27 marzo 2023

El cometa

El cuerpo celeste pasando sobre el cielo de Samaná.

El sábado pasado estábamos en la terraza del apartamento de Alejandro Aguilar y Marianela Boán en Portillo. Diana y Marianela habían ido a ver algo a la cocina, Alejandro y yo nos quedamos vasos en mano, con una increíble noche estrellada encima de nosotros.
Como estoy operado de la columna, no puedo permanecer mucho rato sentado. Al pararme, advertí un cuerpo celeste que avanzaba a gran velocidad, justo debajo de la luna y Venus. Su larga cola nos hizo pensar en un cometa.
Pero entonces recordamos que Halley no vuelve hasta 2061 y, que supiéramos, la Nasa no tenía cometas a la vista. Tras su paso volvimos a nuestras conversaciones de siempre, pero mientras estuvo cruzando el cielo de Samaná no hicimos otra cosa que mirarlo.
"¿Vieron la estrella fugaz, ¡qué divina!", repitió Fito Páez en mi cabeza y se quedó cantando "She's mine" un largo rato. Luego llegaron Mario García Haya y Soraya Thomas, los dos integrantes que faltaban del Sexteto Portillo. Mayitin, que siempre tiene una explicación para todo, concluyó que era una nave espacial.
Pero, justo en ese momento, Alejandro encontró un aviso de meteorito en internet. Como es muy poco probable que ninguno de los seis pueda esperar por Halley, le damos las gracias a quien sea que paso. Un simulacro de cometa hace que todo lo que ocurra dentro de una noche sea inolvidable.

El sexteto Portillo, esa misma tarde.

26 marzo 2023

Ida y vuelta


(fragmento de la novela Atlántida)

Apenas dormí, porque los reflejos fugaces de las estaciones me despertaban constantemente. Lérida procuraba arroparme con su estola, pero me la quitaba en cuanto la ventanilla del Budd se alumbraba al pasar por un pueblo. Las Villas había quedado atrás y avanzábamos a través de la llanura La Habana - Matanzas.

Nellina, la hermana menor de mi abuela, estaba enferma y mi madre aprovechó el fin de semana para ir a verla. El viaje de ida lo hicimos en la noche del viernes y el de vuelta en la noche del sábado. Eso, según Atlántida, me permitía descansar el domingo y “volver fresco a la escuela”.

El 224 salía de Cienfuegos a las 21:10. Lérida y yo subimos al Budd antes que los viajeros. Los que pasaban por la calle, del otro lado de las cercas de la estación, ya iban camino de sus casas y de sus camas. A nosotros nos esperaba un largo viaje de cinco horas y dos minutos. 

A las 21:35, llegamos a Palmira. A las 21:40, salimos de Cherepa. Hasta ahí llegaba el mundo conocido por mí. A partir de ese momento comenzamos a alejarnos del Paradero de Camarones. Los carteles de Arriete, Congojas, Rodas, Perseverancia y Aguada de Pasajeros fueron indicando que cada vez estábamos más lejos.  

Una a una, pasaron las luces de las estaciones de Línea Sur: Amarillas, Calimete, Manguito, Guareiras, Baró, Agramonte, Isabel, Pedro Betancourt, Navajas, Guira de Macurijes, Bolondrón, Unión de Reyes, Bermeja, Los Palos, Vegas, San Nicolás de Bari, Güines, Melena del Sur, San Felipe, Quivicán, Bejucal y Rincón.

Antes de llegar a cada una de ellas, el conductor recorría el coche anunciándolas. Lo hacía en voz baja, como si no quisiera despertar a los que dormían. Siempre que abría los ojos, Lérida me decía el nombre del pueblo cuyas luces entraban al coche como si también quisieran irse de viaje.

Llegamos a La Habana todavía de noche. Entonces, yo mismo me había envuelto en la estola. “Mira los barcos”, dijo mi madre y señaló un poco más adelante. Era el fondo de la bahía y decenas de navíos permanecían amontonados. Alguien, unos asientos delante de nosotros, secreteó que eran barcos pesqueros.

Una gran antorcha, encima de una torre, ardía del otro lado del puerto. Lérida me dijo que era la refinería de petróleo. El Budd usó toda la fuerza de sus 300 caballos para subir los elevados. Las ruedas chirriaban sobre la enorme estructura de hierro, mientras pasábamos muy cerca de las ventanas y los balcones de los edificios.

Los andenes de la Estación Central eran larguísimos. En las carrileras contiguas había tres locomotoras inglesas. La 52509 esperó a que nuestro Budd entrara al patio de la estación para bajar sola por los elevados, la 52502 retrocedía con dos coches de equipaje y la 52506 estaba lista para salir con un largo tren de viajeros. 

—Apúrate —me dijo Lérida— que ahora tenemos que buscar la parada de la guagua.

—¿Viste? —le inquirí—. ¡Tres inglesas!

—Anjá —me respondió Lérida sin mirar a ninguna de las máquinas—. Vamos, apúrate.

—Pero mira —insistí—: ¡tres inglesas!

Cuando Nellina abrió la puerta, se abrazó a mi madre llorando. Mientras desayunábamos café con leche y pan con mantequilla, ellas estuvieron hablando del corazón de la hermana de mi abuela. Lérida a cada rato la interrumpía para decirle que no se preocupara, que no iba a pasar nada.

—Quiero que las cosas estén bien claras —repetía Nellina.

Al despedirnos, se abrazaron llorando otra vez. El 223 también salió puntual, a las 23:20. Esta vez en el patio de la Estación Central había dos locomotoras inglesas, la 52505 y la 52508. Una francesa, la 50824, ronroneaba en lo oscuro, mientras acoplaba una casilla de expreso delante de dos coches Pullman.

Según Lérida, me dormí en cuanto dejó de verse la antorcha de la refinería de petróleo. Estaba tan cansado, que los reflejos fugaces de las estaciones en la ventanilla no lograron despertarme. El olor del abrigo azul de Atlántida, mientras mi abuela me abrazaba, fue la prueba más contundente de que estaba de regreso.

Fue en 1975. Aunque solo se trató de un viaje de ida y vuelta, me pareció larguísimo. Extrañé más al Paradero de Camarones que Sadokán a Mompracem y Nemo a las profundidades del océano. Aurelio me hizo repetir el nombre de todas las estaciones por las que pasamos. 

Las fui diciendo por orden ascendente, sin olvidar ninguna. Luego mencioné los números de las locomotoras que vi en el patio de la Estación Central. Incrédulo, le preguntó a Lérida si era verdad que esas eran las máquinas que estaban allí en ese momento. Mi madre dijo que sí. Mintió, ella nunca las miró.

20 marzo 2023

Lo que más me gustó del juego


Cuba ya no es una nación, tampoco un país, ni siquiera una provincia. A lo que más se asemeja ese territorio, devastado por el totalitarismo, es a un municipio. Y su presidente no podía parecerse más a ella. Miguel Díaz-Canel genera tan poco y tiene tan pocas luces como la isla que dice dirigir. 
Cuando comenzó el Clásico Mundial de Béisbol, el #TeamBarrigas (para dirigir en la Cuba actual, más que cerebro, parece necesitarse una buena barriga) no lucía muy entusiasmado que digamos. Reseñaban con discreción cada paso, desde la conformación del equipo hasta las dos primeras derrotas.
Pero el equipo sorpresivamente empezó a ganar y eso les produjo una crisis de entusiasmo. Pasaron del “no se trata de política, se trata de que son cubanos” al #TeamAsere (¡qué chealdad más grande, aparecerse con eso a estas alturas del juego!) y a la politiquería municipal.
La crisis de entusiasmo duró muy poco. Estados Unidos puso en su lugar a un equipito que estaba a la altura del territorio que representaba: un municipio. Tras la aplastante derrota, al #TeamBarrigas solo le resta alardear, echar guaperías y jurar que ya ganaron (¡y lo peor es que se lo creen!).
No vi ningún juego, porque ese equipo no me representa. Como tampoco el municipio que ha usurpado el escudo, la bandera y el himno de Cuba. El país donde nací ya no existe. Aun así, no puedo decir que me disgustara la derrota de los representantes de… ¿le llamamos Jatibonico, Taco Taco, Buey Arriba? 
Cualquier revés del #TeamBarrigas, por intrascendente que sea, es una victoria para los que perdimos a Cuba. Y ahora sí me refiero a la nación, al país, al lugar donde la palabra asere aún no había sido engullida por ellos. Por poco se me olvida por lo que estaba diciendo todo esto:
Lo que más me gustó del juego fue el cartel de “¡Abajo la dictadura!” detrás del home.

17 febrero 2023

Antonio Acuña 5


En esta puerta, Antonio Acuña 5, me encontré con Gastón Baquero en el verano de 1993. Fuimos a comer no lejos de ahí, el primer pulpo a la gallega de mi vida. De regreso, después de atravesar un laberinto de libros, me brindó queso con dulce de guayaba.
Reconstruí los hechos para Diana. Repetí todo el recorrido que hicimos por Madrid y me detuve en el lugar exacto en el que él levantó su bastón para señalarme: “¡Don Camilo!”, me dijo antes de que nos diéramos el primer abrazo. Por una semana comimos juntos.
Afuera hay una tarja del Ayuntamiento de Madrid donde se lee: “En esta casa vivió de 1971 a 1995 el poeta cubano Gastón Baquero y en ella escribió gran parte de su obra”. Toqué a la puerta. Me fui con la esperanza de que Gastón pudo oírme. También le seguí buscando por los alrededores.

El catador de croquetas


Me considero un catador de croquetas. Algunos de los momentos más placenteros de mi infancia están estrechamente vinculados a ellas. Mi memoria sensorial le debe infinidad de recuerdos de los que quisiera no deshacerme nunca. Me las brindaron en platos, con pan, en cajitas de cartón y hasta en las manos.
Si hay croquetas, no sé, pero no puedo dejar de pedirlas. Nunca me importa su pedigrí ni sus ingredientes (declarados o encubiertos). Me dejo engañar con facilidad si de croquetas se trata, creo que una inocencia desconcertante en la promesa de esos empaques que presentan fotos increíbles del producto.
Ayer probamos las croquetas de jamón de Bibo, el restaurante de Dani García, el chef español que ha merecido ya tres estrellas Michelin. Venían servidas en la palma de una mano. Extendí la mía hasta ellas con la emoción de quien va a tocar algo que nunca se imaginó merecería.
Le dedico esa experiencia a todas las croquetas humildes que me he comido en mi vida, a esas que me fueron aliviando el hambre por gran parte de la geografía cubana. Sobre todo a las de la cafetería San Carlos de Cienfuegos, por donde nunca fui capaz de pasar sin pedir unas al plato.

15 febrero 2023

El Caso Padilla, la película


Gracias a varios amigos, que casi al mismo tiempo me la enviaron, por fin puede ver El Caso Padilla (Pavel Giroud, 2022). Empecé a verla sobre la mesa, mientras cenaba, con la intención de luego irme a la cama y terminarla allí. Pero no me pude mover del lugar.
Poder ponerle rostros, gestos, expresiones, tonos y hasta sudores a lo que ya había leído en una vieja revista Casa y a lo que oí de los que estuvieron allí, fue sobrecogedor. Nada como escuchar el tono en el que se dijo cada cosa, las voces apagadas, los silencios… hasta el miedo se oía en aquel lugar.
Creo que ese espacio de la UNEAC, antes de ser un salón de actos, fue un garaje. Pero de todos sus usos el más vergonzoso fue el que le dieron el 27 de abril de 1971, cuando el poeta Heberto Padilla fue obligado a declararse culpable del delito de pensar diferente y a denunciar a sus mejores amigos y a su esposa.
Tanto la película conseguida por Pavel como el testimonio que ella recoge tienen un valor incalculable. Pero mi primera impresión no fue esa. Antes de reconocer la importancia de lo que acababa de ver, sentí un gran alivio por estar a 7,457 kilómetros de todo eso.

14 febrero 2023

Sigo enamorado de todas sus cosas


Ella es mi locomotora, mi tren, con quien comparto todos mis viajes (ya sean de ida, de vuelta, en círculos o sin moverme del lugar). Es en quien primero pienso cuando se necesita un milagro y a quien primero abrazo si algo me sale bien (cada vez que logro ser un tilín mejor se debe a ella). 
Dice que siempre me estuvo buscando y que, por culpa de lo distraído que soy, tardé 44 años en encontrarla. Desde entonces soy suyo. Sin ella, me bajaría en la próxima estación. Porque el verdadero sentido de mi viaje es compartirlo con esos ojos que siempre me encandilan.
Cuando no estamos juntos le echo de menos hasta sus regaños. Creo que no hay mayor prueba de que sigo enamorado de todas sus cosas (para decirlo como en esa canción de Calamaro que tanto nos gusta y que nos siguió a todas partes en las primeras semanas de nuestro noviazgo). 
Aunque para mí todos los días son este día, no puedo pasarlo por alto: ¡Felicidades, mi amor!

12 febrero 2023

Sobre Madrid y la libertad


I.
A propósito de la libertad que se vive hoy en Madrid, Fernado Savater tuvo una de sus acostumbradas crisis de lucidez y afirmó que "libertad es poder ser diferente sin temor". Esa es una de las razones por la que disfrutamos tanto esta ciudad.



II.
Me fascinan los torreznos de Soria, que es la manera más deliciosa de hacer chicharrones. En Leomar, un restaurante que está en Madrid Río, junto al Manzanares, los torreznos son increíbles y el dueño se dio cuenta de que yo siempre los pido. 
Ayer, cuando nos sentamos para comer el plato del día (migas con huevo y codillo), él hizo que el camarero fuera a nuestra mesa y le dijo: "cada vez que este señor entre por esa puerta, le pones un plato de torreznos y después averiguas qué quiere". 
Me sentí más importante que Mario Vargas Llosa cuando supo que ingresaría en la Academia Francesa.

02 febrero 2023

La Compostela de Raúl y Luis Orlando

(Introducción al libro Nuestro Camino de Santiago, dos cubanos y una curazoleña por Galicia, de Raúl Gonguer)

Los libros de viaje son, probablemente, el único género literario que no fue creado por escritores sino por personas llenas de asombro que se sintieron en la obligación de contar sus trayectos. Así fue cómo algunos diarios de grandes navegantes se convirtieron en obras cumbres de la literatura universal.
El más temerario de aquellos exploradores, Cristóbal Colón, acabó escribiendo el primer libro del nuevo mundo. Su diario, lleno de exageraciones y fascinación, es una lectura al que vuelvo a cada rato. De alguna manera ahí se anuncia como sería el carácter de las culturas tan diversas que habitaríamos el Caribe.
Cada vez que Colón ponía pie en tierra, escribía que acababa de llegar al lugar más hermoso que ojos humanos habían visto. Lo dijo en La Española y lo repitió en Cuba. No escatimó adjetivos en la descripción de ambas islas, pero gracias a esos apasionados relatos empezó Nuestro Relato.
De un tiempo a esta parte me he convertido en un lector de libros de viajes. Con la misma pasión que de joven buscaba poemarios y de adulto narrativas, ahora corro a las crónicas de los viajeros en cuanto entro en las librerías. Hace poco caí en cuenta de que tenía una gran colección de volúmenes escritos por viajeros.
Esa obsesión se la debo a obras de Fredrika Bremer, Henry David Thoreau, Karen Blixen, Thor Heyerdahl, John Steinbeck, Paul Theroux y Sylvain Tesson, entre muchos otros. No puedo dejar de mencionar los Diariosde José Martí, para mí su obra cumbre y el gran libro de viajes cubano. 
Cuando Diana me dijo que Raúl González Guerra quería que yo le hiciera una breve introducción a sus crónicas del Camino de Santiago, le dije que me encantaba la idea. Era mi oportunidad de agradecerle todo lo que disfruté, en tiempo real, cada uno de sus posts que compartió en Facebook.
Raúl y su esposo, Luis Orlando Tarragó, eligieron el Camino de Santiago para celebrar sus 40 años de relación. Además de esa hermosa excusa, Raúl y Luis Orlando tuvieron la suerte de encontrar una agencia que les ofreció consejos y los asistió en la planificación del viaje “con toda amabilidad, respeto y seriedad”.
Cada página de este libro es una prueba de que nunca es tarde para emprender un nuevo camino. No solo por el trayecto, sino por el rigor con la que Luis hizo sus apuntes. Por eso el autor afirma que la verdadera peregrinación no fue hacia Santiago, sino a la vida y al amor.
Paso a paso, página a página, este libro es una fuente de inspiración para futuros peregrinos (entre los que estaremos, con toda seguridad, Diana y yo). Henry Miller dijo una vez que su destino de viaje nunca era un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas. Eso hicieron Raúl y Luis Orlando al ir a Santiago.
Viajar a la vida y al amor es su verdadera Compostela.

La Loma de Thoreau, 15 de mayo de 2022