03 junio 2016

Una carta de porte y un boleto de segunda clase

El 17 de mayo de 1992, mi madre me envió el armazón de hierro de la vieja máquina de coser Singer de mi abuela. La necesitaba para tener dónde apoyar la vieja máquina de escribir Underwood de mi abuelo. Ese fue mi primer escritorio. Puedo probarles aquel despacho. 
El 24 de noviembre de 1991, viajé en el mixto de Cumanayagua desde Camarones hasta Santo Domingo, donde me subí al tren de Sancti Spíritus para llegar a La Habana. Puedo probarles que hice ese trayecto. 
De lo que no conservo nada es de la próxima vez que viajé a Santo Domingo, el 30 de noviembre de 2000. Entonces fue en avión, porque había que cruzar el Paso de los Vientos. Nunca más he vuelto a viajar en tren.

Ariza

Cuando el autobús pasa frente a la cárcel de Ariza
los pasajeros miran para otra parte.
Fijan su ojos en la cortina de árboles
o en esa profunda llanura
que han sembrado de cañas, hortalizas y obstáculos.
Aun sin encararla,
la luz de los reflectores enceguece.
El hedor de las celdas
cuelga en las púas de los alambres
y en las estrechísimas ventanas que abrieron
en el hormigón armado.

En Ariza todos guardan silencio:
los carceleros, los asesinos, los contrabandistas,
los travestis, los héroes, los villanos y los pasajeros
del autobús que deja un rastro de polvo
mientras pasa de largo hacia la fría noche de provincia.

Aun sin encararla,
saben que la luz de los reflectores los persigue.

02 junio 2016

Canción mixteca

Mientras Ry Cooder
tocaba al final
de la tarde desierta,
el silencio
decidió regresar
a Houston.
Dobló,
como le pediste,
a la izquierda
(128 millas,
decía la señal),
y se perdió
por ese raro
amarillo
que simula
al polvo
en el Technicolor.

Mientras Ry Cooder
tocaba ya
las cuerdas de la noche,
nosotros también
decidimos
volver a la cama.
Eso es lo peor
de las películas,
nunca puedes
quedarte
a vivir dentro de ellas.

01 junio 2016

Feliz cumpleaños, Estebita

El Esteban Darias que yo conocí,
con su solapín de los Ferrocarriles de Cuba.
En Cuba, aquel país del que solo podemos hablar pasado perfecto, el ferrocarril no era un medio de transporte sino una cultura. Ser ferroviario era un honor; pertenecer a una casta de ferroviarios, un verdadero privilegio. Eso me lo enseñó mi abuelo Aurelio, patriarca de los Yero, padre y abuelo de ferroviarios.
Hoy es el cumpleaños de Esteban Darias Domínguez, uno de los más grandes ferroviarios que conocí y uno de los que más me enseñó a entender los itinerarios, a dominar el Reglamento de operaciones y a amar todo lo que tenía que ver con ese mundo de fierros y fuerza bruta.
Estebita era nieto de Roberto Domínguez (uno de los ferroviarios más admirados por Aurelio) y nació en la estación de ferrocarril de San Juan de los Yeras (donde mi madre pasó todo mi embarazo y donde luego vivieron mi tía Titita y mis primos Lazarita y Ariel).
Según me contó él hace poco, mi abuelo fue su primer jefe en la estación de Caibarién. Luego él fue jefe de mi madre, de mis tíos Aldo, Rafaelito y Cary, y de mis primos Alahím y Lazarita en las estaciones de Santa Clara y Cienfuegos. De todos los recuerdos que tengo de Esteban, hay uno por el que siempre le estaré agradecido.
Mi primo Alahím se iba a examinar para jefe de estación y me pidió que lo acompañara. En ese entonces, yo ya laboraba en un grupo de teatro. Cuando Esteban me vio llegar, me pidió que también me examinara. Me negué con la excusa de que nunca había estudiando en serio el Reglamento, que todo lo que sabía era de “oídas”.
—Pepe —le ordenó Esteban a José Guerén, un mítico maquinista que dirigía la Escuela de Cienfuegos—, hazle también el examen a Camilito.
Mi primo Alahím obtuvo 98 puntos, la mejor nota de su grupo. Yo, 100. Ese día, cuando vi que a Esteban se le salían las lágrimas de la emoción, sentí que por fin había logrado convertirme en el ferroviario que mi abuelo siempre soñó que fuera.
Hoy quisiera poder darle un fuerte abrazo y compartir un buen ron con él, como en los viejos tiempo. Lo haré en la distancia, desde la misma distancia que sigo oyendo pitazos y viendo pasar esos trenes que ya no vuelve, pero que nunca acaban de pasar.  

Sam Shepard

Diana Sarlabous sabe que, cuando me enchucho en un autor o un tema, acostumbro a prepararme largos ciclos individuales. Ese es el caso, ahora, de Sam Shepard. Reapareció en Bloodline, interpretando un personaje ya inolvidable para mí (el patriarca de los Rayburn) y desde entonces estoy releyendo sus libros y volviendo a ver algunas de sus películas. 
Sam, además de ser el dramaturgo más representado en Estados Unidos después de Tennessee Williams, fue líder de una banda de rock y escribió la letra de "Brownsville Girl", una de las canciones más largas de Bob Dylan y una de mis preferidas para atravesar a La Habana en bicicleta. 
Shepard también ha escrito extraordinarios libros de cuentos, es excelente poeta y fue el compañero de Jessica Lange desde Frances Farmer hasta hace unos pocos años. Como parte de mi "Ciclo Sam Shepard", anoche volví a ver París, Texas. La película está inspirada en su libro de cuentos Crónicas de motel y el guión fue escrito a cuatro manos, entre él y Wim Wenders. 
Aunque siempre me fascinó desde el mismo primer plano, ahora me parece mucho mejor que cuando la vi por primera vez. Sentado otra vez frente a ella, siento lo mismo que con Thelma & Louis, todas las palabras están puestas en el sitio excato donde deben ir, cada imagen da la impresión de ser una foto fija inolvidable.
En Santo Domingo llueve desde hace horas y las guitarras de "Desolation Row" me llevan a una nueva jornada laboral, pero yo sigo funcionando en el modo Sam Shepard. Lo seguiré haciendo cuando escampe.

31 mayo 2016

Cuando estemos a 55 años de distancia del fidelismo

Fidel Castro junto a Joaquín Balaguer, principal garante
del legado de Trujillo en la democracia dominicana.
Ayer se cumplieron 55 años del ajusticiamiento de Rafael Leonidas Trujillo. Aunque el trujillismo duró la mitad de lo que ha durado el fidelismo, República Dominicana no ha sido capaz de librarse de todos los traumas ni del funesto legado que dejó El Jefe.
No hay un espacio de la sociedad dominicana donde no se expresen, de una manera o de otra, el autoritarismo y los prejuicios que Trujillo implantó como una mala hierba para poder perpetuarse en el poder. Por eso muchos, en cuanto logran un pequeño espacio de poder, se comportan como caricaturas a escala.
En el reciente proceso electoral, el presidente Danilo Medina exigió mayoría absoluta a sus seguidores: “Yo necesito senadores y diputados que aprueben en el Congreso lo que yo quiero hacer. Yo necesito mi Congreso. Y esos compañeros que se están postulando aquí son parte de mi Congreso”, exclamó.
El historiador y periodista Miguel Guerrero tiene una explicación para esos comportamientos: “El hecho de que la transición a formas democráticas se diera dentro de la propia estructura político-militar de aquel régimen ha perpetuado ese legado, que nos traba el tránsito hacia modelos de comportamiento más abiertos en el quehacer nacional”, dijo recientemente en una entrevista a EFE.
El antropólogo Carlos Andújar, también entrevistado por la agencia de prensa española,  asegura que la sociedad dominicana no ha podido distanciarse de Trujillo, “como el franquismo, en España, y el castrismo, en Cuba, el trujillismo contaba con una doctrina. Para superar esos períodos es crucial romper con esas doctrinas e ideologías”, afirmó.
Si República Dominicana no ha podido librarse, medio siglo después, de la herencia que dejaron 30 años de trujillismo; saquemos la cuenta de cuánto nos tomará a los cubanos superar los peor del fidelismo, eso que acabó dividiendo a nuestras familias y arruinando a nuestra sociedad.
Partamos de un número. Seamos optimistas en el cálculo y digamos que la dictadura no irá mucho más allá de los 60 años. La regla de tres es una buena herramienta para eso.

29 mayo 2016

Mario Dávalos volvió de La Habana leyendo a Cortázar

Mario Dávalos volvió ayer de La Habana. Lo supe por un WhatsApp que me hizo llegar: “Asere, llegando a RD de Cuba. Después de leer las cartas de Cortázar a Retamar, he llegado a la conclusión de que Julio, uno de mis escritores favoritos cuando era adolescente, era un pretencioso comepinga”.
Mario va a tanta velocidad por la vida, que muchas veces, cuando uno trata de responderle algo, ya el anda por otro tema. Por eso dejé atrás la bienvenida a suelo dominicano y me concentré en Cortázar: “Es curioso cómo vas llegando a las mismas conclusiones que yo, más o menos a la misma edad que yo lo hice”, le escribí.
Antes de que él respondiera y desviara la conversación por un nuevo camino, agregué: “Y era muy ingenuo, políticamente”. Tuve suerte, se mantuvo en el mismo tema: “¡Exacto! En serio, iba leyendo y no lo podía creer. Qué tipo más ingenuo y creído”.
Hoy en la mañana, a propósito de esa conversación con Mario, escribí esto en mi muro de Facebook:
Hay escritores que nunca podré dejar de releer (Faulkner, Borges, Calvino, Buzzati, Cabrera Infante...), hay otros que quisiera leer como si nunca los hubiera leído (Verne, Salgari, Dumas...) y hay otros que ya no tengo necesidad de releer (García Márquez y Cortázar son los dos nombres que más rápido me vienen a la cabeza).

Cuba está cambiando para quedarse como está

Tengo 48 años. Aunque en lo esencial llevo por dentro a un Camilo muy parecido al adolescente y al joven que fui, mi espalda y mi estómago no me dejan mentir. A veces, cuando me excedo, uno de los dos, ¡o los dos!, me llaman a capítulo. Eso ha hecho de mí un hombre más (co)medido a la hora de hacer planes.
Por eso me asombra tanto que gente de mi edad y aún mayor que yo, tengan proyectos tan optimistas para el futuro de Cuba. Por más números que tiro, la Cuba que quiero (y que creo merecer, no solo yo, sino todos mis compatriotas) no es posible en menos de 20 años. Entonces, yo ya tendría 68.
Si ahora Cuba es un país para viejos del que cada vez más jóvenes se van; entonces será un país para jóvenes, en el que los viejos tendrán que hacerse a un lado. Mi país necesita ser reconstruido desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio; pero hay algo que urge más que el cemento, los ladrillos y la arena: la sociedad civil.
Esa es la principal razón por la que no podría volver a vivir en la Cuba actual. En mi país hay una dictadura que todas las semanas reprime y repudia a los pocos que se atreven de verdad a pensar diferente. Llamar al régimen de Raúl Castro por cualquier otro nombre, es un penoso eufemismo.
Hace 16 años que hablo y escribo con total libertad. Me siento incapaz de volver a tener que matizar, disimular, encubrir, callar o temer. Sé que otros pueden hacerlo y sus estómagos les responden estupendamente; pero el mío, lo dije al principio, se ha puesto cada vez más exigente.
A muchos les gana el entusiasmo y a otros el instinto de supervivencia. Yo prefiero no dejarme engañar ni engañarme a mí mismo: Cuba está cambiando para quedarse como está.

28 mayo 2016

Feliz día de todos los días

El único beso que conservo de mi abuela Atlántida.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Cuando logras deshacer al Día de las Madres de toda la trivialidad que lo acompaña, cuando consigues ignorar las oportunistas ofertas de los centros comerciales, cuando haces caso omiso de la ridícula publicidad que la mayoría de las marcas producen de manera “especial” para la fecha.
Cuando por fin logras que el Día de las Madres no sea el de la que cocina, lava, limpia, plancha y tiene que hacer todo en casa; sino el de la más capaz, el de la que siempre tiene tiempo para todo, el de la que puede resolver eso que a los demás les resulta imposible… Entonces has dado con lo que debe ser la esencia de esa celebración.
Hay lugares o hechos que me dan ganas de tener 20 años menos. A veces me gustaría volver a esa edad en que desconocía los dolores en la espalda o era capaz de leer sin lentes y casi sin luz. Eso me hacía mucho más libre y menos dependiente de los artefactos y los analgésicos.
Tengo otra razón para desear ser joven: poder pertenecer a una generación que prefiere compartir a tener y la ética a la estética. Es cierto que la generación Y no puede vivir sin una pantalla, es verdad que son incapaces de llegar lejos sin una señal de WiFi; pero han crecido sin muchos de nuestros prejuicios y no toleran la discriminación.
Lástima que no pueda renunciar a la infancia que me tocó ni a muchos momentos inolvidables que viviría una y otra vez, aunque al final del juego siempre volviera a tener 49 años. Pero la razón más poderosa por la que quiero seguir teniendo la edad que tengo son mi abuela, Atlántida Mosteiro Góngora, y mi madre, Lérida Yero Mosteiro.
El haber sido nieto e hijo de dos mujeres extraordinarias, me impide cualquier tipo de canje con otro Camilo que no sea el que he sido. Todavía hoy, cada vez que me enfermo y no puedo salir de la cama, siento el olor y el calor de mi abuela, oigo su dejo asturiano en mi oído.
Aunque ya mi madre es muy mayor y recuerda muy pocas cosas de todo lo que fue, tenerla cerca me ayuda a luchar contra las dudas o los miedos y a convencerme de lo que hago. Soy más creíble ante mí mismo. Por eso, la única salida que tengo es tratar de imitar las cosas buenas de los milennials aunque sea más viejo que ellos y no tenga ya ni la mitad de sus fuerzas.
Simone de Beauvoir, uno de los seres pensantes que más ha hecho para acabar con las desigualdades de género, dijo una vez que “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Si Simone viviera hoy (y si fuera junto a Sartre, mucho mejor), no pensaría de esa manera. Ya no hay nada más ridículo que el machismo.
Los hombres, las marcas y los centros comerciales que creen que el Día de las Madres es el de la que cocina, lava, limpia, plancha y debe hacer todo en casa, tienen cada vez menos espacio en el futuro. La era de hipertransparencia que vivimos no solo sirve para provocar escándalos políticos o financieros, también deja al desnudo a los que tienen prejuicios o discriminan.
Si Simone estuviera entre nosotros, reconociera que en las sociedades actuales cada vez hay menos espacio para los que ven diferencias entre un hombre y una mujer en cuanto a capacidades, salarios o confiabilidad. Si la compañera de Sartre compartiera el presente con nosotros, tendría que admitir que el machismo ya es un síntoma de inferioridad.
Todas las mañanas del mundo yo le preparo el desayuno a Diana Sarlabous. No recuerdo cuándo y por qué empecé a hacerlo. Fue algo natural, como lo es todo entre nosotros. Eso no me convierte en un héroe, sino en un tipo normal, alguien que hace lo que debe hacer cuando comparte, además de una vida, eso tan hermoso y duradero que es el presente, la cotidianidad.
Por eso y muchísimas razones más, estoy convencido de que el Día de las Madres es el día de todos los días.