28 noviembre 2020

Ahora los cubanos también le temen a las ambulancias

Artistas cubanos en el plantón frente al Ministerio de Cultura.

Una ambulancia tripulada por fornidos paramédicos se detuvo frente a la casa en ruinas donde integrantes del Movimiento San Isidro se mantenían en huelga de hambre. Uno de los ocupantes del vehículo derribó la puerta de una patada. No era un paramédico, era un paramilitar.
En lugar de dirigirse a un centro de salud, la ambulancia fue directo a una estación de policías. En el camino, represores se deshicieron de sus disfraces. La dictadura se apresuró a comunicar que la operación procuraba evitar una crisis sanitaria. La nota de prensa no se refiere en ningún momento al origen del hecho.
Los voceros del régimen (conocidos como ciberclarias, en “homenaje” a ese asqueroso pez que ha destruido los hábitats en Cuba) justificaron lo injustificable. 
Horas después, en una reunión que sostuvieron 30 de los plantados frente al Ministerio de Cultura con funcionarios de esa institución, se denunció que “la Seguridad del Estado se ha convertido en una fuerza paramilitar”. ¿Alguna vez no lo fue? Apenas a unas cuadras de allí lo estaba demostrando.
En Paseo y 15 tenían listo un acto de repudio, una de las más bochornosas invenciones del Fidel Castro para silenciar a los que su régimen no quería, no necesitaba. Con gases lacrimógenos y amenazas de cárcel, impedían que más jóvenes se sumaran al plantón y le llevaran agua a los que habían permanecido allí por horas.
Nadie logró verlas, pero no lejos de la manifestación seguro que aguardaban las ambulancias. Ahora ellas también son parte del terror en Cuba.

27 noviembre 2020

En la Loma de Thoreau todos somos San Isidro

En la Loma de Thoreau apoyamos a cada cubano que quiera una Cuba libre. No tenemos que coincidir en todo ni ponernos de acuerdo siempre, basta con desear el fin de la dictadura y una nación con salida al futuro. 
Por eso hoy en esta Loma todos somos San Isidro.

26 noviembre 2020

Por una vez, llamemos a las cosas por su nombre

Se puede estar de acuerdo o no con el Movimiento San Isidro. Se puede estar de acuerdo o no con sus maneras de exigir libertad y de clamar por una Cuba diferente. Pero no se puede estar indiferente ante el criminal proceder de una dictadura, que ha llegado al extremo de envenenarles el agua. 
Se puede estar de acuerdo o no con el Movimiento San Isidro. Pero mantenerse callado ya no es una opción. Cuba ha forjado a muchos artistas y escritores bilingües. No es que hablen dos idiomas (aunque algunos lo hacen), es que hablan con dos lenguas. 
Por ejemplo: cuando van a hablar de Donald Trump, dicen Donald Trump y punto. Ahora, cuando se van a referir a la dictadura o a uno de sus desmanes, empiezan a bordar parábolas y a tejer metáforas ininteligibles. Se enredan tanto, que al final uno no sabe de qué coño están hablando. 
Por eso cada día admiro más a cubanos como Carlos Lechuga o Mario Guerra, porque ejercen con responsabilidad ese oficio tan necesario hoy que es el de llamar a las cosas por su nombre. Se puede estar de acuerdo o no con el Movimiento San Isidro. Pero hasta el más cobarde merece ser valiente en este momento.
Por una vez, llamemos a las cosas por su nombre.

25 noviembre 2020

Mi amor y mi odio por Maradona

Recuerdo con exactitud la fecha en que me aprendí las reglas del fútbol. Fue en junio de 1978. Mario Kempes se veía deforme en el tembloroso vidrio del televisor soviético. Aún así, llegó un momento en que los grises de aquella pantalla en blanco y negro se convirtieron en un eufórico azul celeste.
También recuerdo con exactitud la fecha en la que mi padre se aprendió las reglas del futbol. Junio de 1986. Serafín Venegas estaba a punto de cumplir 60 años, pero seguía cada pisada de Diego Armando Maradona con la pasión de un niño. Aplaudía como si estuviera en el estadio Azteca.
El 29 de junio, cuando Argentina acabó derrotando a Alemania 3 a 2, mi padre y yo nos dimos el abrazo más grande de nuestras vidas. Ni antes ni después nos mantuvimos tanto tiempo entrelazados. Todo eso se lo debemos al pie izquierdo de un genio, a su manera irrepetible de perseguir a una pelota por la hierba.
De ahí en adelante, Diego Armando no se cansó de desilusionarme. Está mal visto juzgar a las personas el día de su muerte. Me extendí en el amor, seré breve con el odio. Nadie logró darle más alegría a mi corazón y hacerme sentir tanta vergüenza ajena.
Lo segundo es imperdonable. Lo primero, siempre acabaré celebrándolo cada vez que oiga a Calamaro cantar que Maradona no es una persona cualquiera. Tiene razón el Salmón, “es un ángel y se le ven las alas heridas”. Si Dios existe, en unas horas sabrá por fin de quién fue la mano.

Vigencia de las palabras a los intelectuales

Muy cerca de la calle donde nació José Martí, Cuba se muere. Al menos la Cuba que él propuso fundar, con todos y para el bien de todos. La Cuba por la que un día llevó el remo de proa. La Cuba por la que dio la cara, encima de un caballo espantado, al sol y a una bala. 
A propósito del cerco criminal que la dictadura ha tendido sobre un grupo de jóvenes activistas (que se han parapetado en una casa en ruinas del barrio de San Isidro, armados de libros, ideas propias y del valor que nos ha faltado a tantos), el escritor Joel Cano le hizo llegar unas “palabras a los intelectuales”.
“¿Qué prueba necesitan para darse cuenta de que no es tolerable vivir así? ¿Cuántas muertes y sacrificios? ¿Cuántos éxodos y lágrimas para que salgan de sus cómodos oportunismos y en unánime grito pidan justicia para Cuba y los cubanos?”, les pregunta Joelito.
La mayoría de los escritores y artistas que residen en Cuba siempre evitan referirse a la represión criminal de la dictadura contra los que piensan diferente o manifiestan su desacuerdo públicamente. Eso no quiere decir que sean apolíticos o que no hagan comentarios políticos. 
Una prueba de ello fue el reciente proceso electoral de Estados Unidos. Muchos escritores y artistas que residen en la isla no se cansaron de opinar en las redes sociales. A pesar de que nunca han tenido derecho a votar y que jamás han exigido nada al respecto, señalaban a los cubanos libres lo que pensaban diferente a ellos.
“De nada sirven todos los libros que han leído, de nada los que han escrito, de nada los cuadros que han pintado, la música que han compuesto, las canciones que han cantado (…), de nada sus demagógicas opiniones sobre la injusticia cuando en nuestro propio país la libertad es secuestrada cada día en nombre de ideales vacíos”, les advierte Joel. 
Abel Prieto ha llamado “marginales” a los que permanecen asediados en San Isidro. Sin quererlo (o, a lo mejor, sin pensarlo) el presidente de Casa de las Américas ha dejado por escrito el desprecio de la dictadura por el arte y la cultura que se produce al margen de sus instituciones y de sus reglas.
Joel Cano piensa todo lo contrario: “Ellos son nuestro hoy, son nuestra esperanza por más imperfecta que les parezca. Mi voto de hombre, de cubano, de artista va para ellos. Y a aquellos que tienen indignaciones selectivas les diría que la historia nos da siempre la oportunidad de escoger, siempre se puede elegir de qué lado nos ponemos para participar de ella”. 
Muy cerca de la calle donde nació José Martí, Cuba se muere. De ahí la gran vigencia de las palabras a los intelectuales… Las de Joel Cano, quiero decir.

24 noviembre 2020

Esa parte del aire

He agradecido muchas veces el apoyo y el cariño que recibí de todos los dominicanos que encontré en la redacción de El Caribe en noviembre del 2000. Ese gesto suyo y la confianza de Luis Canela, el director, que me ofreció el puesto de editor apenas a unas horas de mi llegada a República Dominicana, fueron salvadores.
Tiempo después de que Luis regresara a sus funciones en el Banco Popular (dirigía de manera interina), nombraron a Fernando Ferrán al frente del periódico. Ferrán es un jesuita cubano, filósofo y antropólogo, que colgó los hábitos por una cibaeña. Sus largos silencios fueron siempre grandes lecciones para mí.
—Todos los martes —me propuso un día—, piérdete en una camioneta del periódico. Vete a conocer la geografía dominicana y a la gente. Mi única condición es que vuelvas los miércoles con un reportaje.
Le tomé la palabra y, ayudado por un mapa a relieve que había en la redacción, me hice de un plan de viajes. Así fue que un día (martes, con toda seguridad), me desvié en La Vega y, después de subir la empinada cuesta de Bayacanes, alcancé un estrecho y largo valle que acaba en un pueblo.
En ese momento la nostalgia me estaba carcomiendo. Recuerdo que apagué el aire acondicionado de la camioneta y bajé los vidrios. Las calles me olían a Manicaragua. La gente caminaba despacio (típico del que vive entre montañas) y se saludaba con un eco, como en el Escambray: “¿Qué haaay?”, “¡Ya usté veee!”.
Aunque siempre encontré algo de qué escribir, no recuerdo qué reportaje hice aquella vez. Lo único que quedó claro para mí fue que, si llegaba a tener la más mínima oportunidad, acabaría viviendo allí. Todavía lo hago. Cada vez que llego a Jarabacoa, bajo los vidrios del Jeep y le digo a Diana que respire.
—Así huele Manicaragua —le digo.
Ayer, recibí un mensaje de una querida amiga: “Estoy recogiendo en La Habana. ¡Me voy! No puedo más. Esto ya esto es invivible”. Como esa misma sensación de asfixia llegué a la puerta del avión la última vez que estuve en Cuba. Entonces, Diana y yo nos prometimos no volver. 
El Paradero de Camarones está donde quiera que estoy. El Escambray, probablemente el lugar donde viviría hoy si no me hubiera tenido que marchar, también está aquí conmigo. Siempre que huelo a Jarabacoa lo compruebo. Aún sigo respirando esa parte del aire de mi país que no ahoga.

23 noviembre 2020

La neblina de los amigos

La única manera de poseer un amigo es serlo.
Ralph Waldo Emerson

Tengo amigos que nunca han salido del pueblo donde nacimos. Otros jamás necesitaron salir. A estos últimos los envidio profundamente. Tengo amigos que no han sabido qué hacer con sus vidas y otros que se la han quitado. Son actos que no se juzgan, solo se lamentan.
Tengo amigos que han hecho muy pocas o ninguna concesión en sus vidas. Siempre estaré de su lado, aun cuando a veces no llegue a tener su valentía. Tengo amigos que siempre acaban cediendo. Yo también cedo ante ellos, aunque me cueste tanto trabajo comprenderlos.
Tengo amigos a los que he decepcionado y amigos que me han decepcionado. Cero mata a cero, suelen decir los dominicanos cuando el más complicado cálculo puede solucionarse de la manera más sencilla. Tengo amigos que siempre han hecho lo correcto. Por más que me asusten, los sigo queriendo.
Tengo amigos que nunca aparecen cuando hacen falta. No los culpo, a veces, solo a veces, he hecho lo mismo. Tengo amigos que siempre han estado ahí. Son poquísimos, es cierto. Pero si no se es Roberto Carlos, basta con dos o tres verdaderos a un millón que solo sirvan para el estribillo de una canción.
Tengo amigos genios y amigos normales. Citadinos y guajiros. Pacifistas y matarifes. Honrados y ladrones. Amigos que terminan en o, en a y hasta en x. Tengo amigos que me lo perdonan todo y amigos imperdonables. Tengo, por último, amigos que debieron ser enemigos y enemigos que quisiera de amigos.
Todas estas ideas me vinieron a la cabeza como una neblina. La tarde estaba cayendo en la Loma de Thoreau y yo andaba con unas tijeras de podar, siguiendo instrucciones de Renay Chinea, uno de esos amigos que hasta la peor persona del mundo quisiera tener.
Jack y Buck, mis amigos inseparables en esta montaña, andaban conmigo. Un enorme aguacero, que permanecía agazapado detrás de unos pinos, por fin se lanzó sobre nosotros. Entonces volví a la cabaña, me serví el Brugal de por las tardes y me puse a escribir esto.
Cuando volví a levantar la cabeza, la neblina estaba ya por todas partes.

21 noviembre 2020

Popi

Mi prima Lucy y Popi, con sus hijos Harold y Yanelis. Años 70.

Mi prima Lucy fue a Manicaragua acompañando a mi madre, cuando Lérida aún era novia de mi padre, y así conoció a Popi. Tres años después, en 1970, se casaron. Él era hijo de un pinareño, Melo, y de una villareña, Bello. Pero siempre fue un fanático de los equipos de La Habana y de todo lo que no fuera el mundo que le rodeaba.
Esa inconformidad le provocó no pocos ataques de asma. Tener que soportar la victoria de los contrarios en su propio territorio lo asfixiaba. Cuando yo era niño, la mayoría de mis familiares ocultaban su inconformidad con la realidad del país delante de los menores. Solo mi tío Rao y Popi eran radicalmente honestos.
Más de una vez lo vi pararse de la mesa sin acabar de comer. Con el poco aire que le quedaba en los pulmones, aun antes de pedirle ayuda al salbutamol, profería un insulto contra el régimen. Si alguien le hablaba de Cheíto o Muñoz, el mencionaba a Hank Aaron. Actuaba siempre como si Cuba le quedara chiquita.
En 1999, pocos meses antes de mi viaje al exilio, asistí a un evento del Grupo de Teatro Escambray. Omar Valiño me acompañó en un viaje, con dos bicicletas prestadas, desde La Macagua hasta casa de Popi y Lucy. Aunque lo volví a ver años después, esa fue nuestra despedida.
Bebimos, discutimos de pelota y nos dimos un fuerte abrazo que ahora interpreto como un punto final. Ese día me contó una historia cuyo trasfondo ya no recuerdo. En mi memoria solo quedan mi padre y él, en un portal de Güinía de Miranda, poniendo a “Pastilla de menta” una y otra vez en un traganíquel. 
Cuando supe que había muerto, lo recordé parándose de la mesa sin acabar de comer, profiriendo un insulto antes de pedirle ayuda al salbutamol. Nunca salió de Cuba, pero era un lector empedernido y eso le permitía hablar del mundo como si lo hubiera recorrido de punta a cabo. 
Espero que ya esté en un lugar que no le quede chiquito, donde pueda respirar sin que nunca más le falte el aire.

20 noviembre 2020

Un mito cubano y un arte dominicano

Uno de los grandes mitos cubanos tiene que ver con el ron. He escuchado incontables veces que los mejores añejos de Cuba son los que se envejecen en las antiguas barricas de Bacardí, porque tienen más de 60 años de “curación”.
Estas barricas (que ahora usaremos como maceteros en la Loma de Thoreau) fueron descartadas por Brugal porque ya estaban próximas a cumplir los 20 años. Su madera y su tostado interior poco pueden ofrecerle a un buen ron. 
Su primer uso fue, durante 7 años, en Jack Daniels. Luego viajaron desde Lynchburg, Tennessee, hasta Puerto Plata. Brugal, además del roble blanco americano ex bourbon, envejece en roble rojo español con un con un uso en vino de Jerez o Pedro Ximénez. 
Los rones se envejecen en barricas con un uso en otra bebida. El roble blanco (que casi siempre es el punto de partida) da notas de vainilla, caramelo, toffee y chocolate. El roble rojo, da notas de frutos secos y frutas maduras.
Un amigo dominicano, gran conocedor del mundo de los destilados, se sorprendió cuando oyó a un maestro ronero cubano asegurar que, en las bodegas de Havana Club, se atesoraban barricas con más de seis décadas de uso. 
—¿Cómo es posible eso? —preguntó el dominicano desconcertado. 
—Con amor —respondió el cubano como si contara un secreto—, con mucho amor.