12 febrero 2014

El Sol al final de una calle

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
me encuentro con el Sol al final de una calle.
No importa la hora en que regrese,
él siempre me espera
sobre el filo del horizonte,
como si fuera la rodadera de Atlántida,
a punto de marcar
un surco definitivo en los contornos
de la silueta de mi madre.

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
el Sol se asegura de decirme
cuan insignificante soy.
Mientras espero por la luz verde
en las sucesivas intersecciones,
él empieza
a quitarle claridad a las cosas.
Alguna de mis canciones preferidas
me acompaña mientras desciendo.
Al final de la pendiente
ya es de noche.
La oscuridad, incomprensible,
es incapaz de tener
el más mínimo significado.
Esa es la razón
por la que me canso tanto
en ese pequeño viaje
de quince o veinte minutos.

Cuando vuelvo a casa, en las tarde,
me encuentro con el Sol
para que me explique,
durante el poco tiempo que dura su luz,
lo efímero que es todo
aquí abajo, encima de este viaje de regreso.

Para Santiago

A mediados de la década del 80 del siglo pasado, muchos de nosotros queríamos tener la inspiración, la melena y las mujeres de Santiago Feliú. Por demasiadas razones aquel joven trovador, gago y zurdo, era objeto de nuestra envidia.
Cuando se paraba en la Escalinata de la Universidad de La Habana, a cantar a dúo con Silvio, nuestra generación se hacía la idea de que tenía voz y voto. Cuando volvía de Buenos Aires y mencionaba apellidos tan extraños como Spinetta o Baglietto, le creíamos un extraterrestre.
Luego compartía los discos de un tal Charly García o las canciones de un flaquito, jovencísimo y enloquecido, que se llamaba Fito Páez. Además de sus canciones (que he oído y aún oigo hasta la saciedad), a Santiago le debemos eso: que nos abriera las puertas del rock argentino.
Al principio no entendía los tweet, luego crucé los dedos para que fuera una bola, una de las tantas bromas de mal gusto que se juegan en las redes sociales. Pero entré a Segunda Cita y ya Silvio lo había confirmado en un post urgente, adolorido.
Con Santiago el espíritu de mi generación pierde a un apóstol. Cualquier resumen de la Cuba que vivimos estaría incompleto sin sus canciones. Aunque su música nunca dejará de acompañarnos, el vacío que empieza a partir de hoy es insalvable.
A lo mejor anoche se le ocurrió una canción y, por vagancia, la dejó “para mañana”. El único consuelo para ese gran desasosiego lo escribió él mismo: “La vida es suficiente,/ si entonces no se acaba/ cuando se halló el final/ donde se encuentra el pasado con la nada.”

08 febrero 2014

La soledad de la colonia Condesa

El último recital de poemas que compartieron José Emilio Pacheco y Juan Gelman.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

José Emilio Pacheco y Juan Gelman eran vecinos. Es una gran coincidencia que dos de los más grandes poetas del idioma español residieran a tan poca distancia en una de las ciudades más grandes del mundo. Uno era mexicano y el otro argentino, pero la colonia Condesa, en México D.F., fue la última geografía de ambos.
Cuando José Emilio ganó el Premio Cervantes en 2010, alguien recordó que estábamos ante uno de los mejores poetas latinoamericanos. “Pero si ni siquiera soy uno de los mejores de mi barrio. ¿No ven que soy vecino de Juan Gelman?”, respondió Pacheco, con una mezcla perfecta de humildad e ironía.
Empecé a escribir poemas para tener algo que regalarle a mis primeras novias. En la Cuba de entonces escaseaba todo, hasta las flores. Tampoco sabía bailar —ni música cubana ni disco, que era el ritmo que enloquecía a las jovencitas de aquella época—. Los versos eran mi única escapatoria.
Pero todo lo que escribía me parecía tan horroroso, que acabé cometiendo un terrible fraude: regalaba poemas de José Emilio Pacheco y Juan Gelman diciendo que eran míos. Recuerdo que una de aquellas muchachas, la rubia más rubia que tuvo jamás el Paradero de Camarones, me hizo una pregunta desconcertante: “Ven acá, chico, ¿y por qué tú dices ‘vos’?”
Me avergoncé tanto, que decidí regalarle un poema totalmente mío, que no contuviera ni siquiera una alusión a la poética de Pacheco o Gelman. Lo leyó rapidísimo y lo puso a un lado, apenada: “Este es mucho más normal, pero no me gusta tanto como los otros”. A finales de la década del 90, José Emilio Pacheco estuvo por última vez en Cuba y quise contarle esa historia.
Mi amigo Ángel Santiesteban me llevó a conocerlo. El poeta estaba a punto de comenzar una conferencia sobre no recuerdo qué. Era la Feria Internacional del Libro de La Habana. En momentos como ese, mi condición de guajiro siempre acaba jugándome una mala pasada. Me avergüenzo tanto frente a la gente que admiro de verdad, que suelo decirles unas estupideces inconcebibles.
Ángel me llevó a empujones y, cuando por fin logró que estuviéramos frente a frente, nos presentó. “¡Qué frío hace!, ¿verdad?”, dije con una torpeza inmejorable. “Hum… Vengo del D.F., allá sí hay mucho frío ahorita”, respondió el autor de “Los elementos de la noche”. A través de sus libros he sostenido infinidad de diálogos con él; pero en la vida real, eso fue todo lo que hablamos.
Alguien llamó su atención para presentarle a otro admirador. El recién llegado sí fue elocuente y logró sostener una breve conversación. Me quedé mirando sus gestos por un rato. No podía escuchar lo que decía, pero sí aprecié cómo era la gestualidad de uno de los poetas que más había leído en mi vida.
Con Juan Gelman tuve una relación mucho más cercana, tanto, que ni siquiera necesité conocerlo. Asistí a varios recitales y conferencias que le organizaron en Casa de las Américas, lo vi caminar por el Malecón de La Habana y beber del pico de una botella de ron (algo que solo hacen los hombres más felices o lo más tristes, frente a gente que quieren mucho). Esa cercanía me bastó, además de sus versos, que sigo releyendo a menudo.
Ahora sí puedo asegurar que mi adolescencia está del todo muerta, porque dos de su más grandes inspiradores se han marchado de este mundo. Quiso el azar que vivieran en el mismo barrio: la colonia Condesa, en México D.F.
Ahora mismo, en ese lugar, la soledad se debe ver a simple vista. Fulgurante, inexplicable, como se veía la poesía en cada una de las palabras que les robé a José Emilio Pacheco y Juan Gelman.

07 febrero 2014

La muñeca de Diana

La revolución ha sido especialmente cruel con los cubanos que eligieron no ser parte de ella. Fidel Castro, que desde el primer día polarizó y dividió a la sociedad y la familia en dos bandos irreconciliables, les llamó “gusanos”.
A Diana se la llevaron de Cuba en 1970. Había nacido en 1965. Era, pues, una pequeña gusanita de 5 años. Y como tal la trataron. Cuando sus padres le dijeron que iba a dar un largo viaje, quiso llevarse con ella a varios de sus juguetes.
En el aeropuerto, con cara de desprecio, un oficial de aduanas le dijo a la niña que solo podía abandonar a la patria con un juguete. Jorgito, su hermano de 10 años, eligió un camión. Hoy, mientras almorzábamos, don Jorge y doña Elia le contaron a su hija cómo ella se abrazó a su muñeca.
No estamos hablando de la nacionalización de una multinacional norteamericana, ni de una reforma agraria para eliminar los latifundios, ni siquiera de la intervención de una tienda, un bar o una gasolinera. Se trata de despojar a un niño, de la manera más ruin posible, de su mundo interior.
Por más que Diana busca en su memoria, no encuentra el más mínimo indicio de aquella muñeca. El dolor que yace en su subconsciente la fue difuminando hasta hacerla desaparecer del todo. Ocurrió en 1970, no olviden el año.
No era una niña abrazada a una muñeca. Era una pequeña gusanita de 5 años, sujetando en sus brazos el único recuerdo que le dejaron de su infancia.

03 febrero 2014

En tres y dos

El sábado 1 de febrero de 2014 es una fecha histórica, marcó el regreso de Cuba a la Serie del Caribe. En ese escenario, que abandonó en 1960, los antiguos equipos de béisbol de la isla (Almendares, Marianao, Habana y Cienfuegos) se convirtieron en íconos de una cultura que, medio siglo después, mantiene viva su influencia en la región.
El último campeón de Cuba en la Serie del Caribe fue Cienfuegos; el equipo que mereció representarla en el regreso, Villa Clara. Quiso el azar que las dos novenas pertenecieran a la antigua geografía de Las Villas. Como soy villareño de la gorra a los spikes, quise celebrar eso y armé un guateque en El Bohío.
A veces, cuando organizamos encuentros en casa, solemos ponernos de acuerdo por emails donde hacemos farsas y parodias. En el último, además de los detalles puntuales de la comida y la bebida, exigimos que todos los invitados trajeran alguna prenda anaranjada. Un cartel de “¡Villa Clara campeón!” les dio la bienvenida.
El cineasta cubano Rolando Díaz (director de la película En tres y dos) llegó puntual, con su infaltable six pack de cervezas sin alcohol, un sombrero naranja y, curiosamente, una chaqueta abrochada hasta el cuello. Justo antes de que hiciéramos el primer brindis, el Rolo se puso de pie y de un solo gesto se abrió la chaqueta. Dentro, traía la insignia de los Industriales.
Su genial broma debía ser el comienzo de una noche inolvidable, pero en verdad fue su final. Desde el mismo primer inning, el equipo de Cuba lució desconcertado, errático, muy superado por un juego que ha evolucionado demasiado durante su medio siglo de ausencia.
Anoche, antes del segundo juego, Rolando me llamó. Hablamos muchísimo de los detalles del partido anterior y los posibles cambios que se podrían hacer en la alineación. Ni él ni yo albergábamos la más mínima esperanza. A nosotros, como a Cuba, lo único que nos resta es abrirnos la chaqueta y sacar de adentro el orgullo por el pasado.
La pelota cubana, como la nación a la que pertenece, está en tres y dos. Si el próximo lanzamiento es bola, podría ir caminando hasta 1960. Si es strike…

25 enero 2014

El corazón de Mario Dávalos es un cazador solitario

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)
Mario Dávalos y yo nacimos y nos criamos en mundos muy diferentes, la educación que recibimos también fue diametralmente opuesta. Por eso a veces me resulta inexplicable que coincidamos tanto en cosas tan esenciales. Muy poco después del día en que Fernando Ferrán nos presentó, entendimos que no podíamos ser amigos. Desde entonces nos comportamos como hermanos.
Las redes sociales nos han regalado la oportunidad de mantenernos al tanto el uno del otro, por más distantes que permanezcamos físicamente. Es así que compartimos ideas, inquietudes, indignaciones, batallas, victorias y, por supuesto, derrotas. No recuerdo una sola vez que estuviéramos en bandos opuestos en esas incontables interacciones.
La última de ellas tuvo un final frustrante. Antes debo advertir que Mario ha sido muchas cosas. Primero fue un rebelde sin causa, luego artista plástico, más tarde publicista y gestor cultural. Ahora persigue aves por todo el mundo para darle caza con su lente.
Por eso salió indignado de una tienda donde mantenían en cautiverio a varios pericos de la Hispaniola (Aratinga chloroptera), una especie endémica, amenazada y protegida. Gracias a sus tenaces denuncias en Twitter, los propietarios del lugar se vieron forzados a retirarlos de la jaula. Aún cuando las aves se perdieron de su vista, trató de seguir averiguando sobre su suerte.
He participado junto a Mario en varias de sus expediciones por las cordilleras dominicanas. En una de ellas dimos con un ejemplar de trogón de la Hispaniola. El papagayo, dificilísimo de encontrar, desplegaba su belleza en lo más alto de un pino. Un campesino que nos acompañaba nos pidió que le dejáramos matarlo una vez que conseguida la fotografía.
Después darle una hermosa lección de por qué era importante para todos que ese animal viviera, Mario bajó hasta la casa de la familia y, mientras compartía un café acabado de hacer, volvió a repetir su lección. Los convenció, no creo que ninguno de ellos volviera a matar un ave nunca.
En el camino de regreso a la Capital, Mario bajó el volumen de un rock and roll al mínimo y me dijo una frase que no olvido: “Matar al trogón era su única manera de retratarlo”. Entonces empezó a trazar en el aire mil ideas para lograr que los campesinos aprendieran a “retratar” las aves con solo observarlas.
Recientemente, se publicó un libro con un resumen de las tantas y tantas fotografías que ha hecho durante sus expediciones. En “Wildscapes”, además de su fascinación por las aves y la naturaleza dominicana, aparecen los resultados de sus viajes por Alaska, Yellowstone, Nuevo México, Colorado, Arizona, Costa Rica y Finlandia.
En esas páginas puede comprobarse que el corazón de Mario Dávalos es un cazador solitario. Cada disparo suyo le da aún más vida a sus presas, porque nos enseña la importancia de respetar su entorno y defender su derecho a la subsistencia.
Cuando enumeré los oficios de Mario olvidé el más importante de todos: revolucionario. No me refiero a esos que van por el mundo rumiando consignas y agitándole pañuelos “a la tropa solar”. Hablo de alguien que cree en lo que cambia y esta vivo, en lo que puede ser mejor de lo que es.
Búsquenlo en Twitter, compartan sus luchas. A mí, librar algunas de sus batallas me ha hecho un chin mejor de lo que era antes de saber que tenía un hermano.

19 enero 2014

El nido del águila en... Birán

(Publicado originalmente en Diario de Cuba)
Las casas de los dictadores llaman tanto la atención como las de los patricios y apóstoles. Kehlsteinhaus es, quizás, el mejor ejemplo. En la casa de campo que el partido nazi le regaló a Adolfo Hitler por su 50 cumpleaños, ahora hay un exitoso restaurante. Todos los años, miles de turistas suben hasta lo más alto de los Alpes bávaros, cerca de Berchtesgaden, para conocer El Nido del Águila.
Las habitaciones inferiores de la casa tienen grandes ventanales que dan al abismal paisaje. Toda la propiedad puede ser visitada en compañía de un guía. Incluso el pequeño estudio de Hitler, que es ahora una bodega. El gobierno de Berlín prohibió durante mucho tiempo las visitas guiadas en idioma alemán, quería evitar conflictos con los simpatizantes del fascismo.
El "nido" de Fidel y Raúl Castro también ha sido convertido en una atracción turística. El periódico dominicano Diario Libre anunció el tour "En ruta con Fidel… en contacto con el pueblo". La noticia apareció en una sección que, curiosamente, se llama "Turismo libre" y es escrita por la periodista cubana Annet Cárdenas.
El paquete es ofrecido por la Casa de Cultura Latinoamericana y Caribeña, que preside Pedro Creach, y Paradiso, una agencia cubana de turismo cultural. El viaje dura 7 días y alcanza para recorrer "lugares históricos y turísticos de las provincias Santiago de Cuba, Granma, Holguín, Camagüey, Villa Clara y La Habana".
Según detalla la periodista, los recorridos de "En ruta con Fidel…" harán un especial énfasis en aquellos lugares que "atesoran huellas del líder histórico de la Revolución Cubana". La agencia, que debe su nombre a una novela de José Lezama Lima y se dedica al turismo cultural, se ha concentrado en el personaje por el que el autor de Paradiso fue condenado al ostracismo. 
En el "complejo monumental" donde nacieron el comandante y el general, en Birán, se conservan las casas de la familia, algunas chozas (donde vivían los trabajadores haitianos del latifundista Ángel Castro), el bar La Paloma y el panteón familiar (el cual fue ampliado recientemente). 
Aunque la propiedad de Ángel Castro está totalmente restaurada, todo el paisaje a su alrededor ha cambiado mucho. Cañaverales abandonados y campos baldíos es todo lo que queda del productivo dominio del emigrante gallego. 
Según el organizador del tour, que cuesta 1.500 dólares, "es un paquete turístico único, novedoso, dirigido a dominicanas y dominicanos deseosos de conocer en vivo y directo, desde una perspectiva diferente, la realidad y la cultura cubana, y los caminos que el pueblo de Cuba recorre en su diaria lucha por el desarrollo", dice Pedro Creach. 
Es cierto. En la carretera que pasa cerca de Birán, se pueden apreciar a muchos cubanos que, debido a la falta de transporte, se ven obligados a hacer largos recorridos a pie. Sí, son largos los caminos que "el pueblo cubano recorre en su diaria lucha". 
Pero ninguno conduce al desarrollo; todos, por más largos y tortuosos que sean, solo llegan hasta la subsistencia más indignante. La dictadura que los dos hijos de don Ángel han mantenido por medio siglo, nunca les ha permitido ir más allá. 
Si los dominicanos que harán el tour logran escaparse de sus guías y sostienen un diálogo franco con la gente del pueblo, es probable que conozcan la realidad. Tienen una ventaja: el idioma. En los alrededores de Birán todavía no hay ninguna restricción al respecto, como acabó sucediendo en Kehlsteinhaus.

16 enero 2014

Inundaciones

El río Damují es un círculo de hierba encima del agua,
un rastro sobre el que no se puede nadar.
Debajo están las casas con sus portales intactos,
tendidos a la sombra de las flores que flotan.
El río Damují es un camino de piedra
que ahora no conduce a ninguna parte;
una mujer que se arrodilla para lavar su pasado
y tenderlo en el fondo de la tarde.

Un barco da vueltas sobre sí mismo
hasta llegar al antiguo puente de vía estrecha.
Allí los meses también se acaban,
los animales de agua dulce dejan de respirar
y se mueren frente a la paz sin nombre del día.

El río Damují es el humo de fin de zafra,
un viejo retrato de familia del que nadie ha vuelto a saber.
Ahora la gente se amontona frente a los espejos
sin ninguna razón aparente,
las libélulas entran en las casas y nunca más vuelven a salir;
ahora la luz es un círculo de hierba
y las palabras han quedado al descubierto, mientras todo lo demás se hunde.

03 enero 2014

El último adiós a Perla Negra

Perla Negra, en el momento de la despedida.
Escribí un réquiem el mismo día en que le entregué sus llaves a Alejandro Aguilar. Pero entonces lo hice con la certeza de que volvería a verle. Aunque nunca más tomé su timón, navegué en ella muchas veces más por las calles de Gazcue, ayudando a mi hermano en sus mudanzas.
Hace una semana Alejandro anda en su nuevo Chevrolet. Tuvo la delicadeza de pedir mi consentimiento para deshacerse de Perla Negra, quien acabó siendo parte de la transacción. Como yo aún era su propietario legal, me tocó ocuparme del último trámite. Tuve que ir hasta el dealer a entregar la matrícula original y la carta de liberación.
Quiso el azar que tuviera que parquear a Marcello (el Fiat 500 de Diana) justo al lado de mi antigua embarcación. Un mecánico acababa de retirarle la placa de la Florida que Alejandro le había puesto. Ahí estaba la nave que siempre me llevó a salvo por las peores tempestades que he pasado en República Dominicana.
Recogí la placa de Alejandro para devolvérsela (debió olvidarla en medio de la euforia) y di una última vuelta alrededor de mi nave filibustera. Repasé todas sus heridas en combate y cada una de las marcas por las que le reconocía. Ahora sí creo que no le veré nunca más.
Alejandro y yo bautizamos a los nuevos jeeps con el nombre de nuestros padres: Nano y Serafín. Me despedí de Perla Negra pensando en ese hermoso homenaje a los respectivos viejos. Puse un tango de Paquito D’Rivera y no la volví a mirar. Ahí la dejé, fondeada en el recuerdo de tantas batallas.
Ojalá que le queden muchos años de vida útil. Sea quien sea su próximo capitán, le deseo la misma suerte que yo tuve junto a ella.