor


A finales de los años 80, mientras cumplía mi servicio social (ese eufemismo que ideó el régimen de Cuba para cobrarnos los estudios), solía ir a almorzar con mi madre a los comedores de los ferroviarios en las estaciones de carga y de viajeros que tenía Cienfuegos en aquel entonces.
Gracias a ese privilegio —que me concedió Esteban Darias, quien dirigía los FF.CC. en la Perla del Sur—, probé los guisos de Riverón, un cocinero del barrio de Reina que hacía las mejores minutas que he probado hasta hoy. Allí, también, desarrollé mi gusto por la panza, un plato difícil que acaba convirtiéndose en una adicción.
Los callos, así le llaman en España, no se mencionan directamente en el Quijote, pero se cree que Cervantes se refiere a ellos cuando menciona “una olla de algo más vaca que carnero”. En La vida del Buscón, de Quevedo, ya son un símbolo de pobreza y picardía. Galdós y Baroja se los servían constantemente a sus personajes.
Miguel Ángel, el esposo de Julia —nuestros compañeros en el Camino de Santiago—, me hizo este regalo. Mientras andábamos hacia Santiago de Compostela, fuimos compartiendo nuestras comidas preferidas. Así fue como supo que los callos me encantaban.
Antes de irnos a esperar el tren en la estación de Sevilla, él fue hasta El Viso del Alcor —su pueblo— por menudo (así le llaman allí). ¡El mejor que me he comido en mi vida! No por gusto es el plato típico de ese pequeño pueblo andaluz. Los acompañé con un crianza de Carmelo Rodero, el vino preferido de nuestro amigo.
Todos estos recuerdos me vinieron a la cabeza mientras disfrutaba esa menuda delicia de El Viso del Alcor. Gracias otra vez, Miguel Ángel.

13 marzo 2025

Papel carbón, un libro para leerse a trasluz


Papel carbón
 ya está disponible en todas las tiendas de Amazon. Aunque es el volumen 5 de Libros del Fogonero, saldrá semanas antes que el 4. El trabajo de edición de La vuelta a Cuba se ha retrasado (al parecer el nombre de mi depauperado país en el título lo condicionó y se rezagó, viendo cómo otro se le adelantaba).  
No será la primera ni la última vez que suceda algo así. La locomotora 61602, que fue construida en la URSS en 1975, llegó a Cuba antes que la 61601, que había sido construida en 1974. Leonardo Orozco, diseñador de la colección, me recordó que Abbey Road y Let It Be, tampoco salieron en el orden que The Beatles los grabaron.
Aquí les comparto la excusa que aparece al principio del libro, donde explico las razones de su existencia:
Siempre me gustó leer lo que decían las hojas de papel carbón. Mi abuelo era jefe de estación y, sobre la antigua mesa del telégrafo, había muchas de varios tamaños. Si una de aquellas hojas negras o azules se ponía a contraluz, quedaban al descubierto órdenes para los trenes, envíos a lejanos destinatarios, nombres de viajeros y lugares remotos.
Seguir escribiendo poesía es, de alguna manera, tratar de leer lo que dice un pliego muy usado de papel carbón. En algún momento, de la forma que sea, casi todo se dijo, casi todo se repitió. A estas alturas, no sólo es difícil descifrar cuáles son las copias, sino que también los originales están en duda.
Es imposible contar los calcos que hay en este cuaderno, donde se reúnen poemas escritos desde 1987 hasta hoy. No siguen un orden cronológico y casi ninguno aparece en su versión original. Algunos de los más lejanos, incluso, han sido reconstruidos de memoria, después de haberse perdido o dejado perder, en un intento por disimular imperfecciones e imposturas.
Dice José Emilio Pacheco que Paul Valéry afirmó: “Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”. Estas versiones, como las órdenes de vía que mi abuelo le daba a los trenes, anulan todas las anteriores. Las primeras quedan como el inicio de un trabajo que tampoco acaba aquí.
Dejo las correcciones por venir a cuenta y riesgo de quienes lean.

08 marzo 2025

Cruzar sobre un río crecido

La represa #6 del Manzanares.

En Madrid ha llovido sin parar una semana entera, como si a la ciudad se le hubiera olvidado que está en la seca Castilla y de pronto se creyera tropical. Estamos a punto de lograr dos sábados seguidos sin sol. 
El Manzanares contradiciendo a Góngora y a Lope de Vega, burlándose de Quevedo, quien lo llamó arroyo aprendiz de río, cada vez se me parece más al Arimao, en los tiempos en que el Arimao presumía de ser un río de verdad. 
A muchos les molesta tanta agua, pero a mí me tiene feliz. Entre el temporal y David (que ha convertido a la Estación del Norte en una tintorería express, obligándome a pasar todo el día sobre el puente de la Represa #6) me han cambiado la vida.
Porque pocas cosas son más emocionantes para un guajiro que tener que cruzar sobre un río crecido.

Una Madrid poco común, el del Manzanares crecido.

El Manzanares a la altura del puente Oblicuo.

03 marzo 2025

David también se llama Aurelio


Anoche, en el hospital, Ana Rosario y Tom me dieron una noticia que me hizo llorar (bueno, en realidad lloré muchísimo, antes y después): el nombre completo de mi nieto es David Aurelio Gault Venegas.
En la foto, mis abuelos Atlántida Mosteiro Góngora y Aurelio Yero Alonso en la estación de ferrocarril de San Fernando de Camarones. Cuba, años sin cuenta.

02 marzo 2025

Boletín # 2


David Gault Venegas, haciéndole honor a la flema inglesa que trae en su ADN, se ha tomado todo su tiempo. Parece que se siente demasiado a gusto en el vientre de su madre, que tiene fuertes contracciones desde anoche y ya está en el paritorio.
Aunque no creemos que el nacimiento pase de hoy, según el comadrón aún faltan unas horas. Como pueden ver, la Virgen del Carmen permanece en el andén de la Estación del Norte para ayudar en todo lo que sea necesario.
Por cierto, ayer le compramos el primer tren a David. Es de madera, como los que yo me hacía con carrocería de latas de leche condensada y ruedas de chapas de refresco.
Ya luego tendrá otros que parezcan mucho más reales. Pero en un principio que use su imaginación, como hacía su abuelo.

01 marzo 2025

Boletín #1


En la Estación del Norte estamos acuartelados. Mi hija Ana Rosario ya rompió aguas y está en el hospital, donde han comenzado a inducirle el parto. Mi nieto David Gault Venegas esperó el Día de San David para hacer su primer intento de asomarse al mundo. Les he enviado a la Virgen del Rosario para que los proteja.

28 febrero 2025

Los vagones abandonados del Gran Circo Santos y Artigas


(De Papel carbón, publicado por Libros del Fogonero)

Nunca más los volvieron a mover,

permanecieron apartados

hasta que la hierba y el salitre

los borraron del paisaje.

Después de llevar 

asombro, sustos y alegría

por toda la isla,

aquel tren fosforescente

fue ocultado en una vía muerta

al final de la ensenada.

Con tantas metas que cumplir

como tenía el país,

no había lugar para la recreación.

 

Los pueblos aplaudían eufóricos

cuando lo veían pasar,

la locomotora pitaba sin cesar

mientras desfilaban jaulas 

con fieras, 

caballos, 

focas 

y elefantes.

Luego pasaban los coches 

donde vivían

trapecistas, 

domadores, 

payasos, 

magos, 

tragafuegos, 

enanos 

y la solitaria mujer barbuda.

Todos iban diciendo adiós

con medio cuerpo

fuera de las ventanillas.

Por último, el caboose,

donde un vigía 

se aseguraba

de que el convoy

estuviera completo y ninguna 

de las atracciones saltara,

ni las bestias 

ni los monstruos.

Los que llegaron a ver al circo,

siguen llamando a la alegría,

al asombro y a los sustos

por su nombre.

Los que le dijeron adiós

a los artistas,

nunca más 

aplaudieron tanto

por nada que los hiciera 

de verdad tan felices.

 

Como a los vagones abandonados

del Gran Circo Santos y Artigas,

la hierba y el salitre acabaron 

por borrarlo todo.

Nunca más hubo lugar

para la recreación,

incluso cuando tampoco

quedó meta que cumplir,

ni país.

24 febrero 2025

Ponte llega a las 19:00


(De Estación del Norte,  Libros del Fogonero, 2024)
 
Puntual, albariño en mano, Ponte llega a las 19:00. 
Se sienta de espaldas a Madrid y rara vez
vuelve a reparar en ella.
Puestos al día, repartidos los encargos
y servidos los abrazos,
nos alistamos para irnos a La Habana
o perdernos en una de aquellas seis provincias
que acabaron siendo borradas de los mapas.
Porque el destino, 
en un principio,
siempre será aquel país
del que tanto se habla y tan poco queda.
El polvo de las ruinas acaba cayendo
sobre los versos de un poeta,
portugués posiblemente,
inglés si viene al caso, 
ruso si resulta inevitable.
Pasa lista.
Alaba,
inculpa,
celebra,
condena,
rinde honores.
Pero a lo que más tiempo dedica
es a modificar el pasado,
a establecer el relato
de lo que no ocurrió,
de lo que pudo haber sido,
esa página en blanco a la que también 
debemos llamar nación cubana
para no quedarnos con las manos vacías.
Se pone de pie para decir el nombre
de José Alfredo Jiménez,
quita una canción de un manotazo
y pide que la Lupe suba por fin a escena.
Entre bolero y bolero demuestra alguna tesis,
luego se queja de la pobreza
de los postres de Castilla
o canta en italiano una balada de amor.
Lola Flores puede hacerlo llorar
si promete, con Celia Cruz como testigo,
que jamás volvería.
También llora si se imagina el regreso
y cae en cuenta de que Sigfredo Ariel
no estará allí para esperarnos.
Invocamos por última vez
a la delicada isla,
no la de Borges sino la íntima,
la nuestra,
esa que por perder
acabó perdiéndonos.
Ya de madrugada,
si Elena decide cantar lo sentimental,
un vecino puede tocar
para hacernos entender la hora que es.
 
Llegado el momento de irse
por fin vuelve a mirar a Madrid,
lo hace como si tratara
de recordar cómo vino
a parar aquí,
cómo aprendió a orientarse
sin esa brújula que es el mar.
La mañana entonces está por llegar
y ya sabemos que, en esta ciudad,
espera hasta el último minuto 
para hacerlo.
Nos asomamos a la terraza para verlo ir.
Camina de prisa,
como si siguieran esperando por él.
Siempre me queda la duda
si en verdad se dirige a la Estación del Norte
o aún va del Vedado a La Habana Vieja.
Le preguntaré eso la próxima vez,
cuando llegue puntual, albariño en mano, a las 19:00.

23 febrero 2025

La vi caer


La tarde yace del otro lado del río,

la vi caer poco después

de una llovizna que nos obligó 

a recoger todo

lo que habíamos tendido.

La tarde en blanco y negro,

ligeramente desenfocada,

se tumbó sobre la tierra.

La lluvia arreció,

ya Madrid parecía lista

para enfrentar

otra noche difícil.

Fue entonces que abrí

el libro de Robert Capa,

justo en la foto

del pesado cañón

emplazado en los trigales.

Los sublevados estaban

en las puertas

de la ciudad

y la tarde, 

justo delante de ellos,

se daba por vencida.

A diferencia

del bando perdedor,

no ofrecía

la más mínima resistencia.

Al parecer ella conoce mejor 

que nadie a esta ciudad,

sabe muy bien cuando

llega el momento

de llevarse las manos

a la nuca,

tumbarse en el suelo 

y rendirse.